«No los retengas»

20 de octubre

Lecturas Vespertinas

«No los retengas».

Isaías 43:6 (LBLA)

Aunque este es un mensaje que se envía al Sur y hace referencia a la simiente de Israel, puede, con todo, ser una advertencia provechosa para nosotros. Por naturaleza, somos negligentes para todas las cosas buenas; por eso, el aprender a progresar en los caminos del Señor, es, en verdad, una beneficiosa lección. Lector, ¿eres inconverso? ¿No deseas confiar en el Señor Jesús? Entonces, no te retengas: el amor te invita; las promesas aseguran tu éxito; la preciosa sangre te prepara el camino. No dejes que ni los pecados ni los temores te retengan. Ven a Jesús tal cual estás. ¿Ansías orar? ¿Quieres derramar tu corazón delante del Señor? No te retengas. El propiciatorio está preparado para aquellos que necesitan perdón. El clamor de un pecador prevalecerá delante de Dios. Se te invita a orar; más aún, se te ordena que lo hagas. Acércate, pues, confiadamente al trono de la gracia.

Querido amigo, ¿eres salvo ya? Entonces, no te retengas de la comunión con el pueblo de Dios. No dejes de bautizarte y de participar de la Cena del Señor. Quizá seas de temperamento tímido; debes luchar contra ello, no sea que la timidez te lleve a la desobediencia. Hay una promesa para quienes confiesan a Cristo, no la malogres bajo ningún concepto, no sea que caigas en la condenación de aquellos que niegan a Jesús. Si tienes talentos, no te retengas de usarlos. No amontones tus riquezas; no desperdicies tu tiempo. Que tus talentos no se enmohezcan ni dejes de ejercer tu influjo. Jesús no se retuvo: imítalo siendo el primero en la negación y el sacrificio de ti mismo. No te retengas de tener íntima comunión con Dios, de apropiarte con confianza las bendiciones del pacto, de progresar en la vida divina y de compenetrarte con los preciosos misterios del amor de Cristo. Querido amigo, no seas culpable de retener a otros, ni por tu frialdad, ni por tu dureza o desconfianza. Avanza tú, por amor de Jesús, y alienta a otros a hacer lo mismo. El Infierno y las bandas confederadas de la superstición y la infidelidad se aprestan para combatir. ¡Oh soldados de la cruz, no os retengáis!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 304). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche»

19 de octubre

Spurgeon, C. H.

Lecturas Vespertinas

«Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche».

Job 35:10

De día cualquiera canta. Cuando la copa está llena, para nadie es difícil sacar de ella inspiración. Cuando abundan las riquezas cualquiera puede alabar a Dios, que da abundante cosecha o envía barcos cargados de cosas preciosas. Es muy fácil que un arpa eólica produzca música cuando los vientos soplan; lo difícil es producir dicha música cuando no hay viento. Es fácil cantar cuando podemos leer las notas a la luz del día; pero el que canta cuando no hay siquiera un rayo de luz para leer, a quien la música le sale del corazón, ese es realmente diestro en el arte de cantar. Nadie es capaz de entonar por sí mismo un cántico en la noche. Tal vez pueda intentarlo, pero descubrirá que los cántico en la noche tienen que ser divinamente inspirados. Cuando todas las cosas van bien, yo puedo entonar en cualquier parte canciones inspiradas por las flores que crecen en mi camino. Sin embargo, cuando me hallo en un desierto donde no crece nada verde, ¿cómo puedo componer un himno de alabanza a Dios? ¿Acaso es capaz el mortal de hacer una corona para su Señor donde no hay joyas? Si se me da una voz clara y un cuerpo que rebose salud, entonces podré alabar a Dios; no obstante, si mi lengua está muda y me hallo tendido en un lecho de dolor, ¿cómo voy a poder entonar alabanzas a Dios, a menos que él mismo me dé los cánticos? No, no es posible que el hombre cante cuando todo le es adverso, a no ser que un carbón encendido del altar haya tocado sus labios. Fue un cántico divino el que cantó Habacuc cuando dijo en la noche: «Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas: aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me regocijaré en el Dios de mi salvación» (Hab. 3:17–18, LBLA). Entonces, ya que nuestro Hacedor da cánticos en la noche, esperemos que él nos dé la música. ¡Oh tú, músico principal, no nos dejes sin música porque estemos en aflicción, sino afina nuestros labios para que canten una melodía de acción de gracias!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 303). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios»

18 de octubre

«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios».

1 Samuel 15:22

ASaúl se le había ordenado que destruyera completamente a todos los amalecitas y sus rebaños. En lugar de hacerlo así, Saúl preservó la vida del rey y permitió que su gente tomara lo mejor de los bueyes y de las ovejas. Cuando se le llamó para rendir cuenta de esto, declaró que lo había hecho con la intención de ofrecer a Dios sacrificio; pero Samuel le refutó enseguida con el argumento de que el sacrificio no podía servir de excusa para un acto de manifiesta rebelión. El pasaje bíblico que estamos considerando es digno de imprimirse con letras de oro y colgarse a la vista de la actual generación idólatra, que se muestra muy afecta a los adornos del culto voluntario pero olvida por completo las leyes de Dios. Recuerda siempre esto: que el mantenerse rigurosamente dentro de la senda de los mandamientos del Salvador es mejor que cualquier acto religioso externo; y que el oír sus mandamientos con oído atento vale más que traer sebo de carneros o cualquier otra cosa preciosa y colocarla sobre su altar. Si no estás guardando los más insignificantes mandamientos que Cristo dio a sus discípulos, te ruego que dejes de desobedecer. Todas tus apariencias de adhesión a tu Señor y todos los actos de devoción que practicas no pueden compensar por la desobediencia. «El obedecer [en las cosas más pequeñas y triviales] es mejor que los sacrificios», aunque estos sean pomposos. No hables de cantos gregorianos, de ropas suntuosas, de incienso y de pendones. Lo primero que Dios requiere de sus hijos es la obediencia; y aunque entregues tu cuerpo para ser quemado y todos tus bienes para dar de comer a los pobres, si no atiendes a los preceptos del Señor, todas tus formalidades no te aprovecharán en absoluto. Es una bendición tener la facilidad de un niño para aprender, pero es una bendición mayor aún el que cuando aprendemos la lección la pongamos en práctica. ¡Cuántos adornan sus templos y engalanan a sus sacerdotes, pero rehúsan obedecer la Palabra de Dios! Alma mía, no entres en el consejo de los tales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 302). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En su brazo llevará los corderos»

17 de octubre

«En su brazo llevará los corderos».

Isaías 40:11

El rebaño de nuestro Buen Pastor cuenta con una variedad de experiencias. Algunos creyentes son fuertes en el Señor y otros débiles en la fe, pero él se muestra imparcial en su cuidado para con todas sus ovejas, y el cordero más débil le resulta tan querido como el más fuerte. Los corderos tienen tendencia a quedarse atrás, son propensos a extraviarse y a debilitarse; pero el Pastor, con sus poderosos brazos, los protege de todos los peligros a que los exponen tales debilidades. El Pastor busca almas recién nacidas que, como corderos, están a punto de perecer y las alimenta hasta que se hacen vigorosas; busca mentes débiles, propensas a desmayar y a morir, y las consuela y renueva sus fuerzas, y junta a todos los pequeños, porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda ni uno de ellos. ¡Qué vista tan penetrante debe de tener para ver a cada uno! ¡Qué brazo tan largo y poderoso para recogerlos a todos! Durante su vida terrenal solía reunir a muchos débiles, y ahora que está en el Cielo, su amante corazón suspira por los mansos y los contritos, por los tímidos y los débiles, por los temerosos y los abatidos que viven en este mundo. ¡Cuán afectuosamente me atrajo a sí mismo, a su verdad, a su sangre, a su amor y a su Iglesia! ¡Con qué gracia tan eficaz me compelió a ir a él! ¡Cuántas veces, desde mi conversión, me restauró de mis extravíos y me estrechó de nuevo en sus eternos brazos! Lo mejor de todo es que él hace esto personalmente, no delegando en ninguno esa obra de amor, sino dignándose él mismo a librar y preservar a su siervo más indigno. ¿Cómo podré amarlo suficientemente o servirle dignamente? Me sentiría dichoso si pudiese engrandecer su nombre hasta los confines de la tierra, ¿pero qué puede hacer por él mi debilidad? Gran Pastor, añade a tus misericordias esta otra: dame un corazón que te ame más sinceramente, como es mi deber el hacerlo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 301). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Contigo está el manantial de la vida»

16 de octubre

«Contigo está el manantial de la vida».

Salmo 36:9

Hay ocasiones en nuestra experiencia espiritual cuando el consejo, la simpatía o los actos religiosos no pueden confortarnos o ayudarnos. ¿Por qué permite esto nuestro bondadoso Dios? Quizá sea porque hemos estado viviendo mucho tiempo sin él; en vista de lo cual, Dios nos quita todo aquello en que hemos confiado con el fin de llevarnos a sí mismo. Es una bendición poder vivir junto a la fuente principal. Mientras nuestros odres están llenos no nos importa salir al desierto, como lo hicieron Agar e Ismael, pero cuando se encuentran vacíos, ninguna cosa nos servirá excepto decir: «Tú eres el Dios que me ve». Nosotros somos como el hijo pródigo: amamos los charcos de los cerdos y nos olvidamos de la casa de nuestro Padre. No olvides, querido amigo, que podemos transformar las ceremonias de la religión en charcos de lodo y en algarrobas para los cerdos. Esas ceremonias son santas, pero existe el peligro de que las pongamos en el lugar de Dios y, entonces, no tendrán valor alguno. Cualquier cosa se convierte en un ídolo cuando nos mantiene lejos de Dios. Hasta la serpiente de bronce ha de desecharse como «nehustán» si se la adora en lugar de Dios. El pródigo nunca estuvo más seguro que cuando volvió al seno de su padre porque no podía hallar sustento en ninguna otra parte. Nuestro Señor nos favorece con hambre en la tierra para que le busquemos a él con más inteligencia. La mejor posición de un cristiano se encuentra en vivir confiado entera y directamente en la gracia de Dios — »no teniendo nada, mas poseyéndolo todo»—, aunque permanezca en el mismo lugar donde se hallaba al principio. Nunca pensemos, ni por un momento, que nuestra posición se la debemos a nuestro grado de santificación, nuestra mortificación, nuestros dones o nuestros sentimientos. Recordemos, más bien, que somos salvos porque Cristo ofreció una expiación perfecta; pues nosotros estamos completos en él. Aunque no tenemos nada propio en lo que confiar, el descansar en los méritos de Jesús, su pasión y su vida santa nos proporciona la única base segura de confianza. Queridos amigos, cuando estemos sedientos, recurramos con avidez al manantial de la vida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 300). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Pero redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz

15 de octubre

«Pero redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz».

Éxodo 34:20

Todo primogénito debía ser del Señor, pero como el asno era impuro no se podía ofrecer en sacrificio. ¿Qué significa esto? ¿Queda el asno exceptuado de la ley? De ninguna manera. Dios no admite excepciones. El asno le pertenece, pero él no lo acepta. No renuncia a su derecho, pero tampoco se agrada de la víctima. No queda, pues, otra salida que la redención. El asno tenía que librarse mediante la sustitución por un cordero que ocupara su lugar. Si no se lo redimía debía morir. Alma mía, aquí hay una lección para ti. Aquel animal impuro eres tú misma: tú perteneces al Señor, quien te hizo y te preserva, pero eres tan pecaminosa que Dios no quiere, no puede, aceptarte. El problema se soluciona así: el Cordero de Dios tiene que ocupar tu lugar, de lo contrario debes morir eternamente. ¡Conozca todo el mundo tu gratitud hacia el inmaculado Cordero que derramó su sangre por ti y así te redimió de la fatal maldición de la ley! ¿No se habrá preguntado a veces el israelita si el que debía morir era el asno o el cordero? ¿No se habrá detenido el buen hombre a calcular y comparar? Indudablemente no hay comparación posible entre el valor del alma del hombre y la vida del Señor Jesús; sin embargo, el Señor muere y el hombre resulta perdonado. Alma mía, admira el infinito amor que Dios te profesa a ti y a otros miembros de la raza humana. ¡Se compra a los gusanos con la sangre del Hijo del Altísimo! ¡El polvo y la ceniza se redimen con un precio muy superior a la plata o el oro! ¡Qué ruina hubiera sido la mía si no se hubiese hallado una generosa redención! Quebrar la cerviz del asno era solo un castigo momentáneo, ¿pero quién puede medir la ira venidera, cuyo límite no es posible calcular? El glorioso Cordero que nos redimió de semejante ruina es inestimablemente precioso.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 299). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y no os conforméis a este siglo

14 de octubre

«Y no os conforméis a este siglo».

Romanos 12:2

Si un cristiano pudiese por casualidad ser salvado a pesar de conformarse a este mundo, tendría que serlo, de cualquier forma, «así como por fuego». Tan mísera salvación debería temerse casi tanto como se desea. Lector, ¿quieres dejar este mundo entre las sombras de un desesperado lecho de muerte y entrar en el Cielo como un marinero náufrago que trepa por las rocas de su país nativo? Entonces, sé un mundano; mézclate con los adoradores de Mamón y niégate a salir fuera del campamento llevando el vituperio de Cristo. ¿Quieres, por el contrario, tener un Cielo aquí abajo a la vez que otro allá arriba? ¿Deseas comprender con todos los santos cuál sea la altura y la profundidad y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento? ¿Quieres obtener una amplia y generosa entrada en el gozo de tu Señor? Entonces, sal de en medio de ellos y apártate y no toques lo inmundo. ¿Quieres lograr la plena certidumbre de fe? Ten presente que no la podrás conseguir mientras te juntes con los pecadores. ¿Quieres inflamarte de vehemente amor? Entonces, cuídate; porque, de lo contrario, ese amor se verá apagado por el compañerismo con los impíos. Mientras cedas a los principios mundanos y a las vulgares costumbres de los hombres del mundo, no podrás llegar a ser un gran cristiano; quizá seas un niño en la gracia, pero nunca serás un hombre perfecto en Cristo Jesús. Es malo que un heredero del Cielo tenga mucha amistad con los herederos del Infierno: cabe sospechar que algo anda mal cuando un cortesano mantiene demasiada intimidad con los enemigos de su rey. Las pequeñas polillas destruyen vestidos costosos, y un poco de frivolidad y otro poco de ruindad privarán a la religión de mil deleites. Tú que profesas ser cristiano pero, sin embargo, estás tan poco separado de los pecadores, ¡no sabes lo que pierdes por conformarte al mundo! Esa conformidad rompe los tendones de tu fuerza y te hace gatear en lugar de correr. Entonces, en bien de tu propio solaz y de tu crecimiento en la gracia, si eres cristiano, sé cristiano: pero un cristiano señalado y distinto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 298). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Fuerte es como la muerte el amor»

13 de octubre

«Fuerte es como la muerte el amor».

Cantares 8:6

Este amor, tan poderoso como un vencedor de reyes y como la muerte —destructora de la raza humana—, ¿de quién puede ser? ¿No sería ridículo si dijera que se refiere a mi pobre, débil y apenas latente amor por Jesús mi Señor? Yo amo a Jesús y, por su gracia, quizá hasta podría morir por él; pero en cuanto a mi amor en sí, difícilmente sería capaz de soportar una burla y, mucho menos, una muerte cruel. Sin duda, aquí se hace referencia al amor de mi Amado: el amor de Jesús, el incomparable amante de las almas. En realidad, su amor fue más fuerte que la muerte más espantosa, pues soportó triunfante la prueba de la cruz. Su muerte constituyó una muerte lenta, pero el amor sobrevivió al tormento; fue una muerte vergonzosa, pero el amor despreció la vergüenza; fue una muerte penal, pero el amor llevó nuestras iniquidades. Fue la muerte de un solitario y olvidado, de quien el Padre eterno ocultó su rostro; pero el amor soportó la maldición y se glorió sobre todos. Nunca hubo tal amor ni tal muerte: fue un duelo terrible; pero el amor se llevó la palma. ¿Qué dices a esto, corazón mío? Creyente, ¿no sientes que se emociona tu corazón al contemplar un afecto tan celestial? Sí, mi Señor, yo anhelo, ansío, sentir dentro de mí tu ardiente amor. Ven tú mismo y alienta el ardor de mi espíritu.

¡Redentor! ¡Redentor!

Tierno, dulce nombre.

¡Oh, cuán grande el amor

de Jesús Dios-hombre!

Con un amor tan fuerte como la muerte, ¿por qué tengo yo que desesperar del amoroso Jesús? Él merece ese amor y yo lo deseo. Los mártires, aunque solo eran carne y sangre, sintieron dicho amor. Entonces, ¿por qué no lo he de sentir yo? Ellos lamentaron sus debilidades; pero, sin embargo, sacaron fuerzas de debilidad. La gracia les dio firme constancia; y esa misma gracia se me concede a mí. Jesús, amado de mi alma, derrama ese amor —tu amor— en mi corazón en esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 297). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El Consolador, el Espíritu Santo»

12 de octubre

«El Consolador, el Espíritu Santo»

Juan 14:26

La era actual es, de un modo especial, la dispensación del Espíritu Santo, en la cual Jesús nos alienta, no con su presencia (como lo hará en breve), sino con la morada y la constante permanencia en nosotros del Espíritu Santo, que es, en todas las épocas, el Consolador de la Iglesia. La misión del Espíritu Santo consiste en consolar los corazones de quienes forman parte del pueblo de Dios. Él convence de pecado, ilumina e instruye; sin embargo, el aspecto principal de su obra es alegrar los corazones de los regenerados, confirmar a los débiles y levantar a todos los que andan humillados. Esto lo cumple revelándoles a estos a Jesús. El Espíritu Santo consuela, pero Cristo es el consuelo. Si se nos permite utilizar esta figura: el Espíritu Santo es el Médico, pero Jesús es la medicina. El Espíritu sana la herida, pero lo hace aplicando el santo ungüento del nombre y de la gracia de Cristo. No toma de lo suyo, sino de lo que es de Cristo. Así, pues, si damos al Espíritu Santo el nombre griego de parakletos —como lo hacemos a veces, nuestro corazón aplica a nuestro bendito Señor Jesús el título de paraklesis. Si uno es el Consolador, el otro es el Consuelo. Ahora bien, teniendo el cristiano tan rica provisión para sus necesidades, ¿por qué ha de estar triste y desalentado? El Espíritu Santo, movido por su bondad, se ha comprometido a ser tu Consolador. ¿Crees, oh débil y tembloroso creyente, que el Espíritu no responderá a la confianza que has depositado en él? ¿Puedes suponer que haya intentado una cosa que no puede o no quiere cumplir? Si su obra peculiar es fortalecerte y consolarte, ¿piensas que habrá olvidado su cometido o que fracasará en la amorosa tarea que lleva a cabo en beneficio tuyo? No, no tengas tan mal concepto del tierno y bendito Espíritu, cuyo nombre es «el Consolador». Él se complace en proporcionar óleo de gozo al que llora y manto de alegría al espíritu angustiado. Confía en él; y él, sin duda, te consolará hasta que se cierre para siempre la casa del llanto y dé comienzo la fiesta de boda.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 296). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«A los que predestinó, a éstos también llamó»

11 de octubre

«A los que predestinó, a éstos también llamó».

Romanos 8:30

En 2 Timoteo 1:9 encontramos estas palabras: «Nos salvó y llamó con llamamiento santo». Ahí tenemos una piedra de toque mediante la cual comprobar nuestro llamamiento: se trata de un «llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y según la gracia». Dicho llamamiento impide toda confianza en nuestras propias obras y nos conduce solo a Cristo para obtener la salvación; pero, después, el mismo nos limpia de las obras de muerte para que sirvamos al Dios vivo y verdadero. Como el que te llamó es santo, así debes tú también ser santo. Si vives en el pecado, no has sido llamado; pero si realmente eres de Cristo, entonces dirás: «Nada me apena tanto como el pecado; deseo librarme de él, Señor, ayúdame a ser santo». ¿Es este el anhelo de tu corazón? ¿Es este el tenor de tu vida para con Dios y con su divina voluntad? También en Filipenses 3:13, 14 se nos habla del «supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». ¿Es tu llamamiento, pues, un «supremo llamamiento»? ¿Ha ennoblecido el mismo tu corazón y lo ha inclinado hacia las cosas celestiales? ¿Ha elevado tus esperanzas, tus gustos y tus deseos? ¿Ha alzado el nivel del invariable curso de tu vida de modo que la vivas juntamente con Dios y para Dios? Otra prueba la hallamos en Hebreos 3:1: «Participantes del llamamiento celestial». El llamamiento celestial es un llamamiento del Cielo. Si quien te llama es un hombre, no estás siendo llamado. ¿Procede de Dios tu llamamiento? ¿Es un llamamiento tanto al Cielo como del Cielo? A menos que seas extranjero aquí y el Cielo constituya tu hogar, no has sido llamado con un llamamiento celestial: porque los que así han sido llamados confiesan que esperan una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios, y ellos son peregrinos y extranjeros en la tierra. ¿Es tu llamamiento santo, soberano y celestial? Entonces, querido amigo, Dios te ha llamado; porque tal es el llamamiento con que él ha llamado a su pueblo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 295). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.