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Os herí con viento abrasador, con añublo y con granizo en toda obra de vuestras manos

4 de agosto

«Os herí con viento abrasador, con añublo y con granizo en toda obra de vuestras manos».

Hageo 2:17 (LBLA)

¡Cuán destructor es el granizo para las erguidas mieses, pues tira por tierra el precioso grano! ¡Qué agradecidos debemos estar cuando el trigo se libra de tan terrible ruina! Ofrezcamos al Señor acciones de gracia. Pero más terribles aún son esos misteriosos destructores: el tizón, la roya y el añublo que convierten las espigas en un montón de hollín o las pudren, o desecan el grano que las mismas contienen; y, todo esto, de una forma que está fuera del control humano, de modo que el agricultor se ve compelido a clamar: «Dedo de Dios es éste». Un sinfín de pequeños hongos causan el daño y, si no fuera por la bondad de Dios, el jinete montado sobre el caballo negro sembraría de hambre toda la tierra. La infinita misericordia divina cuida del alimento de los hombres; pero, en vista de los agentes activos que están prontos a destruir la cosecha, se nos ha enseñado muy sabiamente a orar: «El pan nuestro de cada día dánoslo hoy». Este azote lo hallamos en todas partes; tenemos, pues, una permanente necesidad de bendición. Cuando el tizón y el añublo vienen, son castigos del Cielo, y los hombres deberían prestar «atención al castigo, y a quien lo establece» (Miq. 6:9). En el terreno espiritual, el añublo no constituye un mal extraño: aparece cuando la obra es más prometedora. Esperamos muchas conversiones y he aquí que una apatía general, una creciente mundanidad o una perversa dureza de corazón se hacen presentes. Puede que no haya pecado manifiesto en aquellos por quienes estamos trabajando, pero sí una deficiencia de sinceridad y de decisión que defrauda nuestros deseos. Aprendemos de esto nuestra dependencia del Señor y la necesidad que tenemos de orar para que ningún añublo se presente en nuestra obra. El orgullo y la pereza espiritual pronto traerán sobre nosotros este espantoso mal, y solo el Señor de la mies es capaz de eliminarlo. El añublo puede atacar a nuestros corazones y marchitar nuestras oraciones y prácticas religiosas. Quiera el gran Labrador impedir tan seria calamidad. ¡Alumbra tú, bendito Sol de Justicia, y quita los añublos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 226). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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