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«Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron»

26 de agosto

«Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron».

Marcos 9:15

¡Cuán grande es la diferencia entre Moisés y Jesús! Cuando el profeta de Horeb estuvo cuarenta días en el monte, sufrió una especie de transfiguración, de suerte que su rostro resplandecía con un gran brillo y, como el pueblo no podía mirar su gloria, Moisés cubría con un velo su semblante. No ocurrió así con nuestro Salvador: él se transfiguró con una gloria mayor que la de Moisés y, sin embargo, no está escrito que el pueblo se haya visto deslumbrado por el resplandor de su rostro, sino que más bien se dice que la gente «se asombró, y corriendo a él, le saludaron». La gloria de la ley repele; pero la maravillosa gloria de la cruz atrae. Aunque Jesús es santo y justo, sin embargo, junto con su pureza hay tanto de verdad y de gracia que los pecadores corren sorprendidos hacia su bondad, fascinados por el amor que manifiesta. Ellos le saludaron, se hicieron sus discípulos y le aceptaron como Señor y Maestro. Lector, puede que precisamente ahora estés obnubilado por el brillo deslumbrante de la ley de Dios. Sientes sus demandas sobre tu conciencia, pero no puedes cumplirlas en tu vida. No quiero decir que busques faltas en la ley —al contrario, ella reclama tu más profunda estima—; sin embargo, de ninguna manera te sientes atraído a Dios por ella, sino que más bien la ley endurece tu corazón y te lleva hasta el borde de la desesperación. ¡Ah, pobre corazón, aparta tus ojos de Moisés, con todo su repelente esplendor, y mira a Jesús, que resplandece con glorias más amables. Contempla sus sangrantes heridas y su cabeza coronada de espinas. Él es el Hijo de Dios y, por eso, mayor que Moisés; es el Señor de amor y, por consiguiente, más tierno que el Legislador. Él soportó la ira de Dios y, en su muerte, reveló más de la justicia de Dios que el Sinaí con sus llamas de fuego. Sin embargo, esa justicia está ahora satisfecha, y de aquí en adelante será la guardiana de los creyentes en Jesús. Mira, pecador, al Salvador ensangrentado y, al sentir la atracción de su amor, arrójate en sus brazos y serás salvo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 249). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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