Cuida tu corazón del falso perdón 

Cuida tu corazón del falso perdón 

Catherine Scheraldi de Núñez

“Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos”, (Lucas 6:35). 

El perdón genuino es mucho más profundo que la ausencia del perdón. No es un parche superficial para mejorar una relación, sino que es cuando el corazón hace un giro de 180 grados en lo que piensa sobre el ofensor. Muchas veces creemos que hemos perdonado cuando en realidad la única cosa que hemos hecho es cubrir nuestro resentimiento. 

El perdón es reconocer que el Creador del mundo nos ha elegido, nos ha adoptado, murió por nuestros pecados pagando la deuda que no éramos capaces de pagar; y luego nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 1). Nosotros en respuesta daremos nuestra vida para agradecerle a Él, haciendo lo que Él quiere que hagamos. Al reconocer la profundidad de este amor que perdona, nos apremia obedecerle y demostrar el perdón que hemos recibido para con otros (2 Corintios 5:14-15). 

Aunque reconocemos que no podemos perder nuestra salvación (Juan 10:29), también sabemos que aquellos que no son salvos siguen muchas de las enseñanzas de Jesús. Muchas personas creen que son salvos cuando realmente no lo son. Leamos lo que Cristo dijo en Mateo 7:22-23 “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?‘ Y entonces les declararé: ‘Jamás os conocí; APARTAOS DE MÍ, LOS QUE PRACTICÁIS LA INIQUIDAD‘”. 

Si tenemos un espíritu implacable que no está dispuesto a perdonar, tenemos que reflexionar seriamente si en verdad somos salvos. El Espíritu Santo, quien mora en nosotros, nos convence de pecado, y si no sentimos o no tenemos convicción cuando rehusamos seguir sus enseñanzas, hay una gran posibilidad de que no seamos una de sus ovejas, ya que Marcos 11:26 nos dice que: “Si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras transgresiones”. 

Si realmente somos salvos y rehusamos perdonar a nuestros ofensores, estamos abriendo una oportunidad para que Satanás pueda zarandear nuestras mentes y nuestras vidas hasta que nos arrepintamos, y podamos vencer este espíritu maligno de no perdonar.  Sin embargo, si continuamos con un espíritu no perdonador, esto puede ser evidencia de que no somos salvos y es el mismo Señor quien nos entregará a Satanás para torturarnos en el infierno. En Mateo 18:23-34 leemos cómo Jesús comparó el reino de los cielos con una parábola sobre un rey que perdonó a su siervo una cantidad de dinero que era imposible pagar, y luego este mismo no perdonó a su consiervo de una deuda más pequeña. 

En los versículos 32-35 vemos la reacción del señor hacia él:  “siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti? Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano”. Si eres creyente y te rehúsas a perdonar, la separación que ocurre con Dios abrirá la puerta para que Satanás te zarandee, pero, eventualmente el Espíritu Santo te convencerá de obedecer, aunque terminarás pagando las consecuencias. 

Sin embargo, un espíritu no perdonador y la ausencia de la convicción del Espíritu Santo es evidencia de la ausencia de conversión, confirmando así lo que Filipenses 2:12-14 nos dice: “Así que, amados míos… ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito”. Aun cuando no tenemos el deseo de perdonar, nuestra obediencia prueba que confiamos en un Dios justo y perfecto (1 P. 2:23). Y a través de la obediencia, el Señor cambiará nuestros deseos mientras Él nos demuestra su amor y poder en el plan que tiene para nosotros, en la circunstancia donde nos encontremos (Jn. 14:21). 

El Señor nos ha dicho en 1 Samuel 15:22 que “el obedecer es mejor que un sacrificio” porque al obedecer, y aun más cuando es contra nuestra voluntad, es un sacrificio. Cuando perdonamos estamos presentándonos como sacrificio vivo y santo que es agradable a Dios (Ro. 12:1) y Él considera nuestras obras sacrificiales como “fragante aroma, sacrificio aceptable, agradable a Dios” (Fil. 4:18). Al Señor le agrada cuando perdonamos porque dice la Escritura: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma” (Ef. 5:1-2). 

Cuando Cristo nos perdonó en la cruz, Dios padre aceptó su sacrifico como un aroma fragante. No solamente lo aceptó, sino que lo recibió como un perfume de mucho valor que permea el ambiente; y cuando nosotros perdonamos a otros, Dios Padre se agrada igual. Como la mujer pecadora que, sin importar lo que la gente pensara de ella, se humilló y ungió los pies de Cristo. De la misma forma debe ser nuestra actitud con Él. Nuestras buenas obras deben permear el ambiente para recordar a aquellos a nuestro alrededor que servimos a un Dios vivo. 

Nuestro deber es andar en el Espíritu: “Digo, pues: Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis” (Gá. 5:16-17). La falta de perdón es un deseo de la carne y Romanos 8:6-8 es bien claro cuando dice: “Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz; ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios”. 

La habilidad de perdonar bíblicamente viene del mismo Señor según Efesios 2:10, “no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.”  Cada circunstancia o situación que estamos viviendo fue puesta personalmente por Dios para enseñarnos: 

  1. Lo que hay en nuestros corazones.  
  2. Nuestra disposición o no, de obedecerle.  
  3. Cuando vencemos nuestra carne y obedecemos nos demuestra “la sabiduría, autoridad y poder que Él tiene”. 

Entonces, en resumen, Él nos regenera dándonos la disposición de querer obedecerle, Él preparó las buenas obras para que anduviéramos en ellas y luego nos da el deseo y la habilidad de hacerlas. Como es Dios quien está obrando de principio a fin, un espíritu implacable es evidencia de que Dios no está obrando en dicha persona. 

Para que uno pueda dar el perdón bíblico a otros, primero es necesario recibir personalmente su perdón. Y cuando esto ocurre, nuestras buenas obras deben permear el ambiente como un perfume y aún más cuando se trata de nuestros enemigos, porque cualquiera puede hacer buenas obras hacia sus familiares, sus amistades y sus colegas. Incluso el mundo puede hacerle bien a un desconocido. Sin embargo, hacerle bien al enemigo es una obra del Señor la cual pone en evidencia que nuestro Dios ha resucitado y que Él sigue viviendo, reinando con autoridad y con poder, y que todo obra para la gloria de su nombre. 


Usted puede encontrar más contenido de Catherine Scheraldi de Núñez en su programa Mujer para la gloria de Dios, dirigido a mujeres con el fin de  orientarles acerca de cómo vivir su diseño para la gloria de Dios, en Radio Eternidad. 

Catherine Scheraldi de Núñez

Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer, de la Iglesia Bautista Internacional y es conductora del programa radial «Mujer para la gloria de Dios». Puedes seguirla en twitter.

La división del reino

9 OCTUBRE

1 Reyes 12 | Filipenses 3 | Ezequiel 42 | Salmo 94

La división del reino en dos partes dispares—el reino de Israel con sus diez tribus al norte y el reino de Judá con dos tribus al sur (1 Reyes 12)—nos presenta una dinámica asombrosa entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana.

Dios ya había anunciado, a través del profeta Ahías, que Jeroboam le arrancaría al sucesor de Salomón las diez tribus del norte (11:26–40). A Jeroboam se le dijo de manera explícita que, si permanecía fiel al Señor, este establecería para él una dinastía. No obstante, una vez Jeroboam asegura las tribus del norte, lo primero que hace es construir becerros de oro en Betel y en Dan, y consagrar sacerdotes no levíticos porque no quiere que su pueblo viaje hasta el templo en Jerusalén (12:25–33). ¿Acaso no se da cuenta de que si Dios tiene el poder para darle las diez tribus y la preocupación de advertirle sobre la infidelidad, ciertamente también lo tiene para preservar la integridad del reino del norte aunque el pueblo suba a Jerusalén para las fiestas principales? No obstante, Jeroboam ejecuta sus juicios políticos, rehúsa obedecer a Dios y se muestra desagradecido ante lo que se le ha concedido. Su único legado duradero es que, en todo el resto del Antiguo Testamento, se le nombra como “Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel” (2 Reyes 14:24, por ejemplo).

Más inexplicable aún es Roboam, el hijo de Salomón. Puede que Salomón haya sido un diestro administrador de la justicia, pero, al final de su vida, sus proyectos enormemente costosos estaban desgastando a su pueblo. Sus representantes le garantizan a Roboam que le serán fieles únicamente si les alivia un poco la carga. Los ancianos le aseguran a Roboam que su petición es razonable: debe tomar la actitud de siervo ante este pueblo y servirle, pues así descubrirá que ellos le servirán para siempre (12:7). Con una enorme insensibilidad y crasa estupidez, Roboam escucha el consejo de “jóvenes” ensimismados que no tenían la menor noción sobre la gente en general y sobre esta nación en particular (12:8), de manera que Roboam responde con dureza, no sólo rechazando la petición del pueblo, sino prometiendo más exigencias y mayor brutalidad. Y, de repente, la rebelión ha comenzado.

Aun así, el escritor comenta: “De modo que el rey no le hizo caso al pueblo. Las cosas tomaron este rumbo por voluntad del Señor, para que se cumpliera lo que ya él le había dicho a Jeroboam hijo de Nabat por medio de Ahías el silonita” (12:15). La soberanía de Dios (ver, por ejemplo, la meditación del 3 de junio) no excusa ni mitiga la insensatez de Roboam ni la rebelión de Jeroboam; su estupidez y pecado no significa que Dios haya perdido el control. Estos misterios de la providencia hacen difícil “leer” la historia; también se vuelven un enorme consuelo y nos permiten descansar en Romanos 8:28.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 282). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Atrapado!

lunes 9 octubre

Los caminos del hombre están ante los ojos del Señor… Prenderán al impío… y retenido será con las cuerdas de su pecado.

Proverbios 5:21-22

Él te librará del lazo del cazador.

Salmo 91:3

¡Atrapado!

Capturar a un mono en la selva tropical parece ser un ejercicio relativamente fácil. El cazador vacía un coco y hace tres agujeros en la cáscara: dos para pasar una cuerda y otro suficientemente grande para que un mono pueda meter su mano. Luego basta con meter una fruta en el coco, fijar el coco a un árbol… y esperar. Rápidamente un mono curioso introduce la mano en el coco y toma lo que encuentra en él. ¡Pero después no puede retirar su mano aferrada al botín! Y en vez de soltar lo que tomó para poder salvarse, el mono se agota luchando, sin ningún resultado. ¡Está atrapado, a merced del cazador! Se acabó la libertad, los grandes espacios del bosque… Si este mono no fue capturado para ser comido, ¡es probable que se quede para siempre tras las rejas de una jaula en un parque zoológico!

Nosotros también corremos el riesgo de dejarnos atrapar fácilmente por la curiosidad. «Solo una vez para ver», decimos antes de dar el primer paso que puede llevarnos a una adicción devastadora: juegos de dinero, alcohol, droga, pornografía, prácticas ocultas…

Querido lector, si está atrapado en una de estas trampas, no se agote tratando de encontrar una solución por sí mismo: ¡clame a Dios, el Dios de salvación! Él responde a toda alma sincera que está dispuesta a entregarle su vida. Le ayudará a renunciar a lo que lo esclaviza. Lo liberará y le revelará la felicidad de vivir con él.

“Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19).

Esdras 5 – Juan 3:22-36 – Salmo 114 – Proverbios 24:30-34

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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PRUEBAS BIENAVENTURADAS

PRUEBAS BIENAVENTURADAS

10/8/2017

Tenemos por bienaventurados a los que sufren.

Santiago 5:11

Santiago terminó su disertación acerca de las pruebas diciendo: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación [las pruebas]” (1:12). Las personas que soportan con éxito las pruebas y vencen la tentación son realmente felices. Santiago no dice que la felicidad es la libertad de las pruebas, sino la victoria sobre ellas. Hay una gran diferencia. No es el gozo superficial del espectador que nunca estuvo en el conflicto; es la alegría del participante que luchó y ganó. ¿Es su experiencia como la del primero o la del
segundo?

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Nuestro bien es el deleite de Dios

OCTUBRE, 08

Nuestro bien es el deleite de Dios

Devocional por John Piper

Haré con ellos un pacto eterno, por el que no me apartaré de ellos, para hacerles bien, e infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí. Me regocijaré en ellos haciéndoles bien, y ciertamente los plantaré en esta tierra, con todo mi corazón y con toda mi alma. (Jeremías 32:40-41)

Dios en búsqueda de nuestra alabanza y nosotros en búsqueda de deleitarnos en él son una misma búsqueda. El propósito de Dios de ser glorificado y nuestro propósito de ser satisfechos alcanzan su meta en esta única experiencia: nuestro deleite en Dios, que se desborda en forma de alabanza.

Para Dios, la alabanza es el dulce eco de su propia excelencia en el corazón de sus hijos.

Para nosotros, la alabanza es la cumbre de nuestra satisfacción, que surge de vivir en comunión con Dios.

La deslumbrante implicación de este descubrimiento es que toda la energía omnipotente que mueve el corazón de Dios a buscar su propia gloria también lo impulsa a satisfacer los corazones de aquellos que buscan gozarse en él.

Las buenas nuevas de la Biblia consisten en que Dios no se muestra para nada renuente a satisfacer los corazones de aquellos que esperan en él. Ocurre exactamente lo opuesto: aquello que puede hacernos más felices que ninguna otra cosa es también en lo que Dios se deleita con todo su corazón y con toda su alma.

Con todo su corazón y con toda su alma, Dios se une a nosotros en la búsqueda de nuestro gozo eterno, porque la consumación de ese gozo en él redunda en la gloria de su propia valía infinita.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 53-54

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«Orando en el Espíritu Santo»

8 de octubre

«Orando en el Espíritu Santo».

Judas 20

Observa la notable característica de la verdadera oración: «En el Espíritu Santo». La semilla de la devoción aceptable debe proceder de los graneros del Cielo. Solo la oración que viene de Dios puede volver a Dios. Las flechas que nos lanza el Señor tenemos que disparárselas de nuevo a él. El deseo que Dios ha estampado en nuestros corazones le conmoverá y nos traerá la bendición; pero aquellos deseos que son de la carne no tienen poder alguno delante de él.

Orar en el Espíritu Santo es orar con fervor. Las oraciones frías parecen pedirle al Señor que no las oiga. Aquellos que no ruegan con fervor no ruegan en absoluto. Hablar de oraciones frías es como hablar de un fuego frío. Es indispensable que la oración sea ardiente. Orar en el Espíritu es orar con perseverancia: el que ora con sinceridad va adquiriendo poder a medida que avanza en la oración y, cuando Dios tarda en responderle, ora con más fervor. Cuanto más tiempo la puerta permanece cerrada, tanto más fuerte es el aldabonazo de la oración; y cuanto más se demora el ángel en contestar, tanto más resuelta está ella a no dejarlo ir sin que la bendiga. Hermosa es a lo ojos de Dios la importunidad que llora, lucha y prevalece. Orar en el Espíritu es orar con humildad, pues el Espíritu Santo nunca nos hinchará de orgullo. Su misión es convencer de pecado y así humillarnos en contrición y quebrantamiento de espíritu. Nunca cantaremos Gloria in excelsis hasta que oremos a Dios De profundis. Debemos clamar de lo profundo, de otro modo jamás contemplaremos la gloria en toda su magnitud. Orar en el Espíritu es orar con amor. La oración debe estar perfumada con amor, saturada de amor: amor a nuestros hermanos y a Cristo. Además, la oración ha de estar llena de fe. El hombre solo prevalece cuando cree. El Espíritu Santo es el autor de la fe y quien alienta esta última para que oremos creyendo en las promesas de Dios. ¡Ojalá esta feliz combinación de virtudes excelentes, inapreciables y aromáticas como las especias de los mercaderes, sea fragante en nosotros por el Espíritu Santo que está en nuestros corazones! ¡Oh muy bendito Consolador, ejerce tu irresistible poder sobre nosotros ayudándonos con nuestras flaquezas en la oración!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 292). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Cuánto necesitamos a un Salvador, un rey celestial!

8 OCTUBRE

1 Reyes 11 | Filipenses 2 | Ezequiel 41 | Salmos 92–93

En pocas ocasiones encontramos la potencia que tiene la palabra pero en 1 Reyes 11:1: “Pero el Rey Salomón amó… a muchas mujeres extranjeras”. En aquellos días, el tamaño del harén del rey se consideraba un reflejo de su riqueza y poder. Salomón se casó con princesas de todas partes y, en particular, el escritor nos explica con dolor que “procedían de naciones de las cuales el Señor había dicho a los israelitas: «No os unáis a ellas, ni ellas a vosotros, porque de seguro que os desviarán el corazón para que sigáis a otros dioses»” (11:2).

Esto es justamente lo que sucedió, sobre todo cuando Salomón envejeció (11:3–4). No se opuso a la adoración de dioses ajenos. Para complacer a sus esposas, erigió lugares altos, altares y templos para sus deidades. Sin duda, muchos israelitas comenzaron a participar de esta adoración pagana. Como mínimo, a muchos se les debió adormecer su sentido de indignación, ya que Salomón tenía fama de ser un rey sabio, emprendedor y victorioso. Su idolatría pagana se extendió a los dioses detestables a quienes se les ofrecía niños como sacrificio. “Así que Salomón hizo lo que ofende al Señor y no permaneció fiel a él como su padre David” (11:6). Por supuesto que David también falló en ocasiones. No obstante, cuando sufría un desliz en su vida de principios dedicada a Dios, se arrepentía y regresaba al Señor; no vivió en una corriente de descuido religioso progresivo como su hijo y heredero al trono.

Se emitió la sentencia (11:9–13): después de su muerte, el reino de Salomón se dividirá y diez de las tribus se retirarán, dejando sólo dos para la dinastía davídica, y aun este mísero remanente se concede sólo por amor a David. Si Salomón hubiera sido otra clase de hombre, se hubiera arrepentido, buscado el favor del Señor, destruido todos los lugares altos y promovido la fidelidad al pacto. Pero la triste realidad es que Salomón prefirió a sus mujeres y las opiniones de estas antes que al Señor del pacto y la opinión de este. Durante los últimos años de su reino, Salomón recibió bastantes señales de que el favor protector de Dios se estaba retirando (11:14–40). No hay nada más triste que el esfuerzo inútil de Salomón por matar a Jeroboam, evento que nos recuerda el intento de Saúl de matar a David. Pero no vemos movimiento ni arrepentimiento, no hay hambre de Dios.

Aquí tenemos muchas lecciones. Ten cuidado con lo que amas y a quiénes amas. Los buenos comienzos no garantizan finales felices. Atiende a las advertencias de Dios mientras todavía hay tiempo; si no, te endurecerás tanto que ni las más serias amenazas te moverán. La dinastía más bendecida, protegida y dotada, elegida de entre el pueblo escogido de Dios, anuncia su fin: quedará deshecha. ¡Cuánto necesitamos a un Salvador, un rey celestial!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 281). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El espíritu crítico

Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.

Hechos 17:11

Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

2 Corintios 10:5

El espíritu crítico

En las instituciones de enseñanza profesional se busca desarrollar cada vez más el espíritu crítico de los estudiantes. Comprendemos el interés de esta práctica, dada la multiplicidad de canales de información, más o menos fiables. Es preciso ejercitarse para tener un juicio personal y poner orden en todo lo que oímos, lo que vemos o lo que leemos.

Pero los cristianos deben ser conscientes de los límites del campo de aplicación de este espíritu crítico. La inteligencia nos permite discernir algo del poder de Dios en la creación en la que vivimos (Romanos 1:20). Pero solo mediante el Espíritu de Dios podemos acceder a Su naturaleza, a Su santidad, a su amor, e incluso a lo que él hace por nosotros. El apóstol Pablo lo resume diciendo: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:11). Y también nos dice: “Ya que… el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes” (1 Corintios 1:21).

En el ámbito espiritual, la mejor manera de apreciar la rectitud de un pensamiento no consiste solo en aplicar nuestro espíritu crítico, sino sobre todo en someterlo a la luz de la Biblia, con la ayuda del Espíritu Santo.

¡Desconfiemos del hecho de usar solo la razón, pues muy a menudo Satanás la emplea para desviarnos!

Esdras 4 – Juan 3:1-21 – Salmo 113 – Proverbios 24:28-29

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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EL GOZO QUE NOS AGUARDA

EL GOZO QUE NOS AGUARDA

10/7/2017

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas.

Santiago 1:2

El gozo que sentimos en nuestras pruebas puede ser uno de los mayores gozos que experimentemos. Como una de las principales razones de que Dios envíe pruebas a nuestra vida es para probar la autenticidad de nuestra fe, ¿qué mejor ocasión para tener gozo que en una experiencia de sufrimiento que ha probado la realidad de nuestra salvación? Una seguridad fortalecida de nuestra salvación y de la confianza de que Dios cuida de nosotros, como se manifiesta en la realidad de que nuestro sufrimiento no pudo quebrantar nuestra fe ni separarnos de su amor, es causa de la mayor felicidad.

El verdadero gozo no es una emoción efímera y superficial. El gozo genuino resulta de factores mucho más profundos que de las circunstancias que brindan felicidad superficial. Si está atravesando las circunstancias negativas de la vida, andando a duras penas en la duda y el desaliento, ha olvidado que el verdadero gozo radica en la confianza de que su vida está escondida con Cristo en Dios. En la providencia de Dios, ese gozo y esa seguridad pueden ser más fuertes durante una prueba.

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Nosotros esperamos, él hace la obra

OCTUBRE, 07

Nosotros esperamos, él hace la obra

Devocional por John Piper

Desde la antigüedad no habían escuchado ni dado oídos, ni el ojo había visto a un Dios fuera de ti que obrara a favor del que esperaba en Él. (Isaías 64:4)

Pocas son las cosas que me han fascinado con mayor gozo que la verdad de que Dios ama mostrar su divinidad obrando a mi favor, y de que esta obra siempre ocurre antes de lo que yo pueda hacer por él, y está detrás de cada una de mis obras para él y en cada una de ellas.

En una primera instancia, decir que Dios trabaja para nosotros puede sonar arrogante de nuestra parte y denigrante hacia Dios. Sin embargo, esto se debe tan solo a la posible connotación de que yo soy un empleador y Dios busca trabajo. Esa no es la connotación de los pasajes bíblicos que dicen que Dios trabaja para nosotros. Un ejemplo es el de Isaías 64:4: «un Dios… que [obra] a favor del que [espera] en Él».

La connotación correcta al decir que Dios trabaja para mí es que yo estoy en bancarrota y necesito un rescate. Soy débil y necesito de alguien fuerte. Estoy en peligro y necesito de alguien que me proteja. Soy necio y necesito de alguien sabio. Estoy perdido y necesito un Salvador.

Que Dios obra a mi favor significa que yo mismo no puedo hacer la obra.

Y esto lo glorifica a él, no a mí. El Dador se lleva la gloria. El Poderoso recibe la alabanza.

Leamos las Escrituras y seamos libres del peso de nuestra carga. Dejemos que él haga la obra.

  1. «Desde la antigüedad no habían escuchado ni dado oídos, ni el ojo había visto a un Dios fuera de ti que obrara a favor del que esperaba en Él» (Isaías 64:4).
  2. «[Dios no] es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25).
  3. «Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).
  4. «Porque los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo» (2 Crónicas 16:9).
  5. «Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti… invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás» (Salmos 50:12, 15).
  6. «Hasta vuestros años avanzados, yo os sostendré. Yo lo he hecho, y yo os cargaré; yo os sostendré, y yo os libraré» (Isaías 46:4).
  7. «He trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (1 Corintios 15:10).
  8. «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmos 127:1).
  9. «El que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado» (1 Pedro 4:11).
  10. «Ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer» (Filipenses 2:12-13).
  11. «Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento» (1 Corintios 3:6-7).

Devocional tomado del articulo “11 Maneras que Dios Obra por Nosotros”

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