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Llama a los obreros y págales el jornal

20 de diciembre

«Llama a los obreros y págales el jornal».

Mateo 20:8

Dios es un buen pagador: paga a sus obreros mientras trabajan, así como cuando terminan de trabajar. Uno de esos pagos es una conciencia tranquila. Si has hablado fielmente de Jesús a alguna persona, cuando te vayas a la cama al llegar la noche, te sentirás feliz de poder decir: «Hoy he cumplido con mi responsabilidad en cuanto a la vida de una persona». Hay una gran satisfacción en hacer algo por Jesús. ¡Ah, qué felicidad nos produce el colocar joyas en la corona del Señor y permitirle ver «el fruto de la aflicción de su alma» (Is. 53:11)! También hay una gran recompensa en observar las primeras señales de convicción de pecado en un alma. Es motivo de gran gozo poder decir, por ejemplo, de alguna niña de la escuela dominical: «Tiene un corazón sensible, espero que el Señor esté obrando en ella»; o ir a casa y orar por aquel muchacho que esta tarde dijo algo que te hizo pensar en que debe saber más de la verdad divina de lo que tú sospechabas. ¡Oh, qué gozo produce la esperanza! Pero, en lo que respecta al gozo que proporciona el éxito, se trata de un gozo indecible. Ese gozo, desbordante como es, ansía más aún; desea vehementemente conseguir más. Ser ganador de almas es la ocupación más dichosa del mundo: por cada alma que llevas a Cristo, obtienes un nuevo Cielo en la tierra. No obstante, ¿quién puede concebir la felicidad que nos aguarda en el Más Allá? ¡Oh, cuán dulces son aquellas palabras que dicen: «Entra en el gozo de tu Señor»! ¿Conoces el gozo que siente Cristo por un pecador salvado? Es el mismo que experimentaremos nosotros en el Cielo. Sí, cuando Jesús suba al Trono, tú subirás con él. Cuando los cielos proclamen: «Bien, buen siervo», tú participarás del galardón. Has trabajado y sufrido con él; ahora reinarás con él. Has sembrado con él; ahora segarás con él. Tu rostro se ha cubierto de sudor como el de Jesús, y tu alma se ha afligido por el pecado de los hombres como se afligió la suya. Ahora tu rostro resplandecerá con el resplandor del Cielo como resplandeció también el suyo, y tu alma se llenará de beatífico gozo como se llenó la suya.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 365). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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