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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

“El fuego de la contienda es un mal terrible”

24 de agosto

«Cuando se prendiere fuego, y al quemar espinos quemares mieses amontonadas o en pie, o campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado».

Éxodo 22:6.

¿Pero qué pago puede dar el que esparce el fuego del error o las brasas de la concupiscencia, y coloca a las almas de los hombres sobre llamas del fuego del Infierno? Ese daño no se puede calcular y su resultado es irreparable. Aunque tal ofensor sea perdonado, qué dolor experimentará al echar una mirada retrospectiva y ver que no puede anular el mal que hizo. Un mal ejemplo es capaz de encender una llama que años de carácter enmendado no pueden apagar. Quemar el alimento del hombre es un gran mal, ¡pero cuánto peor es destruir su alma! Nos puede resultar útil averiguar hasta dónde hemos sido culpables de esto en el pasado, e inquirir para ver si, aun en el presente, no hay algún mal en nosotros que tienda a dañar las almas de nuestros familiares, amigos o vecinos.

El fuego de la contienda es un mal terrible cuando se enciende en una iglesia cristiana. Allí donde los conversos se multiplican y se glorifica a Dios, los celos y la envidia hacen su obra más perniciosa. Donde se almacena el dorado grano para recompensar las fatigas del gran Booz, el fuego de la enemistad se introduce y no deja otra cosa que humo y negrura. ¡Ay de aquellos por quienes viene el tropiezo! (cf. Mt. 18:7). Ojalá dicho tropiezo nunca venga por causa nuestra; ya que, aunque no podamos pagar el daño, seremos, sin duda, las víctimas principales, si hemos sido los principales ofensores. Aquellos que alimentan el fuego merecen una justa censura; pero es más culpable el que lo encendió. La discordia, por lo regular, hace presa primero en las espinas —es decir, se propaga entre los hipócritas y los malos creyentes dentro de la iglesia— y, después, se difunde entre los rectos, arrastrada por los vientos del Infierno, sin que nadie sepa dónde termina. ¡Oh tú, Señor y Dador de la paz, haznos pacificadores y nunca permitas que ayudemos o alentemos a los hombres pendencieros o causemos siquiera, inintencionadamente, división entre tu pueblo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 247). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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