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Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios

9 de agosto

«Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios».

Marcos 16:9

María Magdalena era víctima de un espantoso mal: estaba poseída, no por uno, sino por siete demonios. Esos temibles huéspedes causaban mucha pena y corrupción en el cuerpo donde habían encontrado alojamiento. El caso de esta mujer era desesperante y horrible: no podía curarse a sí misma, y ningún socorro humano le hubiera resultado útil. No obstante, Jesús pasó por aquel camino y, sin que la pobre endemoniada lo buscara o, probablemente, siquiera lo resistiese, pronunció la palabra de autoridad, y María Magdalena se convirtió en un trofeo del poder sanador de Jesús. Los siete demonios la dejaron: la dejaron para nunca más volver, expulsados enérgicamente por el Señor de todo. ¡Qué bendita liberación! ¡Qué cambio tan dichoso! ¡Del delirio al placer, de la desesperación a la paz, del Infierno al Cielo! Inmediatamente se hizo una seguidora constante de Jesús: reteniendo sus palabras, siguiendo sus pisadas y compartiendo su fatigosa vida. Además, llegó a ser su generosa ayudante, especialmente entre aquel grupo de mujeres curadas y agradecidas que le servían de sus bienes. Y cuando levantaron a Jesús en la cruz, María permaneció a su lado participando de su ignominia. Primero la hallamos mirando desde lejos y, después, acercándose hasta el pie de la cruz. No podía morir en la cruz con Jesús, pero se mantuvo tan cerca de la misma como le fue posible. Y cuando se bajó de la misma el bendito cuerpo del Señor, María estaba observando para ver dónde y cómo lo ponían. María era una creyente fiel y vigilante, la última en retirarse del sepulcro donde Jesús dormía, y la primera en presentarse cuando este hubo resucitado. Su santa fidelidad le valió el ser una espectadora favorecida por su amado Raboni, quien se dignó llamarla por su propio nombre y constituirla su mensajera de buenas noticias para sus temblorosos discípulos y para Pedro. Así, la gracia la encontró siendo ella una maníaca y la transformó en una servidora; le quitó los demonios y permitió que viera ángeles; la libró de Satanás y la unió para siempre con el Señor Jesús. ¡Pueda ser yo también un milagro semejante de la gracia!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 231). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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