Y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda

21 de diciembre

 

«Y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda».

Ezequiel 16:10

Mira con qué incomparable generosidad proporciona el Señor atavío a los suyos. Estos están tan bien adornados que casi puede verse la pericia divina produciendo un bordado sin igual, en el que todos los atributos tienen su parte y en el que se revela toda la belleza divina. Ningún arte puede compararse con el arte desplegado en nuestra salvación; ningún trabajo habilidoso iguala al que se percibe en la justificación de los santos. La justificación ha monopolizado las plumas eruditas de la Iglesia de todos los siglos, y será el tema admirado en la eternidad. En verdad, Dios «hizo esa obra primorosamente». En toda esta elaboración se halla mezclada la utilidad con la durabilidad, lo cual puede compararse con nuestro estar calzados con pieles de tejón. No se conoce el animal aquí mencionado, pero su piel recubría el Tabernáculo y constituía uno de los cueros más finos y fuertes que se conocen. La justicia que es de Dios por la fe permanece para siempre, y el que se calza con esa divina preparación andará por el desierto con seguridad y hasta, quizá, pueda hollar al cachorro de león y al dragón (cf. Sal. 91:13). La pureza y dignidad de nuestra vestidura están representadas por el lino: cuando el Señor santifica a los suyos, estos se cubren como los sacerdotes, de un blanco inmaculado; ni aun la nieve misma sobrepasa esa blancura. Ellos son, a los ojos de los hombres y de los ángeles, seres puros, y aun ante los ojos del Señor aparecen sin mancha. Además, ese atavío regio es delicado y suntuoso como la seda; para adquirirlo, no se reparó en gastos. Tampoco se le rehusó hermosura; ni se le negó elegancia.

¿Qué, pues? ¿No sacamos de esto ninguna conclusión? Sin duda debemos sentir gratitud y expresar gozo. ¡Ven, corazón mío, no rehúses elevar tu aleluya vespertino! ¡Afina tus flautas! ¡Tañe tus cuerdas!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 366). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Llama a los obreros y págales el jornal

20 de diciembre

«Llama a los obreros y págales el jornal».

Mateo 20:8

Dios es un buen pagador: paga a sus obreros mientras trabajan, así como cuando terminan de trabajar. Uno de esos pagos es una conciencia tranquila. Si has hablado fielmente de Jesús a alguna persona, cuando te vayas a la cama al llegar la noche, te sentirás feliz de poder decir: «Hoy he cumplido con mi responsabilidad en cuanto a la vida de una persona». Hay una gran satisfacción en hacer algo por Jesús. ¡Ah, qué felicidad nos produce el colocar joyas en la corona del Señor y permitirle ver «el fruto de la aflicción de su alma» (Is. 53:11)! También hay una gran recompensa en observar las primeras señales de convicción de pecado en un alma. Es motivo de gran gozo poder decir, por ejemplo, de alguna niña de la escuela dominical: «Tiene un corazón sensible, espero que el Señor esté obrando en ella»; o ir a casa y orar por aquel muchacho que esta tarde dijo algo que te hizo pensar en que debe saber más de la verdad divina de lo que tú sospechabas. ¡Oh, qué gozo produce la esperanza! Pero, en lo que respecta al gozo que proporciona el éxito, se trata de un gozo indecible. Ese gozo, desbordante como es, ansía más aún; desea vehementemente conseguir más. Ser ganador de almas es la ocupación más dichosa del mundo: por cada alma que llevas a Cristo, obtienes un nuevo Cielo en la tierra. No obstante, ¿quién puede concebir la felicidad que nos aguarda en el Más Allá? ¡Oh, cuán dulces son aquellas palabras que dicen: «Entra en el gozo de tu Señor»! ¿Conoces el gozo que siente Cristo por un pecador salvado? Es el mismo que experimentaremos nosotros en el Cielo. Sí, cuando Jesús suba al Trono, tú subirás con él. Cuando los cielos proclamen: «Bien, buen siervo», tú participarás del galardón. Has trabajado y sufrido con él; ahora reinarás con él. Has sembrado con él; ahora segarás con él. Tu rostro se ha cubierto de sudor como el de Jesús, y tu alma se ha afligido por el pecado de los hombres como se afligió la suya. Ahora tu rostro resplandecerá con el resplandor del Cielo como resplandeció también el suyo, y tu alma se llenará de beatífico gozo como se llenó la suya.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 365). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y el mar ya no existía más»

19 de diciembre

«Y el mar ya no existía más».

Apocalipsis 21:1

Apenas nos podríamos regocijar ante la idea de perder el océano glorioso y antiguo. Los nuevos cielos y la nueva tierra, de ninguna manera serían para nosotros más hermosos si, en verdad, no fuera a haber, literalmente, ningún grande y anchuroso mar, con sus centelleantes olas y sus arenosas playas. ¿No se debe este texto leer más bien como una metáfora matizada por el prejuicio con que los orientales miraron siempre hacia el mar en la antigüedad? Es muy triste imaginarnos un verdadero mundo físico sin mar; sería igual que un anillo de hierro sin el zafiro que le da valor. Tiene, pues, que haber aquí un significado espiritual: en la nueva dispensación no habrá división alguna, y el mar separa a las naciones y divide a los pueblos unos de otros. Para Juan, en Patmos, aquellas profundas aguas eran como las murallas de una prisión que lo apartaban de sus hermanos y de su obra. No habrá tales barreras en el mundo venidero. Hay montañas de arrolladoras olas entre nosotros y muchos parientes a quienes esta noche recordamos en oración; pero en el mundo de luz hacia donde nos dirigimos, no habrá separación para la familia redimida, sino una comunión ininterrumpida. El mar es el símbolo del cambio; pues con sus flujos y reflujos, su cristalina superficie y sus elevadas olas, sus suaves murmullos y sus ruidosos bramidos, nunca es, por largo tiempo, el mismo. Esclavo de los mudables vientos y de la voluble luna, su inestabilidad es proverbial. En esta vida humana tenemos muchos de estos cambios, pues la tierra solo es constante en su inconstancia; pero, en la vida celestial, todo cambio que causa tristeza será desconocido; y, también, todo temor de tormenta que hace naufragar nuestras esperanzas y ahoga nuestros goces. El mar de cristal resplandece con una gloria a la que no perturba ola alguna. Ninguna tempestad brama a lo largo de las tranquilas playas del Paraíso. Pronto llegaremos a aquella patria feliz en donde no habrá divisiones ni cambios. Jesús nos llevará allá. ¿Estamos en él o no? Esta es la gran pregunta.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 364). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños».

18 de diciembre

«Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños».

Proverbios 27:23

Todo comerciante sabio hará de vez en cuando un inventario para calcular sus recursos, ver aquello con lo que cuenta y cerciorarse de manera decisiva de si su negocio prospera o mengua. Todo sabio en el Reino de los cielos exclamará: «Examíname, oh Señor, y pruébame» (Sal. 26:2, LBLA); y, a menudo, apartará ocasiones especiales para examinarse a sí mismo y para indagar si van bien las cosas entre Dios y su alma. El Dios a quien adoramos es un gran escudriñador de corazones y, desde la antigüedad, sus siervos lo conocen como «el Señor, que escudriñ[a] el corazón [y] prueb[a] los pensamientos» (Jer. 17:10, LBLA). Quisiera persuadirte, en el nombre del Señor, para que hicieras un examen diligente y una solemne prueba de tu estado a fin de que no te veas privado del descanso prometido. Lo que todo sabio hace —lo que Dios mismo hace con todos nosotros—, te exhorto a que lo hagas esta noche contigo mismo. Que los santos más ancianos consideren bien los fundamentos de su piedad —porque los cabellos blancos pueden ocultar corazones negros—; y que los jóvenes no desprecien la palabra de exhortación, porque la inexperiencia de la juventud puede hacer causa común con la podredumbre de la hipocresía. De vez en cuando, un cedro cae en medio de nosotros. El enemigo sigue aún sembrando cizaña entre el trigo. No es mi propósito introducir dudas y temores en tu mente; no, de ninguna manera: espero, más bien, que el fuerte viento del autoexamen te ayude a eliminarlos. No es la seguridad, sino la seguridad carnal lo que tenemos que matar; no es la confianza, sino la confianza terrenal lo que hemos de derribar; no es la paz, sino la falsa paz lo que debemos destruir. Por la sangre de Cristo, la cual no se derramó para hacerte un hipócrita, sino para que las almas sinceras pudiesen publicar sus alabanzas, te ruego que te escudriñes y examines, no sea que al fin se diga de ti: «Mene, mene, tekel […]. Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto» (Dn. 5:25, 27).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 363). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Yo soy, la puerta; el que por mí entrare será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos

17 de diciembre

«Yo soy, la puerta; el que por mí entrare será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos».

Juan 10:9

Jesús, el gran «YO SOY», es la entrada a la verdadera Iglesia y el camino que nos conduce a Dios; y él da a quien se acerca a Dios por mediación suya estos cuatro selectos privilegios:

1. «Será salvo». El fugitivo homicida transponía la puerta de la ciudad de refugio y quedaba a salvo. Noé entró por la puerta del arca y estuvo seguro. Nadie que acepte a Dios como la puerta de fe para su alma se perderá. La entrada a la paz a través de Jesús es la garantía de la entrada por esa misma puerta al Cielo. Jesús es la única puerta: una puerta abierta, una puerta amplia, una puerta segura. Dichoso el que pone en el Redentor crucificado toda su esperanza de admisión a la gloria.

2. «Entrará». Tendrá el privilegio de formar parte de la familia divina, compartiendo el pan de los hijos y participando de todos los honores y disfrutes. Entrará a las cámaras de la comunión, a los banquetes del amor, a los tesoros del pacto y a los depósitos de las promesas. Entrará al Rey de reyes en el poder del Espíritu Santo y se le revelará el secreto del Señor.

3. «Saldrá». Esta bendición es muy olvidada. Salimos al mundo para trabajar y sufrir; ¡pero qué bendición es salir en el nombre y en el poder de Jesús! Se nos llama a dar testimonio de la verdad, a alentar al desconsolado, a exhortar al negligente, a ganar almas y a glorificar a Dios. Y como el ángel le dijo a Gedeón: «Ve con esta tu fuerza», así el Señor quiere que nosotros vayamos como mensajeros suyos en su nombre y en su poder.

4. «Hallará pastos». El que conoce a Jesús, nunca tendrá necesidad. El entrar y el salir será igualmente provechoso para él. Además, se desarrollará en la comunión con Dios y, como dice el proverbio, al regar a otros, él mismo será regado (cf. Pr. 11:25, LBLA). Habiendo hecho de Jesús su todo, lo encontrará todo en Jesús. Su alma será como un huerto de riego y como un manantial cuyas aguas nunca faltan.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 362). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído

16 de diciembre

«Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído».

Isaías 48:8

Es penoso recordar que, en cierto grado, esta acusación se les puede hacer a los creyentes, los cuales son muy a menudo, en buena medida, espiritualmente insensibles. Bien podemos lamentarnos de no oír la voz de Dios como debiéramos: «Sí —dice este pasaje—, nunca lo habías oído». Hay en el alma impulsos suaves del Espíritu Santo que desatendemos; se producen susurros de algunos mandatos divinos los cuales nuestros tardos entendimientos tampoco advierten. ¡Ay, hemos sido ignorantes y despreocupados! El versículo dice: «Ni nunca lo habías conocido». Hay cosas en las cuales deberíamos haber mirado; procesos de corrupción que han ido avanzando inadvertidamente; dulces sentimientos descuidados que, como flores, se están marchitando con la helada; y vislumbres del rostro divino que hubiéramos podido percibir de no haber cerrado las ventanas de nuestra alma. Sin embargo, no lo hemos «conocido». Al pensar en esto, nos sentimos profundamente humillados. ¡Cómo hemos de glorificar la gracia de Dios a medida que aprendemos, por el contexto, que Dios había conocido de antemano toda esta insensatez e ignorancia nuestra y que, a pesar de ese conocimiento previo, le plugo tratarnos mediante una relación de gracia! ¡Admiremos la maravillosa soberanía de la gracia que fue capaz de elegirnos a pesar de ello! ¡Maravillémonos del precio pagado por nosotros cuando Cristo sabía lo que íbamos a ser! El que pendió de la cruz nos vio de antemano como incrédulos, apóstatas, fríos de corazón, indiferentes, descuidados, flojos en la oración y, sin embargo, dijo: «Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador […]. Ya que eres precioso a mis ojos, digno de honra y yo te amo, daré a otros hombres en lugar tuyo, y a otros pueblos por tu vida» (Is. 43:3, 4, LBLA). ¡Oh redención, qué maravillosamente brillas cuando pensamos en lo malvados que somos nosotros! ¡Oh Espíritu Santo, danos de aquí en adelante un oído que oiga y un corazón que entienda!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 361). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Sobre zafiros te fundaré

15 de diciembre

«Sobre zafiros te fundaré».

Isaías 54:11

No solo lo que se ve de la Iglesia de Dios es hermoso y precioso. Sus cimientos, por ejemplo, no se ven y, mientras permanecen firmes, no es posible valorarlos; sin embargo, en la obra del Señor, todo forma un solo bloque: nada es despreciable, nada es insignificante. Los profundos cimientos de la obra de gracia son preciosos como zafiros; ninguna mente humana es capaz de medir su gloria. Nosotros edificamos sobre el pacto de gracia, que es más firme que el diamante y tan duradero como las joyas sobre las cuales los años pasan en vano. Los cimientos de zafiro son eternos y el pacto también permanece para siempre. Otro cimiento limpio e inmaculado, eterno y hermoso como el zafiro, es la persona del Señor Jesús, que funde en uno el azul del profundo y turbulento océano con el azul del dilatado firmamento. Una vez pudo compararse a nuestro Señor con el rubí, cuando estaba cubierto con su propia sangre, pero ahora lo vemos radiante con el suave color azul de un amor abundante, profundo, eterno. Nuestra esperanza perpetua está fundada en la justicia y la fidelidad de Dios, que es diáfana y transparente como el zafiro. No somos salvos por compromiso, ni por una gracia que anule la justicia, ni por una ley que suspenda sus funciones; no, nosotros desafiamos al ojo del águila a que descubra, si puede, siquiera una grieta en el fundamento de nuestra confianza; nuestro cimiento es de zafiro y resistirá al fuego.

El Señor mismo ha colocado el fundamento de la esperanza de su pueblo. Nosotros debiéramos inquirir seriamente para ver si nuestra esperanza está cimentada sobre esa base. Las buenas obras y las ceremonias no constituyen un fundamento de zafiro, sino de madera, heno y hojarasca; además, no fue Dios quien las puso, sino nuestra propia vanagloria. Dentro de poco, todos los fundamentos serán probados, ¡y pobre de aquel cuya elevada torre se derrumbe con estrépito por haberla cimentado en la arena movediza! El que está fundado sobre zafiros, puede aguardar las tormentas o el fuego con serenidad, porque soportará la prueba.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 360). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Con Cristo estoy juntamente crucificado

14 de diciembre

«Con Cristo estoy juntamente crucificado».

Gálatas 2:20

El Señor Jesucristo actuó en toda su obra como un gran personaje representativo, y su muerte en la cruz fue la muerte virtual de todo su pueblo. En esa muerte, todos sus santos pagaron a la justicia lo que le debían e hicieron expiación de todos sus pecados. El apóstol de los gentiles se complacía en pensar que él mismo, como parte del pueblo elegido de Cristo, había muerto en la cruz de Jesús. Más que creer esto doctrinalmente, Pablo lo había aceptado con fe, poniendo en ello su esperanza; creía, además, que, en virtud de la muerte de Jesús, había satisfecho la justicia divina y hallado la reconciliación con Dios. Querido amigo, ¡qué bendición supone cuando el alma puede, por así decirlo, extenderse sobre la cruz de Cristo y decir: «Estoy muerta; la ley me mató y, en consecuencia, soy libre de su poder, pues, en mi Fiador, yo cargué con la maldición y, en la persona de mi Sustituto, todo aquello que la ley podía hacer por vía de condenación, se cumplió en mí, puesto que estoy juntamente crucificado con Cristo»!

Sin embargo, Pablo quiere decir mucho más que eso aquí; ya que no solo creyó en la muerte de Cristo y confió en ella, sino que realmente sintió su poder al ejecutar esta la crucifixión de su vieja naturaleza corrupta. Cuando Pablo veía los placeres del pecado decía: «No puedo gozarme en estas cosas, pues estoy muerto para ellas». Tal es la experiencia de todo verdadero cristiano, quien, por haber recibido a Cristo, es como quien está enteramente muerto para el mundo. No obstante, aunque es consciente de su muerte al mundo, el cristiano puede, al mismo tiempo, exclamar con el Apóstol: «Y […] vivo». Realmente él vive para Dios: la vida del cristiano es un incomparable enigma. Ningún mundano puede entenderla; aun el creyente mismo no es capaz de comprenderla del todo. ¡Muerto y, sin embargo, vivo! ¡Crucificado con Cristo y, no obstante, resucitado con Cristo a una vida nueva! Estar unido al sufrido y ensangrentado Salvador, y muerto al mundo y al pecado, son cosas que alegran el alma. ¡Ojalá podamos gozarnos más en estas cosas!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 359). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Tus ventanas pondré de piedras preciosas

13 de diciembre

«Tus ventanas pondré de piedras preciosas».

Isaías 54:12

La Iglesia está muy convenientemente simbolizada por un edificio levantado con el poder celestial y diseñado con habilidad divina. La casa espiritual no debía ser oscura, pues los israelitas necesitaban luz en sus habitaciones; debía tener, por tanto, ventanas para que la luz entrase en dichas habitaciones y sus moradores pudieran ver. Estas ventanas son preciosas como las ágatas. Los medios por los cuales la Iglesia contempla a su Señor, como también el Cielo y la verdad espiritual en general, han detenerse en alta estima. Las ágatas no son las más transparentes de las gemas; a lo sumo, son solo semitransparentes. La fe es una de estas preciosas ventanas de ágata, ¡pero ay, está frecuentemente tan turbia y velada que solo podemos ver oscuramente y confundimos muchas de las cosas que vemos! No obstante, si no podemos mirar a través de ventanas de diamante y conocer como fuimos conocidos, resulta glorioso contemplar al que es enteramente Amable aunque el vidrio sea nebuloso como el ágata. La experiencia es otra de esas opacas pero preciosas ventanas que nos dan una luz religiosa débil, por medio de la cual, a través de nuestras aflicciones, vemos los sufrimientos del Varón de Dolores. Nuestros débiles ojos no podrían soportar las ventanas de vidrios transparentes que dejan entrar la gloria del Señor; pero, cuando tenemos los ojos empañados por las lágrimas, los rayos del Sol de Justicia se ven atemperados y alumbran a través de las ventanas de ágata con suave resplandor, alentando indeciblemente a las almas tentadas. La santificación, que nos conforma a nuestro Señor, es otra ventana de ágata. Solo a medida que nos vamos transformando en seres celestiales comprendemos las cosas celestiales: el puro de corazón ve a un Dios puro; los que son como Jesús le ven tal y como él es. Ya que somos muy poco semejantes a Jesús, nuestra ventana es solo de ágata. Damos gracias a Dios por lo que tenemos, y ansiamos más. ¿Cuándo veremos a Dios y a Jesús, el Cielo y la verdad, cara a cara?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 358). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Han obrado perversamente contra el SEÑOR

12 de diciembre

«Han obrado perversamente contra el SEÑOR».

Oseas 5:7 (LBLA)

Creyente, he aquí una dolorosa verdad: tú eres el amado del Señor, redimido con su sangre, llamado por gracia, preservado en Cristo Jesús, acepto en el Amado, ciudadano del Cielo y, sin embargo, has «obrado perversamente» contra Dios, tu mejor amigo; perversamente contra Jesús, a quien perteneces; perversamente contra el Espíritu Santo, por quien fuiste vivificado para vida eterna. ¡Qué perverso has sido en cuestión de votos y promesas! ¿Recuerdas el amor de tu desposorio, aquel tiempo feliz, primavera de tu vida espiritual? ¡Oh, cuán estrechamente te acercabas entonces a tu Señor diciendo: «Jesús nunca me podrá acusar de indiferencia; mis pies jamás se paralizarán en el camino del servicio por su causa; no consentiré nunca que mi corazón vague tras otros amores, pues en él hay bondad inefable en abundancia. Renuncio a todo por causa de mi Señor Jesús». ¿Has comprendido esta promesa? ¡Ah, si la conciencia hablara!, entonces diría: «El que tan bien prometió cumplió muy mal. La oración se ha visto frecuentemente omitida: ha sido corta, pero no agradable; breve, pero no ferviente. La comunión con Cristo ha quedado abandonada. En lugar de pensamientos celestiales, ha habido preocupaciones carnales, vanidades mundanas y pensamientos malvados. En lugar de trabajo, se ha producido desobediencia; en lugar de fervor, tibieza; en lugar de paciencia, petulancia; en lugar de fe, confianza en el brazo de carne; y, como soldado de la cruz, has mostrado cobardía, desobediencia y deserción en grado muy vergonzoso». Has obrado perversamente. ¡Traición a Jesús! ¿Qué palabras pueden emplearse para denunciar esto? Las palabras tienen poco valor: ¡Arrepintámonos, más bien, y abominemos el pecado que, sin duda, está en nosotros! ¡Oh Jesús, hemos sido traidores a tus heridas! Perdónanos, Señor, y ayúdanos a no pecar más. ¡Qué vergonzoso es traicionar a Aquel que nunca nos olvida, y que hoy mismo se

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 357). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.