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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

«Orando en el Espíritu Santo»

8 de octubre

«Orando en el Espíritu Santo».

Judas 20

Observa la notable característica de la verdadera oración: «En el Espíritu Santo». La semilla de la devoción aceptable debe proceder de los graneros del Cielo. Solo la oración que viene de Dios puede volver a Dios. Las flechas que nos lanza el Señor tenemos que disparárselas de nuevo a él. El deseo que Dios ha estampado en nuestros corazones le conmoverá y nos traerá la bendición; pero aquellos deseos que son de la carne no tienen poder alguno delante de él.

Orar en el Espíritu Santo es orar con fervor. Las oraciones frías parecen pedirle al Señor que no las oiga. Aquellos que no ruegan con fervor no ruegan en absoluto. Hablar de oraciones frías es como hablar de un fuego frío. Es indispensable que la oración sea ardiente. Orar en el Espíritu es orar con perseverancia: el que ora con sinceridad va adquiriendo poder a medida que avanza en la oración y, cuando Dios tarda en responderle, ora con más fervor. Cuanto más tiempo la puerta permanece cerrada, tanto más fuerte es el aldabonazo de la oración; y cuanto más se demora el ángel en contestar, tanto más resuelta está ella a no dejarlo ir sin que la bendiga. Hermosa es a lo ojos de Dios la importunidad que llora, lucha y prevalece. Orar en el Espíritu es orar con humildad, pues el Espíritu Santo nunca nos hinchará de orgullo. Su misión es convencer de pecado y así humillarnos en contrición y quebrantamiento de espíritu. Nunca cantaremos Gloria in excelsis hasta que oremos a Dios De profundis. Debemos clamar de lo profundo, de otro modo jamás contemplaremos la gloria en toda su magnitud. Orar en el Espíritu es orar con amor. La oración debe estar perfumada con amor, saturada de amor: amor a nuestros hermanos y a Cristo. Además, la oración ha de estar llena de fe. El hombre solo prevalece cuando cree. El Espíritu Santo es el autor de la fe y quien alienta esta última para que oremos creyendo en las promesas de Dios. ¡Ojalá esta feliz combinación de virtudes excelentes, inapreciables y aromáticas como las especias de los mercaderes, sea fragante en nosotros por el Espíritu Santo que está en nuestros corazones! ¡Oh muy bendito Consolador, ejerce tu irresistible poder sobre nosotros ayudándonos con nuestras flaquezas en la oración!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 292). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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