A la tarde no dejes reposar tu mano

20 de septiembre

«A la tarde no dejes reposar tu mano».

Eclesiastés 11:6

Cada día, al llegar la tarde, las oportunidades son abundantes. Los hombres regresan de sus labores y el celoso ganador de almas halla tiempo para hablar a todos del amor de Jesús. ¿No tengo yo alguna obra que hacer por Jesús en esta tarde? Si no la tengo, no debo dejar que mi mano repose ante un servicio que requiere mucho trabajo. Los pecadores perecen por falta de conocimiento. El que malgasta el tiempo hallará sus ropas enrojecidas por la sangre de las almas. Jesús entregó sus dos manos para que las clavasen, ¿cómo puedo retirar yo de su bendita obra una sola de las mías? Noche y día Jesús trabajó y oró por mí, ¿cómo podría yo dedicar siquiera una hora para regalar mi carne con el lujo de la comodidad? ¡Levántate, ocioso corazón! Extiende tu mano para trabajar o levántala para orar. El Cielo y el Infierno se muestran activos; haga yo también lo mismo y siembre esta tarde la buena semilla para el Señor mi Dios.

La tarde de la vida también tiene sus obligaciones. La vida es tan corta que una mañana de juventud y una tarde de vejez es todo lo que posee. A algunos la vida les parece larga; sin embargo, lo que sucede es que para un pobre unas pocas monedas constituyen una fortuna. La vida es tan breve que ningún hombre puede malgastar un solo día. Bien se ha dicho que si un gran rey pusiese delante de nosotros un montón de oro y nos invitase a tomar tanto cuanto pudiésemos contar en un día, trabajaríamos todo ese día. Empezaríamos por la mañana temprano y a la tarde no dejaríamos reposar nuestra mano. No obstante, el ganar almas es una labor mucho más noble. ¿Cómo, pues, la abandonamos tan pronto? A algunos se les concede una larga tarde de lozana vejez. Si soy uno de ellos, procuraré utilizar los talentos que me queden y serviré a mi bendito y fiel Señor hasta los últimos instantes de mi vida. Por su gracia, seguiré luchando y solo dejaré mi cargo cuando mi cuerpo se derrumbe. La vejez puede instruir a la juventud, alentar al abatido y confortar al desalentado. Si la caída de la tarde no tiene tanto calor, sí tiene, en cambio, una sabiduría más serena. Por tanto, a la tarde, no dejaré reposar mi mano.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 274). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Por este niño oraba

19 de septiembre

«Por este niño oraba».

1 Samuel 1:27

Las almas piadosas se complacen en estimar los favores que han recibido en respuesta a la oración, pues ven en ellos una manifestación particular del amor de Dios. Cuando podemos dar el nombre de Samuel —esto es, «pedido a Dios»— a las bendiciones que recibimos, esas bendiciones son para nosotros tan queridas como lo fue aquel niño para Ana. Penina tuvo muchos hijos, pero los tuvo como bendiciones comunes, no por haberlos pedido en oración. En cambio, Ana lo demandó con ardiente plegaria y, por eso, al concedérselo el Cielo, le fue tan querido. ¡Cuán agradable resultó también para Sansón aquella agua que encontró en En-hacore: «el pozo del que ora»! Las copas de casia vuelven amargas todas las aguas; pero la copa de la oración endulza las bebidas que contiene. ¿Hemos orado por la conversión de nuestros hijos? Entonces, ¡cuán doblemente agradable será ver en ellos, una vez que sean salvos, la respuesta a nuestras peticiones! Es mejor regocijarnos por ellos como resultado de nuestra intercesión que como fruto de nuestros cuerpos. ¿Hemos demandado al Señor algún don espiritual selecto? Cuando lo recibamos, el mismo vendrá envuelto en el áureo ropaje de la fidelidad y la veracidad de Dios, y así nos será doblemente precioso. ¿He pedido éxito en la obra del Señor? ¡Cuán agradable es la prosperidad que viene volando sobre las alas de la oración! Siempre es mejor lograr que las bendiciones lleguen a nuestras casas de manera legítima, a través de la puerta de la oración; entonces esas bendiciones son realmente bendiciones y no tentaciones. Cuando las oraciones no reciben respuesta enseguida, las bendiciones que hemos pedido se hacen más ricas con la demora. El niño Jesús fue mucho más precioso para María cuando lo encontró después de haberlo buscado con preocupación. Aquello que conseguimos mediante la oración, debemos dedicárselo a Dios, como Ana le dedicó a Samuel. El don vino del Cielo; que vuelva al Cielo. La oración lo trajo; la gratitud prorrumpió en alabanzas por él. La devoción, pues, debe consagrarlo. En esto habrá una ocasión especial para decir: «De lo recibido de tu mano te damos». Lector, ¿es la oración tu deleite o tu fastidio? ¿Cuál de los dos?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 273). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y me siguen

18 de septiembre

«Y me siguen».

Juan 10:27

Debiéramos seguir a nuestro Señor resueltamente como las ovejas siguen a su pastor, pues él tiene el derecho de guiarnos adonde le plazca. No somos nuestros, sino comprados por precio. Reconozcamos, pues, los derechos de la sangre redentora. El soldado sigue a su capitán; el siervo obedece a su Señor. Con mayor razón, entonces, debemos nosotros seguir a nuestro Redentor, de quien somos posesión adquirida. No somos fieles a nuestra profesión de cristianos si objetamos a las órdenes de nuestro Jefe y Caudillo. Nuestro deber es la sumisión; nuestra insensatez, la cavilación. A menudo puede nuestro Señor decirnos aquello que le dijo a Pedro: «¿Qué a ti? Sígueme tú». Adondequiera que el Señor nos guíe, él va delante de nosotros. Aunque no sepamos adónde estamos yendo, sabemos con quién vamos. ¿Quién teme, contando con tal amigo, los peligros del camino? El viaje puede ser largo, pero los eternos brazos de Dios nos llevarán hasta el final. La presencia de Jesús es garantía de eterna salvación, pues, porque él vive, nosotros también viviremos. Debemos seguir a Cristo con sencillez y fe, ya que las sendas por las que él nos guía terminan todas ellas en la gloria y la inmortalidad. Es cierto que esas sendas pueden no ser llanas, sino pedregosas, pero nos conducen a la «ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (He. 11:10). «Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad para aquellos que guardan su pacto y sus testimonios» (Sal. 25:10, LBLA). Pongamos plena confianza en nuestro Jefe, porque sabemos que ya sea que venga la prosperidad o la adversidad, la enfermedad o la salud, la popularidad o el desprecio, su propósito se cumplirá, y ese propósito será para todo heredero de la gracia un bien puro y sin mezcla. Hallaremos placentero el subir con Cristo por la cara desértica del collado y, cuando la lluvia y la nieve caigan sobre nuestro rostro, el precioso amor de Jesús nos hará mucho más felices que los que se sientan cerca del hogar y calientan sus manos al calor del fuego de este mundo. Seguiremos a nuestro Amado hasta la cumbre de Amana, hasta las guaridas de los leones y hasta los montes de los leopardos. Precioso Jesús, atráenos y correremos en pos de ti.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 272). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Anímale!

17 de septiembre

«Anímale».

Deuteronomio 1:38

Dios se sirve de los suyos para que se alienten los unos a los otros. Él no dijo al ángel Gabriel: «Mi siervo Josué está a punto de conducir a mi pueblo a Canaán; ve y aliéntalo». Dios nunca efectúa milagros innecesarios. Si sus propósitos se pueden cumplir por medios ordinarios, no utilizará métodos milagrosos. Gabriel no hubiese estado en mejores condiciones que Moisés para cumplir su cometido. La simpatía de un hermano es más valiosa que la embajada de un ángel. El ángel hubiera comprendido mejor el mandato del Señor que el temperamento de Josué. El ángel nunca había conocido las penurias de la peregrinación, ni visto las serpientes ardientes, ni guiado, como Moisés, a una multitud de dura cerviz. Debiéramos estar agradecidos de que, por lo común, Dios obre a través de hombres. Esto constituye un vínculo de fraternidad; y, al depender recíprocamente unos de otros, nos fundimos en una familia en forma más compacta. Hermano, acepta este texto como un mensaje de Dios. Esfuérzate por ayudar a otros y especialmente procura alentarlos. Conversa alegremente con el joven que pregunta ansioso de aprender y procura con amor quitar de su camino las piedras de tropiezo. Cuando halles en el corazón de otro una chispa de gracia, arrodíllate y sóplala hasta que se convierta en una llama. Deja que el joven creyente descubra gradualmente la aspereza del camino, pero háblale del poder que hay en Dios, de la seguridad de la promesa y del encanto de la comunión con Cristo. Aspira a consolar al triste y alentar al abatido. Habla una palabra a tiempo al cansado y alienta a quienes están temerosos para que prosigan su camino con gozo. Dios te alienta con sus promesas; Cristo te alienta al señalarte el Cielo que ha ganado para ti; y el Espíritu te alienta obrando en ti así el querer como el hacer por su buena voluntad. Imita tú la sabiduría divina y alienta a otros según el pasaje de esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 271). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Soy yo el mar o un monstruo marino para que me pongas guarda?

16 de septiembre

¿Soy yo el mar o un monstruo marino para que me pongas guarda?».

Job 7:12

La pregunta que le hace Job al Señor en este versículo es una pregunta extraña. Job se sentía demasiado insignificante para que se le vigilase y castigase de un modo tan severo, y creía que no era tan indomable como para necesitar una represión semejante. Resultaba natural que hiciese esta pregunta aquel que estaba cercado por dolores tan insoportables; pero, después de todo, esa pregunta se merecía una respuesta de humillación. Es verdad que el hombre no es el mar; pero, sin embargo, es más problemático e indomable que este. El mar obedece y respeta sus límites y, aunque los mismos sean solo una faja de arena, no los sobrepasa. Poderoso como es, el mar obedece a la orden divina que dice: «Hasta aquí»; aun cuando se ve azotado por una furiosa tempestad. Sin embargo, el obstinado hombre desafía al Cielo y esclaviza la tierra, y su rebelde ira no tiene fin. El mar, obediente a la luna, cuenta con sus flujos y sus reflujos de incesante regularidad, y así obedece tanto activa como pasivamente. No obstante, el hombre, inquieto más allá de su esfera, duerme cuando tiene que cumplir con su deber y se muestra indolente cuando debiera estar activo. Ante el mandato de Dios, el hombre ni viene ni va; prefiere, malhumorado, hacer lo que no debiera y dejar de hacer aquello que se le ordena. Cada gota del océano, cada burbuja, cada copo de espuma, cada ostra y cada guijarro obedece la ley que se le ha impuesto. ¡Oh, si nosotros fuésemos la milésima parte de sumisos que él a la voluntad de Dios! Llamamos al mar variable y engañoso; pero, en cambio, ¡cuán invariable es el mismo! Desde los días de nuestros padres, y aun antes de ellos, el mar está donde estaba, golpeando las mismas rocas, produciendo el mismo ruido. Sabemos dónde hallarlo, pues no abandona su lecho ni cambia su incesante bramido. No obstante, ¿dónde está el hombre, el hombre vano y voluble? ¿Puede este sospechar siquiera qué insensatez lo seducirá próximamente para desobedecer? Necesitamos más vigilancia que el encrespado mar, porque somos más rebeldes que el mismo. Señor, gobiérnanos para tu propia gloria. Amén.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 270). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El pueblo a él cercano

15 de septiembre

«El pueblo a él cercano»

Salmo 148:14

La dispensación del Antiguo Pacto era la dispensación de la distancia: cuando Dios apareció a su siervo Moisés, le dijo: «No te acerques; quita tu calzado de tus pies» (Éx. 3:5). Y cuando en el monte Sinaí se manifestó a su pueblo escogido y separado, uno de los primeros mandamientos que le dio a Moisés fue: «Señalarás término al pueblo en derredor [del monte]» (Éx. 19:12). Tanto en el culto del Tabernáculo como en el del Templo, la idea de la distancia era siempre prominente. El vulgo no entraba siquiera en el atrio exterior; en el atrio interior solo podían atreverse a entrar los sacerdotes; mientras que en el lugar más secreto (es decir, en el Lugar Santísimo) entraba solo el Sumo Sacerdote una vez al año. Era como si el Señor quisiera enseñar a los hombres, en aquellos tiempos primitivos, que el pecado le es tan enteramente repugnante que tenía que tratarlos como a leprosos, echándolos fuera del campamento. Y aunque se acercaba a ellos, les hacía sentir, sin embargo, la magnitud de la separación que había entre él (un Dios Santo) y ellos: impuros pecadores. Cuando se empezó a predicar el evangelio, se nos puso sobre una base muy distinta, reemplazándose la palabra «aléjate» por «acércate». La distancia dio paso a la proximidad, y quienes en otro tiempo habíamos estado lejos fuimos hechos cercanos por la sangre de Cristo. La Deidad encarnada no tiene en derredor suyo ninguna muralla de fuego: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar», fue la jubilosa proclama de Dios en los días de su carne. Ahora él no le enseña al leproso desde cierta distancia, sino que sufre en sí mismo el castigo de la corrupción de este. ¡Qué posición de seguridad y privilegio supone haber sido hechos cercanos a Dios por medio de Jesús! ¿Conoces esto por experiencia? Y si lo conoces, ¿estás viviendo en el poder de esa posición? Es maravilloso vivir cerca de Dios en este mundo; sin embargo, a esta dispensación presente le seguirá otra de una comunión más íntima aún, cuando se dirá: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Ap. 21:3). ¡Oh Señor, apresura ese día!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 269). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado

14 de septiembre

«Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado».

Salmo 32:5 (LBLA)

El dolor que padeció David por su pecado fue amargo. Los efectos del mismo se hicieron visibles en su propio cuerpo: «se envejecieron [sus] huesos»; «se volvió [su] verdor en sequedades de verano». David no logró encontrar remedio hasta que hizo una completa confesión delante del Trono de la gracia celestial. Él nos cuenta cómo, por algún tiempo, estuvo callado y su corazón se llenó más y más de amargura. Como un pequeño lago entre las montañas, cuya salida está bloqueada, así su alma se hallaba inundada por torrentes de aflicción. David buscó excusas, se esforzó en desviar sus pensamientos, pero todo fue en vano. Como una llaga que se ulcera, su dolor se fue agravando; y ya que él no quería usar la lanceta de la confesión, su espíritu se atormentaba más cada vez y no hallaba descanso. Por fin, llegó a la conclusión de que tenía que volver a Dios en humilde arrepentimiento o morir de manera irremediable. Se dirigió, pues, de inmediato al propiciatorio y allí extendió el rollo de sus iniquidades delante de Dios, que todo lo ve, confesando su mal por entero con palabras semejantes a las del Salmo 51 y otros salmos penitenciales. Una vez hecho esto (un acto sencillo y, sin embargo, muy difícil para el orgullo), recibió enseguida el perdón divino. Los huesos que habían estado abatidos se recrearon de nuevo, y David salió de su encierro para cantar las bienaventuranzas del hombre cuyas iniquidades han sido perdonadas. ¡Mira el valor que tiene una confesión de pecados obrada por la gracia divina! Esa confesión debe tenerse en mucho, ya que en todos los casos en que hay una confesión genuina, el perdón se otorga gratuitamente; no porque el arrepentimiento y la confesión merezcan dicho perdón, sino por el amor de Cristo. ¡Bendito sea Dios, porque siempre hay una cura para el corazón quebrantado! La fuente está fluyendo continuamente a fin de limpiarnos de nuestros pecados. En verdad, oh Señor, eres un Dios «pronto a perdonar»; por consiguiente, reconoceremos nuestras iniquidades.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 268). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Éste a los pecadores recibe

13 de septiembre

«Éste a los pecadores recibe».

Lucas 15:2

Observa la condescendencia de Cristo: «Éste» —Jesús— que se eleva sobre todos los hombres como santo, inocente, limpio y apartado de los pecadores, recibe a estos últimos. Éste, que no es otro que el eterno Dios, ante quien los ángeles cubren sus rostros, acoge a los pecadores. Se necesitaría la lengua de un ángel para describir tan portentosa condescendencia de amor. El que alguno de nosotros se muestre dispuesto a buscar a los perdidos no tiene nada de admirable, porque se trata de nuestros semejantes; pero que él, el Dios ofendido, contra quien se ha cometido la transgresión, tome forma de siervo, lleve el pecado de muchos y se muestre dispuesto a recibir al más vil de los viles, resulta portentoso.

«Éste a los pecadores recibe». No lo hace, sin embargo, para que ellos continúen siendo pecadores, sino para perdonarles sus pecados, justificarlos, limpiar sus corazones con la santificadora Palabra de Dios, preservar sus almas convirtiéndolas en morada del Espíritu Santo, y permitirles que le sirvan haciendo públicas sus alabanzas y teniendo comunión con él. Jesús recibe a los pecadores con el amor de su corazón; los saca del estercolero y los lleva como joyas en su corona; los arrebata del fuego cual tizones y los preserva como costosos monumentos de su gracia. En la presencia de Cristo, nada es más precioso que los pecadores por los cuales él murió. Cuando Jesús recibe a los pecadores, no lo hace en la puerta de la calle, ni los admite por caridad en algún lugar improvisado como se hace con los mendigos que están de paso, sino que abre las puertas de oro de su regio corazón y él mismo les da la bienvenida; sí, admite al humilde penitente a una unión íntima y personal consigo y lo hace miembro de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. ¡Nunca ha habido un recibimiento como este! Y ello es muy cierto aun en esta noche: Jesús recibe aún a los pecadores. ¡Ojalá los pecadores lo reciban a él!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 267). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Misericordia y juicio cantaré

12 de septiembre

«Misericordia y juicio cantaré».

Salmo 101:1

La fe triunfa en las pruebas. Cuando se arroja a la razón en el calabozo de más adentro y se le aprieta los pies en el cepo, la fe hace que los muros del calabozo entonen con alegres notas: «La misericordia y la justicia cantaré; a ti, oh Señor, cantaré alabanzas» (LBLA). La fe arranca la negra máscara del rostro afligido y descubre al ángel que está detrás de ella. La fe mira a la nube y ve que…

Está llena de misericordia y se derramará

con bendiciones sobre su cabeza.

Aun en los juicios con que Dios nos juzga, hay temas para la canción. Tengamos presente: en primer lugar, que la prueba no es tan penosa como hubiera podido ser; en segundo lugar, que no es tan grave la aflicción como merecíamos; y, en tercer lugar, que la carga no resulta tan agotadora como la que otros soportan. La fe reconoce que lo mucho que sufre no lo sufre como castigo: sabe que en ese sufrimiento no hay siquiera una gota de ira divina; sino que el mismo se le envía con amor. La fe descubre, sobre el airado pecho de Dios, un amor que brilla como las joyas. La fe se expresa así en cuanto al dolor: «El dolor es un distintivo de honra; pues el hijo debe ser disciplinado». Y, una vez dicho esto, canta de los preciosos resultados que le han traído sus aflicciones, porque las mismas le produjeron beneficios espirituales. Más aún; la fe dice: «Esta leve tribulación momentánea [me] produce […] un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Co. 4:17). De modo que la fe cabalga sobre el caballo blanco, «venciendo y para vencer», hollando la razón carnal y entonando notas de victoria en medio de lo más reñido del combate.

Es grato si sufrimos / en horas de ansiedad,

saber que desde el Cielo / nos miras con piedad;

que cuentas nuestras penas, / y ves nuestro dolor,

que escuchas nuestros ayes / y envías tu favor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 266). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

SEÑOR, guíame en tu justicia por causa de mis enemigos

11 de septiembre

«SEÑOR, guíame en tu justicia por causa de mis enemigos».

Salmo 5:8 (LBLA)

Muy amarga es la enemistad del mundo contra el pueblo de Dios. Los hombres olvidan mil faltas de otros, pero exagerarán la más insignificante falla cometida por los seguidores de Jesús. En lugar de lamentarnos, procuremos más bien sacar provecho de esto y, ya que muchos están acechando nuestros titubeos, propongámonos andar muy cuidadosamente delante de Dios. Si vivimos negligentemente, los ojos de lince del mundo pronto nos verán y, con sus centenares de lenguas, esparcirán el embuste exagerado y decorado por el celo del calumniador. El mundo exclamará triunfalmente: «¡Ah, así los quería sorprender! ¡Mira lo que hacen estos cristianos! ¡En realidad, son unos hipócritas!». Obrando de este modo, haremos mucho daño a la causa de Cristo y seremos motivo de que su Nombre se vea afrentado. La cruz de Cristo es en sí misma un escándalo para el mundo; procuremos, pues, no añadir ningún otro escándalo a ella. La cruz de Jesús es «a los judíos, tropezadero»; no pongamos, entonces, más tropiezos donde ya hay más que suficientes. «A los gentiles, [es] locura»: tampoco añadamos nuestra insensatez para dar lugar al escarnio con el que la sabiduría del mundo ridiculiza el evangelio. ¡Qué desconfiados deberíamos ser de nosotros mismos! ¡Cuán rigurosos con nuestras conciencias! ¡Qué prudentes en la presencia de nuestros adversarios, los cuales tergiversan las mejores acciones que ejecutamos y, cuando no pueden hacerlo, ponen en tela de juicio nuestros motivos! Se considera sospechosos a los peregrinos mientras estos atraviesan la Feria de Vanidad. No solo se nos vigila estrechamente, sino que tenemos a nuestro alrededor más espías de los que podemos imaginar. Ese espionaje se efectúa en todas partes donde nos encontremos. Si llegamos a caer en manos de nuestros enemigos, es más que probable que nos muestre bondad un lobo rapaz o compasión un demonio que indulgencia los hombres que sazonan su incredulidad hacia Dios con escándalos contra su pueblo. ¡Oh Señor, guíanos siempre para que nuestros enemigos no nos sorprendan en falta alguna!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 265). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.