El Renacimiento y el humanismo 53

El Renacimiento y el humanismo 53

¡Oh suprema liberalidad del Padre Dios! ¡Oh altísima y maravillosísima dicha del ser humano! A él le ha sido concedido tener lo que decida, ser lo que quiera.

Pico de la Mirándola

a1Pocos términos en la historia se utilizan con mayor ambigüedad que los de “Renacimiento” y “humanismo”. El título mismo de “Renacimiento”, aplicado a una época histórica, implica un juicio negativo sobre la época que la precedió. Fue así que utilizaron el término quienes lo acuñaron. Para ellos, la “Edad Media” no era más que eso: un período intermedio entre las glorias de la antigüedad y las de los tiempos modernos. Al darle el nombre de “gótico” al arte medieval, expresaban una vez más ese prejuicio —“gótico” quiere decir “proveniente de los godos”, y por tanto “bárbaro”—. Ya hemos señalado que el arte mal llamado “gótico”, lejos de ser señal de barbarie, fue uno de los mayores logros de la civilización occidental. Pero en todo caso, quienes le dieron el nombre de “Renacimiento” al movimiento intelectual y artístico que surgió en Italia en los siglos XIV y XV, además de mostrar con ello sus prejuicios acerca de los siglos anteriores, daban señales de su ignorancia de esos siglos.

En efecto, el supuesto “Renacimiento”, con todo y beber en parte de las fuentes de la literatura y el arte clásicos, se inspiró mucho más en los siglos XII y XIII. Su arte tiene profundas raíces en el gótico; su actitud hacia el mundo toma tanto de San Francisco como de Cicerón; y su literatura se inspira en parte en los cantares medievales que los trovadores llevaban de región en región.

Pero a pesar de todo ello, es todavía lícito darle a este período, particularmente en Italia, el nombre de “Renacimiento”. Muchos de los principales intelectuales de la época veían en el pasado inmediato, y a veces en el presente, una época de decadencia con respecto a la antigüedad clásica, y por ello se dedicaron a fomentar un renacer de esa antigüedad, a volver a sus fuentes, y a imitar su lenguaje y su estilo. Es a esto que nos referimos aquí al hablar del “Renacimiento”.

En cuanto al término “humanismo”, la ambigüedad no es menor. Por una parte, se le da ese nombre a la tendencia a colocar la criatura humana en el centro del universo, y a hacer resaltar su valor. Por otra, se le da el mismo nombre al estudio de las “humanidades”. Un “humanista” no es entonces quien subraya el valor humano, sino quien se dedica a las bellas artes, y en particular a la literatura. Como veremos en el resto de este capítulo, muchos de los “humanistas” de los siglos XIV y XV, y aun después, lo eran en ambos sentidos. Su interés en las letras clásicas iba frecuentemente unido a una gran admiración por la criatura capaz de producir tales obras de arte. Pero no siempre se dio esa unión. Por tanto, a modo de simple aclaración, señalemos que en este contexto, al hablar del “humanismo”, nos referimos, no a una opinión acerca del valor de la criatura humana, sino a un movimiento literario que se caracterizó por el estudio cuidadoso de las letras clásicas, y por su imitación.

Italia en los siglos XIV y XV

Fue en Italia que el Renacimiento tuvo su origen y sus mejores logros. Las causas de esto han de verse, en parte al menos, en las condiciones políticas y económicas de esa península.

Al igual que el resto de Europa occidental, Italia sufrió los estragos de la peste bubónica y de las guerras, que parecían haberse vuelto endémicas. Y, mucho más que el resto de Europa, sufrió las consecuencias de la “cautividad babilónica” y del Gran Cisma de Occidente. Casi constantemente fue ella el escenario de guerras entre papas rivales, o entre nobles o repúblicas que apoyaban a uno u otro de los pretendientes. Al mismo tiempo, el movimiento republicano se enfrentaba de continuo a la vieja aristocracia, y por tanto en ciudades tales como Florencia y Venecia se daban revoluciones que frecuentemente llevaban a conflictos armados, no sólo en la ciudad misma, sino también con los territorios vecinos.

En medio de tales circunstancias, Italia no lograba seguir el ejemplo de Francia, que había logrado su unidad nacional, ni de España, que iba camino de ella. Los espíritus más patrióticos entre los italianos se dolían de esa situación. Es dentro de este contexto que ha de entenderse la más famosa obra de Nicolás Maquiavelo, El príncipe. Maquiavelo era un patriota florentino que soñaba con la unidad italiana. Aunque sus propias convicciones eran republicanas, estaba convencido de que sólo un príncipe astuto y carente de demasiados escrúpulos podría unir el país. Fue por ello que le dedicó su obra al cardenal Lorenzo de Médicis, que a la sazón gobernaba en Florencia, instándole a que dejara “las debilidades de nuestra religión” y se lanzara a la empresa.

No era sólo Maquiavelo quien se dolía de las condiciones de la época. Este tema era característico de toda Europa, azotada por la plaga, por la guerra de los Cien Años y por el Gran Cisma. Lo que era distintivo de Italia era que ese ambiente de insatisfacción tenía lugar dentro de una situación de prosperidad económica. Las ciudades de Florencia, Venecia, Génova y Milán eran importantes centros de industria y comercio. La posición geográfica de Italia, en el centro mismo del Mediterráneo, les permitía a estas ciudades beneficiarse del comercio con los países musulmanes y con el Imperio Bizantino. La burguesía italiana, nacida de esa industria y de ese comercio, era poderosísima. De ahí el conflicto casi constante entre esa burguesía, con sus ideales republicanos, y la vieja aristocracia. La prosperidad económica, unida a la inestabilidad política, dio lugar a una aristocracia intelectual, de origen principalmente burgués, que halló inspiración en los tiempos clásicos de Grecia y de la Roma republicana.

El despertar de las letras clásicas

Uno de los principales propulsores de esta nueva tendencia  fue el poeta Petrarca, quien en su juventud había escrito sonetos en italiano, pero después se dedicó a escribir en latín, imitando el estilo de Cicerón. Pronto tuvo numerosos seguidores, que se dedicaron también a emular las letras clásicas. Con ese propósito copiaron manuscritos de los viejos autores latinos. Otros viajaron a Constantinopla, y de regreso a Italia llevaron consigo manuscritos griegos. Más tarde, cuando Constantinopla fue tomada por los turcos en 1453, muchos de los exiliados bizantinos llegaron a Italia con sus manuscritos y su conocimiento de la antigüedad griega. Todo esto contribuyó a un despertar literario que comenzó en Italia, y que después se extendió al resto de Europa occidental. Pronto ese interés en lo clásico incluyó, no sólo las letras, sino también las artes. Los pintores, escultores y arquitectos fueron a buscar su inspiración, no en el arte cristiano de los siglos inmediatamente anteriores, sino en el pagano de la antigüedad. Naturalmente, aun cuando pretendieron desentenderse de su herencia directa, no lo lograron del todo, y por tanto buena parte del arte del Renacimiento tiene sus raíces en el gótico. Pero el ideal de muchos de los artistas italianos de la época era redescubrir los cánones de belleza de la antigüedad, y plasmarlos en sus obras.

Todo este interés en la antigüedad clásica coincidió con la ( invención de la imprenta, que a su vez hizo un impacto profundo en el humanismo. Pero no ha de pensarse que esto hizo de las letras renacentistas un movimiento popular. Al contrario, los libros que los renacentistas hicieron imprimir eran obras de difícil lectura, compuestas en latín clásico o en griego. Lo que es más, el arte tipográfico de la época hizo todo lo posible por imitar los manuscritos que se imprimían. Las muchas abreviaturas, harto difíciles de entender, que los copistas utilizaban para facilitar su trabajo, continuaron usándose en los libros impresos. Para los humanistas, la imprenta era un magnífico medio para comunicarse entre sí, o para duplicar las obras de la antigüedad, pero no para difundir sus ideas entre el pueblo. Esas ideas continuaron siendo posesión exclusiva de la aristocracia intelectual.

Aparte del caso de Savonarola, no fue hasta tiempos de la Reforma protestante que la imprenta comenzó a utilizarse como un medio de comunicación con las masas, para la divulgación de ideas teológicas y filosóficas. Pero a pesar de ello la imprenta hizo un impacto notable en las letras renacentistas. En primer lugar, los libros se hicieron relativamente más accesibles. Cuando sólo había manuscritos, y aún por varias décadas después de la invención de la imprenta, los libros eran tan costosos que en muchas bibliotecas estaban atados a los estantes con cadenas. Un erudito de medianos recursos apenas podía poseer unos pocos. Pero ahora, con la invención de la imprenta, fue posible comenzar a reproducir en mayores cantidades algunos de los libros más preciados de la antigüedad.

Esto a su vez les hizo ver a los humanistas hasta qué punto los errores de los copistas se habían introducido en una obra. Si un humanista, por ejemplo, tomaba un libro impreso en otra ciudad a base de un manuscrito, pronto encontraba divergencias entre ese libro y otro manuscrito de la misma obra. Aunque en los siglos anteriores los estudiosos conocían algo de esta situación, fue la invención de la imprenta lo que la hizo más palpable.

Ahora bien, la imprenta misma ofrecía un medio de ponerle remedio, siquiera parcial, a esa situación. Ahora era posible producir varios centenares de ejemplares de un libro, idénticos entre sí. Ya no era necesario confiar la reproducción de obras literarias a una multitud de copistas, con el riesgo de que cada uno de ellos introdujera en ellas nuevos errores. Si un erudito se dedicaba a la ardua tarea de comparar varios manuscritos de un mismo libro, y tratar de llegar a un texto fiel al original, su obra podía culminar en una edición impresa, sin más errores que los que el erudito mismo hubiera dejado pasar. Surgió así la “crítica textual”, cuyo propósito es, no criticar los textos, como podría suponerse, sino aplicar todos los recursos de la crítica histórica para llegar de nuevo al texto original de una obra.

Todo esto dio lugar a una desconfianza en los legados de la tradición inmediata. Si los manuscritos no eran totalmente fidedignos, ¿no era también posible que algunas de esas obras fuesen completamente falsas, producto de la imaginación de algún siglo posterior? Pronto algunos de los documentos más respetados en la Edad Media fueron declarados espurios. Uno de los casos más notables fue el de la Donación de Constantino, en el que el famoso emperador le concedía al papa jurisdicción sobre el Occidente. El erudito Lorenzo Valla se dedicó a estudiar este documento, y llegó a la conclusión de que era falso, pues diversas razones de estilo, vocabulario, etc. hacían imposible fecharlo en el siglo IV. De igual modo, Valla atacó la leyenda según la cual el Credo fue compuesto por los apóstoles, antes de separarse para partir cada cual en su propia misión.

Todo esto no tuvo de inmediato grandes consecuencias para la vida de la iglesia. El propio Valla sirvió como secretario del papa, sin que sus estudios y sus conclusiones le causaran mayores problemas. Ello se debió a que, como hemos dicho, toda esa actividad literaria se limitó a una aristocracia intelectual, que tendía a despreciar las masas, y que no tenía gran interés en divulgar los resultados de sus investigaciones.

Pero, a pesar del poco impacto que produjo de inmediato, este despertar literario contribuyó, junto al misticismo y a la devoción moderna, a marcar el fin de la época en que el escolasticismo dominaba la vida intelectual.

La nueva visión de la realidad

Aunque ha sido costumbre de historiadores prejuiciados pintar la Edad Media con colores sombríos, para así hacer resaltar más las glorias de lo moderno, el hecho es que hubo en la Edad Media, junto a los ascetas que despreciaban el mundo presente en ansias del venidero, otra corriente que se gloriaba en las maravillas de la creación. Esto puede verse en el naturalismo de San Francisco, cantándoles a las aves, al agua, a los astros, y hasta a la muerte. Su canto no era de negación del mundo, sino de afirmación del mismo. Para él, y para quienes siguieron su inspiración, el mundo venidero era glorioso, no porque contrastara con el presente, sino porque lo superaba. Si este mundo es bello y digno de admiración, ¡cuánto más no lo será el otro que el Creador de ambos nos tiene prometido! En las catedrales góticas los escultores se regocijaron esculpiendo escenas de la naturaleza, reales o imaginarias. Allí aparecen, entre frondosas vides, mil avecillas, caracoles y camaleones que dan testimonio del mismo Creador universal a quien cantaba San Francisco.

Luego, no es cierto que el Renacimiento haya descubierto la belleza de la creación, supuestamente olvidada por el medioevo. Lo que sí es cierto es que, inspirado en parte por el arte clásico, el arte renacentista le prestó más atención a la belleza y perfección del cuerpo humano.

Italia gozaba de riquezas exuberantes. En sus principales ciudades había dinero para construir grandes edificios, y para juntar en ellos todos los recursos artísticos imaginables. Los nobles y los grandes burgueses tenían medios para sufragar los gastos de un arte dedicado, no a las glorias del cielo, sino a la del mecenas que costeaba la empresa artística. Por tanto el arte, hasta entonces dedicado casi exclusivamente a la enseñanza religiosa y la gloria de Dios, se ocupó ahora del esplendor humano. En los modelos clásicos de Grecia y Roma se ponía de manifiesto una admiración hacia la criatura humana que buena parte del arte medieval había olvidado, y que ahora los pintores y escultores del Renacimiento plasmaron en piedra y pintura. El Adán que Miguel Angel pintó en el techo de la Capilla Sixtina, que del dedo de Dios recibe poder para señorear sobre la creación, es muy distinto del Adán endeble de los manuscritos medievales. En él se concreta la visión renacentista del ser humano, nacido para crear, para gobernar, para implantar su huella en el mundo que lo rodea.

La misma visión toma carne y hueso en la persona de Leonardo de Vinci. Hubo pocas actividades humanas en las que este genio del Renacimiento no interviniera y tratara de mostrar su maestría. Aunque la posteridad lo conoce mayormente como pintor, Leonardo les prestó gran atención a la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, la balística y la anatomía. Su ambición era ser el “hombre universal” que constituía el ideal de la época. Sus grandes proyectos de canalización fluvial, máquinas militares y aparatos de vuelo nunca se llevaron a la realidad. Muchas de sus esculturas y pinturas quedaron inconclusas, o no pasaron de bocetos que se conservan hasta el día de hoy como valiosas piezas. Sus múltiples intereses, unidos a las fluctuaciones políticas que no le permitieron residir por largo tiempo en un mismo lugar, le dieron a su obra un carácter fragmentado e inconcluso. Pero a pesar de ello Leonardo, y las leyendas que se han tejido alrededor de su personalidad, se han vuelto símbolo y encarnación del ideal renacentista del “hombre universal”. Esta visión del ser humano y de su capacidad sin límites, tanto para bien como para mal, es el tema principal del autor renacentista Pico de la Mirándola, a quien hemos citado al principio del presente capítulo. Tras esa cita, Pico continúa diciendo que Dios le ha dado al ser humano toda clase de semilla, para que la siembre dentro de sí mismo, y así determine lo que ha de ser. Quien escoja la semilla vegetativa, o la sensible, no será más que una planta o un bruto. Pero quien escoja la semilla intelectual, y la cultive dentro de sí, “será un ángel e hijo de Dios”. Y si, insatisfecho con ser una criatura, se torna hacia el centro de su propia alma, “su espíritu, unido a Dios en su oscura soledad, se elevará por encima de todas estas cosas”. Todo esto lleva a Pico a exclamar, en extrañas palabras de alabanza a la criatura humana: “¿Quién no ha de admirar a este camaleón que somos nosotros?”

Los papas del Renacimiento

Cuando dejamos la historia del papado varios capítulos atrás (capítulo IV), éste acababa de triunfar del movimiento conciliar. Lo ocupaba a la sazón Eugenio IV quien, además de sus conflictos con el Concilio de Basilea, se dedicó a embellecer la ciudad de Roma. Este hecho era el primer indicio de que el espíritu del Renacimiento comenzaba a posesionarse del papado. A partir de entonces, y hasta después de iniciada la Reforma protestante, el pontificado romano estaría en manos de hombres cuyos ideales eran los que propugnaba el Renacimiento. Casi todos ellos eran amantes de las bellas artes, y uno de los propósitos fundamentales de sus pontificados fue llevar a Roma los mejores artistas, y dotarla de palacios, iglesias y monumentos dignos de su posición como capital de la cristiandad. Algunos tomaron del espíritu del Renacimiento su amor hacia las letras, y por ello enriquecieron la biblioteca del Vaticano. Pero muy pocos de ellos se ocuparon verdaderamente de la reforma de la iglesia. Casi todos tomaron del espíritu de la época su gusto por el boato, el poder despótico y los goces sensuales. Veamos brevemente su historia.

A la muerte de Eugenio IV, lo sucedió Nicolás V. Los años de su pontificado, del 1447 al 1455, fueron dedicados principalmente a fortalecer la posición política de Roma entre los estados italianos, y del papa dentro de ella. Su meta era hacer de Roma la capital intelectual de Europa, llevando a ella los mejores pintores y autores de la época. Su biblioteca personal llegó a ser la mejor del siglo XV. Además, fortificó la ciudad e hizo ejecutar a quienes se oponían a su poder monárquico. En el 1453, la caída de Constantinopla, a que nos referiremos más adelante, sacudió la conciencia de la cristiandad occidental, y el Papa trató de organizar una cruzada contra los turcos, aunque sin éxito alguno. De la reforma de la iglesia, se ocupó poco o nada.

Su sucesor, Calixto III, fue el primer papa de la familia española de los Borja—que en Italia se dio el nombre de Borgia. Lo que este papa tomó de los ideales del Renacimiento no fue más que el sueño de ser un gran príncipe secular. Con la excusa de que era necesario unir a Italia para emprender una cruzada contra los turcos, se dedicó más a la guerra que a los oficios sacerdotales. Además se caracterizó por uno de los peores males de la época, que a partir de él se haría endémico en el papado, el nepotismo. Uno de los parientes a quienes cubrió de honores fue su nieto Rodrigo, a quien hizo cardenal y que más tarde sería el tristemente famoso Alejandro VI. El próximo papa, Pío II, fue el último que en todo este período ciñó con cierta dignidad la tiara papal. En su juventud había sido un hombre característico del Renacimiento. Pero después decidió que debía enmendar su vida, y tomó sus responsabilidades pontificias con toda seriedad. Puesto que Europa se hallaba amenazada por los turcos, dedicó buena parte de sus esfuerzos a detener su avance y a tratar de organizar una cruzada. Aunque sus logros no fueron grandes, tampoco lo fueron sus errores.

Paulo II era un oportunista que, al recibir noticias de que su tío Eugenio IV había sido hecho papa, decidió que la carrera eclesiástica le prometía más que el comercio a que estaba dedicado. Su interés principal estaba en acumular objetos de arte, particularmente joyería y orfebrería. Su gusto por el fausto se hizo proverbial. No por ser papa dejó de tener concubinas, al parecer públicamente reconocidas en su corte. Se dedicó a restaurar la gloria de la Roma pagana, haciendo restaurar los arcos de triunfo de los emperadores Tito y Septimio Severo, y la estatua de Marco Aurelio. Murió todavía joven de apoplejía, a consecuencia de sus excesos sensuales, según cuentan cronistas de la época.

Sixto IV compró el papado, haciéndose elegir a base de promesas y dádivas que hizo a los cardenales. Durante su pontificado, el nepotismo y la corrupción llegaron a niveles nunca antes vistos en el papado. La esencia de su política consistió en enriquecer a su familia, y en particular a sus cinco sobrinos. Uno de éstos, Juliano della Rovere, más tarde ocuparía el papado con el nombre de Julio II. Bajo Sixto, la iglesia se transformó en un negocio de la familia. Toda Italia se vio sumida en guerras y conspiraciones cuyo único objeto era obtener territorios, riquezas y honores para los sobrinos del Papa. Su sobrino predilecto, Pedro Riario, tenía veintiséis años cuando fue hecho cardenal, patriarca de Constantinopla y arzobispo de Florencia. Sus vicios y excesos se hicieron famosos en toda Italia, y se dice que fue a consecuencia de ellos que murió a los dos años escasos. Otro de ellos, Jerónimo Riario, urdió una trama en la que uno de los Médicis fue asesinado ante el altar, mientras oía misa, por un sacerdote. Cuando los familiares y amigos del difunto se vengaron ahorcando al sacerdote asesino, el Papa excomulgó a toda la ciudad de Florencia, por haber violado la persona sagrada de un sacerdote, y le declaró la guerra. Para sostener esta política, y el boato de sus sobrinos, impuso en todos los territorios papales un monopolio sobre el trigo. El mejor grano se vendía para llenar las arcas papales, y al pueblo sólo se le daba pan de malísima calidad. Pero a pesar de todo esto, la posteridad conoce a Sixto IV como el mecenas que hizo construir la Capilla Sixtina, llamada así en su honor.

Inocencio VIII resultó electo después de haber jurado por lo más sagrado que respetaría los derechos de los demás cardenales, que no nombraría a más de uno de su propia familia, y que pondría en orden la sede romana. Pero tan pronto como se vio en posesión de la tiara declaró que el poder del papa era supremo, y que por tanto no tenía que sujetarse a promesa alguna, sobre todo si había sido obtenida mediante presión. Fue el primer papa en reconocer públicamente a sus varios hijos ilegítimos, a quienes colmó de honores y riquezas. La venta de indulgencias se volvió un negocio inverecundo, bajo la administración y al servicio de uno de los hijos del Papa. En 1484, Inocencio pretendió librar la cristiandad de brujas mediante una bula cuyo resultado fue la muerte de centenares de mujeres cuyo único crimen era el ser impopulares, o quizá algo excéntricas. Esta fue la única medida de este pontífice que, siquiera remotamente, podría verse como un intento de reformar la vida religiosa.

Rodrigo Borja compró entonces a los cardenales y fue electo papa, bajo el nombre de Alejandro VI. Con él el papado llegó a la cima de su corrupción. Alejandro era un hombre fuerte e implacable, que practicaba públicamente todos los pecados capitales —excepto la gula, pues era de apetito escaso—. Se cuenta que el pueblo decía: “Alejandro pone a la venta las llaves, los altares y hasta a Cristo. Después de todo, su derecho tiene, pues los compró”. Mientras toda Europa temblaba ante los avances de los turcos, el Papa entraba en tratos con el sultán Bayaceto. Sus concubinas, esposas legales de algunos de sus subalternos, le dieron hijos que Alejandro reconoció como tales. Los más famosos de ellos fueron César y Lucrecia Borgia. Aunque las peores historias que se cuentan de esta familia —sus múltiples crímenes y sus incestos— no sean ciertas, lo que queda aún después de descontarlas es una corrupción y una ambición sin limites. Sus conspiraciones y sus guerras bañaron a Italia en sangre, y mancillaron al papado como nunca antes.

Alejandro VI murió repentinamente —hay quien dice que después de beber un veneno que había preparado para otra persona—. Su hijo César, que tenía planes para apoderarse del papado a la muerte de su padre, estaba en cama a consecuencias de la misma enfermedad —o del mismo veneno— y no pudo poner sus proyectos en marcha. Entonces resultó electo Pío III, un hombre de profundo espíritu reformador que se propuso restaurar la paz en Italia. Pero murió a los veintiséis días, y quien resultó electo era un digno sucesor de Alejandro VI.

Julio II, el mismo Juliano della Rovere a quien su tío Sixto IY había hecho cardenal, tomó ese nombre porque se proponía emular, no a algún santo o mártir cristiano, sino a Julio César. Al igual que la mayoría de los papas de la época, fue gran patrono de las artes. Durante su pontificado Miguel Angel terminó de pintar la Capilla Sixtina, y Rafael decoró el Vaticano con sus famosos frescos. Pero la ocupación favorita de Julio II fue la guerra. Reorganizó la guardia papal, vistiéndola con uniformes que se dice fueron diseñados por Miguel Angel, y al mando de ella se lanzó al campo de batalla. Hábil guerrero y político, durante su pontificado se llegó a pensar que quizá se lograría por fin la unidad italiana, bajo la hegemonía papal. Francia y Alemania se opusieron a sus designios, pero el Papa supo vencerles tanto en la diplomacia como en el campo de batalla. Por fin, en 1513, la muerte puso fin a los afanes de conquista de aquel papa a quien se le daba con toda justicia el epíteto de el Terrible.

Su sucesor fue el hijo de Lorenzo el Magnífico de Florencia, Juan de Médicis, quien tomó el nombre de León X. Siguiendo los pasos de su padre, se dedicó a patrocinar las artes, al mismo tiempo que trataba de consolidar los logros políticos y militares de Julio II. En esta última empresa fracasó, y en 1516 se vio obligado a firmar con Francisco I de Francia un concordato que prácticamente hacía de la corona la verdadera cabeza de la iglesia francesa. Su pasión por las bellas artes se sobrepuso a todo interés religioso o sacerdotal. Su gran sueño fue completar la Basílica de San Pedro. A el estaba dedicado cuando estalló la Reforma protestante. Empero esa historia corresponde a otra sección de esta historia.

La reforma humanista: Erasmo de Rotterdam

Fuera de Italia, el Renacimiento tomó un rumbo muy distinto. En España, Inglaterra, Francia, Alemania y los Países Bajos había eruditos que soñaban con una restauración del cristianismo antiguo, siguiendo los métodos de los humanistas.

En la próxima sección de esta historia tendremos ocasión de referirnos a varios de ellos. Pero nos corresponde aquí tratar acerca de los sueños del más grande y famoso humanista, Erasmo de Rotterdam.

Erasmo era hijo ilegítimo de un sacerdote y de la hija de un médico. Durante toda su vida tuvo que llevar la doble carga de sus orígenes humildes y su bastardía. Pero, criado en medio de la gran actividad comercial de Holanda, en muchos puntos sus opiniones reflejaban los valores comunes entre la clase burguesa. Aunque estudió algo de teología escolástica, pronto sintió hacia ella una gran repugnancia, y se dedicó al estudio de las letras clásicas. Después, en una visita a Inglaterra, comenzó a interesarse en las Escrituras y la literatura cristiana antigua, que le parecía era necesario arrancar de las garras de los escolásticos. Se dedicó a estudiar el griego, y llegó a dominar ese idioma como pocos en su época. Su fama fue creciendo, y a la postre se volvió el centro de un círculo internacional de humanistas que esperaban reformar la iglesia, no por medios violentos, sino devolviéndole su fe sencilla y primitiva.

El modo en que Erasmo entendía esa fe era característico de su espíritu humanista, unido a la devoción moderna, cuyo influjo había recibido cuando estudió de joven con los Hermanos de la Vida Común. Para él, el cristianismo es ante todo un género de vida decente, equilibrado y moderado. Los mandamientos de Jesús, que son el centro de la fe cristiana, son muy semejantes a las máximas de los estoicos y los platónicos. Su meta es llegar a dominar las pasiones, colocándolas bajo el gobierno de la razón. Esto da lugar a una disciplina que tiene mucho de ascetismo, pero que no ha de confundirse con el monaquismo. El monje se retira del mundo; el verdadero “soldado de Cristo” dirige su adiestramiento hacia la vida práctica y cotidiana. La iglesia está necesitada de reforma porque ha abandonado esta disciplina, y se ha dejado llevar por los vicios de los paganos.

Para Erasmo, las doctrinas tenían importancia secundaria. Esto no quería decir que fuesen indiferentes, pues sí había doctrinas, tales como la de la encarnación, que eran fundamentales. Pero la vida recta era mucho más importante que la doctrina ortodoxa, y los frailes que se dedicaban a distinciones sutiles al tiempo que llevaban vidas escandalosas eran objeto frecuente de los mordaces ataques de Erasmo.

En resumen, lo que el humanista holandés buscaba era una reforma de las costumbres, la práctica de la decencia y la moderación. Poco a poco fue ganándose la admiración de buena parte de los eruditos de Europa, que se escandalizaban ante las actividades de los papas del Renacimiento. Entre sus admiradores se contaban no pocos nobles y soberanos. Su programa de reforma parecía tener buenas posibilidades de éxito.

Entonces estalló la Reforma protestante. Los espíritus se inflamaron. Las cuestiones planteadas, más que de moralidad, eran de teología fundamental. Ambos partidos trataron de ganarse el apoyo del famoso humanista. Pero Erasmo no podía apoyar de todo corazón a ninguno de los dos. Por fin rompió definitivamente con Lutero y los suyos, pero sin prestarles su ayuda a los católicos que se oponían a la Reforma. Desde su estudio, siguió clamando por la moderación, la reforma al estilo humanista, y las virtudes de los estoicos y platónicos de antaño. Pero nadie lo escuchaba. Erasmo no se había percatado de la profundidad de las cuestiones que se debatían, y la reforma que tanto había anhelado no tuvo lugar. Su sueño, como tantos otros antes, quedó frustrado.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 537–548). Miami, FL: Editorial Unilit.

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