Esperemos que… sin embargo (1)

Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina… apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

2 Timoteo 4:3-4

Esperemos que… sin embargo (1)

Galileo Galilei fue un astrónomo, ingeniero, matemático y físico italiano. Había descubierto que la Tierra giraba alrededor del Sol. En 1633, un tribunal le obligó a retractarse de sus descubrimientos. Los que rechazaban los hallazgos de este científico, quizá sacudidos en sus convicciones, habrían dicho: «¡Esperemos que la Tierra no gire…!».

Aún hoy esta puede ser nuestra actitud. Se oye decir que «creer lo que queremos creer» es un signo de libertad, pero en realidad es una decisión dictada por el miedo a cuestionarnos. ¡Esperemos que Dios no exista! De este modo el hombre sería el dueño del mundo y no tendría que rendir cuentas a nadie.

¡Esperemos que todo se acabe con la muerte, así no tendré que ser juzgado por la vida que llevo! ¡Esperemos que el “pecado” sea una noción pasada de moda, o al menos subjetiva! ¡Así puedo continuar haciendo lo que quiero!

¡Esperemos que no haya una norma «superior», trascendente, para definir lo que está bien! Me dicen que tengo derecho a pensar que todo lo que hago está bien. ¡Esperemos que el hombre sea bueno, como muchos piensan!

¡Esperemos que nadie descubra todo lo que hay en el fondo de mi ser, mis pensamientos más secretos, mi egoísmo, mis rencores y mi odio! Así puedo estar en paz y salir sin experimentar sentimientos de culpa y vergüenza.

¡Esperemos que todos los caminos lleven a la felicidad! Así no habría que buscar el mejor. ¡Soy libre de pensar como quiera, y espero seguir siéndolo! En otras palabras, ¡esperemos que la Biblia no diga la verdad! Sin embargo… ¿qué sucedería si nos atreviésemos a ir más lejos?

(mañana continuará)

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El remedio para el orgullo

ENERO, 18

El remedio para el orgullo

Devocional por John Piper

Oíd ahora, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Sólo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debierais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestra arrogancia; toda jactancia semejante es mala. (Santiago 4:13-16)

Cuando uno toma tres tipos de tentación —la sabiduría, el poder y las riquezas— y los lleva a la confianza en uno mismo, estos forman un poderoso aliciente hacia la expresión máxima del orgullo: el ateísmo. La manera más segura de permanecer superiores en nuestra propia estima es negar cualquier cosa que esté por encima de nosotros.

Es por eso que los arrogantes se interesan en mirar a los demás con desdén. «Un hombre orgulloso siempre mira con desprecio a cosas y personas; y, por supuesto, cuando uno está mirando hacia abajo, no puede ver lo que está por encima suyo» (C. S. Lewis, Mero Cristianismo).

Sin embargo, para preservar el orgullo más fácil sería proclamar que no hay nada que observar por encima de uno. «El impío, en la altivez de su rostro, no busca a Dios. Todo su pensamiento es: No hay Dios» (Salmos 10:4). Finalmente, los orgullosos deben persuadirse a sí mismos de que no hay un Dios.

Una razón para lo anterior es que la realidad de Dios es de una intromisión abrumante en cada detalle de la vida. El orgullo no puede tolerar la participación íntima de Dios inclusive en los asuntos simples de la vida.

Al orgullo no le agrada la soberanía de Dios. Por lo tanto, al orgullo no le agrada la existencia de Dios porque él es soberano. Expresará esto al decir: «Dios no existe»; o diciendo: «Iré manejando a Atlanta para Navidad».

Santiago dice: «No estén tan seguros». Mejor digan: «Si el Señor quiere, viviremos y llegaremos a Atlanta para Navidad». El punto de Santiago es que Dios es el que decreta si llegaremos a Atlanta, y si viviremos para terminar este devocionario. Esto es extremadamente ofensivo a la autosuficiencia del orgullo —el no tener control, ¡aun sobre si se llega al final del devocionario sin que a uno le dé un derrame cerebral!—.

Santiago dice que no creer en el derecho soberano de Dios de manejar los detalles de nuestro futuro es arrogancia.

La manera de combatir esta arrogancia es ceder a la soberanía de Dios en todos los detalles de la vida, y descansar en sus promesas infalibles de mostrarse poderoso a nuestro favor (2 Crónicas 16:9), de seguirnos con el bien y la misericordia cada día (Salmos 23:6), de obrar en favor de los que esperan en él (Isaías 64:4), y de obrar en nosotros lo que necesitamos para vivir para su gloria (Hebreos 13:21).

En otras palabras, el remedio para el orgullo es una fe firme en la gracia de Dios para el futuro.


Devocional tomado del libro “Gracia Venidera”, página 90

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El milagro de la resurrección

(El cuerpo) se siembra en debilidad, resucitará en poder. Como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.

1 Corintios 15:43, 49

El milagro de la resurrección

En mi jardín, en la rama de un rosal, una oruga gris trepaba y tanteaba buscando probablemente un lugar apropiado para hacer su metamorfosis. Se instaló en una horquilla y, pacientemente, empezó a confeccionar su capullo.

Como me interesaba el fenómeno, a menudo iba al jardín para no perderme la eclosión. En efecto, un buen día tuve la alegría de presenciar el nacimiento de una magnífica mariposa que desplegó sus alas multicolores y las dejó secar al sol. Aún era frágil y estaba como aturdida por la extraordinaria transformación que acababa de tener y deslumbrada por la luz del día.

Esa oruga y esa mariposa era un solo y único ser; había empezado su vida trepando y la terminó volando. Sucede lo mismo con el creyente, a quien el Señor salvó. Mientras vive en la tierra va caminando a duras penas, vinculado a la naturaleza contaminada por el pecado, soportando la enfermedad, el cansancio, las dificultades. Luego se duerme y su cuerpo es colocado en una tumba, al igual que una crisálida aparentemente sin vida. Pero este no es el final de su historia. Llegará el día en que el Señor lo revestirá con un cuerpo inmortal semejante al suyo, y entonces emprenderá el glorioso y definitivo vuelo hacia la casa del Padre.

“Entonces se cumplirá la palabra que está escrita:… ¿Dónde está, oh muerte… tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:54-57).

Génesis 22 – Mateo 12:38-50 – Salmo 11 – Proverbios 3:27-31

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La fe auténtica está deseosa por Cristo

ENERO, 17

La fe auténtica está deseosa por Cristo

Devocional por John Piper

Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan. (Hebreos 9:28)

¿Qué deberemos hacer para saber que nuestros pecados han sido cancelados por la sangre de Cristo y que, cuando él venga, nos protegerá de la ira de Dios y nos llevará a la vida eterna? La respuesta es la siguiente: confiemos en Cristo de manera tal que nos haga estar deseosos de su venida.

Él vendrá a salvar a aquellos que «ansiosamente le esperan». ¿Cómo nos preparamos entonces? ¿Cómo experimentamos el perdón de Dios en Cristo y nos preparamos para encontrarnos con él? Confiando en él a tal punto que estemos deseosos por su venida.

Esta deseosa expectativa por Cristo es simplemente una señal de que verdaderamente lo amamos y creemos en él.

Existe una fe fingida que solo quiere escapar del infierno y que no tiene ningún deseo por Cristo. Esa fe no salva, y tampoco produce esa deseosa expectativa por la venida de Cristo, sino que preferiría que Cristo no viniese por el mayor tiempo posible, para así aprovechar del mundo tanto como pudiera.

La fe que verdaderamente abraza a Cristo como tesoro y esperanza y gozo es la fe que nos hace estar deseosos por su venida, y es la fe que salva.

Por eso, los aliento a que se alejen del mundo y del pecado y se volteen hacia Cristo. No lo tomen únicamente como una póliza de seguro contra incendios, sino como el novio y amigo y Señor que tan ansiosamente esperaron.


Devocional tomado del sermón “¿Qué hará Cristo en la segunda venida?”

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¿Y después?

Si son conocidos, terrores de sombra de muerte los toman.

Job 24:17

Jesucristo… quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

¿Y después?

En muchos países la esperanza de vida ha aumentado en los últimos decenios, sin embargo nuestra vida está amenazada por múltiples peligros y enfermedades. A pesar de las precauciones y los mejores cuidados, la muerte es inevitable. Solo tenemos un determinado tiempo para vivir. ¿Y después? Tarde o temprano la muerte se convierte en un motivo de inquietud o de angustia. Entonces algunos hacen burla de ella, o tratan de no preocuparse apoyándose en ideas sin fundamento, tales como la reencarnación, el purgatorio, la nada, el paraíso para todos…

¿Qué dice la Biblia? Su lenguaje es claro: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). También nos revela cómo escapar al juicio de Dios: “El que oye mi palabra (dice Jesús), y cree al que me envió (Dios), tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). Esta vida, es decir, la vida eterna, me permite experimentar la felicidad en la presencia de Dios, desde ahora y para siempre. “Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9).

Para el creyente que posee esta vida porque aceptó la salvación mediante Jesucristo, la muerte ya no es algo espantoso, pues es un enemigo vencido. Jesús, mediante su muerte, destruyó “por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”, y liberó “a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

Génesis 21 – Mateo 12:1-37 – Salmo 10:12-18 – Proverbios 3:21-26

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Palabras para el viento

ENERO, 16

Palabras para el viento

Devocional por John Piper

¿Pensáis censurar mis palabras, cuando las palabras del desesperado se las lleva el viento?(Job 6:26)

En medio de la aflicción y el dolor y la desesperación, las personas dicen cosas que de otra manera no dirían. Pintan la realidad con pinceladas más oscuras de lo que la pintarían al día siguiente, cuando el sol sale. Cantan en tonos más bajos y hablan como si esa fuera la única música. Ven solo nubes y hablan como si no hubiese un cielo.

Dicen: «¿Dónde está Dios?» o «No tiene ningún sentido seguir adelante». O dicen: «Nada tiene sentido» o «No hay esperanza para mí» o «Si Dios fuera bueno, esto no habría pasado».

¿Qué deberemos hacer con estas palabras?

Job dice que no necesitamos reprobarlas. Estas palabras se van con el viento o, literalmente, son «para el viento». Rápidamente se volarán. Habrá un giro en las circunstancias y la persona en desesperación despertará de la noche oscura y lamentará las palabras precipitadas.

Por lo tanto, el punto es que no gastemos energía y tiempo en reprobar este tipo de palabras. Se las llevará el viento. Uno no tiene que cortar las hojas en el otoño. Es un esfuerzo en vano. Pronto se volarán por sí solas.

Oh, qué rápido salimos a defender a Dios, o algunas veces la verdad, de palabras que son solo para el viento. Si tuviéramos discernimiento, podríamos ver la diferencia entre las palabras con raíces y las palabras que vuelan con el viento.

Existen palabras que están arraigadas en errores profundos y en gran maldad, mas no todas las palabras grises adquieren su color de un corazón negro. Algunas obtienen el color principalmente por el dolor y la desesperación. Lo que uno escucha no es la parte más profunda del interior. Existe una realidad interior de donde estas vienen, pero es temporal —como una infección pasajera—, real, dolorosa, pero no es la verdadera persona.

Aprendamos a discernir si las palabras que se dicen en nuestra contra o en contra de Dios o en contra de la verdad son solamente para el viento —dichas no por el alma, sino desde la herida—. Si son para el viento, esperemos en silencio y no censuremos. Restaurar el alma, no reprobar la herida, es el objetivo de nuestro amor.


Devocional tomado del articulo “When Words Are Wind”

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Una visita indeseada

martes 16 enero

Dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Juan 11:25-26

Sorbida es la muerte en victoria.

1 Corintios 15:54

Una visita indeseada

«Alcanzó el éxito en el ámbito profesional, y el único intruso del que no pudo deshacerse fue la muerte». Un escritor termina una de sus novelas con este pensamiento concerniente a un hombre que dirigía sus negocios con previsión.

La muerte es un intruso para el ser humano; no es invitada ni esperada. Cuando se acerca, lo llena de temor. Ante ella podemos ponernos serios para parecer valientes o insensibles, pero interiormente estamos solos, paralizados, sin fuerzas.

Creyente o incrédulo, nadie puede huir de la muerte del cuerpo, el cual vuelve al polvo. Pero, ¿a dónde va el espíritu? La Biblia dice: El espíritu vuelve “a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7). Y una vez ahí, solo hay dos destinos posibles: la vida eterna, si en la tierra recibimos el perdón de Dios; o su juicio y la condenación eterna, si rechazamos a Dios y seguimos cargados con nuestros pecados.

¡Cuán importante es tener certezas cuando nos encontramos ante ese paso difícil e inevitable! Podemos ser muy previsivos en nuestros negocios y descuidar completamente nuestro futuro eterno, más allá de la muerte del cuerpo.

Para estar seguros de que tendremos un futuro feliz, es necesario confiar en el gran vencedor de la muerte, es decir, en Jesucristo. Después de haber resucitado, dijo al apóstol Juan: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:17-18).

La fe en Jesús nos une a él eternamente.

Génesis 20 – Mateo 11 – Salmo 10:1-11 – Proverbios 3:19-20

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La gratuidad de la gracia

ENERO, 15

La gratuidad de la gracia

Devocional por John Piper

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. (Efesios 2:4-6)

El acto decisivo de Dios en la conversión es que «nos dio vida juntamente con Cristo» aun «estando nosotros muertos en pecados». En otras palabras, para Dios estábamos muertos. Éramos indiferentes; no teníamos ningún interés espiritual genuino; no teníamos ningún gusto por la belleza de Cristo; estábamos simplemente muertos a todo lo que era importante.

Entonces Dios actuó —incondicionalmente— antes de que pudiéramos hacer nada para volvernos vasos dignos de gracia. Nos dio vida. Soberanamente, él nos despertó para que pudiéramos ver la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4). Los sentidos espirituales que estaban muertos milagrosamente vinieron a vida.

El versículo 4 dice que este fue un acto de «misericordia». Es decir, Dios nos vio en nuestra falta de vida y se compadeció de nosotros. Vio la terrible paga del pecado que lleva al sufrimiento y a la muerte eterna y, en nuestra necesidad, la abundancia de su misericordia se derramó sobre nosotros. Pero lo que es notable en este texto es que Pablo interrumpe el fluir de su propio discurso para insertar «por gracia sois salvos». «Dios… nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) y juntamente con él nos resucitó».

Pablo vuelve a decir esto más adelante en el versículo 8. ¿Por qué, entonces, interrumpe el fluir de las palabras para añadirlo aquí? Además, el foco está en la misericordia de Dios que responde a nuestro gran aprieto por la falta de vida. ¿Por qué, entonces, Pablo se desvía de la corriente de su pensamiento para decir que es también por gracia que somos salvos?

Creo que Pablo aquí reconoce que es la oportunidad perfecta para enfatizar la gratuidad de la gracia. Mientras describe nuestra condición de estar muertos antes de la conversión, se da cuenta de que las personas que están muertas no pueden cumplir con condiciones. Si ellos han de vivir, tendrá que ocurrir un acto de Dios totalmente incondicional y completamente gratuito para salvarlos. Esta libertad es la verdadera esencia de la gracia.

¡Qué acto puede ser más unilateralmente gratuito y no negociable que el de una persona levantando a otra de los muertos! Eso es lo que la gracia significa.

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No nos equivoquemos de fe

Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Romanos 10:9

El hombre no es justificado… sino por la fe de Jesucristo.

Gálatas 2:16

No nos equivoquemos de fe

¿En qué consiste la fe? ¿Se trata de una especie de abdicación de la inteligencia que reconoce sus límites y admite la existencia de un Ser superior? El hecho de pensar esto conduce a restringir la fe a la simple creencia en un Dios supremo y creador, pero indiferente a su criatura.

Reprochando a sus discípulos su falta de fe cuando calmó la tempestad, Jesús no los acusó de haber dudado de su poder, ¡y eso que habían sido testigos de tantos milagros! Les reprochó que hubiesen dudado de que quisiese el bien de sus criaturas. A menudo la incredulidad consiste en pensar que Dios no nos ama lo suficiente para intervenir a nuestro favor.

Otros consideran la fe como una gracia o una disposición innata que sería inútil tratar de buscar. ¡Esto significa considerar al hombre como un ser irresponsable! También es olvidar que, como criatura, debe rendir cuentas a su creador. ¿Qué hace de ese deber de obediencia hacia Aquel que “ahora manda a todos los hombres… que se arrepientan”? (Hechos 17:30).

La fe es aceptar el ser amado por Dios; es recibir el amor que mostró hacia el hombre cuando “envió a su Hijo unigénito al mundo” (1 Juan 4:9). Es aceptar al Salvador que dio y apropiarse de las maravillosas consecuencias de la obra que cumplió en la cruz a favor de los que creen.

La fe es escuchar y creer lo que Dios nos reveló en la Biblia.

Génesis 19 – Mateo 10:26-42 – Salmo 9:15-20 – Proverbios 3:16-18

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La ventana del corazón

ENERO, 14

La ventana del corazón

Devocional por John Piper

Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. (Hebreos 12:3)

Una de las capacidades más notables de la mente humana es la capacidad de poner la atención en lo que esta escoja. Podemos hacer una pausa e indicar a nuestra mente: «Piensa en esto y no en aquello». Podemos poner nuestra atención en una idea, una imagen, un problema o una esperanza.

Es un poder increíble. Dudo que los animales lo tengan. Probablemente no sean reflexivos sino que, por el contrario, sean impulsivos e instintivos.

En la batalla contra el pecado, ¿hemos descuidado esta poderosa arma de nuestro arsenal? La Biblia nos llama una y otra vez a usar este magnífico regalo. Vamos a sacarlo, pulirlo y ponerlo en uso.

Por ejemplo, Pablo dice en Romanos 8:5-6: «Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz».

Es impresionante. Adonde pongamos la mente determina si es cuestión de vida o de muerte.

Tengo la sensación de que muchos de nosotros nos hemos vuelto muy pasivos en la búsqueda de la integridad, el cambio y la paz. Tengo el sentir de que, en esta época de las terapias, hemos caído en la mentalidad de pasividad en la que simplemente nos la pasamos «hablando de nuestros problemas» o «lidiando con nuestros asuntos» o «descubriendo que las raíces de la ruptura que hay en nuestra vida se encuentran en nuestra familia de procedencia».

Sin embargo, en el Nuevo Testamento veo un enfoque hacia al cambio que es mucho más agresivo, y no pasivo. Específicamente, fijar la mente: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2).

En gran parte, nuestras emociones se rigen por lo que sometemos a reflexión —lo que está en nuestra mente todo el tiempo—. Por ejemplo, Jesús nos dijo que venciéramos la ansiedad meditando: «Considerad los cuervos… Considerad los lirios…» (Lucas 12:24,27).

La mente es la ventana del corazón. Si dejamos que nuestra mente medite constantemente en la oscuridad, el corazón se sentirá oscuro; pero si abrimos la ventana de nuestra mente a la luz, el corazón sentirá la luz.

Esta gran capacidad que tiene nuestra mente para enfocarse y reflexionar es, por sobre todas las cosas, para considerar a Jesús (Hebreos 12:3).


Devocional tomado del articulo “An Amazing (Unused?) Means of Change”

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