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«Consuelo eterno»

11 de agosto

«Consuelo eterno»

2 Tesalonicenses 2:16 (LBLA)

¡Consuelo! Hay música en esta palabra. Ella quita, como el arpa de David, el mal espíritu de la melanco lía. Para Bernabé fue un gran honor que se le llamara «hijo de consolación». Más aún: este es uno de los ilustres nombres de Aquel que es mayor que Bernabé; pues el Señor Jesús es la consolación de Israel. «Consuelo eterno». Aquí tenemos lo mejor de todo: el «nardo puro de mucho precio»; porque una eterni dad consoladora es la corona y la gloria del consuelo. ¡Vale la pena tener bienes cuando uno puede disfrutar de ellos perpetuamente! El hombre trabaja para ganar dinero y, después de afanarse mucho, llega a poseer un crecido capital. Ese dinero es para él un consuelo, pero no un «consuelo eterno»; pues puede malgas tar o perder todo su tesoro o acaso muera y se vea obligado a abandonarlo. En el mejor de los casos, el dinero no puede ser otra cosa que un consuelo pasajero. Uno trabaja hasta cansarse para adquirir conocimiento; lo adquiere, llega a ser un erudito y su nombre se hace famoso. Esto es para él un consuelo, como premio de toda su fatiga. Sin embargo, tampoco eso dura mucho: pues cuando tiene quebraderos de cabeza o angustia de corazón, sus títulos y diplomas no le pueden alentar. Y si su alma llega a ser presa del desaliento, tiene que hojear muchos volúmenes antes de poder hallar un bálsamo para su quebrantado corazón. Todos los consuelos terrenales son, en su esencia, fugaces y, en su existencia, efímeros. Esos consuelos resultan tan radiantes y pasa jeros como los colores de una pompa de jabón. No obstante, los consuelos que Dios da a su pueblo no se marchitan ni pierden su frescura. Al contrario, resisten todas las pruebas: el golpe de la aflicción, la llama de la persecución, el curso de los años; más aún, pueden resistir hasta la muerte misma.

¿Qué es el «consuelo eterno»? Incluye, en primer lugar, un sentimiento de perdón de pecados. El cristiano ha recibido en su corazón el testimonio del Espíritu Santo de que sus rebeliones han sido deshechas como una nube y sus pecados como niebla (Is. 44:22). ¿No es un consuelo eterno el tener los pecados perdonados? En segundo lugar, el Señor da a los suyos una permanente comprensión de que han sido aceptados en Cristo. El cristiano sabe que Dios lo mira como unido a Jesús. Ahora bien, es grato saber que Dios nos acepta. La unión con el Señor resucitado supone un consuelo de los más permanentes; es, en realidad, eterno. No importa que nos postre la enfermedad. ¿No hemos visto a centenares de creyentes tan felices en la debilidad de sus dolencias como en la fortaleza de una perfecta salud? No importa que las flechas de la muerte nos atraviesen el corazón; nuestro consuelo no muere. ¿Acaso no han oído frecuentemente nuestros oídos los cánticos de los santos mientras se regocijaban porque el vivo amor divino se derramaba en sus corazones en los momentos de su agonía? Sí, la comprensión de que habían sido aceptados en el Amado era un consuelo eterno. Además, el cristiano tiene una convicción de su seguridad. Dios ha prometido salvar a quienes confían en Cristo; y el cristiano confía en Cristo y cree que Dios cumplirá su palabra y lo salvará. Él sabe, por tanto, que por el hecho de estar ligado a la persona y la obra de Jesús, se halla seguro, ocurra lo que ocurra y cualesquiera sean los ataques de la corrupción interna o de la tentación externa. ¿No es esta una fuente de consuelo superabundante y placen tera? Los hombres más ricos y más sabios darían espontánea mente sus ojos por saber si son salvos, y reputarían como ganancias esas pérdidas. El entrar en la vida cojos o mancos sería para los hombres una ganga, si realmente entrasen. Nuestro con suelo eterno estriba en que tenemos esa vida y que no se nos puede privar de ella. Lector, ¿cómo es que te consumes y rehúsas ser consolado? ¿Honra eso a Dios? ¿Hará esa actitud que otros ansíen conocer a Jesús? ¡Toma aliento entonces! Cuando Jesús da consuelo eterno, es un pecado vivir murmurando.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 233–234). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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