El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados

10 de agosto

«El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados».

Mateo 9:6

He aquí una de las más extraordinarias habilidades del gran Médico: ¡tiene poder para perdonar pecados! Mientras vivió aquí —aun antes de que pagase el rescate, antes de que se rociara la sangre sobre el propiciatorio—, Jesús tenía poder para perdo nar. ¿Acaso no lo tendrá ahora, después de haber muerto por el pe cador? ¡Qué poder debe residir en Aquel que pagó puntualmente todas las deudas de su pueblo hasta el último céntimo! Ahora, que ha terminado con la transgresión y vencido el pecado, Jesús tiene un poder ilimitado. Si lo dudas, ¡míralo mientras resucita de entre los muertos; contémplalo en su creciente esplendor, ya exaltado a la diestra de Dios! ¡Óyelo cuando intercede delante del eterno Padre, mostrando sus heridas, presentando los mé ritos de su sagrada Pasión! ¡Qué poder para perdonar hay en él! «Subiendo a lo alto […] dio dones a los hombres» (Ef. 4:8). «A éste Dios ha exaltado con su diestra […] parar dar a Israel arre pentimiento y perdón de pecados» (Hch. 5:31). El rojo carmesí de su sangre borra los pecados más escarlatas que haya. Querido lector, cualquiera que sea en estos momentos tu maldad, Cristo tiene poder para perdonar: para perdonarte a ti y a millares de otros como tú. Con una sola palabra lo hará. Él no necesita hacer nada más para obtener tu perdón; pues toda la obra de expiación ha quedado concluida. Él puede, en respuesta a tus lágrimas, perdonar hoy tus pecados y hacértelo saber: es capaz de infundir en tu alma, en este mismo momento, una paz con Dios que sobrepase to do entendimiento, la cual brotará de la perfecta remisión de tus múltiples iniquidades. ¿Crees esto? Yo confío en que lo crees. ¡Puedes experimentar ahora mismo el poder de Jesús para perdonar pecados! No tardes en acudir al Médico de las almas, sino ve pronto a él y dile palabras como estas:

Lávame, por piedad; por amor, límpiame

con tu sangre, Cordero de Dios;

y mi lengua agradecida cantará

alabanza, bendición y amor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 232). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios

9 de agosto

«Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios».

Marcos 16:9

María Magdalena era víctima de un espantoso mal: estaba poseída, no por uno, sino por siete demonios. Esos temibles huéspedes causaban mucha pena y corrupción en el cuerpo donde habían encontrado alojamiento. El caso de esta mujer era desesperante y horrible: no podía curarse a sí misma, y ningún socorro humano le hubiera resultado útil. No obstante, Jesús pasó por aquel camino y, sin que la pobre endemoniada lo buscara o, probablemente, siquiera lo resistiese, pronunció la palabra de autoridad, y María Magdalena se convirtió en un trofeo del poder sanador de Jesús. Los siete demonios la dejaron: la dejaron para nunca más volver, expulsados enérgicamente por el Señor de todo. ¡Qué bendita liberación! ¡Qué cambio tan dichoso! ¡Del delirio al placer, de la desesperación a la paz, del Infierno al Cielo! Inmediatamente se hizo una seguidora constante de Jesús: reteniendo sus palabras, siguiendo sus pisadas y compartiendo su fatigosa vida. Además, llegó a ser su generosa ayudante, especialmente entre aquel grupo de mujeres curadas y agradecidas que le servían de sus bienes. Y cuando levantaron a Jesús en la cruz, María permaneció a su lado participando de su ignominia. Primero la hallamos mirando desde lejos y, después, acercándose hasta el pie de la cruz. No podía morir en la cruz con Jesús, pero se mantuvo tan cerca de la misma como le fue posible. Y cuando se bajó de la misma el bendito cuerpo del Señor, María estaba observando para ver dónde y cómo lo ponían. María era una creyente fiel y vigilante, la última en retirarse del sepulcro donde Jesús dormía, y la primera en presentarse cuando este hubo resucitado. Su santa fidelidad le valió el ser una espectadora favorecida por su amado Raboni, quien se dignó llamarla por su propio nombre y constituirla su mensajera de buenas noticias para sus temblorosos discípulos y para Pedro. Así, la gracia la encontró siendo ella una maníaca y la transformó en una servidora; le quitó los demonios y permitió que viera ángeles; la libró de Satanás y la unió para siempre con el Señor Jesús. ¡Pueda ser yo también un milagro semejante de la gracia!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 231). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Al que cree todo le es posible

8 de agosto

«Al que cree todo le es posible».

Marcos 9:23

Muchos que profesan ser cristianos están siempre dudando y temiendo, y piensan, miserablemente, que esa es la condición inevitable del creyente. Esto es un error, pues: «Al que cree todo le es posible». La verdad es que podemos ascender hasta una posición donde cualquier duda o temor sea solo como un ave que vuela a través del alma, pero no se posa en ella. Cuando lees acerca de la sublime y dulce comunión que han disfrutado ciertos santos distinguidos, suspiras y lamentas en lo íntimo de tu corazón diciendo: «¡Ay!, eso no es para mí». ¡Oh escalador, solo con tener fe, te verás colocado sobre el luminoso pináculo del Templo!, pues «al que cree todo le es posible». Tú oyes hablar de las proezas que han llevado a cabo por Jesús algunos hombres santos, o cuánto se han gozado ellos en él, o en qué medida han llegado a parecérsele, o cómo han podido soportar grandes persecuciones por su causa, y dices: «¡Oh, en cuánto a mí, no soy más que un gusano; yo no puedo alcanzar eso!». No hay nada que haya sido algún santo que no puedas serlo tú. No hay exaltación alguna de la gracia, adquisición de espiritualidad, prueba de seguridad, puesto de servicio, que no te sea accesible, si tan solamente crees. Desecha el cilicio y la ceniza y elévate hasta la dignidad de tu verdadera posición. Tú eres pequeño en Israel porque quieres serlo, no porque haya necesidad de que lo seas. No es propio que te arrastres en el polvo, oh hijo de Rey. ¡Asciende! El trono de oro de la certeza te aguarda. La corona de la comunión con Jesús está lista para adornar tus sienes. Vístete de escarlata y de lino fino y pásalo bien todos los días; pues, si crees, puedes comer «lo mejor del trigo». Tu tierra fluirá leche y miel y tu alma se saciará de meollo y de grosura. Recoge las doradas gavillas de la gracia, pues ellas te esperan en los campos de la fe: «Al que cree todo le es posible».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 230). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Satanás nos estorbó».

7 de agosto

«Satanás nos estorbó».

1 Tesalonicenses 2:18

Desde el primer instante en que el bien entró en conflicto con el mal, nunca ha dejado de ser cierto, en la experiencia espiritual, que Satanás nos estorba. Desde todos los puntos cardinales, a lo largo de toda la línea de batalla, en la vanguardia y en la retaguardia, al empezar el día y a la medianoche, Satanás nos estorba. Si trabajamos en el campo, él procura rompernos el arado; si edificamos una pared, se esfuerza por echarla abajo; si queremos servir a Dios en medio del sufrimiento o de la lucha, Satanás nos estorba por todas partes. Nos estorba cuando al principio nos acercamos a Jesucristo. ¡Qué terribles conflictos tuvimos con Satanás cuando miramos a la cruz y vivimos! Y ahora que somos salvos, se esfuerza por impedir el perfeccionamiento de nuestro carácter personal. Quizá te felicites diciendo: «Hasta aquí he sido consecuente; ninguno puede dudar de mi integridad». Cuídate de la vanagloria, porque tu virtud se ha de probar aún. Satanás dirigirá sus estratagemas precisamente contra aquella virtud en que más destacas. Si hasta aquí has sido un creyente firme, tu fe se atacará antes de mucho; si has sido manso como Moisés, has de verte tentado a hablar imprudentemente. Los pájaros picotearán tus frutos más maduros; el jabalí hundirá sus colmillos en tus selectas vides. Sin duda, Satanás nos estorba cuando estamos orando con ardor: él reprime nuestra importunidad y debilita nuestra fe para que, si es posible, no consigamos la bendición. Satanás no se muestra menos astuto al obstruir todo esfuerzo cristiano: nunca hubo un avivamiento en religión sin un avivamiento de su oposición. En cuanto Esdras y Nehemías empezaron a trabajar, Sanbalat y Tobías se enardecieron para estorbarlos. ¿Qué pues? No nos alarmemos porque Satanás nos estorbe, pues ello es prueba de que estamos del lado del Señor, y con el poder de Cristo obtendremos la victoria y triunfaremos sobre nuestros adversarios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 229). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén».

6 de agosto

«Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén».

Salmo 72:19

He aquí una amplia petición. Para interceder por una ciudad es necesario hacer un esfuerzo de fe y hay ocasiones cuando una oración por una sola persona resulta suficiente para hacernos titubear. ¡Pero de cuán largo alcance era la angustiosa intercesión del Salmista! ¡Qué amplia! ¡Qué sublime! «Toda la tierra sea llena de su gloria». No exceptúa un solo país, aunque esté aplastado por el pie de la superstición; no excluye a una sola nación, aunque sea bárbara. Esta oración se eleva a favor de los caníbales y de los civilizados, por todos los climas y por todas las razas. Alcanza a toda la redondez de la tierra y no omite a ningún hijo de Adán. Debemos levantarnos y trabajar para nuestro Maestro, de lo contrario no podremos ofrecer sinceramente esta oración. Esta petición no se hace con corazón sincero si no nos esforzamos, con la ayuda de Dios, en extender el Reino de nuestro Señor. ¿No hay algunos que descuidan tanto el orar como el trabajar? Lector, ¿es tuya también la oración del Salmista? Vuelve tus ojos al Calvario: contempla al Señor de la vida clavado en una cruz, con la corona de espinas en sus sienes y su cabeza, sus manos y sus pies sangrando. Qué, ¿puedes contemplar este milagro de milagros —la muerte del Hijo de Dios— sin sentir en tu pecho una admirable adoración que ningún lenguaje es capaz de expresar? Si cuando notas la sangre aplicada a tu conciencia y sabes que él ha borrado tus pecados, no te levantas del lugar donde estás arrodillado y clamas: «Toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén», es que no eres hombre. ¿Puedes inclinarte delante del Crucificado en amoroso homenaje y no desear que tu Monarca sea el Señor del mundo? ¡Afuera contigo si pretendes amar a tu Príncipe y no deseas verlo como gobernante universal! Tu piedad no tiene valor si no te lleva a desear que la misma gracia que te ha sido concedida se otorgue también al resto del mundo. Señor, la hora de segar ha llegado: mete tu hoz y siega (cf. Ap. 14:15).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 228). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Irán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí?

5 de agosto

«¿Irán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí?».

Números 32:6

Los parientes tienen sus obligaciones. Los rubenitas y los gaditas no se habrían mostrado muy fraternales si, después de reclamar para sí la tierra que ya había sido conquistada, hubiesen dejado a los demás luchar solos por sus posesiones. Nosotros hemos recibido mucho por medio de los esfuerzos y sufrimientos de los santos de la antigüedad, y si no retribuimos con algo por todo ello a la Iglesia de Cristo, dándole nuestras mejores energías, somos indignos de contarnos en sus filas. Otros están combatiendo valientemente los errores del mundo o sacando a aquellos que se pierden de entre las ruinas de la Caída; si nosotros nos cruzamos ociosamente de brazos, necesitaremos que se nos exhorte para que la maldición de Meroz no caiga sobre nosotros. El Señor de la viña dice así: «¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?». ¿Cuál es la excusa del haragán? El servir a Jesús personalmente se convierte tanto más en el deber de todos cuando algunos lo llevan a cabo alegre y ampliamente. Las fatigas de los consagrados misioneros y de los pastores fervientes nos avergonzarán si nos sentamos en la indolencia. El evitar las pruebas constituye la tentación de «los reposados en Sion» (Am. 6:1). De buena gana evitarían estos la cruz y, sin embargo, llevarían la corona. Para los tales es muy apropiada la pregunta que tenemos para meditar en esta noche: si lo más precioso se prueba con fuego, ¿hemos de eludir nosotros el crisol? Si el diamante debe sufrir la tortura de la rueda, ¿vamos nosotros a ser perfectos sin sufrimiento? ¿Quién ha ordenado al viento que deje de soplar porque nuestro barco se halla encima del abismo? ¿Por qué debemos nosotros ser tratados mejor que nuestro Señor? Si el primogénito experimentó la vara, ¿por qué no lo harán los hermanos menores? La elección de una almohada suave y una cama blanda para un soldado de la cruz supone una ostentación cobarde. Es mucho más sabio quien, habiéndose sometido a la voluntad de Dios, crece mediante la energía de la gracia para satisfacerse con ella y, así, aprende a recoger lirios al pie de la cruz o, como Sansón hiciera, a hallar miel en la boca del león.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 227). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Os herí con viento abrasador, con añublo y con granizo en toda obra de vuestras manos

4 de agosto

«Os herí con viento abrasador, con añublo y con granizo en toda obra de vuestras manos».

Hageo 2:17 (LBLA)

¡Cuán destructor es el granizo para las erguidas mieses, pues tira por tierra el precioso grano! ¡Qué agradecidos debemos estar cuando el trigo se libra de tan terrible ruina! Ofrezcamos al Señor acciones de gracia. Pero más terribles aún son esos misteriosos destructores: el tizón, la roya y el añublo que convierten las espigas en un montón de hollín o las pudren, o desecan el grano que las mismas contienen; y, todo esto, de una forma que está fuera del control humano, de modo que el agricultor se ve compelido a clamar: «Dedo de Dios es éste». Un sinfín de pequeños hongos causan el daño y, si no fuera por la bondad de Dios, el jinete montado sobre el caballo negro sembraría de hambre toda la tierra. La infinita misericordia divina cuida del alimento de los hombres; pero, en vista de los agentes activos que están prontos a destruir la cosecha, se nos ha enseñado muy sabiamente a orar: «El pan nuestro de cada día dánoslo hoy». Este azote lo hallamos en todas partes; tenemos, pues, una permanente necesidad de bendición. Cuando el tizón y el añublo vienen, son castigos del Cielo, y los hombres deberían prestar «atención al castigo, y a quien lo establece» (Miq. 6:9). En el terreno espiritual, el añublo no constituye un mal extraño: aparece cuando la obra es más prometedora. Esperamos muchas conversiones y he aquí que una apatía general, una creciente mundanidad o una perversa dureza de corazón se hacen presentes. Puede que no haya pecado manifiesto en aquellos por quienes estamos trabajando, pero sí una deficiencia de sinceridad y de decisión que defrauda nuestros deseos. Aprendemos de esto nuestra dependencia del Señor y la necesidad que tenemos de orar para que ningún añublo se presente en nuestra obra. El orgullo y la pereza espiritual pronto traerán sobre nosotros este espantoso mal, y solo el Señor de la mies es capaz de eliminarlo. El añublo puede atacar a nuestros corazones y marchitar nuestras oraciones y prácticas religiosas. Quiera el gran Labrador impedir tan seria calamidad. ¡Alumbra tú, bendito Sol de Justicia, y quita los añublos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 226). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y mientras iba…

3 de agosto

«Y mientras iba…»

Lucas 8:42

Jesús pasa entre la multitud en dirección a la casa de Jairo, con objeto de resucitar a la hija de este. No obstante, es tan pródigo en su bondad que efectúa otro milagro mientras va de camino. Esta vara de Aarón, al tiempo que produce los renuevos de un milagro incompleto, da también almendras de una perfecta obra de misericordia. En cuanto a nosotros, si nos hemos propuesto hacer algún bien, es suficiente con que vayamos y lo hagamos directamente. Sería imprudente por nuestra parte gastar nuestras energías en el camino. Si nos apresuramos a salvar a un amigo que se está ahogando, no podemos agotar nuestras fuerzas salvando a otro que se halla en idéntico peligro. Es suficiente que un árbol dé una clase de fruto; y también lo es que cada uno cumpla con su propia vocación. Sin embargo, nuestro Maestro no conoce límites que se opongan a su poder ni tiene barreras en su misión. Él cuenta con tal abundancia de gracia que, a semejanza del sol —que alumbra a medida que recorre su órbita—, su paso irradia bondad. Él es una flecha de amor que no solo alcanza su objetivo, sino que también perfuma el aire que atraviesa. Siempre está saliendo poder de Jesús, como perfume de las flores delicadas. Y ese poder seguirá brotando perpetuamente de él como el agua de una fuente. ¡Qué delicioso estímulo nos comunica esta verdad! Si nuestro Señor está pronto a sanar al enfermo y bendecir al necesitado, entonces, alma mía, no tardes en ponerte en su camino para que te bendiga. Si él es tan pródigo en el dar, no seas tú negligente en el pedir. Presta mucha atención a su Palabra ahora y en todo momento, para que Jesús pueda hablar a tu corazón por medio de ella. Acude adonde puedas encontrar al Señor, a fin de obtener su bendición. Si él está presente para sanar, ¿acaso no te sanará a ti? Pero, sin duda, él está presente ahora mismo; pues siempre se allega al corazón que lo necesita. ¿Y no lo necesitas tú? ¡Ah, él sabe cuánto le necesitas! ¡Oh tú, Hijo de David, vuelve tus ojos, mira el dolor que tienes delante de ti y sana al que te suplica!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 225). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Espigó, pues, en el campo hasta la noche

2 de agosto

«Espigó, pues, en el campo hasta la noche».

Rut 2:17

Debo aprender de Rut, la espigadora. Al igual que ella salió a recoger las espigas de trigo, así tengo yo que salir a los campos de la oración, de la meditación y del culto, y oír la Palabra para obtener alimento espiritual. La espigadora recoge su porción de espigas una por una; sus ganancias las obtiene poco a poco. Así también yo, si no hubiese una gran abundancia de verdades, debo quedar satisfecho con escudriñar solo algunas de ellas: cada espiga ayuda a formar un manojo y cada lección del evangelio contribuye a hacernos más sabios para la salvación. La espigadora mantiene sus ojos abiertos: si anduviera entre los rastrojos sumida en ensoñaciones, al atardecer no tendría nada que llevarse a casa con regocijo. Debo estar atento en mis prácticas religiosas para que estas no resulten infructuosas para mí. Me temo que ya he perdido demasiado en ellas. Quiera Dios que pueda estimar rectamente mis oportunidades y espigar con mayor diligencia. La espigadora se agacha para recoger cuanto halla; y así debo hacer yo también. Los espíritus arrogantes critican y objetan, pero los humildes recogen y reciben beneficio. Un corazón humilde es de gran ayuda para oír con provecho el evangelio, y la palabra implantada que salva el alma no se recibe sin mansedumbre (cf. Stg. 1:21). Una espalda tiesa hace un mal espigador. ¡Abajo contigo, señor Orgullo! Eres un vil ladrón al que no debemos soportar ni por un momento. Lo que la espigadora recoge lo retiene: si dejara caer una espiga por hallar otra, el resultado de su trabajo diario sería escaso. Es tan solícita en retener como en obtener; y así, al final, adquiere una ganancia grande. ¡Cuán a menudo olvido aquello que oigo! Una segunda verdad expulsa de mi mente a una primera y, así, lo que leo y oigo termina en nada. ¿Estoy reconociendo debidamente la importancia de atesorar la verdad? El estómago hambriento hace sabia a la espigadora: si no hay trigo en su mano, tampoco habrá pan en su mesa. Ella trabaja bajo un sentimiento de necesidad; de ahí que su paso sea ágil y su posesión firme. Señor, yo tengo una necesidad mayor aún: ayúdame a sentirla para que ella me estimule en lo sucesivo a espigar en campos que rinden muy abundante recompensa a la diligencia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 224). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Tú coronas el año con tus bienes

1 de agosto

«Tú coronas el año con tus bienes».

Salmo 65:11

Todo el año y en cada hora de cada día, Dios nos está bendiciendo ricamente. Tanto cuando dormimos como cuando estamos despiertos, su gracia nos acompaña. El sol puede dejarnos una herencia de tinieblas, pero nuestro Dios nunca cesa de resplandecer sobre sus hijos con rayos de amor. Su bondad, como un río, fluye siempre con una plenitud inagotable como su propia naturaleza. A semejanza de la atmósfera, que constantemente rodea la tierra y está siempre pronta a mantener la vida del hombre, así la benevolencia de Dios circunda a sus criaturas. En ella como su elemento, viven, se mueven y son (cf. Hch. 17:28). Sin embargo, como el sol en los días de verano nos alegra con rayos más cálidos y brillantes que en otra estación, como los ríos en ciertas épocas del año se llenan por la lluvia, y como la misma atmósfera se carga de elementos más frescos, tonificantes y balsámicos que en los días pasados, así acontece con la misericordia de Dios. Tiene sus horas de oro y sus días de superabundancia, en los cuales Dios magnifica su gracia ante los hijos de los hombres. Entre las bendiciones de orden inferior, los gozosos días de la siega constituyen una época especial de gran favor. Es gloria del otoño el que en su tiempo la providencia nos conceda frutos sazonados en abundancia: es esa la estación de los cumplimientos; mientras que todo lo anterior solo había sido esperanza y expectativa. Grande es el gozo que produce la siega. Felices son los segadores que llenan sus brazos con la generosidad del Cielo. El Salmista nos dice que la siega es la coronación del año. Sin duda, estos beneficios requieren acciones de gracias; rindámoslas, pues, con profundas emociones de gratitud. Que nuestros corazones sean avivados; que nuestros espíritus recuerden esta bondad del Señor y mediten y piensen en ella. Alabémosle luego con nuestros labios y loemos, magnifiquemos su nombre, de cuya liberalidad proviene toda esta bondad. Glorifiquemos a Dios, ofreciendo nuestras ofrendas para su causa: una prueba práctica de gratitud es dar una ofrenda al Señor de la cosecha.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 223). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.