«He visto sus caminos; pero le sanaré»

30 de agosto

«Sáname, oh SEÑOR, y seré sanado».

Jeremías 17:14 (LBLA)

«He visto sus caminos; pero le sanaré».

Isaías 57:18

Curar las enfermedades espirituales es prerrogativa exclusiva de Dios. Las enfermedades corporales se pueden sanar por medio de instrumentos humanos; pero, aun en este caso, la honra se le debe dar a Dios, quien confiere virtud a la medicina y le proporciona al cuerpo la fuerza para que expulse la enfermedad. En cuanto a las enfermedades espirituales, solo el gran Médico es capaz de curarlas. Él reclama esto como prerrogativa suya, diciendo: «Yo hago morir y yo hago vivir; yo hiero y yo curo». Uno de los nombres más selectos de Dios es: «Yo, el Señor, soy tu sanador» (Éx. 15:26, LBLA). Y «sanaré tus heridas» (Jer. 30:17) es una promesa que no podría proceder de los labios de algún hombre, sino solamente de la boca del Dios eterno. Por eso el Salmista clama a Dios diciendo: «Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen» (Sal. 6:2, LBLA). Y también: «Sana mi alma, porque contra ti he pecado» (Sal. 41:4). Por eso, igualmente, el piadoso alaba el nombre del Señor diciendo: «Él […] sana todas tus dolencias» (Sal. 103:3). Aquel que hizo al hombre puede restablecerlo; quien fue el Creador de nuestra especie en un principio es capaz de recrearla. ¡Qué excelente consuelo nos da el pensar que en la persona de Jesús «habita toda la plenitud de la deidad corporalmente»! Alma mía, este gran Médico puede curarte, sea cual sea tu enfermedad. Si él es Dios, su poder no tiene límites. Ven, entonces, con el ojo ciego del entendimiento entenebrecido, ven con el pie cojo de las energías gastadas, ven con la mano seca de la fe debilitada, con la fiebre del temperamento airado o con el escalofrío del desaliento; ven, en fin, como estás, porque ciertamente Dios te puede restablecer de tu enfermedad. Ninguno podrá impedir la virtud salutífera que procede de Jesús nuestro Señor. Las legiones de demonios han tenido que reconocer el poder del Médico amado y él jamás se ha visto resistido. En el pasado todos sus pacientes sanaron, y sanarán también en el futuro. Y tú, amigo mío, serás uno de ellos con solo confiar en él esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 253). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El andar en rectitud es muy menospreciado

29 de agosto

«Todo el tiempo de su nazareato, de todo lo que se hace de la vid, desde los granillos hasta el hollejo, no comerá».

Números 6:4

Entre otros votos, los nazareos hacían uno que los privaba del uso del vino. Para que no violasen ese voto se les prohibía beber vinagre de vino o bebidas fuertes, y para que la orden resultase aún más clara, no tenían siquiera que gustar el zumo no fermentado de la uva, ni tampoco comer uvas frescas ni secas. Para garantizar del todo la integridad de su voto, no se les permitía probar ninguna cosa que tuviese relación con el vino. En realidad, los nazareos tenían que evitar aun la apariencia del mal. Es esta, sin duda, una lección para los nazareos del Señor, que les enseña a apartarse del pecado en todas sus formas, a evitar no meramente sus manifestaciones más groseras, sino hasta su espíritu y apariencia. El andar en rectitud es muy menospreciado en nuestros días, pero ten la seguridad, querido lector, de que ese andar es el más seguro y el más dichoso. Quien cede al mundo en uno o dos puntos corre un tremendo peligro. El que come las uvas de Sodoma pronto beberá del vino de Gomorra. Una pequeña hendidura en los diques holandeses dejaría entrar el mar y, al ensancharse rápidamente la misma, las aguas anegarían toda una provincia. La conformidad con el mundo (en el grado que sea) es un lazo para el alma, que la expone cada vez más a las soberbias (cf. Sal. 19:13). Además, el nazareo que bebía zumo de uva no podía estar demasiado seguro de que ese zumo no hubiera experimentado algún grado de fermentación y, en consecuencia, tener la certeza en su corazón de que su voto se estaba cumpliendo. De la misma manera, el cristiano que cede y contemporiza no tendrá una conciencia libre de pecado, sino que sentirá que su monitor interno titubea en cuanto al mismo. No tenemos por qué titubear acerca las cosas dudosas, porque son malas para nosotros. No debemos entretenernos en cuestiones tentadoras, sino huir de ellas con rapidez. Mejor es ser objeto de la burla por puritano que el que se nos desprecie como hipócritas. Andar prudentemente puede implicar mucha negación de nosotros mismos, pero produce satisfacciones que constituyen una recompensa más que suficiente.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 252). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Regocíjate, oh estéril»

28 de agosto

«Regocíjate, oh estéril».

Isaías 54:1

Aunque hemos dado algunos frutos para Cristo y tenemos una jubilosa esperanza de que somos «la planta que plantó [su] diestra» (Sal. 80:15), sin embargo, hay ocasiones cuando nos sentimos muy estériles. La oración no tiene vida, el amor se ha enfriado, la fe es débil y cada uno de los dones del jardín de nuestro corazón se agosta y cae a tierra. Somos como las flores bajo el ardiente sol, que requieren el refrigerio de la lluvia. En tal situación, ¿qué debemos hacer? El texto nos habla a nosotros, a quienes precisamente nos hallamos en ese estado: «Regocíjate, oh estéril […] levanta canción y da voces de júbilo». No obstante, ¿acerca de qué puedo yo cantar? No me es posible referirme al presente, y aun el pasado aparece lleno de esterilidad. ¡Ah, pero puedo cantar de Jesucristo! Puedo hablar de las visitas que el Redentor me hizo en tiempos pasados; y si no logro exaltar el gran amor con que él amó a su pueblo cuando vino desde lo alto para redimirlo, iré de nuevo a la cruz. Ven, alma mía, muy cargada estabas tú en otro tiempo, pero aquí dejaste tu carga. Ve otra vez al Calvario. Quizá aquella misma cruz que te dio vida, te pueda otorgar fertilidad. ¿Qué es mi esterilidad? Es la plataforma donde se manifiesta el poder de Dios para producir frutos. ¿Qué es mi desolación? Es el engaste para el zafiro de su amor eterno. Iré con mi pobreza, con mi debilidad y con toda mi vergüenza y mis caídas, y le diré a Dios que aún soy su hijo. Confiado en la fidelidad de su corazón, hasta yo, el estéril, levantaré canción y daré voces de júbilo.

Canta, oh creyente, porque el canto alegra tu corazón y el de otros afligidos. Sigue cantando, pues, ahora que te sientes realmente avergonzado de tu esterilidad: pronto serás fructífero; ahora que Dios te ha hecho aborrecer la falta de fruto: pronto te cubrirá de racimos. La experiencia de nuestra esterilidad es penosa, pero las manifestaciones del Señor resultan placenteras. Un sentido de nuestra propia pobreza nos lleva a Cristo; y allí es donde debemos estar, pues nuestro fruto está en él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 251). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh SEÑOR, Dios de verdad»

27 de agosto

«En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh SEÑOR, Dios de verdad».

Salmo 31:5 (LBLA)

Muchos hombres santos han citado estas palabras en la hora de su muerte, y nosotros podemos meditar provechosamente en ellas esta noche. El objeto de los afanes del hombre fiel, tanto en la vida como en la muerte, no es el cuerpo ni son los bienes, sino el espíritu. Como el espíritu es su precioso tesoro, si este está seguro, todo le va bien. ¿Qué son esos bienes humanos comparados con el alma? El creyente encomienda su alma en las manos de su Dios. Esa alma la recibió de Dios y, por tanto, a él le pertenece; él la ha sustentado desde hace tiempo y la puede cuidar ahora: es, pues, muy propio que Dios la reciba. Todas las cosas están a salvo en las manos del Señor. Lo que le confiamos a él estará seguro, tanto ahora como en aquel Día hacia el cual marchamos apresuradamente. Confiar en la protección del Cielo significa una vida en paz y una muerte gloriosa. En todo momento debemos encomendar nuestro ser entero en las fieles manos de Jesús; entonces, aunque nuestra vida penda de un hilo y nuestras adversidades se multipliquen como la arena del mar, nuestras almas vivirán confiadas y se deleitarán en sosegados lugares de reposo.

«Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad». La redención es una sólida base de confianza. David no había conocido el Calvario como lo conocemos nosotros; pero la redención temporal lo alentaba. ¿Y no nos alentará a nosotros una redención eterna? Las liberaciones que hemos experimentado en el pasado constituyen un motivo extraordinario para esperar ayuda en el presente. Lo que el Señor ha hecho lo hará otra vez, pues él no cambia. Él es fiel a sus promesas y bondadoso para con sus santos. Él no se apartará de su pueblo.

No habré de temer ni desconfiar

en los brazos de mi Salvador;

en él puedo yo bien seguro estar

de los lazos del vil tentador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 250). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron»

26 de agosto

«Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron».

Marcos 9:15

¡Cuán grande es la diferencia entre Moisés y Jesús! Cuando el profeta de Horeb estuvo cuarenta días en el monte, sufrió una especie de transfiguración, de suerte que su rostro resplandecía con un gran brillo y, como el pueblo no podía mirar su gloria, Moisés cubría con un velo su semblante. No ocurrió así con nuestro Salvador: él se transfiguró con una gloria mayor que la de Moisés y, sin embargo, no está escrito que el pueblo se haya visto deslumbrado por el resplandor de su rostro, sino que más bien se dice que la gente «se asombró, y corriendo a él, le saludaron». La gloria de la ley repele; pero la maravillosa gloria de la cruz atrae. Aunque Jesús es santo y justo, sin embargo, junto con su pureza hay tanto de verdad y de gracia que los pecadores corren sorprendidos hacia su bondad, fascinados por el amor que manifiesta. Ellos le saludaron, se hicieron sus discípulos y le aceptaron como Señor y Maestro. Lector, puede que precisamente ahora estés obnubilado por el brillo deslumbrante de la ley de Dios. Sientes sus demandas sobre tu conciencia, pero no puedes cumplirlas en tu vida. No quiero decir que busques faltas en la ley —al contrario, ella reclama tu más profunda estima—; sin embargo, de ninguna manera te sientes atraído a Dios por ella, sino que más bien la ley endurece tu corazón y te lleva hasta el borde de la desesperación. ¡Ah, pobre corazón, aparta tus ojos de Moisés, con todo su repelente esplendor, y mira a Jesús, que resplandece con glorias más amables. Contempla sus sangrantes heridas y su cabeza coronada de espinas. Él es el Hijo de Dios y, por eso, mayor que Moisés; es el Señor de amor y, por consiguiente, más tierno que el Legislador. Él soportó la ira de Dios y, en su muerte, reveló más de la justicia de Dios que el Sinaí con sus llamas de fuego. Sin embargo, esa justicia está ahora satisfecha, y de aquí en adelante será la guardiana de los creyentes en Jesús. Mira, pecador, al Salvador ensangrentado y, al sentir la atracción de su amor, arrójate en sus brazos y serás salvo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 249). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Si crees de todo corazón, bien puedes»

25 de agosto

«Si crees de todo corazón, bien puedes».

Hechos 8:37

Estas palabras, devoto lector, pueden responder a tus dudas en cuanto al bautismo y la Cena del Señor. Quizá digas: «Tengo miedo de ser bautizado, ya que es un acto muy solemne el declarar que muero con Cristo y soy sepultado con él. No me siento con libertad para acercarme a la mesa del Señor; temo comer y beber juicio para mí, no discerniendo el cuerpo del Señor». ¡Ah, pobre temeroso, Jesús te ha dado libertad; no temas! Si un extraño fuese a tu casa, permanecería a la puerta o esperaría en el vestíbulo; no se atrevería a entrar en tu sala de estar sin haber sido invitado, porque no se encuentra en su propia casa. En cambio, tu hijo se siente muy libre en el hogar; y lo mismo sucede con los hijos de Dios. Un extraño no puede introducirse allí donde le es posible hacerlo a un hijo. Cuando el Espíritu Santo nos ha concedido experimentar el espíritu de adopción, no debemos temer ser bautizados y participar de la Cena del Señor. La misma regla se aplica a los privilegios íntimos del cristiano. Tú crees, pobre buscador, que no se te permite regocijarte con gozo inefable y glorioso: con que se te deje trasponer la puerta de Cristo o sentarte al fondo de su mesa te sentirás satisfecho. ¡Ah, pero no vas a tener menos privilegios de los que tienen los más ilustres! Dios no hace diferencia en su amor para con sus hijos. Un hijo suyo es un hijo, y no hará de él un sirviente; sino que le pondrá a que coma del becerro gordo y goce de la música y de las danzas como si nunca se hubiese extraviado. Cuando Jesús entra en el corazón, decreta una autorización general para que este se goce en el Señor. En la corte del Rey Jesús no se utiliza ninguna cadena. Nuestra admisión a la plenitud de los privilegios puede ser gradual, pero es segura. Quizá el lector esté pensando: «Yo quisiera poder gozar de las promesas y andar libremente en los mandamientos de mi Señor». «Si crees de todo corazón, bien puedes». Desata las cadenas de tu cuello, oh hija cautiva, porque Jesús te hace libre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 248). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El fuego de la contienda es un mal terrible»

24 de agosto

«Cuando se prendiere fuego, y al quemar espinos quemares mieses amontonadas o en pie, o campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado».

Éxodo 22:6.

¿Pero qué pago puede dar el que esparce el fuego del error o las brasas de la concupiscencia, y coloca a las almas de los hombres sobre llamas del fuego del Infierno? Ese daño no se puede calcular y su resultado es irreparable. Aunque tal ofensor sea perdonado, qué dolor experimentará al echar una mirada retrospectiva y ver que no puede anular el mal que hizo. Un mal ejemplo es capaz de encender una llama que años de carácter enmendado no pueden apagar. Quemar el alimento del hombre es un gran mal, ¡pero cuánto peor es destruir su alma! Nos puede resultar útil averiguar hasta dónde hemos sido culpables de esto en el pasado, e inquirir para ver si, aun en el presente, no hay algún mal en nosotros que tienda a dañar las almas de nuestros familiares, amigos o vecinos.

El fuego de la contienda es un mal terrible cuando se enciende en una iglesia cristiana. Allí donde los conversos se multiplican y se glorifica a Dios, los celos y la envidia hacen su obra más perniciosa. Donde se almacena el dorado grano para recompensar las fatigas del gran Booz, el fuego de la enemistad se introduce y no deja otra cosa que humo y negrura. ¡Ay de aquellos por quienes viene el tropiezo! (cf. Mt. 18:7). Ojalá dicho tropiezo nunca venga por causa nuestra; ya que, aunque no podamos pagar el daño, seremos, sin duda, las víctimas principales, si hemos sido los principales ofensores. Aquellos que alimentan el fuego merecen una justa censura; pero es más culpable el que lo encendió. La discordia, por lo regular, hace presa primero en las espinas —es decir, se propaga entre los hipócritas y los malos creyentes dentro de la iglesia— y, después, se difunde entre los rectos, arrastrada por los vientos del Infierno, sin que nadie sepa dónde termina. ¡Oh tú, Señor y Dador de la paz, haznos pacificadores y nunca permitas que ayudemos o alentemos a los hombres pendencieros o causemos siquiera, inintencionadamente, división entre tu pueblo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 247). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones»

23 de agosto

«Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones».

Efesios 3:17.

Es de desear que nosotros, los creyentes, tengamos a la persona de Jesús constantemente delante de nuestros ojos para inflamar nuestro amor por él y obtener un conocimiento más profundo suyo. Quiera Dios que mis lectores estén todos matriculados, como aplicados estudiantes, en la Facultad de Jesús: sean estudiantes del Corpus Christi —es decir, del cuerpo de Cristo—, resueltos a alcanzar una alta titulación en la ciencia de la cruz. No obstante, para tener siempre cerca a Jesús, el corazón debe estar lleno de él: de su amor que brota hasta rebosar de nuestro interior. De ahí que el Apóstol ore diciendo: «Que habite Cristo […] en vuestros corazones». Mira cuán cerca desearía él que estuviese Jesús. No podrías contar con alguien más cercano a ti que quien está en tu corazón. «Que habite…». No que pase a verte algunas veces, como lo hace un visitante casual que entra en una casa y se queda en ella a pasar la noche; sino que habite: que Jesús llegue a ser el Señor y el Morador de lo íntimo de tu ser para no irse jamás de allí.

Observa estas palabras: «Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones» —el corazón es la mejor estancia de la casa de un hombre—. No solo en tus pensamientos, sino también en tus emociones; no meramente en las meditaciones de tu mente, sino igualmente en los sentimientos de tu corazón. Debiéramos suspirar por un amor a Cristo de carácter permanente. No uno que alumbra por algún tiempo y luego se apaga lentamente en las tinieblas de unas pocas ascuas; sino una llama persistente, alimentada con combustible sagrado como el fuego del altar, que nunca se apagaba. Esto no puede lograrse sino por la fe. La fe tiene que ser fuerte; de lo contrario el amor no será ferviente. La raíz de la flor debe estar sana; de otro modo no podemos esperar que dicha flor sea fragante. La fe es la raíz del lirio y el amor es su flor. Lector, Jesús no puede estar en el amor de tu corazón si este no lo posee firmemente por la fe. Ruega, pues, que seas siempre capaz de confiar en Cristo para que lo ames perpetuamente. Si tu amor está frío, ten por cierto que tu fe está decayendo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 246). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Las inescrutables riquezas de Cristo»

22 de agosto

«Las inescrutables riquezas de Cristo».

Efesios 3:8

Mi Señor tiene riquezas que sobrepasan los cálculos de la aritmética, la medida de la razón, la visión de la imaginación o la elocuencia de las palabras. ¡Son inescrutables! Tú puedes considerar y estudiar y ponderar, pero Jesús es un Salvador más grande de lo que llegues a imaginar cuando hayas imaginado lo mayor de todo. Jesús está más pronto a perdonar que tú a pecar; es más capaz de perdonar que tú de transgredir. Mi Señor está más dispuesto a suplir tus necesidades que tú a confesarlas. Nunca pienses despectivamente de mi Señor Jesús. Cuando pones la corona sobre su cabeza lo estás coronando con plata, cuando él se merece el oro. Mi Señor tiene riquezas de felicidad para concederte ahora. Él puede hacerte descansar en lugares de delicados pastos y pastorearte junto a aguas de reposo. No hay música como la suya cuando él es el Pastor y tú la oveja, y te acuestas a sus pies. No hay amor como el suyo: ni la tierra ni el Cielo lo pueden igualar. Conocer a Cristo es ser hallado en él. ¡Oh, esto es vida, esto es gozo, esto es meollo y grosura, vino sobre los posos, bien refinado! Mi Señor no trata a sus siervos brutalmente. Él los regala como un rey a otro rey: les da dos cielos, uno aquí mientras le sirven y otro allá, cuando se gocen con él para siempre. Sus inescrutables riquezas se conocerán mejor en la eternidad. Mientras te diriges al Cielo, él te dará todo aquello que necesites. Tu guarida serán las fortalezas de las peñas; se te dará tu pan y tus aguas serán seguras. Sin embargo, es allí, allí, donde oirás los cánticos de los vencedores, la aclamación de quienes se gozan, y donde verás cara a cara al Glorioso y al Amado. ¡Las inescrutables riquezas de Cristo! Este es el tono para los cantores de la tierra y el cántico para los arpistas del Cielo. Señor, enséñanos más de Jesús y nosotros daremos a otros las buenas noticias.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 245). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«No dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis».

21 de agosto

«No dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis».

Isaías 45:19

Podemos obtener mucho solaz considerando lo que Dios no ha dicho. Aquello que él ha dicho está indeciblemente cargado de consuelo y de deleite. Lo que no ha dicho, apenas es menos rico en consuelo. Fue uno de estos «no dije» lo que preservó el reino de Israel en los días de Jeroboam, hijo de Joás, porque «el Señor no había decidido borrar el nombre de Israel de debajo del cielo» (2 Reyes 14:27, LBLA). En el texto de Isaías se nos asegura que Dios responderá a la oración, porque él no ha dicho «a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis». Tú, que escribes amargamente contra ti mismo, debieras reconocer que si Dios no te ha desheredado de la gracia, no hay lugar para la desesperación, digan lo que digan tus dudas y temores. Aun la voz de la conciencia es de poca importancia si no se ve auxiliada por la voz de Dios. ¡Tiembla más bien ante lo que Dios ha dicho! Sin embargo, no permitas que tus vanas imaginaciones te abrumen con el desaliento y la desesperación pecaminosa. Muchas personas tímidas se han visto acosadas por la sospecha de que puede haber algo en las disposiciones de Dios que les cierre la puerta de la esperanza, pero hay una terminante refutación de ese molesto temor, pues ninguno que busque sinceramente puede verse condenado a la ira. «No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije —aun en lo secreto de mis inescrutables decretos—: «En vano me buscáis». Dios ha manifestado claramente que él oirá la oración de aquellos que lo invocan, y esa declaración no puede ser discutida. Él ha hablado tan firme, verdadera y rectamente que no es posible la duda: él no revela sus designios en ininteligibles palabras, sino que habla clara y positivamente diciendo: «Pedid y recibiréis». Cree, oh hombre tembloroso, esta segura verdad: la oración tiene que ser oída y será oída, y nunca —ni en los secretos de la eternidad— ha dicho el Señor a ninguna alma viviente: «En vano me [buscas]».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 244). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.