CONSUELO LEGALISTA

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CONSUELO LEGALISTA

alimentemos_el_alma   La angustia de Job viene ahora de quienes debieran ser fuente de consuelo, los amigos. Le habían venido a visitar con ese propósito. Todos ellos son gente de poco discernimiento espiritual. Conocen la justicia de Dios, pero ignoran la gracia y la misericordia. A causa de esto fueron consuelo para Job en la primera semana, cuando estuvieron en silencio, pero espinas hincadas cuando comenzaron a hablar.\

       El problema surge de una incorrecta perspectiva sobre la causa de la aflicción. Amontonan contra él críticas, humillaciones y acusaciones. Es la dimensión propia del legalista que sólo ve problemas en el hermano y que tiene una limitada comprensión del Señor. Cree que Dios castiga por pecado y se olvida de que Él permite las pruebas. Así pensaban los discípulos cuando preguntaron a Jesús sobre el ciego de nacimiento: ¿Quién peco, este o sus padres para que naciese ciego? El legalista es sentencioso y condenatorio. El primero en hablar con Job fue Elifaz. Éste descansa en su propia experiencia. Es un hombre mayor que cree que lo sabe todo (15:10). En lugar de consolar predica. Considera que Job necesita un examen personal que le indique cual es la causa de la prueba. Le acusa de falta de fe y de impaciencia (4:5), aprovechando para decirle que está recibiendo lo que merece, porque Dios no es injusto para castigar al bueno, por tanto, si estaba en depresión y en prueba es porque no era justo como dice. El que acusa se considera un hombre espiritual con mucha experiencia (4:12-17); tuvo visiones (v. 13); aprendió que Dios no actúa incorrectamente (v. 17); por tanto la angustia vital era el resultado de una mala relación con Dios. Al que está en prueba se le recomienda que reconozca que es un castigo divino y que debe confesar su pecado para ser restaurado (5:27). Hay muchas veces, en la vida del que está sufriendo, consoladores sin entendimiento. ¡Dios nos libre de caer en el consuelo del legalista! Pero más aún: Dios nos libre de ser legalistas para otros juzgándolos sin piedad. Eso es un notable pecado.

       Tal vez estés en una situación semejante. Quiero dejarte una palabra de aliento. Deja de ver a los que te rodean y contempla a los victoriosos de la fe, todos zarandeados por el sufrimiento y las pruebas (He. 11:36-40). Mira sobre todo al Hijo de Dios. Ningún sufrimiento más injusto, humanamente hablando, que el suyo. El que “no conoció pecado” (2 Co. 5:21), está en la Cruz diciendo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Pero también dijo: “… me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn. 16:32). ¡Que bendita seguridad! Como fue con Él será también con nosotros. La dificultad y la angustia son permitidas para fortalecer nuestra fe (1 P. 1:6-7). Siempre la aflicción será por un tiempo limitado. La Biblia es el medio de consolación y esperanza (Ro. 15:4). La lectura y meditación de la Escritura producirá en nosotros paciencia y consuelo, porque en ella promete Dios que “a los enlutados levanta a seguridad” (5:11). Refugiémonos en ella y encomendemos nuestra causa al Señor. Abramos hoy la Biblia, volvamos a ella, lloremos sobre sus páginas y encontraremos en ella cuanto necesitamos.

Señor, dame la paz de tu consuelo, la calma de tu aliento y el gozo de tu gracia.

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HORA DE ESCOGER

HORA DE ESCOGER

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Eric Lyons

alimentemos_el_almaCASI TODOS LOS HISTORIADORES de reputación reconocen que un hombre llamado Jesús vivió y murió en la tierra de Palestina alrededor de 2,000 años atrás. Incluso la mayoría de ateos acepta la historicidad de Jesús de Nazaret. Simplemente hay evidencia irrefutable para la existencia de un hombre llamado Jesús que vivió y murió en el primer siglo. De hecho, simplemente al reconocer el “primer siglo”, se está describiendo un tiempo basado en el nacimiento de Jesús. Todo nuestro sistema de datación se basa en este hombre conocido como el Cristo (“a.C.”, antes de Cristo, y “d.C.”, después de Cristo). Los judíos, musulmanes, hindúes e incrédulos (en gran parte) aceptan que Jesús fue un ser humano real.

Sin embargo, aunque la mayoría de gente que sabe algo de historia admite que Jesús fue una persona real, relativamente pocos creen que Él fue Dios en la carne (como la Biblia repetidamente enfatiza). Ellos pueden decir que Él fue un hombre bueno, o que fue un filósofo renombrado o un gran maestro de moralidad, pero la mayoría de estas personas no cree que fue (como Pedro declaró algo de 2,000 años atrás) “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).

¿Alguna vez ha pensado en lo que la gente realmente está diciendo cuando niega la deidad de Cristo, pero a la vez cree que Él fue un hombre bueno? Ellos están diciendo que Él no fue Quien dijo ser—el Hijo de Dios. Están sugiriendo que aunque Jesús recibió aclamaciones de deidad de los hombres (cf. Juan 1:29,41,49; 20:28) y reclamó ser Dios una y otra vez (Marcos 14:62; Juan 9:36-38; 10:30; et.al.), lo que dijo no fue verdad. Pero a la vez también sugieren que Jesús fue un “hombre bueno”.

Realmente solo hay tres explicaciones que se puede presentar en cuanto al Cristo: (1) Él fue el más grande mentiroso que el mundo conociera; (2) fue un lunático que simplemente pensó que era Dios; o (3) fue Quien reclamó ser—Dios. Hablando lógicamente, no existe otra opción. Casi nadie que esté familiarizado con la vida y enseñanzas de Jesús ha sugerido que Jesús fue un loco. Ningún loco o lunático pudiera responder preguntas con la sabiduría y autoridad profunda de Cristo (cf. Mateo 7:28-29). ¿Qué loco enseñaría que debemos hacer por otros lo que queremos que ellos hagan por nosotros? Los dementes no enseñan que debemos “dar la otra mejilla” y luego dan un ejemplo de lo que eso significa—incluso hasta la muerte. La locura no puede producir tal genio. Por esta razón, casi nadie ha llegado al punto ilógico de llamar lunático a Cristo.

Además, incluso la mayoría de incrédulos más renombrados no ha estado dispuesta a describir a Jesús como un mentiroso o charlatán. El incrédulo Henri Rousseau una vez escribió: “Si la vida y muerte de Sócrates fueron las de un sabio, la vida y muerte de Jesús fueron las de un Dios” (Emile, 1.4). El humanista y enemigo devoto del cristianismo, Joseph Renan, llamó a Jesús una “persona sublime”, y declaró que en Él “está condensado todo lo que es bueno y noble en nuestra naturaleza” (Vida de Jesús, capítulos 1 y 28). Lo cierto es que pocas personas durante la historia han declarado que Cristo fue un mentiroso o lunático.

Pero si Jesús no fue un mentiroso o lunático, entonces, y lógicamente, debe ser Quien reclamó ser: el Hijo de Dios. Nadie puede sostener racionalmente que Jesús fue un hombre bueno pero a la vez que no fue el Hijo de Dios. Él fue ambas cosas, o no fue ninguna de ellas. Cristo fue un lunático, o un mentiroso, o el Señor. Es hora de escoger, pero escoja sabiamente, ya que su destino eterno está en juego.

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El eterno YO SOY

El eterno YO SOY

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Charles R. Swindoll

Mientras sus ojos no estén fijo en el Señor, usted no podrá resistir los días que van de mal en peor.

¡Fije sus ojos en el Señor! Hágalo una vez. Hágalo a diario. Hágalo diez mil veces, cien mil veces. Hágalo constantemente. Cuando su calendario le pone presión, cuando sus perspectivas se diluyen, cuando su esperanza se apaga, cuando la gente lo desilusiona, cuando los sucesos se vuelven en su contra, cuando los sueños mueren, cuando las paredes se estrechan, cuando la prognosis se ve lúgubre, cuando su corazón se parte, mire al Señor, y siga mirándolo a Él.

¿Quién es Él? Él es Jehová, el eterno YO SOY, el soberano Señor del universo. Él no puede hacer lo injusto; es contra su naturaleza. Él nunca ha perdido el control. Siempre es fiel, inmutable, todopoderoso, omnisciente, bueno, compasivo, lleno de gracia, sabio, lleno de amor, soberano, confiable.

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La Biblia Dice…

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David Logacho
2016-09-25

La primera consulta para el programa de hoy nos ha sido hecha por una amiga oyente de Santiago de Chile. Dice así: Tengo 13 años y recibí a Jesucristo como mi Salvador cuando tenía 8. Hace unos pocos días, me habló un joven creyente de la iglesia para decirme que ha estado orando al Señor para que yo sea su enamorada y para pedirme que yo también ore al Señor para buscar su dirección y después le dé una respuesta. Yo nunca he tenido ningún interés en ese joven, y además me parece que estoy muy niña como para entrar en una relación formal de enamoramiento con alguien. ¿Me pueden dar algún consejo?

Con mucho gusto amiga oyente. Antes de nada, permíteme señalar que el enamoramiento es la fase previa al matrimonio. Digo esto para rebatir la idea común en muchos jóvenes, tanto hombres como mujeres, quienes ven al enamoramiento como un pasatiempo, o como un hobby. Por eso es que existen jóvenes, tanto hombres como mujeres, que hoy están enamorados de alguien y mañana están enamorados de alguien diferente y así sucesivamente. El joven que ha hablado contigo parece ser un joven maduro, por cuanto ha estado orando por ti desde hace tiempo y por cuando te ha pedido que tú también ores para buscar la dirección del Señor para tu vida en relación con el enamoramiento. Tú dices que nunca has tenido ningún interés en ese joven. Bueno, eso no es problema, porque si la voluntad de Dios es que tú seas enamorada de él, Dios mismo pondrá en ti el interés que por ahora no tienes en él. Recuerda que el amor que debe existir entre los enamorados no es algo que nace sino algo que se tiene que aprender. Tú decides lo que amas y lo que no amas. Es cuestión de la voluntad y no de las emociones. Donde me parece que existe mayor dificultad es en tu corta edad. 13 años me parece muy temprano como para entrar a una relación seria de enamoramiento. Percibo que a ti también te parece que estás muy niña para enamorarte. La Biblia dice en Cantares 2:7 que no es prudente hacer despertar ni hacer velar al amor hasta que quiera. Parece que a ti todavía no te ha llegado el tiempo para hacer despertar al amor. Siendo así, yo te aconsejaría que con sinceridad busques la dirección del Señor en oración sobre este asunto. Lee mucho tu Biblia, ora mucho al Señor y si persiste ese pensamiento que todavía no es tiempo para hacer despertar al amor, lo prudente será hablar con aquel joven para decirle que simplemente no estás lista para comenzar una relación de enamoramiento. Mientras llegue el tiempo para hacer despertar al amor, espera confiada en la dirección del Señor. Mientras tanto, dedica tu tiempo por entero a tus estudios, a tu familia, a tu iglesia, a tus amigas y amigos. Si tú te mantienes fiel al Señor, él mismo se encargará de mostrarte cuando es la hora para comenzar una relación de enamoramiento y él mismo se encargará de traer a tu vida el joven a quien tú harás feliz y quien te hará a ti feliz. No olvides que la relación de enamoramiento debe ser con el total acuerdo de tus padres, de los padres de él y de los líderes de la iglesia. Si no tienes luz verde de todas estas personas, es mejor que no entres a una relación de enamoramiento. Espero que esta sugerencia te ayude a tomar una decisión correcta.

La segunda consulta de hoy nos ha sido hecha por una amiga oyente de Quito, Ecuador. Dice así: Según Mateo 17:24 tanto Pedro como Jesús, fueron requeridos a pagar las dos dracmas. ¿Por qué tenían que pagar esto?

Gracias por su consulta amiga oyente. Vamos a leer el pasaje que se encuentra en Mateo 17:24-27 donde dice: “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, vé al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.” Jesús estaba en la casa y Pedro afuera. En eso, se acercaron a Pedro los que cobraban las dos dracmas. En cuanto a su valor, un dracma era lo que ganaba un jornalero por un día de trabajo. Es decir que Pedro y Jesús tenían que pagar el equivalente a dos días de trabajo. Pero ¿por qué es que Pedro y Jesús tenían que pagar estas dos dracmas? Bueno, este era un impuesto que tenían que pagar cada año los varones judíos mayores de veinte años y el dinero recaudado servía para el sostenimiento de la casa de Dios. El cobro de este impuesto se remonta al cumplimiento de la palabra de Dios en Éxodo 30:11-14 donde dice: “Habló también Jehová a Moisés, diciendo: Cuando tomes el número de los hijos de Israel conforme a la cuenta de ellos, cada uno dará a Jehová el rescate de su persona, cuando los cuentes, para que no haya en ellos mortandad cuando los hayas contado. Esto dará todo aquel que sea contado; medio siclo, conforme al siclo del santuario. El siclo es de veinte geras. La mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová. Todo el que sea contado, de veinte años arriba, dará la ofrenda a Jehová” Este es el impuesto que se estaba cobrando a Pedro y a Jesús. Medio siclo expresado en dinero del tiempo de Jesús era equivalente a dos dracmas. Jesús explicó a Pedro que los miembros de la familia real están exentos del pago de impuestos. Así, Jesús, el Hijo de Dios, no tenía la obligación de pagar para el sostenimiento de la casa de Dios. Sin embargo, para evitar ofensas, estaba dispuesto a pagar. Jesús no tenía el dinero para pagar, ni tampoco Pedro. Gran dilema para los que piensan que Jesús y sus seguidores eran ricos. Jesús por tanto mandó a Pedro a pescar. El primer pez que muerda el anzuelo tendría en su boca un estatero, moneda equivalente a cuatro dracmas, cantidad exacta para pagar el impuesto de Jesús y Pedro. Impresionante manifestación del poder de Jesús sobre la naturaleza y de la omnisciencia de Jesús. Imagine la escena. Jesús sabía que en el fondo del mar de Galilea, había una moneda. Ordenó a un pez que se coma la moneda, cosa que no es común que hagan los peces, y la guarde en su boca, luego que espere el anzuelo de Pedro y tan pronto lo vea lo muerda. El pez obedeció sin titubear y eso proveyó el dinero que necesitaban Jesús y Pedro para cumplir con sus deberes sociales.

La siguiente consulta nos hace un amigo oyente de Quito, Ecuador. Dice así: ¿Tiene algún significado el hecho que a Jesús le hayan puesto una corona de espinas antes de ser crucificado?

Ciertamente sí, amigo oyente y para apreciarlo en toda su dimensión es necesario remontarnos al primer libro de la Biblia, el libro de Génesis. En este libro, en el capítulo 3 se nos relata ese episodio fatídico cuando el hombre y la mujer caen en pecado y hunden a sus descendientes y a la naturaleza en general en las terribles consecuencias del pecado. Parte de la consecuencia del pecado del hombre lo tenemos en Génesis 3:17-19 donde dice: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor del rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Como consecuencia del pecado del hombre, Dios maldijo la tierra y en lugar de producir de suyo toda planta y todo árbol, la tierra comenzó a producir de suyo espinos y cardos. Para que el hombre pueda extraer de la tierra su alimento necesitaría luchar contra la tendencia natural de la tierra de producir espinos y cardos. Los espinos y cardos que produce la tierra son el símbolo de una tierra maldita por el pecado. Pero qué interesante. Los soldados romanos tomaron lo que la tierra produce de sí, como resultado de la maldición, las espinas y con ello fabricaron una corona para colocar sobre la cabeza de Jesús. Sin ellos advertirlo, estaban simbolizando que el sacrificio de Cristo, servía no solo para la salvación eterna del pecador sino también para quitar de en medio la maldición que, como consecuencia del pecado, pesa sobre la tierra. El sacrificio de un Cristo llevando una corona tejida de espinas, es señal de que algún día, la tierra entera será liberada de la maldición del pecado. Eso se cumplirá en la consumación de los tiempos, cuando la maldición por el pecado sea totalmente eliminada en los cielos nuevos y la tierra nueva. Note lo que dice Apocalipsis 22:3 “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estarán en ella, y sus siervos le servirán.” Como Usted podrá notar, en estos nuevos cielos y nueva tierra, no habrá más maldición. La obra perfecta de Cristo en la cruz, logró que se elimine la maldición que pesa sobre la tierra actual a causa del pecado. La corona tejida de espinas que fue puesta sobre la cabeza de Jesús antes de ser crucificado nos debe llevar a meditar en este hecho.

Disponible en Internet en: http://www.labibliadice.org

Contenido publicado con autorización de:
La Biblia Dice
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EL LEGALISMO Y EL ESPÍRITU HIPERCRÍTICO

 

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EL LEGALISMO Y EL ESPÍRITU HIPERCRÍTICO

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Sugel Michelén

Pocas cosas pueden tener un mayor potencial de división en las iglesias que el legalismo, porque el legalismo promueve un espíritu hipercrítico que impide la verdadera comunión cristiana. El legalismo, como bien ha dicho alguien, eleva las preferencias personales a la categoría de mandatos bíblicos; ¡y ay de aquel que no se someta a las reglas!

Alguien escribió siete pasos sencillos para convertirse en un legalista:

1.     Inventa reglas que no están en la Biblia.

2.     Esfuérzate por cumplir esas reglas.

3.     Castígate a ti mismo cuando no las cumplas.

4.     Enorgullécete cuando las obedezcas.

5.     Constitúyete a ti mismo en juez de los demás.

6.     Enójate con aquellos que rompan tus reglas o que tengan reglas distintas a las tuyas.

7.     “Golpea” a los perdedores.

Por eso Pablo tiene que advertir a los Colosenses: “Que nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo” (Col. 2:16).

Pablo sabía que los legalistas no se contentan con seguir sus propias reglas para ganar el favor de Dios, sino que quieren meter a todo el mundo en el mismo molde.

Y es lógico que así sea. Si yo me siento superior a los demás por las reglas que guardo, debo “ayudar” a los demás a alcanzar mi estatura espiritual siguiendo mis reglas.

En la parábola de Lc. 15, es obvio que el hermano mayor se sentía superior a su hermano menor y que había generado hostilidad hacia él (“ese hijo tuyo”, vers. 30). Eso es lo que produce el legalismo. Un espíritu de superioridad que es al mismo tiempo hostil hacia los demás.

Y ¿saben una cosa? La razón por la que muchas personas se mantienen alejadas de las iglesias es porque perciben ese síndrome del hermano mayor en muchos de los que están dentro.

Es interesante notar que el Señor concluye esta parábola dejando al hermano mayor fuera de la fiesta, y al hermano menor dentro de ella. El Señor no vino a buscar a los que se creen justos, sino a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Para disfrutar de esa fiesta, lo primero que necesitamos es saber que somos pecadores.

Y si eso es lo que somos a final de cuentas, ¿por qué ese espíritu de superioridad? ¿Qué tú tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

 

La misión de la iglesia es misión en santidad

La misión de la iglesia es misión en santidad

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(Efesios 1:1–14; 4:17–5:5; 5:6–6:20; 3:14–21)

Es difícil hablar de la santidad de la iglesia. En la ecclesiología hemos tenido que crear algunas distinciones cuidadosas—tales como: visible vs. invisible; forma vs. esencia; ideal vs. real; institución vs. comunidad y perfecta vs. imperfecta— con el propósito de entender el dolor que tenemos por la falta de santidad en la Iglesia. El agua de la santidad fluye fuerte y profundamente en Efesios. También hemos visto que aquí los «santos» son una imagen dominante. Pablo llama a los efesios a una vida santa (5:1–21), llamados a ser luz en las tinieblas (5:8–14), a combatir el mal y los poderes del aire como soldados listos para la guerra (6:10–18). Todo esto afirma la confesión del Credo de los Apóstoles concerniente a la santidad de la Iglesia: «Creo en la santa iglesia universal».

Recibimos por fe la santidad de la Iglesia (Efesios 1:1–4). Es un don de Dios, afirmado por Él mismo como su propósito para nosotros. Pablo empieza su epístola con un himno antiguo en donde se exaltan diez bendiciones que describen la misión de Dios a través de las edades. Este pensamiento se expresa en forma de una letanía de alabanza a las obras de las tres Personas de la Trinidad. ¿Qué ha hecho Dios por nosotros? Nosotros somos:

Por el Padre: 1. escogidos, 2. hechos santos, 3. predestinados, 4. adoptados
CORO: para la alabanza de su gloria

Por el Hijo: 5. redimidos, 6. perdonados, 7. hechos conocedores del misterio, 8. unidos en Cristo, 9. herederos con él.
CORO: para la alabanza de su gloria

Por el Espíritu: 10. sellados
CORO: para la alabanza de su gloria

Con el lenguaje poético de este himno se explica nuestra naturaleza como pueblo santo de Dios. Recibimos esta afirmación por fe porque no podemos verla. Cuando miramos nuestras vidas como individuos no vemos mucha santidad. Con la boca confesamos que somos santos (como en Efesios 1:1); pero con la mente sabemos, y con el corazón sentimos, que somos pecadores andando como los gentiles en la vanidad de nuestras mentes, Efesios 4:17.

Así proseguimos, luchando individual y colectivamente por alcanzar la santidad que se expresa en la idea de ser el Cuerpo de Cristo (Efesios 4:17–5:14). Pablo, el apóstol de los gentiles, condena una serie de prácticas realizadas por ellos y hace brillar la luz resplandeciente de la Palabra sobre ciertos aspectos culturales de sus seguidores señalando las prácticas equivocadas que deben modificarse en la vida de aquellos que han llegado a ser un «nuevo hombre» (4:24). Estas vidas transformadas crean orgánicamente una nueva cultura transformada. Pablo enfatiza unas prácticas y unas actitudes muy personales como son: la sensualidad, la lascivia y la inmoralidad (4:19, 22; 5:3); la avaricia (4:19, 28 5:3), el hurto (4:28); la falta de diligencia en el trabajo (4:28); el lenguaje profano (4:29; 5:4) la amargura y la cólera (4:26–27, 31); la mentira (4:25) y la codicia (5:5). El apóstol llama a los miembros de la congregación a ser «hijos de luz», cada uno dando su iluminación por medio de los «frutos de bondad, justicia y verdad» con tal de que su luz haga desvanecer las tinieblas en las vidas de otros y pueda a su vez llamarlos a «despertar» y «levantarse de los muertos» para que «Cristo brille» en ellos (Efesios 5:8–14).

En el contexto de este pasaje, Pablo sólo habla de la conducta individual. Él quiere que sepamos que la iglesia como organismo se ve afectada por la manera en que los miembros hablan, cómo llevan a cabo sus trabajos, cómo usan o abusan de sus cuerpos, cómo piensan y se autoevalúan, y cómo se relacionan con los que sufren necesidad. Así que la santidad de la Iglesia queda directamente afectada por la vida de cada «nueva criatura». Cada miembro demuestra ser parte del Cuerpo de Cristo en su forma de vivir en el mundo. La manera de pagar nuestros impuestos, de administrar nuestra familia y nuestras finanzas, de votar políticamente, y de hablar en público o en privado tiene una conexión íntima con la santidad de la Iglesia.

Por el hecho de ser miembros del cuerpo, cuando confesamos nuestra creencia en la santidad de la Iglesia, confesamos nuestro compromiso con nuestra propia santidad. Esto incluye el llamado a la transformación de la cultura, la economía, la política, la educación y aún el estilo de vida de los creyentes.58 Pablo desea que reconozcamos que nuestra santidad se vive dentro de las situaciones de la vida personal individual como una expresión de la santidad de la Iglesia. (Efesios 5:6–6:20).

La Iglesia como una comunidad de «los hijos de luz» (5:8) ilumina las partes más oscuras del mundo a través de la santidad de sus miembros, tanto individual como colectivo. Matero dice que los discípulos de Jesús son «la luz del mundo» (Mateo 5:14). También, Pablo dice que la santidad de la Iglesia se relaciona con la santidad en la adoración (Efesios 5:19–20), la santidad en la organización y sumisión de la iglesia local (5:21),59 la santidad en relaciones matrimoniales (5:22–33), la santidad en ser padres de familia (6:1–4) y la santidad en el trabajo (6:5–9).

La santidad de la Iglesia en la sociedad es nuestro punto de batalla, «no contra sangre y carne sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (6:12). En medio de tan gran maldad individual y colectiva, la Iglesia nunca debe pensar que la fuerza política y económica puede reemplazar la fuerza de la santidad de la Iglesia en Cristo Jesús. La Iglesia organizada así como individualmente debe mantenerse firme en la verdad. Es decir, debe estar rodeada de la verdad como con un cinturón alrededor de su cuerpo; poniéndose el evangelio como si fuera calzado; y manteniendo la fe como un escudo de defensa contra la opresión y el pesimismo. La Iglesia debe proclamar la salvación con certeza, pregonar la Palabra de Dios como un golpe de ofensiva contra el mal, y orar fervientemente como una contraseña que presenta las necesidades del mundo a Dios (Efesios 6:10–20). Una vez que la Iglesia se haya vestido con la armadura que Pablo describe, estará lista para comenzar a cambiar al mundo a través del ejercicio de la verdadera santidad misionera.

La verdadera santidad crece en amor (Efesios 3:17b–19). En Efesios 3:14–21 Pablo describe con detalle la santidad como un «poder en el hombre interior por su Espíritu» (3:16), como «Cristo habita por la fe en vuestros corazones» (3:17) siendo «llenos de toda la plenitud de Dios» (3:19). ¿Qué es lo que está al centro de la santa presencia de Dios en la Iglesia? ¡Amor! «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros», dijo Jesús (Juan 13:35 ver Juan 15:10–12). No hay otra actividad que identifique completamente al cristiano y a la Iglesia con su Señor, que el amor. ¿Cuál es la esencia de toda la ley y los profetas? El amor a Dios y el amor al prójimo (Deut 6:5; Lev. 19:18; Mat. 19:19; 22:39; Mr. 12:31; Rom. 13:9; Gal. 5:14; Stg. 2:8). Pablo también desafía a la iglesia de Efeso en ser «arraigados y cimentados en amor» para que ellos puedan «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo» (3:17–19). El amor es el poder de la Iglesia en el mundo. Como historiador de la iglesia, Kenneth Scott Latourette demostró que el amor era el poder transformador más radical que desató una fuerza incalculable a través de los discípulos de Jesús y que finalmente conquistó al Imperio Romano.60 «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Y es aquí donde se halla la santidad de la Iglesia. «Esto os mando», dijo Jesús. «que os améis unos a otros» (Juan 15:17). Con esto vemos la profundidad de la afirmación del Credo, «Creo en la santa iglesia universal (católica), la comunión de los santos».

58 Véase por ejemplo, Ronald J. Sider, Rich Christians in an Age of Hunger (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 1977); idem, ed., Cry Justice! The Bible on Hunger and Poverty (New York: Paulist, 1980).

59 A Greek-English Lexicon of the New Testament traduce hypotassomenoi aquí como «entregándose voluntariamente en amor».

60 Vease Kenneth S. Latourette, A History of the Expansion of Christianity, 7 vols., vol. 1, The First Five Centuries (New York: Harper, 1937–45; repr. Ed., Grand Rapids: Zondervan, 1970), 163–69; idem, A History of Christianity (New York: Harper and Row, 1953), 105–8.

Van Engen, C. (2004). El pueblo misionero de Dios (pp. 58–61). Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío.

Los Caminos de Dios y Nuestros Caminos

Los Caminos de Dios y Nuestros Caminos

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por Charles R. Swindoll

En la mañana del 11 de septiembre de 2001, el sol brillaba contra las torres gemelas del Centro de Comercio Mundial de la ciudad de Nueva York, las cuales se elevaban como dos faros resplandecientes de la ingenuidad estadounidense y del poder financiero del mundo. Los viajeros diarios salían de las estaciones del metro en su recorrido diario al centro comercial en la base de las torres y subían en los elevadores a sus oficinas en el cielo. De repente, como un meteoro precipitándose, un avión comercial secuestrado se estrelló contra el centro de una de las torres. Minutos más tarde, otro avión secuestrado se estrelló contra la segunda torre. Mientras que las llamas cubrían los pisos superiores y el país se tambaleaba por las noticias de los dos estallidos, un tercer avión secuestrado se lanzó contra el Pentágono. Antes que pasara una hora, un costado del centro militar de cinco lados estaba en llamas y ambas torres gigantes del Centro de Comercio Mundial se habían derrumbado, matando a miles de personas inocentes y sepultándolas en montones gigantescos de acero y concreto.

Los Estados Unidos se han enfrentado cara a cara con la peor clase de maldad nacional: el brutal asesinato en masa de ciudadanos inocentes. Cuando se terminó este artículo, los números aún no se habían calculado; el número de las víctimas en los diferentes lugares y el trauma emocional que una acción tan horrible inflige sobre un país.

A medida que los números son calculados en los próximos días, las preguntas acerca de Dios aumentarán. ¿Dónde estaba Él? ¿Sabía Él que esto venía en camino? Si es así, ¿por qué no intervino? ¿Fue su «voluntad» que miles de personas inocentes murieran de una manera tan horrible y sin sentido?

Algunas personas se burlarán de Dios; otras negarán que Él existe. Como cristianos, daremos una buena impresión de fe, pero dentro de nosotros, probablemente nos estemos haciendo las mismas preguntas. ¿Qué estaba Dios pensando?

¿Podemos conocer lo que Dios piensa?

La respuesta sencilla es no. El patriarca Job, cuyo mundo también se volteó al revés en un solo día lleno de desastres, describió las obras de Dios como «inescrutables» (Job 9:10). De acuerdo a la nota del margen en La Biblia de Las Américas, la palabra inescrutable significa literalmente «hasta que no haya escudriñamiento». Pudiéramos buscar la mano de Dios a través de los tiempos, documentando sus obras en suficientes libros para llenar el mundo entero, y aún así nuestra búsqueda para comprenderlo solamente habría comenzado. ¡No podemos investigar a Dios! Nadie puede decir acerca de Su plan, «¡Lo descubrí! ¡Lo he comprendido!»

Una razón del misterio es que Dios piensa y opera en un nivel diferente al nuestro.

«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos,
ni vuestros caminos mis caminos», declara el Señor.
«Porque como los cielos son más altos que la tierra,
así mis caminos son más altos que vuestros caminos,
y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.»
(Isaías 55:8-9)

Como seres humanos limitados, sencillamente no podemos comprender la mente de un Dios infinito. Pablo escribe,

¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues, ¿QUIÉN HA CONOCIDO LA MENTE DEL SEÑOR?, ¿O QUIÉN LLEGÓ A SER SU CONSEJERO? (Romanos 11:33-34)

Como los astrónomos estudiando el cielo de la noche, vemos la inmensidad de Dios, escudriñando su mente buscando razones, motivos, e intenciones. Las torres se derrumban y miles son incinerados vivos mientras lo vemos por televisión, y clamamos, «Dios, ¿qué estás haciendo?» Un hijo único muere, un padre o una madre abandonan a la familia, y le rogamos a Dios que nos ayude a comprenderlo. Aparece una enfermedad, ocurre un accidente, estalla un desastre natural, y miramos hacia arriba buscando respuestas. Pero aun nuestros mejores telescopios teológicos son demasiado débiles para revelar el alcance más profundo de los propósitos de Dios. No importa que tanta educación tenemos, no importa cuánto tiempo hemos caminado con Dios, no importa qué tan perceptivos somos, nunca pudiéramos comprender completamente por qué Él hace lo que hace.

Nuestras limitaciones nos llevan finalmente al ámbito de la fe y nos confrontan con algunas preguntas que sondean nuestra alma:

  • ¿Podemos confiar en un Dios que no comprendemos completamente?
  • ¿Podemos aceptar el hecho de que siempre faltarán algunas partes del cuadro?
  • ¿Podemos aceptar la voluntad de Dios aunque no podamos comprenderla totalmente?

Balanceando los dos lados de la voluntad de Dios

Mientras nos esforzamos por ver a Dios a través de un telescopio, Dios nos ve en todo detalle microscópico desde el principio hasta el fin, desde la concepción hasta la tumba. De acuerdo al salmista, Él conoce «mi sentarme y mi levantarme», y Él aun sabe mis pensamientos y escucha mis palabras antes que yo las diga (Salmo 139:1-2,4). Él «conoce bien todos mis caminos» (v. 3). Y en su libro, Él ha escrito todos «los días que me fueron dados» (v. 16b).

Podemos ver este detallado plan divino para nuestras vidas desde dos puntos de vista al parecer opuestos que siempre debemos mantener balanceados. El primero es el lado de la soberanía de Dios; el segundo el libre albedrío del ser humano.

Lo que Dios decreta

Como el rey soberano del universo, Dios decreta y determina todo lo que ocurre en este mundo. Esto algunas veces es llamado la voluntad «decretada» o «determinada» de Dios. Dios lleva el timón de su creación. No el destino, no la suerte, no alguna fuerza impersonal de la naturaleza, no el mal corriendo locamente sino solamente el Señor está en total control del curso de nuestra vida (vea Isaías 45:6-7).
Esto, también, es un misterio. ¿Cómo pueden las manos de un Dios amoroso trazar un curso para nosotros que incluye dolor y calamidad? Es incomprensible. Pero, si no fuera así, Dios no sería Dios. Él sería un monarca benévolo pero sin poder que se sienta en el cielo retorciendo sus manos, temeroso de que una tragedia inesperada pudiera echar a perder su plan para nuestro placer y comodidad. No, si Dios es verdaderamente Dios, Él es soberano. Y si Él es soberano, Él abarcará todo lo que ocurre.

Habiendo dicho esto, necesitamos notar que hay ciertas cosas que Dios no puede hacer. Por ejemplo, Él no puede mentir y no lo hará (Números 23:19; Hebreos 6:18). Él no puede tentar a nadie a pecar y no lo hará (Santiago 1:13). Él no puede negarse ni contradecirse a sí mismo y no lo hará (2 Timoteo 2:13). Dios es eternamente consistente.

Por lo tanto, podemos hacer cuatro declaraciones acerca de la voluntad decretada de Dios. Primera, es absoluta. Segunda, es inmutable, o inalterable. Tercera, es incondicional. Y cuarta, está en completa armonía con su plan y con su naturaleza; esto es, nunca contradice su santidad, su juicio, su justicia, ni su bondad.

Este cuarto punto en particular nos calma cuando estamos en mares tempestuosos, como el que estamos experimentando ahora después de los ataques al Centro de Comercio Mundial y al Pentágono. Como Dios es bueno, su plan últimamente nos lleva a un buen final.
Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito (Romanos 8:28).

Satanás pudiera tratar de utilizar las pérdidas y los fracasos, las tragedias y los ataques terroristas para destruirnos, pero este versículo nos asegura que Dios siempre tiene la última palabra. Cualquier cosa que Satanás trata de hacer para mal, Dios lo cambiará para bien. Dios establece el curso, no Satanás, y podemos descansar en Su plan.

Lo que Dios permite

Desde el punto de vista del «libre albedrío», vemos una perspectiva diferente de la voluntad de Dios. Dios verdaderamente es soberano, pero bajo su sombrilla de control, Él permite opciones, algunas de las cuales son malvadas. Esto es llamado la voluntad permisiva de Dios.

Bajo la voluntad permisiva de Dios, somos responsables de nuestras propias decisiones. No podemos culpar a Dios por nuestro pecado. El alcohólico, por ejemplo, no puede excusar su adicción diciendo, «No tuve opción, Dios “decretó” que yo fuera alcohólico.» Dios no «decreta» que nadie peque (vea Santiago 1:13-15). Más bien, dentro de su voluntad permisiva, Él nos da la libertad de elegir entre la justicia y el pecado, y con esa libertad viene la responsabilidad tanto de la elección como de las consecuencias. Las consecuencias pudieran ser horribles, para nosotros personalmente… y para aquellos cuyas vidas destruye nuestro pecado.

En un mundo pecador, personas inocentes sufren. Pero en medio del caos, la mano de Dios está tejiendo un diseño para un propósito divino que no podemos comenzar a comprender. Vemos los hilos sueltos, rasgados, y nos duele el corazón de pesar y dolor. Sin embargo, Dios ve el cuadro completo, y podemos extraer consuelo de la esperanza de que algún día, nosotros también lo veremos.

Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido (1 Corintios 13:12).

Conclusión

El 11 de septiembre de 2001, nuestros enemigos atacaron los Estados Unidos con armas más poderosas que bombas atómicas: las armas del temor y el odio. Ellos tenían la intención de derribar las torres gemelas de la valentía y la fe que han caracterizado a los Estados Unidos desde su comienzo. Sin embargo, podemos elegir no convertirnos en víctimas de esos ataques. Podemos resistir el temor que nos paralizaría con la esperanza del evangelio, y con el amor de Cristo, podemos desafiar el odio que destruiría nuestra alma. Tomemos una postura firme contra los ataques de Satanás con la armadura completa de la verdad y la justicia de Dios. Y aferrémonos a nuestra fe en medio de esta tragedia, demostrándole al mundo que, como Pablo escribió, «en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37).

Adaptado del sermón «Foundational Principles about God’s Will [Principios fundamentales acerca de la voluntad de Dios]» de Chuck Swindoll, de la guía de estudio bíblico The Mystery of God’s Will [El misterio de la voluntad de Dios], (Anaheim, Calif.: Insight for Living, 2000), pp. 1-5. Guía disponible solamente en inglés.

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¿Qué es la SALVACIÓN?

Desde Cochabamba, Bolivia, nos escribe un amable oyente para hacernos la siguiente consulta: ¿Qué es la SALVACIÓN? ¿Cómo podemos obtener la SALVACIÓN? ¿Tiene que ver con las OBRAS? ¿Por qué si o por qué no?

Gracias por su consulta. De acuerdo a su amplio significado, la palabra salvación representa la obra total de Dios por medio de la cual rescata al hombre de la ruina eterna y la sentencia por el pecado y le confiere las riquezas de su gracia, incluyendo la vida eterna ahora y la gloria eterna en los cielos. La salvación es de Jehová, según el testimonio de Jonás 2:9 donde dice: Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; 

 Pagaré lo que prometí. 

 La salvación es de Jehová.

Esto significa que cada aspecto de la salvación es una obra de Dios a favor del hombre y no es en ningún sentido una obra del hombre a favor de Dios. Usted hace la pregunta: ¿Cómo podemos obtener la salvación? La Biblia habla de varios pasos. En primer lugar, es necesario reconocer que todo ser humano es pecador. Para hacerlo personal, tengo que reconocer que yo soy pecador. Note lo que dice Romanos 3:22-23 Porque no hay diferencia,

Rom 3:23  por cuanto todos pecaron,  y están destituidos de la gloria de Dios,

La salvación es para los que nos reconocemos pecadores, no para los que se dan de justos. En segundo lugar, es necesario reconocer que estamos en peligro de recibir castigo eterno a causa de nuestro pecado. Romanos 6:23 dice: Porque la paga del pecado es muerte,  mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

La paga o el castigo o e resultado del pecado es muerte. Esto no sólo significa muerte física, sino una eterna separación de Dios en un lugar de tormento en fuego llamado infierno. Hablando a personas que jamás arreglaron su problema de pecado con Dios, el Señor Jesús dijo que algún día van a escuchar el fatídico veredicto que aparece en Mateo 25:41 Entonces dirá también a los de la izquierda:  Apartaos de mí,  malditos,  al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

El infierno o el fuego eterno no fue preparado para el hombre sino para el diablo y sus ángeles. Pero cuando una persona sale de este mundo sin haber recibido perdón de pecados, pasará en ese lugar por la eternidad. Hasta aquí todas son malas noticias. Pero luego vienen las buenas noticias. En tercer lugar, Dios ama al pecador y ha hecho todo lo necesario para que el pecador pueda ser perdonado de su pecado. Juan 3:16 dice: Porque de tal manera amó Dios al mundo,  que ha dado a su Hijo unigénito,  para que todo aquel que en él cree,  no se pierda,  mas tenga vida eterna.

El amor de Dios por el pecador es de tal calidad que no escatimó a su propio Hijo unigénito, sino que lo entregó para que reciba el castigo por el pecado, de modo que todo pecador que cree en su Hijo no reciba el castigo que merece por ser pecador sino que reciba vida eterna. Por amor, el unigénito Hijo de Dios tomó el lugar de todo pecador para recibir el castigo por el pecado. Esta fue la razón por la cual siendo puro y sin mancha, el Hijo de Dios tuvo que sufrir pena de muerte como si fuera el peor de los criminales. Estando en el clímax de su tormento en la cruz, poco antes de expirar, el Señor Jesús exclamó: Consumado es, anunciando al mundo visible y al mundo invisible, que la obra para poder salvar de condenación a todo pecador estaba completa. El Señor Jesucristo pagó mi deuda por mi pecado cuando murió en la cruz del Calvario. En cuarto lugar, para obtener el beneficio de la obra del Señor Jesucristo al morir en lugar del pecador, el pecador necesita recibir por la fe al Señor Jesucristo como Salvador. El Señor Jesucristo murió por todo el mundo, pero no todo el mundo es salvo, porque no todo el mundo recibe por la fe al Señor Jesucristo como Salvador. Note lo que dice Juan 1:12-13  Mas a todos los que le recibieron,  a los que creen en su nombre,  les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

Joh 1:13  los cuales no son engendrados de sangre,  ni de voluntad de carne,  ni de voluntad de varón,  sino de Dios.

Cuando el pecador reconoce su estado espiritual delante de Dios, cuando toma conciencia del peligro en que está si sale de este mundo sin el perdón de su pecado, cuando reconoce que Dios le ama y que el Hijo de Dios recibió el castigo que el pecador merece, el pecador debe dar un paso de fe recibiendo al Señor Jesucristo como su único y personal Salvador. Si da este paso de fe, este pecador deja de ser un pecador condenado y pasa a ser un pecador perdonado. En estas condiciones, por el solo hecho de haber recibido a Cristo como Salvador y por haber creído en su nombre, el pecador perdonado es hecho hijo de Dios con todos los privilegios y responsabilidades que esto conlleva. Esta es la manera como un pecador llega a ser salvo, amable oyente. En todo este proceso, Usted habrá notado que no hay lugar para las obras por parte del pecador para obtener su salvación. La Biblia es clara al afirmar que la salvación no resulta de hacer obras. Observe lo que dice Efesios 2:8-9. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe;  y esto no de vosotros,  pues es don de Dios;

Eph 2:9  no por obras,  para que nadie se gloríe.

Gracia significa favor no merecido. Por gracia sois salvos significa que la salvación es algo que el pecador no merece. Esta salvación se la obtiene por medio de la fe. Todo es cuestión de creer a Dios. La salvación por gracia y la fe para beneficiarse de salvación por gracia es un don o un regalo de Dios. El problema del hombre es que es pecador por naturaleza, el hombre es pecador desde el instante mismo que es concebido. Salmo 51:5 dice: He aquí,  en maldad he sido formado, 

 Y en pecado me concibió mi madre.

Un ser que es pecador desde su concepción, no puede de ninguna manera aspirar a ser aceptado por Dios. Todas las obras que pueda hacer un hombre pecador por naturaleza, no son lo suficientemente buenas para que Dios premie a ese pecador con la salvación. Por eso es que a los ojos de Dios, las buenas obras de un hombre pecador son consideradas como trapos de inmundicia. Note lo que dice Isaías 64:6  Si bien todos nosotros somos como suciedad,  y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia;  y caímos todos nosotros como la hoja,  y nuestras maldades nos llevaron como viento.

La Biblia es muy franca al hablar de la esencia del hombre pecador. Es como suciedad. En estas condiciones, nuestras justicias, o nuestras mejores obras son como trapo de inmundicia. Los trapos de inmundicia son los paños que utilizaban las mujeres de aquella época durante su período menstrual. Así es como ve Dios a las buenas obras de los hombres, cuando los hombres tratan de obtener la salvación por medio de ellas. De manera que, amable oyente, la salvación no es el resultado de las buenas obras del hombre, como por ejemplo ser parte de alguna religión, o participar en los ritos de alguna religión, o hacer algún sacrificio en bienestar del prójimo, o abstenerse de cometer algún pecado. Sin embargo, amable oyente, las buenas obras tienen su lugar en la Biblia, no para obtener la salvación, sino como resultado o fruto o producto de la salvación. Es interesante notar que después de afirmar que la salvación es por gracia por medio de la fe, la Biblia dice que los que por la fe hemos recibido a Cristo como Salvador, hemos sido creado para hacer buenas obras. Permítame leer Efesios 2:10 Porque somos hechura suya,  creados en Cristo Jesús para buenas obras,  las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Los creyentes, quienes hemos recibido la salvación por gracia, por medio de la fe, aparte totalmente de las obras, somos hechura de Dios. La palabra “hechura” es la traducción de una palabra de la cual proviene nuestra palabra “poema” Los creyentes somos el poema de Dios, creados en Cristo Jesús con el propósito de hacer buenas obras. Estas buenas obras han sido preparadas de antemano por Dios para que los creyentes las hagamos. Por esto amable oyente, los creyentes no somos salvos por buenas obras sino para buenas obras.

Disponible en Internet en: http://www.labibliadice.org

Contenido publicado con autorización de:
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«¿Qué le sucede a la gente que nunca tienen oportunidad de oír acerca de Jesús?»

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 «¿Qué le sucede a la gente que nunca tienen oportunidad de oír acerca de Jesús?»

 

Toda la gente es responsable ante Dios, ya sea que hayan o no “escuchado acerca de Él.” La Biblia nos dice que Dios se ha revelado claramente a Sí mismo en la naturaleza (Romanos 1:20) y en el corazón de la gente (Eclesiastés 3:11). El problema es que la raza humana es pecadora; todos nosotros rechazamos este conocimiento de Dios y nos rebelamos contra Él (Romanos 1:21-23). Aparte de la gracia de Dios, Dios nos concedió, sobre los pecaminosos deseos de nuestro corazón, la visión de descubrir lo inútil y miserable que es nuestra vida apartados de Él. Esto lo hace para aquellos que lo rechazan (Romanos 1:24,32).

En realidad no es que algunas personas no hayan escuchado acerca de Dios. Más bien, el problema es que ellos han rechazado lo que han oído y lo que es fácilmente apreciado de Su obra en la naturaleza.Deuteronomio 4:29 proclama: “Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma.” Este texto enseña un importante principio: quienquiera que realmente busque a Dios, lo hallará. Si una persona verdaderamente desea conocer a Dios, Dios mismo se dará a conocer.

El problema es que, “No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.” (Romanos 3:11) La gente rechaza el conocimiento de Dios que está presente en la naturaleza y en su propio corazón, y en lugar de ello, deciden adorar un “dios” de su propia creación. Es necio discutir sobre la justicia de Dios que envía a alguien al infierno porque nunca tuvo la oportunidad de escuchar el Evangelio de Jesucristo. La gente es responsable ante Dios por lo que Dios ya se ha revelado a ellos. La Biblia dice que la gente rechaza este conocimiento, y por lo tanto, Dios es justo al condenarlos al infierno.

Si asumimos que aquellos que nunca han escuchado el Evangelio son merecedores de la misericordia de Dios, nos metemos en un terrible problema. Si la gente que nunca escuchó el evangelio es salva… deberíamos asegurarnos de que nadie jamás escuche el Evangelio. La peor cosa que podríamos hacer, sería compartirle el Evangelio a una persona y hacer que él o ella lo rechacen. Si eso sucediera, ellos serían condenados. La gente que no escucha el Evangelio debe ser condenada, si no, no habría motivo para el evangelismo. Si fuera de otra manera, ¿Por qué correr el riesgo de que la gente posiblemente rechace el Evangelio y se condene a sí misma – cuando ellos serían previamente salvos porque nunca escucharon el Evangelio?

http://www.gotquestions.org/Espanol/nunca-oyeron-Evangelio.html