Jueces 12 | Hechos 16 | Jeremías 25 | Marcos 11

29 JULIO

Jueces 12 | Hechos 16 | Jeremías 25 | Marcos 11

La profecía de Jeremías 25 data del cuarto año del reinado de Nabucodonosor, es decir, 605 a.C., el año en que los babilonios derrotaron a los egipcios en Carquemis, obligando a Judá a cambiar su lealtad hacia la nueva potencia creciente. En ese momento, Jeremías ha estado profetizando ya durante veintitrés años, desde el reinado del último rey bueno, Josías, hasta ese día (25:3).

El comienzo de la supremacía babilónica es una ocasión apropiada para que el profeta reitere algunos de sus principales temas: un repaso de la desobediencia crónica del pueblo, de las advertencias de no seguir a otros dioses, la negativa del pueblo a escuchar las palabras del Señor (25:4–8). Sin embargo, existen varios elementos en este capítulo que no se han mencionado anteriormente o que apenas se han tratado hasta este momento.

Primero, en un lenguaje que recuerda el que encontramos en Isaías, Nabucodonosor recibe el calificativo de “siervo” de Dios (25:9). Es una forma de decir que el propio Todopoderoso provocará la destrucción de Jerusalén, aunque el poder temporal que está haciendo el trabajo es Babilonia y su rey.

Segundo, el servicio al rey de Babilonia durará “setenta años” (25:11). Existen diferentes maneras de calcular la duración del exilio. En esta caso, se trata de una cifra redondeada que abarca desde el auge de Babilonia en 609 hasta su derrota ante los persas (539), o quizás desde la primera deportación de líderes en 605 hasta el primer retorno de los judíos a su tierra bajo el régimen del rey Ciro de Persia (536; cp. 2 Crónicas 36:20–23; Zacarías 1:12).

Tercero, recordando lo que hará con los asirios después de haberlos utilizado para castigar al reino del norte (Isaías 10:5ss.), Dios dice que Babilonia pagará “por su iniquidad” y quedará “en desolación perpetua” (25:12). “Haré que vengan sobre este país todas las amenazas que le anuncié, y todo lo que está registrado en este libro y que Jeremías ha profetizado contra las naciones” (25:13).

Cuarto, en los siguientes versículos, se pide a Jeremías, en una experiencia visionaria, que obligue a las naciones a beber “la copa del vino de mi ira” (25:15; compárese con Apocalipsis 14:10). El Dios de la Biblia no es una simple deidad tribal; todas las naciones deben rendirle cuentas. El juicio puede comenzar con la comunidad del pacto, pero abarcará finalmente a todo el mundo sin excepción. “’Seréis castigados’, afirma el Señor Todopoderoso, ‘porque yo desenvaino la espada contra todos los habitantes de la tierra’ ” (25:29). ¿A dónde huiremos para escapar del juicio, si no es al refugio que sólo él provee?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 210). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 11 | Hechos 15 | Jeremías 24 | Marcos 10

28 JULIO

Jueces 11 | Hechos 15 | Jeremías 24 | Marcos 10

La visión de las dos canastas de higos (Jeremías 24), una que “tenía higos muy buenos, como los que maduran primero” (24:2, los madurados en junio, considerados una exquisitez, cp. Isaías 28:4), y la otra que “tenía higos muy malos, tan malos que no se podían comer” (24:2), es muy clara. Los higos buenos son los israelitas que ya han sido enviados al exilio al “país de los babilonios” (24:5). Dios los protegerá y traerá de vuelta. Les dará un corazón para que conozcan al Señor. “Les daré un corazón que me conozca, porque yo soy el Señor. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios, porque volverán a mí de todo corazón” (24:7). Por el contrario, los higos malos representan a Sedequías y sus oficiales, y al resto del pueblo de Jerusalén. Ellos pasarán a ser “motivo de espanto y de calamidad” (24:9). No permanecerán en la tierra. Serán desterrados y Dios los seguirá con “espada, hambre y pestilencia” (24:10).

Esta analogía da lugar a dos reflexiones. En primer lugar, da al traste con las expectativas populares, tanto en Jerusalén como en la comunidad de exiliados en Babilonia. Los habitantes de Jerusalén se sentían tentados a creer que eran la élite, ya que se habían salvado: Dios no los había enviado al exilio. Los exiliados eran basura; los que quedaron en la tierra constituían el remanente fiel. Los primeros también creían lo mismo. No querían contemplar la destrucción de Jerusalén y del templo, porque entonces no habría “hogar” al que ir. Así pues, tendían a idealizar a los que quedaron atrás, que oraban para que el Señor devolviese a los exiliados al remanente fiel de la ciudad. Sin embargo, Dios dice aquí que la situación real es precisamente la opuesta. Los que han quedado en Jerusalén son indecentes y serán destruidos. Los higos buenos se encuentran en el exilio y Dios los traerá de vuelta a la tierra. En otras palabras, el remanente está exiliado. Ezequiel, coetáneo de Jeremías, desarrolla el mismo tema en Babilonia (sin la imagen de los higos): p.ej., Ezequiel 11:14–21.

En segundo lugar, las expectativas populares han sufrido tal revés, que el lector se ve obligado a pensar en otras muchas situaciones parecidas en la Biblia: el poderoso imperio egipcio contra los esclavos israelitas; el rico y Lázaro; las bienaventuranzas de Jesús, que prometen el reino a los pobres de espíritu. Pensemos en tantas como podamos, no sólo en las páginas de las Escrituras sino más adelante en la historia. Dios se deleita exaltando al humilde y humillando al exaltado. Después de todo, nuestro Redentor murió en una cruz. Entonces, ¿por qué deberían luchar los buenos cristianos por el poder y la posición, en lugar de por la humildad y la fidelidad?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 209). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 10 | Hechos 14 | Jeremías 23 | Marcos 9

27 JULIO

Jueces 10 | Hechos 14 | Jeremías 23 | Marcos 9

Gran parte de Jeremías 23 es una denuncia de los “pastores” que destruyen y dispersan a las ovejas de los pastos del Señor (23:1; compárese Jeremías 10 y la meditación del 14 de julio). La larga sección relativa a los profetas mentirosos (23:9–40) es una de las presentaciones más perspicaces de las diferencias entre los profetas verdaderos y los falsos en todas las Escrituras. Su patetismo se profundiza con los apartes del profeta Jeremías, que no solo revelan algún elemento presente en el verdadero profeta, sino que exponen sus propios sentimientos: “Se me parte el corazón en el pecho y se me estremecen los huesos. Por causa del Señor y de sus santas palabras, hasta parezco un borracho, alguien dominado por el vino” (23:9). La dura condena de los sueños transmitidos con entusiasmo en los círculos proféticos, mientras estos son incapaces de comunicar fielmente la Palabra de Dios (23:25–39), tiene una relevancia contemporánea que solo los ciegos no podrían ver.

No obstante, quiero centrarme en los seis primeros versículos. A la luz de los reyes inmensamente inmorales e idólatras condenados en el capítulo anterior, y de los pastores destructivos de este, Dios presenta la solución definitiva, que consta de tres componentes:

(1) Dios acabará con los pastores destructivos (23:2). Es un tema que ya hemos visto antes y que ocupa buena parte de este capítulo.

(2) Dios mismo reunirá al remanente del rebaño de allá donde esté dispersado, trayéndolo de vuelta a sus pastos. El Señor declara: “Pondré sobre ellas pastores que las pastorearán, y ya no temerán ni se espantarán, ni faltará ninguna de ellas” (23:4). En otras palabras, la promesa del fin del exilio y el retorno del remanente se expresa ahora con la imagen de un rebaño dispersado que vuelve a sus pastos. Sin embargo, existe también un elemento de expectación que trasciende el final histórico del exilio: el propio Señor proveerá unos pastores de una naturaleza que irá más allá de lo que las personas han experimentado en el pasado.

(3) En particular, Dios hará “surgir un vástago justo de la simiente de David” (23:5). El linaje davídico será poco más que un tocón, pero un nuevo “vástago” crecerá de él, un rey que “reinará con sabiduría en el país, y practicará el derecho y la justicia” (23:5). Sus días traerán seguridad y salvación para el pueblo del pacto de Dios. “Este es el nombre que se le dará: ‘El Señor es nuestra salvación’ ” (23:6). Y eso, porque, por él, Dios será al mismo tiempo justo y quien justificará a los impíos, vindicándolos por la vida y muerte del vástago del linaje de David (Romanos 3:20–26).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 208). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 9 | Hechos 13 | Jeremías 22 | Marcos 8

26 JULIO

Jueces 9 | Hechos 13 | Jeremías 22 | Marcos 8

Los lectores concienzudos de Jeremías saben que los diversos oráculos no se dan en orden cronológico. En algunas ocasiones, la secuencia de los mismos es desconcertante; en otras, es claramente temática. En Jeremías 22, encontramos una serie de afirmaciones relativas a los últimos reyes de Judá, pero la lista no está ordenada cronológicamente. Lo importante de estas declaraciones es quizás que ofrecen el contrapunto para la perspectiva de un rey mucho más fructífero, presentado en el siguiente capítulo.

(1) Los nueve primeros versículos continúan con la advertencia a Sedequías y con la petición de que vuelva a las estipulaciones del pacto a fin de evitar el desastre inminente.

(2) Jeremías 22:10–12 se ocupa de Salún, conocido también como Joacaz. Era uno de los hijos del último rey reformador, Josías, que murió en Meguido en 609 a.C. Reinó sólo tres meses antes de que el faraón Necao lo depusiese (durante los últimos años, cuando Judá seguía siendo Estado vasallo de Egipto, antes de que Babilonia asumiese el papel de superpotencia de la región en 605: cp. los comentarios de ayer). Deportado a Egipto, Salún nunca volvió a Israel. Fue el primer rey davídico que murió en el exilio.

(3) El hermano mayor de Salún, Joacim, sucedió a este en el trono (22:13–23). Se vio obligado a pagar duros impuestos a Egipto, pero impuso cargas adicionales para su propia glorificación. Era opresor, codicioso, avaro y necio (cp. 2 Reyes 23:35). Lo peor de todo es que cambió todas las políticas reformadoras de su padre Josías, aprobando los rituales paganos, incluso los del poder dominante, Egipto. Su explotación de los obreros desafiaba el pacto mosaico (Levítico 19:13; Deuteronomio 24:14). La denuncia de Jeremías es mordaz: “¿Acaso eres rey sólo por acaparar mucho cedro? Tu padre no sólo comía y bebía, sino que practicaba el derecho y la justicia, y por eso le fue bien” (22:15). La consecuencia de las desastrosas y malvadas políticas de Joacim fue la destrucción de la nación. En cuanto a él, moriría de forma ignominiosa y echarían su cadáver a la basura (22:19). Dios le dice: “Yo te hablé cuando te iba bien, pero tú dijiste: ‘¡No escucharé!’. Así te has comportado desde tu juventud: ¡Nunca me has obedecido!” (22:21).

(4) Su hijo Jeconías (también llamado Joaquín, o Conías [37:1, nota]) subió al trono en diciembre de 598, al morir Joacim. En esa época, Jerusalén ya estaba sitiada. Jeconías era un muchacho de dieciocho años. Reinó durante tres meses. Después, Jerusalén cayó y lo deportaron a Babilonia, donde vivió el resto de su vida, en la cárcel hasta 561, y posteriormente en la corte babilónica. Ninguno de sus hijos ni de sus nietos se sentaría en el trono de David (22:30). “¡Tierra, tierra, tierra! ¡Escucha la palabra del Señor!” (22:29).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 207). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 8 | Hechos 12 | Jeremías 21 | Marcos 7

25 JULIO

Jueces 8 | Hechos 12 | Jeremías 21 | Marcos 7

Jerusalén pasó a ser vasallo de Babilonia de 605 a.C. en adelante, después de que esta derrotase a Egipto en la batalla de Carquemis. Más adelante, se rebeló y cayó derrotada en 597, cuando la mayor parte de la familia real, junto a los nobles, los ricos y los artesanos capacitados, fueron llevados a Egipto, con Sedequías como monarca interino. Este era tío del joven rey Joaquín, al que llevaron al exilio. A pesar de las fuertes advertencias de Dios por medio de Jeremías, en las que decía que Israel no debía rebelarse contra los babilonios, las autoridades de Jerusalén prefirieron escuchar a los falsos profetas. Cuando Judá se rebeló, las represalias de Babilonia fueron implacables. Las tropas de Nabucodonosor destruyeron Judá y asediaron Jerusalén, que sucumbió finalmente en 587.

La profecía de Jeremías 21 tiene lugar durante el reinado de Sedequías, cuando las tropas babilónicas se están reuniendo para el asedio final, probablemente en 589 o 588. El Pasur que el rey envió a consultar a Jeremías no es el que se presenta en 20:1. La destrucción total es una amenaza inminente, como Jeremías ha estado prediciendo durante más de tres décadas. Desesperado, Sedequías consulta a todo el que puede, incluyendo a Jeremías, anhelando encontrar el hilo más fino de esperanza. Quizás el Señor hará grandes milagros de nuevo, como realizó en el pasado, en la época del Éxodo, por ejemplo, o cuando los asirios fueron derrotados durante el reinado de Ezequías, salvando a Jerusalén. Dios contesta por medio del profeta, en tres partes:

Primero, lejos de salvar a la ciudad, Dios está decidido a destruirla (21:3–7). Luchará junto a los babilonios: “Yo mismo pelearé contra vosotros. Con gran despliegue de poder, y con ira, furor y gran indignación” (21:5). Sedequías y su entorno no se salvarán.

Segundo, se deduce que la única decisión sabia es rendirse. Según los términos establecidos en las situaciones de asedio, la ciudad que se defendía no podía esperar misericordia. Los que se rendían podían acabar como esclavos o exiliados, pero al menos salvarían su vida. Dios propone dos caminos (21:8–10): el de la vida y el de la muerte. Esta elección no es exactamente igual que otras parecidas en las Escrituras (p. ej. Deuteronomio 30:15, 19; Mt. 7:13–14), pero se asemeja en que distingue entre la obediencia y la desobediencia, y sus respectivas consecuencias.

Tercero, como tantas promesas de juicio de Dios, existe una salida, dado que hay una opción de retorno inmediato a la justicia social y personal en la raíz del pacto mosaico (21:11–14). Sin embargo, sin una rápida transformación, la pequeña nación será condenada. Trágicamente, el cambio no llega y no será la última vez que se ignoran las serias advertencias.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 206). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 7 | Hechos 11 | Jeremías 20 | Marcos 6

24 JULIO

Jueces 7 | Hechos 11 | Jeremías 20 | Marcos 6

El capítulo que nos ocupa (Jeremías 20) presenta una perspectiva de las circunstancias externas de Jeremías en ese momento de su ministerio, y de su confusión interior.

(1) Las circunstancias externas de Jeremías: el sacerdote Pasur hijo de Imer es el “oficial principal” en el templo, presumiblemente el encargado de la seguridad, que sirve bajo el mando del sumo sacerdote. Las acciones y palabras proféticas que Jeremías comunicó en el capítulo anterior, anunciando la destrucción de Jerusalén y de su templo, se han interpretado como algo cercano a la traición, si no a la blasfemia, más aún cuando Pasur ha estado entre los que “profetizaba mentiras” (20:6), asegurando que Dios nunca dejaría que la ciudad cayese en manos de los paganos (cp. 14:14–15). Así pues, Pasur ordena arrestar y azotar al profeta, presumiblemente hasta el límite legal de cuarenta azotes (Deuteronomio 25:3, este número se redujo en uno en la época de Pablo para garantizar que no excediese accidentalmente el límite, 2 Corintios 11:24). Jeremías pasa una noche en el cepo, un elemento que provocaba contracturas musculares muy dolorosas. La mañana siguiente, Pasur cambia de opinión y deja ir al profeta. Está equivocado si cree que su indulgencia va a hacerle callar: Jeremías utiliza la ocasión para asignar un nuevo significado al nombre de Pasur, “Terror por todas partes” (20:3–4), otro anuncio pintoresco del juicio que caerá con total seguridad, cuando todas las falsas profecías de Pasur queden expuestas como lo que son.

(2) La confusión interna de Jeremías: si el profeta es valiente de cara al exterior, los siguientes versículos (20:7–18) revelan algo de su angustia personal. Jeremías ha estado prediciendo el juicio durante décadas, pero hasta ese momento no ha llegado. Cada vez es más fácil desacreditarlo y burlarse de él. La paciencia del Señor se convierte en excusa para el escepticismo (como en 2 Pedro 3:8–9). Temporalmente, el profeta decide guardar silencio, pero la palabra profética que arde en su interior es tan fuerte que no puede guardarla dentro (20:9). Por tanto, habla y sus antiguos “amigos” le escuchan con condescendencia burlona, esperando que diga algo que les permita denunciar a este necio a las autoridades y ocasionarle problemas (20:10). Jeremías oscila entre una fe brillante y firme, totalmente confiada en que el Señor lo vindicará finalmente (20:11–13), y una desesperación debilitadora que desea abiertamente no haber nacido nunca y que se regodea en una autocompasión entendible (20:14–18).

Es posible que algunos siervos del Señor nunca hayan experimentado semejantes altibajos, pero son muy pocos. Ciertamente, quienes sirven en lugares difíciles se ven casi invariablemente reflejados de algún grado en las experiencias de Jeremías. Oremos por los líderes cristianos, especialmente por aquellos cuya labor se desarrolla en terrenos complicados y profundamente desalentadores.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 205). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 6 | Hechos 10 | Jeremías 19 | Marcos 5

23 JULIO

Jueces 6 | Hechos 10 | Jeremías 19 | Marcos 5

La curación del hombre gadareno que estaba poseído por una “legión” de demonios (Marcos 5:1–20) exige algunas explicaciones y reflexiones en muchos puntos. Nos detendremos en seis de ellos:

(1) El escenario es un territorio gentil en el lado oriental del Mar de Galilea, en la región de Decápolis (5:20), las diez ciudades de población mayoritariamente helenística. La piara de cerdos deja claro este punto, ya que ningún judío respetable tendría estos animales. (2) El hombre pobre descrito en estos versículos estaba sometido a algún tipo de ataque cíclico. En ocasiones, era lo suficientemente dócil como para que lo encadenasen, pero después era tan increíblemente poderoso que podía romper las cadenas y liberarse. Expulsado de su hogar, vivía entre las tumbas, por donde deambulaba gritando y lacerándose. Era un hombre en la última agonía de la destrucción a manos de fuerzas demoníacas (5:5). No debemos dar por sentado que todos los casos de lo que hoy llamamos locura sean consecuencia de una actividad demoníaca; tampoco caigamos en el reduccionismo que achaca todos estos fenómenos de posesión a desequilibrios químicos en el cerebro. (3) Las palabras dirigidas a Jesús (5:6–8), aunque salen de los labios de un hombre, son producto del “espíritu maligno”. Este sabe muy bien (a) reconocer quién es Jesús y (b) vivir con el horrible conocimiento de la condena final que le espera. (4) Este diálogo entre Jesús y el “espíritu maligno” contiene dos elementos que no se encuentran en ningún otro exorcismo en los evangelios canónicos. Primero, la extraña interacción entre el singular y el plural: “Me llamo Legión… porque somos muchos”. Esta respuesta indica una ambigüedad en cierta actividad demoníaca. Además, como Jesús deja entrever en otros pasajes, la posesión múltiple por espíritus inmundos es una condición “peor” que debe evitarse escrupulosamente (Mateo 12:45). Segundo, estos demonios no desean marcharse de la zona y quieren entrar en otros cuerpos (5:10, 12). Jesús accede a ambas peticiones, lo cual presumiblemente refleja en parte el hecho de que aún no ha llegado la hora de su expulsión definitiva. (5) Aunque es esencial tener en cuenta el señorío absoluto de Jesús sobre esos espíritus malignos, debemos añadir que él no requiere la presencia de todos ellos individualmente, ni pregunta por sus nombres, ni entra en conversación con ellos, ni otras muchas cosas puestas en práctica habitualmente por algunos que se dedican a “ministerios de liberación”. (6) Las respuestas a esta liberación son asombrosas. El hombre salvado quiere seguir a Jesús, que lo comisiona a dar testimonio, en su mundo gentil, de lo mucho que el Señor ha hecho por él y de su misericordia (5:18–20). Los habitantes de la región ruegan a Jesús que se vaya (5:17): prefieren los cerdos a las personas, su tranquilidad financiera a la transformación de una vida.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 204). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 5 | Hechos 9 | Jeremías 18 | Marcos 4

22 JULIO

Jueces 5 | Hechos 9 | Jeremías 18 | Marcos 4

La imagen del alfarero y el barro (Jeremías 18) se repite en las Escrituras (p. ej., Romanos 9:19ss.). Cada uno de estos pasajes se centra en detalles ligeramente diferentes, aunque todos ellos hacen hincapié en la influencia soberana de Dios sobre las personas, que se comparan con el barro. Podemos clarificar los puntos principales con las siguientes observaciones:

(1) El torno del alfarero era muy común en el antiguo Oriente Próximo, no tanto como artículo de ocio, sino como elemento esencial en la manufactura de vasijas y recipientes, útiles para la vida cotidiana y al mismo tiempo decorativos. La palabra torno se encuentra en forma dual en hebreo: dos piedras circulares se encajaban en un eje vertical; el alfarero giraba la inferior con el pie mientras la superior servía como plataforma para el trabajo.

(2) Frecuentemente, cuando se daba forma a un recipiente, aparecía algún defecto en el tamaño, en la forma, en la textura de la arcilla o en la presencia de algún contaminante. Entonces, el alfarero reducía su obra a una masa amorfa y comenzaba de nuevo. No tiene sentido preguntar si el alfarero es responsable del defecto. Por supuesto, en el mundo real de la alfarería, puede serlo o puede estar utilizando el procedimiento de prueba y error. No decimos que el propio barro tenga algún tipo de responsabilidad moral en el resultado final. Sin embargo, el sentido de esta extendida metáfora no es asignar la culpa por el defecto: ese es otro asunto. Tratar de interpretar así esta lección es reducir esta imagen a lo más básico. Además, en el contexto más amplio del capítulo, es decir, fuera del mundo de la metáfora, Dios hace responsable al pueblo de Israel por el comportamiento que está dando lugar a este juicio (p. ej., 18:13–15).

(3) ¿Cuál es entonces el sentido de esta imagen? Quizás haya dos. Primero, Dios tiene el derecho de destruir su vasija y comenzar de nuevo. Sea cual sea la causa de los defectos, tiene la misma potestad que el alfarero para reducir su obra a la nada y comenzar de nuevo. En otras palabras, las personas no son en absoluto tan autónomas ni tan capaces de autodeterminarse como creen, lo cual significa que su conducta y desobediencia presentes son ingredientes para un desastre absoluto. Segundo, del mismo modo que un alfarero competente puede empezar de nuevo porque no esté satisfecho con la forma en que se está desarrollando su obra, Dios comienza otra vez porque no le agrada cómo está evolucionando el pueblo de su pacto. ¿Son los modelos de Dios inferiores a los del alfarero de la aldea?

Dios tiene el derecho y los modelos. ¿Tiene sentido oponerse a él?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 203). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 4 | Hechos 8 | Jeremías 17 | Marcos 3

21 JULIO

Jueces 4 | Hechos 8 | Jeremías 17 | Marcos 3

Entre los coros que aprendí de niño en la escuela dominical, se encontraban estos dos:

Estos son los nombres de los hijos de Jacob:

Gad y Aser y Simeón,

Rubén, Isacar, Leví,

Judá, Dan y Neftalí.

Doce en total, y ninguno gemelo.

Zabulón, José y Benjamín.

Hubo doce discípulos a los que Jesús llamó:

Simón Pedro, Andrés, Jacobo, su hermano Juan,

Felipe, Tomás, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo,

Tadeo, Simón, Judas y Bartolomé.

También nos ha llamado a nosotros; ¡nos ha llamado a nosotros!

Somos sus discípulos; yo soy uno, tú también.

¡Nos ha llamado también!; ¡nos ha llamado también!

Somos sus discípulos; debemos trabajar para él.

Estoy muy agradecido por haber sido educado en una época en la que muchas de las canciones que aprendíamos nos facilitaban algunos hechos, algunos datos, algunas razones para las cosas. En la actualidad, muchos cristianos no podrían nombrar a los doce patriarcas ni a los doce apóstoles, e ignoran tristemente otros datos elementales que los estudiantes de escuela dominical de la generación anterior dominaban a la edad de seis o diez años. Por supuesto, el aprendizaje de simples datos no hace necesariamente al creyente, pero por el contrario, el desconocimiento de las Escrituras casi siempre garantiza una dolorosa inmadurez.

Sin embargo, el segundo coro citado arriba puede malinterpretarse ligeramente. Es verdad, se nos llama a ser discípulos de Jesús, es decir, sus seguidores. Es el llamamiento para todos los cristianos. No obstante, existían elementos únicos en el caso de los doce apóstoles (Marcos 3:13–19). Aquí sólo mencionaré uno: Jesús los escogió “para que lo acompañaran” (3:14). Esto era importante al menos por dos razones: (a) Él los formó y un componente importante de su formación era lo que hoy llamaríamos “tutoría”, no simplemente la impartición de un mensaje y una comisión, sino enseñar a una persona cómo debe vivir, con el ejemplo así como con preceptos. (b) Estos doce fueron capaces de testimoniar sobre los hechos relativos a Cristo desde los primeros días de su ministerio público. Pedro comprendió la importancia de este hecho (Hechos 1:21–22), porque la revelación de Jesucristo no era algún tipo de experiencia mística privada, sino un acontecimiento histórico único que exigía testigos.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 202). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 3 | Hechos 7 | Jeremías 16 | Marcos 2

20 JULIO

Jueces 3 | Hechos 7 | Jeremías 16 | Marcos 2

Tres observaciones relativas a Jeremías 16:

(1) La primera sección de este capítulo tiene lugar probablemente muy pronto en el ministerio de Jeremías. Se le prohíbe casarse, no sólo porque las mujeres y los niños pasarán en pocas décadas momentos extraordinariamente difíciles durante el asedio y el subsiguiente exilio, sino también como forma simbólica de anunciar el ascetismo obligado que el juicio originará. En una cultura en la que casi todos los varones se casaban, su celibato constituía, sin duda, un poderoso símbolo.

(2) Uno de los rasgos más asombroso de este capítulo es que el pueblo no parece ser realmente consciente de su culpabilidad. No pueden ver por qué deben enfrentarse al juicio. “¿Por qué ha decretado el Señor contra nosotros esta calamidad tan grande? ¿Cuál es nuestra iniquidad? ¿Qué pecado hemos cometido contra el Señor nuestro Dios?” (16:10). Una de las cosas que mejor indica lo lejos que un pueblo se ha apartado de Dios es no percibir más su propia culpa. Los seres humanos que aman verdaderamente la justicia y la integridad se dan cuenta inevitablemente de cuándo las quebrantan. Los más santos son los primeros en confesar su pecado con vergüenza y contrición. Los más culpables son felizmente inconscientes de sus corrupciones e idolatrías. Por tanto, debemos preguntarnos: ¿Dónde se encuentran nuestras iglesias en este tipo de espectro? ¿O nuestra cultura? ¿Estamos caracterizados por una profunda contrición o por una abierta incapacidad para pensar que lo hemos hecho realmente tan mal? ¿Qué dice eso de nosotros? ¿Qué dice eso de la postura de Dios hacia nosotros?

(3) Aunque el Señor promete juicio, existen dos elementos esperanzadores. El primero es que Dios sacará un día al pueblo del exilio con un rescate tan espectacular e inesperado que eclipsará la gloria del éxodo (16:14–15). El segundo es que parte del propósito de este juicio es pedagógico. El pueblo ha amado a dioses falsos. “Por eso, esta vez les daré una lección; les daré a conocer mi mano poderosa. ¡Así sabrán que mi nombre es el Señor!” (16:21). El exilio debía reducir, si no eliminar, la idolatría crónica del pueblo del pacto. Demostró ser especialmente efectivo, en este aspecto, en la idolatría formal o externa. La historia de los judíos tras el retorno del exilio es muy diferente de lo que era antes del mismo. A pesar de algunos fallos terribles, la historia judía posexílica exhibe mucho menos politeísmo y sincretismo que la preexílica. Por supuesto, tanto para judíos como para gentiles, el lazo de la idolatría es mucho más sutil y corrosivo que los atractivos del politeísmo formal.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 201). Barcelona: Publicaciones Andamio.