¿Quiénes son los hijos de Abraham?

JUNIO, 01

¿Quiénes son los hijos de Abraham?

Devocional por John Piper

En ti serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 12:3)

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

Dios le dijo a Abraham en Génesis 17:4: «En cuanto a mí, he aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones». Sin embargo, Génesis deja en claro que Abraham no fue padre de una multitud de naciones en un sentido físico o político. Por lo tanto, es probable que el significado de la promesa de Dios fuera que una multitud de naciones de alguna namera disfrutaría de las bendiciones de ser hijo aunque no tuvieran un vínculo sanguíneo con Abraham.

No hay duda de que eso es lo que Dios quiso decir en Génesis 12:3 cuando le dijo a Abraham: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Desde el principio, Dios tuvo en mente que Jesucristo sería descendiente de Abraham y que todo el que creyera en Cristo se convertiría en un heredero de la promesa de Abraham.

Por eso es que Gálatas 3:29 dice: «Si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa».

Por lo tanto, cuando Dios le dijo a Abraham 4000 años atrás: «He aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones», estaba abriendo el camino para que cualquiera de nosotros, sin importar a qué nación pertenezca, pueda convertirse en hijo de Abraham y heredero de las promesas de Dios. Todo lo que tenemos que hacer es tener la misma fe de Abraham —es decir, depositar nuestra esperanza en las promesas de Dios al punto que, si la obediencia lo requiere, podamos renunciar a nuestra posesión más preciada del mismo modo que Abraham entregó a Isaac—.

No nos volvemos herederos de las promesas de Abraham por servir a Dios sino por confiar en que Dios obra a nuestro favor: « [Abraham] se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo» (Romanos 4:20). Por eso es que Abraham pudo obedecer a Dios incluso cuando la obediencia se veía como un callejón sin salida. Confiaba en que Dios haría lo imposible.

La fe en las promesas de Dios —o como diríamos hoy en día, la fe en Cristo, quien es la confirmación de las promesas de Dios— es la forma de convertirse en un hijo de Abraham. La obediencia es la evidencia de que la fe es genuina (Génesis 22:12-19). Esa es la razón por la que Jesús dice en Juan 8:39: «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais».

Los hijos de Abraham son las personas de todas las naciones que ponen su esperanza en Cristo y, como Abraham en el monte Moriah, por tanto no permiten que su posesión terrenal más preciada les impida obedecer.

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

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La ganancia de servir a Dios

MAYO, 31

La ganancia de servir a Dios

Devocional por John Piper

Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países. (2 Crónicas 12:8)

Servir a Dios es totalmente diferente que servir a cualquier otra persona.

Dios es extremadamente celoso de que entendamos esto —y que lo disfrutemos—. Por ejemplo, nos manda: «Servid al Señor con alegría» (Salmos 100:2). Hay una razón para sentir esta alegría, y se encuentra en Hechos 17:25: « [Dios] no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas».

Lo servimos con alegría porque no cargamos con la responsabilidad de suplir sus necesidades. Al contrario, nos regocijamos en un servicio en el que él suple nuestras necesidades. Servir a Dios siempre significa recibir gracia de Dios.

Para mostrar cuán celoso es Dios de que comprendamos esto y nos gloriemos en ello, observemos la historia en 2 Crónicas 12. Roboam, el hijo de Salomón, quien gobernó el reino del sur luego de la rebelión de las diez tribus, «abandonó la ley del Señor» (12:1). Escogió no servir al Señor y servir a otros dioses y otros reinos. El castigo de Dios fue enviar a Sisac, el rey de Egipto, a subir contra Roboam con mil doscientos carros y sesenta mil hombres a caballo (12:3).

En su misericordia, Dios envió al profeta Semaías a darle a Roboam el siguiente mensaje: «Así dice el Señor: “Vosotros me habéis abandonado, por eso también yo os abandono en manos de Sisac”» (12:5). El feliz resultado de tal mensaje fue que Roboam y sus príncipes se humillaron arrepentidos y dijeron: «Justo es el Señor» (12:6).

Cuando el Señor vio que se habían humillado, dijo: «Se han humillado; no los destruiré, sino que les concederé cierta libertad y mi furor no se derramará sobre Jerusalén por medio de Sisac» (12:7). Pero la disciplina fue: «Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países» (12:8).

El punto es claro: servir a Dios es un regalo y una bendición y una fuente de gozo y un beneficio.

Por eso digo con tanto celo que la alabanza del domingo por la mañana y la alabanza de la obediencia cotidiana no son en el fondo un servicio gravoso a Dios sino un recibir con gozo de parte de Dios.

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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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La recompensa por la paciencia

MAYO, 28

La recompensa por la paciencia

Devocional por John Piper

Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. (Génesis 50:20)

La historia de José, registrada en los capítulos 37 al 50 de Génesis, constituye una gran lección acerca de por qué debemos tener fe en la soberana gracia venidera de Dios.

José fue vendido como esclavo por sus hermanos, lo que debió haber probado enormemente su paciencia. Pero le fue dado un buen trabajo en la casa de Potifar. Luego, cuando estaba actuando con rectitud en ese lugar de obediencia inesperado, la esposa de Potifar mintió sobre su integridad e hizo que lo arrojaran en prisión —otra gran prueba para su paciencia—.

Nuevamente las cosas obraron para bien y el guarda de la prisión le otorgó responsabilidades y respeto. Pero justo cuando pensó que estaba a punto de recibir indulto de parte del copero del Faraón, a quien le había interpretado un sueño, el copero se olvidó de él por otros dos años.

Finalmente, el significado de todos esos desvíos y dilaciones se hizo claro. José le dijo a sus hermanos, de quienes había estado distanciado tanto tiempo: «Dios me envió delante de vosotros para preservaros un remanente en la tierra, y para guardaros con vida mediante una gran liberación» (Génesis 45:7); «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente» (Génesis 50:20).

¿Cuál habrá sido la clave de la paciencia de José durante todos esos largos años de exilio y maltrato? La respuesta es la fe en la gracia venidera, la gracia soberana de Dios que convierte el lugar no planeado y tiempo inesperado en el final más feliz que podríamos imaginar.

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La fe auténtica en comparación con la fe falsa

MAYO, 27

La fe auténtica en comparación con la fe falsa

Devocional por John Piper

Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan. (Hebreos 9:28)

La pregunta que todos nos planteamos es: ¿Somos parte de los «muchos» cuyos pecados él llevó? ¿Seremos salvos en la venida que es «para salvación»?

La respuesta de Hebreos 9:28 es «sí», si somos de «los que ansiosamente le esperan». Podemos estar seguros de que nuestros pecados han sido borrados y que seremos salvos en el día del juicio si confiamos en Cristo de un modo tal que nos haga estar ansiosos por su venida.

Hay una fe falsa que afirma creer en Cristo, pero que no es más que una póliza de seguro contra incendios. La fe falsa «cree» solo para escapar del infierno. No desea realmente a Cristo. De hecho, quienes tienen este tipo de fe hasta preferirían que él no viniera, para así poder complacerse tanto como les fuera posible en los placeres mundanos. Esto demuestra un corazón que no está en Cristo, sino con el mundo.

Entonces, la cuestión es la siguiente: ¿Anhelamos con ansias la venida de Cristo? ¿o queremos que espere mientras continuamos en nuestro amorío con el mundo? Esa es la pregunta que pone a prueba la autenticidad de la fe.

Por lo tanto, seamos como los corintios, que estaban «esperando ansiosamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 1:7), y como los filipenses, cuya «ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente [esperaban] a un Salvador, el Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20).

Esa es la cuestión. ¿Amamos la esperanza de su venida? ¿O amamos al mundo y tenemos esperanzas de que su venida no interrumpa nuestros planes mundanos? De estas preguntas depende nuestra eternidad.

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Fuerza para esperar

MAYO, 26

Fuerza para esperar

Devocional por John Piper

Fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo. (Colosenses 1:11)

Fuerza es la palabra apropiada. El apóstol Pablo oraba por la iglesia de Colosas para que los miembros fueran «fortalecidos con todo poder según la paciencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia» (Colosenses 1:11). La paciencia es la evidencia de una fuerza interna.

Las personas impacientes son débiles y, por consiguiente, dependen de puntos de apoyo externos —tales como horarios que se cumplan al minuto y circunstancias que sostengan su frágil corazón—. Los arrebatos de juramentos, amenazas y duras críticas dirigidos a las personas que interfieren en sus planes no suenan débiles. Sin embargo, todo ese ruido sirve de camuflaje para sus debilidades. La paciencia exige una tremenda fuerza interna.

Para el creyente, esta fuerza viene de Dios. Por eso Pablo oraba por los colosenses. Le pedía a Dios que los fortaleciera para que tuvieran la paciencia y entereza que exige la vida cristiana. Pero cuando decía que la fuerza de la paciencia es «según la potencia de [la] gloria [de Dios]», no solo quería decir que hacer que una persona sea paciente requiere poder divino. Quería decir que la fe en este poder glorioso es el canal mediante el cual viene el poder para tener paciencia.

La paciencia es, sin lugar a dudas, un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), pero el Espíritu Santo nos fortalece (con todo su fruto) «por el oír con fe» (Gálatas 3:5). Por lo tanto, la oración de Pablo es que Dios nos conecte con el «poder glorioso» que reviste de paciencia. Esa conexión es la fe.

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El propósito de Dios en las desviaciones

MAYO, 25

El propósito de Dios en las desviaciones

Devocional por John Piper

Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dado gracias por medio de Él a Dios el Padre. (Colosenses 3:17)

¿Alguna vez se preguntaron qué hace Dios cuando estamos buscando en el lugar equivocado algo que perdimos y que realmente nos hace mucha falta? Él sabe exactamente dónde se encuentra, y nos deja seguir buscando en el lugar equivocado.

Recuerdo cuando necesitaba encontrar una frase para citar en la nueva edición de mi libro Deseando a Dios. Sabía que la había leído en un libro de Richard Wurmbrand. Creí que estaba en su libro de devocionales Alcanzando las alturas. Casi podía verla en la cara derecha del libro abierto. Pero no la encontré.

Sin embargo, mientras buscaba, me quedé absorto leyendo una de las páginas, el devocional del treinta de noviembre. En ese momento me dije: «Esta es una de las razones por las que tuve que invertir tiempo buscando la cita». Era una historia, no para mí, sino para los padres de niños con discapacidades.

Tener un hijo con discapacidades es como estar buscando en el lugar equivocado algo que se ha perdido y que no se puede encontrar. «¿Por qué, por qué y por qué?». Esta fue la recompensa inesperada por las horas «perdidas».

Catherine fue criada en un hogar para niños con retrasos mentales durante veinte años. Había tenido un retraso mental desde el principio y nunca había dicho ni una palabra, solo vegetaba. O bien se quedaba quieta mirando las paredes, o bien hacía movimientos anormales. Comer, beber y dormir: en eso consistía su vida entera. Parecía no tener contacto en absoluto con la realidad que la rodeaba. Tuvieron que amputarle una pierna. El personal le expresó sus mejores deseos, con la esperanza de que el Señor se la llevara pronto a su presencia.

Un día el médico le pidió al director que se acercara con urgencia. Catherine estaba a punto de morir. Cuando ambos entraron en la habitación, no podían creer lo que estaban presenciando. Catherine estaba cantando himnos cristianos que había escuchado con anterioridad; había escogido solo aquellos que eran adecuados para cantar en el lecho de muerte. Repitió una y otra vez la canción alemana que decía: «¿Dónde encontrará el alma su hogar y su descanso?». La cantó por media hora con el rostro transfigurado, luego partió de este mundo en paz.

(Extracto de The Best Is Still to Come, “Wuppertal: Sonne und Shild”)

¿Acaso hay algo que podamos hacer en el nombre de Cristo que en verdad sea inútil?

Mi búsqueda frustrada e inútil por lo que pensé que necesitaba no fue una pérdida de tiempo. Cantarle a esta niña con discapacidades no fue una pérdida de tiempo. Tampoco la agonizante e inesperada desviación del camino que están atravesando es una pérdida de tiempo: no lo es si esperan que el Señor obre de manera inesperada y haga lo que deba hacer en su nombre (Colosenses 3:17). El Señor obra a favor de los que esperan en él (Isaías 64:4).

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Los cimientos de nuestra seguridad

MAYO, 24

Los cimientos de nuestra seguridad

Devocional por John Piper

Porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación mediante la santificación por el Espíritu. (2 Tesalonicenses 2:13)

Docenas de pasajes de la Biblia nos hablan de que nuestra salvación final (aunque no nuestra elección) depende de tener una vida y un corazón que han sido transformados. La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿Cómo puedo tener la seguridad de que perseveraré en la fe y en la santidad necesarias para heredar la vida eterna?

La respuesta es que la seguridad está cimentada en nuestra elección (2 Pedro 2:10). La elección divina es la garantía de que Dios se encargará de completar, a través de la gracia santificadora, lo que la gracia electiva ha comenzado.

Ese es el significado del nuevo pacto: Dios no solo manda que lo obedezcamos; él produce en nosotros la obediencia. «El Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas» (Deuteronomio 30:6). «Pondré dentro de vosotros mi Espíritu y haré que andéis en mis estatutos» (Ezequiel 36:27, 11:20).

La elección asegura que «a los que justificó, a estos también glorificó» (Romanos 8:30), de modo que todas las condiciones establecidas para la glorificación se cumplirán por el poder de la gracia de Dios.

La elección es el fundamento definitivo de la seguridad de salvación, ya que si Dios es el que se compromete a salvar, también es él quien se compromete a producir todo lo necesario para la salvación.

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¿De verdad Cristo lo vale?

MAYO, 23

¿De verdad Cristo lo vale?

Devocional por John Piper

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:26-27)

Jesús no se avergüenza ni tiene temor alguno de decirnos a la cara lo «peor», el doloroso costo de ser cristianos: aborrecer a la familia (v. 26), cargar una cruz (v. 27) y renunciar a nuestros bienes personales (v. 33). No hay letra pequeña en el pacto de la gracia. Todo está escrito en letra grande y negrita. ¡No hay gracia barata! ¡Es muy costosa! Ven, y sé mi discípulo.

Por el contrario, Satanás esconde lo peor y nos muestra solo lo mejor. Lo único que realmente importa en el trato con Satanás está en letra pequeña en la última página.

En la primera página se lee en letra grande y llamativa: «Ciertamente no moriréis» (Génesis 3:4) y «Todo esto te daré, si postrándote me adoras» (Mateo 4:9). Sin embargo, en la última página y en letra pequeña —tan pequeña que solo se puede leer bajo la lupa de las Escrituras— se lee: «Y después de disfrutar de los placeres banales, sufrirás conmigo para siempre en el infierno».

¿Por qué Jesús está dispuesto a mostrarnos lo «peor» así como lo mejor de él, mientras que Satanás solo nos muestra lo mejor de él? Matthew Henry responde: «Satanás nos muestra lo mejor que tiene, pero oculta lo peor, porque no puede compensar lo peor con lo mejor; sin embargo Cristo lo compensará de manera abundante».

El llamado de Jesús no es solo un llamado al sufrimiento y la abnegación; en primer lugar es la invitación a un banquete. Esto es lo que nos enseña la parábola de Lucas 14:16-24. Jesús también promete una resurrección gloriosa en la que todas las pérdidas de esta vida serán recompensadas (Lucas 14:14). También nos dice que nos ayudará a soportar las pruebas (Lucas 22:32) y que nos dará el Espíritu Santo (Lucas 11:13). Promete que incluso si nos matan por causa del reino, «ni un cabello de [nuestra] cabeza perecerá» (Lucas 21:18).

Esto significa que cuando nos sentemos a calcular los costos de seguir a Jesús —cuando pongamos en la balanza lo «peor» y lo «mejor»— llegaremos a la conclusión de que lo vale. Él es absolutamente digno (véase Romanos 8:18).

No sucede lo mismo con Satanás. El pan robado es sabroso, pero luego la boca se llena de grava (véase Proverbios 20:17).

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