LAS “COSAS” DE ESTA VIDA.

LAS “COSAS” DE ESTA VIDA.

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-05
a1Entre las tantas frases trilladas que conforman nuestro cotidiano hablar está la tan conocida “son las cosas de la vida.” En verdad nada tan abstracto e indefinidito como la palabra “cosa”. ¿Qué es en verdad una cosa? Bueno, nada específicamente y todo en general. Nos referimos a “las cosas de la vida” como a todo ese cúmulo de situaciones que conforman nuestro diario andar. En esas “cosas” se nos va el tiempo, se nos va la vida. Llegan a conformar nuestro mundo, el tuyo y el mío. “Hoy tengo muchas cosas que hacer”, decimos fastidiados a nuestros hijos que reclaman de nuestro tiempo. “Es que no me alcanza el sueldo para comprar todas las cosas que ¿necesito?”, le reclama la esposa desconforme a su marido. “¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa que necesite?”, pregunta amablemente la operadora telefónica ante el reclamo por mal servicio. Al fin y al cabo esas “cosas de la vida” son las que nos roban el sueño, la salud, la felicidad y los amigos. Pero al principio no fue así. Cuando Dios creó al primer hombre y a la primera mujer lo rodeó de “cosas” que había en el Edén. Frutos, animales, siembra y cosecha, aves, peces, un árbol prohibido y uno permitido. Pero todas estas cosas estaban bajo sus pies. La orden fue: “señoread sobre los peces del mar, las aves de los cielos, las bestias del campo”… “Señoread”. ¡Qué palabra tan olvidada!

Hoy son las cosas las que se enseñorean sobre nosotros, hoy somos nosotros los que vivimos arrastrados a los pies de ellas. Sí, el mundo está “patas para arriba”. ¿Qué pasó? Simplemente le hemos quitado a Dios el derecho de decidir lo que nos conviene y lo que no. En esta simple definición se resume la tragedia humana. Comimos del fruto del árbol del conocimiento de lo que es bueno y de lo que es malo, (según nuestra opinión, obvio). Nos prometieron ser “dioses” y acabamos siendo esclavos, quisimos alcanzar sabiduría y nos hicimos necios, codiciamos placer y nos convertimos en insatisfechos crónicos.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

Si queremos cambiar nuestra historia volvamos al Edén. (Lucas 23:43)

«LO QUE NOSOTROS NO PODEMOS DARLE»

5 mar 2016

«LO QUE NOSOTROS NO PODEMOS DARLE»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de una mujer que «descargó su conciencia» en nuestro sitio http://www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que la citáramos, como sigue:

«Tengo treinta y un años…. El problema en mi vida ha sido la escasez de dinero…. Me casé hace un año, y pensé nunca tener hijos; pero ahora estoy embarazada de diez semanas y quiero dar en adopción a mi bebé. Quiero dárselo a una familia que tenga posibilidades económicas para que nunca le falte nada…. Mi bebé necesitará muchas cosas que yo no puedo darle….

»No sé si estoy haciendo bien ante los ojos de Dios. Pienso que, si lo adopta… una buena familia, él pueda ser feliz y que le den lo que nosotros no podemos darle.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»… La pregunta más importante que queremos hacerle es: ¿Qué piensa su esposo acerca de esto? Usted nos cuenta su caso en primera persona, dando así la impresión de que su esposo no tiene nada que ver con la decisión que se haya de tomar. O tal vez nos esté dando a conocer solamente lo que piensa usted debido a que su esposo no está de acuerdo, y usted quisiera que nosotros la apoyemos en este conflicto que está teniendo con él.

»Si usted sigue de cerca UN MENSAJE A LA CONCIENCIA, sabe que mi esposo y yo creemos de todo corazón en la adopción. A tres de nuestros cinco hijos los adoptamos, y creemos que la adopción es la opción acertada cuando una mujer da a luz un hijo y no puede cuidarlo por ser demasiado joven o soltera, o por no tener la preparación necesaria para ser madre.

»En cambio, usted no es demasiado joven y sí está casada. Así que sólo nos queda saber si usted tiene la preparación necesaria. Usted dice que, cuando se casó, pensó que nunca tendría hijos. ¿Lo dice porque no quería tener hijos? De ser así, ¿tomó esa decisión de común acuerdo con su esposo? …

»Todos los días hay mujeres que dan a luz niños a pesar de no tener dinero. Como quieren tener los niños, se sacrifican en otros sentidos a fin de darles a sus bebés lo que éstos necesitan. Si su esposo no está de acuerdo con el deseo que usted tiene de dar en adopción a su bebé, entonces los dos se las arreglarán para proveer para su sustento.

»En cambio, si su esposo está de acuerdo con dar a su hijo en adopción, afrontarán una fuerte oposición de parte de su familia y de sus amigos. Muchas personas los acusarán de haber abandonado a su hijo y tratarán de hacer que se sientan culpables. Así que tendrán que estar firmes en la convicción de que están haciendo lo debido.

»En todo caso, lo cierto es que Dios, nuestro Padre celestial, permitió que Jesucristo, su único Hijo, fuera adoptado por José, el esposo de María. Era necesario que Jesús creciera como parte de una familia humana para que posteriormente pudiera ser el que tomara sobre sí el castigo de nuestros pecados en la cruz. Así que Dios escogió a un padre terrenal para su Hijo a fin de asegurarse de que Jesús recibiera el debido amor y cuidado.»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo ingresar en el sitio http://www.conciencia.net y pulsar la pestaña que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 241.

 

El Renacimiento y el humanismo 53

El Renacimiento y el humanismo 53

¡Oh suprema liberalidad del Padre Dios! ¡Oh altísima y maravillosísima dicha del ser humano! A él le ha sido concedido tener lo que decida, ser lo que quiera.

Pico de la Mirándola

a1Pocos términos en la historia se utilizan con mayor ambigüedad que los de “Renacimiento” y “humanismo”. El título mismo de “Renacimiento”, aplicado a una época histórica, implica un juicio negativo sobre la época que la precedió. Fue así que utilizaron el término quienes lo acuñaron. Para ellos, la “Edad Media” no era más que eso: un período intermedio entre las glorias de la antigüedad y las de los tiempos modernos. Al darle el nombre de “gótico” al arte medieval, expresaban una vez más ese prejuicio —“gótico” quiere decir “proveniente de los godos”, y por tanto “bárbaro”—. Ya hemos señalado que el arte mal llamado “gótico”, lejos de ser señal de barbarie, fue uno de los mayores logros de la civilización occidental. Pero en todo caso, quienes le dieron el nombre de “Renacimiento” al movimiento intelectual y artístico que surgió en Italia en los siglos XIV y XV, además de mostrar con ello sus prejuicios acerca de los siglos anteriores, daban señales de su ignorancia de esos siglos.

En efecto, el supuesto “Renacimiento”, con todo y beber en parte de las fuentes de la literatura y el arte clásicos, se inspiró mucho más en los siglos XII y XIII. Su arte tiene profundas raíces en el gótico; su actitud hacia el mundo toma tanto de San Francisco como de Cicerón; y su literatura se inspira en parte en los cantares medievales que los trovadores llevaban de región en región.

Pero a pesar de todo ello, es todavía lícito darle a este período, particularmente en Italia, el nombre de “Renacimiento”. Muchos de los principales intelectuales de la época veían en el pasado inmediato, y a veces en el presente, una época de decadencia con respecto a la antigüedad clásica, y por ello se dedicaron a fomentar un renacer de esa antigüedad, a volver a sus fuentes, y a imitar su lenguaje y su estilo. Es a esto que nos referimos aquí al hablar del “Renacimiento”.

En cuanto al término “humanismo”, la ambigüedad no es menor. Por una parte, se le da ese nombre a la tendencia a colocar la criatura humana en el centro del universo, y a hacer resaltar su valor. Por otra, se le da el mismo nombre al estudio de las “humanidades”. Un “humanista” no es entonces quien subraya el valor humano, sino quien se dedica a las bellas artes, y en particular a la literatura. Como veremos en el resto de este capítulo, muchos de los “humanistas” de los siglos XIV y XV, y aun después, lo eran en ambos sentidos. Su interés en las letras clásicas iba frecuentemente unido a una gran admiración por la criatura capaz de producir tales obras de arte. Pero no siempre se dio esa unión. Por tanto, a modo de simple aclaración, señalemos que en este contexto, al hablar del “humanismo”, nos referimos, no a una opinión acerca del valor de la criatura humana, sino a un movimiento literario que se caracterizó por el estudio cuidadoso de las letras clásicas, y por su imitación.

Italia en los siglos XIV y XV

Fue en Italia que el Renacimiento tuvo su origen y sus mejores logros. Las causas de esto han de verse, en parte al menos, en las condiciones políticas y económicas de esa península.

Al igual que el resto de Europa occidental, Italia sufrió los estragos de la peste bubónica y de las guerras, que parecían haberse vuelto endémicas. Y, mucho más que el resto de Europa, sufrió las consecuencias de la “cautividad babilónica” y del Gran Cisma de Occidente. Casi constantemente fue ella el escenario de guerras entre papas rivales, o entre nobles o repúblicas que apoyaban a uno u otro de los pretendientes. Al mismo tiempo, el movimiento republicano se enfrentaba de continuo a la vieja aristocracia, y por tanto en ciudades tales como Florencia y Venecia se daban revoluciones que frecuentemente llevaban a conflictos armados, no sólo en la ciudad misma, sino también con los territorios vecinos.

En medio de tales circunstancias, Italia no lograba seguir el ejemplo de Francia, que había logrado su unidad nacional, ni de España, que iba camino de ella. Los espíritus más patrióticos entre los italianos se dolían de esa situación. Es dentro de este contexto que ha de entenderse la más famosa obra de Nicolás Maquiavelo, El príncipe. Maquiavelo era un patriota florentino que soñaba con la unidad italiana. Aunque sus propias convicciones eran republicanas, estaba convencido de que sólo un príncipe astuto y carente de demasiados escrúpulos podría unir el país. Fue por ello que le dedicó su obra al cardenal Lorenzo de Médicis, que a la sazón gobernaba en Florencia, instándole a que dejara “las debilidades de nuestra religión” y se lanzara a la empresa.

No era sólo Maquiavelo quien se dolía de las condiciones de la época. Este tema era característico de toda Europa, azotada por la plaga, por la guerra de los Cien Años y por el Gran Cisma. Lo que era distintivo de Italia era que ese ambiente de insatisfacción tenía lugar dentro de una situación de prosperidad económica. Las ciudades de Florencia, Venecia, Génova y Milán eran importantes centros de industria y comercio. La posición geográfica de Italia, en el centro mismo del Mediterráneo, les permitía a estas ciudades beneficiarse del comercio con los países musulmanes y con el Imperio Bizantino. La burguesía italiana, nacida de esa industria y de ese comercio, era poderosísima. De ahí el conflicto casi constante entre esa burguesía, con sus ideales republicanos, y la vieja aristocracia. La prosperidad económica, unida a la inestabilidad política, dio lugar a una aristocracia intelectual, de origen principalmente burgués, que halló inspiración en los tiempos clásicos de Grecia y de la Roma republicana.

El despertar de las letras clásicas

Uno de los principales propulsores de esta nueva tendencia  fue el poeta Petrarca, quien en su juventud había escrito sonetos en italiano, pero después se dedicó a escribir en latín, imitando el estilo de Cicerón. Pronto tuvo numerosos seguidores, que se dedicaron también a emular las letras clásicas. Con ese propósito copiaron manuscritos de los viejos autores latinos. Otros viajaron a Constantinopla, y de regreso a Italia llevaron consigo manuscritos griegos. Más tarde, cuando Constantinopla fue tomada por los turcos en 1453, muchos de los exiliados bizantinos llegaron a Italia con sus manuscritos y su conocimiento de la antigüedad griega. Todo esto contribuyó a un despertar literario que comenzó en Italia, y que después se extendió al resto de Europa occidental. Pronto ese interés en lo clásico incluyó, no sólo las letras, sino también las artes. Los pintores, escultores y arquitectos fueron a buscar su inspiración, no en el arte cristiano de los siglos inmediatamente anteriores, sino en el pagano de la antigüedad. Naturalmente, aun cuando pretendieron desentenderse de su herencia directa, no lo lograron del todo, y por tanto buena parte del arte del Renacimiento tiene sus raíces en el gótico. Pero el ideal de muchos de los artistas italianos de la época era redescubrir los cánones de belleza de la antigüedad, y plasmarlos en sus obras.

Todo este interés en la antigüedad clásica coincidió con la ( invención de la imprenta, que a su vez hizo un impacto profundo en el humanismo. Pero no ha de pensarse que esto hizo de las letras renacentistas un movimiento popular. Al contrario, los libros que los renacentistas hicieron imprimir eran obras de difícil lectura, compuestas en latín clásico o en griego. Lo que es más, el arte tipográfico de la época hizo todo lo posible por imitar los manuscritos que se imprimían. Las muchas abreviaturas, harto difíciles de entender, que los copistas utilizaban para facilitar su trabajo, continuaron usándose en los libros impresos. Para los humanistas, la imprenta era un magnífico medio para comunicarse entre sí, o para duplicar las obras de la antigüedad, pero no para difundir sus ideas entre el pueblo. Esas ideas continuaron siendo posesión exclusiva de la aristocracia intelectual.

Aparte del caso de Savonarola, no fue hasta tiempos de la Reforma protestante que la imprenta comenzó a utilizarse como un medio de comunicación con las masas, para la divulgación de ideas teológicas y filosóficas. Pero a pesar de ello la imprenta hizo un impacto notable en las letras renacentistas. En primer lugar, los libros se hicieron relativamente más accesibles. Cuando sólo había manuscritos, y aún por varias décadas después de la invención de la imprenta, los libros eran tan costosos que en muchas bibliotecas estaban atados a los estantes con cadenas. Un erudito de medianos recursos apenas podía poseer unos pocos. Pero ahora, con la invención de la imprenta, fue posible comenzar a reproducir en mayores cantidades algunos de los libros más preciados de la antigüedad.

Esto a su vez les hizo ver a los humanistas hasta qué punto los errores de los copistas se habían introducido en una obra. Si un humanista, por ejemplo, tomaba un libro impreso en otra ciudad a base de un manuscrito, pronto encontraba divergencias entre ese libro y otro manuscrito de la misma obra. Aunque en los siglos anteriores los estudiosos conocían algo de esta situación, fue la invención de la imprenta lo que la hizo más palpable.

Ahora bien, la imprenta misma ofrecía un medio de ponerle remedio, siquiera parcial, a esa situación. Ahora era posible producir varios centenares de ejemplares de un libro, idénticos entre sí. Ya no era necesario confiar la reproducción de obras literarias a una multitud de copistas, con el riesgo de que cada uno de ellos introdujera en ellas nuevos errores. Si un erudito se dedicaba a la ardua tarea de comparar varios manuscritos de un mismo libro, y tratar de llegar a un texto fiel al original, su obra podía culminar en una edición impresa, sin más errores que los que el erudito mismo hubiera dejado pasar. Surgió así la “crítica textual”, cuyo propósito es, no criticar los textos, como podría suponerse, sino aplicar todos los recursos de la crítica histórica para llegar de nuevo al texto original de una obra.

Todo esto dio lugar a una desconfianza en los legados de la tradición inmediata. Si los manuscritos no eran totalmente fidedignos, ¿no era también posible que algunas de esas obras fuesen completamente falsas, producto de la imaginación de algún siglo posterior? Pronto algunos de los documentos más respetados en la Edad Media fueron declarados espurios. Uno de los casos más notables fue el de la Donación de Constantino, en el que el famoso emperador le concedía al papa jurisdicción sobre el Occidente. El erudito Lorenzo Valla se dedicó a estudiar este documento, y llegó a la conclusión de que era falso, pues diversas razones de estilo, vocabulario, etc. hacían imposible fecharlo en el siglo IV. De igual modo, Valla atacó la leyenda según la cual el Credo fue compuesto por los apóstoles, antes de separarse para partir cada cual en su propia misión.

Todo esto no tuvo de inmediato grandes consecuencias para la vida de la iglesia. El propio Valla sirvió como secretario del papa, sin que sus estudios y sus conclusiones le causaran mayores problemas. Ello se debió a que, como hemos dicho, toda esa actividad literaria se limitó a una aristocracia intelectual, que tendía a despreciar las masas, y que no tenía gran interés en divulgar los resultados de sus investigaciones.

Pero, a pesar del poco impacto que produjo de inmediato, este despertar literario contribuyó, junto al misticismo y a la devoción moderna, a marcar el fin de la época en que el escolasticismo dominaba la vida intelectual.

La nueva visión de la realidad

Aunque ha sido costumbre de historiadores prejuiciados pintar la Edad Media con colores sombríos, para así hacer resaltar más las glorias de lo moderno, el hecho es que hubo en la Edad Media, junto a los ascetas que despreciaban el mundo presente en ansias del venidero, otra corriente que se gloriaba en las maravillas de la creación. Esto puede verse en el naturalismo de San Francisco, cantándoles a las aves, al agua, a los astros, y hasta a la muerte. Su canto no era de negación del mundo, sino de afirmación del mismo. Para él, y para quienes siguieron su inspiración, el mundo venidero era glorioso, no porque contrastara con el presente, sino porque lo superaba. Si este mundo es bello y digno de admiración, ¡cuánto más no lo será el otro que el Creador de ambos nos tiene prometido! En las catedrales góticas los escultores se regocijaron esculpiendo escenas de la naturaleza, reales o imaginarias. Allí aparecen, entre frondosas vides, mil avecillas, caracoles y camaleones que dan testimonio del mismo Creador universal a quien cantaba San Francisco.

Luego, no es cierto que el Renacimiento haya descubierto la belleza de la creación, supuestamente olvidada por el medioevo. Lo que sí es cierto es que, inspirado en parte por el arte clásico, el arte renacentista le prestó más atención a la belleza y perfección del cuerpo humano.

Italia gozaba de riquezas exuberantes. En sus principales ciudades había dinero para construir grandes edificios, y para juntar en ellos todos los recursos artísticos imaginables. Los nobles y los grandes burgueses tenían medios para sufragar los gastos de un arte dedicado, no a las glorias del cielo, sino a la del mecenas que costeaba la empresa artística. Por tanto el arte, hasta entonces dedicado casi exclusivamente a la enseñanza religiosa y la gloria de Dios, se ocupó ahora del esplendor humano. En los modelos clásicos de Grecia y Roma se ponía de manifiesto una admiración hacia la criatura humana que buena parte del arte medieval había olvidado, y que ahora los pintores y escultores del Renacimiento plasmaron en piedra y pintura. El Adán que Miguel Angel pintó en el techo de la Capilla Sixtina, que del dedo de Dios recibe poder para señorear sobre la creación, es muy distinto del Adán endeble de los manuscritos medievales. En él se concreta la visión renacentista del ser humano, nacido para crear, para gobernar, para implantar su huella en el mundo que lo rodea.

La misma visión toma carne y hueso en la persona de Leonardo de Vinci. Hubo pocas actividades humanas en las que este genio del Renacimiento no interviniera y tratara de mostrar su maestría. Aunque la posteridad lo conoce mayormente como pintor, Leonardo les prestó gran atención a la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, la balística y la anatomía. Su ambición era ser el “hombre universal” que constituía el ideal de la época. Sus grandes proyectos de canalización fluvial, máquinas militares y aparatos de vuelo nunca se llevaron a la realidad. Muchas de sus esculturas y pinturas quedaron inconclusas, o no pasaron de bocetos que se conservan hasta el día de hoy como valiosas piezas. Sus múltiples intereses, unidos a las fluctuaciones políticas que no le permitieron residir por largo tiempo en un mismo lugar, le dieron a su obra un carácter fragmentado e inconcluso. Pero a pesar de ello Leonardo, y las leyendas que se han tejido alrededor de su personalidad, se han vuelto símbolo y encarnación del ideal renacentista del “hombre universal”. Esta visión del ser humano y de su capacidad sin límites, tanto para bien como para mal, es el tema principal del autor renacentista Pico de la Mirándola, a quien hemos citado al principio del presente capítulo. Tras esa cita, Pico continúa diciendo que Dios le ha dado al ser humano toda clase de semilla, para que la siembre dentro de sí mismo, y así determine lo que ha de ser. Quien escoja la semilla vegetativa, o la sensible, no será más que una planta o un bruto. Pero quien escoja la semilla intelectual, y la cultive dentro de sí, “será un ángel e hijo de Dios”. Y si, insatisfecho con ser una criatura, se torna hacia el centro de su propia alma, “su espíritu, unido a Dios en su oscura soledad, se elevará por encima de todas estas cosas”. Todo esto lleva a Pico a exclamar, en extrañas palabras de alabanza a la criatura humana: “¿Quién no ha de admirar a este camaleón que somos nosotros?”

Los papas del Renacimiento

Cuando dejamos la historia del papado varios capítulos atrás (capítulo IV), éste acababa de triunfar del movimiento conciliar. Lo ocupaba a la sazón Eugenio IV quien, además de sus conflictos con el Concilio de Basilea, se dedicó a embellecer la ciudad de Roma. Este hecho era el primer indicio de que el espíritu del Renacimiento comenzaba a posesionarse del papado. A partir de entonces, y hasta después de iniciada la Reforma protestante, el pontificado romano estaría en manos de hombres cuyos ideales eran los que propugnaba el Renacimiento. Casi todos ellos eran amantes de las bellas artes, y uno de los propósitos fundamentales de sus pontificados fue llevar a Roma los mejores artistas, y dotarla de palacios, iglesias y monumentos dignos de su posición como capital de la cristiandad. Algunos tomaron del espíritu del Renacimiento su amor hacia las letras, y por ello enriquecieron la biblioteca del Vaticano. Pero muy pocos de ellos se ocuparon verdaderamente de la reforma de la iglesia. Casi todos tomaron del espíritu de la época su gusto por el boato, el poder despótico y los goces sensuales. Veamos brevemente su historia.

A la muerte de Eugenio IV, lo sucedió Nicolás V. Los años de su pontificado, del 1447 al 1455, fueron dedicados principalmente a fortalecer la posición política de Roma entre los estados italianos, y del papa dentro de ella. Su meta era hacer de Roma la capital intelectual de Europa, llevando a ella los mejores pintores y autores de la época. Su biblioteca personal llegó a ser la mejor del siglo XV. Además, fortificó la ciudad e hizo ejecutar a quienes se oponían a su poder monárquico. En el 1453, la caída de Constantinopla, a que nos referiremos más adelante, sacudió la conciencia de la cristiandad occidental, y el Papa trató de organizar una cruzada contra los turcos, aunque sin éxito alguno. De la reforma de la iglesia, se ocupó poco o nada.

Su sucesor, Calixto III, fue el primer papa de la familia española de los Borja—que en Italia se dio el nombre de Borgia. Lo que este papa tomó de los ideales del Renacimiento no fue más que el sueño de ser un gran príncipe secular. Con la excusa de que era necesario unir a Italia para emprender una cruzada contra los turcos, se dedicó más a la guerra que a los oficios sacerdotales. Además se caracterizó por uno de los peores males de la época, que a partir de él se haría endémico en el papado, el nepotismo. Uno de los parientes a quienes cubrió de honores fue su nieto Rodrigo, a quien hizo cardenal y que más tarde sería el tristemente famoso Alejandro VI. El próximo papa, Pío II, fue el último que en todo este período ciñó con cierta dignidad la tiara papal. En su juventud había sido un hombre característico del Renacimiento. Pero después decidió que debía enmendar su vida, y tomó sus responsabilidades pontificias con toda seriedad. Puesto que Europa se hallaba amenazada por los turcos, dedicó buena parte de sus esfuerzos a detener su avance y a tratar de organizar una cruzada. Aunque sus logros no fueron grandes, tampoco lo fueron sus errores.

Paulo II era un oportunista que, al recibir noticias de que su tío Eugenio IV había sido hecho papa, decidió que la carrera eclesiástica le prometía más que el comercio a que estaba dedicado. Su interés principal estaba en acumular objetos de arte, particularmente joyería y orfebrería. Su gusto por el fausto se hizo proverbial. No por ser papa dejó de tener concubinas, al parecer públicamente reconocidas en su corte. Se dedicó a restaurar la gloria de la Roma pagana, haciendo restaurar los arcos de triunfo de los emperadores Tito y Septimio Severo, y la estatua de Marco Aurelio. Murió todavía joven de apoplejía, a consecuencia de sus excesos sensuales, según cuentan cronistas de la época.

Sixto IV compró el papado, haciéndose elegir a base de promesas y dádivas que hizo a los cardenales. Durante su pontificado, el nepotismo y la corrupción llegaron a niveles nunca antes vistos en el papado. La esencia de su política consistió en enriquecer a su familia, y en particular a sus cinco sobrinos. Uno de éstos, Juliano della Rovere, más tarde ocuparía el papado con el nombre de Julio II. Bajo Sixto, la iglesia se transformó en un negocio de la familia. Toda Italia se vio sumida en guerras y conspiraciones cuyo único objeto era obtener territorios, riquezas y honores para los sobrinos del Papa. Su sobrino predilecto, Pedro Riario, tenía veintiséis años cuando fue hecho cardenal, patriarca de Constantinopla y arzobispo de Florencia. Sus vicios y excesos se hicieron famosos en toda Italia, y se dice que fue a consecuencia de ellos que murió a los dos años escasos. Otro de ellos, Jerónimo Riario, urdió una trama en la que uno de los Médicis fue asesinado ante el altar, mientras oía misa, por un sacerdote. Cuando los familiares y amigos del difunto se vengaron ahorcando al sacerdote asesino, el Papa excomulgó a toda la ciudad de Florencia, por haber violado la persona sagrada de un sacerdote, y le declaró la guerra. Para sostener esta política, y el boato de sus sobrinos, impuso en todos los territorios papales un monopolio sobre el trigo. El mejor grano se vendía para llenar las arcas papales, y al pueblo sólo se le daba pan de malísima calidad. Pero a pesar de todo esto, la posteridad conoce a Sixto IV como el mecenas que hizo construir la Capilla Sixtina, llamada así en su honor.

Inocencio VIII resultó electo después de haber jurado por lo más sagrado que respetaría los derechos de los demás cardenales, que no nombraría a más de uno de su propia familia, y que pondría en orden la sede romana. Pero tan pronto como se vio en posesión de la tiara declaró que el poder del papa era supremo, y que por tanto no tenía que sujetarse a promesa alguna, sobre todo si había sido obtenida mediante presión. Fue el primer papa en reconocer públicamente a sus varios hijos ilegítimos, a quienes colmó de honores y riquezas. La venta de indulgencias se volvió un negocio inverecundo, bajo la administración y al servicio de uno de los hijos del Papa. En 1484, Inocencio pretendió librar la cristiandad de brujas mediante una bula cuyo resultado fue la muerte de centenares de mujeres cuyo único crimen era el ser impopulares, o quizá algo excéntricas. Esta fue la única medida de este pontífice que, siquiera remotamente, podría verse como un intento de reformar la vida religiosa.

Rodrigo Borja compró entonces a los cardenales y fue electo papa, bajo el nombre de Alejandro VI. Con él el papado llegó a la cima de su corrupción. Alejandro era un hombre fuerte e implacable, que practicaba públicamente todos los pecados capitales —excepto la gula, pues era de apetito escaso—. Se cuenta que el pueblo decía: “Alejandro pone a la venta las llaves, los altares y hasta a Cristo. Después de todo, su derecho tiene, pues los compró”. Mientras toda Europa temblaba ante los avances de los turcos, el Papa entraba en tratos con el sultán Bayaceto. Sus concubinas, esposas legales de algunos de sus subalternos, le dieron hijos que Alejandro reconoció como tales. Los más famosos de ellos fueron César y Lucrecia Borgia. Aunque las peores historias que se cuentan de esta familia —sus múltiples crímenes y sus incestos— no sean ciertas, lo que queda aún después de descontarlas es una corrupción y una ambición sin limites. Sus conspiraciones y sus guerras bañaron a Italia en sangre, y mancillaron al papado como nunca antes.

Alejandro VI murió repentinamente —hay quien dice que después de beber un veneno que había preparado para otra persona—. Su hijo César, que tenía planes para apoderarse del papado a la muerte de su padre, estaba en cama a consecuencias de la misma enfermedad —o del mismo veneno— y no pudo poner sus proyectos en marcha. Entonces resultó electo Pío III, un hombre de profundo espíritu reformador que se propuso restaurar la paz en Italia. Pero murió a los veintiséis días, y quien resultó electo era un digno sucesor de Alejandro VI.

Julio II, el mismo Juliano della Rovere a quien su tío Sixto IY había hecho cardenal, tomó ese nombre porque se proponía emular, no a algún santo o mártir cristiano, sino a Julio César. Al igual que la mayoría de los papas de la época, fue gran patrono de las artes. Durante su pontificado Miguel Angel terminó de pintar la Capilla Sixtina, y Rafael decoró el Vaticano con sus famosos frescos. Pero la ocupación favorita de Julio II fue la guerra. Reorganizó la guardia papal, vistiéndola con uniformes que se dice fueron diseñados por Miguel Angel, y al mando de ella se lanzó al campo de batalla. Hábil guerrero y político, durante su pontificado se llegó a pensar que quizá se lograría por fin la unidad italiana, bajo la hegemonía papal. Francia y Alemania se opusieron a sus designios, pero el Papa supo vencerles tanto en la diplomacia como en el campo de batalla. Por fin, en 1513, la muerte puso fin a los afanes de conquista de aquel papa a quien se le daba con toda justicia el epíteto de el Terrible.

Su sucesor fue el hijo de Lorenzo el Magnífico de Florencia, Juan de Médicis, quien tomó el nombre de León X. Siguiendo los pasos de su padre, se dedicó a patrocinar las artes, al mismo tiempo que trataba de consolidar los logros políticos y militares de Julio II. En esta última empresa fracasó, y en 1516 se vio obligado a firmar con Francisco I de Francia un concordato que prácticamente hacía de la corona la verdadera cabeza de la iglesia francesa. Su pasión por las bellas artes se sobrepuso a todo interés religioso o sacerdotal. Su gran sueño fue completar la Basílica de San Pedro. A el estaba dedicado cuando estalló la Reforma protestante. Empero esa historia corresponde a otra sección de esta historia.

La reforma humanista: Erasmo de Rotterdam

Fuera de Italia, el Renacimiento tomó un rumbo muy distinto. En España, Inglaterra, Francia, Alemania y los Países Bajos había eruditos que soñaban con una restauración del cristianismo antiguo, siguiendo los métodos de los humanistas.

En la próxima sección de esta historia tendremos ocasión de referirnos a varios de ellos. Pero nos corresponde aquí tratar acerca de los sueños del más grande y famoso humanista, Erasmo de Rotterdam.

Erasmo era hijo ilegítimo de un sacerdote y de la hija de un médico. Durante toda su vida tuvo que llevar la doble carga de sus orígenes humildes y su bastardía. Pero, criado en medio de la gran actividad comercial de Holanda, en muchos puntos sus opiniones reflejaban los valores comunes entre la clase burguesa. Aunque estudió algo de teología escolástica, pronto sintió hacia ella una gran repugnancia, y se dedicó al estudio de las letras clásicas. Después, en una visita a Inglaterra, comenzó a interesarse en las Escrituras y la literatura cristiana antigua, que le parecía era necesario arrancar de las garras de los escolásticos. Se dedicó a estudiar el griego, y llegó a dominar ese idioma como pocos en su época. Su fama fue creciendo, y a la postre se volvió el centro de un círculo internacional de humanistas que esperaban reformar la iglesia, no por medios violentos, sino devolviéndole su fe sencilla y primitiva.

El modo en que Erasmo entendía esa fe era característico de su espíritu humanista, unido a la devoción moderna, cuyo influjo había recibido cuando estudió de joven con los Hermanos de la Vida Común. Para él, el cristianismo es ante todo un género de vida decente, equilibrado y moderado. Los mandamientos de Jesús, que son el centro de la fe cristiana, son muy semejantes a las máximas de los estoicos y los platónicos. Su meta es llegar a dominar las pasiones, colocándolas bajo el gobierno de la razón. Esto da lugar a una disciplina que tiene mucho de ascetismo, pero que no ha de confundirse con el monaquismo. El monje se retira del mundo; el verdadero “soldado de Cristo” dirige su adiestramiento hacia la vida práctica y cotidiana. La iglesia está necesitada de reforma porque ha abandonado esta disciplina, y se ha dejado llevar por los vicios de los paganos.

Para Erasmo, las doctrinas tenían importancia secundaria. Esto no quería decir que fuesen indiferentes, pues sí había doctrinas, tales como la de la encarnación, que eran fundamentales. Pero la vida recta era mucho más importante que la doctrina ortodoxa, y los frailes que se dedicaban a distinciones sutiles al tiempo que llevaban vidas escandalosas eran objeto frecuente de los mordaces ataques de Erasmo.

En resumen, lo que el humanista holandés buscaba era una reforma de las costumbres, la práctica de la decencia y la moderación. Poco a poco fue ganándose la admiración de buena parte de los eruditos de Europa, que se escandalizaban ante las actividades de los papas del Renacimiento. Entre sus admiradores se contaban no pocos nobles y soberanos. Su programa de reforma parecía tener buenas posibilidades de éxito.

Entonces estalló la Reforma protestante. Los espíritus se inflamaron. Las cuestiones planteadas, más que de moralidad, eran de teología fundamental. Ambos partidos trataron de ganarse el apoyo del famoso humanista. Pero Erasmo no podía apoyar de todo corazón a ninguno de los dos. Por fin rompió definitivamente con Lutero y los suyos, pero sin prestarles su ayuda a los católicos que se oponían a la Reforma. Desde su estudio, siguió clamando por la moderación, la reforma al estilo humanista, y las virtudes de los estoicos y platónicos de antaño. Pero nadie lo escuchaba. Erasmo no se había percatado de la profundidad de las cuestiones que se debatían, y la reforma que tanto había anhelado no tuvo lugar. Su sueño, como tantos otros antes, quedó frustrado.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 537–548). Miami, FL: Editorial Unilit.

¿A quién le corresponde el mérito?

Marzo 4

¿A quién le corresponde el mérito?

Lectura bíblica: Romanos 3:27, 28

¿Dónde, pues, queda el orgullo del hombre ante Dios? ¡Queda eliminado! ¿Por qué razón? No por haber cumplido la ley, sino por haber creído. Romanos 3:27 (DHH).

a1Hace muchísimos años, antes de que naciera ninguna persona que tú conoces —desde el año 1508 hasta el 1512 para ser exactos— Miguel Ángel, el extraordinario pintor, escultor, arquitecto y poeta italiano, acostado de espalda, se dedicó a decorar con sus obras de arte el cielo raso de la Capilla Sixtina en Roma. Pintó nueve escenas del libro de Génesis, incluyendo la creación de Adán, la creación de Eva, la tentación y caída de Adán y Eva, y el Diluvio.

Cuando de lo máximo en arte se trata, Miguel Ángel se lleva el premio. Pero esto es algo que nunca lo hubieras oído decir: “Me adjudico el mérito por la hermosura de mi expresión artística. Cada una de mis obras de arte —mi famosa escultura de David, las escenas que pinté en el cielo raso de la Basílica de San Pedro en Roma— las hice todas yo. Nadie me ayudó para nada”. No vas a encontrar esas palabras en ningún libro de historia, porque Miguel Ángel nunca las dijo.

A muchos nos gusta contarles a los demás las cosas importantes que hacemos. No tenemos que esperar mucho en el campo de juego o en los recreos o en el aula para oír los alardes impresionantes de algunos. Cosas como: “¡Una vez le di un puntapié tan fuerte a la pelota de fútbol que la reventé!”; o “Prepárate, porque es más que seguro que te gano en esta competencia!”; o “¡Mi papá tiene un furgón lleno de oro!”.

Pero la mayoría de las personas cuyos logros son verdaderamente importantes admiten que son solo parcialmente responsables de su éxito. Con frecuencia adjudican el mérito a Dios por sus habilidades, su inteligencia o talento. Por ejemplo, en el ocaso de su vida, Miguel Ángel escribió: “Creo que he sido designado por Dios para este trabajo… trabajo motivado por mi amor a Dios y pongo toda mi esperanza en él”.

Cuando logras algo excelente —sea grande o pequeño— ¿a quién le atribuyes tu éxito? Darle el mérito a quien le corresponde comienza con reconocer que tus habilidades en realidad provienen de Dios. Si él no te hubiera creado y dotado de todo tipo de talentos, no lograrías nada.

Y cuando del don del perdón se trata, en realidad nada tuviste que ver con eso. Tú no lo creaste, no te lo compraste, no te lo ganaste ni lo inventaste. No fue idea tuya. No es una obra de arte tuya. Perdonarte es algo que tu Dios lleno de amor hizo por ti. Te lo da como un regalo totalmente gratuito.

PARA DIALOGAR
¿De qué modo le has dado gracias a Dios por haber enviado a Jesús a morir en la cruz por ti?

PARA ORAR
Señor, mereces todo el mérito por todas las cosas que podemos hacer. Y te damos todo el mérito por el regalo de tu perdón

PARA HACER
Ayuda a alguien hoy, sin esperar recibir algo a cambio.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

LABERINTO DE IDEAS.

LABERINTO DE IDEAS.

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-04
a1Como todos sabemos existe un problema creciente en nuestra sociedad. Todos los sectores, y tal vez en especial en el de la juventud, están siendo atrapados por un laberinto moral de ideas contradictorias acerca de cómo deben vivir. Este laberinto moral está lleno de una amplia variedad de estilos de vida como el aborto, la eutanasia, el homosexualismo, el matrimonio de unión libre y el sexo prematrimonial. Además existen las decisiones cotidianas donde, por ejemplo, se ven empujados a hacer trampa en un examen o decir la verdad o no a las autoridades.  Estas y otras tantas decisiones parecen ser cada día más difíciles de contrarrestar debido a la contaminación cultural que se ha formado en este laberinto de opiniones moralmente relativistas.

Debemos ser factores de cambio que ayuden a nuestros semejantes a atravesar esta niebla cultural y navegar con un curso de acciones claro a través de este laberinto moral. Parecería una “Misión imposible” pero deja de serlo cuando contamos con el modelo claro del hombre culturalmente perfecto, moralmente íntegro y socialmente aceptable como lo fue el Señor Jesucristo en su paso por nuestro mundo. Sumado a esto, la clara luz que arroja la Palabra de Dios como manual de ética de vida nos ayuda a entender cómo tomar buenas decisiones morales. Pero todo este asunto de mantener coordenadas correctas en medio de una marea de opiniones y modelos disfuncionales será una utopía hasta que no quebremos nuestro orgullo y reconozcamos nuestra incapacidad ante la soberanía de Aquel que nos dio la vida.  Este fenómeno socio cultural que presenciamos tuvo su origen. Fue en aquel Edén perdido, donde nuestra voluntaria decisión de separarnos de Dios dañó nuestro sistema de vida dependiente de nuestro Creador.

La única manera, entonces de volver a ese estado es volviendo a aquel Edén y encontrarnos con el Nuevo Adán: Cristo, el hombre perfecto. Así, dejando que su vida y su perfección nos posea, estaremos capacitados para navegar en medio del mar de la vida sin naufragar y llegar a  buen puerto sano y salvo.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

Jesús fue el hombre culturalmente perfecto, moralmente íntegro y socialmente aceptable.

SESENTA SÁBANAS HACIA LA LIBERTAD

4 mar 2016

SESENTA SÁBANAS HACIA LA LIBERTAD

por el Hermano Pablo

a1Se necesitó bastante paciencia hacer nudo tras nudo. También hizo falta paciencia para juntar habilidosamente tantas sábanas, sobre todo en ese lugar tan vigilado. Pero el hombre coleccionó sesenta sábanas e hizo ciento veinte nudos. Y deslizándose por esa cuerda de sábanas, bajó catorce pisos.

Una hora después de su hazaña, Ahmad Shelton, de veintiséis años de edad, llamó por teléfono al periódico «Los Ángeles Times» y dijo: «Gracias por las sábanas. Sirvieron para escaparme. Se las dejé a la policía.» Quién sabe cómo logró conseguirlas del periódico, pero ahora que había escapado, las devolvía.

Cuando lo arrestaron en la sección de investigación de robos y lo detuvieron en la Comisaría de policía de Los Ángeles, California, batió un récord mundial. Nunca nadie antes se había escapado de una cárcel anudando semejante cantidad de sábanas: ¡nada menos que sesenta! Así había descendido catorce pisos hasta poner los pies en el suelo.

Si bien precisó de sesenta sábanas para conseguir la libertad de aquella cárcel, ¿cuántas sábanas más habría necesitado Ahmad Shelton para lograr una libertad absoluta?

Para una libertad completa no habría necesitado sábanas, pero sí le habrían hecho falta por lo menos sesenta páginas de descargos escritos por un buen abogado. Habría necesitado sesenta días para pensar bien cómo responderles a los jueces cuando lo volvieran a arrestar, o sesenta mil dólares para contratar al mejor abogado posible, y sesenta años para pensar seriamente en los delitos de su vida.

Sin embargo, ni con todo eso habría encontrado aquel joven la verdadera libertad. Porque la libertad verdadera —libertad de vicios arraigados, libertad de remordimiento de conciencia y libertad de pecados—, sólo se encuentra en el perdón de Cristo.

Ahmad podría pasar sesenta años haciendo penitencia, o seiscientos años vagando como alma en pena, o convertido en un fantasma que habita en castillos medievales. Podría derramar sesenta litros de lágrimas, o flagelarse sesenta veces con sesenta escorpiones, pero con todo eso no lograría la libertad del delito del alma, que es el pecado.

Estar libre de una cárcel de piedra y de cemento, de celdas y de rejas, de guardias y de jueces, no garantiza la libertad. Podemos estar fuera de una cárcel y sin embargo ser los reos más presos del mundo. La cárcel más cerrada que existe es la del pecado. Y de ésa sólo Cristo nos libra. Sesenta sábanas darán libertad de alguna celda, pero sólo Cristo puede dar libertad del pecado. Él quiere ser nuestro Libertador.

 

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MATRIMONIO CIVIL Y ECLESIÁSTICO, FRACASO EN LOS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS

MATRIMONIO CIVIL Y ECLESIÁSTICO, FRACASO EN LOS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS

Desde Perú nos escribe una amiga oyente para hacernos la siguiente consulta: Quisiera saber sobre el matrimonio civil y eclesiástico.

a1Al matrimonio amable oyente se lo ve como un compromiso ante Dios, ante las autoridades y ante la sociedad. El compromiso ante Dios lo hacen los contrayentes cuando ante Dios se comprometen a unirse el uno al otro como marido y mujer, siguiendo el principio que aparece en varios pasajes de la Biblia como por ejemplo Génesis 2:24 donde dice: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.
El compromiso ante las autoridades lo hacen los contrayentes cuando recurren a las autoridades civiles conforme a lo que establece la legislación de cada país para ser declarados marido y mujer. Esto es lo que se conoce como el matrimonio civil. La sumisión a las autoridades civiles es un principio ampliamente fundamentado en la palabra de Dios como por ejemplo Romanos 13:1-5 donde dice: Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.
El compromiso ante la sociedad lo hacen los contrayentes cuando participan a sus familiares y amigos, que se han unido en matrimonio. Este compromiso es motivo de regocijo para todos. En esto consiste el matrimonio, amable oyente. Como Usted habrá notado, son los contrayentes los que por voluntad propia contraen este solemne compromiso. El Nuevo Testamento no ordena a la iglesia local a efectuar matrimonios, o lo que comúnmente se llama el matrimonio eclesiástico. El matrimonio no es una ordenanza para la iglesia local. Esto sin embargo no significa que sea malo realizar una ceremonia matrimonial en una iglesia local, pero no es indispensable para que una pareja se considere casada. Cuando una pareja de creyentes ha decidido casarse, en algún momento deberían los dos solos ante Dios comprometerse el uno al otro a amarse, respetarse, y ser mutuamente fieles. Luego deberían recurrir a las autoridades civiles de su país para que sean declarados marido y mujer por las leyes de ese país. Después deberían comunicar a sus familiares y amigos el feliz acontecimiento y si esto se realiza en una iglesia local, no hay problema con ello, pero si no se lo hace, tampoco hay problema con ello.

La segunda consulta nos llega desde Panamá. Es de un joven amigo oyente quien es muy fiel al Señor testificando a sus compañeros en la universidad, lo cual le ha traído como consecuencia el rechazo y el desprecio de algunos de ellos. A pesar del esfuerzo que ha hecho para estudiar la carrera que está siguiendo, sus calificaciones no son del todo buenas y teme que de continuar así no pueda seguir estudiando esta carrera. Piensa que si esto llegara a suceder sería algo muy difícil de soportar para él porque se sentiría un fracasado. Nos pide un consejo.

Gracias por haber tomado tiempo para compartir con nosotros acerca de esta situación, amable oyente. En primer lugar, me gustaría felicitarle y animarle a seguir siendo fiel al Señor a pesar de las pruebas. Es en las pruebas donde se manifiesta el verdadero carácter del creyente. Las pruebas en realidad son los medios que Dios utiliza para formar nuestro carácter. Note lo que dice Santiago 1:2-4 Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.
Así que, ánimo amigo oyente. Si está siendo probado es porque Dios está moldeando su carácter para que sea lo que Él quiere. Por otro lado, el sufrir por la causa de Cristo es una bendición. Observe lo que dice 1 Pedro 4:14-16 Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado. Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.
Cuando Usted dice que por testificar de Cristo en la universidad es rechazado y despreciado, está siendo vituperado por el nombre de Cristo. Siendo este el caso, en lugar de desanimarse, Usted debe sentirse bienaventurado, esto significa dichoso, muy feliz, no porque sea agradable ser rechazado o despreciado, sino porque el rechazo y el desprecio por la causa de Cristo es una evidencia concluyente de que el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre Usted. El mundo odia y desprecia a Cristo y es natural que también odie y desprecie a los que somos sus seguidores. Juan 15:18-19 dice: Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
Con el odio y el desprecio por la causa de Cristo que recibe el creyente, el mundo blasfema contra Cristo, pero con el mismo odio y el desprecio por la causa de Cristo que recibe el creyente, el creyente glorifica a Cristo. De manera que Pedro aconseja a sus lectores que ningún creyente padezca como homicida o ladrón o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno, pero si un creyente padece por la causa de Cristo, que no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello. Muy bien. Ahora vamos a la otra prueba. Me refiero a sus estudios en la universidad en la carrera que está siguiendo. Usted dice que a pesar de todo el esfuerzo que está haciendo, sus calificaciones no son buenas. Teme que le saquen de la carrera por no llegar a los mínimos requeridos en cuanto a calificaciones. Si esto llegara a pasar, Usted piensa que sería algo muy frustrante. Bueno, amigo oyente, permítame compartir algunos consejos al respecto. En primer lugar, ore al Señor sobre esta situación. Abra su corazón delante de Dios. Dígale como se siente por lo que está pasando, pero sobre todo dígale que lo que más desea en la vida es hacer lo que Dios quiere. Dígale que si la voluntad de Dios es que no continúe estudiando esa carrera, que Dios le dé la suficiente sabiduría para discernir cual es la voluntad de Dios. Dígale que Usted va a estar gozoso tanto si deja de estudiar esa carrera como si sigue estudiando esa carrera. También dígales que si la voluntad de Dios es que estudie otra carrera, que Dios mismo le guíe a saber cuál. En segundo lugar, organice su tiempo para disponer de al menos unos 30 minutos diarios para leer, estudiar, meditar y memorizar la Biblia. La voluntad de Dios jamás está separada de la palabra de Dios. En tercer lugar, hasta que no esté seguro de cuál es la voluntad de Dios en cuanto a la carrera que está estudiando haga todo lo humanamente posible para obtener las mejores calificaciones. Ore como si todo dependiera de Dios y estudie como si todo dependiera de Usted. Este es el equilibrio perfecto. Si haciendo esto mejoran sus calificaciones, es muy posible que Dios le esté diciendo que su voluntad es que siga en esta carrera, pero si haciendo esto, sus calificaciones siguen en descenso, entonces es muy posible que Dios le esté diciendo que su voluntad es que cambien de carrera. Si este fuera el caso, no lo tome como algo personal, como un fracaso de su parte. Simplemente tómelo como algo que Dios está queriendo hacer en su vida. Podría ser inclusive que la voluntad de Dios es que no estudie ninguna carrera en la universidad y que dedique su vida a prepararse para servir al Señor como misionero u obrero en una iglesia local. También podría ser que la voluntad de Dios es que Usted no estudie ninguna carrera sino que trabaje en alguna actividad legítima. Después de todo, es bueno obtener un título superior en alguna carrera, pero no es indispensable. No olvide jamás que hacer lo que Dios quiere siempre es lo mejor para cada uno de sus hijos. En cuarto lugar, busque el consejo de sus padres, de los pastores o ancianos y de personas maduras en la fe que le orienten en la decisión que debe tomar. Espero que estas ideas le ayuden a sortear satisfactoriamente esta prueba. Que el Señor le bendiga.

LA VIÑA DEL PEREZOSO

LA VIÑA DEL PEREZOSO

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-03
a1De camino a mi trabajo paso por el frente de varios conjuntos de viviendas. Yo vivo en uno de ellos. La persona que está a cargo de la administración de alguna manera le transmite a la fachada y al estado de ese conjunto su idoneidad. Una fachada sucia, abandonada y descuidada habla de una administración y hasta también de un administrador así. Pero un lugar bien cuidado y decorado, con el césped cortado y sus veredas barridas, habla mucho del tipo de administración o de administrador que tiene dicho barrio. Igual es con la vida, pues de quién la administre así será la “fachada de tu vida”. ¿Puedes verlo? el libro de Proverbios dice, refiriéndose a esta tipología: “Pasé junto al campo del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían ya cubierto su faz, y su cerca de piedra estaba ya destruida. Miré, y lo puse en mi corazón; lo vi, y tomé consejo. Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo mano sobre mano otro poco para dormir… Así vendrá como caminante tu necesidad, y  tu pobreza como hombre armado.” ¿Prestaste atención quién era el dueño de esta viña en estado deplorable?… La pereza, ella era el dueño.

Un antiguo refrán de “La biblia gaucha”, del autor José Hernández, reza así: “Debe trabajar el hombre para ganarse su pan, pues la pereza en su afán de perseguir de mil modos, llama a la puerta de todos y entra en la del haragán”. En verdad el ocio es la madre de los todos los vicios, y nada de eso de que “como a una madre hay que respetarla”. No, pues si tú la respetas a ella y escuchas sus sutiles consejos, ten por cierto que ella no te respetará ti, y cuando quieras darte cuenta, como lo acabas de leer en Proverbios, tu pobreza llegará como caminante o como combatiente (no tienen más que una mochila y andan con lo puesto).

PENSAMIENTO DEL DÍA:

Por tres cosas mure el hombre: La fama, la lana y LA CAMA.

LA TORRE DE PISA

LA TORRE DE PISA

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-01
a1La torre de Pisa, en Italia, es una curiosidad de la arquitectura que atrae a miles de turistas desde hace varios. Desde su construcción, hace ya más de 800 años, ha venido inclinándose una fracción de pulgada cada año sin caerse. Se comenzó a construir en 1173 por el famoso arquitecto Bonano Pissano quien abandonó su obra  en 1185 cuando apenas había construido tres pisos y medio. Noventa años más tarde, otro arquitecto retomó la obra añadiendo tres pisos y medio más. La torre empezó a inclinarse en aquel entonces y este arquitecto decidió corregir la vertical con los pisos superiores en vez de hacerlo corrigiendo el fundamento. Pasaron 80 años más y otro arquitecto puso la cúpula del octavo piso. La torre estaba condenada a seguir inclinándose. La única explicación coherente de este hecho es que se ha construido sobre terreno flojo y lodoso. Por ello se hunde en la tierra que no es firme. Algunos propusieron la idea de sujetar la torre con grandes globos para detener su inclinación pero lo ideal es fortalecer sus cimientos mientras se sostiene esta mole de 14.500 toneladas. Lo cierto es que si no se toma una medida urgente, la torre caerá inevitablemente en algún próximo siglo.

¡Cuánta similitud tiene la torre de Pisa con la trayectoria de la vida de muchas personas! Éstas, neciamente construyen pisos tras pisos de su existencia, sin poner atención a sus cimientos, pensando que al final tendrán felicidad. No quieren reconocer que el rumbo de sus vidas está tomando un curso fatal y que la caída es inminente. Continúan acumulando riquezas tras riquezas, logros tras logros, años tras años de su vida y no hacen una pausa para medir las consecuencias que esto implica. Para una vida de crecimiento vertical, hay una sola roca firme sobre quién construir: Jesucristo, la principal piedra del ángulo. Todos los demás intentos serán  propuestas flojas que terminarán en inevitable tragedia. ¡No te equivoques!

PENSAMIENTO DEL DIA:

El progreso tiene un costo, y si no se invierte lo necesario en las bases, puede ser una inversión perdida.

«PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…»

2 mar 2016

«PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…»

por el Hermano Pablo

a1El hombre se puso a recitar el padrenuestro: la oración modelo, la oración magistral, la oración cristiana por excelencia. «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…» Y las palabras que nos enseñó Jesucristo fluyeron como fluyen las notas del órgano por sus tubos vibrantes.

Vez tras vez, a lo largo de setenta y dos interminables horas, David Nymann, montañero de Alaska, recitó esa oración reconfortante mientras vientos helados, de ciento treinta kilómetros por hora, azotaban el monte Johnson. Su amigo, James Sweeney, yacía a su lado, con ambas piernas quebradas, sin poder moverse.

La muerte los acechaba a ambos, por frío y por hambre. Al fin un helicóptero los avistó y los rescató. La oración había sido, para ambos hombres, calor, agua y alimento durante tres días.

Aun los hombres más rudos, cuando se ven en apuros, abren los labios para elevar una oración. Nymann y Sweeney, deportistas que querían escalar el monte Johnson de Alaska, sufrieron una caída. Sweeney se quebró ambas piernas; Nymann quedó muy golpeado. Ambos vieron acercarse la muerte. Pero la recitación constante del padrenuestro los mantuvo en vela, y la fuerza poderosa de la esperanza los ayudó a soportar la prueba.

La oración es la única fuerza capaz de unir al hombre, en la tierra, con Dios, en el cielo. Cuando Jesús enseñó a orar a sus discípulos, les dijo: «Ustedes deben orar así: “Padre nuestro que estás en el cielo…”» (Mateo 6:9). Jesús enseñó que Dios es el Padre de toda la humanidad. Cuando sentimos que Dios es nuestro Padre, y cuando abrimos los labios en oración sincera, Dios el Padre acude en nuestra ayuda. Dios quiere ser el Padre de todos.

¿Por qué será, entonces, que tantas oraciones no son contestadas? Quizá sea porque no nos hemos relacionado previamente con Dios. Queremos su ayuda de un momento al otro sin haber establecido una amistad con Él. Dios quiere ayudarnos, pero para alcanzar su ayuda debemos estar en continuo contacto con Él.

Establezcamos, pues, esa comunicación con nuestro Creador y Salvador. La primera oración que Él oye es: «¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lucas 18:13). Ese reconocimiento, más la súplica de perdón por nuestros pecados, establece el contacto.

Démosle nuestra vida a Cristo, el divino Salvador. Él quiere ser nuestro Señor. Sometámonos a su señorío, y Él, con seguridad, escuchará nuestra oración.

 

 

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