La Caída del hombre | Peter Masters

¿Qué tiene que ver la Caída con el ser humano hoy en día? Sin la Caída, nunca podremos entender realmente por qué Jesucristo murió en la cruz o la pecaminosidad de las premeditadas elecciones humanas. Aquí tenemos a Adán, a Eva y la única explicación creíble de la naturaleza humana.

“Pero la serpiente […] dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1).

La Caída del hombre es la clave para entender la naturaleza humana y el estado del mundo. Aparte de esto no existe una explicación creíble para el estado humano, incluyendo, por ejemplo, la existencia de la conciencia humana: el conocimiento del bien y el mal que distingue a las personas de los animales y las pone muy por encima de ellos. Solo la Caída explica por qué, a pesar de que tenemos esta alarma moral inherente, no podemos obedecerla ni mantener los estándares que demanda. Aquí vemos solo uno de los misterios de la naturaleza humana, el cual ninguna literatura en el mundo, aparte de la Biblia, puede explicar.

Solo la Caída explica las crueles guerras y toda la hostilidad humana, sin mencionar la avaricia en todas partes, el egoísmo y el antagonismo hacia Dios. Enfocándonos en este último punto, ¿acaso no sería razonable que las personas acogieran la idea de que existe un Creador bueno, misericordioso y magnificente, que está dispuesto a conceder comunión con Él y darles gratuitamente una vasta gama de beneficios e incluso la vida eterna? ¿Por qué entonces tantas personas luchan por probar que Dios no existe, ni tampoco la vida después de la muerte, ni estándares, ni un bien supremo y final? No se puede explicar la naturaleza humana sin la Caída, ni tampoco el surgimiento del sufrimiento y la tragedia en el mundo.

Nada tiene sentido sin este concepto fundamental de una raza humana caída por medio del “pecado original”. Si la narración bíblica de la Caída no fuese verdadera historia revelada por Dios, aun así sería la obra de literatura más extraordinaria desde el comienzo de la escritura, porque refleja perfectamente lo que pasa en todo comportamiento humano a lo largo de los siglos. Su aparente simplicidad esconde una exactitud penetrante y profundas capas de significado, lo cual muestra tanto inspiración divina o genialidad literaria y psicológica en su más alto nivel. Resulta ser que la Biblia lo presenta como una historia literal y Cristo atestigua que es así.

El error más grande que uno puede cometer en la religión es pensar que uno es capaz de agradar a Dios con sus propios logros de justicia (o buenas obras), un error que proviene de un entendimiento inadecuado de lo que ocurrió en la Caída de la raza humana, con la consecuente corrupción del carácter humano. Solo la Biblia nos habla de la Caída del hombre y la necesidad de un Salvador. El problema de otras religiones es que no aceptan la Caída y la depravación humana, y entonces surge la idea de que las personas son capaces de satisfacer los requerimientos de Dios por sus propios actos meritorios, pero eso no puede hacerse.1

Algunos pueden pensar que la Caída del hombre es un tema negativo, deprimente y profundamente pesimista, pero es la puerta al realismo, pues demuestra la necesidad de un Salvador y de que Dios obre en nuestras vidas. A pesar de las muchas habilidades extraordinarias que Dios ha dado a la humanidad, y a pesar de los indudables logros de las personas a lo largo de los siglos, existe mucho sobre lo que se puede ser cínico en este mundo. Existe tanto antagonismo a lo que es moral y tanta vileza (o corrupción) y crueldad que no podemos más que admitir que la depravación humana es verdad.

En Génesis 3, vemos un “huerto” de dicha y de una belleza indescriptible. Adán y Eva han sido creados, la raza humana está en marcha, y el “aire” está lleno de pureza, felicidad, poder moral y sobre todo comunión con Dios. La primera pareja tiene perfecta armonía y experimenta toda sensación pura y agradable que la humanidad conoce. Su paraíso no tiene pecado, ni heridas, ni traiciones, ni tristeza, ni aflicción, ni decepciones, ni miedo, ni muerte o abandono, ni dolor o cansancio, solo energía sin límites y satisfacción intelectual ilimitada, pues este es un lugar bajo el poder protector y la misericordia inquebrantable de Dios todopoderoso. Nada se deteriora ni se descompone en este lugar de belleza imperecedera. Y aun así aquí tenemos la escena para el peor momento de traición inimaginable. ¿Qué es lo que pudo ocasionar esto?

En ese paraíso una serpiente le habló a Eva. ¿Una serpiente que habla? Sí, porque Satanás, un ángel del más alto rango que había caído del Cielo a causa del orgullo 2, entró en la misma, pero Eva no se alarmó de este fenómeno porque estaba acostumbrada a maravillas y cosas sorprendentes, y no tenía razón de sospechar de nada. Esa serpiente, en el principio, habría sido un animal hermoso y erguido, porque antes de la Caída no había nada siniestro o repugnante que pudiera verse 3 en realidad estaba poniendo incertidumbre en la mente de Eva acerca del significado exacto de las palabras de Dios y también plantando la duda acerca de si el mandato de Dios era razonable.

En el centro del Huerto, en medio de numerosos árboles frutales, habían dos que eran especialmente importantes: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Satanás le dijo a Eva: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”4, en realidad estaba poniendo incertidumbre en la mente de Eva acerca del significado exacto de las palabras de Dios y también plantando la duda acerca de si el mandato de Dios era razonable.

En respuesta, la mujer afirmó que podían comer de todo fruto excepto de uno de los del huerto: “Pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis”5. Pero al relatar el mandato de Dios, Eva, consciente o inconscientemente, lo diluyó, porque Dios había dicho: “Ciertamente morirás”6. Quizás Eva solo estaba siendo descuidada, pero volvió algo ciertísimo en algo meramente posible, y Satanás inmediatamente tomó ventaja de su concepto debilitado y contradijo directamente las palabras de Dios y dijo: “No moriréis”.7

¿Cuál era exactamente el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal? No era una manzana; una idea puesta de moda por la mitología griega. Era el símbolo de un mundo alternativo donde se podrían explorar los valores y experiencias contrarios a los estándares santos de Dios y uno podría dejarse llevar por ellos. Tal mundo no existía todavía, pero en el instante que Adán y Eva ejercieran la libertad de elección inherente a su naturaleza, y eligieran desobedecer a Dios, este otro mundo comenzaría a existir a su alrededor, un mundo donde lo opuesto de cada cosa valiosa y su privación estarían disponibles. En cierto sentido, un nuevo mundo de “antivalores” se produciría por la voluntad del hombre.

¿Cuán resbaladiza era la pendiente que llevó a la ruina? No era resbaladiza en absoluto, porque al haberles dado Dios una naturaleza perfecta que se deleitaba en la santidad, Dios les había fado toda facilidad a Adán y Eva para que mantuvieran su amor y lealtad a su Creador. Dios había comprimido los Diez Mandamientos con todos sus profundos requerimientos en un simple deber: No elijáis conocer lo que la vida sería sin Dios. Nuestros primeros padres tenían una libertad intelectual maravillosa, y toda felicidad, al cumplir único requerimiento de obediencia: Obedéceme y confía me mí no tomando jamás ese fruto.

Habiendo negado que Adán y Eva morirían al comer del fruto prohibido, la serpiente procedió a culpar a Dios de un motivo vil y bajo y también de envidia diciendo que Dios sabía que en el día que ellos comieren serían abiertos sus ojos y serían como Dios, sabiendo el bien y el mal.8

“Toma el fruto y seréis justo igual que Dios”, dijo Satanás, insinuando que Dios estaba impidiendo que accedieran a algo incluso más deseable que lo que tenían, donde incluso tendrían incluso una mayor libertad e igualdad con el Creador. Dios les estaba escondiendo ciertas cosas.

El pecado comenzó en el Huerto del Edén cuando Eva eligió creer la mentira, deseando algo más, otra cosa, y estando dispuesta a desconfiar de Dios y a desafiarle con el fin de tener lo que ella quería. ¿Pero no fue Eva simplemente una muchacha ingenua a quien Satanás embaucó y quien momentáneamente tropezó por la tentación? ¿No era una cándida inocente que fue subsiguientemente castigada por ser víctima de una mentira?9

Sabemos que Eva no solamente era hermosa sino que también, como Adán, era enormemente inteligente, porque Dios dijo respecto a toda su obra creativa que “era [buena] en gran manera”10. Capacidades intelectuales nunca fueron tan maravillosamente combinadas sino hasta la venida de Jesucristo. También podemos tener certeza de su gran inteligencia por otra razón: debido a que fueron los primeros en ser creados a imagen y semejanza de Dios y los antepasados de toda la raza humana, Adán y Eva poseían cualidades extremadamente elevadas. Ellos llevaban los genes originales de donde todo el mundo sería formado, y después de la Caída todas las variaciones serían imperfecciones en vez de mejoras.

Teniendo en cuenta que el origen de todos los talentos naturales se encontraban en Adán y Eva, podemos estar seguros que entendieron los aspectos de su tentación con una inmensa claridad antes de que realizaran su fatal elección.

El pecado comenzó, por tanto, unos instantes antes de que el fruto fuese realmente tomado, y no solo una ofensa, sino muchas juntas unidas en un pecado múltiple de proporciones horrorosas. “¡Qué cosa tan pequeña,”, dicen los cínicos, “que todo el futuro de la raza humana se base en un pequeño acto de desobediencia: el comer de un solo fruto!”. Pero también se puede describir la horrorosa fuerza destructiva desencadenada en Hiroshima o Nagasaki como el resultado de una mera “fisión nuclear”. No miramos solo el hecho de tomar y el comer el fruto, sino todo lo que está inmediatamente detrás. No miramos el dedo apretando el gatillo, sino la mente que decidió llevar a cabo la acción.

Vemos en nuestros primeros padres una rápida oleada de actitudes pecaminosas, todas originales y sin precedentes, y todas generadas y permitidas por su voluntad: por su libertad de elección libre y sin coerción. Vemos una amalgama de ingratitud, incredulidad, deslealtad y orgullo, y todavía no hemos agotado con los pecados detrás del crimen.

El orgullo dijo: “Esto es a lo que tengo derecho y debería tener, y Dios lo está escondiendo de mí injustificadamente”, y así la raza humana apartó su mirada de Dios, y todos los valores opuestos, los antivalores, nacieron. Nunca antes habían estado en el mundo del hombre antes de ese terrible momento; pero Eva, y después Adán, los eligieron. En efecto dijeron: “Nosotros, a partir de ahora, nos alejamos de nuestro Creador”, y lo opuesto a la vida, el amor, la pureza y la belleza entraron en este mundo.

Si Eva eligió primero, Adán lo hizo peor, pues no necesitó un encuentro directo con Satanás. Se ha dicho que ella fue tentada y el cayó, pero es imposible e irrelevante atribuir grados de culpabilidad. Parece que Adán respaldó completa e incondicionalmente la propuesta de Eva de comer el fruto.

Todo el horror de su pecado múltiple se pone de manifiesto en la narración bíblica, especialmente en lo que respecta a los motivos de Eva. Leemos: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”11. De la narración se hace aparente que la advertencia de Dios fue sopesada en relación a su deseo, y fue rechazada. Para Eva todo giraba en torno a lo que era bueno para probar, bueno en apariencia y bueno para un campo de conocimiento completamente nuevo. Dios había declarado ese fruto malo, tan malo que los mataría, pero Eva (y después Adán) eligió creer lo contrario, que era muy bueno y que les otorgaría un estatus nuevo y deseable.

Vemos esto en nuestra sociedad presente, donde los valores de Dios se rechazan flagrantemente y se favorece lo que la gente quiere hacer para satisfacer sus diversas lujurias y codicias y también sus aspiraciones egoístas. Si Dios declara que algo produce muerte, el hombre, en un momento dado, lo legaliza y alardea de ello.

Los deseos de Eva son expresados en el Nuevo Testamento con estas palabras: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”12. Estos deseos fueron introducidos por Satanás en el Huerto del Edén para derribar la raza humana, y continúan siendo su triple estrategia de tentación central.

Eva escuchó la mentira de Satanás, la consideró y la aceptó; después tomó el fruto y comió: una serie de acciones diferentes. Del mismo modo, Adán, con acciones distintivas, recibió el fruto de Eva y comió. Estos pasos o etapas nos proveen de información pues nos señalan la naturaleza premeditada y bien considerada de sus acciones. Desde el momento en que Eva sopesó las palabras de la serpiente, contempló el fruto prohibido y quiso sus supuestos beneficios, hasta el momento en que arrancó ese fruto, pasaron unos cuantos segundos o tal vez un poco más, en los que un grupo de pecados se desarrollaron como una avalancha. El tiempo que pasó entre arrancar el fruto y comerlo también muestra la fija determinación de su desobediencia. Eva no fue ingenuamente inducida a un acto impulsivo mediante el engaño, sino que actuó deliberadamente de acuerdo con su libre elección. Fue un acto intencionado en el que decidió dejar a Dios de lado y desobedecerle.

Ya hemos señalado que la respuesta tanto de Adán como de Eva a Satanás involucraba siguientes los pecados: ingratitud hacia Dios, incredulidad, deslealtad y orgullo. Pero ahora, el hecho de tomar y comer del fruto añadió desobediencia, rebelión y rendición a la codicia, lo que puso a la raza humana en una total oposición a la voluntad y gobierno de Dios.

Nuestros padres habían sido creados perfectos y santos, y se les había dado una asociación de lo más cercana que se pueda imaginar con su Dios. El pecado no merodeaba en sus mentes o corazones ni siquiera en forma embrionaria ni tampoco eran inocentones incapaces de discernir las implicaciones de la mentira de Satanás. Sin embargo, eligieron creer la mentira, y desde ese momento el pecado nació, lo cual desembocó en comer el fruto, y entonces “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos”13. Conocieron toda la gran fealdad de la lujuria, porque sus naturalezas se habían vuelto corruptas, y su pureza y santidad gloriosas habían sido destrozadas.

En ese momento la muerte entró en sus vidas justo como se les había advertido; una muerte doble. Por un lado, murieron espiritualmente porque su cercana comunión con Dios había sido destruida, y en el futuro estarían fuera de su reino, amabilidad y gobierno. Se habían convertido en enemigos de Dios, y en breve serían fugitivos.

Por otro lado, también habían muerto físicamente, pues aunque sus cuerpos estaban todavía vivos, el proceso de muerte física había comenzado, y sus días se verían limitados por el proceso de envejecimiento y muerte.

Muy pronto la alienada pareja oyó “la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron”. Ya no podían caminar ahí sin tener temor, porque la culpabilidad ahora había formado una barrera aprensiva entre ellos y Dios. Sin embargo, el pecado aún no había terminado su oba destructora porque a pesar de la culpabilidad y el miedo rápidamente negaron lo que habían hecho mal, embarcándose en un proceso de autojustificación. Dios se acercó, pero ellos no lo buscaron. Dios habló, pero ellos no respondieron. Entonces la voz del Creador sonó por todo el Huerto: “¿Dónde estás tú?”14.

Dios, desde luego, sabía dónde estaban porque Él sabe todo, por lo que sus palabras eran un reto más que una pregunta. Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”.

“¿Quién te enseñó que estabas desnudo?”, preguntó la voz de Dios de forma escrutadora y para darle convicción, dándole así a Adán la oportunidad de confesarlo todo. “¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”. Adán aún no se arrepintió sino que culpó a Eva y, después, a Dios mismo por haberle dado una esposa. Echarle la culpa Eva fue el primer acto de traición y deslealtad de una persona contra otra en la historia del ser humano. “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”.

Este diálogo constituye la descripción más exacta jamás escrita del continuo autoengaño de la raza humana. Pecamos, pero no es culpa nuestra, sino que es culpa de cómo nos han criado, nuestro ambiente o lo que otras personas nos han hecho. En la cultura victimista de hoy en día el “juego de echar la culpa a otro” se vuelve cada vez peor porque el orgullo es soberano e impide que la gente acepte su responsabilidad por su maldad.

En el caso de Adán y Eva toda la gama del pecado humano entró en el mundo a raudales porque se prefirió la mentira de Satanás en vez de la verdad de Dios, y se prefirió la autogratificacion en vez de la obediencia. Y, sin embargo, Adán en un principio no entendió el horror de su caída, ni sus implicaciones, y lo mismo pasa con nosotros. Hasta que no nos damos cuenta del gran abismo entre nosotros y Dios, y cuánto lo ofendemos, no podemos buscarlo adecuadamente. Solo un concepto claro del alcance de la Caída y de la pecaminosidad del corazón humano prepara a la gente para un verdadero arrepentimiento ante Dios.

Es muy probable que Adán y Eva se arrepintieran posteriormente, aunque la narración bíblica no dice nada al respecto.

Pero mientras estaban en el Huerto, Adán le echó la culpa a Eva y Eva a la serpiente. A través de la Caída llegó la muerte física, toda la biología cambió, y ahora en la naturaleza existen luchas salvajes y sin compasión y eso marcó la pérdida del favor especial de Dios, y también con la Caída llegó la era del trabajo duro y los problemas. La humanidad eligió la vida lejos de la bondad de Dios, y tal ambiente entró al mundo. Pero la sentencia de Dios no se dio sin una asombrosa promesa, pues el Señor dijo a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”15.

Un glorioso descendiente de Adán y Eva un día vendría, el cual heriría o aplastaría la cabeza de la serpiente. Dios hablaba, por supuesto, de Cristo, la segunda Persona de la Trinidad, quien vendría encarnado a esta Tierra e iría a la cruz del Calvario para expiar los pecados de todos aquellos que confiarían en Él. El crimen de Satanás al derribar la raza humana significaría que Cristo soportaría un sufrimiento indescriptible (ilustrado en que su “talón” sería herido o aplastado), pero al tener una naturaleza divina al igual que humana, Él resucitaría de los muertos.

Si desconocemos la gravedad del pecado de la Caída, no podemos ver la barrera montañosa entre nosotros y Dios. Sin la Caída, nunca podremos entender realmente la Cruz. Solo la Caída nos capacita para ver la tragedia de la elección premeditada del ser humano y su pecaminosidad y la infinita misericordia de Cristo el Salvador al venir a asegurar perdón y nueva vida a billones de personas a lo largo de la historia del mundo.

Hemos visto que en la narrativa de la Caída existen explicaciones para las actitudes humanas en todos los tiempos, porque las estrategias del tentador nunca cambian y los seres humanos responden igual que sus primeros padres. Al igual que Satanás sembró dudas en la mente de Eva acerca de Dios y sus mandatos, Él hace lo mismo con las personas hoy en día. No quiere que nadie crea en un Dios en quien se puede confiar o quien tiene una autoridad total sobre ellos.

A Él no le importa si la gente tiene un dios menor, con tal de que no sea el verdadero Dios. Por consiguiente pregunta: “¿De verdad Dios ha establecido estándares que la gente tiene que cumplir? ¿De verdad que Dios los va a castigar cuando mueran? ¡No! —dice Satanás—, la gente debería rechazar tales ideas y creer que tienen el derecho de hacer lo que les plazca siempre y cuando no afecten a otros.

“Dios os está escondiendo cosas y os está controlando”, insinuó Satanás a Eva, y continúa con lo mismo hoy en día diciendo: “La religión es poco razonable y restrictiva; aparta la moralidad; sé como Dios; sé tu propio Dios”.

Aunque Dios le había dicho a Eva que un fruto en concreto era mortal, ella decidió que era bueno para comer. También consideró que era agradable a los ojos, y enormemente deseable para la obtención de un conocimiento ilegal. En el momento en que ella desconfió de Dios, los pensamientos rebeldes se fortalecieron, y lo mismo ocurre con nosotros. Rechace la Biblia y los Diez Mandamientos y rápidamente se desaparece toda restricción moral, lujurias y codicias se imponen y la nueva sociedad liberalizada se vuelve cada vez peor. Al igual que pasó con Eva, las apariencias importan más que el carácter, y el deseo de tener cosas materiales está por encima que cualquier búsqueda del significado y propósito en la vida.

Decimos: “No quiero a Dios porque es injusto, restrictivo y cruel. No le escucharé ni le obedeceré. No creo su amenaza de castigo o muerte, y cuando muera seguro que iré al Cielo, en el caso de que exista tal lugar”. Esta última presunción comenzó en el Huerto del Edén, lo que muestra la arrogancia que se forma rápidamente con la aparición de la desobediencia a Dios.

El pecado es abominable para Dios, completamente irrazonable y destructivo en todos los sentidos. Desde el Edén, la naturaleza humana ha continuado en depravación, y aparte de la posibilidad de perdón a través de Cristo, todo el mundo vive y muere bajo la advertencia de muerte.

La depravación humana no excluye toda bondad porque Dios ha determinado que algunos sentimientos y características positivas queden en cierta medida incluso en corazones corruptos y desobedientes, de forma que el mundo no sea totalmente insoportable, y también para dar a la gente tiempo para que se arrepienta. Sin embargo, todo lo que hacemos está profundamente contaminado por la Caída.

Hay deseos y motivos que son orgullosos y egoístas en todo lo que hacemos, y esta es la razón por la que el mundo es como es, y los conflictos y las penas nos persiguen incluso en las etapas más felices de la vida. La “montaña rusa” emocional de la vida que las telenovelas de televisión presentan es una verdadera representación de la humanidad, excepto que estas no se atreven a reproducir la realidad completa de la violencia, privación, inmoralidad y miseria que predomina por todo el mundo.

La doctrina bíblica de la “depravación total” no significa que las personas sean 100% malas, sino que están manchadas y corrompidas en cada área de la mente, corazón y voluntad. Inevitablemente el orgullo rechaza esto, pero la verdad es que no puede negarse. La Caída del hombre es la razón de cada aspecto horrible de la vida en el mundo a lo largo de la historia, y sin el amor de Cristo y la salvación que Él trae, estaríamos completamente sin esperanza y sin Dios en el mundo.

La Caída es la razón por la que existe un mundo en el que la enfermedad y la muerte acaban con las vidas a menudo con gran sufrimiento, y arrebatan, incluso a bebes y niños de la felicidad, y dejan a sus padres en gran dolor. El pecado original ocasionó la Caída y nuestra impiedad continua y premeditada respalda el paso que dieron nuestros primeros padres.

¿Dónde está Dios en la tragedia y el dolor? Las personas que buscan a Cristo y su amor perdonador definitivamente lo encuentran. A través de Cristo recibimos reconciliación con Dios, una nueva vida, un nuevo propósito, fortaleza proveniente de lo alto y seguridad eterna. Con esta nueva vida los padres pueden rodear a sus hijos gravemente enfermos con amor por Dios, sembrando en ellos la misma confianza en Cristo y certeza de la eternidad, de forma que la enfermedad y muerte sean el portal al Cielo, y exista confianza en Dios y Él sea alabado por su gran salvación.

Notas a pie de página

1 El Corán contiene una versión extremadamente tardía (600 d.C.) de la tentación de Adán y su esposa pero relaciona su falta a una mala conducta personal, pronto perdonada y sin consecuencias para la humanidad, así que no hay caída de la raza humana y la redención no es necesaria y las personas son capaces de agradar a Dios por sus propias obras justas.
2 Lucas 10:18; Isaías 14:12
3 Génesis 3:14
4 Génesis 3:1
5 Génesis 3:3
6 Génesis 2:17
7 Génesis 3:4
8 Génesis 3:5
9 Los grandes teólogos del pasado hablaban del Huerto del Edén diciendo que fue el tiempo de la “inocencia” del hombre, pero al decirlo no implicaban ingenuidad. Se referían más bien solo a que había sido creado libre de toda maldad, antes de la Caída.
10 Génesis 1:31
11 Génesis 3:6
12 1 John 2:16
13 Génesis 3:7
14 Génesis 3:9
15 Génesis 3:15

Quién era Jesús para mí y qué llegó a significar

Lunes 10 Abril

(Jesús) por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

2 Corintios 5:15

Quién era Jesús para mí y qué llegó a significar

Testimonio

Había practicado la religión de mi familia, que condenaba severamente la cristiandad. A mis 18 años fui interpelado por una mujer cristiana en un puesto de literatura bíblica. Yo no sabía nada de la Biblia, excepto que estaba «falsificada», según me habían enseñado. Me habían dicho que los cristianos decían que Jesús era el Hijo de Dios, y para mí eso era una blasfemia. Creía que Jesús solo era un hombre, por supuesto un profeta, pero que había sido creado, al igual que Adán.

Decidí estudiar y comparar la Biblia con otros libros religiosos.

A medida que la leía, descubría que era muy diferente de lo que había pensado. Y, sobre todo, la idea que me había hecho de Jesús era falsa. ¡Descubrí que él era un hombre único! ¿Quién pudo, como él, consolar a los pobres, acoger a las personas rechazadas, aliviar a los oprimidos? ¿Quién habló con simplicidad y transmitió la verdad sobre Dios, como Jesús? Y, sobre todo, ¿quién reveló, como Jesús, al Dios y Padre de todos los que depositan su confianza en él?

Luego asistí a reuniones cristianas. ¡Esto me ayudó a comprender el evangelio de la salvación! El amor de Dios, manifestado en la cruz, me conmovió a mí, quien pensaba que Dios era poderoso, pero que no podía perdonar al pecador. ¡Ahora Jesucristo es mi Salvador y Maestro! ¡La paz inundó mi corazón! Conozco a Dios como mi Padre celestial, y esto gracias a Jesús, quien fue crucificado y resucitó por mí.

Jamel

Ezequiel 33:21-34:10 – 1 Tesalonicenses 5 – Salmo 41:7-13 – Proverbios 13:9-10

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¿Debería la mujer ser sumisa a la autoridad del hombre? | Elisabeth Elliot

Sumisión

“Simplemente no puedo soportar la idea de ser una alfombra”, dijo Jo cuando traté de hablarle sobre el principio bíblico de gobierno y sumisión. Está a punto de divorciarse porque está decidida a encontrar su libertad; y su matrimonio, dice ella, no era cincuenta-cincuenta como ella cree que debería ser. A ella le han vendido un contrato de bienes aquellos que han declarado que la sumisión de cualquier tipo es esclavitud. Sí, ha habido grandes errores en la sociedad. Sí, estoy de acuerdo que los hombres no deben oprimirse entre sí. Sí, es cierto que algunos hombres han tratado a las mujeres como alfombras. No, al esposo no se le ordena dominar, ni a la esposa ser servil. Ha habido toda clase de ataduras humanas que el cristiano debería ser el primero en deplorar y corregir. Jesús vino a dar libertad a los cautivos.

Pero la sumisión a la autoridad dada por Dios no es cautiverio. Si tan solo hubiera podido ayudar a Jo a ver esto; pero cuando le pregunté lo que ella pensaba que debería distinguir un matrimonio cristiano de todos los demás, ella dijo: “igualdad”. La igualdad es, por un lado, una imposibilidad humana en el matrimonio. ¿Quién está en posición de distribuir todo de acuerdo con la preferencia o la competencia? “Si me gusta, lo hago” decía Jo, “y debería ser yo quien lo haga. Si no me gusta, Bill lo hace. Si a él tampoco le gusta, entonces lo dividimos por la mitad”. Suena bien al principio. Ciertamente es la forma en que se hacen muchas cosas en cualquier hogar, supongo, y no diría que está mal. ¿Pero, existe un hogar verdaderamente feliz donde los miembros hacen sólo lo que les gusta y nunca hacen con gusto lo que no les gusta? Es un punto de vista ingenuo de la naturaleza humana suponer que dos iguales pueden turnarse para liderar y seguir, y pueden, debido a que son “maduros”, hacerlo sin ningún rango. El sentido común les ha dicho a las mujeres de todas las sociedades y de todas las épocas que el cuidado del hogar les corresponde a ellas. Los hombres han sido los proveedores. Ciertamente hay circunstancias en nuestra compleja sociedad moderna que exigen modificaciones. Conozco a muchas esposas de estudiantes de seminario que tienen que trabajar para poder pagar la matrícula de sus esposos y las compras del supermercado. Obviamente, los esposos deben hacer parte del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos. Este es un recurso temporal y la mayoría de ellos, esposos y esposas, esperan con ansias el día en que las cosas vuelvan a ser normales.

Si nos hemos vuelto tan maduros, de mente abierta, adaptables y liberados que los mandatos de las Escrituras dirigidos a las esposas —“adaptarse”, “someterse”, “sujetarse”— han perdido su significado; si la palabra cabeza ya no tiene ninguna connotación de autoridad, y la jerarquía ha llegado a significar tiranía; hemos sido ahogados en la corriente de la ideología de la liberación.

Le dije a Jo, y te digo a ti lo que Pablo les dijo a los cristianos romanos: “Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios” (Romanos 12:2). Dios quiere que seamos íntegros, seguros y fuertes, y una de las formas para encontrar esa integridad, seguridad y fortaleza es someternos a las autoridades que Él ha puesto sobre nosotros. (La cuestión sobre la autoridad política, a la que la Biblia también dice que debemos someternos, se vuelve grandemente complicada y dolorosa para algunos. En los tiempos modernos Dietrich Bonhoeffer, Corrie ten Boom y su familia y Richard Wurmbrand han tenido que luchar con esto. No está dentro del alcance de estas cartas discutir ese tema, pero lo menciono por si alguien piensa que tiendo a simplificar demasiado y usaría los mismos argumentos para defender, por ejemplo, la esclavitud).

La sumisión por causa del Señor no equivale a servilismo. No conduce a la autodestrucción, el sofocamiento de los dones, la personalidad, la inteligencia o el espíritu. Si la obediencia misma requiere un suicidio de la personalidad (como lo afirma un escritor), tendríamos que concluir que la obediencia a Cristo demanda esto. Pero las promesas que Él nos ha dado difícilmente apuntan a la autodestrucción: “Yo los haré descansar” (Mateo 11:28). “Mi paz les doy” ( Juan 14:27). “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ( Juan 10:10). “Para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna” ( Juan 3:16). “Pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás” ( Juan 4:14). “El que pierda su vida por causa de Mí, la hallará” (Mateo 16:25). “El Padre de ustedes ha decidido darles el reino” (Lucas 12:32).

Dios no le está pidiendo a nadie convertirse en un cero a la izquierda. ¿Cuál fue el diseño del Creador en todo lo que hizo? Él quería que fuera bueno, es decir, perfecto. Precisamente lo que Él quería: libre para ser lo que Él destinó que fuera. Cuando le ordenó a Adán a “someter” y “ejercer dominio” sobre la tierra, no le estaba ordenando que destruyera su significado o su existencia. Él estaba, podemos decir, “orquestando”, dando la dirección a uno, sometiendo a otro, para producir una completa armonía para Su gloria.

Déjame ser mujer

Elisabeth Elliot

En Déjame ser mujer, Elisabeth Elliot escribe con claridad sobre lo que significa ser una mujer cristiana. Tanto si eres joven como mayor, soltera, comprometida, casada o viuda, entenderás mejor cómo encajas en el plan de Dios, y saldrás con una maravillosa sensación de paz sobre quién eres realmente como mujer cristiana..

Debe ser muy difícil para las personas que no han sido criadas en hogares disciplinados, aprender la relación entre autoridad y amor, porque para ellos la autoridad habrá estado asociada con elementos fuera de su hogar, como la ley civil. Pero tenemos a un Dios amoroso que arregló las cosas no solo para nuestro “mejor interés” (no siempre estamos deseosos de tener lo que es “bueno para nosotros”) sino para la libertad y el gozo. Cuando hizo a Eva, fue porque el Jardín del Edén habría sido una prisión de soledad para Adán sin ella. No era bueno para él estar solo, y para liberarlo de la prisión y traer libertad y gozo, Dios le dio a la mujer. La libertad y el gozo de Eva eran ser el complemento de Adán.

Cuando Pablo habla de la sumisión de la mujer, basa su argumento en el orden de la creación. La mujer fue creada de y para el hombre. Sigue naturalmente que ella tuvo que ser creada después del hombre. La posición cronológica secundaria de la mujer no prueba necesariamente (a pesar de Richard Hooker y otros) una inteligencia inferior. Pero aquellos que descartan la posibilidad de las diferencias sexuales en los dones intelectuales no están considerando toda la información. Hay algunas estadísticas intrigantes que apuntan a razones biológicas para tales diferencias. Los hombres parecen estar mejor equipados para tratar con más altos niveles de abstracción. Una demostración de esto es el hecho de que, si bien en la actualidad hay ochenta y dos grandes maestros de ajedrez, ninguno es mujer. De los quinientos mejores jugadores de ajedrez de la historia, ninguno ha sido mujer. Pero miles de mujeres, particularmente en la Unión Soviética, juegan ajedrez.

Leí sobre esto en un libro llamado La inevitabilidad del patriarcado por Steven Goldberg. Goldberg se esfuerza grandemente por mostrar que de ninguna manera él está sugiriendo que los hombres son generalmente superiores a las mujeres. Son diferentes, y sus diferencias están determinadas por las hormonas:

Es necesario señalar, una vez más, que no hay razón para creer que hay diferencias sexuales en la inteligencia en todos sus múltiples aspectos. Considerar la capacidad para teorizar como una mayor demostración de inteligencia que la percepción o la perspicacia no es menos arriesgado que considerar la fuerza física más importante que la longevidad como medida de buena salud.

Para el cristiano, las estadísticas de Goldberg son interesantes. Para el cristiano que cree en un orden jerárquico, son aún más interesantes, porque, aunque creemos que el orden patriarcal tradicional no es meramente cultural y sociológico, sino que tiene su fundamento en la teología, es interesante descubrir que también tiene un fundamento biológico válido.

Hay un principio espiritual involucrado aquí. Es la voluntad de Dios. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se nos muestra en incontables historias en el trato de Dios con las personas que es Su voluntad liberarlas y darles alegría. A veces, el proceso de liberarlas es doloroso. Significó la muerte para el Hijo del Hombre —Su vida a cambio de la nuestra—. No vino a condenar, ni esclavizar, ni a meternos en una prisión. Él vino a dar vida.

Y es la voluntad de Dios que la mujer esté sujeta al hombre en el matrimonio. El matrimonio es usado en el Antiguo Testamento para expresar la relación entre Dios y Su pueblo de pacto y en el Nuevo Testamento entre Cristo y la iglesia. Ningún esfuerzo por mantenerse al día, por adaptarse a los movimientos sociales modernos ni a los cultos a la personalidad nos autoriza a invertir este orden. Tremendas verdades celestiales se exponen en la sujeción de la esposa a su esposo, y el uso de esta metáfora en la Biblia no puede ser accidental.

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Este artículo ¿Debería la mujer ser sumisa a la autoridad del hombre? La respuesta de Elisabeth Elliot fue adaptado de una porción del libro Déjame ser mujerpublicado por Poiema Publicaciones

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Páginas 133 a la 137

Transfigurado y crucificado

Sábado 8 Abril

Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

Mateo 17:1-2

Transfigurado y crucificado

Para sus discípulos, Jesús era el Mesías que debía reinar en toda la tierra. Varios profetas lo habían anunciado. Sin embargo, Jesús servía a su criatura. Aún más, había anunciado a sus discípulos su rechazo por parte de su pueblo, sus sufrimientos, su muerte y su resurrección. Pero su rechazo no ponía en duda sus glorias futuras de Rey de reyes. Entonces Jesús desveló su gloria a las personas más cercanas a él, poco antes de que fuesen testigos de la vergüenza de la cruz. ¡Qué contraste entre estos dos escenarios!

En la montaña, su rostro resplandeció como el sol; pero en la cruz, su rostro fue desfigurado más que el de cualquier otro hombre (Isaías 52:14). En la montaña, sus vestidos se hicieron blancos como la luz; en la cruz, los soldados echaron suerte sobre sus vestiduras. En la montaña, Moisés y Elías aparecieron hablando con Jesús. En la cruz fue crucificado entre dos malhechores, mientras sus conocidos se mantenían a distancia (Mateo 27:3538Lucas 23:49). En la montaña una nube de luz los cubrió. En la cruz, hubo tinieblas sobre toda la tierra. Por último, en la montaña, Dios rompió el silencio: una voz desde la nube dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”; en la cruz, el silencio de Dios, por esto al final de las tres horas de tinieblas, “Jesús clamó a gran voz, diciendo… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:45-46).

Adoramos a nuestro Señor Jesús por su sacrificio en la cruz. Le adoramos por su gloria: ¡ahora está resucitado, sentado a la diestra de Dios en el cielo!

Ezequiel 32 – 1 Tesalonicenses 3 – Salmo 40:13-17 – Proverbios 13:5-6

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¿Es la Semana Santa una fiesta pagana?

No, la Semana Santa no es una fiesta pagana. La Semana Santa es la celebración cristiana de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Los cristianos creen que Jesús, el Hijo de Dios, murió por nuestros pecados en una cruz romana, fue enterrado y resucitó «El primer día de la semana, muy de mañana» (Lucas 24:1).

Los que afirman que la Semana Santa es una fiesta pagana normalmente dicen que la palabra Semana Santa está relacionada etimológicamente con el nombre de una antigua diosa o que varios grupos paganos también celebraban ceremonias en primavera. Ninguna de las dos afirmaciones es muy convincente.

En primer lugar, consideraremos la idea de que la Semana Santa es una fiesta pagana porque el nombre de Semana Santa tiene orígenes paganos. Algunos dicen que una diosa sajona llamada Eostre (por su nombre en inglés) es la homónima de nuestra fiesta moderna. Otros dicen que la palabra Semana Santa proviene del nombre de una diosa de origen germánico llamada Ostara (por su nombre en inglés). El problema de estas dos teorías es que no hay pruebas reales de que alguien haya adorado a una diosa con cualquiera de estos nombres. La única mención de Eostre proviene de una referencia casual en la historia del Venerable Bede. La primera mención de una diosa llamada Ostara se encuentra en un libro de Jakob Grimm, y éste admitió que no pudo encontrar ningún vínculo fiable entre la Semana Santa y las celebraciones paganas.

Ahora consideraremos la idea de que la Semana Santa es una fiesta pagana porque su celebración primaveral coincide con las de las religiones paganas. Hay una gran cantidad de fiestas paganas que ocurren durante la temporada que comprende la Semana Santa: el Día de Bau (babilónico), el Día de la Madre Oscura (indio), el Día de Fortuna (romano), la Fiesta de Blajini (rumano), la Fiesta de Artemisa/Diana (griego/romano), la Fiesta de Tellus Mater (romano), la Fiesta de Ba’ast (egipcio), la Fiesta de Ishtar (babilónico), la Fiesta de Elaphebolia (ateniense) y el Día de Odín (nórdico), por nombrar algunas. No obstante, compartir una fecha en el calendario no es prueba de que dos fiestas estén relacionadas. Un matrimonio que celebra su aniversario de boda el 31 de octubre no debería recibir ninguna acusación de haberse apropiado de Halloween.

En pocas palabras, las afirmaciones de que la Semana Santa es una fiesta pagana están basadas en rumores, suposiciones y deducciones, sin ninguna prueba sólida que las respalde. Incluso si el Domingo de Ramos fuera una versión cristianizada de una antigua fiesta pagana, no supondría que la Semana Santa en sí misma fuera una fiesta pagana. Hoy en día nadie sacrifica a una diosa llamada Eostre u Ostara. Independientemente de lo que un día pueda significar en el pasado, su celebración en la actualidad debe evaluarse sobre la base de lo que significa hoy. Los cristianos que celebran la Semana Santa no son más paganos que las iglesias que se reúnen para celebrar el domingo (llamado así porque era el «Día del Sol» pagano). Los orígenes paganos de los nombres de los días de la semana no tienen nada que ver con las reuniones semanales de la iglesia, y las antiguas fiestas paganas de primavera no tienen ninguna relación real con la moderna celebración cristiana de Semana Santa.

Aunque no se haya escrito sobre la Semana Santa, se puede aplicar Romanos 14:5-6: «Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor». Si un cristiano se preocupa por algunos aspectos de la celebración de la Semana Santa, ese cristiano debe hacer lo que cree que es correcto. No debe juzgar a los demás que celebran de forma diferente, ni los demás deben juzgarle a él cuando no hay una directriz bíblica clara.

Artículo tomado del Ministerio Got Questions

“Padre, perdónalos”

Viernes 7 Abril

Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Lucas 23:33-34

“Padre, perdónalos”

El 3 de abril de 2015, un día después del asesinato de 148 estudiantes en Kenya, la mayoría de ellos cristianos, Ciku Muriuki, locutora de radio en ese país, dirigió estas palabras a los autores de la masacre:

–Ustedes admitieron ser los autores de la muerte de 148 estudiantes. Estoy triste por todas esas familias que perdieron a sus seres queridos. Supongo que escogieron a propósito este tiempo de Pascua en el que Cristo dio su vida por todos, incluso por ustedes. Quizá se burlen de esto… otros ya lo hicieron antes que ustedes. Aquel día una multitud enardecida insultó a Jesús pidiendo su muerte. Soldados romanos le escupieron la cara, lo golpearon, pusieron una corona de espinas en su cabeza y lo clavaron en una cruz. ¡Sin embargo, habían visto sus milagros y escuchado sus palabras! ¿Por qué actuaron con tanta crueldad? Jesús miró a sus asesinos y oró por ellos: “Padre, perdónalos”. Nadie mató a Jesús. Él dio su vida voluntariamente. ¡Pagó un precio infinito por nosotros que pecamos por ignorancia, o incluso deliberadamente!

Cristo también murió por ustedes, que mataron a mis hermanas y hermanos cristianos. ¡Yo los perdono! ¡Sí, escucharon bien: los perdono! Así como su corazón está lleno de odio, yo quiero llenar el mío de amor, como Jesús… ¡Él murió, pero resucitó! Los estudiantes que ustedes masacraron también resucitarán, pues Jesús prometió la vida eterna a todos los que creen en él… Cristo también murió en la cruz por ustedes, para salvarlos, si se arrepienten.

Ezequiel 31 – 1 Tesalonicenses 2 – Salmo 40:6-12 – Proverbios 13:4

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Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte | Matías Peletay

Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte

De igual manera, también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de Él, decían: «A otros salvó; a Él mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él» (Mt 27:41-42).

Cuando Jesús estaba clavado en la cruz, en el momento de Su agonía, los principales sacerdotes y ancianos del pueblo le ofrecieron un trato tentador: si se bajaba de la cruz, es decir, si se liberaba de una manera milagrosa, ellos estarían dispuestos a creer que Él era el Cristo. La propuesta era atractiva, pues significaba evitar el dolor y conseguir que muchas personas creyeran en Él. Pero Jesús decidió quedarse en la cruz.

Para entender mejor esta oferta de último momento de parte de los líderes espirituales de Israel, podemos hacer un breve repaso de sus interacciones con Jesús.

Una generación incrédula
Los sacerdotes y líderes del pueblo se veían a sí mismos como los pastores del pueblo de la nación, eran los instructores que guiaban a los demás a través de sus enseñanzas. No estaban del todo equivocados. Pero el deseo de poder y la corrupción del corazón humano habían hecho que estos pastores se desviaran y desviaran al resto del pueblo con ellos. La corrupción de estos líderes espirituales se había acumulado por tanto tiempo que Dios había decidió arrebatarles su posición y pastorear Él mismo a Su rebaño (Ez 34:11-16). Dios mismo sería el pastor que los líderes debían ser, pero que no fueron.

Esta fue una de las promesas que Jesús, el buen pastor, vino a cumplir. Cuando comenzó a enseñar, los oyentes sabían que era distinto a los escribas, sacerdotes y demás líderes (Mr 1:22). Mientras más conocido era Jesús, más despertaba la envidia de los líderes espirituales de la nación. Luego del milagro tremendo de multiplicar los panes, unos fariseos se acercaron a Jesús para discutir con Él. Estos maestros de la ley exigían una señal del cielo (Mr 8:11-13). Actuaban como los jueces de la fe, como los únicos capaces de certificar si este hombre, que decía ser Dios, era realmente un enviado del cielo. Esta actitud arrogante les impedía ver las obras de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, para entender que las promesas de Dios se estaban cumpliendo en Él.

Jesús se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor

Cuando Jesús se dirigió a Jerusalén para llevar a cabo Su plan como el Mesías de Dios, Sus palabras expresaban claramente que este plan incluía ser rechazado por los sacerdotes y principales del pueblo (Mr 8:31-32). En la ciudad de Jerusalén, Jesús fue recibido por la multitud como el rey esperado, una aclamación popular que fácilmente podría haber aumentado el resentimiento de los líderes de la ciudad. ¡Cuánto más luego de que Jesús echó a los mercaderes del templo! El escándalo era público, la autoridad de los sacerdotes y escribas era desafiada y la figura de Jesús crecía.

Por eso los sacerdotes, escribas y ancianos le salieron al encuentro para demandar explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio autoridad para hacer esto?» (Mr 11:28). Pero Jesús no les respondió. La pregunta solo tenía el propósito de censurar, de castigar y prohibir que Él siguiera enseñando y modificando las costumbres. Los líderes no estaban dispuestos a aprender o a escuchar alguna explicación de parte de Jesús.

Las señales estaban a la vista: los ciegos veían, los cojos andaban, los muertos eran resucitados y el evangelio era anunciado a los pobres (Mt 11:5-6). Las promesas de Dios, escritas por los profetas, se estaban cumpliendo ante los ojos de los escribas y fariseos, pero su corrupción no les permitía verlas. Su deseo de mantener el poder y su orgullo les impedía reconocer las señales. Una generación perversa y adúltera que exigía señales, pero que no era capaz de entender los tiempos acordes a las Escrituras.

Tal era la ceguera de su pecado, que cuando este liderazgo finalmente logró llevar a Jesús a la cruz, seguía pidiéndole señales a este hombre moribundo. Claro que lo hacían para burlarse, como lo hacía el resto de las personas que pasaban por allí, pero aún así se atrevieron a asegurar que ellos estarían dispuestos a creer que Jesús era el Mesías, si demostraba una señal poderosa y se bajaba de la cruz. ¿Puedes imaginarlo? Jesús liberándose de los clavos ante la multitud, recomponiendo Su cuerpo maltratado y castigado hasta el cansancio y revirtiendo todo Su sufrimiento para bajarse sano y sin un rasguño. Esa sí que sería una señal tremenda a ojos humanos.

¿No era esa invitación de los líderes del pueblo una buena oportunidad para demostrar que Jesús era el verdadero Hijo de Dios? ¿No se hubieran convertido los líderes de la nación y tras ellos, el resto del pueblo? A muchos de nosotros nos gustaría pensar que sí, porque es el tipo de señal y manifestación que nos gusta buscar.

Nos puede ayudar recordar la conocida parábola de Lázaro y el hombre rico (Lc 16:19-31), donde Jesús contó que el personaje rico aseguraba que si alguien de entre los muertos se levantaba y anunciaba la verdad a sus familiares, entonces se arrepentirían y serían salvos. Parece lógico. ¿Quién no creería si ve a un muerto resucitar para transmitirle un mensaje? Pero la respuesta de Abraham en la parábola fue: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (v. 31). Si no creen por el testimonio de las Escrituras, la Palabra de Dios, no creerán, aunque se levanten los muertos delante de sus propios ojos. Otro Lázaro, el amigo de Jesús, fue resucitado ante la vista de muchos, pero no todos los testigos creyeron (Jn 11:45-46).

Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada

Esto mismo podríamos decir de los principales sacerdotes y escribas que miraban a Cristo en la cruz. Aunque Jesús se hubiera bajado en una manifestación de poder ante sus ojos, sus corazones habrían seguido endurecidos. ¿Cuántos milagros había hecho Jesús antes y no fueron suficientes para sus pretensiones? Los mismos líderes lo reconocieron: «a otros salvó». Sabían muy bien que Jesús era capaz de hacer cosas extraordinarias, por eso se burlaban de Su condición dolorosa y aparentemente derrotada mientras estaba clavado en el madero.

Se quedó en la cruz
Por más tentadora que parecía la oferta en términos humanos, el plan eterno de Dios era diferente. Jesús es el cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para pagar el precio de nuestro rescate (1 P 1:18-20). La muerte de Jesús era necesaria para nuestra salvación. La crucifixión parecía una escena de derrota, pero en realidad era el triunfo de Cristo sobre el pecado de Su pueblo. Jesús estaba destruyendo la condena que pendía sobre nuestras cabezas (Col 2:14) y, en Su mismo cuerpo, borró nuestra enemistad con Dios (Ef 2:16).

Quedarse en la cruz fue la verdadera victoria, la verdadera manifestación de poder. Para mentes humanas nubladas por el pecado, Jesús era un abatido, un pobre hombre derrotado e incapaz de evitar su muerte. Un herido por Dios. Pero nada estaba más lejos de la verdad, pues Él estaba llevando nuestras enfermedades y sufriendo nuestros dolores, para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (Jn 3:16).

En nuestra mirada humana, limitada y egoísta, hubiéramos pensado que bajarse de la cruz podría haber sido la mejor opción. Una demostración tan potente y pública podría haber convencido a muchos. Pero Jesús, conociendo el plan eterno del Padre, puso Sus ojos en los frutos de Su aflicción (Heb 12:2). El amor a Su pueblo lo mantuvo en la cruz; miró al resultado y a los beneficiarios de Su muerte y, entonces, soportó las burlas, el desprecio y la muerte. Se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor.

Al final, morir por amor era el paso previo y necesario para resucitar con poder, y de esa manera consumar la redención de los Suyos.

Nuestros ojos lo vieron
Ninguno de los testigos de Su muerte pudo discernir lo que realmente estaba sucediendo. Ni los burladores que pasaban, ni los sacerdotes y escribas que le injuriaban con arrogancia, ni Sus discípulos que huyeron, ni las mujeres que le lloraron. Fue la gloria del Cristo resucitado lo que convenció a Sus discípulos de su fe y lo que les permitió entender el verdadero sentido y significado de la cruz.

Creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor

Pero ¿cómo convencer a aquellos que no pueden ver con sus ojos físicos a Jesús resucitado? La respuesta está en lo que Abraham le dijo al hombre rico en la parábola que Jesús relató: «a Moisés y a los profetas tienen». El Espíritu de Dios nos muestra la gloria de Cristo en las Escrituras, en Moisés y en los profetas. Es imposible entender, ver y conocer el significado de la cruz fuera de las Escrituras y sin la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a la iluminación del Espíritu, podemos entender cuál fue el poder que actuó en la resurrección y coronación de Jesús, y que ahora vive en nosotros si hemos aceptado la redención por la fe (Ef 1:18-19).

Al conmemorar el día de la muerte de Jesús, nosotros vemos mucho más que una cruz de dolor, como solo veían aquellos líderes espirituales de Israel. Nosotros vemos la gloria de Cristo, Su triunfo sobre el pecado y el precio de nuestro rescate.

Los sacerdotes y ancianos, ciegos en su arrogancia, se burlaron del Salvador en Su sufrimiento. Pero cuando escucharon la predicación del evangelio y el Espíritu actuó por la Palabra, muchos judíos fueron convencidos de sus pecados y respondieron con arrepentimiento y fe (Hch 2:37-39). Gracias a la predicación y al testimonio de la iglesia de Jerusalén, incluso muchos sacerdotes vinieron a la fe (Hch 6:7). Tal vez muchos de ellos habían contemplado a Cristo en la cruz y menearon la cabeza, algunos en forma de burla y otros con decepción. Tal vez se convirtió alguno de aquellos que gritaron con soberbia: «que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él».

Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada (Jn 19:30), y por eso muchos sacerdotes después pudieron creer. De la misma manera nosotros creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor.

Matías Peletay sirve como editor en Coalición por el Evangelio. Vive en Cachi (Salta, Argentina) con su esposa Ivana y su hija Abigail, y juntos sirven como misioneros de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.

Hacia una vida nueva

Jueves 6 Abril

Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

1 Corintios 15:10

Tengo valor para Dios (2)

Hacia una vida nueva

Ayer vimos cómo el amor de Dios confiere un valor inestimable a todo el que cree. Debido a este amor de Dios, no debemos temer a la opinión de los demás. Tampoco debemos desesperarnos a causa de nuestros fracasos; podemos levantarnos y volver a empezar, porque Dios es fiel. Como Dios nos amó primero, no es necesario tratar de ganar su amor por medio de acciones religiosas o buenas obras. ¡Tenemos una salvación gratuita, solo por gracia!

Como consecuencia, cuando recibimos este amor inmerecido, él nos conduce a amar también: amamos a Dios y a nuestro prójimo, porque Dios nos amó primero (1 Juan 4:19).

Así la gracia de Dios nos anima y nos da una nueva vida. Gracias a ella podemos superar nuestros miedos y experimentar la verdadera libertad, ser libres de la obsesión por demostrar lo que valemos, de la angustia por no estar a la altura, de esa competencia que nos obliga sin cesar a superarnos… ¡Creer en Dios es dejarse invadir por la acción de la gracia!

Y también, como sabemos que somos amados, podemos agradecer y alabar a Dios por su gracia derramada en nosotros, en especial cuando celebramos el culto. Evidentemente, nunca devolveremos en la medida en que hemos recibido, pero cada vez estaremos más agradecidos con Dios quien nos conduce y nos acompaña en el camino de la vida.

“A aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios… sea gloria y majestad” (Judas v. 24-25).

Ezequiel 30 – 1 Tesalonicenses 1 – Salmo 40:1-5 – Proverbios 13:2-3

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Amor hasta el extremo | John Piper

Al tratar de preparar mi corazón para encontrarme con Jesús de una manera especial el Domingo de Ramos, el Jueves Santo, el Viernes Santo y el Día de la Resurrección, una serie de imágenes han vuelto a mi mente una y otra vez. Permítanme intentar describirles la historia.

Un corderito nació blanco como la lana, con las patas flacas y la nariz húmeda, como todos los demás corderitos. Pero cuando el cordero se convirtió en una oveja, las otras ovejas empezaron a notar una diferencia. Esta oveja tenía un extraño bulto en la frente.

Al principio, pensaron que se había golpeado, pero el bulto nunca desapareció. En cambio, una gran almohadilla de lana blanca y profunda creció sobre el bulto y lo hizo muy suave y firme. El bulto podría haber dejado de llamar la atención si no fuera porque esta oveja empezó a utilizar el bulto de su cabeza de formas muy extrañas.

En primer lugar, el bulto parecía pesar sobre su cabeza, de modo que siempre parecía que se inclinaba y mostraba reverencia a algún rey invisible. Luego empezó a buscar a otras ovejas enfermas o heridas. Utilizaba el bulto firme y blando de su frente para ayudar a las débiles a ponerse en pie y para enjugar sus lágrimas.

Rebaños enteros de ovejas empezaron a seguirle, pero las cabras se reían de él. Las ovejas ya eran repugnantes, pero una oveja con un bulto extraño en la frente era más de lo que podían soportar. Lo acosaban todo el tiempo e inventaban chistes y burlas: “¿Cómo es que llevas esa cabeza colgando? ¿Y ese bulto de plomo?” Y les enfurecía que se alejara de ellos y siguiera haciendo tranquilamente sus obras de misericordia.

Así que un día las cabras lo rodearon y lo embistieron con sus cuernos hasta que murió, y lo dejaron solo en el campo. Pero mientras yacía allí, sucedió algo muy extraño. Empezó a crecer. La lana ensangrentada se desprendió y dejó ver un pelo liso y blanco como el de un caballo. La suave almohadilla de lana de color blanco intenso se desprendió de su frente y de ese bulto misericordioso creció un poderoso cuerno de acero carmesí que no se parecía a ningún otro cuerno que haya existido o que existirá.

Y entonces, como si fuera una orden, el enorme unicornio se puso en pie de un salto. Su lomo estaba a dos metros del suelo. Los músculos de sus hombros y cuello eran como el mármol. Los tendones de sus piernas eran como cables de hierro. Ya no tenía la cabeza inclinada, y cuando miraba a la derecha o a la izquierda, el cuerno carmesí cortaba el aire como un sable bañado en sangre.

Cuando las ovejas le vieron, se postraron y le adoraron. Él se inclinó y tocó a cada una en la frente con la punta de su cuerno, les susurró algo al oído y se alejó en el cielo. No se le ha vuelto a ver desde entonces.

Esa es la visión que tengo en mi mente al entrar en la Semana Santa. Es un retrato de Jesucristo pintado por Isaías bajo la inspiración de Dios y expuesto por Mateo 12:18-21.

Como toda buena obra de arte, este retrato tiene un propósito, hacer que pongamos nuestra esperanza en Jesucristo. Y estoy orando para que esto ocurra en tu vida, porque sé que todo lo demás en lo que pones tu esperanza te decepcionará al final. Pero si esperas en Jesucristo, él será honrado en tu vida, y nunca te arrepentirás.

John Piper
http://desiringgod.org
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

Tengo valor para Dios (1)

Miércoles 5 Abril

A mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé.

Isaías 43:4

Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.

Isaías 55:7

Tengo valor para Dios (1)

Nuestra sociedad nos presiona constantemente para que demostremos lo que valemos; somos evaluados, tanto en la escuela como en el trabajo. Se elogia el rendimiento, sea deportivo, artístico, industrial… A menudo una vida «exitosa» se mide por la carrera profesional o el estatus social. Según esta escala de valores seremos considerados como «alguien» o como un «don nadie». Entonces, si tenemos que enfrentar el desempleo, la enfermedad, el divorcio, la cárcel… ¿esto significa que ya no somos «nadie»?

La buena noticia del Evangelio es que no tenemos que hacer nada para ser “alguien”, sino simplemente creer. Dios nos ama sin ninguna condición. Él dice a cada uno de nosotros: ¡Para mí tienes gran valor! El amor de Dios es muy diferente a nuestros sentimientos humanos, los cuales pueden debilitarse, apagarse o incluso cambiarse en odio. ¡Dios nos acoge y nos promete una fidelidad inquebrantable!

En los evangelios Jesús cuenta la historia de un joven que pidió a su padre su herencia, y luego se fue a un país lejano en donde malgastó todo, viviendo desordenadamente. Pasado algún tiempo lamentó su decisión y volvió a la casa de su padre. Cuando este lo vio, corrió hacia él y lo abrazó, incluso antes de que pudiera decir algo; no le hizo reproches ni lo castigó (Lucas 15:11-32).

Este relato ilustra el amor de Dios hacia nosotros; su amor no depende de lo que hacemos o no hacemos. Dios nos ama y nos perdona siempre.

(mañana continuará)

Ezequiel 29 – Gálatas 6 – Salmo 39:7-13 – Proverbios 13:1

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