Jesús conoce a sus ovejas

MAYO, 22

Jesús conoce a sus ovejas

Devocional por John Piper

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen. (Juan 10:27)

Jesús conoce a aquellos que le pertenecen. ¿En qué consiste tal conocimiento?

Un versículo paralelo a Juan 10:27 es Juan 10:3: «Las ovejas oyen su voz; llama a sus ovejas por nombre y las conduce afuera».

Por lo tanto, cuando Jesús dice: «yo las conozco», quiere decir que las conoce por su nombre; es decir, conoce a cada una individualmente y tiene una relación íntima con cada una de ellas. No son anónimas, ni están perdidas en medio del rebaño.

Los versículos 14 y 15 nos ayudan a comprenderlo mejor: «Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen, de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre».

Hay una verdadera semejanza entre el modo en que Jesús conoce a su Padre que está en los cielos y el modo en que conoce a sus ovejas. Jesús se ve a sí mismo en el Padre, y también se ve a sí mismo en sus discípulos.

Hasta cierto punto, Jesús reconoce su propio carácter en sus discípulos. Ve su propia marca grabada en las ovejas.

Es como un esposo que espera a la esposa en el aeropuerto, mirando a cada persona que sale del avión. Cuando ella aparece, él la reconoce, conoce sus rasgos y facciones, se deleita en verla, y es ella la única persona a quien abraza.

El apóstol Pablo lo expresa de esta forma: «El sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos» (2 Timoteo 2:19).

Es improbable hacer demasiado énfasis en el tremendo privilegio que tenemos de ser conocidos de manera personal, tierna a íntima por el Hijo de Dios. Es un regalo precioso para todas sus ovejas y conlleva la promesa de la vida eterna.

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Dios obra a nuestro favor

MAYO, 21

Dios obra a nuestro favor

Devocional por John Piper

Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda. (Salmos 121:1-3)

¿Necesitan ayuda? Yo sí. ¿Hacia dónde miraremos en busca de ayuda?

Cuando el salmista levantó sus ojos a los montes y preguntó: «¿de dónde vendrá mi socorro?», la respuesta fue: «mi socorro viene del Señor». No de los montes, sino del Dios que hizo los montes.

De este modo trajo a memoria dos grandes verdades: una es que Dios es el poderoso Creador y como tal está por encima de todos los problemas de la vida; la otra es que Dios nunca duerme.

Dios es un trabajador incansable. Pensemos en Dios como alguien que obra en nuestra vida. Sí, es maravilloso. Tendemos a pensar que nosotros trabajamos en la vida de Dios. Sin embargo, la Biblia quiere que primero nos maravillemos de que Dios trabaja en nuestra vida: «Desde la antigüedad no habían escuchado ni dado oídos, ni el ojo había visto a un Dios fuera de ti que obrara a favor del que esperaba en Él» (Isaías 64:4).

Dios trabaja para nosotros sin descanso. No se toma días libres ni horas de descanso. De hecho, tiene tantas ansias de obrar a nuestro favor que mira a su alrededor en busca de más trabajo para hacer por personas que confíen en él: «Porque los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo» (2 Crónicas 16:9).

Dios ama mostrar su incansable poder, sabiduría y bondad trabajando por las personas que confían en él. Jesús fue el principal medio que usó Dios para demostrarlo: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45). Jesús trabaja para sus seguidores. Los sirve.

Debemos creer en esto —en verdad creerlo— para poder regocijarnos en el Señor siempre (Filipenses 4:4) y dar siempre gracias por todo (Efesios 5:20) y tener la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7) y por nada estar afanosos (Filipenses 4:6) y aborrecer nuestra vida en este mundo (Juan 12:25) y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:39).

¡Cuánta verdad! ¡Cuán grandiosa realidad! Dios está despierto todo el día y toda la noche para obrar a favor de los que esperan en él.

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Cómo aborrecer su propia vida

MAYO, 20

Cómo aborrecer su propia vida

Devocional por John Piper

En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna. (Juan 12:24-25)

«El que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna»: ¿Qué significa?

Significa, al menos, que no necesitamos preocuparnos demasiado por nuestra vida terrenal. En otras palabras, lo que nos suceda en este mundo simplemente no tiene mucha importancia.

Si los demás hablan bien de nosotros, no tiene mucha importancia.

Si nos odian, no tiene mucha importancia.

Si tenemos muchos bienes, no tiene mucha importancia.

Si tenemos pocos bienes, no tiene mucha importancia.

Si nos persiguen o calumnian, no tiene mucha importancia.

Si tenemos fama o si pocos nos conocen, no tiene mucha importancia.

Si estamos muertos, nada de esto tiene mucha importancia.

Significa algo mucho más radical. Hay decisiones que se deben tomar y que no son meramente experiencias pasivas. Jesús agrega: «Si alguno me sirve, sígame». ¿Adónde? Hacia Getsemaní y hasta la cruz.

Jesús no solo dice: «Si las cosas van mal, no hay que preocuparse, debido a que ya estamos muertos de todos modos». Lo que él dice es: «Elijan morir conmigo. Elijan aborrecer la vida en este mundo del mismo modo en que yo elegí la cruz».

A esto se refería Jesús cuando declaró: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mateo 16:24). Él nos llama a elegir la cruz. Las personas solo hacían una cosa en la cruz: morir. «Tome su cruz» significa que, como el grano de trigo, «cae en la tierra y muere». Escojamos eso.

¿Por qué lo haríamos? Por un compromiso radical con el ministerio. «No estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24). Creo escuchar a Pablo decir: «No importa lo que me pueda suceder, si tan solo puedo vivir para la gloria de su gracia».

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Lo que hace que Jesús se regocije

MAYO, 19


Lo que hace que Jesús se regocije

Devocional por John Piper

En aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado. (Lucas 10:21)

Este versículo es uno de los dos únicos pasajes de los Evangelios donde se dice que Jesús se regocijó. Los setenta discípulos acababan de regresar de sus jornadas evangelísticas e informaban a Jesús sobre el éxito obtenido.

Lucas escribe en el versículo 21: «En aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado”».

Observemos que los tres miembros de la Trinidad se regocijan en este pasaje: Jesús se regocija, pero dice que se regocija en el Espíritu Santo. Creo que lo que esto significa es que el Espíritu Santo lo llena y lo mueve a regocijarse. Al final del versículo se describe el deleite de Dios el Padre. La traducción NVI lo expresa de este modo: «Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad».

Ahora bien, ¿qué quiere decir que toda la Trinidad estaba junta regocijándose en ese lugar? Es el libre amor selectivo de Dios el que esconde estas cosas de la elite intelectual y se las revela a los niños: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños».

¿Y qué es lo que el Padre esconde de algunos y les revela a otros? Lucas 10:22 da la respuesta: «Nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre». Por lo tanto, lo que el Padre debe revelar es la verdadera identidad espiritual del Hijo.

Cuando los setenta regresaron de su misión evangelística e informaron a Jesús al respecto, él y el Espíritu Santo se alegraron de que Dios el Padre hubiera elegido, según su buena voluntad, revelar la identidad de su Hijo a los niños y esconderla de los sabios.

El punto es que no son solo ciertas clases de personas a las que Dios elige. El punto es que Dios es libre de elegir a los candidatos más improbables para que participen de su gracia.

Dios contradice lo que dicta el mérito humano. Esconde la verdad a los sabios y la revela a los más indefensos y mediocres.

Cuando Jesús contempla cómo el Padre ilumina y salva libremente a aquellos cuya única esperanza es la gracia gratuita, se regocija en el Espíritu Santo y se complace en la elección del Padre.

La luz más allá de la luz

MAYO, 18

La luz más allá de la luz

Devocional por John Piper

Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (Colosenses 3:1-2)

Jesucristo es refrescante. Apartarse de él y dejarse llevar por los placeres del ocio sin Cristo hace que el alma se reseque.

Quizás al principio uno se sienta más libre y lo pase mejor al escatimar las oraciones y desatender la lectura de la Palabra. Sin embargo, esto luego tiene su precio: superficialidad, impotencia, vulnerabilidad frente al pecado, preocupación excesiva por nimiedades, relaciones frívolas, y una alarmante pérdida de interés por la adoración y las cosas del Espíritu.

No permitamos que el verano haga que nuestra alma se marchite. Dios nos dio ese tiempo de descanso para que fuera un anticipo del cielo, no un sustituto.

Si el cartero le trae una carta de amor de su prometida, no se enamore del cartero. No nos enamoremos del video de preestreno hasta el punto de volvernos incapaces de amar la realidad que se avecina.

Jesucristo es el refrescante centro del verano. Él tiene la preeminencia por sobre todas las cosas (Colosenses 1:18), incluso sobre las vacaciones, los días de campo, las largas caminatas y las comidas y deportes al aire libre. Él nos hace una invitación: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28).

La pregunta es: ¿es eso lo que queremos? Cristo se nos ofrece a sí mismo en la medida en que nosotros anhelamos ser refrescados en él. «Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón» (Jeremías 29:13).

Lo que Pedro dice al respecto es lo siguiente: «Arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor» (Hechos 3:19). Arrepentirse no solo implica dar la espalda al pecado, sino también volverse al Señor con el corazón abierto, expectante y sumiso.

¿Qué tipo de actitud veraniega es esta? Es la actitud que describe Colosenses 3:1-2: «Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra».

¡La tierra es de Dios! Es un adelanto de la realidad de lo que el verano eterno será donde «la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera» (Apocalipsis 21:23).

El sol de verano es un mero destello de luz en comparación con el que ha de ser el sol: la gloria de Dios. El verano nos permite percibir y demostrar esta realidad. ¿Deseamos tener ojos que ven? Señor, haznos ver la luz más allá de la luz.

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Por qué amamos a Dios

MAYO, 17

Por qué amamos a Dios

Devocional por John Piper

Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. (1 Juan 4:19)

Ya que el amor a Dios es la evidencia de que él nos amó y nos escogió (Romanos 8:28, etc.), la seguridad de que Dios nos ama y de que nos escogiera no puede ser el fundamento de nuestro amor a él. Nuestro amor a Dios, que es la evidencia de que hemos sido escogidos, consiste en nuestro entendimiento espiritual de la gloria de este Dios que todo lo satisface.

No se trata en primer lugar de la gratitud por un beneficio recibido. Se trata de reconocer que recibir a Dios produce una la gratitud sobrecogedora, y de deleitarnos en esta verdad. Este reconocimiento y deleite es —o debería ser, según las Escrituras— inmediato, con la certeza de que él en verdad se ofrece a sí mismo para nuestro eterno disfrute.

El llamado del Evangelio (Cristo murió por los pecadores; crean en él y serán salvos) no es primeramente un llamado a creer que él murió por nuestros pecados. El llamado del Evangelio consiste primeramente en creer que, debido a que Dios redime a tal costo y con tal sabiduría y santidad, él es digno de confianza y en él hallamos verdadero descanso, suficiente para satisfacer todos nuestros anhelos.

La consecuencia inmediata de creer esto (es decir, sentir, aprehender) es la convicción de que somos salvos y de que él murió por nosotros, ya que la promesa de salvación es dada a aquellos que creen así.

La esencia del hedonismo cristiano se encuentra, por lo tanto, en el mismo centro de lo que es la fe salvadora y de lo que significa realmente «recibir» a Cristo o amar a Dios.

Hagamos una comparación: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esto quizá signifique que el amor de Dios, a través de la encarnación, la expiación y la obra del Espíritu Santo, nos da la capadidad de amarlo —no que la motivación de nuestro amor sea el hecho de que él ha obrado grandemente en nosotros—.

O quizá signifique que, al contemplar y aprehender a Dios espiritualmente como el Dios que ama a pecadores como nosotros con una gracia increíblemente gratuita y mediante medios de expiación increíblemente sabios y de gran sacrificio, surge en nosotros el deseo de deleitarnos en este Dios por quien es él, en lugar de considerar que lo amamos primeramente porque consideramos que somos personal y particularmente escogidos por él.

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El amor más libre

MAYO, 16

El amor más libre

Devocional por John Piper

He aquí, al Señor tu Dios pertenecen los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que en ella hay. Sin embargo, el Señor se agradó de tus padres, los amó, y escogió a su descendencia después de ellos, es decir, a vosotros, de entre todos los pueblos, como se ve hoy. (Deuteronomio 10:14-15)

El amor electivo de Dios es completamente libre. Es el bondadoso desborde de su felicidad ilimitada, guiada por su infinita sabiduría.

Deuteronomio 10:14-15 describe el deleite que Dios tiene al elegir a Israel de entre los pueblos de la tierra. Observemos dos detalles.

Primero, notemos la diferencia entre los versículos 14 y 15. ¿Por qué Moisés ubica la elección de Israel en medio de la escena de Dios como propietario de todo el universo? ¿Por qué el versículo 14 dice que a Dios pertenecen el cielo, la tierra y todo lo que en ellos hay, y luego el versículo 15 dice que él escogió a Israel para que fuera su pueblo?

Al parecer, el motivo es erradicar la idea de que Dios estaba restringido de algún modo en la elección de su pueblo. Este pasaje busca derribar el mito de que cada pueblo tiene su propio dios y que este dios tiene derechos sobre su propio pueblo y nadie más.

La verdad es que este es el único Dios verdadero. Es dueño de todo lo que hay en el universo y puede tomar a cualquier pueblo que elija para hacer de él su especial posesión.

Por lo tanto, la maravillosa e inefable verdad revelada a Israel es que Dios los eligió. No tenía que hacerlo. Tenía el derecho y el privilegio de elegir a cualquier pueblo que quisiera sobre la faz de la tierra para llevar a cabo su propósito redentor.

Por consiguiente, cuando se llama a sí mismo «Dios de Israel» no quiere decir que está al mismo nivel que los dioses de Egipto o Canaán. Él es dueño de esos dioses y de sus pueblos. Si le hubiera placido hacerlo así, podría haber elegido a un pueblo totalmente distinto para realizar sus propósitos.

La finalidad de vincular de este modo los versículos 14 y 15 es hacer hincapié en la libertad de Dios, sus derechos universales y su autoridad.

El segundo detalle a notar (en el versículo 15) es la forma en que Dios ejerce su libertad soberana: «El Señor se agradó de tus padres, los amó». En su libre elección, le plació amar a los padres del pueblo de Israel.

El amor de Dios por ellos era libre y movido por misericordia, y no estaba restringido a ningún atributo intrínseco de su judaísmo ni por virtud alguna de Israel.

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¿Qué es la mansedumbre?

MAYO, 15

¿Qué es la mansedumbre?

Devocional por John Piper

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

La mansedumbre empieza cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Entonces, porque confiamos en él, le entregamos nuestros caminos y echamos sobre él nuestras ansiedades o frustraciones, nuestros planes, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra salud.

Luego esperamos con paciencia en el Señor. Confiamos en que su tiempo y su poder y su gracia obrarán de la mejor manera para su gloria y para nuestro bien.

El resultado de confiar en Dios y de echar sobre él nuestras ansiedades y de esperar con paciencia en él es que no damos lugar al enojo fácil y quejumbroso. Por el contrario, damos lugar a la ira de Dios: le entregamos a él nuestra causa y dejamos que él nos revindique si fuera su voluntad hacerlo.

Es entonces que por esta apacible confianza en él, como dice Santiago, nos volvemos prontos para oír y tardos para hablar (Santiago 1:19). Nos volvemos más razonables y abiertos a recibir correcciones.

La mansedumbre ama aprender. Además considera que los golpes que pueda recibir de parte de un amigo son invaluables. Y cuando se ve obligada a hacer una crítica a una persona envuelta en el pecado o el error, habla desde la profunda convicción de su propia falibilidad, su propia susceptibilidad al pecado y su absoluta dependencia en la gracia de Dios.

La calma, la predisposición a aprender y la vulnerabilidad propias de la mansedumbre son muy hermosas y también muy dolorosas. Van en contra de todo lo que somos según nuestra naturaleza pecaminosa. Ejercer la mansedumbre exige una ayuda sobrenatural.

Si son discípulos de Jesucristo —es decir, si confían en él y le entregan sus caminos y esperan con paciencia en él— Dios ya ha empezado a ayudarlos y los ayudará aún más.

Y la manera principal en la que los ayudará es confirmando en su corazón que son coherederos con Cristo, y que el mundo y todo lo que hay en él es su herencia.

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Las ideas tienen consecuencias

MAYO, 14

Las ideas tienen consecuencias

Devocional por John Piper

El propósito de nuestra instrucción es el amor. (1 Timoteo 1:5)

Viktor Frankl fue un prisionero judío en los campos de concentración nazi de Auschwitz y Dachau durante la Segunda Guerra Mundial. Como profesor de neurología y psiquiatría, obtuvo renombre a nivel mundial por su libro El hombre en busca de sentido, del que se vendieron más de ocho millones de ejemplares.

En esa obra despliega la esencia de la filosofía a la que llamó logoterapia —que consiste en que la motivación humana más primitiva es la de encontrarle sentido a la vida—. En medio de los horrores de los campos de concentración, pudo observar que el hombre puede tolerar casi cualquier cómo que la vida le presente si cuenta con la respuesta del por qué. Pero la frase que más me impactó en los últimos días es la siguiente:

Estoy absolutamente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek, en última instancia, no nacieron en algún ministerio de Berlín, sino en los escritorios y salas de conferencias de científicos y filósofos nihilistas. («Victor Frankl a los noventa: entrevista», de la revista First Things, Abril 1995, p. 41.)

En otras palabras, las ideas tienen consecuencias: bendicen o destruyen. El comportamiento de las personas —bueno o malo— no surge de la nada. Surge de los puntos de vista acerca de la realidad que en determinado momento se vuelven predominantes, echan raíces en la mente y dan a luz el bien o el mal.

Una de las formas en que la Biblia deja en claro la verdad de que las ideas tienen consecuencias prácticas se observa en frases como: «Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados… se escribió a fin de que… tengamos esperanza» (Romanos 15:4). Las ideas que las Escrituras nos presentan tienen la consecuencia práctica de la esperanza.

Pablo lo repite en otra carta: «El propósito de nuestra instrucción es el amor» (1 Timoteo 1:5). La transmisión de las ideas por medio de la «instrucción» produce amor.

La esperanza y el amor no surgen de la nada. Emanan de las ideas —formas de percibir la realidad— reveladas por las Escrituras.

Otra de las formas en que las Escrituras nos muestran que las ideas tiene consecuencias es mediante el uso de la frase por tanto y otras variantes con el mismo significado (1039 veces en la versión NASB, una traducción de la Biblia al inglés). Algunos ejemplos son: «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1); «Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1); «Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana» (Mateo 6:34).

Si queremos vivir en el poder de estos grandiosos y prácticos por tanto, debemos sujetarnos a las ideas —formas de percibir la realidad— que los preceden y someternos a los mandatos que conllevan.

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En el fondo de todo

MAYO, 13

En el fondo de todo

Devocional por John Piper

En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad. (Efesios 1:5)

La experiencia de Charles Spurgeon no se encuentra fuera del alcance del común de los cristianos.

Spurgeon (1834-1892) fue contemporáneo de George Mueller. Por más de treinta años sirvió en el Tabernáculo Metropolitano de Londres y fue el pastor más famoso de su época.

Sus prédicas eran tan poderosas que más y más personas se convertían a Cristo cada semana. Sus sermones se siguen imprimiendo hasta el día de hoy y muchos lo consideran un modelo de predicador con el don de ganar de almas.

Él trae a memoria una experiencia que tuvo a los dieciséis años que marcó su vida y su ministerio para siempre:

Cuando me acercaba a Cristo, pensaba que todo lo hacía por mí mismo, y aunque yo buscaba al Señor de todo corazón, no tenía la menor idea de que el Señor me estaba buscando a mí. No creo que un joven creyente sea consciente de esto al principio.

Puedo recordar con exactitud el mismísimo momento en que recibí esas verdades [la doctrina de la elección] por primera vez en mi propia alma, cuando —como lo expresaría John Bunyan— fueron grabadas en mi corazón como un hierro candente. Recuerdo haber sentido que había crecido súbitamente, había dejado de ser un niño y me había vuelto un hombre adulto; sentí que había profundizado mi conocimiento de las Escrituras al haber encontrado, de una vez por todas, la clave de la verdad de Dios.

Una noche entre semana estaba sentado en la casa de Dios y no estaba muy atento al sermón del predicador, porque no creía lo que decía.

Entonces vino el pensamiento: ¿Cómo llegué a ser cristiano? Busqué al Señor. Pero ¿qué me llevó a buscar al Señor? La verdad atravesó mi mente en un segundo como un relámpago: no hubiera buscado al Señor si no hubiera habido antes una influencia en mi mente que me hubiera hecho buscarlo. Yo oré, pensé entonces. Pero luego me pregunté: ¿Qué me llevó a orar? Leer las Escrituras fue lo que me llevó a orar. ¿Qué me llevó a leer las Escrituras? Es cierto que las había leído, pero ¿qué fue lo que me llevó a leerlas?

Entonces, en un instante, pude ver que Dios estaba en el fondo de todo el asunto y que él era el Autor de mi fe, y así toda la doctrina de la gracia se abrió delante de mis ojos, y de esa doctrina no me he apartado hasta el día de hoy. Deseo que esta sea mi constante confesión: «Atribuyo mi cambio enteramente a Dios».

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