¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar?

5 de septiembre

«¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar?».

Job 38:16

Algunas cosas de la naturaleza seguirán siendo enigmáticas para los investigadores más inteligentes y emprendedores. El conocimiento humano tiene límites que no es posible traspasar. Si esto es así con las cosas visibles y temporales, puedo estar seguro de que lo es más aún con las cosas espirituales y eternas. ¿Por qué, pues, tengo que torturar mi mente con conjeturas acerca del destino y el albedrío, en cuanto a la predestinación y la responsabilidad humana? Yo no soy capaz de comprender estas profundas y enigmáticas verdades, como tampoco puedo descubrir la profundidad que yace en lo más hondo, de donde el viejo océano extrae sus abundantes aguas. ¿Por qué he de ser tan curioso como para querer conocer la razón de los actos providenciales del Señor, el motivo de sus acciones y el designio de sus juicios? ¿Podré asir el sol con mi puño y sostener el universo con mi palma? No obstante, estas cosas son como una gota de agua comparadas con el Señor mi Dios. No procure yo, entonces, entender lo infinito, mas emplee mis energías en amar. Lo que no puedo conseguir con el entendimiento lo puedo poseer por el afecto, y con esto debo quedar satisfecho. Yo no puedo penetrar en el corazón del mar, pero sí gozar de las brisas que pasan veloces por su superficie y navegar sobre sus aguas con vientos propicios. Si yo pudiese entrar en las fuentes del mar, esa hazaña no tendría, ni para mí ni para otros, utilidad alguna, pues ni salvaría el barco que se está hundiendo ni devolvería al marinero ahogado a su esposa y sus hijos que lloran. Tampoco me serviría de algo la revelación que yo pudiese hacer en cuanto a los profundos misterios, pues el más insignificante amor a Dios y el más simple acto de obediencia para con él son mejores que el conocimiento más profundo. Señor mío, dejo en tus manos lo infinito y te ruego que apartes de mí cualquier afecto por el árbol de la ciencia que pueda privarme del árbol de la vida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 259). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis

4 de septiembre

«Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis».

Levítico 19:36

Las pesas, las balanzas y las medidas tenían que adaptarse a la ley de justicia. Sin duda, ningún cristiano necesita que se le recuerde esto en su negocio, pues si la justicia se desterrara del mundo que nos rodea, debería hallar asilo en los corazones creyentes. Hay, además, otras balanzas que pesan géneros morales y espirituales las cuales tienen que examinarse con frecuencia. Invitemos al Juez en esta noche.

¿Funcionan bien las balanzas en las cuales pesamos nuestro carácter y el carácter de los otros hombres? ¿No estamos convirtiendo en kilos nuestros gramos de bondad y en litros los decalitros de los demás? Cristiano, mira bien cómo andan esas pesas y medidas. Las balanzas en las cuales pesamos nuestras pruebas y aflicciones ¿funcionan según la ley? Pablo, que sufría más que nosotros, calificó de «leves» sus tribulaciones (cf. 2 Co. 5:17); en cambio, nosotros consideramos «pesadas» las nuestras. Sin duda, algo anda mal en las balanzas. Debemos pensar en este asunto, no sea que se nos denuncie ante el tribunal celestial por proceder injustamente. ¿Y van bien esas balanzas con las cuales pesamos nuestras creencias doctrinales? Las doctrinas de la gracia debieran tener para nosotros el mismo peso que tienen los preceptos de la Palabra, ni más ni menos; pero es de temer que en el concepto de muchos, bien un platillo de la balanza o bien el otro, esté injustamente cargado. Dar medida justa es, en realidad, una gran cosa. El cristiano debe ser cuidadoso en esto. Las medidas con las cuales estimamos nuestras obligaciones y responsabilidades dan la impresión de ser más bien pequeñas: cuando un rico no da a la causa de Cristo más de lo que contribuye un pobre, ¿es eso efa justo e hin justo? Cuando los pastores están medio muertos de hambre, ¿es ese un proceder justo? Cuando los pobres son menospreciados mientras se admira a los ricos impíos, ¿es esa una balanza justa? Lector, podríamos alargar la lista, pero preferimos ponerle punto final para descubrir y destruir ahora todas las balanzas, las pesas y las medidas injustas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 258). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El SEÑOR prueba al justo

3 de septiembre

 

«El SEÑOR prueba al justo».

Salmo 11:5 (LBLA)

Todos los acontecimientos están bajo el gobierno de la Providencia. Por tanto, cada una de las pruebas de nuestra vida exterior se puede atribuir en el acto a la gran Causa Primera. Desde las puertas de oro del decreto de Dios, los ejércitos de tribulaciones marchan en orden de combate, vestidos con coraza de hierro y equipados de armas de guerra. Todos los actos de la Providencia constituyen una puerta para las pruebas. Aun nuestras misericordias, como las rosas, tienen sus espinas. Los hombres pueden verse sumergidos tanto en mares de prosperidad como en ríos de aflicción. Para las tentaciones, nuestras montañas no son demasiado altas ni nuestros valles demasiado bajos. Las pruebas acechan en todos los caminos. Por todas partes, arriba y abajo, estamos rodeados de peligros. Sin embargo, ninguna lluvia cae desde la amenazadora nube sin permiso; cada gota recibe órdenes antes de precipitarse a tierra. Las pruebas que proceden de Dios se nos envían para fortalecer nuestros dones, y para demostrar, a la vez, el poder de la gracia divina, a fin de probar la autenticidad de nuestras virtudes y acrecentar sus energías. Nuestro Señor, en su infinita sabiduría y superabundante amor, valora tanto la fe de los suyos que no impedirá las pruebas por las cuales esa fe resulta fortalecida. Nunca hubieras poseído la preciosa fe que ahora te sostiene, si la prueba de tu fe no hubiese sido semejante al fuego. Eres un árbol que jamás habrías arraigado tan bien si el viento no te hubiese sacudido de aquí para allá y hubiera hecho que te aferraras a las preciosas verdades del pacto de gracia. La tranquilidad mundana es un gran enemigo para la fe: afloja las articulaciones del valor santo y rompe los músculos del sagrado coraje. El globo no se levanta hasta que se han cortado las cuerdas. La aflicción hace esta obra severa en las almas creyentes. Mientras el trigo duerma confortablemente en la espiga no tendrá ninguna utilidad para el hombre: debe trillarse y entonces se conocerá su valor. Así, también, es bueno que el Señor pruebe al justo, porque la prueba hace a este rico para con Dios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 257). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Si no viereis señales y prodigios, no creeréis

2 de septiembre

«Si no viereis señales y prodigios, no creeréis».

Juan 4:48

Un síntoma del estado enfermizo de la mente del hombre en los días de nuestro Señor era el ardiente deseo de ver prodigios. Rechazaban el alimento sólido y ansiaban meros portentos. El evangelio, que tanto necesitaban, no lo querían y reclamaban ardientemente los milagros que Jesús no siempre estaba dispuesto a efectuar. Muchos en nuestros días tienen que ver señales y maravillas, de lo contrario no creen. Algunos han dicho: «Yo tengo que sentir un profundo horror en el alma; si no, no creeré en Jesús». ¿Pero… y si nunca llegas a sentir ese horror, como, probablemente, sucederá? ¿Quieres ir al Infierno por despecho contra Dios, porque no desea tratarte como trata a otros? Alguno se ha dicho a sí mismo: «Si yo tuviese un sueño o si sintiese una repentina sacudida de no sé qué clase, entonces creería». ¿Así que tú, indigno mortal, piensas que mi Señor va a recibir órdenes de ti? Tú eres un mendigo que está a su puerta solicitando piedad, ¿y has de prescribir reglas y reglamentos en cuanto a cómo te ha de dar esa gracia? Mi Señor es de espíritu generoso, pero tiene un corazón muy ilustre; por eso rechaza toda imposición y mantiene su soberanía de acción. Si es esta tu situación, querido lector, ¿por qué ansías señales y prodigios? ¿No es en sí mismo el evangelio una señal y un prodigio? ¿No es un milagro de milagros que «de tal manera [haya amado] Dios al mundo que ha [ya] dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda»? Sin duda, las palabras «el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente», y esta solemne promesa: «Al que a mí viene, no le echo fuera», son mejores que las señales y los prodigios. Un Salvador veraz debe ser creído. Él es la verdad misma. ¿Por qué has de pedir pruebas de la veracidad de Uno que no puede mentir? Los demonios declaran que él es el Hijo de Dios, ¿y dudarás tú de él?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 256). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Esperad en él en todo tiempo

1 de septiembre

«Esperad en él en todo tiempo»

Salmo 62:8

La fe es la norma tanto de la vida temporal como de la vida espiritual. Tenemos que tener fe en Dios para nuestros asuntos terrenales y para los celestiales. Solo cuando aprendamos a confiar en Dios para la provisión de todas nuestras necesidades diarias, viviremos por encima del nivel del mundo. No hemos de ser ociosos, lo cual demostraría que no confiamos en Dios —quien «hasta ahora trabaja» (Jn. 5:17)— sino en el diablo, que es el padre de la ociosidad. No debemos ser imprudentes o temerarios, pues entonces demostraríamos confiar en el azar, no en el Dios viviente, que es un Dios de orden. Hemos de confiar en el Señor, sencilla y enteramente, en todo tiempo, actuando con toda prudencia y rectitud.

Permíteme recomendarte una vida de confianza en Dios en relación con las cosas temporales. Si confías en Dios no tendrás necesidad de lamentarte por haber usado medios pecaminosos para enriquecerte. Sirve a Dios con integridad y, si no tienes éxito en tus empresas, por lo menos tu conciencia estará tranquila. El que confía en la astucia navegará hoy por este lado y mañana por el otro, como un barco de vela sacudido por un viento variable. No obstante, el que confía en el Señor es como un barco de vapor que atraviesa las olas, desafía al viento y va marcando una recta y brillante estela de plata hasta llegar al puerto. Sé un creyente con principios vivos, que no se somete a las fluctuantes costumbres de la sabiduría mundana. Anda en los caminos de integridad con paso firme y demuestra que, con el poder que solo la confianza en Dios puede dar, eres invenciblemente fuerte. Así, confiando en el Señor, serás librado de la penosa ansiedad, no te verás turbado por malas noticias y tu corazón se afirmará. ¡Cuán grato es flotar en los ríos de la Providencia! No hay norma de vida más bendita que aquella que depende del Dios que cumple su pacto. No tenemos ansiedad porque él tiene cuidado de nosotros; no experimentamos turbaciones, porque echamos nuestras cargas sobre el Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 255). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Si andamos en luz, como él está en luz

31 de agosto

«Si andamos en luz, como él está en luz».

1 Juan 1:7

¡Como él está en luz! ¿Podremos lograr esto alguna vez? ¿Seremos capaces algún día de andar tan evidentemente en la luz como lo está Aquel a quien llamarnos «Padre nuestro» y de quien está escrito: «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él» (1 Jn. 1:5). Este es, sin duda, el modelo que se nos pone delante, pues el Salvador mismo dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt. 5:48). Y aunque nos demos cuenta de que nunca podremos rivalizar con Dios en perfección, sin embargo tenemos que ir en busca de ella y no quedar satisfechos hasta que la alcancemos. Cuando el joven artista toma el pincel por primera vez, difícilmente puede pretender igualar a Rafael o a Miguel Ángel; sin embargo, si no tiene delante de sí un bello ideal solo logrará algo muy pobre y ordinario. No obstante, ¿qué significa esa expresión de que el cristiano debe andar en luz como Dios está en luz? Creemos que significa semejanza, pero no grado de igualdad. Nosotros estamos realmente en la luz, sinceramente en la luz, cordialmente en la luz, honradamente en la luz, aunque no lo estemos en la misma medida que él. Yo no puedo vivir en el sol (es un lugar demasiado luminoso para mí), pero sí puedo andar en su luz; así, aunque sea incapaz de lograr aquella perfección de pureza y de verdad que solo le pertenece al Señor de los ejércitos —quien, por naturaleza, es infinitamente bueno—, puedo, no obstante, poner siempre al Señor delante de mí y esforzarme, con la ayuda del Espíritu, en parecerme a él. El famoso comentarista John Trapp dice: «Podemos estar en la luz como Dios está en la luz cualitativamente, pero no en igualdad con él». Hemos de tener la misma luz, y tenerla de veras y andar en ella como lo hace Dios; aunque, en lo referente a la igualdad con Dios en santidad y pureza, tengamos que esperar hasta que hayamos cruzado el Jordán y entrado en la perfección del Altísimo. Observa que la bendición de una comunión santa y una perfecta purificación está ligada al andar en la luz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 254). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«He visto sus caminos; pero le sanaré»

30 de agosto

«Sáname, oh SEÑOR, y seré sanado».

Jeremías 17:14 (LBLA)

«He visto sus caminos; pero le sanaré».

Isaías 57:18

Curar las enfermedades espirituales es prerrogativa exclusiva de Dios. Las enfermedades corporales se pueden sanar por medio de instrumentos humanos; pero, aun en este caso, la honra se le debe dar a Dios, quien confiere virtud a la medicina y le proporciona al cuerpo la fuerza para que expulse la enfermedad. En cuanto a las enfermedades espirituales, solo el gran Médico es capaz de curarlas. Él reclama esto como prerrogativa suya, diciendo: «Yo hago morir y yo hago vivir; yo hiero y yo curo». Uno de los nombres más selectos de Dios es: «Yo, el Señor, soy tu sanador» (Éx. 15:26, LBLA). Y «sanaré tus heridas» (Jer. 30:17) es una promesa que no podría proceder de los labios de algún hombre, sino solamente de la boca del Dios eterno. Por eso el Salmista clama a Dios diciendo: «Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen» (Sal. 6:2, LBLA). Y también: «Sana mi alma, porque contra ti he pecado» (Sal. 41:4). Por eso, igualmente, el piadoso alaba el nombre del Señor diciendo: «Él […] sana todas tus dolencias» (Sal. 103:3). Aquel que hizo al hombre puede restablecerlo; quien fue el Creador de nuestra especie en un principio es capaz de recrearla. ¡Qué excelente consuelo nos da el pensar que en la persona de Jesús «habita toda la plenitud de la deidad corporalmente»! Alma mía, este gran Médico puede curarte, sea cual sea tu enfermedad. Si él es Dios, su poder no tiene límites. Ven, entonces, con el ojo ciego del entendimiento entenebrecido, ven con el pie cojo de las energías gastadas, ven con la mano seca de la fe debilitada, con la fiebre del temperamento airado o con el escalofrío del desaliento; ven, en fin, como estás, porque ciertamente Dios te puede restablecer de tu enfermedad. Ninguno podrá impedir la virtud salutífera que procede de Jesús nuestro Señor. Las legiones de demonios han tenido que reconocer el poder del Médico amado y él jamás se ha visto resistido. En el pasado todos sus pacientes sanaron, y sanarán también en el futuro. Y tú, amigo mío, serás uno de ellos con solo confiar en él esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 253). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El andar en rectitud es muy menospreciado

29 de agosto

«Todo el tiempo de su nazareato, de todo lo que se hace de la vid, desde los granillos hasta el hollejo, no comerá».

Números 6:4

Entre otros votos, los nazareos hacían uno que los privaba del uso del vino. Para que no violasen ese voto se les prohibía beber vinagre de vino o bebidas fuertes, y para que la orden resultase aún más clara, no tenían siquiera que gustar el zumo no fermentado de la uva, ni tampoco comer uvas frescas ni secas. Para garantizar del todo la integridad de su voto, no se les permitía probar ninguna cosa que tuviese relación con el vino. En realidad, los nazareos tenían que evitar aun la apariencia del mal. Es esta, sin duda, una lección para los nazareos del Señor, que les enseña a apartarse del pecado en todas sus formas, a evitar no meramente sus manifestaciones más groseras, sino hasta su espíritu y apariencia. El andar en rectitud es muy menospreciado en nuestros días, pero ten la seguridad, querido lector, de que ese andar es el más seguro y el más dichoso. Quien cede al mundo en uno o dos puntos corre un tremendo peligro. El que come las uvas de Sodoma pronto beberá del vino de Gomorra. Una pequeña hendidura en los diques holandeses dejaría entrar el mar y, al ensancharse rápidamente la misma, las aguas anegarían toda una provincia. La conformidad con el mundo (en el grado que sea) es un lazo para el alma, que la expone cada vez más a las soberbias (cf. Sal. 19:13). Además, el nazareo que bebía zumo de uva no podía estar demasiado seguro de que ese zumo no hubiera experimentado algún grado de fermentación y, en consecuencia, tener la certeza en su corazón de que su voto se estaba cumpliendo. De la misma manera, el cristiano que cede y contemporiza no tendrá una conciencia libre de pecado, sino que sentirá que su monitor interno titubea en cuanto al mismo. No tenemos por qué titubear acerca las cosas dudosas, porque son malas para nosotros. No debemos entretenernos en cuestiones tentadoras, sino huir de ellas con rapidez. Mejor es ser objeto de la burla por puritano que el que se nos desprecie como hipócritas. Andar prudentemente puede implicar mucha negación de nosotros mismos, pero produce satisfacciones que constituyen una recompensa más que suficiente.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 252). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Regocíjate, oh estéril»

28 de agosto

«Regocíjate, oh estéril».

Isaías 54:1

Aunque hemos dado algunos frutos para Cristo y tenemos una jubilosa esperanza de que somos «la planta que plantó [su] diestra» (Sal. 80:15), sin embargo, hay ocasiones cuando nos sentimos muy estériles. La oración no tiene vida, el amor se ha enfriado, la fe es débil y cada uno de los dones del jardín de nuestro corazón se agosta y cae a tierra. Somos como las flores bajo el ardiente sol, que requieren el refrigerio de la lluvia. En tal situación, ¿qué debemos hacer? El texto nos habla a nosotros, a quienes precisamente nos hallamos en ese estado: «Regocíjate, oh estéril […] levanta canción y da voces de júbilo». No obstante, ¿acerca de qué puedo yo cantar? No me es posible referirme al presente, y aun el pasado aparece lleno de esterilidad. ¡Ah, pero puedo cantar de Jesucristo! Puedo hablar de las visitas que el Redentor me hizo en tiempos pasados; y si no logro exaltar el gran amor con que él amó a su pueblo cuando vino desde lo alto para redimirlo, iré de nuevo a la cruz. Ven, alma mía, muy cargada estabas tú en otro tiempo, pero aquí dejaste tu carga. Ve otra vez al Calvario. Quizá aquella misma cruz que te dio vida, te pueda otorgar fertilidad. ¿Qué es mi esterilidad? Es la plataforma donde se manifiesta el poder de Dios para producir frutos. ¿Qué es mi desolación? Es el engaste para el zafiro de su amor eterno. Iré con mi pobreza, con mi debilidad y con toda mi vergüenza y mis caídas, y le diré a Dios que aún soy su hijo. Confiado en la fidelidad de su corazón, hasta yo, el estéril, levantaré canción y daré voces de júbilo.

Canta, oh creyente, porque el canto alegra tu corazón y el de otros afligidos. Sigue cantando, pues, ahora que te sientes realmente avergonzado de tu esterilidad: pronto serás fructífero; ahora que Dios te ha hecho aborrecer la falta de fruto: pronto te cubrirá de racimos. La experiencia de nuestra esterilidad es penosa, pero las manifestaciones del Señor resultan placenteras. Un sentido de nuestra propia pobreza nos lleva a Cristo; y allí es donde debemos estar, pues nuestro fruto está en él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 251). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh SEÑOR, Dios de verdad»

27 de agosto

«En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh SEÑOR, Dios de verdad».

Salmo 31:5 (LBLA)

Muchos hombres santos han citado estas palabras en la hora de su muerte, y nosotros podemos meditar provechosamente en ellas esta noche. El objeto de los afanes del hombre fiel, tanto en la vida como en la muerte, no es el cuerpo ni son los bienes, sino el espíritu. Como el espíritu es su precioso tesoro, si este está seguro, todo le va bien. ¿Qué son esos bienes humanos comparados con el alma? El creyente encomienda su alma en las manos de su Dios. Esa alma la recibió de Dios y, por tanto, a él le pertenece; él la ha sustentado desde hace tiempo y la puede cuidar ahora: es, pues, muy propio que Dios la reciba. Todas las cosas están a salvo en las manos del Señor. Lo que le confiamos a él estará seguro, tanto ahora como en aquel Día hacia el cual marchamos apresuradamente. Confiar en la protección del Cielo significa una vida en paz y una muerte gloriosa. En todo momento debemos encomendar nuestro ser entero en las fieles manos de Jesús; entonces, aunque nuestra vida penda de un hilo y nuestras adversidades se multipliquen como la arena del mar, nuestras almas vivirán confiadas y se deleitarán en sosegados lugares de reposo.

«Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad». La redención es una sólida base de confianza. David no había conocido el Calvario como lo conocemos nosotros; pero la redención temporal lo alentaba. ¿Y no nos alentará a nosotros una redención eterna? Las liberaciones que hemos experimentado en el pasado constituyen un motivo extraordinario para esperar ayuda en el presente. Lo que el Señor ha hecho lo hará otra vez, pues él no cambia. Él es fiel a sus promesas y bondadoso para con sus santos. Él no se apartará de su pueblo.

No habré de temer ni desconfiar

en los brazos de mi Salvador;

en él puedo yo bien seguro estar

de los lazos del vil tentador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 250). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.