El Señor reina por siempre

5 ABRIL
Levítico 8 | Salmo 9 | Proverbios 23 | 1 Tesalonicenses 2
Al comienzo del experimento estadounidense de la democracia, los padres fundadores adoptaron una serie de posiciones que, hoy día aceptadas por poca gente, estaban enraizadas en su herencia judeocristiana. No quiero decir con esto que todos los padres fundadores fuesen cristianos. Muchos de ellos no lo eran; más bien eran meros deístas. Sin embargo, entre las verdades bíblicas que daban por sentadas estaba el hecho de que los seres humanos no son buenos por naturaleza, y que reside en todos ellos una enorme potencia para el mal.
Por esta razón, cuando los padres construyeron su sistema político, nunca invocaron “la sabiduría del pueblo americano” ni ninguno de los eslóganes de este tipo que son tan frecuentes en la actualidad. Francamente, estaban algo inquietos ante la perspectiva de conceder demasiado poder a las masas. Por esto no había ninguna elección presidencial directa: había un “colegio” intermediario. Sólo los hombres blancos, dueños de una propiedad, tenían derecho al voto. Aún así, el poder de las diferentes ramas del gobierno quedaba limitado por un sistema de “equilibrios”, puesto que, para los Padres, la demagogia populista era tan aterradora como la monarquía absolutista (como vimos en relación con otro tema en la lectura del 20 de enero).
Sin duda, una de las grandes ventajas de cualquier sistema democrático auténtico (el término auténtico presupone una oposición viable, libertad de la prensa y un proceso electoral sin corrupción) es que ofrece a las masas la posibilidad de deshacerse de aquellos líderes que les hayan decepcionado. En este aspecto, la democracia sigue funcionando: el gobierno debe estar sujeto al consentimiento de los gobernados. No obstante, esta herencia primitiva queda tan disipada hoy día, que los políticos de todos los partidos no cesan de apelar a la sabiduría del pueblo. Manipulados por los medios de comunicación, votando con sus carteras, apoyando a intereses partidarios o cuestiones monotemáticas, el electorado de EE.UU. y de otras democracias occidentales no muestra muchas señales de sabiduría transcendentales. Peor aún, estamos bajo el espejismo (e incluso lo fomentamos) de que todo irá bien mientas haya muchos votos. Nuestro sistema de gobierno se ha convertido en una nueva Torre de Babel: lo consideramos inexpugnable. El Imperio Soviético ha caído en picado; otras naciones se desploman, se balcanizan, son destruidas por la guerra, por el genocidio tribal, por la pobreza demoledora, por la corrupción endémica, o por ideologías marxistas u otras ¡No así nosotros! Nosotros somos una democracia, “el gobierno por el pueblo”.
No deberíamos despreciar en absoluto el bien relativo que constituye vivir en un país con un nivel de renta per cápita relativamente alto, un gobierno estable y un cierto nivel de responsabilidad pública ante el electorado. Pero estos bienes no son garantía alguna de justicia a ojos de Dios. “El Señor reina por siempre; para emitir juicio ha establecido su trono. Juzgará al mundo con justicia; gobernará a los pueblos con equidad.” (Salmo 9:7–8).
Escuchemos la voz de las Escrituras: “¡Levántate, Señor! No dejes que el hombre prevalezca; ¡haz que las naciones comparezcan ante ti! Infúndeles terror, Señor; ¡que los pueblos sepan que son simples mortales!” (Salmo 9:19–20).
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 95). Barcelona: Publicaciones Andamio.