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«Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén».

6 de agosto

«Y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén».

Salmo 72:19

He aquí una amplia petición. Para interceder por una ciudad es necesario hacer un esfuerzo de fe y hay ocasiones cuando una oración por una sola persona resulta suficiente para hacernos titubear. ¡Pero de cuán largo alcance era la angustiosa intercesión del Salmista! ¡Qué amplia! ¡Qué sublime! «Toda la tierra sea llena de su gloria». No exceptúa un solo país, aunque esté aplastado por el pie de la superstición; no excluye a una sola nación, aunque sea bárbara. Esta oración se eleva a favor de los caníbales y de los civilizados, por todos los climas y por todas las razas. Alcanza a toda la redondez de la tierra y no omite a ningún hijo de Adán. Debemos levantarnos y trabajar para nuestro Maestro, de lo contrario no podremos ofrecer sinceramente esta oración. Esta petición no se hace con corazón sincero si no nos esforzamos, con la ayuda de Dios, en extender el Reino de nuestro Señor. ¿No hay algunos que descuidan tanto el orar como el trabajar? Lector, ¿es tuya también la oración del Salmista? Vuelve tus ojos al Calvario: contempla al Señor de la vida clavado en una cruz, con la corona de espinas en sus sienes y su cabeza, sus manos y sus pies sangrando. Qué, ¿puedes contemplar este milagro de milagros —la muerte del Hijo de Dios— sin sentir en tu pecho una admirable adoración que ningún lenguaje es capaz de expresar? Si cuando notas la sangre aplicada a tu conciencia y sabes que él ha borrado tus pecados, no te levantas del lugar donde estás arrodillado y clamas: «Toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén», es que no eres hombre. ¿Puedes inclinarte delante del Crucificado en amoroso homenaje y no desear que tu Monarca sea el Señor del mundo? ¡Afuera contigo si pretendes amar a tu Príncipe y no deseas verlo como gobernante universal! Tu piedad no tiene valor si no te lleva a desear que la misma gracia que te ha sido concedida se otorgue también al resto del mundo. Señor, la hora de segar ha llegado: mete tu hoz y siega (cf. Ap. 14:15).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 228). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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