Caminando en “Su camino.”

Caminando en “Su camino.”

Programa No. 2016-01-10

PABLO MARTINI
a1Como he dicho en otras oportunidades a muchos de nosotros el encontrar la voluntad de Dios para nuestras vidas se nos torna mayormente misterioso. Es incongruente pensar que si nuestros inicios en esta relación espiritual fueron en la luz, el resto del camino se transite en las tinieblas. No. Si vivimos o comenzamos a vivir por el Espíritu, debemos continuar avanzando por ese mismo Espíritu. (Gálatas 5:25) Descubrir la voluntad de Dios no debería ser un acertijo o una incógnita, sino saber que, si tengo un corazón correcto, Él irá adelante enderezando mi camino. La clave del asunto está en la persona que transite el camino no en el camino que transite esa persona. En otras palabras Dios no da claros principios de conducta “andar” y en ese estilo de vida el camino de Dios se abre a nuestro paso. Este principio es aplicable a todos aquellos que hacen lo recto ante sus ojos. Más que descubrir un proyecto especialmente armado para nosotros debemos vivir vidas transparentes que lo honren sea cual sea el ámbito en el cual nos encontremos. Esto no tiene que ver tanto con lo que hacemos sino con lo que somos. Si eres recto tu camino será recto, si eres de doble ánimo transitarás por un camino inconstante. (Santiago 1:8)
La voluntad de Dios se despliega sobre aquel que anhele vivir en santidad, sea que se encuentre en la escuela, en su casa o en el trabajo. Como resultado de ese deseo todo lo que haga será bendecido y hasta sus desaciertos, serán corregidos por el Señor. La voluntad de Dios no es un proyecto de vida desplegado ante ti, sino un estilo de vida expuesto ante Dios. El mismo Jesús dejó sus pisadas marcadas bien profundas en las arenas de la playa de este mundo como para que no puedas perderte. Además, Él te va a hacer saber si te estás apartando, para eso nos dejó a su Espíritu dentro de nosotros para que nos guíe a toda verdad y nos indique el error.

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¿Cuándo y por qué fueron elegidos los libros de la Biblia, en especial los del Nuevo Testamento?

Consultorio Bíblico 868

Programa No. 2016-01-09

PABLO LOGACHO
Nos ha escrito un amable oyente para hacernos la siguiente consulta: ¿Cuándo y por qué fueron elegidos los libros de la Biblia, en especial los del Nuevo Testamento? ¿Con qué autoridad los hombres conformaron el canon del Nuevo Testamento?
DAVID LOGACHO
a1Gracias por su consulta amigo oyente. Ninguno de los libros del Nuevo Testamento fue escrito por el Fundador del cristianismo, en marcado contraste con otras grandes religiones como el Islamismo, cuyo fundador, Mahoma, supuestamente escribió el Corán. La iglesia cristiana contó desde su inicio con el Antiguo Testamento, pero los libros que constituyen el Nuevo Testamento, no fueron escritos sino hasta varias décadas después. Su compilación en un volumen con el Antiguo Testamento vendría todavía más tarde. El reconocimiento de que esos libros poseen autoridad divina es lo que les hace canónicos, o que pertenecen al canon. La palabra canon viene del vocablo griego kanón y este a su vez procede de la palabra hebrea kahneh que se traduce como «caña» o «vara» para medir. Luego la palabra vino a significar cualquier lista de cosas para referencia; por ejemplo, en Alejandría, una lista de escritores clásicos era llamada un canon y Eusebio llamó cánones de los tiempos, a ciertas tablas cronológicas. Este es el significado de la palabra técnica canon en su relación a las Escrituras. El canon de las Escrituras es usado primero en su sentido pasivo, indicando que lo que está siendo medido llega a ser, as su vez, el medio con que medir o comprobar otras cosas. De esta manera la Escritura es primero aquello que es medido o definido de acuerdo a la norma fijada por la iglesia cristiana, y segundo, aquello que, siendo medido, llega a ser por eso mismo la regla para la iglesia en cuanto a los demás casos. La Biblia contiene la lista de libros reconocidos, que han sido medidos por una cierta norma o medida; y por eso ha llegado a ser la medida para otros libros. La palabra fue usada por primera vez, dentro de la cristiandad, por Anfiloquio en el 380 DC, un poeta, quien se refirió al canon de los escritos inspirados por Dios. Orígenes por su parte, había hablado de los libros canonizados, o de los libros puestos en la lista. Posteriormente Jerónimo y Agustín usaron la palabra en un sentido técnico por el año 400 DC. ¿Cuál es entonces, la regla de la iglesia cristiana por la cual un libro es medido o definido como canónico? Una de las muchas declaraciones de fe señala que un libro canónico es aquel de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la iglesia. Obsérvese que la referencia es a su autoridad, no a su autoría. Esta declaración es usualmente considerada como que tiene una debilidad, puesto que no puede ser aplicada a todos los libros, ni a todas las ramas del cristianismo. Incluso los reformadores supieron bien de las dudas que hubo desde un principio en cuanto a algunos libros, aun cuando es muy probable que para el siglo 16 aquellas dudas ya estaban extintas. Por tanto, es probable que la referencia sea a la iglesia en su totalidad, distinguiéndola de las iglesias individuales. El asunto fue originalmente establecido principalmente por la lectura pública y el uso general en las comunidades cristianas.
En los primeros tres siglos nunca hubo un pronunciamiento sobre la materia, excepto por el testimonio de escritores individuales y representativos. No hay evidencia corporativa posible. Pero, cuando ella estuvo disponible y fue necesaria, pronto se vio que no había duda real en cuanto a nuestros libros. El primer testigo corporativo fue el Concilio de Laodicea en al año 364 DC, en donde el testimonio es claro; y cuando la iglesia, como un todo, fue capaz de dar testimonio, se nota que la declaración anterior queda justificada. Las bases para la canonicidad deben ser consideradas. ¿Por qué ciertos libros fueron recibidos y otros rechazados? En una conversación con un amigo, le hice esta pregunta: ¿Cuál es la razón más importante por la cual tú aceptas el Nuevo Testamento? En lo más profundo de tu ser, ¿qué es lo que te hace aceptarlo, mientras que al mismo tiempo rechazas otros libros? Mi amigo me dijo que no lo sabía y que en realidad nunca lo había encarado de tal manera. De modo que proseguí: ¿Lo aceptas porque es antiguo? Hay otros libros aun más antiguos. ¿Lo aceptas porque contiene la verdad? Bueno, hay otros libros que también contienen la verdad. No. Más allá de su edad, más allá de su utilidad, más allá de su verdad, está el fundamento básico, este libro vino de hombres que estaban calificados en forma única para comunicar la voluntad de Dios a los hombres.
La base de nuestra aceptación del Nuevo Testamento es lo que llamamos en lenguaje técnico, su carácter apostólico; por cuanto los libros procedieron bien sea de apóstoles escritores, o por medio de la sanción de los apóstoles. Nuestra opinión del Antiguo Testamento es correspondiente a esto. La razón fundamental es la convicción de que ciertos libros provienen de hombres que fueron divinamente inspirados para revelar y transmitir la voluntad de Dios; profetas en el Antiguo Testamento y apóstoles en el Nuevo Testamento. Los profetas fuero n reconocidos como expositores de la voluntad de Dios, y sus escritos fueron considerados como inmediatamente dotados de autoridad. Luego, gradualmente, esos libros fueron compilados en un solo volumen. Así el Antiguo Testamento representa aquellos libros que Israel aceptó, sobre apropiada evidencia, como la norma divina de fe y práctica, debido a que fueron escritos o producidos por hombres con calidad de profetas. No fue la decisión de la gente la que causó la canonicidad, sino que la canonicidad suscitó su aceptación por parte de la gente. La autoridad vino de Dios a través de los profetas, y el reconocimiento de la parte de la gente fue efecto de la canonicidad. Lo que la gente hizo fue pesar la evidencia, y el resultado fue testimonio antes que fallo o sentencia. De la misma manera, los libros del Nuevo Testamento fueron señalados como de origen apostólico. Esto puede haber sido autoría o sanción, pero no hay duda que la norma primaria de verificación y aceptación fue la creencia de que estos libros provenían de hombres de carácter apostólico; bien sean apóstoles ellos mismos, o sus asociados. De modo que el cimiento de la canonicidad no fue meramente la antigüedad, o la verdad, o la utilidad de los libros, sino, por encima y antes que estas características, porque procedieron de instrumentos de la voluntad de Dios calificados en forma única. Todas las demás pruebas fueron subsidiarias y confirmatorias. Es, por consiguiente, importante y esencial distinguir entre el cimiento de la canonicidad y la base para la convicción de canonicidad. Esta última es ampliamente separada de la anterior, y es algo subjetivo, en tanto que lo primero es racional, objetivo y deja al hombre sin excusa. Es particularmente importante, en este punto, notar lo que la canonicidad realmente implica e incluye.
Ella ha creado una colección de libros, no una revelación. La canonicidad es análoga a la codificación, e implica la existencia previa de libros separados. La autoridad de cada libro de la Biblia sería la misma, incluso si no hubiera habido compilación o codificación. De modo que la autoridad no es la de un volumen, sino la de una revelación. La revelación no vino a causa de la canonicidad sino que la canonicidad vino a causa de la revelación; y la Biblia, como hemos visto, es considerada como revelación, por cuanto se la estima como el registro escrito de la manifestación histórica del Redentor y su verdad. Bien se ha sido dicho que la Biblia no es una colección autorizada de libros, sino una colección de libros autorizados. Esta distinción es vital. Es esencial recordar que la cualidad que determina la aceptación de un libro es que posea revelación divina. De modo que la canonización no elevó a un libro a la posición de Escritura, sino que reconoció solamente lo que ya era Escritura. La canonización fue una decisión basada en el testimonio, y el proceso de incluirlos en el canon fue el reconocimiento de un hecho ya existente. Es verdad, por supuesto, que el proceso de canonización por parte de la iglesia entera implica una autoridad acumulativa, y añade inmensamente fuerza a la posición, representando el testimonio del cristianismo entero; pero nunca debe olvidarse que la autoridad de cada libro separado estaba en el mismo libro desde el principio.
PABLO LOGACHO
LA BIBLIA DICE… es un ministerio cuyo fin es llevar personas a la madurez en Cristo, por ello le invitamos a visitar nuestra página Web y conocer cada uno de los estudios que tenemos a su disposición y por supuesto conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA En Isaías capítulo 65 se habla de nuevos cielos y nueva tierra y dice que la gente tendrá descendientes. Pero según Mateo 22:30 Jesús dijo que los que resuciten de los muertos no se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. ¿Por qué entonces en Isaías dice que la gente que viva en esos nuevos cielos y nueva tierra tendrán descendientes? Busque la respuesta en nuestra página en Internet la dirección es: labibliadice.org Hasta la próxima y que Dios le bendiga grandemente.

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Cambios desde adentro.

Cambios desde adentro.

Programa No. 2016-01-09

PABLO MARTINI
a1Queremos, esperamos y exigimos que cambie todo: La sociedad, la política, la economía, las leyes, pero no estamos dispuestos a que cambie nuestro corazón. Ahí justamente comienza el problema, en nuestro corazón. Alguien dijo, y con acierto, que el corazón de todo problema es siempre un problema del corazón. Son cada vez más comunes la pugna por los derechos de los trabajadores, la liberación femenina, el cuidado de nuestro ecosistema tan dañado por el calentamiento global, ¡y eso es muy bueno!, pero cuando tocan mi bolsillo, cuando se meten en mi matrimonio, cuando me piden que use menos el auto y más la bicicleta… pongo el grito en el cielo y digo que esta medida es injusta y dictatorial. ¿Quién nos entiende?… Evidentemente este estado de inconformismo está implantado en la genética de todo ser humano.

Es este espíritu de queja que caracterizó al hombre y la mujer desde sus inicios. Pero todo parte de nuestro interior. No estamos satisfechos con nosotros mismos. Hemos cavado para nosotros cisternas rotas que no retienen agua, como diría el profeta sagrado, y necesitamos ir cada día a llenar nuestros cántaros a un pozo que nunca sacia. En circunstancias similares, Jesús le dijo a una mujer de Samaria: “El que bebiere del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás”. Entonces sí, con nuestro corazón satisfecho con agua de vida eterna aprenderemos a vivir en paz, con reclamos justos pero en paz, con problemas y tormentas pero en paz, porque tenemos la mirada en la cosas de arriba. Allá arriba existe un cielo donde no hay devaluación ni pancartas en reclamo de los derechos, allí hay justicia, hay amor, hay aceptación, porque es el hogar de Jesús y Él se fue diciendo que quiere llevarnos a todos allá.

Cuando aprendes a fijar tu atención en lo eterno, lo terreno pasa a un segundo plano y comienzas a vivir una vida de verdad, una nueva, de la mano de Jesús. ¿Por qué no lo intentas hoy mismo???

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¿Por qué se quitaron algunos libros de la Biblia, alrededor del año 1500 DC?

Consultorio Bíblico 867

Programa No. 2016-01-08

PABLO LOGACHO
La siguiente consulta nos ha llegado por medio de Internet y dice así: ¿Por qué se quitaron algunos libros de la Biblia, alrededor del año 1500 DC?
DAVID LOGACHO
a1Bueno. Usted se está refiriendo a lo que se llama los libros apócrifos. La palabra «apócrifo» describe a unos catorce o quince libros de dudosa autenticidad y autoridad. Estos libros no se encuentran en el Antiguo Testamento hebreo, pero se encuentran en algunos manuscritos de la Septuaginta o versión de los setenta, la traducción griega del Antiguo Testamento hebreo que fue terminada cerca del año 250 AC, en Alejandría, Egipto. La mayoría de estos libros fueron declarados como inspirados por la iglesia católica romana en el concilio de Trento entre los años 1545 a 1563. Los que atribuyen autoridad divina a estos libros y abogan por considerarlos como bíblicos, sostienen que los escritores el Nuevo Testamento toman citas principalmente de la Septuaginta, la cual contiene los apócrifos. También citan el hecho de que los padres de la iglesia, principalmente Ireneo, Tertuliano y Clemente de Alejandría, usaron los apócrifos en la adoración pública y los aceptaron como inspirados, como lo hacía la iglesia siria en el siglo cuarto. Dicen también que San Agustín, quien presidió los concilios de Hipona y Cartago, estuvo de acuerdo con la decisión de que los libros apócrifos eran inspirados. La iglesia griega añade su peso a la lista de los que creen en la inspiración de los apócrifos. Los defensores de la inspiración de los libros apócrifos también se refieren a los rollos del Mar Muerto para dar más peso a su creencia en los apócrifos. Entre los fragmentos hallados en las cuevas de Qumram hay copias de algunos de los libros apócrifos en hebreo. Estos han sido descubiertos junto a otros libros del Antiguo Testamento. Pero el razonamiento a favor de la inclusión de los apócrifos en las Sagradas Escrituras no resiste un análisis más riguroso. Los escritores del Nuevo Testamento pueden aludir a los apócrifos, pero nunca los citan como inspirados ni dan el menor indicio de que alguno de esos libros lo sea. Si la Septuaginta del siglo primero contenía estos libros apócrifos, lo cual no es un hecho plenamente comprobado, Jesús y sus discípulos lo ignoraron por completo. La apelación a ciertos padres de la iglesia como prueba de la inspiración de los libros apócrifos es un argumento muy débil, pues otro padres de la iglesia primitiva, especialmente Orígenes, Jerónimo y otros negaron tal inspiración. La iglesia siria esperó hasta el siglo cuarto DC para aceptar estos libros apócrifos en el canon. Es notable que la Peshita, la Biblia siria del segundo siglo DC no contenía los libros apócrifos. Al principio, San Agustín reconocía los apócrifos, por lo menos en parte, pero después sus escritos reflejan con claridad un rechazo de estos libros como ajenos al canon e inferiores a las Escrituras hebreas. La comunidad judía también rechazó estos escritos apócrifos. En el concilio judío de Jamnia, alrededor del año 90 DC se debatieron nueve de los libros del canon de nuestro Antiguo Testamento por diferentes razones para ver si habían de incluirse. Al fin se decidió que solamente eran canónicos los libros de nuestro Antiguo Testamento actual. La presencia de los apócrifos entre los fragmentos del Antiguo Testamento en las cuevas de Qumran prueba poco con respecto a la inspiración de los mismos, pues también se encontraron numerosos fragmentos de otros documentos extra bíblicos. Es muy importante señalar que la iglesia católica romana no declaró oficialmente estos libros apócrifos como Sagradas Escrituras hasta el concilio de Trento, de 1545 a 1563 DC. La aceptación de los libros apócrifos como canónicos por la iglesia católica romana fue hasta cierto punto una reacción a la reforma protestante de Lutero. Al canonizar estos libros apócrifos, hacían legítima su autoridad en asuntos doctrinales. Los libros apócrifos contienen algunas enseñanzas que son contrarias a las enseñanzas de los libros canónicos. Por ejemplo, la oración por los muertos para que sean perdonados sus pecados, que se halla en 2 Macabeos 12:45-46 está en oposición directa a Lucas 16:25-26. Así que, en resumen, los libros apócrifos no se quitaron de la Biblia en el concilio de Trento entre los años 1545 a 1563 DC sino que fueron incluidos en la Biblia por la iglesia cotólica romana en ese concilio.
CORTINA
PABLO LOGACHO
Antes de dar término a nuestra edición de hoy, quiero invitarle a visitar nuestro sitio en Internet y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DÍA. Dice en el libro de Esdras, que los judíos que se habían casado con mujeres no judías, fueron ordenados a separarse. ¿Significa esto que si un creyente hoy en día está casado con un incrédulo deberían también separarse? Nuestra dirección es: triple w.labibliadice.org en donde además puede conocer toda la literatura que tenemos a su libre disposición. Todos los que hacemos LA BIBLIA DICE… deseamos Que Dios le bendiga ricamente y será hasta nuestro próximo programa.

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Versiones de la Biblia

Versiones de la Biblia

Autor: Victor Walter

a1Para obtener una imagen de cómo la Biblia ha llegado a los diferentes grupos de gente en el mundo, tome un mapa del hemisferio oriental e imagínese a Palestina como el centro de un pozo de agua. Piense en la revelación que Dios hizo de sí mismo a través de los profetas, Cristo y los apóstoles como una piedra que se arroja en medio de esa extensión de agua. En su mente, observe el avance de los círculos concéntricos que salen hacia todo el mundo, comenzando en Palestina, y diga los idiomas que abarca la onda que se forma en el agua: hacia el sur, cóptico, árabe, etíope; hacia el oeste, griego, latín, gótico, inglés; hacia el norte, armenio, georgiano, eslavo; y hacia el este, donde sale el sol, siríaco. Cuanto más lejos avanzó la Biblia de su centro hebreo/arameo/griego en Palestina, tanto más tarde fue la fecha de su traducción a otro idioma.

Esa revelación única de Dios, la Biblia, se produjo en el Cercano Oriente, principalmente en dos idiomas que se hablaban en Palestina. El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo, con la excepción de partes de los libros de Daniel y Esdras, las cuales pueden haber sido escritas en arameo, el idioma de la cautividad. Es muy probable que todo el Nuevo Testamento haya sido escrito en griego (koiné), que era la lengua principal de la mitad oriental de los territorios bajo el dominio de César, y se entendía en casi todos los otros lugares del Impero Romano. Por lo tanto, todas las personas que no hablaban hebreo o griego estaban expuestas a no ser tocadas por la revelación escrita de Dios hasta que alguien tradujera la Biblia a su idioma.

El proceso de traducir la Biblia comenzó aún antes del nacimiento de Cristo, con las traducciones del Antiguo Testamento que se hicieron al griego y al arameo. Muchos de los judíos dispersos que vivieron antes del nacimiento de Cristo no hablaban hebreo y, por lo tanto, necesitaban una traducción en griego o arameo. La traducción más popular del Antiguo Testamento era la Septuaginta. La usaron muchos judíos, y más tarde muchos cristianos. De hecho, la Septuaginta fue la «Biblia» para toda la primera generación de cristianos, incluyendo aquellos que escribieron varios libros del Nuevo Testamento.

Los primeros misioneros cristianos que llevaban un texto de la Septuaginta (o Biblia hebrea) y el Nuevo Testamento griego (o porciones de ellos), que sabían leer, salieron de las primeras iglesias de Jerusalén y Antioquía de las que leemos en el libro de Hechos. Se radicaron con personas que hablaban un idioma que ellos tuvieron que aprender. Esos misioneros traducían o parafraseaban oralmente los pasajes de la Biblia que necesitaban para la enseñanza, la predicación y la liturgia. Muchos inconversos aceptaron a Cristo, y surgieron muchas iglesias. Sintiendo la urgente necesidad de que la Biblia estuviese disponible en el idioma de los nuevos convertidos, los misioneros muy pronto se dieron a la tarea de traducir toda la Biblia al idioma de esas personas. El impulso que ha movido a nuestros modernos traductores de la organización Wycliffe Bible Translators siempre ha estado en el corazón de las misiones, y es así como nacieron las versiones más importantes de la Biblia.

Así que, la traducción de la Biblia fue espontánea e invariablemente informal y oral al principio, y notablemente evangelística en su motivación. La iglesia primitiva alentó con entusiasmo los esfuerzos de traducción. Aun hasta cuando nació la versión eslava a mediados del siglo noveno, los papas Adriano II (867–872) y Juan VIII (872–882) apoyaron el proyecto. Pero un cambio sorprendente ocurrió en la iglesia occidental con referencia a la traducción de la Biblia. El latín se convirtió en el idioma dominante, de tal modo que ya nadie leía griego. Entonces, a medida que el aprendizaje se convirtió en el privilegio de sólo los nobles ricos y los prelados (clérigos de alto rango, como los obispos); y a medida que el esplendor de la civilización clásica se perdió en la agitación del feudalismo en Europa; y que la jerarquía católica—encabezada por el papa—se aseguró un control firme en el cristianismo occidental, la Biblia fue retirada de las manos de los laicos. Por lo tanto, mientras que los sacerdotes podían leer el texto en latín y hablar la liturgia en latín (por lo menos a nivel mínimo), ya no había una motivación significativa para las traducciones al idioma vernáculo.

El latín llegó a ser considerado un idioma casi sagrado, y las traducciones de la Biblia en el idioma vernáculo se veían con sospecha. El papa Gregorio VII (1073–1085) le dio voz a tales sospechas cuando, sólo doscientos años después que Adriano II y Juan VIII habían pedido que se hiciera una traducción en eslavo, Gregorio intentó detener su circulación. En el año 1079, él le escribió lo siguiente al rey Vratislaus de Bohemia:

Porque es claro para los que reflexionan sobre ello que sin duda le ha agradado al Dios Todopoderoso que la sagrada escritura fuera un secreto en ciertos lugares, porque si fuera aparente para todos los hombres, tal vez sería de poca estima y no sería respetada; o podría ser entendida erróneamente por los de pocas letras, y así llevar a error.

Mientras tanto, en Palestina y en el norte del África la marcha inexorable del islam cambió el panorama religioso de los litorales orientales y sureños del Mediterráneo. En un período de cien años posteriores a la muerte de Mahoma en el año 632 (nació en el año 570), se habían destruido más de novecientas iglesias y el Corán llegó a ser la «Biblia» en el gran círculo desde las paredes de la fortificada Bizancio dando la vuelta hacia el oeste hasta Iberia.

Restringida por la oposición oficial en el oeste, y obstaculizada por la conquista islámica en el Medio Oriente, la traducción de la Biblia casi se extinguió por medio siglo. Los esfuerzos por traducir no ganaron vitalidad hasta la llegada de la Reforma protestante en la primera parte del siglo XVI, cuando los misioneros aprovecharon el uso de la imprenta (cuyo inventor fue Johannes Gutenberg) para producir múltiples traducciones de la Biblia. Erasmo expresó el deseo de todos los traductores bíblicos en el prefacio de su recientemente publicado Nuevo Testamento griego (1516):

Deseo que hasta la mujer más débil lea el Evangelio—que lea las epístolas de Pablo. Y quisiera que estuvieran traducidos a todos los idiomas, para que pudieran ser leídos y entendidos, no sólo por los escoceses y los irlandeses, sino también por los turcos y los sarracenos. Hacerlos entender es el primer paso. Puede ser que muchos se burlen, pero algunos los aceptarían. Quisiera que el labrador se cantara a sí mismo porciones de ellos cuando sigue el arado, que el tejedor los tarareara al compás de su lanzadera y que el viajero alejara el tedio de su viaje con sus historias.

Pero ¿qué materiales usaron los primeros traductores y copistas que trabajaron con tanto ahínco para producir sus traducciones de la Biblia? En la época de Cristo, y a través de los dos primeros siglos de la iglesia, los materiales más populares para escribir eran el papiro (tiras de junquillo del Río Nilo, que se unían pegándolas juntas) y la tinta. Hasta el siglo I, los «libros» en realidad eran rollos de largas hojas de papiro, que se pegaban una a continuación de la otra y se enrollaban en un par de lanzaderas. Entonces, más tarde, durante el siglo I, se creó otra forma de libro, llamado el códice (el predecesor de la forma moderna del libro, con páginas dobladas y cosidas en el lomo). Los cristianos estuvieron entre los primeros en usar esta forma de libro. En 332 d.C., Constantino I, el primer emperador cristiano, ordenó cincuenta Biblias para las iglesias de su nueva capital, la ciudad de Constantinopla. Se las pidió a Eusebio, obispo de Cesarea, y especificó que no fueran rollos sino códices. No quiso que se hicieran en papiro, sino que las quiso en vitela, que se preparaba cuidadosamente usando piel de oveja o de antílope; porque fue alrededor de esta época, a finales del siglo III y durante la primera parte del siglo IV, que los códices y la vitela reemplazaron casi universalmente a los rollos y el papiro.

Durante siglos, los escribas trabajaron con ahínco copiando las Biblias usando letras mayúsculas, y los manuscritos más antiguos que todavía perduran son de este tipo, llamado «unciales». En los siglos IX y X se puso de moda escribir usando letras minúsculas, y los manuscritos que perduran de ese tipo se llaman «minúsculos» o «cursivos». (Sin embargo, hay unos pocos manuscritos cursivos que datan del siglo II a.C.) En su mayoría, los manuscritos que todavía existen del siglo X al XVI son los manuscritos minúsculos.

Fue en 1454 que Johannes Gutenberg hizo que escribir manuscritos fuera una práctica obsoleta, cuando usó la página impresa por primera vez. Su primer libro impreso salió a la luz en 1456, y fue una hermosa Biblia en latín. Nuestras Biblias impresas de hoy contienen divisiones en capítulos y versículos que son de un tiempo relativamente posterior. Las divisiones en capítulos comenzaron en la Vulgata Latina, y se les acreditan tanto a Lanfranc, arzobispo de Canterbury (murió en 1089), como a Stephen Langton, arzobispo de Canterbury (murió en 1228), o a Hugo de Sancto Caro, quien vivió en el siglo XIII. Los versículos numerados aparecieron por primera vez en la cuarta edición del Nuevo Testamento griego que publicó Robert Etienne (Stephanus) en Ginebra en 1551, y en el Antiguo Testamento Hebreo de Athias de 1559 a 1561.

Las versiones más antiguas del Antiguo Testamento

De la primera versión que debemos considerar, el Pentateuco Samaritano, no puede decirse con propiedad que es una traducción, porque es una versión hebrea de los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, los Libros de la Ley. Estos libros forman el total del canon de las Escrituras para la comunidad samaritana, que todavía perdura y está situada en el Nablus moderno en Palestina.

El Pentateuco Samaritano refleja una tradición textual diferente de la del judaísmo tradicional, cuyo texto hebreo se puede rastrear hasta llegar al trabajo de los masoretas. Estos eran un grupo de escribas a quienes se les había encargado la preservación del texto del Antiguo Testamento, comenzando alrededor de 600 d.C., y extendiéndose hasta la primera mitad del siglo X. Ellos fueron los que idearon un sistema de puntos para indicar las vocales que faltaban en el idioma hebreo, que se escribía sólo usando consonantes. Este llamado Texto Masorético es el que forma (como el «texto recibido») la base del Antiguo Testamento de la Biblia del Rey Jacobo.

Por otro lado, el Pentateuco Samaritano data del siglo IV a.C. Según los eruditos en textos, el Pentateuco Samaritano difiere del texto «recibido», o Texto Masorético hebreo, en unos seis mil lugares. Alrededor de unas mil de esas diferencias se deben considerar seriamente. Cuando el texto del Pentateuco Samaritano está de acuerdo con la Septuaginta, o una de las otras versiones antiguas, comparado con el hebreo del Texto Masorético, su testimonio debe ser considerado importante. Los dos manuscritos más antiguos del Pentateuco Samaritano, aparte de Nablus, son los dos códices. Una copia, que se encuentra en la Biblioteca de John Rylands en Manchester, Inglaterra, lleva una fecha correspondiente a 1211 ó 1212 d.C.; la otra es un poco posterior a 1149, y actualmente se encuentra en la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, Inglaterra. También existen dos traducciones menores del Pentateuco Samaritano; una de ellas es el Tárgum Arameo Samaritano que data de los tiempos de la iglesia cristiana primitiva, la otra es una traducción árabe de alrededor del siglo XI.

La segunda versión del Antiguo Testamento, la Septuaginta, es una traducción del hebreo al griego. Es la primera traducción que se conoce del Antiguo Testamento. Era la Biblia de Jesús y de los apóstoles, la versión de la cual vienen la mayoría de las citas del Antiguo Testamento que se hacen en el Nuevo Testamento; y la Biblia de la iglesia primitiva en lo que se refiere al Antiguo Testamento.

La historia de su producción, de la cual obtiene su nombre, se relata en «La carta de Aristeas» (escrita alrededor de 150–100 a.C.). Se dice que Aristeas era un oficial de Ptolomeo II Filadelfo de Egipto (285–247 a.C.). Ptolomeo estaba intentando reunir todos los libros del mundo en su gran biblioteca de Alejandría. Esa carta dice que el Antiguo Testamento no estaba disponible en traducción, así que Ptolomeo le pidió al sumo sacerdote en Jerusalén que le enviara textos y eruditos para hacer esa traducción. Le enviaron textos y seis ancianos de cada tribu. Después de haber sido agasajados por Ptolomeo, estos setenta y dos ancianos fueron recluidos, y en exactamente setenta y dos días produjeron la traducción total en griego del Antiguo Testamento, llamada la Septuaginta («Setenta»), y por lo general abreviada LXX en números romanos.

La verdad del asunto es probablemente más prosaica. La Septuaginta es una traducción que fue hecha para los judíos helenizados de la diáspora, que ya no entendían hebreo, y que querían escuchar y enseñar la Biblia en su idioma. Los eruditos no se ponen de acuerdo en cuanto a la fecha de la traducción, colocando algunas porciones ya en 250 a.C., y otras partes tan tarde como 100 a.C. La mayoría está de acuerdo en que fue traducida en segmentos por muchos traductores en un período de un par de siglos, y luego fue compilada en una biblioteca de rollos o en un códice. La Septuaginta sigue un orden diferente al de las Biblias inglesas y españolas, y por lo general incluye hasta quince libros apócrifos o pre-canónicos. El índice sería similar a lo que sigue a continuación (los números entre paréntesis indican los textos apócrifos):

Génesis

Éxodo

Levítico

Números

Deuteronomio

Josué

Jueces

Rut

I Samuel

II Samuel

I Reyes

II Reyes

I Crónicas

II Crónicas

I Esdras (1)

II Esdras (siendo Esdras y Nehemías juntos)

Salmos

Proverbios

Eclesiastés

Cantar de los Cantares

Job

Sabiduría de Salomón (2)

Sabiduría de ben Sirá (3) o Eclesiástico

Ester—con agregados (4)

Judit (5)

Tobías (6)

Oseas

Amós

Miqueas

Joel

Abdías

Jonás

Nahum

Habacuc

Sofonías

Hageo

Zacarías

Malaquías

Isaías

Jeremías

Baruc (7)

Lamentaciones

Epístola de Jeremías (8)

Ezequiel

Daniel—el cual comienza con Susana (9), inserta El Canto de los Tres Niños (10) después de 3:23, y agrega Bel y el Dragón (11)

I Macabeos (12)

II Macabeos (13)

III Macabeos (14)

IV Macabeos (15)

Puesto que aun los mejores escribas, en ocasiones y sin darse cuenta, cometían errores cuando copiaban un texto, la tendencia de cualquier texto era deteriorarse. Los eruditos cuidadosos, en aquel entonces y ahora, comparaban los manuscritos en un esfuerzo por volver a captar el original. Por lo tanto, para el siglo III d.C., había cuatro versiones rivales de la Septuaginta que se usaban extensamente: (1) la Septuaginta tradicional que adoptaron los cristianos, y como consecuencia, abandonaron los judíos; (2) una re-traducción judía hecha por Aquila en el siglo II a.C. que tradujo el hebreo en forma muy literal; (3) una revisión judía libre de la Septuaginta tradicional hecha por Teodosio; y (4) una traducción en griego más idiomática hecha por Símaco.

A continuación vino el erudito más notable de toda la antigüedad, Orígenes de Alejandría (circa 185–255 d.C.), quien produjo la Biblia más monumental de la antigüedad, la Hexapla. En su esfuerzo por encontrar el mejor texto de la Septuaginta, Orígenes escribió seis columnas paralelas, que contenían: la primera, el hebreo; la segunda, el hebreo trasliterado en caracteres griegos; la tercera, el texto de Aquila; la cuarta, el texto de Símaco; la quinta, su propio texto corregido de la Septuaginta; y la sexta, el texto de Teodosio. Jerónimo usó esta gran Biblia en Cesarea en su trabajo en la Vulgata (después del año 382—vea a continuación). Casi cuatro siglos después de la muerte de Orígenes, un Obispo de Mesopotamia, Pablo de Tella, también usó la Hexapla en la biblioteca de Cesarea (616–617), para traducir al siríaco la quinta columna de Orígenes, que es la Septuaginta corregida. Luego, en el año 638, las hordas islámicas arrasaron Cesarea, y la Hexapla desapareció. Aparte de unos pocos fragmentos, sólo queda la traducción al siríaco de la quinta columna de Orígenes que hizo el obispo Pablo.

En un Museo de Milán hay una copia del siglo VIII de la traducción al siríaco del obispo Pablo, la Hexapla Septuaginta. Otros famosos manuscritos unciales de la Septuaginta son los siguientes: el Códice Vaticanus, de la primera parte del siglo IV, que ahora está en la Biblioteca del Vaticano; el Códice Sinaiticus, de mediados del siglo IV; y el Códice Alejandrino, del siglo V—los dos últimos se encuentran en el Museo Británico de Londres. Estas copias son estudiadas intensamente porque dan un testimonio griego a los textos hebreos de mucho antes del Texto Masorético o «texto recibido».

La tercera versión del Antiguo Testamento es la versión aramea. El arameo bíblico, llamado caldeo hasta el siglo XIX, era el idioma de los conquistadores y gradualmente llegó a ser el lenguaje común de los conquistados. Cuando los exiliados judíos regresaron de Babilonia a Palestina en 536 a.C., trajeron el idioma arameo con ellos. Muchos eruditos creen que cuando Esdras y los levitas «ponían el sentido» a medida que leían el Libro de la Ley (Nehemías 8:8), estaban parafraseando el hebreo en arameo, para que todos pudieran entenderlo. El arameo permaneció como la lengua viviente en Palestina hasta el tiempo de la rebelión de Bar-Kochba contra los romanos (132–135 d.C.), y el hebreo se convirtió cada vez más en un idioma religioso para especialistas de la sinagoga y del templo. A medida que los sacerdotes y los escribas leían la Ley y los Profetas, se esparció la costumbre de seguir la lectura con una traducción aramea. A esas traducciones se les llamaba tárgumes.

El liderazgo rabínico fue muy renuente a formalizar y escribir los tárgumes, pero inevitablemente estos fueron reunidos y estandarizados. El tárgum más antiguo estandarizado fue el de la Ley, y la persona que lo hizo fue Onkelos, en algún tiempo durante el siglo II o III d.C. Los tárgumes de los libros históricos y proféticos fueron completados en el siglo III y IV d.C., y el más importante de ellos fue el llamado Tárgum de Jonathan ben Uzziel. Evidentemente, ningún tárgum de la literatura de sabiduría (Proverbios, Eclesiastés, Job y algunos Salmos) fue terminado antes del siglo V d.C. Finalmente, los tárgumes rabínicos arameos incluyeron todo el Antiguo Testamento excepto Daniel, Esdras y Nehemías. Mientras tanto, la conquista islámica de todo el Medio Oriente le dio a la gente un idioma común, el árabe. Los rabinos, muchas veces, se encontraron produciendo tárgumes orales e informales en árabe, y el arameo se desvaneció de la sinagoga y pasó a formar parte de la historia religiosa.

Versiones completas de la Biblia del cristianismo

Cuando la iglesia recopiló todos los libros del Nuevo Testamento y los agregó al Antiguo Testamento, comenzó el proceso de la traducción bíblica que ha marcado el crecimiento del cristianismo desde Jerusalén a través de Judea, a Samaria, y hasta «lo último» de la tierra.

Las versiones latinas

Al igual que el tárgum arameo de los adoradores judíos, la Biblia Latina Antigua creció de manera informal. En los primeros tiempos del Imperio Romano y de la iglesia, el griego era el idioma de los cristianos. Aun los primeros obispos de Roma escribieron y predicaron en griego. A medida que los años iban pasando para el Imperio y para la iglesia, el latín comenzó a triunfar, especialmente en el oeste. Fue natural que los sacerdotes y los obispos comenzaran a traducir informalmente el Nuevo Testamento griego y la Septuaginta al latín. La primera versión latina se conoce con el nombre de la Biblia Latina Antigua. No se ha conservado ningún manuscrito completo de esta Biblia. Sin embargo, mucho del Antiguo Testamento y la mayor parte del Nuevo Testamento pueden ser reconstruidos de citas de los padres de la iglesia primitiva. Pero los eruditos creen que la Biblia Latina Antigua estaba en circulación en Cartago, en el norte de África, ya desde 250 d.C. De los fragmentos que se tienen y de las citas, parecería que hubo dos tipos de texto latino antiguo, el africano y el europeo. El europeo también existía en una versión italiana. En estudio textual, la mayor importancia de la Biblia Latina Antigua está en el estudio comparativo de la Septuaginta, porque la Biblia Latina Antigua fue traducido de la Septuaginta antes de que Orígenes hiciera su Hexapla.

De todas partes, los líderes de la iglesia expresaron la necesidad de una traducción latina autoritativa y uniforme de toda la Biblia. El papa Dámaso I (366–384) tenía un secretario excepcionalmente hábil y erudito llamado Jerónimo (circa 340–420), a quien comisionó la tarea de hacer una nueva traducción latina de los Evangelios en 382; Jerónimo terminó con los Evangelios en 383. Evidentemente les siguieron el libro de Hechos y el resto del Nuevo Testamento. Los Evangelios fueron una traducción nueva cuidadosa y esmerada que se basó en el texto europeo de la Biblia Latina Antigua y en un texto griego alejandrino. Sin embargo, el resto del Nuevo Testamento fue un esfuerzo mucho más limitado con el dominio de la Biblia Latina Antigua, a menos que el texto griego demandara algún cambio. Es probable que no haya sido el trabajo de Jerónimo.

Jerónimo se fue de Roma en 385, y en 389, él y una de sus seguidoras, Paula, fundaron dos casas religiosas cerca de Belén. Jerónimo dirigió una de estas casas y allí dedicó su atención al Antiguo Testamento. Él se dio cuenta de que lo que se necesitaba era una re-traducción del hebreo y no una revisión de la Septuaginta griega. Usó de asesores a rabinos judíos y completó la traducción hasta incluir los libros de Reyes para 390. Jerónimo revisó una traducción anterior que había hecho de los Salmos, y completó los libros de los profetas, Job, Esdras y Crónicas en los años 390–396. Después de haber estado enfermo durante dos años, él continuó de nuevo la tarea y tradujo Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. En 404, trabajó completando los libros de Josué, Jueces, Rut y Ester. Poco después, hizo las partes apócrifas de Daniel y Ester, y tradujo del arameo los libros apócrifos de Tobías y Judit. Él no tradujo la Sabiduría de Salomón, el Eclesiástico, Baruc ni la literatura de los Macabeos, así que esos libros apócrifos pasaron a formar parte de la Biblia Latina oficial en su forma de la Biblia Latina Antigua. El trabajo de Jerónimo no fue uniforme en cuanto a calidad y tampoco lo compiló en una Biblia unificada.

El trabajo de Jerónimo fue acerbamente criticado, y aunque él lo defendió con pluma rápida y pronta disposición, no vivió el tiempo suficiente como para ver que su obra ganara respeto universal. Sin embargo, la obra de su vida es lo que ahora se conoce con el nombre de La Biblia Vulgata (vulga quiere decir el idioma «vulgar» o de todos los días de la gente). La evidencia parece indicar que la compilación de todo el trabajo de Jerónimo en un libro puede haber sido hecha por Casiodoro (quien murió alrededor del año 580) en su monasterio en Scylacium, Italia. El manuscrito más antiguo que contiene la Biblia de Jerónimo en su totalidad es el Códice Amiatinus, que se escribió en el monasterio en Jarrow, Northumbria, Inglaterra alrededor del año 715. Los textos más antiguos de la Vulgata sólo son superados por la Septuaginta en importancia para el estudio del hebreo textual, porque Jerónimo trabajó usando textos hebreos que antecedieron al trabajo de los judíos masoretas.

Sólo en forma muy gradual fue que la Vulgata suplantó a la Biblia Latina Antigua. Pasaron mil años antes de que la Vulgata fuera hecha la Biblia católica oficial (por el Concilio de Trento en 1546). Ese concilio también autorizó una edición oficial corregida, la cual fue puesta en circulación por el papa Sixto V (1585–1590) en tres volúmenes, en 1590. Sin embargo, esa edición no fue popular, y el papa Clemente VIII (1592–1605) la sacó de circulación y publicó una nueva Vulgata oficial en 1592, la cual ha sido la edición estándar hasta tiempos recientes.

Versiones cópticas

El copto fue la última etapa del idioma egipcio y por lo tanto fue el idioma de la población nativa que vivía a lo largo del Río Nilo. Nunca fue suplantado por el griego de Alejandro y sus generales, ni aun por el latín de los césares. Su escritura constaba de veinticinco letras unciales griegas y siete cursivas que se habían tomado de las escrituras egipcias para expresar sonidos que no existían en griego. A través de los siglos desarrolló por lo menos cinco dialectos principales: akhmímico, sub-akhmímico (menfítico), sahídico, fayúmico y boháirico. Se han encontrado fragmentos de material bíblico en akhmímico, sub-akhmímico y fayúmico. Nadie sabe si alguna vez existió la Biblia completa en esos dialectos. Gradualmente cayeron en desuso y, para el siglo XI, sólo el boháirico, el idioma del delta, y el sahídico, el idioma del alto Egipto, permanecieron. Sin embargo, para el siglo XVII, estos dialectos también se fueron olvidando, o se usaban exclusivamente en las iglesias coptas, debido al extenso dominio del árabe que comenzó con la conquista islámica de Egipto en 641.

La traducción más antigua se hizo en sahídico en la parte alta de Egipto, donde el griego era menos entendido. El Antiguo y el Nuevo Testamento en sahídico fueron terminados probablemente alrededor de 200 d.C. El griego era mucho más dominante en el delta, y probablemente la traducción de las Escrituras en boháirico no haya sido terminada hasta después. Sin embargo, puesto que el boháirico era el idioma del delta, también fue el idioma del patriarca copto en Alejandría. Cuando el patriarcado se mudó de Alejandría para El Cairo en el siglo XI, los textos boháiricos fueron con ellos. Gradualmente, el boháirico llegó a ser el idioma religioso principal de la iglesia copta. Los coptos se habían separado del Imperio Romano, o de la llamada Gran Iglesia Católica, por asuntos doctrinales después del Concilio de Calcedonia en 451, y desde entonces habían estado aislados del cristianismo occidental por siglos de gobierno islámico.

La versión gótica

El idioma gótico fue un idioma del este de Germania. Los restos más antiguos que se han encontrado escritos en lengua germana son los fragmentos de la Biblia que hizo Ulfilas (o Wulfila), que hizo la traducción para llevar el evangelio a su propia gente. Ulfilas (circa 311–383), uno de los misioneros más famosos de la iglesia primitiva, nació en Dacia; sus padres eran cristianos romanos que habían sido capturados por los depredadores godos. Él viajó a Constantinopla desde su zona rural y es posible que se haya convertido allí. Mientras estaba en el este, el obispo ario, Eusebio de Nicomedia, lo ordenó obispo alrededor del año 340. En cuanto a sus creencias, Ulfilas era ario (es decir, creía que Cristo era Salvador y Señor porque Dios lo había dispuesto así y por su obediencia, pero que él era menos que Dios, o que estaba subordinado a Dios).

Ulfilas regresó para predicarle a su pueblo, y evidentemente inventó un abecedario para reducir el idioma de ellos a lenguaje escrito; luego tradujo las Escrituras usando ese lenguaje escrito. Los registros de ese tiempo dicen que Ulfilas tradujo toda la Biblia excepto los libros de Reyes, los cuales excluyó porque sintió que tendrían una influencia adversa en los godos, quienes ya eran demasiado belicosos. Todavía existen algunos fragmentos dispersos de su traducción del Antiguo Testamento, y sólo cerca de la mitad de los Evangelios se ha preservado en el Códice Argenteus, un manuscrito de Bohemia del siglo V o VI, que ahora se encuentra en Uppsala en Suecia.

Versiones siríacas

El siríaco, uno de los idiomas de la familia de los lenguajes semíticos, era la lengua predominante de la región de Edesa y de la parte oeste de Mesopotamia. La versión que hoy se conoce con el nombre de la Biblia Peshitta (que todavía es la Biblia oficial de los cristianos de la zona de las antiguas iglesias cristianas asirias, y que a menudo no incluye 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis), se desarrolló a través de muchas etapas. Una de las traducciones más famosas y más ampliamente usadas en la iglesia primitiva fue el Diatessaron siríaco, hecho por Taciano, un hombre que había sido discípulo de Justino Mártir en Roma. El Diatessaron, la armonía de los Evangelios traducida del griego por Taciano alrededor de 170 d.C., era muy popular entre los cristianos de habla siríaca. Los obispos siríacos tenían una batalla casi perdida tratando de lograr que los cristianos usaran en sus iglesias «El Evangelio de los Libros Separados» (refiriéndose al manuscrito en el que los cuatro Evangelios estaban separados unos de otros en lugar de estar combinados).

También se tradujeron otras porciones de la Biblia en idioma siríaco antiguo. Algunas citas de los padres de la iglesia indican que existía algún tipo de texto antiguo siríaco del siglo II junto con la Diatessaron. De hecho, el Antiguo Testamento puede haber sido una traducción judía al siríaco, la cual adoptaron los cristianos sirios, lo mismo que los cristianos griegos habían hecho con la Septuaginta. Entonces se le hizo una revisión más o menos oficial alrededor de fines del siglo IV, surgiendo como el texto Peshitta (que quiere decir «básico» o «simple»). La tradición indica que por lo menos la parte del Nuevo Testamento de esa versión puede haber sido hecha por instigación de Rábbula, obispo de Edesa (411–435).

Entre tanto, los cristianos de habla siríaca sufrieron una división en 431 d.C., cuando los grupos monofisitas (o jacobitas) se separaron de los creyentes nestorianos (la batalla fue sobre el punto de vista que tenían de la persona de Cristo). Durante algún tiempo ambos grupos usaron la Biblia Peshitta, pero los grupos jacobitas comenzaron a desear una traducción nueva. El obispo Filoxeno (o Mar Zenaia) de Mabbug (485–519), en el Río Éufrates, trabajando con la Septuaginta y los manuscritos del Nuevo Testamento griego, hizo una traducción nueva en idioma siríaco que fue terminada en 508. La importancia de esa versión fue que incluyó por primera vez 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Judas, los cuales entonces pasaron a formar parte del texto estándar Peshitta.

Aunque la versión Peshitta se había usado constantemente desde el siglo V, y se había distribuido en lugares tan apartados como la India y la China, no había tenido, ni de cerca, la importancia de la Septuaginta como una fuente para los eruditos textuales. Eso fue porque había experimentado una revisión constante por medio de comparaciones con diversos textos griegos en Constantinopla: con textos hebreos, la Hexapla Septuaginta de Orígenes y los tárgumes arábicos; por lo tanto, su testimonio de tener una fuente textual antigua ha sido muy difícil de rastrear. Uno de los manuscritos Peshitta más valiosos que existen es el Códice Ambrosianus de Milán, el cual data del siglo VI y contiene la totalidad del Antiguo Testamento.

Versión armenia

Los cristianos sirios llevaron su fe a sus vecinos armenios de la parte este del Asia Menor. Ya desde el siglo III, con la conversión de Tirídates III (reinó en los años 259–314), Armenia llegó a ser un reino cristiano—el primero en la historia. En algún momento durante el siglo V se creó un alfabeto armenio para que la Biblia pudiera ser traducida al idioma de los nuevos creyentes. La traducción en armenio se considera como una de las más hermosas y exactas basadas en las versiones antiguas del griego, aun cuando la evidencia textual indica que tal vez haya sido hecha primero del siríaco, y luego modificada usando el griego. (El idioma armenio es muy semejante al griego en gramática, sintaxis y expresiones idiomáticas.) Una tradición antigua dice que el Nuevo Testamento fue obra de Mesrop (un obispo de Armenia, 390–439), a quien se le acredita haber inventado ambos, el alfabeto armenio y el georgiano. En las iglesias armenias, el libro del Apocalipsis no fue aceptado como parte del canon hasta el siglo XII.

La versión georgiana

La misma tradición que dice que Mesrop tradujo la Biblia al armenio también dice que una mujer esclava armenia fue la misionera a través de la cual las personas de habla georgiana se convirtieron a Cristo. Los primeros manuscritos de las Escrituras georgianas datan sólo del siglo VIII, pero antes que ellos existió una traducción georgiana con trazas de siríaco y armenio. Es evidente que los Evangelios llegaron primero en la forma del Diatessaron; por lo tanto, los fragmentos georgianos son importantes para estudiar ese texto. Hay una copia de todo el manuscrito de la Biblia Georgiana, en dos volúmenes, que se encuentra en el Monasterio de Iverón en el Monte Atos, en Grecia.

Junto con los armenios y los georgianos, un tercer grupo de caucásicos, los albaneses, aparentemente recibieron un abecedario que les hizo Mesrop para el propósito de traducir las Escrituras. Sin embargo, la iglesia fue destruida por las guerras islámicas y nunca se han encontrado restos de esa versión.

Versión etiópica

Para mediados del siglo V, un rey cristiano gobernaba en Etiopía (Abisinia), y hasta la época de las conquistas islámicas, mantuvieron relaciones estrechas con los cristianos de Egipto. Es probable que para el siglo IV, el Antiguo Testamento haya sido traducido al idioma etíope antiguo (llamado ge’ez). Esa versión es de interés especial por dos razones. Es la Biblia de los falashas, esa notable comunidad de judíos africanos que afirman ser descendientes de judíos que emigraron a Etiopía en tiempos del rey Salomón y la reina de Saba. Además, la versión etiópica antigua del Antiguo Testamento contiene varios libros que no se encuentran en la Biblia Hebrea apócrifa. El más interesante de ellos es el libro de Enoc, que se cita en Judas 14, y que los eruditos bíblicos no conocieron hasta que James Bruce llevó una copia a Europa en 1773. También, el libro apócrifo 3 Baruc sólo se conoce de la Biblia etiópica.

El Nuevo Testamento fue traducido al idioma etíope antiguo un poco después que el Antiguo Testamento, y contiene una colección de escritos mencionados por Clemente de Alejandría, incluyendo el Apocalipsis de Pedro. Ambos Testamentos existen en manuscritos etiópicos. Sin embargo, ninguno es de antes del siglo XIII, y esos manuscritos parecen haberse basado mucho en las versiones cópticas y árabes. Nada sobrevivió al caos absoluto que reinó en Etiopía desde el siglo VII hasta el XIII, y debido a que son tan posteriores, los manuscritos etiópicos son de poco valor para el estudio textual.

Versiones árabes

Alrededor de 570 d.C., Mahoma nació en la Meca. Cuando tenía veinticinco años se casó con una viuda rica llamada Kadija. Recibió su «llamado» cuando tenía cuarenta años. En 622, se inició la «hégira» con la huida de Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina. Murió en 632, como el profeta principal e incontestable de Arabia. El dominio islámico se extendió, en un período de cien años, desde los Pirineos a través de España, saltó el Estrecho de Gibraltar, abarcó toda la parte norte de África, y capturó Egipto y las tierras bíblicas. Así fue que comenzó una presión sin tregua en Bizancio, que culminó con la caída de Constantinopla en 1453. Finalmente, la conquista islámica se extendió hasta lugares tan alejados como al este de la India. El árabe llegó a ser el idioma más universal que había visto el mundo desde que Alejandro había propagado el idioma griego más de nueve siglos antes.

En la época de Mahoma había varias comunidades judías dominantes en Arabia, y las vastas conquistas absorbieron cientos de comunidades cristianas, unas pocas de las cuales sobrevivieron sin dejarse avasallar. Sin embargo, es evidente que la versión árabe de la Biblia no se produjo hasta el trabajo de Saadia Gaon. Saadia nació en el año 892 en Fayum, en la parte norte de Egipto, y murió en Babilonia en el año 942. Tradujo el Pentateuco del hebreo. A esto siguieron otras partes del Antiguo Testamento—Josué del hebreo; Jueces, Samuel, Reyes, Crónicas y Job de la Peshitta; y los libros de los Profetas, Salmos y Proverbios de la Septuaginta—que tal vez no hayan sido trabajo de Saadia. Los judíos de habla árabe han estado usando esta versión hasta el presente. Los caraítas, que desaprobaron la traducción más liberal de Saadia, hicieron traducciones rivales; la más notable es la de Japheth ben-Eli-ha-Levi en el siglo X. En el período comprendido entre los siglos VII y IX, comenzaron a aparecer traducciones del Nuevo Testamento en árabe que fueron hechas de fuentes siríacas, griegas y coptas. Hay escritores árabes que dicen que Juan I, un patriarca jacobita de Antioquía (631–648), tradujo los Evangelios del siríaco al árabe. Se dice que otro Juan, Obispo de Sevilla, España, produjo Evangelios árabes traducidos de la Vulgata alrededor del año 724. La forma final del Nuevo Testamento árabe se basó más extensamente en el copto boháirico. Debido a su fecha posterior y a su origen mixto, los textos árabes tuvieron poca importancia para los estudios textuales.

Versión eslava

Aunque los eslavos fueron uno de los grandes grupos étnicos vecinos de los centros del cristianismo primitivo, no se pueden encontrar traducciones bíblicas en idioma eslavo antes del siglo IX. Dos hermanos, Constantino y Metodio, hijos de un noble griego, comenzaron a traducir al idioma eslavo la liturgia usada en la iglesia. Con la aprobación de los papas Adriano II y Juan VIII (como se hizo notar anteriormente), tradujeron la Biblia. Constantino (quien más tarde cambió su nombre a Cirilo, 827–869) y Metodio (826–885) trabajaron entre los eslavos y los moravos. Constantino inventó el alfabeto que lleva el nombre que se deriva de su nombre de santo (cirílico) para facilitar la traducción. Todavía hay porciones de manuscritos del siglo X u XI, pero el manuscrito más antiguo de toda la Biblia es el Códice Gennadius que está en Moscú, que data de 1499, y que es demasiado posterior para ser de valor para el estudio textual.

Bibliografía

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Greenslade, S. L., editor. The Cambridge History of the Bible [La historia Cambridge de la Biblia], Volumen III, The West from the Reformation to the Present Day [El occidente desde la reforma hasta el día presente], 1975.

Lampe, G. W., editor. The Cambridge History of the Bible [La historia Cambridge de la Biblia], Volumen II, The West from the Fathers to the Reformation [El occidente desde los padres hasta la reforma], 1975.

Metzger, Bruce. The Text of the New Testament—Its Transmission, Corruption, and Restoration [El texto del Nuevo Testamento—Su transmisión, corrupción y restauración], 1968.

———. The Early Versions of the New Testament—Their Origin, Transmission, and Limitations [Las versiones tempranas del Nuevo Testamento—Su origen, du transmisión y sus limitaciones], 1977.

Price, Ira Maurice. The Ancestry of Our English Bible [El linaje de nuestra Biblia inglesa], 1956.

Weiser, Arthur. The Old Testament: Its Formation and Development [El Antiguo Testamento: Su formación y desarollo], 1968.

Comfort, P. W., & Serrano, R. A. (2008). El Origen de la Biblia (pp. 281–301). Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc.

¿Puede un creyente verdadero llegar a ser poseído de demonios?

Consultorio Bíblico 867

Programa No. 2016-01-08

PABLO LOGACHO
Desde Guatemala nos escribe un fiel amigo oyente y nos dice lo siguiente: Sus programas son de bendición para mi vida. Me motivan cada vez más a seguir a Cristo. Tengo una duda y quisiera que me la aclaren. ¿Puede un creyente verdadero llegar a ser poseído de demonios? ¿Puede un creyente verdadero ser objeto de hechizos o maleficios de otras personas? Dios les siga bendiciendo en gran manera. Estaré esperando su respuesta.
DAVID LOGACHO
a1Gracias por su consulta amable oyente. El tema que Usted ha planteado, especialmente en su primera parte, ha sido motivo de mucha polémica entre muchos intérpretes bíblicos. Yo respeto mucho a los que han llegado a la conclusión que un genuino creyente puede llegar a ser poseído de demonios, pero hasta donde yo conozco las Escrituras, he llegado a la conclusión que un genuino creyente no puede llegar a ser poseído de demonios. El razonamiento que me ha llevado a tener esta convicción se fundamenta en la razón y en el testimonio bíblico. En cuanto a la razón, por los que dice la palabra de Dios, todo genuino creyente es templo del Espíritu Santo. 1 Corintios 6:19-20 dice: ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Según este pasaje bíblico, el cuerpo del creyente es templo en el cual reside o mora el Espíritu Santo. Entre muchas cosas maravillosas que esto significa, tenemos que los creyentes no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a Dios, quien ha hecho morar al Espíritu Santo en nosotros. Dios pagó un elevado precio para comprarnos. El precio fue la vida de su Hijo unigénito, quien murió en la cruz del Calvario. Por tanto la responsabilidad de todo genuino creyente es glorificar a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales pertenecen a Dios. Siendo este el caso, es imposible que un genuino creyente pueda ser poseído de demonios porque simple y llanamente el cuerpo del creyente genuino no puede ser a la vez templo donde mora el Espíritu Santo y templo donde moran los demonios. La razón me hace desechar el hecho que un genuino creyente pueda ser poseído de demonios. Pero también está el testimonio directo de las Escrituras. Para esto, quisiera leer el texto que se encuentra en 1 Juan 5:18. La Biblia dice: Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.

Por el hecho que un genuino creyente pertenece a Dios o es propiedad de Dios goza de la protección de Dios. En estas condiciones, el maligno o el diablo no puede tocar al creyente genuino. De manera que, tanto por la razón como por el testimonio de las Escrituras, es mi convicción que un genuino creyente no puede jamás ser poseído de demonios. Este texto bíblico, en Juan 5:18 nos sirve también para contestar la segunda parte de su consulta. Un genuino creyente es propiedad de Dios y está protegido por Dios. En estas condiciones, el genuino creyente no puede quedar a merced de los brujos que con sus hechizos o encantamientos o maleficios tratan de hacer daño. Los brujos, amable oyente, con todas sus artes mágicas, no son más poderosos que Dios Omnipotente como para poder burlar las defensas que Él ha colocado alrededor del creyente genuino. Obviamente, Satanás y sus demonios hacen todo lo posible para causar daño a los creyentes, pero no pueden hacer nada, a menos que Dios en su soberanía lo permita, como sucedió en el caso de Job. Además, Dios mismo ha diseñado una armadura espiritual para que el creyente la use y de esa manera pueda resistir al maligno. Efesios 6:13-18 dice: Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;

Así que, los creyentes somos más que vencedores sobre Satanás y sus demonios y debemos vivir la vida mientras estamos en este mundo con la seguridad plena que Satanás y sus demonios ya han sido derrotados por la obra maravillosa de Cristo en la cruz del Calvario.

PABLO LOGACHO
Antes de dar término a nuestra edición de hoy, quiero invitarle a visitar nuestro sitio en Internet y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DÍA. Dice en el libro de Esdras, que los judíos que se habían casado con mujeres no judías, fueron ordenados a separarse. ¿Significa esto que si un creyente hoy en día está casado con un incrédulo deberían también separarse? Nuestra dirección es: triple w.labibliadice.org en donde además puede conocer toda la literatura que tenemos a su libre disposición. Todos los que hacemos LA BIBLIA DICE… deseamos Que Dios le bendiga ricamente y será hasta nuestro próximo programa.

http://labibliadice.org/consultorio-biblico/serie/programa-no-2016-01-08/?source=mas

Beneficios del agua salada.

Beneficios del agua salada.

Programa No. 2016-01-08

PABLO MARTINI
a1Alguien dijo que el agua salada es buena por donde la mires. Piensa, por ejemplo, en unos días en la playa. Cierra tus ojos, siente el sol, la arena, el ruido de las olas… No sé a ti, pero a mí que soy híper playero, ya me dan ganas de empacar y comenzar el viaje. Ahora piensa en esas gotas de agua también salada que emanan de tus poros cuando trabajas, cuando te cansas, cuando sudas por algo que vale la pena. ¡Digno! ¿Verdad?… El trabajo engrandece, dignifica. En pocas palabras se suda pero se disfruta del pago por lo trabajado. Pero queda el tercer grupo de gotas saladas necesarias para todo humano: Las lágrimas. Las lágrimas se definen simplemente como «gotas de fluido salino que segregan los ojos». Pueden ser causa de irritación o risa, pero por lo general se asocian con el llanto, la tristeza y el dolor. Cuando lloramos, nuestros amigos se preguntan qué anda mal y tratan de consolarnos. Los bebés lloran por hambre, los niños por la pérdida de una mascota y los adultos cuando se enfrentan a un trauma o a la muerte. Ver llorar a una persona dice mucho acerca de ella, ya sea que fuere egoísta o que tuviere a Dios en su corazón. ¿Qué provoca en ti las lágrimas? ¿Lloras porque han herido tu amor propio o porque los que te rodean pecan y rechazan a Dios, quien los ama profundamente? ¿Lloras porque has perdido algo que te daba placer o porque la gente que te rodea sufrirá al seguir pecando?
Nuestro mundo está lleno de injusticia, pobreza, guerra y rebelión en contra de Dios, todo lo cual debe conmovernos hasta las lágrimas y alentarnos a actuar. Debemos aprender a lamentarnos por lo que Dios se lamenta porque también Él llora. Cuando esas lágrimas son producidas por un acercamiento a Dios son lágrimas que riegan la flor abandonada, fertilizan la tierra agotada y humedecen los secos desiertos de un pasado doloroso.
http://labibliadice.org/una-pausa-en-tu-vida/programa-no-2016-01-08/?source=mas

Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Autor: R. K. Harrison

a1Los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento tienden a atraer ciertas composiciones adicionales en la forma de libros, partes de libros, cartas, «evangelios», apocalipsis, etcétera. La mayoría de los autores escribió en forma anónima, pero algunos presentaron sus escritos al público bajo el nombre de un personaje conocido del Antiguo Testamento o miembro de la iglesia cristiana. Tales composiciones formaron una parte pequeña, pero importante, de la gran colección de literatura judía que salió a la luz durante el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Mucho de esto fue el resultado de las agitaciones religiosas y políticas, porque los judíos sintieron que su fe y su existencia misma eran amenazadas, primero por las influencias paganas de la cultura helenística griega, y luego por la opresión de las fuerzas invasoras romanas.

Trasfondo histórico

Una breve reseña de la historia de ese período intertestamentario establecerá el trasfondo contra el cual se escribió la mayoría de los libros apócrifos del Antiguo Testamento. Cuando Alejandro Magno murió en 323 a.C., su imperio fue dividido entre sus cuatro generales. Judea fue incluida en el territorio gobernado por Seleuco I, pero en 320 a.C. Ptolomeo de Egipto la anexó a su propio territorio. Esa clase de actividad caracterizó mucho del período intertestamentario, colocando a la gente de Palestina bajo grandes presiones políticas y sociales. En general, sus conquistadores buscaron apaciguar a los judíos, y en el caso de los Ptolomeos hasta los alentaban a emigrar a Egipto. Sin embargo, la amenaza de opresión militar siempre estuvo cerca de Judea, y llegó a ser realidad una vez más en 205 a.C. cuando Ptolomeo V murió repentinamente y Antíoco III de Siria decidió anexar Judea. Un ejército egipcio se movilizó para controlar su avance, pero fue derrotado cerca de Sidón en 198 a.C., después de lo cual Judea llegó a ser parte del reino seléucido. Aunque Antíoco fue tolerante con los judíos, mantuvo un control político firme sobre el país, al igual que habían hecho los egipcios. Finalmente, la lucha civil que había estado estallando en varias partes del Cercano Oriente hacia finales del período griego atrajo la atención de los romanos, los cuales estaban surgiendo como poder militar y político. Las legiones romanas entraron al Asia Menor en 197 a.C. y fueron atacadas por los sirios. Después de una larga campaña, Escipión el Africano destrozó las fuerzas de Siria en Magnesia en 190 a.C., pavimentando así el camino para mayores incursiones romanas en Palestina.

Mientras tanto, los reyes seléucidos se aferraban precariamente a su poder y comenzaron a comportarse con creciente severidad con los judíos. Parte de la dificultad yacía en el hecho de que los seléucidos se habían vuelto propagadores de la cultura pagana griega y estaban inclinados a introducir tradiciones griegas en el judaísmo ortodoxo. La «helenización» ocurrió con particular severidad bajo Antíoco IV (175–164 a.C.), causando que la familia asmonea se levantara en una revuelta. La resistencia bajo Judas Macabeo tuvo tanto éxito que el regente sirio Lisias garantizó el retorno de las libertades judías, un contratiempo obvio para el partido helenizante de Judea. En 142 a.C., Judea se independizó de Siria, y bajo Juan Hircano (135–105 a.C.) logró algo de solidaridad política y territorial. Pero, en el mejor de los casos, la situación total era inestable, y se complicaba por los conflictos entre los que seguían las costumbres helénicas y los saduceos, fariseos y escribas, que eran más tradicionales. Mientras tanto, los grupos religiosos puristas, tales como los miembros de la comunidad del Mar Muerto, se separaron de los judíos ortodoxos y fundaron sus propias colonias en el inhóspito desierto de Judea.

En 64 a.C., Pompeyo atacó Siria y la hizo una provincia romana. Mientras que trataban de sofocar el malestar político en Judea, los romanos fueron atacados por judíos fanáticos, los que finalmente fueron masacrados en el monte del Templo. A partir de entonces los romanos mantuvieron una guarnición en Jerusalén e incorporaron a Judea a la recientemente formada provincia de Siria. La siguiente dinastía herodiana gobernó bajo la supervisión de Roma, la que mantuvo legiones en Judea hasta después de la segunda revuelta judía (132–135 d.C.).

El período que vio la escritura del material apócrifo fue, por lo tanto, uno de disturbios políticos, militares, sociales y religiosos sin precedentes. Se ha estimado que para cuando nació Cristo, una de cada dos personas del Imperio Romano era esclava. La resistencia judía a las influencias de la helenización produjo épocas de represión y persecución que hicieron que los judíos anhelaran liberación, y estimularon, por lo menos en algunos, el interés en la posibilidad de un mesías que viniera de Dios para remediar la situación. Los escritos apocalípticos trataron ampliamente el problema de la lucha entre el bien y el mal, con la expectativa de una nueva época en la cual Dios recompensaría con bendiciones espirituales a los fieles. Las figuras mesiánicas, que aparecían en los escritos apocalípticos y especialmente en los libros apócrifos del Nuevo Testamento, a menudo estaban balanceadas por un anticristo, ambos siendo servidos por muchos personajes angélicos. Era un mundo literario y espiritual de hechos parciales y de fantasía parcial, siendo la fantasía un ingrediente importante para mantener las expectativas de los menos estables emocionalmente.

Mientras que los manuscritos del Mar Muerto no pueden ser considerados como apócrifos, algunos pasajes son apocalípticos—por ejemplo, el Manual de Disciplina 3:13–4:26, el Rollo de la Guerra (1QM) 1:15–19 y la Nueva Jerusalén (5Q15). Algunos eruditos han interpretado partes del Rollo de Cobre (3Q15) apocalípticamente, pero la mayoría de los escritores simplemente considera el material como una lista de tesoros ocultos.

Los escritos apócrifos y canónicos

Aunque las obras apócrifas más tempranas del Antiguo Testamento tal vez fueron escritas tan temprano como hacia fines del siglo IV a.C., la mayoría apareció desde el siglo II a.C. hacia adelante. Algunas de ellas se parecían mucho a sus contrapartes de las Escrituras canónicas y no hay duda de que, en algunos círculos, su autoridad e inspiración eran consideradas como similares a las composiciones de las Escrituras que veneraban los judíos, y que más tarde veneraron los cristianos.

Otros escritos religiosos de esas épocas no afirmaron ser de las Escrituras. Tales composiciones preservaron las tradiciones familiares de tanto el judaísmo como el cristianismo primitivo, aunque en algunas ocasiones las enriquecieron o embellecieron por medio de leyendas o narrativas que no eran históricas. Debido a que en aquella época había muy pocos libros en circulación, los palestinos tendían a leer cualquier material literario que llegaba a sus manos. Aunque la Torá, o ley de Moisés, siempre había sido reconocida como la norma de ortodoxia teológica para los judíos, las narrativas de fortaleza durante las persecuciones o los relatos de la forma en que los enemigos del pueblo de Dios recibían su justa recompensa tenían mucha atracción para los que se encontraban bajo la presión de una sociedad pagana.

De igual manera, aunque los Evangelios y las Epístolas—junto con el Antiguo Testamento—formaban el canon básico de la lista aprobada de las Escrituras para los cristianos, muchas narrativas adicionales reclamaban la atención de los primeros seguidores de Cristo. Esas composiciones a menudo trataban de las supuestas actividades de Jesús y de sus seguidores, así como también de los martirios, revelaciones y enseñanzas espirituales. Algunas obras contenían material que no sólo no correspondía a la historia, sino que era totalmente extraño, pero otras reflejaban hasta cierto grado el espíritu de Cristo y las enseñanzas apostólicas. Para los primeros cristianos, como también para los judíos, el establecimiento del canon formal de las Escrituras debe haber sido impulsado en parte por la necesidad de separar el registro de la verdad revelada de las otras formas escritas de tradición religiosa así como de la verdadera herejía.

Algunos de los primeros eruditos cristianos describieron en sus escritos como «apócrifos» a los escritos que no fueron aceptados en el canon del Antiguo Testamento ni en el canon del Nuevo Testamento. La palabra griega significa «cosas ocultas», y cuando se aplicaba a los libros describía aquellas obras que las autoridades religiosas querían ocultar de los lectores en general. La razón era que se creía que tales libros contenían una tradición popular misteriosa o secreta, significativa sólo para los instruidos y por lo tanto inapropiada para el lector común. Pero la palabra «apócrifo» también se empleaba en un sentido menos halagador para las obras que merecían ser ocultadas. Tales obras contenían doctrinas malas o enseñanzas falsas que tenían el propósito de pervertir más que de edificar a quienes las leían. La supresión de los escritos indeseables era bastante fácil en un tiempo cuando sólo unos pocos libros estaban en circulación a la vez. Es más probable que las autoridades quemaran los escritos ofensivos en lugar de «ocultarlos» (compare Hechos 19:19).

Las enseñanzas ocultas o esotéricas no eran parte de la tradición hebrea, la cual basaba su espiritualidad en los primeros cinco libros del canon hebreo. En lo que respecta a las doctrinas misteriosas que llegaron a la vida de los hebreos, les llegaron de fuentes paganas y por lo general involucraban prácticas mágicas que se le habían prohibido a Israel. Sólo cuando el concepto de sabiduría surgió en escritos tales como Proverbios, Eclesiastés, Job y ciertos salmos fue que los maestros judíos, como Jesús ben Sirá, aconsejaron a sus oyentes que buscaran el «sentido oculto» de la sabiduría divina (Eclesiástico 14:20–21; 39:1–3, 7). Aun así, el énfasis estaba en conocer la mente y la voluntad revelada de Dios, y no en el estudio de tratados esotéricos que eran populares entre los autores y los lectores helenísticos.

Hacia fines del siglo I a.C. se estaba haciendo en los círculos judíos una clara distinción entre los escritos que eran apropiados para el uso del público en general y los escritos esotéricos que debían ser restringidos sólo para los que estaban bien informados y los instruidos. Es así que en Apocalipsis de Esdras 4:1–6, el escritor dice cómo se suponía que Esdras, bajo la instrucción de Dios, publicara abiertamente ciertos escritos (es decir, la Torá de Moisés), y que guardara secretos otros (es decir, las tradiciones apocalípticas que trataban de la llegada del fin de los tiempos). En Apocalipsis de Esdras 14:42–46 se hace referencia a setenta libros, evidentemente material no canónico, escritos después de los veinticuatro libros del canon hebreo.

El uso del término «apócrifo» con el significado de «no perteneciente al canon» data del siglo V d.C., cuando Jerónimo manifestó que los libros que se encontraban en la Septuaginta y en las Biblias latinas que no estaban en el canon de los escritos del Antiguo Testamento hebreo debían ser tratados como apócrifos. No debían ser descartados totalmente puesto que eran parte del gran flujo de literatura nacional judía contemporánea. Al mismo tiempo, no debían usarse como doctrina cristiana sino, en todo caso, como lectura suplementaria de naturaleza inspiradora o edificante.

Los teólogos protestantes, por lo general, han seguido la tradición que estableció Jerónimo, considerando a los libros apócrifos del Antiguo Testamento como el exceso del canon de la Septuaginta sobre las Escrituras hebreas. Cuando se comenzó a traducir la Biblia hebrea al griego en Egipto durante el reinado de Ptolomeo II (285–246 a.C.), los eruditos involucrados incluyeron una cantidad de libros que, mientras permanecían por lo general fuera de la lista aceptada de escritos canónicos hebreos, todavía tenían relación con la historia y sociedad judías. El procedimiento reflejaba actitudes contemporáneas en Palestina, donde, como muestran los Rollos del Mar Muerto, mucha gente hizo muy pocos intentos de separar los escritos canónicos de las otras formas de literatura religiosa. Es natural que la decisión que tomaron las autoridades judías en cuanto a cuáles libros considerar canónicos tuvo influencia en lo que constituiría los libros apócrifos del Antiguo Testamento.

La evidencia textual representada por ciertos manuscritos y fragmentos de las cuevas del Mar Muerto hace que sea razonablemente seguro aceptar que los últimos de los escritos canónicos hebreos hayan sido terminados varias décadas antes del tiempo en que Alejandro Magno (356–323 a.C.) comenzara sus conquistas en el Cercano Oriente. Sin embargo, el proceso por el cual esas composiciones llegaron a ser aceptadas como canónicas fue más dilatado. Sólo cuando habían circulado, habían sido leídos y habían sido apoyados favorablemente al compararlos con la espiritualidad de la Torá era que se les concedía la canonicidad general. De ahí que la distinción entre los escritos canónicos y los apócrifos llegó tanto a través del uso y del acuerdo general de parte del judaísmo ortodoxo como de otras formas. Los primeros eruditos sugieren que el así llamado «Concilio de Jamnia», celebrado en Palestina alrededor de 100 d.C., fue el responsable de componer una lista de los libros del Antiguo Testamento que fueran apropiados para que los usaran los fieles. Sin embargo, estudios posteriores han arrojado bastante duda sobre la historicidad de tal concilio, mostrando al mismo tiempo que las autoridades judías de aquel período consideraban que los escritos no canónicos eran más un obstáculo que una ayuda para la devoción.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento

Los libros que los judíos consideraban específicamente «fuera del canon», y por lo tanto apócrifos, eran: 1 Esdras; 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras); Tobías; Judit; los agregados a Ester; la Sabiduría de Salomón; Eclesiástico; Baruc; la Carta de Jeremías; los agregados al libro de Daniel (la Oración de Azarías y el Cantar de los Tres Jóvenes, Susana y Bel y el Dragón); la Oración de Manasés; 1 Macabeos; y 2 Macabeos. Varios manuscritos de la Septuaginta incluían algunos materiales seudohistóricos bajo los títulos de 3 Macabeos y 4 Macabeos; así que aun los apócrifos variaban algo en cuanto a su contenido, lo que dependía de la tradición que se siguiera en lo referente a los manuscritos. Entre los primeros eruditos cristianos también había alguna diferencia de opinión en cuanto a los límites precisos de la Escritura hebrea canónica, y, en consecuencia, del material apócrifo. Una separación seria entre las tradiciones hebreas y las tradiciones rabínicas llegó con los escritos de Agustín, quien promulgó el punto de vista de que los libros apócrifos tenían la misma autoridad que otros escritos de las Escrituras canónicas hebreas y cristianas. Se levantaron algunas voces apoyando la posición de Jerónimo, pero el Concilio de Trento (1546) adoptó el punto de vista de Agustín, que llegó a ser enseñanza oficial de los católicos romanos.

El libro llamado 1 Esdras parece ser una compilación histórica de material sacado de varias partes del Antiguo Testamento, principalmente de Crónicas, Esdras y Nehemías. Incluye una interesante interpolación, el Debate de los Tres Soldados (1 Esdras 3:1–5:6), en el cual se demuestra la supremacía de la verdad por medio de algunos errores históricos desafortunados e inconsistencias que se encuentran en el libro, en marcado contraste frente a la exactitud de las fuentes canónicas en las que se apoyó el compilador de 1 Esdras. El libro llamado 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras) consiste principalmente de un apocalipsis judío en el cual Esdras, en una serie de visiones, lamenta el predicamento del exiliado Israel y busca una figura mesiánica que restaure la nación a su gloria pasada.

El libro de Tobías es una mezcla de folclore y romance, escrito tal vez alrededor de 200 a.C. y aparentemente con la intención de instruir a los judíos acerca de las actitudes apropiadas de piedad en cuanto a Dios. Tobías mismo aparece como resuelto al sufrimiento, y como ejemplo a sus semejantes en asuntos de caridad, justicia, moralidad y obligaciones religiosas. Así como en 1 Esdras, el libro contiene errores históricos y también geográficos.

El libro de Judit narra la forma en la cual una emprendedora mujer judía mata a un líder enemigo para salvar a su pueblo. Sin embargo, la narrativa no parece tener base en hechos históricos y también está marcada por errores cronológicos y de otro tipo.

Los agregados al libro de Ester comprenden las siguientes secciones: el sueño de Mardoqueo; el edicto de Asuero; las oraciones de Mardoqueo y Ester; Ester ante el rey; el edicto que suplanta al primero; y un epílogo. Estas secciones tenían el propósito de ser intercaladas en el libro original canónico y es probable que originalmente fueran escritas en griego.

La Sabiduría de Salomón, compilado tal vez alrededor de 100 a.C., representa una elaboración de la enseñanza acerca de la sabiduría encontrada en Proverbios y Eclesiastés; pero en cuanto a sus doctrinas está considerablemente más cerca del pensamiento griego que del hebreo. Este libro era muy leído al principio de la era cristiana.

Tanto los judíos como los cristianos tenían en alta estima el libro de Eclesiástico, también llamado La Sabiduría de Jesús el hijo de Sirac (Jesús ben Sirá). Su autor fue un escriba que quiso darles a sus enseñanzas una forma más permanente, por lo que utilizó como modelo el libro canónico de Proverbios. Sus enseñanzas se adhieren estrechamente a la ortodoxia judía aunque el autor muestra tendencias saduceas. Es probable que este libro haya sido escrito alrededor de 180 a.C.

Baruc, para su contenido, se basa mucho en ciertos profetas y sabios del Antiguo Testamento y está escrito en forma de un discurso supuestamente enviado a los judíos exiliados en Babilonia. Sus temas principales son el pecado, el castigo y el perdón de Israel. La Carta de Jeremías, un documento que se supone que fue enviado a los habitantes de Judea que iban a ser llevados cautivos a Babilonia, es, en realidad, un tratado religioso que condena la idolatría.

Los agregados al libro de Daniel son tres secciones suplementarias ajenas a la obra canónica hebrea o aramea. La Oración de Azarías, que reconoce la justicia divina del exilio babilónico, es seguida por El Cantar de los Tres Jóvenes cuando fueron librados de la muerte en el horno de fuego. La Historia de Susana relata la forma en que Daniel salva de la muerte a una mujer inocente, y parece estar basada en un cuento popular babilónico. Bel y el Dragón contiene dos historias que ridiculizan la idolatría y muestran la ineficacia de los dioses de Babilonia.

La Oración de Manasés consiste de un corto salmo penitencial que representa la supuesta oración del rey pidiendo misericordia durante un período de encarcelamiento en Babilonia (compare 2 Crónicas 33:10–13).

Evidentemente, 1 Macabeos fue escrito, como lo fue mucho de Crónicas, para registrar una historia «espiritual» de la nación, excepto que trata exclusivamente del período de los macabeos. Se basó en algunas fuentes literarias genuinas, aunque se ha cuestionado la autenticidad de algunas partes de la obra. Mientras que 1 Macabeos trata de presentar un relato razonablemente objetivo de los asmoneos, 2 Macabeos comprende un sumario retórico de un trabajo considerablemente más largo sobre el tema de la era macabea. Tiene una orientación aún más teológica que 1 Macabeos y contiene varios errores cronológicos con otras contradicciones reales.

Los apócrifos del Antiguo Testamento pintan gráficamente las condiciones de la desesperación que prevalecía en los días antes del nacimiento de Cristo. Desafortunadamente, los conflictos militares, políticos e ideológicos serían parte de la vida judía hasta que la resistencia al dominio romano terminara en el siglo II d.C. Hubo tiempos, como en el período macabeo, cuando se obtuvo un breve respiro de las presiones militares y paganas, pero, mayormente, el judío ortodoxo era una persona atormentada en su propia tierra. Un pueblo endurecido por sucesivas atrocidades y la presencia continua de fuerzas militares, primero de Egipto, luego de Siria y finalmente de Roma, sólo podía buscar la verdadera libertad en las promesas mesiánicas de su literatura nacional. De cualquier manera, la liberación de la nación sólo podía llevarse a cabo en un futuro algo distante. Por el momento, los judíos, en sus luchas con influencias políticas y religiosas externas, tenían que contentarse con historias de heroísmo y altruismo en tiempo de guerra, valor en épocas de persecución, resolución en la derrota y la esperanza de una época dorada venidera como se describía en algunos de los escritos apocalípticos.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento

Los cristianos de la época del Nuevo Testamento estaban familiarizados con las obras judías apócrifas, incluyendo las especulaciones apocalípticas que se encuentran en Apocalipsis de Esdras. Por lo tanto, no les sorprendería que una colección similar de literatura surgiera de sus propias Escrituras, cuando estas comenzaron a ser compuestas y a circular.

Sin embargo, el Nuevo Testamento apócrifo, al igual que su contraparte del Antiguo Testamento, sólo se podía considerar en relación a un canon establecido de obras de las Escrituras. Puesto que el catálogo más temprano de escritos del Nuevo Testamento, el Canon Muratoriano, no fue compilado sino hasta alrededor de 200 d.C., pasó un tiempo considerable antes que apareciera una declaración oficial de la iglesia sobre lo que debía ser considerado los apócrifos del Nuevo Testamento. Mientras tanto aparecieron una gran cantidad de materiales de naturaleza predominantemente religiosa, aparentando ser ortodoxos por su naturaleza y que trataban de varios aspectos del cristianismo histórico. Según resultaron los hechos, esta literatura apócrifa frustró los propósitos que tenía la intención de alcanzar. Debido a la escasez de información sobre asuntos tales como la infancia, la adolescencia y la juventud de Jesús, los evangelios de la «infancia» intentaron proveer al lector de lo que se esperaba que pasara como hecho histórico. Sin embargo, mucho del material estaba dentro de la esfera de la fantasía y ningún lector inteligente lo hubiera aceptado jamás como hecho. Por ejemplo, en el Evangelio de Tomás, a Jesús, que en ese momento tenía cinco años de edad, se le acusa de no guardar el día de reposo porque hizo gorriones de arcilla al lado de un arroyo. Cuando su padre José investiga la situación, Jesús palmea las manos y los gorriones de arcilla cobran vida y se van volando y gorjeando.

Los evangelios de la «pasión» fueron escritos para embellecer los relatos canónicos de la crucifixión y resurrección de Cristo. Como suplemento de la enseñanza cristiana, muchos de los escritos apócrifos parecían proclamar ideas que en realidad estaban fuera del alcance de la doctrina del Nuevo Testamento. Los intentos por llenar los «años ocultos» de la vida de Cristo no tuvieron fundamento alguno en las tradiciones de los Evangelios. Las obras que trataban con el estado final de los inconversos fueron adornadas de tal manera que fueron mucho más allá de lo que se afirma en el Nuevo Testamento. En algunas instancias notables, como en los escritos de las sectas gnósticas, los autores se propusieron deliberadamente propagar enseñanzas heréticas que ellos habían aceptado bajo la autoridad de alguna figura apostólica. El Evangelio de Tomás, recuperado alrededor de 1945 en Nag Hammadi (Jenoboskion), cerca del Río Nilo, es un ejemplo de un intento de perpetuar dichos y dogmas raros al atribuírselos a Jesús, para que recibieran amplia aprobación y aceptación.

Debido a que los escritos de los que estamos hablando tienen un cierto parecido a los tipos literarios y divisiones principales del Nuevo Testamento, los eruditos los han agrupado de manera similar para la conveniencia de los estudiantes. Los evangelios apócrifos principales son:

Evangelio árabe de la infancia

Evangelio armenio de la infancia

Libro de Bartolomé sobre la resurrección de Cristo

Evangelio de Bartolomé

Evangelio de Basílides

Evangelio de la natividad de María

Evangelio de los Ebionitas

Evangelio según los hebreos

Protoevangelio de Santiago

Historia de José el carpintero

Evangelio de Marción

Evangelio de Matías

Evangelio de los nazarenos

Evangelio de Pedro

Evangelio de Felipe

Evangelio de Pseudo Mateo

Evangelio de Tomás

Hay también algunos libros apócrifos de Hechos, los cuales se supone que son los relatos de logros apostólicos que supuestamente no han sido registrados en la Escritura. Tales «Hechos» son la fuente de mucha tradición, como por ejemplo que Pedro haya sido crucificado con la cabeza hacia abajo y la misión de Tomás a India. La fiabilidad de las tradiciones es cuestionable porque los escritos claramente contienen material no ortodoxo. Sin embargo, se pueden encontrar pequeños fragmentos de información correcta en este grupo de literatura ficticia.

Debido a que a menudo son libros de carácter herético, la iglesia ha reaccionado firmemente contra tales libros, a veces aun demandando que sean quemados (por ejemplo, en el Concilio de Nicea del año 787). Los Hechos de Juan presentaban a Jesús hablando con Juan en el monte de los Olivos durante la crucifixión, explicándole que sólo era un espectáculo. En los Hechos de Tomás, Jesús apareció en la forma de Tomás, exhortando a una pareja de recién casados que se consagraran a la virginidad. La abstinencia sexual era un tema dominante, reflejando ideas platónicas, que menospreciaban el cuerpo físico.

Muchos eruditos fechan la obra más temprana, los Hechos de Juan, antes de 150 d.C. Los Hechos principales (de Juan, Pablo, Pedro, Andrés y Tomás) probablemente fueron escritos durante el segundo y tercer siglos. Estos impulsaron a los otros Hechos, que eran principalmente historias de milagros, escritas más para entretener que para enseñar. Las obras clasificadas de una u otra manera bajo el encabezamiento de Hechos incluyen:

Historia apostólica de Abdías

Hechos de Andrés

Historia de Andrés

Hechos de Andrés y Matías

Hechos de Andrés y Pablo

Hechos de Bernabé

Hechos de Bartolomé

Ascenso de Santiago

Hechos de Juan

Hechos de Juan, por Prócoro

Hechos de los mártires

Hechos y martirio de Mateo

La pasión de Pablo

Hechos de Pablo y Tecla

Hechos de Pedro

La pasión de Pedro

Predicación de Pedro

Hechos eslavos de Pedro

Hechos de Pedro y Andrés

Hechos de Pedro y Pablo

La pasión de Pedro y Pablo

Hechos de Pedro y los doce discípulos

Hechos de Felipe

Hechos de Pilato

Hechos de Simón y Judas

Hechos de Tadeo

Hechos de Tomás

Una gran cantidad de obras apócrifas son clasificadas como epístolas. Estas obras, que generalmente son seudónimas, se originaron en diferentes períodos. Por ejemplo, un grupo de epístolas es principalmente judío y se refiere al Antiguo Testamento, tal como la Carta de Jeremías (que se mencionó antes en este artículo). El grupo más grande se enfoca en personas y lugares mencionados en el Nuevo Testamento. Estos escritos epistolares incluyen:

Abgaro y las cartas de Cristo

Epístola de los apóstoles

Epístola de Bernabé

Tercera de Corintios

Epístola a los laodiceos

Epístola de Léntulo

Epístolas de Pablo y Séneca

Epístola de Tito

Muchos eruditos liberales también han considerado a 2 Pedro y a Judas como libros apócrifos.

Muchas otras obras apócrifas son de naturaleza apocalíptica. Estas obras están complementadas por material tal como las Constituciones Apostólicas y los Cánones. A estas se le agregan las composiciones gnósticas y el Nag Hammadi, que incluyen obras que afirman representar las enseñanzas de Cristo así como también instrucciones «secretas» compiladas por escritores gnósticos y unas pocas composiciones apócrifas.

Estudios comparativos han mostrado, sin duda alguna, que los escritos apócrifos del Nuevo Testamento presentan, en el mejor de los casos, una serie de tradiciones desvalorizadas acerca del Fundador y de las enseñanzas del cristianismo primitivo. En el peor de los casos, las narrativas están totalmente desprovistas de valor histórico, y en algunos aspectos son totalmente extrañas a la espiritualidad del Nuevo Testamento. Aun cuando parecen apoyar una tradición actual en alguna parte de la iglesia primitiva, la evidencia que presentan es inferior a la que a menudo se puede obtener de otras fuentes. Algunas veces las composiciones son tan triviales e inconsecuentes que es difícil justificar que hayan sobrevivido. De hecho, se han perdido ciertos escritos apócrifos y sólo son conocidos en forma de citas en otras obras más grandes.

Sin embargo, las composiciones apócrifas del Nuevo Testamento son importantes porque indican lo que les atraía a las personas comunes de aquellos días. Parece que ellos necesitaban un elemento romántico para complementar la verdad espiritual que recibían. Algunas de las historias que se relatan eran vívidas y llenas de fantasía, y otras, como los apocalipsis, proveían una forma de escape de las duras realidades temporales. Sin importar cuál fuera su naturaleza, los escritos apócrifos del Nuevo Testamento ejercieron una influencia fuera de proporción sobre su verdad fundamental.

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El canon del Antiguo Testamento

Sección Dos

El canon de la Biblia

El canon del Antiguo Testamento

Autor: R. T. Beckwith

a1El término «canon» viene del griego, en el que kanon significa una regla—una norma para medir. Con respecto a la Biblia, el término se refiere a los libros que cumplieron los requisitos y, por lo tanto, fueron dignos de inclusión. Desde el siglo IV, los cristianos han usado kanon para referirse a una lista autoritativa de libros que pertenecen al Antiguo Testamento o al Nuevo Testamento.

Desde hace mucho ha habido diferencias de opinión en cuanto a los libros que deberían ser incluidos en el Antiguo Testamento. En realidad, aun en épocas pre-cristianas, los samaritanos rechazaban todos los libros excepto el Pentateuco; mientras que, desde alrededor del siglo II a.C., obras seudónimas, generalmente de carácter apocalíptico, reclamaban para sí mismas el mismo estado de escritos inspirados y encontraron credibilidad en ciertos círculos. En la literatura rabínica se nos dice que en los primeros siglos de la era cristiana ciertos sabios disputaron, basados en evidencia interna, la canonicidad de cinco libros del Antiguo Testamento (Ezequiel, Proverbios, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Ester). En el período patrístico había incertidumbre entre los cristianos en cuanto a si los libros apócrifos de las Biblias griega y latina debían ser considerados inspirados o no. Las diferencias sobre el último punto llegaron a un momento decisivo en la Reforma, cuando la Iglesia de Roma insistió que los libros apócrifos eran parte del Antiguo Testamento, o que estaban en igual categoría que el resto, mientras que las iglesias protestantes negaban esto. Mientras que algunas iglesias protestantes consideraban los libros apócrifos como lectura edificante (por ejemplo, la Iglesia de Inglaterra continuó incluyéndolos en su leccionario «para ejemplo de vida y no para establecer ninguna doctrina»), todos estuvieron de acuerdo en que, hablando debidamente, el canon del Antiguo Testamento consiste de los libros de la Biblia hebrea—los libros que los judíos reconocen y que se aprueban en la enseñanza del Nuevo Testamento. La iglesia ortodoxa oriental estuvo dividida sobre este asunto por un tiempo, pero recientemente ha tendido a acercarse más y más al lado protestante.

Lo que califica a un libro para tener un lugar en el canon del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento no es sólo que sea antiguo, informativo y útil, y que el pueblo de Dios lo haya leído durante mucho tiempo, sino que el libro tenga la autoridad de Dios en lo que dice. Dios habló a través de su autor humano para enseñarle a su pueblo lo que debían creer, y cómo debían comportarse. No es sólo un registro de revelación, sino la forma escrita permanente de la revelación. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la Biblia es «inspirada», y este aspecto hace que los libros de la Biblia sean diferentes a todos los demás libros.

La primera aparición del canon

La doctrina de inspiración bíblica se encuentra totalmente desarrollada sólo en las páginas del Nuevo Testamento. Pero muy atrás en la historia de Israel ya encontramos ciertos escritos que son reconocidos como que tienen autoridad divina, y que le sirven como una regla de fe y práctica al pueblo de Dios. Esto se ve en la respuesta del pueblo cuando Moisés les lee el libro del pacto (Éxodo 24:7), o cuando se lee el Libro de la Ley que encuentra Jilquías, primero al rey y luego a la congregación (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34), o cuando Esdras le lee el Libro de la Ley al pueblo (Nehemías 8:9, 14–17; 10:28–39; 13:1–3). Los escritos en cuestión son parte de todo el Pentateuco—en el primer caso, una parte bastante pequeña de Éxodo, probablemente los capítulos 20–23. El Pentateuco es tratado con la misma reverencia en Josué 1:7 y siguientes; 8:31; 23:6–8; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 17:37; Oseas 8:12; Daniel 9:11, 13; Esdras 3:2, 4; 1 Crónicas 16:40; 2 Crónicas 17:9; 23:18; 30:5, 18; 31:3; 35:26.

El Pentateuco se presenta a sí mismo como básicamente la obra de Moisés, uno de los primeros y ciertamente el más grande de los profetas del Antiguo Testamento (Números 12:6–8; Deuteronomio 34:10–12). A menudo Dios habló a través de Moisés en forma oral, como lo hizo a través de los profetas posteriores, pero con frecuencia también se menciona la actividad de escritor de Moisés (Éxodo 17:14; 24:4, 7; 34:27; Números 33:2; Deuteronomio 28:58, 61; 29:20–27; 30:10; 31:9–13, 19, 22, 24–26). Había otros profetas en el tiempo de Moisés, y se esperaba que más siguieran (Éxodo 15:20; Números 12:6; Deuteronomio 18:15–22; 34:10), como lo hicieron (Jueces 4:4; 6:8), aunque el gran flujo de actividad profética comenzó con Samuel. La obra literaria de estos profetas comenzó, por lo que sabemos, con Samuel (1 Samuel 10:25; 1 Crónicas 29:29), y la clase de escritura en la cual se involucraron extensamente al principio era histórica, la cual más tarde llegó a ser la base para los libros de Crónicas (1 Crónicas 29:29; 2 Crónicas 9:29; 12:15; 13:22; 20:34; 26:22; 32:32; 33:18 y siguientes) y probablemente también de Samuel y Reyes, los cuales tienen mucho material en común con Crónicas. No sabemos si también Josué y Jueces fueron basados en historias proféticas de esta clase, pero es muy posible que haya sido así. Que en ocasiones los profetas escribieron oráculos queda claro de Isaías 30:8; Jeremías 25:13; 29:1; 30:2; 36:1–32; 51:60–64; Ezequiel 43:11; Habacuc 2:2; Daniel 7:1; 2 Crónicas 21:12.

La razón por la cual Moisés y los profetas escribieron el mensaje de Dios y no se contentaron con entregarlo en forma oral, fue que a veces lo enviaban a otro lugar (Jeremías 29:1; 36:1–8; 51:60 y siguientes; 2 Crónicas 21:12), pero también muy a menudo lo hicieron para preservarlo para memoria en el futuro (Éxodo 17:14), o como testigo (Deuteronomio 31:24–26), para que estuviera disponible para los tiempos venideros (Isaías 30:8). Los escritores del Antiguo Testamento conocían muy bien la poca confianza que se le puede tener a la tradición oral. Una lección objetiva aquí fue la pérdida del Libro de la Ley durante los reinados perversos de Manasés y Amón. Cuando Jilquías lo redescubrió, sus enseñanzas los sorprendieron grandemente, puesto que habían sido olvidadas (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34). Por lo tanto, la forma permanente y duradera del mensaje de Dios no fue en su forma hablada sino en su forma escrita, y esto explica el surgimiento del canon del Antiguo Testamento.

No podemos estar seguros del tiempo que tomó para que el Pentateuco llegara a su forma final. Sin embargo vemos, en el caso del libro del pacto a que se hace referencia en Éxodo 24, que era posible que un documento corto como Éxodo 20–23 llegara a ser canónico antes de alcanzar el tamaño del libro del que ahora forma parte. El libro del Génesis también comprende documentos anteriores (Génesis 5:1), Números incluye un artículo de una antigua colección de poesías (Números 21:14 y siguientes) y el libro de Deuteronomio se consideraba canónico aun durante la vida de Moisés (Deuteronomio 31:24–26), porque este escrito fue colocado al lado del arca. Sin embargo, el final de Deuteronomio fue escrito después de la muerte de Moisés.

Mientras que hubo una sucesión de profetas, por supuesto que fue posible que los escritos sagrados anteriores fueran agregados o editados en la manera en que se indicó antes, sin cometer el sacrilegio acerca del cual se dan advertencias en Deuteronomio 4:2; 12:32; Proverbios 30:6. Lo mismo se aplica a otras partes del Antiguo Testamento. El libro de Josué incluye el pacto en su último capítulo, 24:1–25, originalmente escrito por el mismo Josué (24:26). Samuel incorpora el documento que dice cómo debía ser el reino (1 Samuel 8:11–18), originalmente escrito por Samuel (1 Samuel 10:25). Ambos documentos fueron canónicos desde el principio, el primero habiendo sido escrito en el mismo Libro de la Ley en el santuario de Siquem, y el último habiendo sido colocado delante del Señor en Mizpa. Hay señales del aumento de los libros de Salmos y Proverbios en el Salmo 72:20 y en Proverbios 25:1. Artículos de una antigua colección de poesías se incluyen en Josué (10:12 y siguientes), Samuel (2 Samuel 1:17–27) y Reyes (1 Reyes 8:53, LXX). El libro de Reyes nombra como sus fuentes el Libro de los hechos de Salomón, el Libro de las crónicas de los reyes de Israel y el Libro de las crónicas de los reyes de Judá (1 Reyes 11:41; 14:29 y siguientes; 2 Reyes 1:18; 8:23). Las dos últimas obras, combinadas, son probablemente lo mismo que el Libro de los reyes de Israel y Judá, nombrado a menudo como una fuente en los libros canónicos de Crónicas (2 Crónicas 16:11; 25:26; 27:7; 28:26; 35:27; 36:8 y, en forma abreviada, 1 Crónicas 9:1; 2 Crónicas 24:27). Este libro principal parece haber incorporado muchas de las historias proféticas que también se mencionan como recursos en Crónicas (2 Crónicas 20:34; 32:32).

No todos los escritores de los libros del Antiguo Testamento eran profetas, en el estricto sentido de la palabra; algunos de ellos eran reyes y sabios. Pero su experiencia de inspiración fue lo que llevó a que sus escritos también encontraran un lugar en el canon. Se habla de la inspiración de los salmistas en 2 Samuel 23:1–3; 1 Crónicas 25:1, y de los sabios en Eclesiastés 12:11 y siguientes. También note la revelación que hizo Dios en Job (38:1; 40:6) y sus inferencias en Proverbios 8:1–9:6 que el libro de Proverbios es la obra de la sabiduría divina.

El cierre de la primera sección del canon—la Ley

Las referencias al Pentateuco (en su totalidad o en parte) como canónico, las cuales vimos en los otros libros del Antiguo Testamento y que continúan en la literatura intertestamentaria, son notablemente numerosas. Esto se debe sin duda a su importancia fundamental. Las referencias a otros libros como inspirados o canónicos están, dentro del Antiguo Testamento, grandemente confinadas a sus autores: las excepciones principales son probablemente Isaías 34:16; Salmos 149:9; Daniel 9:2. Sin embargo, otra razón para esta referencia frecuente al Pentateuco puede ser que fue la primera sección del Antiguo Testamento que fue escrita y reconocida como canónica. La posibilidad de que esto fuera así surge del hecho de que fue la obra de un solo profeta de la época muy temprana, la cual fue editada después de su muerte, pero no fue abierta a adiciones continuas, mientras que las otras secciones del Antiguo Testamento fueron producidas por autores de un período posterior, cuyo número no estuvo completo hasta después del regreso del exilio babilónico. Nadie duda de que el Pentateuco estaba completo y era canónico para la época de Esdras y Nehemías, en el siglo V a.C., y es posible que lo haya sido bastante tiempo antes. En el siglo III a.C. fue traducido al griego, convirtiéndose así en la primera parte de la Septuaginta. A mitad del siglo II a.C. tenemos evidencia de que los cinco libros, incluyendo el Génesis, eran atribuidos a Moisés (vea Aristóbulo, según fue citado por Eusebio, Preparation for the Gospel [Preparación para el evangelio] 13.12). Más tarde durante ese mismo siglo, la ruptura entre los judíos y los samaritanos parece haber sido total, y la preservación del Pentateuco hebreo de parte de ambos, los judíos y los samaritanos, prueba que ya era propiedad común. Todo esto es evidencia de que la primera sección del canon estaba ahora cerrada, consistiendo de los cinco libros conocidos, ni más ni menos, persistiendo sólo variaciones textuales menores.

El desarrollo de la segunda y LA tercera seccióN del canon—los Profetas y los Hagiógrafos

El resto de la Biblia hebrea tiene una estructura diferente a la de la Biblia española. Está dividida en dos secciones: los Profetas y los Hagiógrafos (escritos sagrados). Los Profetas constan de ocho libros: los libros históricos de Josué, Jueces, Samuel y Reyes, y los libros de oráculos de Jeremías, Ezequiel, Isaías y los Doce (los Profetas Menores). Los libros hagiógrafos son once: los libros poéticos y los libros de sabiduría Salmos, Job, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Lamentaciones, y los libros históricos de Daniel (vea más adelante), Ester, Esdras–Nehemías y Crónicas. Este es el orden tradicional, de acuerdo al cual el restante libro hagiógrafo, Rut, es precursor de Salmos, porque termina con la genealogía del salmista David, aunque en la Edad Media fue movido a una posición posterior, junto a los otros cuatro libros de similar brevedad (Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Lamentaciones y Ester). Es digno de notar que en la tradición judía Samuel, Reyes, los Profetas Menores, Esdras–Nehemías y Crónicas, cada uno es considerado un solo libro. Esto puede indicar la capacidad de un rollo regular de cuero en el período cuando los libros canónicos fueron primero anotados y contados.

Algunas veces han surgido dudas, por razones inadecuadas, sobre la antigüedad de esta manera de agrupar los libros del Antiguo Testamento. Más generalmente, pero aún sin razón legítima, se ha asumido que refleja el desarrollo gradual del canon del Antiguo Testamento, habiendo sido esta agrupación un accidente histórico y el canon de los Profetas habiendo sido cerrado alrededor del siglo III a.C., antes de que una historia como Crónicas y una profecía como Daniel (la cual se alega que naturalmente pertenece aquí) hubieran sido reconocidas como inspiradas o, tal vez, hasta escritas. El canon de los libros hagiógrafos, de acuerdo a esta hipótesis popular, no fue cerrado sino hasta el sínodo judío de Jamnia, o Jabneh, alrededor de 90 a.C., después que la iglesia cristiana tomara un canon abierto del Antiguo Testamento. Además, un canon más amplio, conteniendo muchos de los libros apócrifos, había sido aceptado por los judíos de habla griega de Alejandría, y formaba parte del cuerpo de la Septuaginta; y la Septuaginta era el Antiguo Testamento de la iglesia cristiana primitiva. Estos dos hechos, tal vez junto a la inclinación de los esenios por los apocalipsis seudónimos, son responsables por la fluidez del canon del Antiguo Testamento en el cristianismo patrístico. Esa es la teoría.

La realidad es bastante diferente. La agrupación de los libros no es arbitraria, sino de acuerdo a su carácter literario. La mitad de Daniel es narrativa y en los hagiógrafos (de acuerdo al orden tradicional), parece estar colocado con las historias. Hay historias en la Ley (abarcando el período desde la creación hasta Moisés) y en los Profetas (abarcando el período desde Josué hasta el final de la monarquía), así que ¿por qué no debería haber historias en los hagiógrafos también, referentes al tercer período, el del exilio babilónico y el regreso? Crónicas se ha colocado en el último lugar entre las historias, como un resumen de toda la narrativa bíblica, desde Adán hasta el regreso. Está claro que el canon de los profetas no fue completamente cerrado cuando Crónicas fue escrito, porque las fuentes que cita no son Samuel y Reyes, sino las historias proféticas más completas que parecen haber servido como fuentes también para Samuel y Reyes. Los elementos más tempranos en los Profetas, incorporados en libros tales como Josué y Samuel, son por cierto muy antiguos, pero también lo son los elementos más tempranos de los hagiógrafos, incorporados en libros tales como Salmos, Proverbios y Crónicas. Tal vez estos elementos hayan sido reconocidos como canónicos antes de la compilación final de aun la primera sección del canon. Los elementos posteriores en los hagiógrafos, tales como Daniel, Ester y Esdras–Nehemías, pertenecen al final de la historia del Antiguo Testamento. Pero lo mismo es cierto de los últimos elementos en los Profetas, tales como Ezequiel, Hageo, Zacarías y Malaquías. Aun cuando los libros de los hagiógrafos tienden a ser posteriores a los Profetas, es sólo una tendencia, y la coincidencia de material es considerable. En efecto, la sola coincidencia de que los libros hagiógrafos son una colección posterior debe haber llevado a que los libros individuales fueran fechados más tarde de lo que les hubiera correspondido de otra manera.

Puesto que los libros en ambas secciones son escritos por una variedad de autores, y por lo general dependen los unos de los otros, puede muy bien ser que fueran reconocidos como canónicos individualmente, en fechas diferentes, y que al principio formaran una sola colección miscelánea. Entonces, cuando los dones proféticos fueron quitados, y el número de estos libros parecía estar completo, fueron clasificados más cuidadosamente, y fueron divididos en dos secciones diferentes. «Los libros» de los que se habla en Daniel 9:2 tal vez hayan sido un cuerpo de literatura en crecimiento, organizado sin mucha exactitud, que contenía no sólo obras de profetas como Jeremías sino también obras de salmistas como David. La tradición en 2 Macabeos 2:13 acerca de la biblioteca de Nehemías refleja esa colección mixta: «Esto también se contaba en los documentos y memorias de Nehemías, y además se contaba cómo este reunió la colección de los libros que contenían las crónicas de los reyes, los escritos de los profetas, los salmos de David y las cartas de los reyes sobre las ofrendas». La antigüedad de esta tradición se muestra no sólo en la posibilidad de que una acción tal sería necesaria después de la calamidad del exilio, sino también por el hecho de que «las cartas de los reyes sobre las ofrendas» están siendo preservadas simplemente debido a su importancia y todavía no han pasado a formar parte del libro de Esdras (6:3–12; 7:12–26). Tenía que pasar un tiempo para que los libros como el de Esdras fueran terminados, para reconocer a los libros posteriores como canónicos, y para que se dieran cuenta de que el don profético había terminado; y sólo cuando esas cosas hubieran ocurrido se podría hacer la división firme entre los profetas y los hagiógrafos, y arreglarse cuidadosamente sus contenidos. La división ya se había hecho hacia el fin del siglo II a.C., cuando el prólogo a la traducción griega de Eclesiástico fue redactado, porque este prólogo se refiere repetidamente a las tres secciones del canon. Pero parece posible que no hacía mucho que se había hecho la división, porque todavía no se le había dado un nombre a la tercera sección del canon: el escritor llama a la primera sección «la Ley» y a la segunda sección (debido a su contenido) «los Profetas» o «las Profecías», pero a la tercera sección simplemente la describe. Es «los otros que han seguido en sus pasos», «los otros libros ancestrales», «el resto de los libros». Este lenguaje implica un grupo de libros fijo y completo, pero uno menos antiguo y bien establecido que los libros que contiene. Filón, en el siglo I d.C., se refiere a las tres secciones (De vita contemplativa 25), y también Cristo (Lucas 24:44), y ambos le dan a la tercera sección su nombre más temprano de «los salmos».

El cierre de la segunda y LA tercera seccióN del canon

La fecha cuando los Profetas y los Hagiógrafos fueron organizados en sus secciones separadas fue probablemente alrededor de 165 a.C. La tradición de 2 Macabeos que se acaba de citar habla de la segunda crisis en la historia del canon: «De igual manera, Judas [Macabeo] ha reunido todos los libros dispersos por causa de la guerra que nos han hecho, y ahora esos libros están en nuestras manos» (2 Macabeos 2:14). La «guerra» que se menciona aquí es la guerra macabea de liberación del perseguidor sirio Antíoco Epífanes. La hostilidad de Antíoco contra la Escritura está registrada (1 Macabeos 1:56 y siguientes), y en efecto, es probable que Judas hubiera tenido que recolectar copias de ellos cuando terminó la persecución. Judas sabía que el don profético había cesado mucho tiempo antes (1 Macabeos 9:27), así que parece posible que cuando hubo reunido las Escrituras esparcidas, arregló y anotó la colección completa en el orden tradicional. Puesto que los libros estaban todavía en rollos separados, los cuales debían ser «compilados», lo que él debe de haber producido no habrá sido un volumen sino una colección, y una lista de los libros de la colección, dividida en tres.

Al hacer esta lista, es probable que Judas estableciera no sólo la división firme en Profetas y Hagiógrafos sino también el orden y número tradicionales de los libros que la componían. Una lista de libros tiene que tener orden y número, y el orden tradicional tiene a Crónicas como el último de los Hagiógrafos. Esta posición para Crónicas puede ser trazada hasta el siglo I d.C., puesto que está reflejada en las palabras de Cristo en Mateo 23:35 y Lucas 11:51, donde la frase «desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías» probablemente se refiere a todos los profetas que fueron mártires desde el principio del canon hasta el fin, desde Génesis 4:3–15 a 2 Crónicas 24:19–22. El número tradicional de los libros canónicos es veinticuatro (los cinco libros de la Ley, junto con los ocho libros de los Profetas y los once libros de la hagiógrafa que se enumeraron antes), o veintidós (en este caso Rut aparece como un apéndice de Jueces, y Lamentaciones de Jeremías, para conformarse al número de letras del abecedario hebreo). El número veinticuatro se registra primero en Apocalipsis de Esdras 14:44–48, alrededor de 100 d.C. El número veintidós se registra primero en Josefo (Contra Apion 1.8), un poco antes de 100 d.C., pero también probablemente en los fragmentos de la traducción griega del libro de Jubileo (¿siglo I a.C.?). Si el número veintidós data del siglo I a.C., lo mismo sucede con el número veinticuatro, porque el primero es una adaptación del segundo al número de letras del abecedario. Y puesto que el número veinticuatro, que combina algunos de los libros más pequeños en unidades separadas pero no otros, parece haber sido influenciado en esto por el orden tradicional, entonces el orden también debe ser igual de antiguo. No hay duda en cuanto a la identidad de los veinticuatro o veintidós libros—son los libros de la Biblia hebrea. Josefo dice que todos han sido aceptados como canónicos desde tiempos inmemoriales. De los escritos del siglo I d.C. o antes, se puede proveer testimonio individual de la canonicidad de casi todos ellos. Esto es cierto aun de cuatro de los cinco que disputan ciertos rabinos; solamente el Cantar de los Cantares, tal vez debido a su brevedad, permanece sin testimonio individual.

Tal evidencia implica que para el comienzo de la era cristiana, la identidad de todos los libros canónicos era bien conocida y generalmente aceptada. ¿Cómo, entonces, se ha llegado a pensar que la tercera sección del canon no fue cerrada hasta el sínodo de Jamnia, algunas décadas después del nacimiento de la iglesia cristiana? Las razones principales son que la literatura rabínica registra disputas acerca de los cinco libros, algunas de las cuales fueron resueltas en la discusión de Jamnia; que muchos de los manuscritos de la Septuaginta mezclan libros apócrifos entre los canónicos, impulsando de esta forma la teoría de un canon alejandrino más amplio; y que los descubrimientos del Qumrán muestran que los pseudepigrapha (libros apócrifos) apocalípticos fueron apreciados, y tal vez considerados canónicos, por los esenios. Pero la literatura rabínica registra objeciones académicas similares, aunque contestadas con más rapidez, a muchos otros libros canónicos, así que debe haber sido un asunto de quitar libros de la lista (si hubiera sido posible), no de agregarlos. Por otra parte, uno de los cinco libros disputados (Ezequiel) pertenece a la segunda sección del canon, la que se admite haber estado cerrada mucho antes de la era cristiana. En cuanto al canon alejandrino, los escritos de Filón de Alejandría muestran que era el mismo que el palestino. Él se refiere a las tres secciones familiares y le atribuye inspiración a muchos de los libros en las tres, pero nunca a ninguno de los apócrifos. En los manuscritos de la Septuaginta, algunos cristianos han vuelto a arreglar, de forma no judía, los libros de los Profetas y los Hagiógrafos, y la mezcla de libros apócrifos allí es un fenómeno cristiano y no uno judío. En el Qumrán los apocalipsis pseudónimos probablemente se veían más como un apéndice esenio al canon estándar judío que como una parte integral de él. Se hacen referencias a este apéndice en el registro de Filón de la Therapeutae (De Vita Contemplativa 25) y en Apocalipsis de Esdras 14:44–48. Un hecho igualmente significativo descubierto en Qumrán es que los esenios, aunque eran rivales del judaísmo tradicional desde el siglo II a.C., reconocieron como canónicos algunos de los Hagiógrafos, y presumiblemente lo habían hecho desde antes de que comenzara la rivalidad.

Del canon judío al cristiano

Los manuscritos de la Septuaginta son paralelos con los escritos de los padres de la iglesia cristiana primitiva, quienes (por lo menos fuera de Palestina y Siria) normalmente usaban la Septuaginta o la antigua versión latina derivada. En sus escritos hay ambos, un canon amplio y otro reducido. El amplio comprende aquellos libros desde antes del tiempo de Cristo que generalmente eran leídos y estimados en la iglesia (incluyendo los apócrifos), pero el canon reducido está confinado a los libros de la Biblia hebrea, a los cuales los eruditos como Melitón, Orígenes, Epifanio y Jerónimo distinguen claramente del resto como los únicos inspirados. Los libros apócrifos fueron conocidos desde el principio en la iglesia, pero cuanto más atrás se va, tanto más raro es que sean tratados como inspirados. En el Nuevo Testamento mismo, encontramos a Cristo reconociendo las Escrituras judías por varios de sus títulos corrientes, y aceptando las tres secciones del canon judío y el orden tradicional de los libros; y encontramos que se refiere a la mayoría de los libros como que tiene autoridad divina—pero no así de ninguno de los apócrifos. Las únicas excepciones aparentes se encuentran en Judas: Judas 9 (citando la obra apócrifa El testamento de Moisés) y Judas 14, citando Enoc. El hecho de que Judas cite estas obras no quiere decir que creyera que eran divinamente inspiradas, al igual que la cita de Pablo de varios poetas griegos (vea Hechos 17:28; 1 Corintios 15:33; Tito 1:12) no les atribuye inspiración divina a la poesía de ellos.

Lo que evidentemente sucedió en los primeros siglos del cristianismo es esto: Cristo les pasó a sus seguidores, como la Santa Escritura, la Biblia que él había recibido, que contiene los mismos libros de la Biblia hebrea de hoy. Los primeros cristianos compartieron con sus contemporáneos judíos un conocimiento completo de la identidad de los libros canónicos. Sin embargo, la Biblia no se encontraba todavía entre dos tapas: era una lista memorizada de rollos. La brecha con la tradición oral judía (una brecha muy necesaria en algunos asuntos), la separación entre judíos y cristianos y la ignorancia general de las lenguas semíticas en la iglesia fuera de Palestina y Siria llevaron a dudas crecientes en cuanto al canon entre los cristianos, lo cual fue acentuado por la aparición de nuevas listas de los libros bíblicos, arreglados sobre otros principios, y la introducción de nuevos leccionarios. Tales dudas sobre el canon sólo podían ser resueltas, y sólo se pueden resolver hoy, de la forma en que fueron resueltas en la Reforma—regresando a las enseñanzas del Nuevo Testamento y al trasfondo judío sobre cuya base es que se debe entender.

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¿Por qué celebramos Navidad el 25 de diciembre?

¿Por qué celebramos Navidad el 25 de diciembre?

Gracia a Vosotros :: Desatando la Verdad de Dios, Un Versículo a la Vez.

¿Por qué celebramos Navidad el 25 de diciembre?
Escritura: Escrituras Seleccionadas
Código: QA68

a1El 25 de diciembre es el aniversario tradicional del nacimiento de Cristo, pero muchos académicos están inseguros de la verdadera fecha.

La decisión de celebrar la Navidad el 25 de diciembre fue hecha durante el siglo cuarto por los obispos de la iglesia en Roma. Ellos tenían sus razones específicas.

Habiéndose ya apartado de la adoración del único y verdadero Dios y creador de todo, muchas culturas en el Imperio de Roma habían caído en la adoración del sol. Reconociendo su dependencia en el curso anual del sol en los cielos, ellos hacían fiestas alrededor del solsticio invernal en diciembre, cuando los días eran más cortos. Como parte de sus festivales, ellos construían hogueras para darle fuerza al dios del sol y traerlo de nuevo a la vida. Cuando era aparente que los días eran más largos, se regocijaban.

Los líderes de la iglesia en Roma, decidieron celebrar el nacimiento de Cristo durante el solsticio invernal en un intento de convertir esta celebración popular pagana en algo cristiano. Por una parte, sus esfuerzos fallaron al tratar de convencer a la gente; y las fiestas paganas continuaron. Hoy nos encontramos con una mezcla extraña de elementos paganos y cristianos que caracterizan nuestra celebración moderna de la Navidad.

A pesar del trasfondo pagano de muchas tradiciones de diciembre, y de si Jesús nació realmente el 25 de diciembre o no, nuestro objetivo es fijar los ojos de todos los hombres al verdadero Creador y Cristo de la Navidad. La luz del mundo ha venido. Y la temporada y la celebración de la Navidad ofrece a la iglesia muchas oportunidades maravillosas para predicar las buenas nuevas – que los hombres pueden ser hechos justos y tener paz con Dios por medio de la fe en Su hijo, Jesucristo.

 

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