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Juan Wyclif 48

Juan Wyclif 48

Se me ha acusado de esconder, bajo una máscara de santidad, la hipocresía, el odio y el rencor. Me temo, y con dolor confieso, que tal cosa me ha acaecido con harta frecuencia.

Juan Wyclif

a1El curso ininterrumpido de nuestra narración nos ha hecho continuar la historia del papado y del movimiento conciliar hasta principios del siglo XV. En esa narración nos hemos referido repetidamente a los intentos de reforma que caracterizaron al movimiento conciliar. Según hemos visto, esa reforma se dirigía, no a cuestiones de doctrina, sino más bien a la práctica de la vida religiosa, y en particular contra abusos tales como la simonía, el absentismo, etc. Pero al mismo tiempo que los acontecimientos que hemos narrado estaban teniendo lugar, había otro movimiento de reforma mucho más radical, que no se contentaba con atacar las cuestiones referentes a la vida y las costumbres, sino que buscaba también corregir las doctrinas de la iglesia medieval, ajustándolas más al mensaje bíblico. De los muchos que siguieron este camino los más destacados fueron Juan Wyclif y Juan Huss. Wyclif vivió durante la época de la “cautividad babilónica” del papado y los inicios del Gran Cisma. Huss, a quien dedicaremos el próximo capítulo, terminó su carrera en el Concilio de Constanza.

La vida y obra de Wyclif

Juan Wyclif fue uno de esos autores cuyos libros dan a entender muy poco acerca de ellos mismos. La cita que encabeza este capítulo es una de las pocas veces en que Wyclif nos abre las profundidades de su corazón. Y aun en ella nos dice sólo lo que podríamos fácilmente adivinar: que sus sinceros esfuerzos reformadores no han estado exentos de toda mácula de pecado. Por tales razones, es poco lo que se sabe de los años mozos de Wyclif. Y, aunque supiéramos más, quizá tal conocimiento no resultaría particularmente interesante, pues lo poco que conocemos parece indicar una niñez típica en una pequeña aldea de Inglaterra, y una juventud dedicada casi exclusivamente al estudio.

La mayor parte de su vida transcurrió en la universidad de Oxford, donde llegó a ser famoso por su lógica y erudición. Allí se le conoció como un hombre dotado de una mente privilegiada, dispuesto a seguir sus argumentos con toda perseverancia hasta sus últimas conclusiones, y carente de humor. De esto da testimonio uno de sus seguidores, quien cuenta que años después el arzobispo de Canterbury le dijo acerca de Wyclif que “era un gran erudito, y muchos lo consideraban un perfecto hígado”. De la universidad salió Wyclif en 1371, para dedicarse al servicio de la corona. Era la época en que, como hemos dicho en nuestro primer capítulo, existían tensiones entre el trono inglés y el pontificado romano, particularmente en lo que se refería a los impuestos sobre el clero que una y otra parte trataban de imponer. Wyclif salió en defensa de la corona, atacando la teoría según la cual el poder temporal se deriva del espiritual. Fue dentro de este contexto que comenzó a desarrollar sus teorías acerca del “señorío”, de que trataremos más adelante. También fue enviado como parte de una embajada que discutió con los legados pontificios los puntos que se debatían. Al parecer, su lógica inflexible y su falta de sentido de la realidad política lo hacían poco apto para la diplomacia, y por tanto no volvió a ser enviado en misiones semejantes. A partir de entonces se le utilizó principalmente como el polemista demoledor que el poder secular empleaba contra sus enemigos eclesiásticos.

Empero esa misma polémica, el rigor de su lógica, sus estudios bíblicos, y el escándalo del Gran Cisma, que comenzó en 1378, lo llevaron a posiciones cada vez más atrevidas. Muchas de sus doctrinas acerca del “señorío” según se iban desarrollando, redundaban en perjuicio, no sólo del papa y los poderosos señores de la iglesia, sino también del estado. De igual modo que el poder espiritual tenía sus límites, también lo tenía el temporal. Por tanto, los nobles que antes lo apoyaron se fueron apartando de él y dejándolo cada vez más desamparado.

Wyclif se contentó entonces con regresar a su querida Oxford, donde contaba con muchos seguidores y admiradores. Pero aun allí se iba cerrando el cerco. Sus doctrinas acerca de la eucaristía se oponían a las enseñanzas oficiales de la iglesia. Sus ataques a los frailes, que habían comenzado años antes, le habían ganado muchos enemigos. En el 1380, el canciller de la universidad convocó una asamblea para discutir las enseñanzas de Wyclif acerca de la comunión, y esa asamblea lo condenó por un escaso margen. Todavía había muchos en Oxford que lo defendían, y las autoridades no se atrevían a tomar medidas contra él. Durante varios meses permaneció encerrado en sus habitaciones, privado de libertad, pero libre para continuar escribiendo sus libros, cada vez más fogosos.

Por fin, en 1381, se retiró a su parroquia de Lutterworth. Este hecho de que Wyclif tuviera una parroquia mientras se ocupaba de otros asuntos señala el grado a que habían llegado los abusos de la época. Hasta él mismo, quien tanto los atacó, los practicaba, aunque no en grado tan extremo como muchos otros. Por largos años en su juventud había costeado su estadía en Oxford con los ingresos de un cargo eclesiástico. Y más tarde, cuando se vio en estrecheces económicas, trocó ese cargo por otro menos productivo, a cambio de una suma. Resulta difícil ver en qué se diferencia esto de la simonía que practicaban los grandes prelados, excepto en la magnitud de la transacción. En cuanto a la parroquia de Lutterworth, ésta le había sido concedida por la corona en gratitud por los servicios prestados. En esa época, había llegado a tal grado este tipo de corrupción, que quien no lo practicara, siquiera en una mínima medida, difícilmente podría ocupar cargos en la iglesia.

En 1382, mientras estaba en Lutterworth, sufrió su primera embolia. Pero a pesar de ello continuó escribiendo hasta su muerte en 1384, a consecuencias de otra embolia. Puesto que murió en la comunión de la iglesia, se le enterró en tierra consagrada. Pero años después, cuando el Concilio de Constanza lo condenó, sus restos fueron exhumados y quemados, y sus cenizas fueron lanzadas al río Swift.

Sus doctrinas

Wyclif comenzó su carrera teológica siendo un teólogo conservador. En una época en que, según veremos más adelante, los teólogos más modernos comenzaban a dudar de la síntesis medieval entre la fe y la razón, Wyclif era, y siguió siendo durante toda su vida, firme creyente en esa síntesis. Según él, tanto la razón como la revelación nos dan a conocer la verdad de Dios, sin que haya tensión entre ambas. Aún más, la razón es capaz de demostrar la doctrina de la Trinidad y la necesidad de la encarnación. Según sus opiniones se fueron volviendo más radicales, Wyclif reafirmó cada vez más esta relación entre ambos modos de conocimiento, y por tanto su oposición a las doctrinas generalmente aceptadas se basaba tanto en que se oponían a la Biblia como en argumentos racionales. Durante los primeros años de controversias, enfrascado como estaba en la cuestión de la autoridad del papa para imponer tributos al clero inglés, su principal tema teológico fue la cuestión del “señorío”. ¿En qué consiste el señorío legítimo? ¿Cuáles son sus fuentes? ¿Cómo se le conoce? En respuesta a estas preguntas. Wyclif declara que no hay otro señorío que el de Dios. Cualquier criatura tiene dominio o señorío sobre otra sólo porque Dios se lo ha dado. Pero hay también un señorío falso e impropio, puramente humano. Este, en lugar de ser verdadero señorío, es una usurpación. Para distinguir entre ambos, la Biblia nos ofrece un criterio claro: Jesucristo, a quien pertenece todo dominio, no vino para ser servido, sino para servir. De igual modo, el señorío humano legítimo es sólo aquel que se dedica a servir, y no a ser servido. El señorío que busca su propio bien antes que el servicio de los gobernados es tiranía y usurpación. Luego las autoridades eclesiásticas, y en particular el papado, si se dedican a imponer impuestos para su propio provecho, y no a servir a quienes están debajo de ellos, son ilegítimas.

También constituye usurpación el reclamar poder sobre una esfera más amplia que la que Dios ha colocado bajo nosotros. Por ello, si el papa pretende extender su autoridad allende los límites de lo espiritual, y aplicarla a cuestiones temporales, esa misma pretensión hace de él un tirano y usurpador.

Naturalmente, tales doctrinas fueron recibidas con beneplácito por el poder temporal, que estaba envuelto en una amarga polémica con el papa. Pero tan pronto como los poderosos se percataron de las consecuencias últimas de las enseñanzas de Wyclif, comenzaron a abandonarlo. En efecto, los argumentos de Wyclif contra el papado también podían aplicarse al poder temporal. También éste debía medirse por la medida en que servía a sus súbditos. Y también se convertía en usurpador si intentaba extender autoridad al campo de lo espiritual. Por tanto, no ha de extrañarnos el hecho de que, hacia el fin de su vida, Wyclif se vio abandonado por los poderosos que antes se habían gozado en sus argumentos. La excusa que dieron fue que Wyclif se había vuelto hereje. Y no cabe duda de que el maestro de Oxford se oponía a algunas de las doctrinas comúnmente aceptadas en esa época. Pero tampoco cabe duda de que los nobles vieron con alivio el que Wyclif les ofreciera un modo conveniente de excusar su infidelidad. Esto se vio claramente después de la rebelión de los campesinos que tuvo lugar en 1381. Aunque Wyclif no tomó parte en la revuelta, ni la alentó, no faltaron quienes vieron la relación entre las demandas de los campesinos y mucho de lo que él había dicho.

Con el correr de los años, Wyclif fue acentuando cada vez más la autoridad de las Escrituras por encima del papa y de la tradición eclesiástica. Estaba de acuerdo con lo que Tertuliano había dicho, en el sentido de que las Escrituras le pertenecen a la iglesia, y por tanto han de ser interpretadas dentro de ella y por ella. Pero no estaba de acuerdo en que la iglesia fuera lo mismo que la jerarquía eclesiástica.

Siguiendo a Agustín, y basándose en textos del apóstol Pablo, llegaba a la conclusión de que la iglesia es el conjunto de los predestinados. La verdadera iglesia es invisible, puesto que en la visible e institucional hay réprobos junto a los que han sido predestinados para salvación. Esto resulta claro porque, aunque es imposible saber con absoluta certeza quién pertenece a cada uno de estos dos grupos, sí hay indicios que podemos seguir, tales como la obediencia a la voluntad de Dios. A base de tales indicios, no cabe duda de que en la jerarquía eclesiástica hay muchos réprobos, que no pertenecen a la verdadera iglesia, y a quienes por tanto las Escrituras no les pertenecen. Hacia el fin de sus días, Wyclif declaró que el papa se contaba entre esos réprobos, y llegó a llamarle anticristo.

Si la verdadera iglesia era la de los predestinados, y no la de los magnates eclesiásticos, y si las Escrituras le pertenecían a esa iglesia, se seguía que era necesario traducir la Biblia al idioma vernáculo, y devolvérsela al pueblo. Fue por inspiración de Wyclif, después de su muerte, que la Biblia se tradujo al inglés. Y fue también por esa misma inspiración que pronto el país se vio invadido por los “predicadores pobres” o lolardos, de que trataremos bajo el próximo epígrafe.

Sin embargo, el punto en que las enseñanzas de Wyclif les dieron a sus enemigos la oportunidad de declararlo hereje fue su doctrina acerca de la presencia de Cristo en la comunión. Como ya hemos visto, a través de los siglos, y desde los mismos inicios, la comunión había sido el culto cristiano por excelencia. Poco a poco se le fue dando un sentido mágico, que no tenía al principio. En la piedad popular surgió la idea de que el pan y el vino se convertían literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esta fue una de las controversias que narramos al tratar acerca de la época carolingia. En aquella época, las supersticiones populares fueron rechazadas por los mejores eruditos. Pero a pesar de ello continuaron propagándose, y en el siglo XIII el Cuarto Concilio de Letrán promulgó la doctrina de la transubstanciación, según la cual, al celebrarse la comunión, la substancia del pan desaparece, y el cuerpo de Cristo ocupa su lugar, al tiempo que se conservan los accidentes de pan—tamaño, color, sabor, etc. Lo mismo se decía acerca del vino y la sangre del Señor.

Wyclif rechazó esa doctrina, no porque quisiera restarle importancia a la comunión, ni tampoco porque no creyera que en ella ocurría un verdadero milagro, sino porque le parecía contradecir la doctrina cristiana de la encarnación. Cuando el Verbo se encarnó, se unió a un hombre. Esa unión no destruyó la humanidad de Jesucristo. Afirmar lo contrario sería caer en el docetismo. De igual modo, lo que sucede en la comunión es que el cuerpo de Cristo se une al pan, sin que éste deje de ser lo que era anteriormente. Allí está verdaderamente presente el cuerpo de Cristo, de un modo “sacramental” y “misterioso”; pero también está presente el pan. En cuanto a si el cuerpo del Señor está también presente para quienes reciben la comunión sin fe, o si por el contrario esa presencia depende de la fe, Wyclif no se expresó claramente. Según veremos más adelante, en lo que se refiere al modo en que Cristo está presente en la comunión, estas opiniones de Wyclif se asemejaban mucho a las que más tarde sostendría Martín Lutero.

Los lolardos

Las doctrinas de Wyclif hallaron expresión en el movimiento de los “lolardos” —término despectivo que sus enemigos les aplicaron, y que se deriva de una palabra holandesa que quiere decir “murmuradores”—. No hay pruebas definitivas de que fuera el propio Wyclif quien los lanzara a la predicación. Pero en todo caso, todavía en vida del maestro de Oxford, varios de sus discípulos se dedicaron a divulgar sus doctrinas entre el pueblo. Al principio, los principales lolardos eran personas que habían estudiado en Oxford bajo Wyclif. Por tanto, su predicación tendía a dirigirse hacia la aristocracia más que hacia las clases populares. Parte de la obra de estos primeros lolardos consistió en traducir las Escrituras al inglés, según lo había recomendado Wyclif, y en recorrer el país predicando. Pero en 1382 el arzobispo Guillermo Courtenay logró que la universidad de Oxford condenara el lolardismo, y a partir de entonces varios de los primeros miembros del movimiento lo abandonaron. Algunos de ellos llegaron a perseguirlo. El resultado fue que el lolardismo, que en sus orígenes era un movimiento académico, se volvió cada vez más popular. Aunque todavía contaba con adherentes entre la nobleza y el clero, la mayoría de sus seguidores pertenecía a las clases menos educadas.

Las doctrinas del lolardismo eran claras, tajantes y revolucionarias. La Biblia debía ponerse a disposición del pueblo en el idioma vernáculo. Las distinciones entre el clero y el laicado, a base del rito de ordenación, eran contrarias a las Escrituras. La principal función de los ministros de Dios debía ser predicar, y el tener cargos públicos les debería estar prohibido, pues “nadie puede servir a dos señores”. Además, el celibato de sacerdotes, monjes y monjas era una abominación que producía inmoralidad, aberraciones sexuales, abortos e infanticidios. El culto a las imágenes, las peregrinaciones, las oraciones por los muertos y la doctrina de la transubstanciación eran pura magia y superstición. Más tarde, según el movimiento se fue apartando de sus raíces académicas, y había en él menos personas capaces de orientarlo mediante sus estudios bíblicos y teológicos, comenzaron a aparecer dentro de él grupos cuyas teorías eran cada vez más extrañas.

La persecución no tardó en desatarse. Los lolardos que todavía había entre los nobles trataron de inducir al Parlamento a cambiar las leyes con respecto a la herejía. Pero no lo lograron, y la mayoría de ellos a la postre se retractó y volvió al seno de la iglesia oficial. Unos pocos persistieron, y en 1413 y 1414 Sir John Oldcastle dirigió un fallido movimiento rebelde. Tres años después, Oldcastle fue capturado y ejecutado. A partir de entonces, el lolardismo casi desapareció por completo entre las clases pudientes, pero continuó expandiéndose entre los humildes. Esto a su vez lo volvió más radical. Cuando en el 1431 se descubrió una nueva conspiración lolarda, su propósito no era sólo reformar la iglesia, sino también derrocar al gobierno.

A pesar de que se les perseguía constantemente, los lolardos nunca llegaron a extinguirse. A principios del siglo XVI, el movimiento cobró nuevas fuerzas, y el número de mártires ejecutados por sostener sus doctrinas aumentó considerablemente. A la postre, el remanente lolardo, que debe haber sido considerable, se confundió con los primeros protestantes. Por tanto, aunque los sueños de Wyclif y sus primeros seguidores quedaron temporalmente frustrados, a la larga se cumplieron en la gran Reforma que conmovió a Inglaterra y a toda Europa en el siglo XVI.

Pero aún antes de la Reforma, las enseñanzas de Wyclif hallaron eco en la lejana Bohemia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 505–510). Miami, FL: Editorial Unilit.

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