«Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu…».

16 de agosto

«Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu…».

Romanos 8:23

Aquí se declara una posesión actual. En este preciso momento nosotros tenemos las primicias del Espíritu: arrepentimiento, una piedra preciosa de primera agua; fe, una perla inapreciable; esperanza, una esmeralda celestial; amor, un glorioso rubí… Ya hemos sido hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús por la obra eficaz del Espíritu Santo. Se llama a esto primicias porque viene primero. Como la gavilla mecida era la primera de la cosecha, así la vida espiritual y todas las virtudes que adornan esa vida constituyen las primeras acciones del Espíritu de Dios en nuestras almas. Las primicias son la prenda de la cosecha. Tan pronto como los israelitas arrancaban el primer manojo de grano maduro, contemplaban con gozosa anticipación el tiempo cuando el carro había de chirriar bajo el peso de las gavillas. Así, hermanos, cuando Dios nos concede cosas que son puras, amables y de buen nombre como obra del Espíritu Santo, debemos considerarlas un presagio de la gloriosa Venida. Las primicias siempre han sido santas al Señor, y nuestra nueva naturaleza, con todas sus virtudes, es también sagrada. La nueva vida no nos pertenece; no debemos, pues, atribuir sus excelencias a nuestros méritos. Esa vida es creación e imagen de Cristo y está destinada para su gloria. Sin embargo, las primicias no eran la cosecha, y las obras del Espíritu en nosotros en este momento no son tampoco su consumación: la perfección está aún por venir. No debemos jactarnos de haberla alcanzado y, en consecuencia, considerar la gavilla mecida como todo el producto del año. Debemos tener hambre y sed de justicia y suspirar por el día de completa redención. Querido lector, abre bien tu boca esta noche, y Dios la llenará. Deja que la bendición que gozas en la actual posesión estimule en ti una santa codicia de más gracia. Gime dentro de ti por grados superiores de consagración, y el Señor te los concederá; pues él puede hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 239). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y os daré un corazón de carne».

15 de agosto

«Y os daré un corazón de carne».

Ezequiel 36:26

Un corazón de carne se conoce por su sensibilidad con respecto al pecado. El haber tolerado un pensamiento impuro, el haber permitido (siquiera por un momento) un mal deseo, es más que suficiente para hacer que el corazón de carne se apesadumbre delante del Señor. Para el corazón de piedra, una gran iniquidad es como una nonada; pero no acontece así con el corazón de carne.

Si me descarrío a diestra o a siniestra,

repréndeme, Señor;

quiero deplorar mi vida extraviada

que agravió tu amor.

El corazón de carne es sensible a la voluntad de Dios. Mi señor Voluntad Propia es un gran fanfarrón: resulta difícil sujetarlo a la voluntad de Dios, pero cuando se nos da un corazón de carne, la voluntad se mueve como un álamo cimbreante con cada soplo del Cielo, y se inclina como un sauce ante cualquier brisa del Espíritu de Dios. La voluntad natural es fría, dura como el hierro que no se puede forjar; pero la voluntad renovada, como el metal fundido, está pronta a dejarse moldear por la mano de la gracia. El corazón de carne se caracteriza por la sensibilidad de los sentimientos. El corazón duro no ama al Redentor, pero el renovado arde en amor por él. El corazón duro es egoísta y dice fríamente: «¿Por qué tengo que llorar por el pecado? ¿Por qué debo amar al Señor?». Pero el corazón de carne dice: «Señor, tú sabes que yo te amo; ayúdame a amarte más». Muchos son los privilegios de este corazón renovado: «Es en él donde el Espíritu habita; es en él donde Jesús descansa». Ese corazón está en condiciones de recibir toda bendición espiritual y toda bendición llega hasta él. Está preparado para producir toda clase de frutos celestiales para honra y alabanza de Dios; por eso el Señor se complace en él. Un corazón sensible es la mejor defensa contra el pecado y la mejor preparación para el Cielo. Un corazón renovado está en su atalaya aguardando la venida del Señor Jesús. ¿Tienes tú ese corazón de carne?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 238). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo».

14 de agosto

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo».

Éxodo 3:7

El niño se alegra mientras canta: «Esto lo sabe mi padre». ¿Y no nos consolaremos nosotros al saber que nuestro querido Amigo y tierno Esposo del alma conoce todo lo que nos pasa?

1. Él es el Médico y, si él lo sabe todo, no hay necesidad de que el paciente lo sepa. ¡Silencio, necio, agitado, curioso y desconfiado corazón! Lo que no conoces ahora lo conocerás después; mientras tanto Jesús, el Médico amado, sabe que tu alma está en la adversidad. ¿Por qué necesita el paciente analizar toda la medicina o estimar todos los síntomas? Eso es obra del médico, no mía; mi cometido es confiar y el suyo recetar. Si él escribe su receta con letras incomprensibles que yo no puedo leer, no me inquietaré por eso, sino confiaré en que su infalible pericia va a hacer que todo resulte claro en cuanto al resultado, aunque sea misterioso en lo referente a la obra.

2. Él es el Maestro, y su conocimiento debe sustituir al nuestro. Nosotros debemos obedecer, no juzgar: «El siervo no sabe lo que hace su Señor». ¿Explicará el arquitecto sus planes a todos los peones que están en la obra? ¿No es suficiente que él conozca su diseño? El vaso que está sobre el torno no sospecha según qué modelo se le conformará, pero si el alfarero entiende su arte, ¿qué importa la ignorancia del barro? Mi Señor no debe ser vejado más con preguntas de un ignorante como yo.

3. Él es la Cabeza. Todo entendimiento se concreta allí. ¿Qué discernimiento tiene el brazo? ¿Con qué comprensión cuenta el pie? Toda facultad para conocer está en la cabeza. ¿Por qué cada miembro ha de tener un cerebro para sí cuando la cabeza cumple esa función intelectual? En esto, pues, debe el creyente esperar consuelo en la enfermedad: no en que él pueda ver el fin, sino en que Jesús lo conoce todo. Bondadoso Señor, sé tú siempre para nosotros ojo, alma y cabeza, y permítenos estar satisfechos con conocer solamente aquello que tú escoges revelarnos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 237). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y me acordaré del pacto mío».-

13 de agosto

«Y me acordaré del pacto mío».

Génesis 9:15

Observa la forma de la promesa. Dios no dice: «Y cuando vosotros miréis el arco y recordéis mi pacto, entonces no destruiré la tierra», pues la promesa no depende de nuestra memoria, que es débil y frágil, sino de la memoria de Dios, que es infinita e inmutable. El versículo siguiente dice: «Estará el arco en las nubes, y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo». La base de mi seguridad no es mi recuerdo de Dios, sino el recuerdo que Dios tiene de mí; no es mi posesión de su pacto, sino la posesión que su pacto toma de mí. ¡Gloria a Dios!, todos los baluartes de la salvación están asegurados por el poder divino, y aun las fortalezas menores, que quizá creamos que han sido dejadas para el hombre, están también guardadas por el poder del Omnipotente. Ni siquiera el recuerdo del pacto se le confía a nuestra memoria, pues nosotros podemos olvidar, pero nuestro Señor no puede olvidar a los santos, a quienes tiene esculpidos en las palmas de sus manos. Acontece con nosotros lo que aconteció con Israel en Egipto. La sangre se puso en el dintel y en los dos postes, pero el Señor no dijo: «Cuando veas la sangre, yo pasaré de vosotros», sino: «Veré [yo] la sangre y pasaré de vosotros». El hecho de que yo mire a Jesús me trae gozo y paz, pero es la mirada de Dios a Jesús lo que asegura mi salvación y la de todos sus elegidos; ya que es imposible que nuestro Dios mire a Cristo, nuestro bendito Fiador, y después esté airado con nosotros por los pecados que él ya ha expiado. No; ni siquiera se nos confía la salvación por recordar nosotros el pacto. Aquí no hay lino y lana mezclados; ni una simple hebra de la criatura marca el tejido. No es de hombre ni por hombre, sino del Señor solo. Nosotros debemos recordar el pacto y lo recordaremos por medio de la gracia divina; pero el gozne de nuestra seguridad no está en eso, sino en el hecho de que Dios nos recuerda a nosotros y no en que nosotros lo recordemos a él. De ahí que el pacto sea un pacto eterno.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 236). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Se dejará ver entonces mi arco en las nubes

12 de agosto

 

«Se dejará ver entonces mi arco en las nubes».

Génesis 9:14

El arco iris, símbolo del pacto de Dios con Noé, es figura de nuestro Señor Jesús, el testigo de Dios a su pueblo. ¿Cuándo esperamos ver la señal del pacto? El arco iris solo se puede proyectar en una nube. Cuando la conciencia del pecador está oscurecida por nubes, cuando recuerda sus pecados pasados y llora delante de Dios, entonces Jesús se revela a él como el arco iris del pacto, mostrando todos los gloriosos colores del carácter divino y prometiéndole paz. En cuanto al creyente, cuando sus pruebas y tentaciones lo acosan, le es muy grato contemplar la persona de nuestro Señor Jesucristo: verlo sangrando, muriendo, resucitando e intercediendo por nosotros. El arco iris de Dios se muestra en la nube de nuestros pecados, de nuestras tristezas, de nuestros dolores para anunciar la redención. La nube sola no produce un arco iris; tiene que haber también gotas cristalinas para poder reflejar la luz del sol. Así, nuestras aflicciones no solo deben amenazarnos sino caer realmente sobre nosotros. Si la ira de Dios hubiera sido meramente una nube amenazadora, entonces no habríamos tenido a Cristo, pues el castigo debe caer en pavorosas gotas sobre el Fiador. Hasta que haya una angustia auténtica en la conciencia del pecador, no hay Cristo para él; hasta que el castigo que experimenta se haga penoso, no puede ver a Jesús. Sin embargo, debe también haber un sol, pues las nubes y las gotas de la lluvia no producen el arco iris si el sol no alumbra. Querido amigo, nuestro Dios, que para nosotros es como el sol, siempre alumbra, pero nosotros no siempre lo vemos. Las nubes nos ocultan su rostro. Pero no importa qué gotas estén cayendo o qué nubes nos estén amenazando; si él alumbra, habrá arco iris en el acto. Se dice que cuando vemos el arco iris, la lluvia termina. Lo cierto es que cuando Cristo se hace presente, quita nuestras aflicciones; cuando contemplamos a Jesús, nuestros pecados desaparecen y nuestras dudas y temores se disipan. Cuando Jesús anda sobre las aguas del mar, ¡cuán profunda es entonces la calma!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 235). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Consuelo eterno»

11 de agosto

«Consuelo eterno»

2 Tesalonicenses 2:16 (LBLA)

¡Consuelo! Hay música en esta palabra. Ella quita, como el arpa de David, el mal espíritu de la melanco lía. Para Bernabé fue un gran honor que se le llamara «hijo de consolación». Más aún: este es uno de los ilustres nombres de Aquel que es mayor que Bernabé; pues el Señor Jesús es la consolación de Israel. «Consuelo eterno». Aquí tenemos lo mejor de todo: el «nardo puro de mucho precio»; porque una eterni dad consoladora es la corona y la gloria del consuelo. ¡Vale la pena tener bienes cuando uno puede disfrutar de ellos perpetuamente! El hombre trabaja para ganar dinero y, después de afanarse mucho, llega a poseer un crecido capital. Ese dinero es para él un consuelo, pero no un «consuelo eterno»; pues puede malgas tar o perder todo su tesoro o acaso muera y se vea obligado a abandonarlo. En el mejor de los casos, el dinero no puede ser otra cosa que un consuelo pasajero. Uno trabaja hasta cansarse para adquirir conocimiento; lo adquiere, llega a ser un erudito y su nombre se hace famoso. Esto es para él un consuelo, como premio de toda su fatiga. Sin embargo, tampoco eso dura mucho: pues cuando tiene quebraderos de cabeza o angustia de corazón, sus títulos y diplomas no le pueden alentar. Y si su alma llega a ser presa del desaliento, tiene que hojear muchos volúmenes antes de poder hallar un bálsamo para su quebrantado corazón. Todos los consuelos terrenales son, en su esencia, fugaces y, en su existencia, efímeros. Esos consuelos resultan tan radiantes y pasa jeros como los colores de una pompa de jabón. No obstante, los consuelos que Dios da a su pueblo no se marchitan ni pierden su frescura. Al contrario, resisten todas las pruebas: el golpe de la aflicción, la llama de la persecución, el curso de los años; más aún, pueden resistir hasta la muerte misma.

¿Qué es el «consuelo eterno»? Incluye, en primer lugar, un sentimiento de perdón de pecados. El cristiano ha recibido en su corazón el testimonio del Espíritu Santo de que sus rebeliones han sido deshechas como una nube y sus pecados como niebla (Is. 44:22). ¿No es un consuelo eterno el tener los pecados perdonados? En segundo lugar, el Señor da a los suyos una permanente comprensión de que han sido aceptados en Cristo. El cristiano sabe que Dios lo mira como unido a Jesús. Ahora bien, es grato saber que Dios nos acepta. La unión con el Señor resucitado supone un consuelo de los más permanentes; es, en realidad, eterno. No importa que nos postre la enfermedad. ¿No hemos visto a centenares de creyentes tan felices en la debilidad de sus dolencias como en la fortaleza de una perfecta salud? No importa que las flechas de la muerte nos atraviesen el corazón; nuestro consuelo no muere. ¿Acaso no han oído frecuentemente nuestros oídos los cánticos de los santos mientras se regocijaban porque el vivo amor divino se derramaba en sus corazones en los momentos de su agonía? Sí, la comprensión de que habían sido aceptados en el Amado era un consuelo eterno. Además, el cristiano tiene una convicción de su seguridad. Dios ha prometido salvar a quienes confían en Cristo; y el cristiano confía en Cristo y cree que Dios cumplirá su palabra y lo salvará. Él sabe, por tanto, que por el hecho de estar ligado a la persona y la obra de Jesús, se halla seguro, ocurra lo que ocurra y cualesquiera sean los ataques de la corrupción interna o de la tentación externa. ¿No es esta una fuente de consuelo superabundante y placen tera? Los hombres más ricos y más sabios darían espontánea mente sus ojos por saber si son salvos, y reputarían como ganancias esas pérdidas. El entrar en la vida cojos o mancos sería para los hombres una ganga, si realmente entrasen. Nuestro con suelo eterno estriba en que tenemos esa vida y que no se nos puede privar de ella. Lector, ¿cómo es que te consumes y rehúsas ser consolado? ¿Honra eso a Dios? ¿Hará esa actitud que otros ansíen conocer a Jesús? ¡Toma aliento entonces! Cuando Jesús da consuelo eterno, es un pecado vivir murmurando.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 233–234). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados

10 de agosto

«El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados».

Mateo 9:6

He aquí una de las más extraordinarias habilidades del gran Médico: ¡tiene poder para perdonar pecados! Mientras vivió aquí —aun antes de que pagase el rescate, antes de que se rociara la sangre sobre el propiciatorio—, Jesús tenía poder para perdo nar. ¿Acaso no lo tendrá ahora, después de haber muerto por el pe cador? ¡Qué poder debe residir en Aquel que pagó puntualmente todas las deudas de su pueblo hasta el último céntimo! Ahora, que ha terminado con la transgresión y vencido el pecado, Jesús tiene un poder ilimitado. Si lo dudas, ¡míralo mientras resucita de entre los muertos; contémplalo en su creciente esplendor, ya exaltado a la diestra de Dios! ¡Óyelo cuando intercede delante del eterno Padre, mostrando sus heridas, presentando los mé ritos de su sagrada Pasión! ¡Qué poder para perdonar hay en él! «Subiendo a lo alto […] dio dones a los hombres» (Ef. 4:8). «A éste Dios ha exaltado con su diestra […] parar dar a Israel arre pentimiento y perdón de pecados» (Hch. 5:31). El rojo carmesí de su sangre borra los pecados más escarlatas que haya. Querido lector, cualquiera que sea en estos momentos tu maldad, Cristo tiene poder para perdonar: para perdonarte a ti y a millares de otros como tú. Con una sola palabra lo hará. Él no necesita hacer nada más para obtener tu perdón; pues toda la obra de expiación ha quedado concluida. Él puede, en respuesta a tus lágrimas, perdonar hoy tus pecados y hacértelo saber: es capaz de infundir en tu alma, en este mismo momento, una paz con Dios que sobrepase to do entendimiento, la cual brotará de la perfecta remisión de tus múltiples iniquidades. ¿Crees esto? Yo confío en que lo crees. ¡Puedes experimentar ahora mismo el poder de Jesús para perdonar pecados! No tardes en acudir al Médico de las almas, sino ve pronto a él y dile palabras como estas:

Lávame, por piedad; por amor, límpiame

con tu sangre, Cordero de Dios;

y mi lengua agradecida cantará

alabanza, bendición y amor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 232). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios

9 de agosto

«Apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios».

Marcos 16:9

María Magdalena era víctima de un espantoso mal: estaba poseída, no por uno, sino por siete demonios. Esos temibles huéspedes causaban mucha pena y corrupción en el cuerpo donde habían encontrado alojamiento. El caso de esta mujer era desesperante y horrible: no podía curarse a sí misma, y ningún socorro humano le hubiera resultado útil. No obstante, Jesús pasó por aquel camino y, sin que la pobre endemoniada lo buscara o, probablemente, siquiera lo resistiese, pronunció la palabra de autoridad, y María Magdalena se convirtió en un trofeo del poder sanador de Jesús. Los siete demonios la dejaron: la dejaron para nunca más volver, expulsados enérgicamente por el Señor de todo. ¡Qué bendita liberación! ¡Qué cambio tan dichoso! ¡Del delirio al placer, de la desesperación a la paz, del Infierno al Cielo! Inmediatamente se hizo una seguidora constante de Jesús: reteniendo sus palabras, siguiendo sus pisadas y compartiendo su fatigosa vida. Además, llegó a ser su generosa ayudante, especialmente entre aquel grupo de mujeres curadas y agradecidas que le servían de sus bienes. Y cuando levantaron a Jesús en la cruz, María permaneció a su lado participando de su ignominia. Primero la hallamos mirando desde lejos y, después, acercándose hasta el pie de la cruz. No podía morir en la cruz con Jesús, pero se mantuvo tan cerca de la misma como le fue posible. Y cuando se bajó de la misma el bendito cuerpo del Señor, María estaba observando para ver dónde y cómo lo ponían. María era una creyente fiel y vigilante, la última en retirarse del sepulcro donde Jesús dormía, y la primera en presentarse cuando este hubo resucitado. Su santa fidelidad le valió el ser una espectadora favorecida por su amado Raboni, quien se dignó llamarla por su propio nombre y constituirla su mensajera de buenas noticias para sus temblorosos discípulos y para Pedro. Así, la gracia la encontró siendo ella una maníaca y la transformó en una servidora; le quitó los demonios y permitió que viera ángeles; la libró de Satanás y la unió para siempre con el Señor Jesús. ¡Pueda ser yo también un milagro semejante de la gracia!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 231). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Al que cree todo le es posible

8 de agosto

«Al que cree todo le es posible».

Marcos 9:23

Muchos que profesan ser cristianos están siempre dudando y temiendo, y piensan, miserablemente, que esa es la condición inevitable del creyente. Esto es un error, pues: «Al que cree todo le es posible». La verdad es que podemos ascender hasta una posición donde cualquier duda o temor sea solo como un ave que vuela a través del alma, pero no se posa en ella. Cuando lees acerca de la sublime y dulce comunión que han disfrutado ciertos santos distinguidos, suspiras y lamentas en lo íntimo de tu corazón diciendo: «¡Ay!, eso no es para mí». ¡Oh escalador, solo con tener fe, te verás colocado sobre el luminoso pináculo del Templo!, pues «al que cree todo le es posible». Tú oyes hablar de las proezas que han llevado a cabo por Jesús algunos hombres santos, o cuánto se han gozado ellos en él, o en qué medida han llegado a parecérsele, o cómo han podido soportar grandes persecuciones por su causa, y dices: «¡Oh, en cuánto a mí, no soy más que un gusano; yo no puedo alcanzar eso!». No hay nada que haya sido algún santo que no puedas serlo tú. No hay exaltación alguna de la gracia, adquisición de espiritualidad, prueba de seguridad, puesto de servicio, que no te sea accesible, si tan solamente crees. Desecha el cilicio y la ceniza y elévate hasta la dignidad de tu verdadera posición. Tú eres pequeño en Israel porque quieres serlo, no porque haya necesidad de que lo seas. No es propio que te arrastres en el polvo, oh hijo de Rey. ¡Asciende! El trono de oro de la certeza te aguarda. La corona de la comunión con Jesús está lista para adornar tus sienes. Vístete de escarlata y de lino fino y pásalo bien todos los días; pues, si crees, puedes comer «lo mejor del trigo». Tu tierra fluirá leche y miel y tu alma se saciará de meollo y de grosura. Recoge las doradas gavillas de la gracia, pues ellas te esperan en los campos de la fe: «Al que cree todo le es posible».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 230). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Satanás nos estorbó».

7 de agosto

«Satanás nos estorbó».

1 Tesalonicenses 2:18

Desde el primer instante en que el bien entró en conflicto con el mal, nunca ha dejado de ser cierto, en la experiencia espiritual, que Satanás nos estorba. Desde todos los puntos cardinales, a lo largo de toda la línea de batalla, en la vanguardia y en la retaguardia, al empezar el día y a la medianoche, Satanás nos estorba. Si trabajamos en el campo, él procura rompernos el arado; si edificamos una pared, se esfuerza por echarla abajo; si queremos servir a Dios en medio del sufrimiento o de la lucha, Satanás nos estorba por todas partes. Nos estorba cuando al principio nos acercamos a Jesucristo. ¡Qué terribles conflictos tuvimos con Satanás cuando miramos a la cruz y vivimos! Y ahora que somos salvos, se esfuerza por impedir el perfeccionamiento de nuestro carácter personal. Quizá te felicites diciendo: «Hasta aquí he sido consecuente; ninguno puede dudar de mi integridad». Cuídate de la vanagloria, porque tu virtud se ha de probar aún. Satanás dirigirá sus estratagemas precisamente contra aquella virtud en que más destacas. Si hasta aquí has sido un creyente firme, tu fe se atacará antes de mucho; si has sido manso como Moisés, has de verte tentado a hablar imprudentemente. Los pájaros picotearán tus frutos más maduros; el jabalí hundirá sus colmillos en tus selectas vides. Sin duda, Satanás nos estorba cuando estamos orando con ardor: él reprime nuestra importunidad y debilita nuestra fe para que, si es posible, no consigamos la bendición. Satanás no se muestra menos astuto al obstruir todo esfuerzo cristiano: nunca hubo un avivamiento en religión sin un avivamiento de su oposición. En cuanto Esdras y Nehemías empezaron a trabajar, Sanbalat y Tobías se enardecieron para estorbarlos. ¿Qué pues? No nos alarmemos porque Satanás nos estorbe, pues ello es prueba de que estamos del lado del Señor, y con el poder de Cristo obtendremos la victoria y triunfaremos sobre nuestros adversarios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 229). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.