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Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído

16 de diciembre

«Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído».

Isaías 48:8

Es penoso recordar que, en cierto grado, esta acusación se les puede hacer a los creyentes, los cuales son muy a menudo, en buena medida, espiritualmente insensibles. Bien podemos lamentarnos de no oír la voz de Dios como debiéramos: «Sí —dice este pasaje—, nunca lo habías oído». Hay en el alma impulsos suaves del Espíritu Santo que desatendemos; se producen susurros de algunos mandatos divinos los cuales nuestros tardos entendimientos tampoco advierten. ¡Ay, hemos sido ignorantes y despreocupados! El versículo dice: «Ni nunca lo habías conocido». Hay cosas en las cuales deberíamos haber mirado; procesos de corrupción que han ido avanzando inadvertidamente; dulces sentimientos descuidados que, como flores, se están marchitando con la helada; y vislumbres del rostro divino que hubiéramos podido percibir de no haber cerrado las ventanas de nuestra alma. Sin embargo, no lo hemos «conocido». Al pensar en esto, nos sentimos profundamente humillados. ¡Cómo hemos de glorificar la gracia de Dios a medida que aprendemos, por el contexto, que Dios había conocido de antemano toda esta insensatez e ignorancia nuestra y que, a pesar de ese conocimiento previo, le plugo tratarnos mediante una relación de gracia! ¡Admiremos la maravillosa soberanía de la gracia que fue capaz de elegirnos a pesar de ello! ¡Maravillémonos del precio pagado por nosotros cuando Cristo sabía lo que íbamos a ser! El que pendió de la cruz nos vio de antemano como incrédulos, apóstatas, fríos de corazón, indiferentes, descuidados, flojos en la oración y, sin embargo, dijo: «Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador […]. Ya que eres precioso a mis ojos, digno de honra y yo te amo, daré a otros hombres en lugar tuyo, y a otros pueblos por tu vida» (Is. 43:3, 4, LBLA). ¡Oh redención, qué maravillosamente brillas cuando pensamos en lo malvados que somos nosotros! ¡Oh Espíritu Santo, danos de aquí en adelante un oído que oiga y un corazón que entienda!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 361). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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