(Jesús dijo:) El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama.

(Jesús dijo:) El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama.

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Juan 14:21

Matrimonio y familia

Algunos consideran el matrimonio como una institución social anticuada, otros temen comprometerse de forma duradera. Los que tuvieron una infancia difícil consideran la familia como un lugar de conflictos entre generaciones de épocas profundamente diferentes. La convivencia entre amigos parece más atractiva, menos exigente. «¿Qué necesidad tenemos de casarnos para vivir juntos?», dicen algunos. El individualismo y el placer sin presiones ni obligaciones parecen abrir el camino a la verdadera libertad. ¡Pero en realidad se vuelven esclavos de sí mismos!

Nuestros hijos crecen en un entorno que trata de destruir, en su corazón, la fe en el Creador, así como el respeto por todo lo que él estableció. Se les da una educación sobre la procreación que favorece esta evolución de las costumbres y conduce al rechazo, no solo de Dios, sino incluso del último rastro de moral fundado en lo que la Biblia enseña. ¡Se le quita al matrimonio todo su significado!

Pero quizás usted diga: ¿En nombre de qué se levanta contra este cambio? ¿En nombre de una moral caducada? ¡De ningún modo! Lo hacemos en nombre de la verdad de Dios, de Dios mismo, quien reveló su voluntad para que el ser humano fuese feliz. Solo la Biblia, mensaje de nuestro Creador, puede comunicarnos las referencias morales fundamentales necesarias para la vida de pareja y de familia.

“Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:5-6).

2 Samuel 22:1-30 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Quién es un discípulo?

¿Quién es un discípulo?

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3/1/2017

El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. (Mateo 10:38)

Un discípulo es alguien que confiesa a Cristo como Señor y Salvador, cree que Dios lo ha resucitado de los muertos, y declara esa fe públicamente mediante el bautismo. No es un tipo de cristiano de “nivel superior”.

Usted no tiene que esperar para ser discípulo en algún momento del futuro en su vida cristiana cuando haya alcanzado determinado nivel de madurez. Según Mateo 28:19-20, uno se convierte en discípulo en el momento de la salvación.

Algunos afirman que hay muchos cristianos que no son discípulos. Recuerdan el versículo de hoy y dicen que, para ser discípulo, hay que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguir a Cristo. Si no se llega a ese nivel de entrega, piensan ellos, entonces no se es digno de ser discípulo de Cristo. Pero no se puede separar el discipulado de la conversión.

Cuando alguien es salvo, recibe un espíritu dócil que se manifiesta por una disposición a hacer una confesión pública y a obedecer cualquier cosa que ordene Cristo. ¿Es entonces usted un discípulo?

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El origen de nuestro consuelo

MARZO, 01

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El origen de nuestro consuelo

Devocional por John Piper

Entonces ellos gritaron: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: ¿He de crucificar a vuestro Rey? Los principales sacerdotes respondieron: No tenemos más rey que el César.Así que entonces le entregó a ellos para que fuera crucificado. (Juan 19:15-16)

La autoridad que tenía Pilato para crucificarlo no atemorizaba a Jesús. ¿Por qué?

No porque Pilato estuviera mintiendo. Tampoco porque él no tuviera autoridad para crucificar a Jesús. Sí la tenía.

Por el contrario, esta autoridad no intimidaba a Jesús porque era derivada. Jesús le dijo: «Te fue dada de arriba». Eso significa que era verdaderamente autoritativa. No es menos, sino más.

¿Cómo puede no ser intimidante? Pilato no solamente tenía la autoridad para matar a Jesús; tenía la autoridad otorgada por Dios para matarlo.

Jesús no se sintió intimidado porque la autoridad de Pilato sobre Jesús estaba subordinada a la autoridad de Dios sobre Pilato. Jesús se consolaba en este momento no porque la voluntad de Pilato no tuviera poder, sino porque la voluntad de Pilato era guiada. No porque Jesús no estuviera en las manos del temor de Pilato, sino porque Pilato estaba en las manos del Padre de Jesús.

Eso significa que nuestro consuelo no viene de la falta de poder de nuestros enemigos, sino del reinado soberano de nuestro Padre sobre el poder de ellos.

Ese es el punto en Romanos 8:25-37. Tribulación y angustia y persecución y hambre y desnudez no pueden separarnos de Cristo porque «en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:35-37).

Pilato (junto con todos los adversarios de Jesús —y los nuestros—) lo pensó para mal, pero Dios lo encaminó a bien (Génesis 50:20). Todos los enemigos de Jesús se juntaron con la autoridad que Dios les dio «para hacer cuanto la mano de Dios y su propósito habían predestinado que sucediera» (Hechos 4:28). Ellos pecaron, pero a través de su pecado Dios salvó.

Por lo tanto, no nos sintamos intimidados por nuestros adversarios, que solo pueden matar el cuerpo. No solamente porque eso es lo único que pueden hacernos (Lucas 12:4), sino también porque todo ocurre bajo la supervisión atenta de nuestro Padre.

¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Y sin embargo, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Es más, aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos (Lucas 12:6-7).

Pilato tiene autoridad. Herodes tiene autoridad. Los soldados tienen autoridad. Satanás tiene autoridad. Sin embargo, ninguno es independiente. Toda la autoridad que ellos tienen es derivada. Toda ella está subordinada a la voluntad de Dios. No temamos. Somos preciosos ante los ojos de nuestro Padre soberano. Mucho más preciosos que los pajarillos no olvidados.

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Dios escucha

1 Marzo 2017

Dios escucha
por Charles R. Swindoll

Job 42:1-11

Cuando llega el día de ajustar cuentas, Dios siempre es justo. El Señor bendice a los que han caminado con Él. Perdona a quienes traen sus ofrendas y se humillan delante de Él. Dios restaura. Dios recompensa. Dios sana. Dios honra a Job, quien oró por sus amigos con un corazón sincero. Dios lo observó todo. Le sugiero que subraye Hebreos 6:10 en su Biblia: “Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el amor que habéis demostrado por su nombre, porque habéis atendido a los santos y lo seguís haciendo”. Eugene Peterson traduce las primeras palabras, en la versión de la Biblia The Message (El Mensaje), de la manera siguiente: “A Dios no se le escapa nada”.

Algunos de ustedes, que leen mis palabras, han sido víctimas de abusos terribles. Han sido víctimas de la peor clase de maltrato. Alguien en que usted confiaba se ha aprovechado de usted. Ha sido abandonado por su pareja, tratado injustamente, y abusado. Ha perdido una fortuna por medio de una maquinación fraudulenta. Cada uno de nosotros pudiera contar historias terribles de abuso y abandono, de mentiras y de trato injusto, que nunca fueron enmendados. Por lo tanto, vuelva por favor a esta gran verdad: Dios no olvida. Él no ajusta su plan a nuestra agenda. Su mesa de liquidación de cuentas no funciona en un horario de nueve a cinco. Él no se ocupa de nuestros casos cuando nosotros queremos que se los atienda. Yo quería que Dios fulminara a Elifaz en el mismo momento que dijo la primera palabra insultante contra Job.

El Señor esperó que dijeran todos sus sarcásticos discursos, se mantuvo silencioso durante todos los insultos, y finalmente les dice: “Elifaz, Bildad y Zofar, ustedes han estado equivocados”. ¡Dios escuchó! ¡Sí, Él escuchó! No dijo nada en el momento, pero escuchó todo. Él no es injusto para olvidar una palabra inadecuada. Y puedo asegurarle que Él no ha pasado por alto ninguna acción injusta cometida contra usted. Él tiene un plan perfecto. Su plan está en marcha. Cuando su agenda diga: “Ya”, su justicia se ejecutará y su mesa de liquidación de cuentas actuará con rapidez.

La disposición de las cosas de Dios no es un plan frustrado. Él no está sentado en un extremo del cielo mordiéndose las uñas y preguntándose qué va a hacer con nuestro mundo. Sabe exactamente lo que va a hacer, y en qué momento. Job ve eso con toda claridad…, ahora. Entiende, finalmente, que a Dios no se le escapa nada. A Él tampoco se le escapa nada que tenga que ver con su vida.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Ángel de la muerte»

«Ángel de la muerte»

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1 MARZO

Éxodo 12:21–51 | Lucas 15 | Job 30 | 1 Corintios 16

La Pascua no era solamente el clímax de las diez plagas, era también el comienzo de la nación de Israel. Sin duda, el faraón estaba harto de Moisés. Esta última plaga devastó a los primeros nacidos del país, símbolo de la fuerza, del orgullo y de la esperanza de una nación. Al mismo tiempo, este acontecimiento fue diseñado de tal manera que sirviese para enseñar algunas lecciones fundamentales, de forma gráfica, a los israelitas. Si el ángel de la muerte pasase por la tierra de Egipto, ¿qué principio sería el que distinguiría entre las casas que sufrirían la muerte y las casas donde todos los ocupantes sobrevivirían?

Dios dice a los israelitas que se congreguen en casas, cada una reuniendo a suficientes personas para consumir un cordero entero de un año. Se dan instrucciones muy detalladas para la preparación de la comida. La más extraña de estas instrucciones es que se unte con sangre los postes y el dintel de las puertas: “La sangre servirá para señalar las casas donde vosotros os encontréis, pues al verla pasaré de largo” (Éxodo 12:13). Este hecho se repite más tarde: “Cuando el Señor pase por el país para herir de muerte a los egipcios, verá la sangre en el dintel y en los postes de la puerta, y pasará de largo por esa casa. No permitirá el Señor que el ángel exterminador entre en vuestras casas y os hiera” (12:23). A causa de la sangre derramada, el Señor “pasaría de largo”; así nació la fiesta de la Pascua.

Sería imposible exagerar la importancia de este suceso. No sólo señala la liberación de los israelitas de la esclavitud, sino también el amanecer de un nuevo Pacto con el Redentor. Al mismo tiempo, constituye un cuadro vivo: un pueblo culpable se enfrenta a la muerte, y la única manera de librarse de la sentencia es la muerte de un cordero en lugar de los que están bajo la sentencia. El mismo calendario se cambia para señalar la importancia de este hito en la historia (12:2–3), y se les dice a los israelitas que celebren esta fiesta perpetuamente, en gran parte para instruir a los hijos aun por nacer con respecto a lo que Dios había hecho a favor de esta nación naciente y a la manera como sus hijos primogénitos fueron perdonados en la noche cuando Dios les redimió (12:24–27).

Un milenio y medio más tarde, Pablo recordaría a los creyentes de Corinto que Jesucristo, el Cordero pascual, fue sacrificado en nuestro lugar, inaugurando así un nuevo Pacto (1 Corintios 5:7; 11:25). En la noche en la cual fue traicionado tomó pan y vino, e instituyó un nuevo rito conmemorativo – y esto ocurre durante la misma festividad de la Pascua, como para enfatizar que este nuevo rito enlaza el antiguo con el suceso al cual apunta: la muerte de Cristo. El calendario vuelve a cambiar; una nueva redención se ha logrado. Dios sigue “pasando de largo” ante los que se hayan refugiado en la sangre del Cordero.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 60). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Hacer el balance

Hacer el balance

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Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 1 Corintios 4:4

Dios es el que justifica. Romanos 8:33

Hacer el balance sobre nuestra vida significa juzgar entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, lo útil y lo inútil… ¡suponiendo que seamos capaces de hacer esa evaluación!

En cada uno de nosotros hay un indicador que puede ayudarnos, es nuestra conciencia. En el origen latino de esta palabra está la idea de «saber». Pero como no sabemos todo, nuestra conciencia es obligatoriamente limitada. Por lo tanto es difícil hacer el balance, es difícil estar en paz, pues sería muy pretencioso creer que aquel que lo sabe “todo”, es decir, Dios, tiene la misma manera de ver las cosas que yo.

La Biblia habla mucho del bien y del mal, de justicia y de injusticia. Ella es la Palabra del Dios vivo; estemos, pues, atentos a sus advertencias. Ella revela algunas exigencias de Dios, entre las cuales hallamos: “Temerás a Dios”, “amarás a tu prójimo”, “no codiciarás”, “no cometerás adulterio”, etc. Nadie puede pretender haber respetado íntegramente sus exigencias. Para Dios todos somos culpables, pero también todos podemos ser absueltos, justificados, liberados definitivamente de toda acusación. Dios mismo dio el medio para salvarnos, a Jesucristo, quien fue condenado en nuestro lugar. El castigo que merecían nuestros pecados cayó sobre él (Isaías 53:5), entonces al fin podemos tener buena conciencia ante Dios. Y ahora nos invita, con bondad, a confiar en él y agradecerle.

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú” (Deuteronomio 30:19).

2 Samuel 21 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Final y totalmente justificados

FEBRERO, 28

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Final y totalmente justificados

Devocional por John Piper

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. (Romanos 8:33)

Pablo podría haber dicho: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» y luego responder: «¡Nadie! Estamos justificados». Eso es cierto, pero no es eso lo que dijo. Su respuesta, en cambio, fue: «Dios es el que justifica».

El énfasis no está en el acto sino en el Actor.

¿Por qué? Porque en el mundo de las cortes y leyes —de donde este lenguaje proviene— la absolución dada por nuestro juez puede ser anulada por uno superior.

¿Y qué pasaría en caso de que un juez local nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que un gobernador tiene el derecho de presentar un cargo en nuestra contra? ¿Y qué pasaría si un gobernador nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que el emperador puede presentar un cargo en nuestra contra?

El punto es el siguiente: por encima de Dios, no existe una corte superior. Si Dios es el que nos absuelve —nos declara justos ante sus ojos— nadie puede buscar a otra corte a la que apelar en contra nuestra. La sentencia de Dios es final y total.

Escuchen esto, todos aquellos que creen en Jesús, y están unidos a Cristo, y se muestran entre los elegidos: Dios es el que los justifica. No lo hace un juez humano, ni un gran profeta, ni un arcángel del cielo. Lo hace Dios, el Creador del mundo y el Dueño de todas las cosas y el Soberano del universo y de cada molécula y persona que hay en él. Dios es el que los justifica.

El punto es este: tenemos una seguridad inamovible frente a un sufrimiento terrible. Si Dios es por nosotros, nadie podrá lograr nada en nuestra contra. Si Dios dio a su Hijo por nosotros, él nos dará todo lo que sea bueno para nosotros. Si Dios es el que nos justifica, ningún cargo en nuestra contra prevalecerá.

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“Les debemos algo”

“Les debemos algo

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28 FEBRERO

Éxodo 11:1–12:20 | Lucas 14 | Job 29 | 1 Corintios 15

Las plagas devastadoras han seguido su curso predeterminado. Una y otra vez, el faraón endurece su corazón; no obstante, por muy culpable que sea este hombre, Dios está moviendo soberanamente los hilos, advirtiendo al faraón de hecho; implícitamente invitándole a que se arrepienta. Por ejemplo, mediante Moisés Dios ya había dicho al faraón: “Pero te he dejado con vida precisamente para mostrarte mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra. Tú, sin embargo, sigues enfrentándote a mi pueblo y no quieres dejarlo ir.” (9:16–17). Pero ahora la paciencia del faraón finalmente se viene abajo. Advierte a Moisés de que no vuelva a aparecer ante él: “El día que vuelvas a verme, puedes darte por muerto” (10:28).

Está preparado el escenario para la última plaga, la más grande y más terrible de todas. Tras las nueve catástrofes anteriores, sería de esperar que la descripción ofrecida por Moisés de lo que sucedería (Éxodo 11) haría que el faraón se lo pensara antes de decir que no otra vez. Pero se niega a escuchar (11:9); y todo esto ocurre para que, como Dios mismo dice, “las maravillas del Señor se multiplicaran en Egipto” (11:9).

En Éxodo 11–12, encontramos otra descripción, casi circunstancial, de la provisión soberana por parte de Dios. Éxodo 11 nos informa, casi parentéticamente, que “el Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas” (11:3). Luego se relata, en Éxodo 12, cómo los egipcios apremian a los israelitas a que abandonen el país (12:33). No es difícil entender las razones: ¿cuántas más plagas de este tipo serían capaces de soportar? Al mismo tiempo, los israelitas pidieron ropa, plata y oro. “El Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas, así que les dieron todo lo que les pedían. De este modo los israelitas despojaron por completo a los egipcios” (12:36).

Desde el punto de vista psicológico, y mirándola retrospectivamente, esta reacción parece lógica. Además del miedo que provocaron los israelitas entre los egipcios, tal vez también había sentimientos de culpa. ¿Quién sabe? “Les debemos algo.” También desde el punto de vista psicológico, uno podría, por supuesto, imaginarse un escenario completamente diferente: en un ataque de rabia, los egipcios podrían haber masacrado a la gente cuyo líder, Moisés, y cuyo Dios les ha traído tanta devastación y tanta muerte.

En realidad, sin embargo, este desenlace se produce, por la mano poderosa de Dios: el Señor mismo inclinó los afectos del pueblo egipcio hacia ellos.

A menudo, este hecho se les escapa a los sociólogos y a quienes tratan la cultura en su conjunto como si fuese un sistema. Se olvidan de que Dios puede intervenir y dirigir los corazones y las mentes de las personas. La posibilidad de un reavivamiento masivo capaz de transformar los sistemas de valores de Occidente ya no es tomado en serio por los que sólo piensan en términos de sistemas cerrados. Pero, si Dios interviene y hace que los corazones de la gente estén dispuestos a recibir la predicación del evangelio…

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 59). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Humíllese ahora

28 Febrero 2017

Humíllese ahora
por Charles R. Swindoll

Job 42:1-11

Fíjese bien en las palabras de Job. Él no responde diciendo: “Eso es discutible”, sino que, por el contrario dice: “Me retracto y me arrepiento”. No hay ninguna presión divina. No hay una amenaza de parte de Dios. “¡Job, si no te pones de rodillas y me pides misericordia, te voy a destruir!”

No, sino que con sumisión blanda y resignada Job deja su caso en manos de Dios. “Tú me instruyes, y como resultado de tu instrucción me someteré gozosamente y aceptaré tu voluntad”. ¿Sabe lo que me encanta de esta actitud de Job? No habla para nada de “mis derechos”. No hay ningún indicio de prerrogativa personal. No hay ninguna expectativa o exigencia. No hay siquiera la petición de que Dios lo comprenda o lo defienda delante de sus conflictivos amigos. Asimismo, no hay un espíritu de autocompasión o de irritabilidad o depresión. Job está completamente tranquilo. Su ser íntimo está, por fin, en paz.

Usted podría decir: “Bueno, si Dios me hubiera bendecido a mí como bendijo a Job, yo también diría lo mismo”. Pero, espere un momento. Él todavía no ha recibido alivio ni una recompensa. El hombre sigue cubierto de llagas. Todavía no tiene una familia. Sigue sin un techo. Continúa en la ruina. Sin que nada externo haya cambiado, Job dice tranquilamente: “Señor, soy tuyo”.

Concéntrese en el momento. Humíllese en el momento, no después de que Dios lo exalte, sino ahora mismo. No espere. Retroceda, deje de discutir y descanse en Él. Es admirable la manera como el Señor tranquilizará su espíritu y le transportará a una esfera de contentamiento que usted nunca había conocido antes, a pesar de que la mayoría de las respuestas están faltando. Los filósofos de este mundo exigen respuestas. El creyente que aprende ahora a confiar por medio de esta clase de catastrófica experiencia, cueste lo que cueste, no exige nada. Y las angustias desaparecen lentamente, una tras otra.

“Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará” (Santiago 4:10).

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 los por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿A mí no me hablas?

¿A mí no me hablas?

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(Pilato dijo a Jesús): ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.

Juan 19:10-11

Algunas preguntas de la Biblia

Esta fue la pregunta hecha por un juez a un acusado que comparecía ante su tribunal. El juez era Pilato, el gobernador romano de Jerusalén que tenía autoridad para decidir si el acusado debía vivir o morir. El acusado era Jesús, detenido como malhechor. A Pilato le sorprendió que Jesús no respondiese a todas sus preguntas y que no hablase para defenderse, e insistió: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte?”. Entonces Jesús le respondió que no tendría ningún poder si Dios no se lo hubiese dado.

La actitud de Jesús nos muestra en qué casos hay que callar o responder cuando alguien nos interroga. Jesús no habló para defenderse, sino más bien para llevar a su juez a reconocer la verdad. Cumplió la profecía que dice: “Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció” (Isaías 53:7), y al mismo tiempo “dio testimonio de la buena profesión” (1 Timoteo 6:13).

Fácilmente nos inquietamos cuando somos interrogados sobre nuestra fe. Jesús lo sabe muy bien, por eso nos dice: “No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Marcos 13:11). Hablemos de nuestra fe en el momento adecuado y experimentaremos la ayuda del Señor en las situaciones difíciles.

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).

2 Samuel 20 – Hechos 9:23-43 – Salmo 27:9-14 – Proverbios 10:22-23

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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