VALLE DE LA MUERTE

Los movimientos populares 50

Los movimientos populares 50

A los obispos, príncipes, condes y caballeros se les debería permitir poseer sólo lo mismo que tiene la gente común. El día vendrá cuando ellos también tendrán que ganarse la vida mediante el trabajo.

Hans Bohm

a1En los tres últimos capítulos, y en varios de los que han de seguir, dedicamos nuestra atención a movimientos reformadores cuyo origen fue principalmente académico. Los conciliaristas en la universidad de París, Wyclif en la de Oxford, y Huss en la de Praga, fueron todos gentes respetadas en su época por sus conocimientos. Aunque se les acusó de herejes y sediciosos, nadie se atrevía a decir que sus errores se debían a la ignorancia.

Sin embargo, al leer los anales de la época nos asalta la sospecha de que estos movimientos reformadores entre gentes doctas no eran sino una mínima parte del bullir religioso, que se movía principalmente entre gentes pobres e iletradas. No se olvide, por ejemplo, que tanto el movimiento de Wyclif como el de Huss a la postre hallaron su expresión más permanente, no en las universidades, sino entre el pueblo. Sin los lolardos o los taboritas, ambos movimientos hubieran quedado olvidados en documentos antiguos. Aun más, es muy dudoso que Wyclif y los suyos hubieran podido convencer a quienes los siguieron de entre el pueblo bajo, de no ser porque desde antes existía entre ese pueblo un hervor que halló expresión en las doctrinas que venían de Oxford. Lo mismo puede decirse, quizá con más justificación, de los taboritas de Bohemia, que, aunque llegaron a ser los más decididos defensores del movimiento husita, probablemente no derivaban la mayor parte de sus doctrinas del reformador de Praga, sino de ideas que circulaban entre el pueblo.

¿Por qué entonces los libros de historia les prestan tanta atención al movimiento conciliar, a Wyclif y a Huss, y tan poca a estos otros movimientos populares? Sencillamente, porque los datos acerca de estos últimos son escasísimos y poco fidedignos. Acerca del movimiento conciliar, por ejemplo, tenemos las obras de sus principales jefes, así como las actas de los concilios y las crónicas de la época. Aunque muchas de estas fuentes son de carácter partidario, su misma abundancia nos permite compararlas, y así tratar de equilibrar nuestro juicio. Pero en el caso de los movimientos populares la situación es muy distinta. Quienes los siguieron eran en su casi totalidad gente indocta que, o bien no sabía escribir, o bien no sentía el impulso de dejar constancia para la posteridad. Muchos de esos movimientos eran de carácter apocalíptico, de modo que quienes formaban parte de ellos creían que el fin estaba cerca, y por tanto no veían razón alguna de narrar su historia, o de poner sus enseñanzas por escrito. Es muy posible que, de haber querido hacerlo, no hubieran podido, pues se trataba de corrientes de entusiasmo que de pronto aparecían en un lugar, para luego desaparecer, continuar corriendo bajo la superficie, y brotar de nuevo en otra fecha y otro lugar. Los mismos miembros de los movimientos desconocían su historia.

En cuanto a los testimonios de sus enemigos, su veracidad es muy dudosa. Había en esa época una serie de acusaciones comunes que se hacían contra todo movimiento que pareciera sedicioso o herético. Según se decía, se trataba de gentes que utilizaban su entusiasmo religioso para dar rienda suelta a la inmoralidad y a la rapiña, odiaban a los sacerdotes y a toda la jerarquía de la iglesia, profanaban el sacramento del altar, creían que el fin del mundo estaba cercano, pretendían haber recibido una nueva revelación de Dios, o que el Espíritu Santo se había encarnado en ellas, etc. Es muy posible, y hasta probable que en algunos casos parte de esto haya sido cierto. Pero el hecho de que las mismas acusaciones se hicieran contra movimientos a todas luces diferentes nos hace sospechar que eran frecuentemente falsas. Por todas estas razones, la historia de los movimientos religiosos populares a fines de la Edad Media está todavía por escribirse. No es posible conocer a ciencia cierta cómo se relacionaba tal grupo con tal otro, ni los orígenes de sus nombres, ni siquiera qué querían decir muchos de esos nombres. Luego, no podemos narrar aquí la historia de dichos movimientos. Pero sí podemos señalar sus características comunes y lo que significaban para la historia del cristianismo.

Desde tiempos de Constantino, la cuestión de los bienes y la pobreza había sido preocupación casi constante de los cristianos. Cuando el Imperio Romano se hizo cristiano, y la iglesia se llenó de lujo y boato, el monaquismo surgió como un movimiento de protesta. Cuando, en los siglos XII y XIII, la economía monetaria comenzó a cambiar la faz social de Europa, hubo nuevas señales de inconformidad. La más notable fue el franciscanismo, cuyo fervor barrió toda la Europa occidental. Pero tanto en época de Constantino como en el siglo XIII la iglesia supo asimilar esos movimientos, darles un lugar en la estructura eclesiástica, y a la postre hacer de ellos instrumentos dóciles en manos de la jerarquía.

Lo que sucedió en la época que estamos estudiando fue que la iglesia perdió esa flexibilidad. Ya en el siglo XIII se comenzó a temer que continuaran surgiendo movimientos como el franciscano, y que la iglesia no pudiera controlarlos. Por ello en el 1215 el Cuarto Concilio de Letrán prohibió la fundación de nuevas órdenes. Ahora, en los siglos XIV y XV, aquella tendencia que se había manifestado en 1215 llegó a su cumbre. El poder de la jerarquía se sentía amenazado por el fervor de los nuevos movimientos de pobreza. La pobreza franciscana se había reinterpretado de tal modo que no requería la pobreza de la orden en sí, sino sólo de sus miembros como individuos. Como órdenes, tanto la San Francisco como la de Santo Domingo se volvieron ricas y poderosas.

Los prelados, convertidos en poderosos señores, y los frailes, cuyo espíritu de crítica profética había quedado olvidado, veían en los nuevos movimientos que exaltaban la pobreza una censura contra ellos. Por tanto, tendían a tildarlos de heréticos y corrompidos.

La cuestión de la pobreza tenía dos vertientes. De un lado estaban las gentes relativamente pudientes, que abrazaban una pobreza voluntaria, por motivos de renunciación. Tal había sido el caso, en el siglo XIII, de San Francisco de Asís. Durante los siglos que estamos estudiando —el XIV y el XV— continuó habiendo personas del mismo origen social que se sentían impulsadas por motivos semejantes. Pero, puesto que el franciscanismo y otras órdenes parecidas habían abandonado su espíritu inicial, tales gentes se veían obligadas a buscar sus propios medios de expresar y vivir lo que creían ser su vocación de pobreza voluntaria, y por tanto creaban grupos o movimientos que no eran bien vistos por la iglesia jerárquica. Otras veces se unían a movimientos que existían entre las clases humildes, porque les parecía que allí les era más fácil cumplir con el consejo evangélico de la pobreza que habían predicado San Francisco y tantos otros antes que él.

Ahora bien —y ésta era la otra vertiente de la cuestión— si la pobreza voluntaria es una virtud, ¿no lo será también la involuntaria, la que es el resultado, no de una decisión propia, sino de las condiciones sociales? En las Escrituras hay numerosas indicaciones de que Dios juzga a favor de los pobres y contra los ricos que los oprimen. Por diversos medios, esta idea central en la Biblia les llegaba a los marginados. Entre esos medios se contaban probablemente algunas de las personas de mejor posición social, que voluntariamente habían echado su suerte con los pobres, pero cuya educación les permitía apelar a las Escrituras para defender el valor de la pobreza, y cuyos argumentos y enseñanzas los marginados escuchaban. Otro medio era el de las muchas historias de mártires y milagros que circulaban entre el pueblo. En ellas se daba repetidamente el caso de una confrontación entre un señor poderoso y una persona oprimida, y no cabía duda de que Dios estaba de parte de ésta última.

Por todas esas razones, y porque los tiempos eran económicamente malos, pronto surgió una multitud de movimientos que se confundían entre sí. Algunos no buscaban sino la posibilidad de practicar la pobreza voluntaria. Otros veían en los males de la época una señal de los tiempos apocalípticos. El anticristo estaba por venir, o se encontraba ya en el mundo. Era necesario arrepentirse, castigar el cuerpo, para así salvarse del mal que pronto llegaría. Otros, en fin, pasaron del arrepentimiento a la acción. Los últimos tiempos que se acercaban debían ser de fidelidad al evangelio y de justicia. En tales momentos, la tarea del cristiano consistía en tomar las armas y marchar hacia el Reino de Dios, contra quienes tergiversaban la verdad evangélica, o contra quienes destruían la justicia oprimiendo a los pobres.

Puesto que es imposible narrar aquí la historia de todo ese bullir, nos limitaremos a dar una idea somera de un movimiento cuyo tema principal fue la pobreza voluntaria —el de las beguinas y los begardos—; otro cuya característica fue la penitencia extrema —los flagelantes—; un tercero que trató de establecer la verdad evangélica mediante la fuerza de las armas —los taboritas—; y por fin uno de los muchos que soñaron con el Reino de justicia —el de Hans Bohm.

Beguinas y begardos

El monaquismo había ejercido siempre fuerte atracción sobre las mujeres. En el siglo XIII, el despertar religioso que dio origen al franciscanismo se hizo sentir también entre ellas. Muchas se unieron a las ramas femeninas de los franciscanos y los dominicos. Otras engrosaron las filas de órdenes más antiguas. Pero pronto su número fue tal que los varones comenzaron a quejarse, y a poner límites en cuanto al número de mujeres que estaban dispuestos a aceptar en las ramas femeninas de sus órdenes. Es muy probable que parte de este impulso entre las mujeres se haya debido a que la vida monástica era el único medio en que ellas, aun las más ricas, podían escapar de una vida completamente dirigida por los deseos y decisiones de otros —padres, hermanos, esposos e hijos.

En todo caso, pronto los conventos tradicionales resultaron insuficientes, y entonces hubo gran número de mujeres que se reunieron en pequeños grupos para vivir juntas y llevar una vida de oración, devoción y relativa pobreza. Se les dio el nombre de “beguinas”, y el de “beguinajes” a las casas en que vivían. El origen de este nombre es oscuro, pero todo parece indicar que era despectivo, pues se utilizaba frecuentemente como sinónimo de “hereje”, o de “albigense”. Esto es índice del modo en que eran vistas por el resto de la sociedad, y por la mayoría de la jerarquía eclesiástica. Aunque algunos obispos apoyaron el movimiento, otros lo prohibieron en sus diócesis. A fines del siglo XIII, comenzó a haber legislación contra este género de vida, que amenazaba la estructura de la iglesia porque, sin constituir una orden oficialmente establecida, no seguía tampoco el género de vida del resto del laicado.

Por la misma época, el movimiento comenzó a tomar matices algo diferentes. Al principio, muchos beguinajes no aceptaban sino a mujeres que tuvieran medios de cubrir su propia subsistencia. Pero después comenzaron a ingresar otras de origen más humilde, cuya pobreza no era totalmente voluntaria, pero sí más real que la de las primeras. Pronto se empezó a acusar a los beguinajes de ser centros de holgazanería, donde se refugiaban mujeres que no querían asumir su responsabilidad en la sociedad. Con creciente insistencia, los obispos se dedicaron a ponerles trabas. En consecuencia, las beguinas se apartaron cada vez más de la iglesia jerárquica, y algunas se dieron a doctrinas supuesta o realmente erradas. En unos pocos lugares, particularmente en los Países Bajos, lograron subsistir hasta tiempos recienteS. Pero en muchos otros fueron suprimidas, o pasaron a las filas de movimientos más radicales.

Al igual que las mujeres, pero en menor número y en fecha ligeramente posterior, los varones siguieron el mismo camino. Se les dio el nombre de “begardos”, y ellos también a la postre fueron acusados de herejía y suprimidos.

Los flagelantes

Los flagelantes aparecieron por primera vez en 1260, pero fue el siglo XIV el que vio su súbita expansión. Eran gentes que castigaban su propio cuerpo a latigazos, en penitencia por sus pecados. Tal cosa no era nueva, pues varios de los grandes maestros del monaquismo la habían practicado. Pero hasta entonces siempre había tenido lugar dentro de la vida monástica, y casi siempre había sido regulada por las autoridades. Ahora se volvió un movimiento popular. Convencidos de que el fin del mundo se acercaba, o de que Dios lo destruiría si la humanidad no daba grandes muestras de arrepentimiento, centenares y millares de cristianos se dedicaron a darse latigazos hasta hacer correr la sangre.

No se trataba, contrariamente a lo que podría suponerse, de una histeria momentánea y desordenada, sino de una disciplina rígida y a veces hasta ritualista. Cuando alguien deseaba unirse al movimiento, tenía que comprometerse a seguirlo durante treinta y tres días y medio. Durante ese tiempo les debía obediencia absoluta a sus superiores. Después, aunque volvía a su casa, el flagelante quedaba comprometido a golpearse todos los años en Viernes Santo. Durante los treinta y tres días de su obediencia, el flagelante se unía a un grupo que seguía a diario un ritual prescrito. Iban en procesión hasta la iglesia, marchando de dos en dos y cantando himnos. Tras rezarle a la Virgen en la iglesia, se dirigían a una plaza pública, siempre entonando himnos. Una vez allí, se desnudaban el torso y formaban un gran circulo.

Tras postrarse en oración, quedaban hincados de rodillas y, al mismo tiempo que continuaban su canto, se flagelaban hasta sangrar. Otras veces, mientras se golpeaban, uno de sus jefes les predicaba, por lo general acerca de los sufrimientos de Cristo. Después se levantaban, volvían a cubrirse las espaldas, y marchaban de nuevo en procesión. Esto hacían dos veces cada día, además de otra flagelación privada por la noche.

Aunque se les acusó de ser gente desordenada, lo cierto es que los flagelantes tenían una disciplina estricta. Al principio, la jerarquía no los miró con malos ojos, pero poco a poco su actitud fue cambiando. Esto se debió principalmente a que los flagelantes parecían ofrecer un camino de salvación aparte de los sacramentos de la iglesia. Si su flagelación constituía una penitencia, como ellos decían, esto implicaba que era posible ofrecer una penitencia válida aparte de la confesión sacerdotal. Además, algunos comenzaron a referirse a la flagelación como un “segundo bautismo”, en imitación de lo que se había dicho muchos siglos antes acerca del martirio. En consecuencia, varios prelados los acusaron de pretender usurpar “el poder de las llaves” que les había sido dado a Pedro y sus sucesores. De ello se seguían otros cargos. El vestirse con un hábito especial, sin tener permiso para ello, era un acto de desobediencia. Cuando sus reuniones fueron proscritas, los que continuaron juntándose fueron acusados de tener reuniones ilícitas. En varios países se les persiguió. A la postre, dejaron de practicar su flagelación en público. Pero al parecer el movimiento continuó clandestinamente por varias generaciones.

Los taboritas

Al tratar acerca de los husitas, hemos tenido ocasión de referirnos a los taboritas. Su contacto con los husitas de Praga, y la necesidad de presentar un frente unido contra las repetidas cruzadas que fueron lanzadas contra Bohemia, llevaron a los taboritas a mitigar algunas de sus doctrinas originales. Pero al parecer esas doctrinas se basaban al principio en un milenarismo exagerado. El fin estaba a punto de llegar. Entonces Jesucristo castigaría a los impíos, y exaltaría a los elegidos. En los últimos días, en espera de que el fin viniera, la tarea de esos elegidos consistía en tomar la espada y preparar el camino al Señor. No había por qué tener misericordia de aquellos a quienes de todos modos el Juez Supremo iba a condenar al fuego eterno. Por tanto, todos los que ahora se oponían a la voluntad de Dios debían ser destruidos por las milicias cristianas. Al llegar el triunfo final, Dios restauraría el paraíso. Cuando algunos de entre los taboritas, los adamitas, llevaron estas doctrinas al extremo de andar desnudos, imitando a Adán y Eva en el paraíso, y se dedicaron a una vida licenciosa afirmando que, puesto que ya se contaban entre los elegidos, no podían condenarse, el resto de los taboritas se volvió contra ellos y los destruyó a filo de espada.

Aunque en todo este movimiento el estudioso moderno puede descubrir las consecuencias de un profundo sentimiento de opresión social, los propios taboritas no veían el Reino venidero principalmente en tales términos. No se trataba tanto de la victoria de los oprimidos sobre los opresores como del triunfo de los santos sobre los pecadores. Pero el hecho es que casi todos los taboritas pertenecían a las clases marginadas de Bohemia, y que los “pecadores” a quienes condenaban eran los ricos y poderosos, primero en Bohemia, y después de la condenación de Huss en el resto de Europa.

Otro hecho significativo es que la expectación escatológica llevó a los taboritas a tomar acciones concretas, y que contribuyó a sus repetidos triunfos sobre los invasores alemanes. Es importante señalar esto, porque frecuentemente se dice que tal expectación lleva a las gentes al conformismo, cuando lo cierto es que la historia nos ofrece repetidos casos que prueban lo contrario. En realidad, mucho depende del contenido concreto de esa expectación, y del modo en que se relacione con los tiempos presentes.

Hans Bohm

Corría la cuaresma del año 1476. Las cosechas habían sido escasas en el sur de Alemania. En la diócesis de Wurzburg, el obispo, que era también señor de la comarca, imponía impuestos cada vez más onerosos. En la pequeña aldea de Nicklashausen, había una imagen de la Virgen que se había convertido en motivo de peregrinación, pues se decía que tenía poderes milagrosos. Un buen día del mes de marzo, el joven pastor Hans Bohm se alzó en medio de los peregrinos y comenzó a predicar. Sus palabras eran conmovedoras. Su mensaje, que era necesario arrepentirse, halló eco en los corazones de aquellas gentes angustiadas, y pronto los que acudían a escuchar al joven Bohm se contaban por millares. Muchos de ellos permanecían allí, y los cronistas cuentan que el número de congregados pasó de cincuenta mil.

Entonces los mensajes de Bohm se volvieron más radicales. En presencia de tanta miseria reunida allí, no era difícil ver el contraste entre el mensaje cristiano y la vida lujosa que llevaba el obispo de Wurzburg. Bohm comenzó a atacar la pompa, la avaricia y la corrupción del clero. Después anunció que el día vendría cuando todos los seres humanos serían iguales, y todos tendrían que trabajar por igual. Esto era lo que el Señor prometía. A la postre, Bohm urgió a sus seguidores a actuar en anticipación del día del Señor, negándose a pagar toda clase de impuestos, diezmos y otras obligaciones, y señaló un día en que todos juntos marcharían a reclamar sus derechos.

Lo que Bohm intentaba hacer nunca se supo, pues el día antes de la fecha señalada los soldados del obispo se apoderaron de él y dispersaron a sus seguidores a cañonazos. Poco después Bohm fue quemado por hereje. Puesto que al parecer el fermento de su predicación continuaba, el obispo puso a toda la aldea en entredicho, y prohibió las peregrinaciones a ella. Pero aun esas medidas no ahogaron las últimas chispas del movimiento, hasta que la iglesia fue destruida por orden del arzobispo de Mainz.

Este episodio es sólo uno de varias docenas que podíamos haber narrado. Los últimos años de la Edad Media se caracterizaron por un gran descontento popular, que combinaba causas sociales con motivos religiosos. Los oprimidos veían que la vida de los opresores, no sólo era injusta, sino también se arropaba en un manto de piedad cristiana, y hasta se apoyaba en la autoridad de la iglesia. Frente a tal situación hubo multitud de movimientos de protesta, y hasta rebeliones que sólo pudieron ser sofocadas mediante la acción militar. En todos estos casos las autoridades eclesiásticas, que se contaban entre los que se beneficiaban con la situación existente, les prestaron todo su apoyo a los poderosos. A consecuencia de ello floreció el sentimiento anticlerical, inspirado inicialmente, no por corrientes modernas de secularización, sino por el viejísimo sueño de la justicia entre los seres humanos.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 521–527). Miami, FL: Editorial Unilit.

Los “Mensajes Subliminales”, la Superstición y el Cristiano

Los “Mensajes Subliminales”, la Superstición y el Cristiano

Autor:Moisés Pinedo 

La creencia en el supuesto poder de los mensajes subliminales para controlar el comportamiento humano comenzó a ganar popularidad a finales de la década de 1950, debido a la reclamación de James Vicary de que los mensajes breves e intermitentes en la presentación preliminar de una película incrementaron las ventas de gaseosas y palomitas de maíz. Sin embargo, algunos años después se descubrió que tal reclamación fue un fraude, y los experimentos subsiguientes en este campo no han producido resultados positivos (Long-Crowell, s.d.; Payne, 1981, p. 729). A pesar de esto, la “superstición subliminal” ha seguido extendiéndose, penetrando la mente cristiana e incluso siendo acogida en los púlpitos religiosos.

ENTENDIENDO EL CONCEPTO

Un mensaje subliminal es “una señal o mensaje que tiene el propósito de pasar debajo de los límites normales de la percepción”. Supuestamente, “no es percibido conscientemente, pero a la misma vez, es percibido inconscientemente” (“Propaganda Subliminal”, s.d.).

Como ya se ha señalado, en el sentido estricto de esta definición, simplemente no hay evidencia científica o creíble de que mensajes supuestamente percibidos de manera inconsciente puedan afectar el comportamiento humano. En cambio, para que un mensaje tenga la capacidad de afectar la mente y comportamiento de alguien, primero debe “ser percibido en algún nivel de conciencia” (Bernstein, 2008, p. 142).

Pero también se debe señalar que muchos de los mensajes que se promueven, presentan o califican como “subliminales” realmente no tienen nada que ver con el nivel subconsciente, y como tales, tienen la capacidad de afectar el juicio y la conducta. Estos mensajes o imágenes son presentados con disimulo, y tienen el propósito de hacer que los lectores o espectadores ingenuos e irreflexivos “digieran” los vicios de una sociedad mundana.

Se puede ver un ejemplo de tal disimulo en la película popular, Titanic de 1997, la cual contiene varias escenas sexuales y episodios de desnudez que se presentan bajo el pretexto de la expresión artística (“Guía Parental…”, s.d.). Sin duda, la exposición a tales escenas licenciosas corromperá la mente y sensibilidades morales del espectador—independientemente de su edad. Aunque la trama general de esta película pueda ser atractiva, los cristianos, cuyas oraciones incluyen las palabras “no nos metas en tentación” (Mateo 6:13), deberían evitar completamente esta película (como otras de la misma índole).

DETERMINANDO LA REALIDAD

¿Por qué algunos “mensajes subliminales” parecen funcionar? Mucho tiene que ver con las expectativas predeterminadas de la persona. Si alguien le cuenta una historia de terror en la noche, entonces tal vez usted comience a escuchar “sonidos extraños”.

Hace un tiempo atrás estaba buscando información en el Internet en cuanto a este tema, y tropecé con un artículo que leí de principio a fin. De manera interesante, no había puesto atención al título del artículo, y cuando finalmente lo leí, esta fue una sorpresa interesante. El título era: “Usted Leerá Esto… Usted Leerá Esto… Usted…” (Payne, 1981, p. 729). Yo había leído el artículo, pero no por el título sugestivo, sino debido a mis expectativas determinadas. Si alguien tiene interés en perder peso, tal vez el título “5 Cosas Simples para Perder Peso Rápido” sea muy atractivo, y tal vez tal persona esté más propensa a hacer clic en la imagen de “antes y después” de alguien que supuestamente ha perdido 20 kilos. Pero otra vez, estos no son ejemplos de “mensajes subliminales”—aunque ayudan a explicar la conducta de las personas expuestas a tales mensajes.

En un estudio con el fin de investigar las posibilidades de los mensajes subliminales en el audio, se dijo a la mitad de los participantes que escucharía grabaciones con mensajes subliminales para el mejoramiento de la autoestima, y a la otra mitad se le dijo que escucharía mensajes para el mejoramiento de la memoria. Los investigadores cambiaron los papeles, e hicieron escuchar al primer grupo los mensajes subliminales del segundo, y al segundo grupo los mensajes subliminales del primero. Independientemente del “mensaje subliminal”, los participantes a quienes se les dijo que escucharían mensajes de autoestima, reportaron mejoras en este aspecto, ¡aun cuando los mensajes no tenían nada que ver con la autoestima! (Bernstein, 2008, p. 142).

Hagamos un ejemplo más práctico. Escuche una parte de la pieza musical La Misa, del compositor francés Eric Lévi.

La Misa: 1

¿Entendió la canción? Probablemente no. Pero ¿escuchó el “mensaje subliminal”? Escuche esta nueva grabación que solamente incluye la parte que quiero que note. Ponga atención, y escuchará el siguiente mensaje:

Viva la “o”, viva la “obe”, viva la “obe…si”, viva la “obesidad”, ¡viva la “obesiiidad”! Viva la “o”, viva la “obe”, viva la “obesidad”, ¡viva la “obesidad”!, “obesidad”, “obesidad”, “obesidad”, “obesidad”…”.

La Misa: 2

Desde luego, esto es solamente una broma. Esta pieza musical no incluye tales palabras; realmente, ¡ni siquiera está escrita en español! Pero esto prueba el punto: usted pudo escuchar eso ya que yo le sugerí que lo hiciera. ¿Un mensaje subliminal? No.

EVITANDO EL EXTREMISMO

Es razonable que los cristianos que desean evitar la influencia del mundo, como también los padres responsables, se sientan preocupados por cualquier mensaje que “pueda infiltrarse sigilosamente” en la mente y controlar la vida. Las buenas noticias es que no necesitamos ser paranoicos. Si los mensajes subliminales realmente funcionaran, usted pudiera recitar una y otra vez la frase “Llega al cristianismo” a un ateo que duerme, y él no pudiera resistir abandonar su ateísmo y optar por la religión cristiana. Pero esto no es tan fácil. El ateo necesita escuchar y aceptar el mensaje cristiano en algún nivel de conciencia para cambiar sus pensamientos y acciones.

Lamentablemente, la falta de información ha causado que algunos cristianos lleguen a extremos injustificables, y que algunos padres provoquen rebeldía en sus hijos (Efesios 6:4). Una vez escuché a un predicador señalar que cuando se grabó la canción de Michael Jackson, Thriller, la “risa diabólica” al final de la canción realmente no era parte de la grabación original, pero que cuando se terminó de grabar, de “manera inexplicable” la risa estaba allí. Ya que armonizaba muy bien con la canción, los productores la dejaron allí. Supuestamente, ¡fue la risa del mismo diablo!

Déjeme aclarar algo: ¡esta no es una defensa a favor de la música de Michael Jackson (o cualquier otro cantante)! Muchas de sus canciones deberían ser evitadas, pero no porque “el diablo haya incluido su risa malévola en una de sus canciones”. Lo cierto es que vivimos en una era en la cual Dios ejerce Su influencia por medio de la Palabra de verdad (2 Timoteo 3:16-17; cf. 1 Corintios 13:8-10), y el diablo ejerce su influencia por medio de la mentira (Juan 8:44). Las huestes de maldad no ejercen poder directo por medio de expresiones milagrosas contra los hijos de Dios, o cualquier otra persona. (A propósito, la risa en Thriller es de Vincent Price, un actor de películas de terror).

También he conocido a cristianos que han prohibido la escucha de alguna canción popular debido a que si se la oye al revés, supuestamente se puede percibir un mensaje subliminal que tiene el potencial de cambiar el comportamiento del oyente. E incluso he escuchado a cristianos que han prohibido a sus hijos hispanos que escuchen cierta canción en inglés ya que si se la escucha al revésen inglés, entonces hay un mensaje subliminal en inglés que puede afectar negativamente al joven hispano.

Los padres no debemos subestimar a nuestros hijos; ellos son inteligentes, y pueden detectar la superstición. Desde luego, debemos analizar lo que leemos y escuchamos, y se debe tener cuidado de las cosas que oímos y repetimos en un idioma que no se conoce (vea el siguiente punto en este artículo). Pero ¡¿cómo puede un mensaje, que supuestamente es subliminal y se tiene que escuchar en orden invertido, afectar a un jovencito que ni siquiera entiende el idioma cuando lo escucha en el orden regular?! Si queremos influenciar positivamente a nuestros hijos, y queremos que ellos nos escuchen con respeto y atención, entonces debemos dejar las supersticiones, y debemos proveerles de razones reales para su obediencia. En el fondo, el cristianismo no es beneficiado en nada cuando los cristianos (con buenas intenciones) se sumergen en la superstición sin sentido.

Personalmente, conocí a un hombre muy inteligente que se enredó en este tipo de superstición (y esto muestra que la superstición no es necesariamente el problema de la gente de poca educación). Este hombre había leído o escuchado de algún “pacto” entre el creador de la caricatura animada Los Pitufos y el diablo mismo. Supuestamente, Papá Pitufo había “secuestrado” a un niño y le había hecho ahogar en un río. Un día, al llegar a casa y descubrir que sus hijos estaban jugando con algo que parecía un pitufo, el hombre decidió quemar a la “amenaza”. Los niños objetaron que el muñeco no era un pitufo (¡y realmente no lo era!), pero la superstición contra los “suspiritos azules” se había apoderado tanto del padre que al final un “muñeco inocente” fue ejecutado en la “hoguera”.

¿Piensa que el caso de superstición de este hombre era único? Escriba “La Verdadera Historia de los Pitufos” en YouTube y descubrirá “acusaciones” adicionales contra los pitufos—incluyendo la ocasión cuando un pitufo de peluche le dio una bofetada a una niña, a quien poco después encontraron muerta—y el único con sangre en las manos era el pitufo. También se dice que se encontró a otro niño muerto, y que a su lado estaba un muñeco de Papá Pitufo, quien, perturbadoramente, tenía una gran sonrisa burlona. Finalmente, se dice que una monja trató de quemar a algunos muñecos de pitufos, los cuales “rehusaban” ser consumidos por las llamas—bueno, hasta que la monja arrojó en el fuego una medallita de la Virgen Milagrosa (“La Verdadera…”, 2011). No hace falta decir que este es uno de los grados más vergonzosos de superstición que he visto en toda mi vida, y los “hechos” son simplemente inventados.

Otra vez, permítame indicar que esta no es una defensa a favor de Los Pitufos, o cualquier otra caricatura animada, pero el punto es que los padres cristianos no pueden ganarse el respeto de sus hijos al esperar que ellos crean tales fábulas ridículas. De igual manera, los cristianos no pueden ganarse el respeto del mundo cuando la única razón para advertir sobre el “peligro” de algo se basa en la superstición.

ANALIZANDO EL PELIGRO REAL

¿Indica el fraude de los “mensajes subliminales” que no existe peligro en absoluto en las cosas que vemos, escuchamos y leemos? ¡De ninguna manera! El peligro tiene que ver con el hecho de que existen mensajes que claramente, como también disimuladamente, atentan contra los principios bíblicos.

El cristiano debe analizar seriamente todo lo que ve, escucha y lee. Debe analizar seriamente lo que hace. La música moderna puede producir adicción, puede sugerir estilos de vida pecaminosos, y puede destruir la vida del oyente (vea Pinedo, 2011). Los padres cristianos deben instruir a sus hijos en cuanto a la clase de música que escuchan. Hay muchas canciones con letras que directa o indirectamente promueven el sexo extramarital, las drogas, el alcohol, el lenguaje profano y otras muchas perversiones. Todos los cristianos deben evitar tales influencias impías.

¿Qué acerca de las canciones en otros idiomas? Aunque es cierto que los mensajes en un idioma que el oyente no conoce no pueden afectar su mente para bien o mal (cf. 1 Corintios 14), el cristiano debe considerar su testimonio ante otros. Cuando era un jovencito que sabía suficiente inglés como para repetir las palabras de canciones pero no lo suficiente para entenderlas completamente, el ritmo de una canción en inglés llegó a ser uno de mis favoritos. Un día, mientras conversaba con una joven norteamericana, comenzamos a hablar de canciones. Yo le hablé de mi “canción favorita”, y repetí las palabras. Ella me preguntó: “¿Sabes lo que significa eso?”. Respondí que no; realmente, ¡no lo sabía! Ella dijo: “Significa: ‘Me gusta la manera en que te quitas la ropa”. Afortunadamente, ella era cristiana, y sabía que yo no entendía lo que mi “canción favorita” decía. El peligro real de la escucha de canciones en otro idioma es que otros que saben el significado pueden ser guiados a pensar mal de nosotros debido a que escuchamos tales mensajes. También existe el peligro de que repitamos las palabras “como loros”—sin entender su significado (como yo lo hice), y que otros piensen mal de nosotros por lo que expresamos involuntariamente. Esto puede entorpecer nuestra influencia cristiana. Si a alguien le gusta alguna canción en otro idioma, sería prudente que primero investigara en cuanto al significado de tal canción.

Los padres también deben analizar los programas de TV que sus hijos ven, y todo cristiano debe estar consciente de la influencia negativa que este cajón electrónico tiene para contaminar el alma (veaWebster, 2011). Generalmente, los mensajes en este medio son muy claros, y no deben ser ignorados. Cada día se alimenta a los televidentes de una dieta desbordante de profanidad, desnudez y egoísmo a través de los comerciales y programas de la sociedad mundana. A veces es casi imposible encontrar un programa bueno sin tropezar con alguna exhibición de impiedad; en tales ocasiones, el cristiano debería estar dispuesto a optar por el desuso por el bien de la santidad.

CONCLUSIÓN

Los cristianos debemos evitar los extremos. No debemos enredarnos en la superstición, pero tampoco debemos ser tan ingenuos como para ignorar los mensajes directos e indirectos de los medios saturados de moralidad pobre. En vez de tratar de “defender” a nuestros hijos de los mensajes subliminales que son imposibles de percibir, de los muñecos de peluche que no tienen la capacidad de moverse y mucho menos abofetear o herir a sus dueños, y de las risas aterradoras que no pueden infiltrarse por sí mismas en canciones, debemos enfocar nuestros esfuerzos en defenderles de los mensajes reales de este mundo de maldad. En nuestros esfuerzos por hacerlo, no olvidemos pedir sabiduría “a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche” (Santiago 1:5).

Referencias

Bernstein, Douglas (2008), Fundamentos de la Psicología [Essentials of Psychology] (Belmont, CA: Wadsworth), quinta edición.

“Guía Parental para el Titanic” [“Parents Guide for Titanic”] (sine data), IMDb, http://www.imdb.com/title/tt0120338/parentalguide.

“La Verdadera Historia de los Pitufos” (2011), YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=TCzp4UYZwiw.

Long-Crowell, Eric (sine data), “Mensajes Subliminales: Definición, Ejemplos y Validez” [“Subliminal Messages: Definition, Examples & Validity”], Education Portal, http://education-portal.com/academy/lesson/subliminal-messages-definition-examples-validity.html.

Payne, Doug (1981), “Usted Leerá Esto… Usted Leerá Esto… Usted…” [“You Will Read This… You Will Read This… You…”], New Scientist, 19 de marzo.

Pinedo, Moisés (2011), “Cuidado los Oídos lo que Oyen”, EB Global,http://www.ebglobal.org/inicio/cuidado-los-oidos-lo-que-oyen.html.

“Propaganda Subliminal” [“Subliminal Advertising”] (sine data), Psychologist World, http://www.psychologistworld.com/influence_personality/subliminalads.php.

Webster, Allen (2011), “Una Guía Cristiana para la TV”, EB Global,http://www.ebglobal.org/inicio/una-guia-cristiana-para-la-tv.html.

Origen: Los “Mensajes Subliminales”, la Superstición y el Cristiano

EL PIROPO EN COSTA RICA

1 mar 2016

EL PIROPO EN COSTA RICA

por Carlos Rey

a1«En el caso costarricense, la posibilidad de “piropear”… constituye… un elemento revelador del quehacer popular y de la idiosincrasia del pueblo. Ahora bien, el piropo ha sufrido un desgaste en su uso. En sus inicios,… los emisores [y] los receptores [se conocían]…. [Pero] al [dejar de conocerse] la mayoría…, el piropo pasaría al anonimato, y sus enunciados originarios de galantería positiva se convertirían en contenidos distintos, conducentes más bien a la degradación… [con] rasgos como el ingenio, la picardía, la sátira,… el… chiste… y el vacilón como categorías… en el enfrentamiento diario a muchas situaciones….

»El piropo es, en principio, un mensaje lingüístico que tiene como finalidad esencial despertar una reacción concreta en el destinatario. La respuesta puede ser negativa o positiva, de acuerdo con la intencionalidad del emisor del discurso….

»En buena parte de los casos, el hombre abre el proceso; pero en muchas situaciones la mujer, o inicia el mensaje o responde coherentemente a lo planteado por el hombre:

»—¡Adiós, Ricura!

»—¿Qué le pasa, mechudo?

»Esa ingeniosa respuesta se la dio una decidida muchacha a un sujeto que no tenía un solo cabello en la cabeza….

»… Emilia Prieto se interesó en recuperar [los siguientes] piropos de corte tradicional, [algunos en verso]:

»“Si así son las flores,
mi profesión es jardinero.”

»“Como la luna en el cielo
o la rosa en el vergel
tenés el candor de un lirio
y la gracia de un clavel.”

»“La sonrisa de tus labios
tiene dulzura infinita,
y cuando veo tu sonrisa
toda pena se me quita.”

»“Sentí tu presencia un día
al llegar a este lugar.
Muñeca, ¡qué lindo sería
que formáramos un hogar!”

»… [He aquí otros piropos] del hombre a la mujer:

»—¡Amor, eres un castigo para cualquier hombre!…

»—Adiós, linda. ¡Con esos ojos iluminas mi vida!…

»—¡Juguemos ajedrez: usted la dama, yo el rey!…

»—Suegra, vaya con Dios, que yo voy con su hija….

»—No le pida más a Dios, porque ya se lo dio todo….

»—Si la belleza fuera pecado, usted no tendría perdón de Dios….1

Así trata el profesor costarricense Guillermo Barzuna el tema del piropo en su obra tituladaCaserón de teja: Ensayos sobre patrimonio y cultura popular en Costa Rica. ¡Qué interesante es observar cómo la cultura religiosa está tan arraigada en la cultura popular que hasta da como resultado piropos que aluden a Dios! Pero ¿será una teología sana la que resulta de todo eso?

Menos mal que, si bien no se crearon con ese fin, algunos piropos sí se prestan para la reflexión espiritual. Por ejemplo, ¿es posible recibir tanta bendición de Dios, ya sea física, material o espiritual, que no haga falta pedirle más? Tal vez… El salmista David presenta a Dios como quien colma de bienes nuestra vida, y nos rejuvenece como a las águilas,2 y San Pablo lo describe como quien «puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir».3 Pero, en definitiva, ¡Dios sí nos concedería el perdón, con tal que se lo pidiéramos, si la belleza con que nos haya creado fuera tan deslumbrante que se juzgara pecado!

1 Guillermo Barzuna, «Tradición, seducción y decadencia en el piropo costarricense», Caserón de teja: Ensayos sobre patrimonio y cultura popular en Costa Rica (San José,      Costa Rica: Editorial Nueva Década, 1989), pp. 40‑48.
2 Sal 103:5
3 Ef 3:20

VALLE DE LA CALAMIDAD ESPIRITUAL

10. VALLE DE LA CALAMIDAD ESPIRITUAL

a1Saludos cordiales amable oyente. Es motivo de mucho gozo compartir este tiempo con usted. Bienvenida, bienvenido a nuestro estudio bíblico de hoy. Estamos tratando el tema de los momentos difíciles que todos enfrentamos en la vida. A estos momentos difíciles los hemos llamado valles. Por ahora estamos tratando el tema del valle de la calamidad. En el estudio bíblico de hoy hablaremos del valle de la calamidad espiritual.

Las personas en general y los creyentes en particular, podemos caer en el valle de la calamidad. Esta calamidad puede ser económica o personal. De esto nos hemos ocupado ya en nuestros estudios bíblicos últimos. El día de hoy veremos que también existe una calamidad espiritual. Definamos bien los términos que estamos utilizando. Al hablar de calamidad espiritual nos estamos refiriendo a la experiencia de llegar al final de los recursos espirituales. Esto sucede por ejemplo a personas que en algún momento de sus vidas ven caer en pecado grosero y público a personas que ellos consideraron siempre como modelos de moral y madurez espiritual. De pronto, todo lo que hasta ese momento daba soporte a sus creencias espirituales se viene abajo y la persona queda hundida en calamidad espiritual. También sucede por ejemplo a personas que en algún momento de sus vidas reconocen que su religión ha fracasado en traer la paz que el alma necesita tan ardientemente. Este fue el caso de un joven rico de quien nos habla el Nuevo Testamento y nosotros lo vamos a tomar como caso de estudio. El relato se encuentra en Marcos 10:17-22. La Biblia dice: Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Mar 10:18 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios.

Mar 10:19 Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.

Mar 10:20 El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud.

Mar 10:21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.

Mar 10:22 Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

El joven rico es el prototipo de la persona convencida que puede heredar la vida eterna sobre la base de someterse a elevadas normas morales. Desde muy pequeño, probablemente, se le enseñó que para ser aceptado por Dios debía guardar al pie de la letra los mandamientos de Moisés. Hasta cierto punto lo estaba logrando, porque nadie podía acusarle de haber matado o haber robado o haber dicho falso testimonio o de haber defraudado o de haber deshonrado a su padre y a su madre. Una vida ejemplar sin duda. Pero sin embargo, algo muy dentro de él, algo que él quizá ni lo entendía totalmente, le decía que algo definitivamente no encajaba, algo estaba flotando. Había seguramente oído hablar mucho de Jesús y un buen día, los caminos de este joven rico y de Jesús se cruzaron. Cuando el joven rico vio a Jesús, corrió hacia él y se hincó delante de él, reconociendo la grandeza de su persona. Luego, quizá musitó las palabras: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús conocía a fondo a este joven rico, aún cuando nunca le había visto en su vida. Con ese conocimiento en mente, Jesús comienza por aseverar su carácter divino cuando dice al joven rico: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Después, Jesús va a dar al joven rico la oportunidad de lucirse ante los hombres por la vida ejemplar que llevaba. Le dijo: Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. El joven rico, se arroja flores sobre sí mismo diciendo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Una declaración ceñida a la verdad, pero insuficiente en absoluto para conducir a alguien a la vida eterna. Fue en este instante cuando Jesús miró con amor al joven rico. En la mirada de Jesús, no había reproche ni condenación sino sólo amor. Así es como mira Jesús a todo ser humano que confía en sus buenas obras para llegar a Dios. Es digno de compasión ver tanta gente que piensa que porque no ha matado a nadie, porque no ha robado a nadie, porque no ha engañado a nadie es merecedora de la vida eterna. Esta gente no necesita el reproche, ni la condenación. Esta gente necesita amor, porque está sinceramente auto engañada. Es como un ciego que está convencido que está en buen camino, pero no sabe que más adelante existe un profundo precipicio. Después de amar al joven rico, Jesús va a quitar la venda espiritual de sus ojos. Le dice: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Jesús es experto en quitar el manto de auto piedad de las personas y mostrar la podredumbre de lo que está por dentro. Lo hizo con los fariseos cientos de veces y ahora lo hace con el joven rico. Externamente el joven rico era intachable. Esto podría impresionar favorablemente a los hombres pero no a Dios. Dios no mira lo externo solamente sino el corazón. Y allí justamente es donde estaba el problema con este joven rico. El corazón de este joven rico estaba poseído por la codicia de los bienes materiales. No es que Jesús estaba diciendo que para tener vida eterna es necesario ser pobre. No. La salvación no se consigue con hacer voto de pobreza. La salvación es un regalo de Dios para todo aquel que recibe a Cristo como su Salvador personal. Tampoco Jesús estaba enseñando que para ser salvo es necesario vender todo lo que uno tiene y ese dinero repartirlo entre los pobres. No, la salvación no es por dar a los pobres, la salvación es por recibir a Cristo como Salvador personal. Tampoco Jesús estaba enseñando que la riqueza es pecaminosa o que ser rico es pecado. La Biblia es clara en condenar el amor a la riqueza mas no la riqueza en sí mismo. Jesús simplemente estaba desnudando la codicia de este joven rico. Las palabras que Jesús pronunció fueron como el descorrer el velo de auto piedad para dejar al descubierto la impiedad del corazón del joven rico. En este instante, el joven rico se encontró en la calamidad espiritual. Claro, por años el joven rico había pensado que con cumplir externamente las órdenes de la ley de Moisés era suficiente para obtener la vida eterna. Este era el dogma de su vida. Sin embargo, he aquí acaba de encontrase que no ha sido así. Sus convicciones espirituales se vinieron al suelo. Lo prudente para él hubiera sido que ponga en orden sus prioridades y dé el primer lugar a Dios en su corazón. Pero desgraciadamente, no lo hizo. Dice el texto leído que afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Este es el único caso en el Nuevo Testamento cuando alguien se aleja triste de Jesús. El joven rico llegó al fin de sus recursos espirituales. Estaba en bancarrota espiritual. Pero a diferencia de la mujer quien estaba en calamidad económica y Pablo quien estaba en calamidad personal, según vimos en nuestros estudios bíblicos pasados, este joven rico no se superó de su calamidad espiritual. Hasta donde se sabe, el joven rico debe haber muerto en su pecado. La gran pregunta es ¿por qué? ¿Qué hizo la diferencia entre la mujer que superó su calamidad económica y Pablo que superó su calamidad personal y este joven rico que sucumbió a su calamidad espiritual? La respuesta es porque la mujer tuvo fe en Dios para salir de su calamidad económica, Pablo tuvo fe en Dios para salir de su calamidad personal, pero este joven rico no tuvo fe en Dios para salir de su calamidad espiritual. Quizá usted, amable oyente, ha llega también a su calamidad espiritual. Todo lo que hasta ahora creía a pie juntillas se ha ido al suelo por una u otra razón. Hoy se encuentra sin saber qué creer. Si ese es su caso, yo le invito a tener fe en Dios. Él ha dado a su Hijo el Señor Jesucristo para que muera por usted. No desperdicie este regalo sin igual. Hoy mismo reciba a Cristo como su Salvador personal y ese será el principio para que viva un estilo de vida caracterizado por bienestar espiritual en todo sentido de la palabra.

Juan Huss 49

Juan Huss 49

Por tanto, ni el papa es la cabeza, ni los cardenales son todo el cuerpo de la iglesia santa, católica y universal. Porque únicamente Cristo es la cabeza, y sus predestinados son el cuerpo, y cada uno es miembro de ese cuerpo.

Juan Huss

a1Mientras Wyclif se enfrentaba a las autoridades eclesiásticas en Inglaterra, en la lejana Bohemia se estaba gestando un movimiento reformador muy semejante al que él propugnaba. Bohemia, en lo que después fue Checoslovaquia, estaba estrechamente unida al Imperio Alemán. De hecho, en 1346 el emperador Carlos IV había heredado el trono de Bohemia, y a partir de entonces las relaciones entre ambos países habían sido muy estrechas. En Bohemia, al igual que en el resto de Europa, se hacía necesaria una reforma eclesiástica, pues la simonía, el boato de los prelados y la corrupción moral eran comunes. Se calcula que aproximadamente la mitad del territorio nacional estaba en manos eclesiásticas, mientras la corona poseía una sexta parte. Por tanto, no ha de sorprendernos el que muchos reyes bohemios trataran de limitar el poder de la jerarquía eclesiástica, y que por esa razón apoyaran el movimiento de reforma. Pero también es cierto que varios de esos reyes fueron reformadores sinceros cuyas acciones fueron movidas por un genuino deseo de corregir los abusos que existían en la iglesia.

El movimiento reformador bohemio parece haber empezado en época de Carlos IV, y a iniciativa suya, pues el primer gran predicador de ese movimiento fue Conrado de Waldhausen, llevado al país por el propio Rey. Pronto Conrado tuvo un número considerable de discípulos, y es posible trazar una línea de sucesión ininterrumpida entre él y el más famoso de los reformadores bohemios, Juan Huss. Por tanto, aunque es cierto que las ideas de Wyclif hallaron eco en las de Huss, esto no ha de exagerarse hasta el punto de hacer del reformador bohemio un mero discípulo del inglés.

La situación política es también importante para comprender los orígenes de la reforma husita. En 1363, Wenceslao IV había sido coronado rey de Bohemia, todavía en vida de su padre Carlos IV. Y en 1378, al morir éste, lo sucedió también como emperador de Alemania. Al principio, su gobierno en ambos países fue efectivo. Pero paulatinamente fue abandonando los intereses del Imperio, que finalmente se rebeló en 1400, y lo depuso. Once años más tarde, Segismundo, hermano de Wenceslao, fue hecho emperador por los rebeldes alemanes. Puesto que Wenceslao todavía se consideraba a sí mismo único emperador legítimo, las relaciones entre ambos hermanos no eran buenas. Pero lo cierto es que, aun en Bohemia, Wenceslao se había retirado de los asuntos políticos, dejando el gobierno en manos de sus favoritos y dedicándose en demasía al vino. Luego, a principios del siglo XV el país parecía estar al borde de la anarquía.

Otro factor político de importancia era la tensión entre los bohemios o checos y los alemanes. Estos últimos, aunque eran una minoría relativamente pequeña, gozaban de gran poder. En la universidad de Praga, por ejemplo, sin ser la mayoría, contaban con tres votos, y los checos con uno. Por tanto, el sentimiento nacionalista bohemio se exacerbaba cada vez más, y fue uno de los factores importantes en el curso posterior de la reforma husita. Fue dentro de este contexto de corrupción eclesiástica, desgobierno y nacionalismo, que apareció la figura notable de Juan Huss.

Vida y obra de Juan Huss

Nacido alrededor de 1370, de una familia campesina que vivía en la pequeña aldea de Hussinek, Juan Huss ingresó a la universidad de Praga cuando tenía unos diecisiete años. A partir de entonces, toda su vida transcurrió en la capital de su país, excepto sus dos años de exilio y su encarcelamiento en Constanza. En 1402 fue hecho rector y predicador de la capilla de Belén. Allí se dedicó a predicar la reforma que tantos otros checos habían propugnado desde tiempos de Carlos IV. Su elocuencia y ardor eran tales, que pronto aquella capilla se volvió el centro del movimiento reformador. Wenceslao y su esposa Sofía lo tomaron por confesor, y le prestaron su apoyo. Algunos de los miembros más destacados de la jerarquía comenzaron a mirarlo con recelo. Pero buena parte del pueblo y de la nobleza parecía seguirlo, y el apoyo de los reyes era todavía suficientemente importante para que los prelados no se atrevieran a tomar medidas contra el fogoso predicador.

El mismo año que pasó a ocupar el púlpito de Belén, Huss fue hecho rector de la universidad. Por tanto, se encontraba en óptima posición para impulsar la reforma.

Al mismo tiempo que predicaba contra los abusos que existían en la iglesia, Huss continuaba sosteniendo las doctrinas generalmente aceptadas, y ni aun sus peores enemigos se atrevían a impugnar su vida o su ortodoxia. A diferencia de Wyclif, Juan Huss era un hombre en extremo afable, y grande el apoyo popular con que contaba.

El conflicto surgió en los círculos universitarios. Poco antes habían comenzado a llegar a Praga las obras de Wyclif. Un discípulo de Juan Huss, Jerónimo de Praga, pasó algún tiempo en Inglaterra, y trajo consigo algunas de las obras más radicales del reformador inglés. Huss parece haber leído esas obras con interés y entusiasmo, pues se trataba de alguien cuyas preocupaciones eran muy semejantes a las de él. Pero lo cierto es que Huss nunca se hizo wyclifita. Los intereses del inglés no eran los del bohemio, quien no se preocupaba tanto por las cuestiones doctrinales como por la reforma práctica de la iglesia. En particular, nunca estuvo de acuerdo con lo que Wyclif había dicho acerca de la presencia de Cristo en la comunión, sino que hasta el fin continuó sosteniendo una posición muy semejante a la que era común en su tiempo —la transubstanciación.

Empero en la universidad se discutían las obras de Wyclif. Los alemanes se oponían a ellas por una multitud de razones, pero sobre todo porque en lo que se refería a la cuestión de las ideas universales, que hemos discutido anteriormente, Wyclif era “realista”, y los alemanes seguían las corrientes “nominalistas” del momento. Los alemanes trataban a los checos como un puñado de bárbaros anticuados, que no estaban al día en cuestiones filosóficas y teológicas, y que por ello no seguían el nominalismo que estaba de moda. Ahora las obras de Wyclif venían a prestarles apoyo a los bohemios, mostrando que en la prestigiosísima universidad de Oxford un famoso maestro había sostenido el realismo, y esto en fecha relativamente reciente.

Por tanto, la disputa fue en sus orígenes de carácter altamente técnico y filosófico. Pero los alemanes, en su intento de ganar la batalla, trataron de dirigir el debate hacia las doctrinas más controvertibles de Wyclif, con el propósito de probar que era hereje, y que por tanto sus obras debían proscribirse. Juan Huss y sus compañeros bohemios se dejaron llevar por esa política, y pronto se vieron en la difícil situación de tener que defender las obras de un autor con cuyas ideas no estaban completamente de acuerdo.

Repetidamente, los checos declararon que no estaban defendiendo las doctrinas de Wyclif, sino su derecho a leer las obras del maestro inglés. Pero a pesar de ello los alemanes empezaron a llamar a sus contrincantes “wyclifitas”. Pronto varios miembros de la jerarquía, que estaban molestos por los ataques de Huss y sus seguidores, y que veían en las enseñanzas de Wyclif una seria amenaza a su posición, se sumaron al bando de los alemanes.

Era la época en que, a resultas del Concilio de Pisa, había tres papas. Wenceslao apoyaba al papa pisano, mientras el arzobispo de Praga y los alemanes en la universidad apoyaban a Gregorio XII. Puesto que Wenceslao necesitaba que la universidad apoyara su política, y en ella los checos tenían mayoría, el Rey sencillamente cambió el sistema de votación, dándoles tres votos a los checos y uno a los alemanes. Estos últimos abandonaron la ciudad y se fueron a Leipzig, donde fundaron una universidad rival declarando que la de Praga se había dado a la herejía. Aunque esto constituyó un gran triunfo para el movimiento husita, también contribuyó a propagar la idea de que ese movimiento no era sino otra versión del wyclifismo, y que era hereje.

El arzobispo se sometió a la postre a la voluntad del Rey, y reconoció al papa pisano. Pero se vengó de Huss y los suyos solicitando de ese papa, Alejandro V, que prohibiera la posesión de las obras de Wyclif. El Papa accedió, y además prohibió que se predicara fuera de las catedrales, los monasterios o las iglesias parroquiales. Puesto que el púlpito de Huss, en la capilla de Belén, no cumplía esas condiciones, el golpe iba claramente dirigido contra él. La universidad de Praga protestó. Pero Juan Huss tenía ahora que hacer la difícil decisión entre desobedecer al papa y dejar de predicar. A la postre su conciencia se impuso. Subió al púlpito y continuó predicando la tan anhelada reforma. Ese fue su primer acto de desobediencia, y de él surgieron muchos otros, pues cuando se le convocó a Roma en 1410 para dar cuenta de sus acciones se negó a ir. En consecuencia, en 1411 el cardenal Colonna lo excomulgó en nombre del Papa, por haber desobedecido la convocatoria papal. Pero a pesar de ello Huss continuaba predicando en Belén y participando de la vida eclesiástica, pues contaba con el apoyo de los reyes y de buena parte del país.

Así llegó Huss a uno de los puntos más revolucionarios de su doctrina. Un papa indigno que se oponga al bienestar de la iglesia, no ha de ser obedecido. Huss no pretendía que no fuera papa legítimo, puesto que estaba de acuerdo en aceptar el papado pisano. Pero aun así, tal papa no merece obediencia. Hasta aquí, Huss no estaba diciendo más que lo que afirmaban al mismo tiempo los jefes del movimiento conciliar. La diferencia estaba en que, mientras ellos se preocupaban principalmente por la cuestión jurídica de cómo decidir entre varios papas rivales, y le buscaban solución a esa cuestión en las leyes y tradiciones de la iglesia, Huss acababa por seguir a Wyclif en este punto, declarando que la última autoridad es la Biblia, y que un papa que no se ajuste a ella no ha de ser obedecido. Pero aun así, esto era, con ligeras diferencias, lo mismo que había dicho Guillermo de Occam al declarar que ni el papa ni el concilio, sino sólo las Escrituras, son infalibles.

Otro incidente vino a enconar la cuestión aún más. Juan XXIII, el papa pisano, estaba en guerra con Ladislao de Nápoles. En esa contienda su única esperanza de victoria estaba en lograr el apoyo, tanto militar como económico, del resto de la cristiandad latina. Por tanto, declaró que la guerra contra Ladislao era una cruzada, y promulgó la venta de indulgencias para costearla. A Bohemia llegaron los vendedores, utilizando toda clase de métodos para anunciar su mercancía. Huss, quien veinte años antes había comprado una indulgencia, pero que ahora había cambiado de parecer, protestó contra este nuevo abuso. En primer lugar, una guerra entre cristianos difícilmente podría recibir el titulo de cruzada. Y en segundo, sólo Dios puede dar indulgencia, y no ha de pretender venderse lo que viene únicamente de Dios.

Pero el Rey tenía interés en mantener buenas relaciones con Juan XXIII. Entre otras razones para ello, la cuestión de si él o su hermano Segismundo era el legítimo emperador estaba aún por dilucidarse, y era posible que, si la autoridad de Juan XXIII llegaba a imponerse, fuera él quien tuviera que decidir el pleito. Por ello el Rey prohibió que se continuara criticando la venta de indulgencias. Su prohibición resultó tardía. Ya era de todos conocida la opinión de Juan Huss y de sus compañeros, hasta tal punto que se habían producido motines públicos protestando contra este nuevo modo de explotar al pueblo checo.

Mientras tanto, Juan XXIII y Ladislao hicieron las paces, y la pretendida cruzada fue suspendida. Pero Huss quedó todavía ante Roma como el jefe de una gran herejía, y hasta se llegó a decir que todos los bohemios eran herejes. En 1412, Huss fue excomulgado de nuevo, por no haber comparecido ante la corte papal, y se le fijó un breve plazo para acudir. Si no lo hacia, Praga o cualquier otro lugar que le prestara refugio quedaría bajo entredicho. Luego, la supuesta herejía de Huss redundaría en perjuicio de la ciudad.

Por esa razón, el reformador checo decidió abandonar la ciudad donde había transcurrido la mayor parte de su vida, y se refugió en el sur de Bohemia, donde se dedicó a continuar su labor reformadora mediante sus escritos. Allí le llegó la noticia de que por fin se reuniría un gran concilio en Constanza, y que se le invitaba para acudir a él en su propia defensa. Además, el emperador Segismundo le ofrecía un salvoconducto que le garantizaba su seguridad personal.

Huss ante el Concilio

El Concilio de Constanza prometía ser la aurora de un nuevo día en la vida de la iglesia. A él acudirían los más distinguidos propugnadores de la reforma mediante un concilio, Juan Gerson y Pedro de Ailly. En él se decidiría de una vez por todas la cuestión de quién era el legítimo papa, y se tomarían medidas contra la simonía, el pluralismo y tantos otros males. Y a él estaba invitado Juan Huss, para presentar su caso. Aquella asamblea podría volverse el gran púlpito que él utilizaría en pro de la reforma.

Por tanto, Huss no podría dejar de asistir. Pero, por otra parte, el hecho mismo de que fuera necesario un salvoconducto daba indicios de los peligros que tal asistencia podría acarrear. Huss sabía que los alemanes que se habían ido a Leipzig habían continuado esparciendo el rumor de que él era hereje. Y sabía también que no podía contar con simpatía alguna por parte de Juan XXIII y su curia.

Por ello, antes de partir dejó un documento que debía ser leído en caso de su muerte. Como medida del carácter de aquel hombre, señalemos de pasada que ese documento era una confesión en la que declaraba que uno de sus grandes pecados era. . . ¡que le gustaba demasiado jugar al ajedrez! Los peligros que lo acosaban en Constanza eran grandes. Pero su conciencia lo obligaba a acudir. Y allá se fue el reformador checo, confiado en el salvoconducto imperial y en la justicia de su causa.

Aunque al principio Juan XXIII lo recibió cortésmente, a los pocos días se le citó ante el consistorio papal. Huss acudió, aunque declaró que había venido para exponer su fe ante el Concilio, y no ante el consistorio. Allí se le acusó formalmente de hereje, y él respondió que preferiría morir antes que ser hereje, y que si se le convencía de que lo era se retractaría. Por el momento la cuestión quedó en suspenso. Pero a partir de entonces Huss fue tratado como un prisionero, primero en su propia casa, después en el palacio del obispo, y por último en una serie de conventos que le servían de cárcel.

Cuando el Emperador, que no había llegado todavía a Constanza, supo lo que había sucedido, montó en cólera, y prometió hacer que se respetara su salvoconducto. Pero después comenzó a darle largas al asunto, pues no le convenía aparecer como protector de herejes. En vano fueron las protestas del propio Huss, así como las que llegaron de muchos nobles bohemios. Huss tenía hasta una certificación del Gran Inquisidor de Bohemia, declarando que era inocente de toda herejía. Pero para los italianos, alemanes y franceses, que eran la inmensa mayoría del Concilio, los checos no eran sino unos bárbaros que sabían poco de teología, y cuyos juicios no eran de fiar.

El 5 de junio de 1415, Huss compareció ante el Concilio. Unos pocos días antes, Juan XXIII había sido arrestado y traído de vuelta a Constanza, según narramos en el capitulo IV. Puesto que esto quería decir que el papa pisano había perdido todo poder, y puesto que era con él que Juan Huss había tenido sus peores conflictos, podría suponerse que la situación del reformador mejoraría. Pero lo que sucedió fue todo lo contrario. Cuando Huss fue llevado ante la asamblea, iba encadenado, como si hubiera intentado huir o se le hubiera ya condenado. Allí se le acusó formalmente de hereje, y de seguir las doctrinas de Wyclif. Huss trató de exponer sus opiniones, pero el clamor fue tanto que no se le podía oír. Al fin se decidió posponer la cuestión para el día 7 del mismo mes.

Tres días más duró el proceso de Juan Huss. Repetidamente se le acusó de hereje. Pero cuando se le señalaron doctrinas concretas en las que supuestamente consistía su herejía, Huss demostró que era perfectamente ortodoxo. Pedro de Ailly se hizo cargo del juicio, exigiendo que Huss se retractara de sus herejías. Huss insistía en que nunca había creído las doctrinas de que se le exigía ahora que se retractara, y que por tanto no podía hacer lo que de Ailly requería de él.

No había modo de resolver el conflicto. De Ailly quería asegurarse de que Huss se sometiera al Concilio, cuya autoridad no podía quedar en dudas. Huss le señalaba que el papa que lo había acusado de desobediencia era el mismo a quien el Concilio acababa de deponer. Mostrarle sus contradicciones a un hombre supuestamente sabio, tenido por lumbrera de las escuelas, y hacerlo ante una gran asamblea, no es siempre política sabia. El rencor de su juez se enconó cada vez más. Otros de los jefes del Concilio, entre ellos Juan Gerson, decían que estaban perdiendo el tiempo que debían dedicar a cuestiones más importantes, y que en todo caso a los herejes no hay que prestarles tribuna. El Emperador se dejó convencer con el argumento de que no hay que guardar la fe con quienes carecen de ella, y retiró su salvoconducto. Cuando Huss declaró por fin que era cierto que había dicho que, de no haber querido ir a Constanza, ni el Emperador ni el Rey hubieran podido obligarlo, sus acusadores vieron en ello la prueba de que era un hereje obstinado y orgulloso —aunque el noble bohemio Juan de Clum, quien lo defendió valientemente hasta el final, declaró que lo que Huss había dicho era cierto, y que tanto él como muchos otros más poderosos que él hubieran protegido a Huss de no haber éste querido acudir al Concilio.

Todo lo que el Concilio pedía era que Huss se le sometiera retractándose de sus doctrinas. Pero no estaba dispuesto a escuchar ni creer al acusado, en cuanto a cuáles eran las doctrinas que verdaderamente había creído y enseñado.

Una sencilla retractación hubiera bastado. El cardenal Zabarella preparó un documento en el que se le exigía a Huss que se retractara de sus errores, y aceptara la autoridad del Concilio. Aunque el documento estaba cuidadosamente escrito, porque sus jueces querían darle toda oportunidad a retractarse, y así ganar la disputa, el reformador checo sabía que si se retractaba condenaría con ello a todos sus seguidores, pues si él declaraba que sus doctrinas eran las que sus enemigos pretendían, estaría implicando que sus compañeros sostenían las mismas cosas, y que eran por tanto herejes. La respuesta de Huss fue firme:

—Apelo a Jesucristo, el único juez todopoderoso y totalmente justo. En sus manos pongo mi causa, puesto que El ha de juzgar a cada cual, no a base de testigos falsos y concilios errados, sino de la verdad y la justicia.

Por varios días se le tuvo entonces encarcelado, en la esperanza de que flaqueara y se retractara. Muchos fueron a rogarle que lo hiciera, conscientes quizá de que su condenación sería una mancha imborrable para el Concilio de Constanza. Pero Juan Huss se mantuvo firme.

Por fin, el 6 de julio, fue llevado a la catedral de Constanza. Allí, tras un sermón acerca de la obstinación de los herejes, se le vistió de sacerdote y se le entregó el cáliz, solo para luego arrebatárselo en señal de que se le retiraban sus órdenes sacerdotales. Después le cortaron el cabello para borrar la tonsura, haciéndole una cruz en la cabeza. Por último le colocaron en la cabeza una corona de papel decorada con diablillos, y lo enviaron al quemadero. Camino del suplicio, lo llevaron junto a una pira en que ardían sus libros.

De nuevo se le pidió que se retractara, y una vez más se negó firmemente. Por fin oró diciendo: “Señor Jesús, por ti sufro con paciencia esta muerte cruel. Te ruego que tengas misericordia de mis enemigos”. Murió cantando los Salmos.

Los husitas

Los verdugos recogieron todas las cenizas y las echaron al lago, para que nada quedara del supuesto heresiarca. Pero sus discípulos recogieron la tierra en que fue quemado, y la llevaron de regreso a Bohemia. Poco después Jerónimo de Praga, quien había decidido unirse a Juan Huss en Constanza, sufrió la misma suerte que su maestro.

La indignación en Bohemia no tuvo limites. Tanto los nobles como la universidad, la ciudad de Praga y el pueblo, se negaron a reconocer la autoridad del Concilio de Constanza. En esto fueron los nobles quienes tomaron la iniciativa, pues en una asamblea solemne 452 de ellos protestaron contra lo hecho en Constanza, y declararon que no estaban dispuestos a obedecer a un papa indigno.

La respuesta del Concilio fue una terca insistencia en que Huss era hereje, al tiempo que acusaba a los nobles y a Wenceslao y su esposa de ser patrocinadores de la herejía. Acto seguido el Concilio promulgó una serie de decretos que nadie obedeció: la universidad de Praga quedaba clausurada, los nobles que habían protestado debían comparecer en Constanza, y les estaba prohibido a los bohemios ordenar sacerdotes que sostuvieran las doctrinas de Huss.

En Bohemia misma había varios intereses que, al tiempo que concordaban en su oposición al Concilio de Constanza, divergían entre sí. Además de los nobles, estaban los profesores de la universidad, y algunos predicadores de Praga, que eran los verdaderos seguidores de Huss. Y lejos de la capital existían movimientos populares de origen oscuro que se oponían a la iglesia establecida. De ellos el principal era el del Monte Tabor. Los taboritas eran revolucionarios apocalípticos que creían que el fin estaba cercano, y que se mostraban dispuestos a contribuir a él mediante el uso de la espada. Sus doctrinas eran mucho más radicales que las de los verdaderos husitas. Otra comunidad o fraternidad semejante a la de los taboritas, pero menos apocalíptica, era la del Monte Horeb.

Los taboritas insistían en que todo lo que no estuviera en la Biblia debía ser rechazado. Frente a ellos, los husitas de Praga sostenían que sólo debía rechazarse lo que contradijera las enseñanzas claras de las Escrituras. Por tanto, los husitas retenían buena parte de las ceremonias tradicionales, las vestimentas eclesiásticas y los ornamentos en las iglesias. Los taboritas rechazaban todo esto. En realidad, como tan frecuentemente sucede en esta clase de confrontación, se trataba de un conflicto social. Los taboritas eran en su mayoría personas de clase baja, desposeídas de todo bienestar físico, para quienes los ornamentos y las ceremonias eclesiásticas eran un lujo abominable. Los husitas eran mayormente nobles y burgueses cuyos gustos y formación estaban más dirigidos hacia el arte, las letras, la tradición y los ornamentos.

Estos diversos grupos pugnaron entre sí siempre que les fue posible. Pero ante la amenaza externa les fue necesario olvidar sus diferencias y unirse frente al enemigo común. Esto los llevó a ponerse de acuerdo en Cuatro Artículos que a partir de entonces serían el fundamento del movimiento rebelde bohemio. El primero era que se predicara libremente por todo el reino de Bohemia la Palabra de Dios. El segundo, que la comunión se administrara “en ambas especies”, es decir, que se les devolviera a los laicos la copa. Esta era una conclusión a la que Huss había llegado en los últimos días de su vida, y que después se volvió tema característico de los husitas. Tercero, que el clero fuese desprovisto de sus riquezas, y viviera en pobreza apostólica. Y, cuarto, que los pecados públicos y mayores fuesen castigados, y en particular el pecado de simonía.

Estos Cuatro Artículos le fueron presentados a Segismundo en un momento difícil para Bohemia. Wenceslao acababa de morir, y el heredero de la corona era nada menos que su hermano Segismundo, el emperador que en Constanza había traicionado a Huss. El país se hallaba dividido, y no estaba listo para oponerse a la sucesión legítima al trono. Pero tampoco estaba dispuesto a capitular y entregarse en manos de Segismundo sin exigir condiciones. Esas condiciones, además de los Cuatro Artículos, eran que no se les darían cargos públicos a los alemanes, y que habría libertad de cultos.

Pero Segismundo no podía aceptar esos artículos sin rechazar el Concilio que él mismo había auspiciado, y sin dar a entender que la condenación de Huss había sido injusta. Por tanto, en lugar de acceder a las condiciones de los bohemios, se decidió a tomar el trono a la fuerza. Para ello, logró que el Papa proclamara una gran cruzada contra los herejes husitas. Las tropas de Segismundo llegaron hasta Praga, pero allí fueron derrotadas por un contingente, en su mayoría taborita, al mando de Juan Zizka. Este era un miembro de la nobleza menor que, decepcionado  con los husitas de Praga, se había unido a los taboritas, y los había organizado militarmente. Su principal arma de guerra eran los carros de los campesinos, que Zizka transformó en fortalezas sobre ruedas.

Convencidos de que el Señor estaba de su parte, los taboritas cayeron sobre los ejércitos imperiales y los obligaron a retirarse. Más tarde, en otra batalla, acabaron de destruir las fuerzas de la supuesta cruzada. Estos triunfos tuvieron lugar en 1420. Repetidamente, el Papa y el Emperador trataron de conquistar la región. En 1421, un ejército de cien mil cruzados huyó ante las tropas de Zizka, que perdió el único ojo que tenía (pues era tuerto desde su juventud) pero a pesar de ello no abandonó las tareas militares. Al año siguiente, la tercera cruzada contra los bohemios se deshizo antes de toparse con el enemigo. Poco después Zizka se apartó de los taboritas y se unió a la fraternidad del Monte Horeb, pues le parecía que los taboritas se estaban volviendo demasiado místicos y visionarios. Entre los horebitas vivió hasta su muerte, a consecuencias de la plaga, en 1424. Pero a pesar de haber perdido su gran general, los husitas siguieron triunfando en el campo de batalla. Las nuevas cruzadas de 1427 y 1431 no tuvieron mejor éxito que las anteriores.

La última campaña mencionada tuvo lugar mientras los husitas negociaban con el Concilio de Basilea. Convencidos por fin de que habían cometido un grave error al condenar a Juan Huss, los conciliaristas invitaron a los jefes husitas a asistir al nuevo concilio, para allí zanjar sus diferencias. Pero los bohemios, escarmentados por la experiencia de Juan Huss, exigían garantías incontrovertibles. Exasperados, los católicos intentaron una nueva cruzada, y fueron derrotados una vez más.

Esto los llevó a negociar un acuerdo con los husitas. La iglesia de Bohemia regresó a la comunión romana, aunque se permitía en ella la comunión en ambas especies, y se garantizaban en Bohemia ciertos elementos contenidos en los Cuatro Artículos. A esto accedieron muchos husitas, particularmente los nobles. Se firmó un convenio, y por fin Segismundo pudo ocupar el trono de Bohemia —hasta que murió, dieciséis meses después.

Empero no todos los bohemios estuvieron de acuerdo con este arreglo. Muchos se apartaron de la iglesia establecida, y a la postre formaron la Unitas Fratrum —unidad de los hermanos—. Esta organización llegó a ser numerosísima, no sólo en Bohemia, sino también en Moravia. Durante la Reforma del siglo XVI establecieron relaciones estrechas con el protestantismo, y por un tiempo se pensó que se unirían a los luteranos. Poco después, los emperadores de la casa de Austria, que le prestaban todo su apoyo al catolicismo, comenzaron a perseguirlos.

La organización quedó prácticamente destruida. Pero desde el exilio su obispo Juan Amós Comenio continuaba alentándolos e intercediendo por ellos. En esa obra ganó reputación de ser un hombre santo, sabio y gran reformador de la educación.

El sueño de Comenio era que algún día, después de la persecución, surgiera en algún lugar un retoño de la planta que la violencia había cortado. Y su sueño no se frustró, puesto que más adelante en esta historia volveremos a encontrarnos con el remanente de la Unitas Fratrum, bajo el nombre de “moravos”.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 511–520). Miami, FL: Editorial Unilit.

«¡PAREN EL FUEGO!»

29 feb 2016

«¡PAREN EL FUEGO!»

por Carlos Rey

a1«Muchas cosas sucedieron durante la Campaña de 1948…. Durante el ataque aéreo a San Isidro…., olvidando el almuerzo y el peligro, nuestros soldados tiraban a los aviones, en serio. Tiraban con rifles Mauser, pero no alcanzaban la altura de los atacantes, que se jugaban la vida constantemente, un poquito más arriba de la balacera.

»La altura era una de las causas de la mala puntería de los aviadores. Y las bombas se les iban gastando en vano, después del vuelo desde San José hasta San Isidro, que no era corto para aquellas naves pequeñas.

»Los pilotos necesitaban bajar más, aun aumentando el peligro de que nuestra riflería los alcanzara. Y nosotros necesitábamos que bajaran un poquito, para poder pegarles, aunque con eso mejoraran ellos su puntería, y [fuera mayor] nuestro riesgo.

»Pronto imaginamos una manera de hacer bajar los aviones y ponerlos a nuestro alcance. Ordenamos parar el fuego de los Mauser, y sigilosamente subimos una ametralladora de trípode al árbol más alto, amarrándola, junto con el operador, con pedazos de mecate, a las ramas de la copa. La máquina de calibre 30 tenía más alcance que los rifles, y disparaba más tiros. Además tendría… su blanco más cerca, más bajito.

»¡Dicho y hecho!

»“¡Paren el fuego! ¡Paren el fuego!” hubo que gritar muchas veces. Pero un ejército de patriotas voluntarios no suele ser muy disciplinado. Y… una de las órdenes más difíciles de acatar es la de parar el fuego, cuando ya la gente ha entrado en calor….

»… El problema se complicó… porque, cuando yo ordenaba que pararan el fuego, un soldado nuestro bien escondido no sé dónde, gritaba: “¡Denles [duro], muchachos! Cuantas más bombas de esas caen, ¡más‑se‑goza!”

»Por fin… a las avionetas se les acabaron las bombas, y se tuvieron que ir de regreso a San José sin hacernos ni un rasguño. Misión cumplida, misión perdida.

»Tocaron las cornetas al son de “terminó el peligro”. Muchos de nuestros hombres que estaban tirados boca abajo en las zanjas preparadas [de antemano] se incorporaron, y casi fue innecesario dar la orden de almuerzo.

»Pero entonces me buscó en carrera doña Andrea Venegas, la heroica Jefe de Cocina,… con una noticia peor que la venida de los aviones enemigos. ¡Por el momento no había almuerzo!

»“Cuando usted ordenó tantas veces que apagáramos el fuego y que apagáramos el fuego, le echamos baldes de agua a los fogones.”»1

Así nacen las palabras y los cuentos es el título que le puso el popular ex presidente de Costa Rica José Figueres a la pequeña obra suya de la que procede esta simpática anécdota histórica, escrita en 1977. Y así como en 1948 en San Isidro, Costa Rica, doña Andrea apagó el fuego de los fogones debido a que entendió mal lo que su jefe militar quería que hiciera, también hay quienes actualmente apagan el fuego del Espíritu Santo a causa de que entienden mal la voluntad de Dios, su Jefe espiritual. Pues Dios quiere que nos preocupemos más bien de que en nuestro fogón no deje de arder el fuego de su presencia, no sea que nos quedemos con hambre espiritual.2

1 José Figueres, Así nacen las palabras y los cuentos (San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1977), pp. 135‑41.
2 1Ts 5:19

LA PUERTA DE TU CORAZÓN

LA PUERTA DE TU CORAZÓN

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-29
a1Constantemente pasan personas por nuestra vida que no sabemos con qué intenciones se acercan. Es que se ha creado dentro de nosotros cierto mecanismo de defensa que nos impulsa a considerar como enemigos potenciales a toda persona que se acerque a nosotros. Es que hemos sido decepcionados tantas veces que ya nos cuesta creer en las personas. Por tal motivo necesitamos ese “espíritu de discernimiento” que la Biblia presenta. Pero ¿cómo tenerlo? ¿Cómo puedo estar seguro que estoy abriendo mi casa mi corazón y mi vida entera a alguien de quien desconozco sus intenciones?… Por otro lado, si no confío nunca en nada ni en nadie, corro el riesgo de quedar paulatinamente sola, solo, y de hecho muchos hoy lamentan esa realidad. Es interesante considerar las variadas maneras en que las personas reconocieron a Jesús mientras se aparecía a los suyos después de resucitar. Por ejemplo cuando partió el pan camino a Emaús dice el relato bíblico que entonces sus ojos fueron abiertos y ahí se dieron cuenta que ese extraño forastero era, nada más ni nada menos que el mismo Señor resucitado. Pedro le reconoció amaneciendo dentro de su barca a orillas del mar de Galilea  cuando hizo el milagro de los peces y Tomás cuando le mostró sus heridas y le invitó a tocarlas, cosa que no fue necesario porque su fe ya estaba en proceso de recuperación por el gesto del Señor y la comunión  de los hermanos que le recibieron nuevamente en el grupo. ¿Lo notaste? En la aldea de Emaús fue Él quien sirvió aunque no era el dueño de la casa. A orillas del mar fue Él el que preparó el desayuno para un deprimido Pedro y sus frustrados pescadores, y  un desconcertado Tomás fue el Señor mismo quien se tomó el trabajo de aparecer por segunda vez y dirigirse al incrédulo sin reproche sino con amor.

Quedan pocas, pero todavía hay personas que viven para servir a los demás en lugar de buscar ser servidos siempre. Personas que no van a  señalar tus dudas sino que te van a ayudar a disiparlas, personas que amen no de palabra sino de hechos y en verdad. A esos recibe.

PENSAMIENTO DEL DÍA

Asegúrate bien a quién le estás abriendo la puerta de tu corazón.

Juan Wyclif 48

Juan Wyclif 48

Se me ha acusado de esconder, bajo una máscara de santidad, la hipocresía, el odio y el rencor. Me temo, y con dolor confieso, que tal cosa me ha acaecido con harta frecuencia.

Juan Wyclif

a1El curso ininterrumpido de nuestra narración nos ha hecho continuar la historia del papado y del movimiento conciliar hasta principios del siglo XV. En esa narración nos hemos referido repetidamente a los intentos de reforma que caracterizaron al movimiento conciliar. Según hemos visto, esa reforma se dirigía, no a cuestiones de doctrina, sino más bien a la práctica de la vida religiosa, y en particular contra abusos tales como la simonía, el absentismo, etc. Pero al mismo tiempo que los acontecimientos que hemos narrado estaban teniendo lugar, había otro movimiento de reforma mucho más radical, que no se contentaba con atacar las cuestiones referentes a la vida y las costumbres, sino que buscaba también corregir las doctrinas de la iglesia medieval, ajustándolas más al mensaje bíblico. De los muchos que siguieron este camino los más destacados fueron Juan Wyclif y Juan Huss. Wyclif vivió durante la época de la “cautividad babilónica” del papado y los inicios del Gran Cisma. Huss, a quien dedicaremos el próximo capítulo, terminó su carrera en el Concilio de Constanza.

La vida y obra de Wyclif

Juan Wyclif fue uno de esos autores cuyos libros dan a entender muy poco acerca de ellos mismos. La cita que encabeza este capítulo es una de las pocas veces en que Wyclif nos abre las profundidades de su corazón. Y aun en ella nos dice sólo lo que podríamos fácilmente adivinar: que sus sinceros esfuerzos reformadores no han estado exentos de toda mácula de pecado. Por tales razones, es poco lo que se sabe de los años mozos de Wyclif. Y, aunque supiéramos más, quizá tal conocimiento no resultaría particularmente interesante, pues lo poco que conocemos parece indicar una niñez típica en una pequeña aldea de Inglaterra, y una juventud dedicada casi exclusivamente al estudio.

La mayor parte de su vida transcurrió en la universidad de Oxford, donde llegó a ser famoso por su lógica y erudición. Allí se le conoció como un hombre dotado de una mente privilegiada, dispuesto a seguir sus argumentos con toda perseverancia hasta sus últimas conclusiones, y carente de humor. De esto da testimonio uno de sus seguidores, quien cuenta que años después el arzobispo de Canterbury le dijo acerca de Wyclif que “era un gran erudito, y muchos lo consideraban un perfecto hígado”. De la universidad salió Wyclif en 1371, para dedicarse al servicio de la corona. Era la época en que, como hemos dicho en nuestro primer capítulo, existían tensiones entre el trono inglés y el pontificado romano, particularmente en lo que se refería a los impuestos sobre el clero que una y otra parte trataban de imponer. Wyclif salió en defensa de la corona, atacando la teoría según la cual el poder temporal se deriva del espiritual. Fue dentro de este contexto que comenzó a desarrollar sus teorías acerca del “señorío”, de que trataremos más adelante. También fue enviado como parte de una embajada que discutió con los legados pontificios los puntos que se debatían. Al parecer, su lógica inflexible y su falta de sentido de la realidad política lo hacían poco apto para la diplomacia, y por tanto no volvió a ser enviado en misiones semejantes. A partir de entonces se le utilizó principalmente como el polemista demoledor que el poder secular empleaba contra sus enemigos eclesiásticos.

Empero esa misma polémica, el rigor de su lógica, sus estudios bíblicos, y el escándalo del Gran Cisma, que comenzó en 1378, lo llevaron a posiciones cada vez más atrevidas. Muchas de sus doctrinas acerca del “señorío” según se iban desarrollando, redundaban en perjuicio, no sólo del papa y los poderosos señores de la iglesia, sino también del estado. De igual modo que el poder espiritual tenía sus límites, también lo tenía el temporal. Por tanto, los nobles que antes lo apoyaron se fueron apartando de él y dejándolo cada vez más desamparado.

Wyclif se contentó entonces con regresar a su querida Oxford, donde contaba con muchos seguidores y admiradores. Pero aun allí se iba cerrando el cerco. Sus doctrinas acerca de la eucaristía se oponían a las enseñanzas oficiales de la iglesia. Sus ataques a los frailes, que habían comenzado años antes, le habían ganado muchos enemigos. En el 1380, el canciller de la universidad convocó una asamblea para discutir las enseñanzas de Wyclif acerca de la comunión, y esa asamblea lo condenó por un escaso margen. Todavía había muchos en Oxford que lo defendían, y las autoridades no se atrevían a tomar medidas contra él. Durante varios meses permaneció encerrado en sus habitaciones, privado de libertad, pero libre para continuar escribiendo sus libros, cada vez más fogosos.

Por fin, en 1381, se retiró a su parroquia de Lutterworth. Este hecho de que Wyclif tuviera una parroquia mientras se ocupaba de otros asuntos señala el grado a que habían llegado los abusos de la época. Hasta él mismo, quien tanto los atacó, los practicaba, aunque no en grado tan extremo como muchos otros. Por largos años en su juventud había costeado su estadía en Oxford con los ingresos de un cargo eclesiástico. Y más tarde, cuando se vio en estrecheces económicas, trocó ese cargo por otro menos productivo, a cambio de una suma. Resulta difícil ver en qué se diferencia esto de la simonía que practicaban los grandes prelados, excepto en la magnitud de la transacción. En cuanto a la parroquia de Lutterworth, ésta le había sido concedida por la corona en gratitud por los servicios prestados. En esa época, había llegado a tal grado este tipo de corrupción, que quien no lo practicara, siquiera en una mínima medida, difícilmente podría ocupar cargos en la iglesia.

En 1382, mientras estaba en Lutterworth, sufrió su primera embolia. Pero a pesar de ello continuó escribiendo hasta su muerte en 1384, a consecuencias de otra embolia. Puesto que murió en la comunión de la iglesia, se le enterró en tierra consagrada. Pero años después, cuando el Concilio de Constanza lo condenó, sus restos fueron exhumados y quemados, y sus cenizas fueron lanzadas al río Swift.

Sus doctrinas

Wyclif comenzó su carrera teológica siendo un teólogo conservador. En una época en que, según veremos más adelante, los teólogos más modernos comenzaban a dudar de la síntesis medieval entre la fe y la razón, Wyclif era, y siguió siendo durante toda su vida, firme creyente en esa síntesis. Según él, tanto la razón como la revelación nos dan a conocer la verdad de Dios, sin que haya tensión entre ambas. Aún más, la razón es capaz de demostrar la doctrina de la Trinidad y la necesidad de la encarnación. Según sus opiniones se fueron volviendo más radicales, Wyclif reafirmó cada vez más esta relación entre ambos modos de conocimiento, y por tanto su oposición a las doctrinas generalmente aceptadas se basaba tanto en que se oponían a la Biblia como en argumentos racionales. Durante los primeros años de controversias, enfrascado como estaba en la cuestión de la autoridad del papa para imponer tributos al clero inglés, su principal tema teológico fue la cuestión del “señorío”. ¿En qué consiste el señorío legítimo? ¿Cuáles son sus fuentes? ¿Cómo se le conoce? En respuesta a estas preguntas. Wyclif declara que no hay otro señorío que el de Dios. Cualquier criatura tiene dominio o señorío sobre otra sólo porque Dios se lo ha dado. Pero hay también un señorío falso e impropio, puramente humano. Este, en lugar de ser verdadero señorío, es una usurpación. Para distinguir entre ambos, la Biblia nos ofrece un criterio claro: Jesucristo, a quien pertenece todo dominio, no vino para ser servido, sino para servir. De igual modo, el señorío humano legítimo es sólo aquel que se dedica a servir, y no a ser servido. El señorío que busca su propio bien antes que el servicio de los gobernados es tiranía y usurpación. Luego las autoridades eclesiásticas, y en particular el papado, si se dedican a imponer impuestos para su propio provecho, y no a servir a quienes están debajo de ellos, son ilegítimas.

También constituye usurpación el reclamar poder sobre una esfera más amplia que la que Dios ha colocado bajo nosotros. Por ello, si el papa pretende extender su autoridad allende los límites de lo espiritual, y aplicarla a cuestiones temporales, esa misma pretensión hace de él un tirano y usurpador.

Naturalmente, tales doctrinas fueron recibidas con beneplácito por el poder temporal, que estaba envuelto en una amarga polémica con el papa. Pero tan pronto como los poderosos se percataron de las consecuencias últimas de las enseñanzas de Wyclif, comenzaron a abandonarlo. En efecto, los argumentos de Wyclif contra el papado también podían aplicarse al poder temporal. También éste debía medirse por la medida en que servía a sus súbditos. Y también se convertía en usurpador si intentaba extender autoridad al campo de lo espiritual. Por tanto, no ha de extrañarnos el hecho de que, hacia el fin de su vida, Wyclif se vio abandonado por los poderosos que antes se habían gozado en sus argumentos. La excusa que dieron fue que Wyclif se había vuelto hereje. Y no cabe duda de que el maestro de Oxford se oponía a algunas de las doctrinas comúnmente aceptadas en esa época. Pero tampoco cabe duda de que los nobles vieron con alivio el que Wyclif les ofreciera un modo conveniente de excusar su infidelidad. Esto se vio claramente después de la rebelión de los campesinos que tuvo lugar en 1381. Aunque Wyclif no tomó parte en la revuelta, ni la alentó, no faltaron quienes vieron la relación entre las demandas de los campesinos y mucho de lo que él había dicho.

Con el correr de los años, Wyclif fue acentuando cada vez más la autoridad de las Escrituras por encima del papa y de la tradición eclesiástica. Estaba de acuerdo con lo que Tertuliano había dicho, en el sentido de que las Escrituras le pertenecen a la iglesia, y por tanto han de ser interpretadas dentro de ella y por ella. Pero no estaba de acuerdo en que la iglesia fuera lo mismo que la jerarquía eclesiástica.

Siguiendo a Agustín, y basándose en textos del apóstol Pablo, llegaba a la conclusión de que la iglesia es el conjunto de los predestinados. La verdadera iglesia es invisible, puesto que en la visible e institucional hay réprobos junto a los que han sido predestinados para salvación. Esto resulta claro porque, aunque es imposible saber con absoluta certeza quién pertenece a cada uno de estos dos grupos, sí hay indicios que podemos seguir, tales como la obediencia a la voluntad de Dios. A base de tales indicios, no cabe duda de que en la jerarquía eclesiástica hay muchos réprobos, que no pertenecen a la verdadera iglesia, y a quienes por tanto las Escrituras no les pertenecen. Hacia el fin de sus días, Wyclif declaró que el papa se contaba entre esos réprobos, y llegó a llamarle anticristo.

Si la verdadera iglesia era la de los predestinados, y no la de los magnates eclesiásticos, y si las Escrituras le pertenecían a esa iglesia, se seguía que era necesario traducir la Biblia al idioma vernáculo, y devolvérsela al pueblo. Fue por inspiración de Wyclif, después de su muerte, que la Biblia se tradujo al inglés. Y fue también por esa misma inspiración que pronto el país se vio invadido por los “predicadores pobres” o lolardos, de que trataremos bajo el próximo epígrafe.

Sin embargo, el punto en que las enseñanzas de Wyclif les dieron a sus enemigos la oportunidad de declararlo hereje fue su doctrina acerca de la presencia de Cristo en la comunión. Como ya hemos visto, a través de los siglos, y desde los mismos inicios, la comunión había sido el culto cristiano por excelencia. Poco a poco se le fue dando un sentido mágico, que no tenía al principio. En la piedad popular surgió la idea de que el pan y el vino se convertían literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esta fue una de las controversias que narramos al tratar acerca de la época carolingia. En aquella época, las supersticiones populares fueron rechazadas por los mejores eruditos. Pero a pesar de ello continuaron propagándose, y en el siglo XIII el Cuarto Concilio de Letrán promulgó la doctrina de la transubstanciación, según la cual, al celebrarse la comunión, la substancia del pan desaparece, y el cuerpo de Cristo ocupa su lugar, al tiempo que se conservan los accidentes de pan—tamaño, color, sabor, etc. Lo mismo se decía acerca del vino y la sangre del Señor.

Wyclif rechazó esa doctrina, no porque quisiera restarle importancia a la comunión, ni tampoco porque no creyera que en ella ocurría un verdadero milagro, sino porque le parecía contradecir la doctrina cristiana de la encarnación. Cuando el Verbo se encarnó, se unió a un hombre. Esa unión no destruyó la humanidad de Jesucristo. Afirmar lo contrario sería caer en el docetismo. De igual modo, lo que sucede en la comunión es que el cuerpo de Cristo se une al pan, sin que éste deje de ser lo que era anteriormente. Allí está verdaderamente presente el cuerpo de Cristo, de un modo “sacramental” y “misterioso”; pero también está presente el pan. En cuanto a si el cuerpo del Señor está también presente para quienes reciben la comunión sin fe, o si por el contrario esa presencia depende de la fe, Wyclif no se expresó claramente. Según veremos más adelante, en lo que se refiere al modo en que Cristo está presente en la comunión, estas opiniones de Wyclif se asemejaban mucho a las que más tarde sostendría Martín Lutero.

Los lolardos

Las doctrinas de Wyclif hallaron expresión en el movimiento de los “lolardos” —término despectivo que sus enemigos les aplicaron, y que se deriva de una palabra holandesa que quiere decir “murmuradores”—. No hay pruebas definitivas de que fuera el propio Wyclif quien los lanzara a la predicación. Pero en todo caso, todavía en vida del maestro de Oxford, varios de sus discípulos se dedicaron a divulgar sus doctrinas entre el pueblo. Al principio, los principales lolardos eran personas que habían estudiado en Oxford bajo Wyclif. Por tanto, su predicación tendía a dirigirse hacia la aristocracia más que hacia las clases populares. Parte de la obra de estos primeros lolardos consistió en traducir las Escrituras al inglés, según lo había recomendado Wyclif, y en recorrer el país predicando. Pero en 1382 el arzobispo Guillermo Courtenay logró que la universidad de Oxford condenara el lolardismo, y a partir de entonces varios de los primeros miembros del movimiento lo abandonaron. Algunos de ellos llegaron a perseguirlo. El resultado fue que el lolardismo, que en sus orígenes era un movimiento académico, se volvió cada vez más popular. Aunque todavía contaba con adherentes entre la nobleza y el clero, la mayoría de sus seguidores pertenecía a las clases menos educadas.

Las doctrinas del lolardismo eran claras, tajantes y revolucionarias. La Biblia debía ponerse a disposición del pueblo en el idioma vernáculo. Las distinciones entre el clero y el laicado, a base del rito de ordenación, eran contrarias a las Escrituras. La principal función de los ministros de Dios debía ser predicar, y el tener cargos públicos les debería estar prohibido, pues “nadie puede servir a dos señores”. Además, el celibato de sacerdotes, monjes y monjas era una abominación que producía inmoralidad, aberraciones sexuales, abortos e infanticidios. El culto a las imágenes, las peregrinaciones, las oraciones por los muertos y la doctrina de la transubstanciación eran pura magia y superstición. Más tarde, según el movimiento se fue apartando de sus raíces académicas, y había en él menos personas capaces de orientarlo mediante sus estudios bíblicos y teológicos, comenzaron a aparecer dentro de él grupos cuyas teorías eran cada vez más extrañas.

La persecución no tardó en desatarse. Los lolardos que todavía había entre los nobles trataron de inducir al Parlamento a cambiar las leyes con respecto a la herejía. Pero no lo lograron, y la mayoría de ellos a la postre se retractó y volvió al seno de la iglesia oficial. Unos pocos persistieron, y en 1413 y 1414 Sir John Oldcastle dirigió un fallido movimiento rebelde. Tres años después, Oldcastle fue capturado y ejecutado. A partir de entonces, el lolardismo casi desapareció por completo entre las clases pudientes, pero continuó expandiéndose entre los humildes. Esto a su vez lo volvió más radical. Cuando en el 1431 se descubrió una nueva conspiración lolarda, su propósito no era sólo reformar la iglesia, sino también derrocar al gobierno.

A pesar de que se les perseguía constantemente, los lolardos nunca llegaron a extinguirse. A principios del siglo XVI, el movimiento cobró nuevas fuerzas, y el número de mártires ejecutados por sostener sus doctrinas aumentó considerablemente. A la postre, el remanente lolardo, que debe haber sido considerable, se confundió con los primeros protestantes. Por tanto, aunque los sueños de Wyclif y sus primeros seguidores quedaron temporalmente frustrados, a la larga se cumplieron en la gran Reforma que conmovió a Inglaterra y a toda Europa en el siglo XVI.

Pero aún antes de la Reforma, las enseñanzas de Wyclif hallaron eco en la lejana Bohemia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 505–510). Miami, FL: Editorial Unilit.

LA PALABRA CREADORA DE DIOS

LA PALABRA CREADORA DE DIOS

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-28

a1PRINCIPIAR… iniciar… comenzar… abrir… Hay algo refrescante y optimista en estas palabras,ya sea que se refieran al amanecer de un nuevo día, al nacimiento de un niño, al preludio de una sinfonía o a los primeros kilómetros de las vacaciones familiares. Libres de problemas y llenos de promesas, todos los comienzos despiertan la esperanza y las visiones llenas de fantasía del futuro. Desde el Génesis se revela el principio del mundo, de la historia de la humanidad, de la familia, de la civilización, de la salvación. Es la historia del propósito y el plan de Dios para su creación. La Biblia entera establece este escenario y revela la persona y la naturaleza de Dios (Creador, Protector, Juez, Redentor); el valor y la dignidad de los seres humanos (hechos a la imagen de Dios, salvos por gracia, utilizados por Dios en el mundo); la tragedia y las consecuencias del pecado (la caída, la separación de Dios, el juicio); la promesa y la seguridad de salvación (el pacto, el perdón, el Mesías prometido). Ahí es donde comienza Tu historia y la mía. De súbito vemos crear a Dios el mundo en un despliegue majestuoso de poder y propósito, que culminó con un hombre y una mujer hechos a su imagen. Pero muy pronto el pecado entró y Satanás fue desenmascarado. La creación, bañada en inocencia, fue destrozada por la caída (la desobediencia voluntaria de Adán y Eva). La comunión con Dios se rompió y el mal comenzó a tejer su telaraña destructiva.

Pero es la misma Palabra del Dios Creador  la que nos dice: ¡Sí hay esperanza! No importa cuán oscura pueda parecer la situación del mundo, Dios tiene un plan. No importa cuán insignificante o inútil tú te sientas, Dios te ama y quiere utilizarte en Su Plan. No importa cuánto hayas pecado o cuán separado te encuentres de Dios, la salvación está al alcance de tu mano si buscas en el lugar correcto: La Eterna Palabra de Dios que tienes olvidada en aquel viejo baúl.

http://labibliadice.org/unapausaentuvida/2016/02/28/la-palabra-creadora-dios/