Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Los apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento

Autor: R. K. Harrison

a1Los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento tienden a atraer ciertas composiciones adicionales en la forma de libros, partes de libros, cartas, «evangelios», apocalipsis, etcétera. La mayoría de los autores escribió en forma anónima, pero algunos presentaron sus escritos al público bajo el nombre de un personaje conocido del Antiguo Testamento o miembro de la iglesia cristiana. Tales composiciones formaron una parte pequeña, pero importante, de la gran colección de literatura judía que salió a la luz durante el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Mucho de esto fue el resultado de las agitaciones religiosas y políticas, porque los judíos sintieron que su fe y su existencia misma eran amenazadas, primero por las influencias paganas de la cultura helenística griega, y luego por la opresión de las fuerzas invasoras romanas.

Trasfondo histórico

Una breve reseña de la historia de ese período intertestamentario establecerá el trasfondo contra el cual se escribió la mayoría de los libros apócrifos del Antiguo Testamento. Cuando Alejandro Magno murió en 323 a.C., su imperio fue dividido entre sus cuatro generales. Judea fue incluida en el territorio gobernado por Seleuco I, pero en 320 a.C. Ptolomeo de Egipto la anexó a su propio territorio. Esa clase de actividad caracterizó mucho del período intertestamentario, colocando a la gente de Palestina bajo grandes presiones políticas y sociales. En general, sus conquistadores buscaron apaciguar a los judíos, y en el caso de los Ptolomeos hasta los alentaban a emigrar a Egipto. Sin embargo, la amenaza de opresión militar siempre estuvo cerca de Judea, y llegó a ser realidad una vez más en 205 a.C. cuando Ptolomeo V murió repentinamente y Antíoco III de Siria decidió anexar Judea. Un ejército egipcio se movilizó para controlar su avance, pero fue derrotado cerca de Sidón en 198 a.C., después de lo cual Judea llegó a ser parte del reino seléucido. Aunque Antíoco fue tolerante con los judíos, mantuvo un control político firme sobre el país, al igual que habían hecho los egipcios. Finalmente, la lucha civil que había estado estallando en varias partes del Cercano Oriente hacia finales del período griego atrajo la atención de los romanos, los cuales estaban surgiendo como poder militar y político. Las legiones romanas entraron al Asia Menor en 197 a.C. y fueron atacadas por los sirios. Después de una larga campaña, Escipión el Africano destrozó las fuerzas de Siria en Magnesia en 190 a.C., pavimentando así el camino para mayores incursiones romanas en Palestina.

Mientras tanto, los reyes seléucidos se aferraban precariamente a su poder y comenzaron a comportarse con creciente severidad con los judíos. Parte de la dificultad yacía en el hecho de que los seléucidos se habían vuelto propagadores de la cultura pagana griega y estaban inclinados a introducir tradiciones griegas en el judaísmo ortodoxo. La «helenización» ocurrió con particular severidad bajo Antíoco IV (175–164 a.C.), causando que la familia asmonea se levantara en una revuelta. La resistencia bajo Judas Macabeo tuvo tanto éxito que el regente sirio Lisias garantizó el retorno de las libertades judías, un contratiempo obvio para el partido helenizante de Judea. En 142 a.C., Judea se independizó de Siria, y bajo Juan Hircano (135–105 a.C.) logró algo de solidaridad política y territorial. Pero, en el mejor de los casos, la situación total era inestable, y se complicaba por los conflictos entre los que seguían las costumbres helénicas y los saduceos, fariseos y escribas, que eran más tradicionales. Mientras tanto, los grupos religiosos puristas, tales como los miembros de la comunidad del Mar Muerto, se separaron de los judíos ortodoxos y fundaron sus propias colonias en el inhóspito desierto de Judea.

En 64 a.C., Pompeyo atacó Siria y la hizo una provincia romana. Mientras que trataban de sofocar el malestar político en Judea, los romanos fueron atacados por judíos fanáticos, los que finalmente fueron masacrados en el monte del Templo. A partir de entonces los romanos mantuvieron una guarnición en Jerusalén e incorporaron a Judea a la recientemente formada provincia de Siria. La siguiente dinastía herodiana gobernó bajo la supervisión de Roma, la que mantuvo legiones en Judea hasta después de la segunda revuelta judía (132–135 d.C.).

El período que vio la escritura del material apócrifo fue, por lo tanto, uno de disturbios políticos, militares, sociales y religiosos sin precedentes. Se ha estimado que para cuando nació Cristo, una de cada dos personas del Imperio Romano era esclava. La resistencia judía a las influencias de la helenización produjo épocas de represión y persecución que hicieron que los judíos anhelaran liberación, y estimularon, por lo menos en algunos, el interés en la posibilidad de un mesías que viniera de Dios para remediar la situación. Los escritos apocalípticos trataron ampliamente el problema de la lucha entre el bien y el mal, con la expectativa de una nueva época en la cual Dios recompensaría con bendiciones espirituales a los fieles. Las figuras mesiánicas, que aparecían en los escritos apocalípticos y especialmente en los libros apócrifos del Nuevo Testamento, a menudo estaban balanceadas por un anticristo, ambos siendo servidos por muchos personajes angélicos. Era un mundo literario y espiritual de hechos parciales y de fantasía parcial, siendo la fantasía un ingrediente importante para mantener las expectativas de los menos estables emocionalmente.

Mientras que los manuscritos del Mar Muerto no pueden ser considerados como apócrifos, algunos pasajes son apocalípticos—por ejemplo, el Manual de Disciplina 3:13–4:26, el Rollo de la Guerra (1QM) 1:15–19 y la Nueva Jerusalén (5Q15). Algunos eruditos han interpretado partes del Rollo de Cobre (3Q15) apocalípticamente, pero la mayoría de los escritores simplemente considera el material como una lista de tesoros ocultos.

Los escritos apócrifos y canónicos

Aunque las obras apócrifas más tempranas del Antiguo Testamento tal vez fueron escritas tan temprano como hacia fines del siglo IV a.C., la mayoría apareció desde el siglo II a.C. hacia adelante. Algunas de ellas se parecían mucho a sus contrapartes de las Escrituras canónicas y no hay duda de que, en algunos círculos, su autoridad e inspiración eran consideradas como similares a las composiciones de las Escrituras que veneraban los judíos, y que más tarde veneraron los cristianos.

Otros escritos religiosos de esas épocas no afirmaron ser de las Escrituras. Tales composiciones preservaron las tradiciones familiares de tanto el judaísmo como el cristianismo primitivo, aunque en algunas ocasiones las enriquecieron o embellecieron por medio de leyendas o narrativas que no eran históricas. Debido a que en aquella época había muy pocos libros en circulación, los palestinos tendían a leer cualquier material literario que llegaba a sus manos. Aunque la Torá, o ley de Moisés, siempre había sido reconocida como la norma de ortodoxia teológica para los judíos, las narrativas de fortaleza durante las persecuciones o los relatos de la forma en que los enemigos del pueblo de Dios recibían su justa recompensa tenían mucha atracción para los que se encontraban bajo la presión de una sociedad pagana.

De igual manera, aunque los Evangelios y las Epístolas—junto con el Antiguo Testamento—formaban el canon básico de la lista aprobada de las Escrituras para los cristianos, muchas narrativas adicionales reclamaban la atención de los primeros seguidores de Cristo. Esas composiciones a menudo trataban de las supuestas actividades de Jesús y de sus seguidores, así como también de los martirios, revelaciones y enseñanzas espirituales. Algunas obras contenían material que no sólo no correspondía a la historia, sino que era totalmente extraño, pero otras reflejaban hasta cierto grado el espíritu de Cristo y las enseñanzas apostólicas. Para los primeros cristianos, como también para los judíos, el establecimiento del canon formal de las Escrituras debe haber sido impulsado en parte por la necesidad de separar el registro de la verdad revelada de las otras formas escritas de tradición religiosa así como de la verdadera herejía.

Algunos de los primeros eruditos cristianos describieron en sus escritos como «apócrifos» a los escritos que no fueron aceptados en el canon del Antiguo Testamento ni en el canon del Nuevo Testamento. La palabra griega significa «cosas ocultas», y cuando se aplicaba a los libros describía aquellas obras que las autoridades religiosas querían ocultar de los lectores en general. La razón era que se creía que tales libros contenían una tradición popular misteriosa o secreta, significativa sólo para los instruidos y por lo tanto inapropiada para el lector común. Pero la palabra «apócrifo» también se empleaba en un sentido menos halagador para las obras que merecían ser ocultadas. Tales obras contenían doctrinas malas o enseñanzas falsas que tenían el propósito de pervertir más que de edificar a quienes las leían. La supresión de los escritos indeseables era bastante fácil en un tiempo cuando sólo unos pocos libros estaban en circulación a la vez. Es más probable que las autoridades quemaran los escritos ofensivos en lugar de «ocultarlos» (compare Hechos 19:19).

Las enseñanzas ocultas o esotéricas no eran parte de la tradición hebrea, la cual basaba su espiritualidad en los primeros cinco libros del canon hebreo. En lo que respecta a las doctrinas misteriosas que llegaron a la vida de los hebreos, les llegaron de fuentes paganas y por lo general involucraban prácticas mágicas que se le habían prohibido a Israel. Sólo cuando el concepto de sabiduría surgió en escritos tales como Proverbios, Eclesiastés, Job y ciertos salmos fue que los maestros judíos, como Jesús ben Sirá, aconsejaron a sus oyentes que buscaran el «sentido oculto» de la sabiduría divina (Eclesiástico 14:20–21; 39:1–3, 7). Aun así, el énfasis estaba en conocer la mente y la voluntad revelada de Dios, y no en el estudio de tratados esotéricos que eran populares entre los autores y los lectores helenísticos.

Hacia fines del siglo I a.C. se estaba haciendo en los círculos judíos una clara distinción entre los escritos que eran apropiados para el uso del público en general y los escritos esotéricos que debían ser restringidos sólo para los que estaban bien informados y los instruidos. Es así que en Apocalipsis de Esdras 4:1–6, el escritor dice cómo se suponía que Esdras, bajo la instrucción de Dios, publicara abiertamente ciertos escritos (es decir, la Torá de Moisés), y que guardara secretos otros (es decir, las tradiciones apocalípticas que trataban de la llegada del fin de los tiempos). En Apocalipsis de Esdras 14:42–46 se hace referencia a setenta libros, evidentemente material no canónico, escritos después de los veinticuatro libros del canon hebreo.

El uso del término «apócrifo» con el significado de «no perteneciente al canon» data del siglo V d.C., cuando Jerónimo manifestó que los libros que se encontraban en la Septuaginta y en las Biblias latinas que no estaban en el canon de los escritos del Antiguo Testamento hebreo debían ser tratados como apócrifos. No debían ser descartados totalmente puesto que eran parte del gran flujo de literatura nacional judía contemporánea. Al mismo tiempo, no debían usarse como doctrina cristiana sino, en todo caso, como lectura suplementaria de naturaleza inspiradora o edificante.

Los teólogos protestantes, por lo general, han seguido la tradición que estableció Jerónimo, considerando a los libros apócrifos del Antiguo Testamento como el exceso del canon de la Septuaginta sobre las Escrituras hebreas. Cuando se comenzó a traducir la Biblia hebrea al griego en Egipto durante el reinado de Ptolomeo II (285–246 a.C.), los eruditos involucrados incluyeron una cantidad de libros que, mientras permanecían por lo general fuera de la lista aceptada de escritos canónicos hebreos, todavía tenían relación con la historia y sociedad judías. El procedimiento reflejaba actitudes contemporáneas en Palestina, donde, como muestran los Rollos del Mar Muerto, mucha gente hizo muy pocos intentos de separar los escritos canónicos de las otras formas de literatura religiosa. Es natural que la decisión que tomaron las autoridades judías en cuanto a cuáles libros considerar canónicos tuvo influencia en lo que constituiría los libros apócrifos del Antiguo Testamento.

La evidencia textual representada por ciertos manuscritos y fragmentos de las cuevas del Mar Muerto hace que sea razonablemente seguro aceptar que los últimos de los escritos canónicos hebreos hayan sido terminados varias décadas antes del tiempo en que Alejandro Magno (356–323 a.C.) comenzara sus conquistas en el Cercano Oriente. Sin embargo, el proceso por el cual esas composiciones llegaron a ser aceptadas como canónicas fue más dilatado. Sólo cuando habían circulado, habían sido leídos y habían sido apoyados favorablemente al compararlos con la espiritualidad de la Torá era que se les concedía la canonicidad general. De ahí que la distinción entre los escritos canónicos y los apócrifos llegó tanto a través del uso y del acuerdo general de parte del judaísmo ortodoxo como de otras formas. Los primeros eruditos sugieren que el así llamado «Concilio de Jamnia», celebrado en Palestina alrededor de 100 d.C., fue el responsable de componer una lista de los libros del Antiguo Testamento que fueran apropiados para que los usaran los fieles. Sin embargo, estudios posteriores han arrojado bastante duda sobre la historicidad de tal concilio, mostrando al mismo tiempo que las autoridades judías de aquel período consideraban que los escritos no canónicos eran más un obstáculo que una ayuda para la devoción.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento

Los libros que los judíos consideraban específicamente «fuera del canon», y por lo tanto apócrifos, eran: 1 Esdras; 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras); Tobías; Judit; los agregados a Ester; la Sabiduría de Salomón; Eclesiástico; Baruc; la Carta de Jeremías; los agregados al libro de Daniel (la Oración de Azarías y el Cantar de los Tres Jóvenes, Susana y Bel y el Dragón); la Oración de Manasés; 1 Macabeos; y 2 Macabeos. Varios manuscritos de la Septuaginta incluían algunos materiales seudohistóricos bajo los títulos de 3 Macabeos y 4 Macabeos; así que aun los apócrifos variaban algo en cuanto a su contenido, lo que dependía de la tradición que se siguiera en lo referente a los manuscritos. Entre los primeros eruditos cristianos también había alguna diferencia de opinión en cuanto a los límites precisos de la Escritura hebrea canónica, y, en consecuencia, del material apócrifo. Una separación seria entre las tradiciones hebreas y las tradiciones rabínicas llegó con los escritos de Agustín, quien promulgó el punto de vista de que los libros apócrifos tenían la misma autoridad que otros escritos de las Escrituras canónicas hebreas y cristianas. Se levantaron algunas voces apoyando la posición de Jerónimo, pero el Concilio de Trento (1546) adoptó el punto de vista de Agustín, que llegó a ser enseñanza oficial de los católicos romanos.

El libro llamado 1 Esdras parece ser una compilación histórica de material sacado de varias partes del Antiguo Testamento, principalmente de Crónicas, Esdras y Nehemías. Incluye una interesante interpolación, el Debate de los Tres Soldados (1 Esdras 3:1–5:6), en el cual se demuestra la supremacía de la verdad por medio de algunos errores históricos desafortunados e inconsistencias que se encuentran en el libro, en marcado contraste frente a la exactitud de las fuentes canónicas en las que se apoyó el compilador de 1 Esdras. El libro llamado 2 Esdras (Apocalipsis de Esdras) consiste principalmente de un apocalipsis judío en el cual Esdras, en una serie de visiones, lamenta el predicamento del exiliado Israel y busca una figura mesiánica que restaure la nación a su gloria pasada.

El libro de Tobías es una mezcla de folclore y romance, escrito tal vez alrededor de 200 a.C. y aparentemente con la intención de instruir a los judíos acerca de las actitudes apropiadas de piedad en cuanto a Dios. Tobías mismo aparece como resuelto al sufrimiento, y como ejemplo a sus semejantes en asuntos de caridad, justicia, moralidad y obligaciones religiosas. Así como en 1 Esdras, el libro contiene errores históricos y también geográficos.

El libro de Judit narra la forma en la cual una emprendedora mujer judía mata a un líder enemigo para salvar a su pueblo. Sin embargo, la narrativa no parece tener base en hechos históricos y también está marcada por errores cronológicos y de otro tipo.

Los agregados al libro de Ester comprenden las siguientes secciones: el sueño de Mardoqueo; el edicto de Asuero; las oraciones de Mardoqueo y Ester; Ester ante el rey; el edicto que suplanta al primero; y un epílogo. Estas secciones tenían el propósito de ser intercaladas en el libro original canónico y es probable que originalmente fueran escritas en griego.

La Sabiduría de Salomón, compilado tal vez alrededor de 100 a.C., representa una elaboración de la enseñanza acerca de la sabiduría encontrada en Proverbios y Eclesiastés; pero en cuanto a sus doctrinas está considerablemente más cerca del pensamiento griego que del hebreo. Este libro era muy leído al principio de la era cristiana.

Tanto los judíos como los cristianos tenían en alta estima el libro de Eclesiástico, también llamado La Sabiduría de Jesús el hijo de Sirac (Jesús ben Sirá). Su autor fue un escriba que quiso darles a sus enseñanzas una forma más permanente, por lo que utilizó como modelo el libro canónico de Proverbios. Sus enseñanzas se adhieren estrechamente a la ortodoxia judía aunque el autor muestra tendencias saduceas. Es probable que este libro haya sido escrito alrededor de 180 a.C.

Baruc, para su contenido, se basa mucho en ciertos profetas y sabios del Antiguo Testamento y está escrito en forma de un discurso supuestamente enviado a los judíos exiliados en Babilonia. Sus temas principales son el pecado, el castigo y el perdón de Israel. La Carta de Jeremías, un documento que se supone que fue enviado a los habitantes de Judea que iban a ser llevados cautivos a Babilonia, es, en realidad, un tratado religioso que condena la idolatría.

Los agregados al libro de Daniel son tres secciones suplementarias ajenas a la obra canónica hebrea o aramea. La Oración de Azarías, que reconoce la justicia divina del exilio babilónico, es seguida por El Cantar de los Tres Jóvenes cuando fueron librados de la muerte en el horno de fuego. La Historia de Susana relata la forma en que Daniel salva de la muerte a una mujer inocente, y parece estar basada en un cuento popular babilónico. Bel y el Dragón contiene dos historias que ridiculizan la idolatría y muestran la ineficacia de los dioses de Babilonia.

La Oración de Manasés consiste de un corto salmo penitencial que representa la supuesta oración del rey pidiendo misericordia durante un período de encarcelamiento en Babilonia (compare 2 Crónicas 33:10–13).

Evidentemente, 1 Macabeos fue escrito, como lo fue mucho de Crónicas, para registrar una historia «espiritual» de la nación, excepto que trata exclusivamente del período de los macabeos. Se basó en algunas fuentes literarias genuinas, aunque se ha cuestionado la autenticidad de algunas partes de la obra. Mientras que 1 Macabeos trata de presentar un relato razonablemente objetivo de los asmoneos, 2 Macabeos comprende un sumario retórico de un trabajo considerablemente más largo sobre el tema de la era macabea. Tiene una orientación aún más teológica que 1 Macabeos y contiene varios errores cronológicos con otras contradicciones reales.

Los apócrifos del Antiguo Testamento pintan gráficamente las condiciones de la desesperación que prevalecía en los días antes del nacimiento de Cristo. Desafortunadamente, los conflictos militares, políticos e ideológicos serían parte de la vida judía hasta que la resistencia al dominio romano terminara en el siglo II d.C. Hubo tiempos, como en el período macabeo, cuando se obtuvo un breve respiro de las presiones militares y paganas, pero, mayormente, el judío ortodoxo era una persona atormentada en su propia tierra. Un pueblo endurecido por sucesivas atrocidades y la presencia continua de fuerzas militares, primero de Egipto, luego de Siria y finalmente de Roma, sólo podía buscar la verdadera libertad en las promesas mesiánicas de su literatura nacional. De cualquier manera, la liberación de la nación sólo podía llevarse a cabo en un futuro algo distante. Por el momento, los judíos, en sus luchas con influencias políticas y religiosas externas, tenían que contentarse con historias de heroísmo y altruismo en tiempo de guerra, valor en épocas de persecución, resolución en la derrota y la esperanza de una época dorada venidera como se describía en algunos de los escritos apocalípticos.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento

Los cristianos de la época del Nuevo Testamento estaban familiarizados con las obras judías apócrifas, incluyendo las especulaciones apocalípticas que se encuentran en Apocalipsis de Esdras. Por lo tanto, no les sorprendería que una colección similar de literatura surgiera de sus propias Escrituras, cuando estas comenzaron a ser compuestas y a circular.

Sin embargo, el Nuevo Testamento apócrifo, al igual que su contraparte del Antiguo Testamento, sólo se podía considerar en relación a un canon establecido de obras de las Escrituras. Puesto que el catálogo más temprano de escritos del Nuevo Testamento, el Canon Muratoriano, no fue compilado sino hasta alrededor de 200 d.C., pasó un tiempo considerable antes que apareciera una declaración oficial de la iglesia sobre lo que debía ser considerado los apócrifos del Nuevo Testamento. Mientras tanto aparecieron una gran cantidad de materiales de naturaleza predominantemente religiosa, aparentando ser ortodoxos por su naturaleza y que trataban de varios aspectos del cristianismo histórico. Según resultaron los hechos, esta literatura apócrifa frustró los propósitos que tenía la intención de alcanzar. Debido a la escasez de información sobre asuntos tales como la infancia, la adolescencia y la juventud de Jesús, los evangelios de la «infancia» intentaron proveer al lector de lo que se esperaba que pasara como hecho histórico. Sin embargo, mucho del material estaba dentro de la esfera de la fantasía y ningún lector inteligente lo hubiera aceptado jamás como hecho. Por ejemplo, en el Evangelio de Tomás, a Jesús, que en ese momento tenía cinco años de edad, se le acusa de no guardar el día de reposo porque hizo gorriones de arcilla al lado de un arroyo. Cuando su padre José investiga la situación, Jesús palmea las manos y los gorriones de arcilla cobran vida y se van volando y gorjeando.

Los evangelios de la «pasión» fueron escritos para embellecer los relatos canónicos de la crucifixión y resurrección de Cristo. Como suplemento de la enseñanza cristiana, muchos de los escritos apócrifos parecían proclamar ideas que en realidad estaban fuera del alcance de la doctrina del Nuevo Testamento. Los intentos por llenar los «años ocultos» de la vida de Cristo no tuvieron fundamento alguno en las tradiciones de los Evangelios. Las obras que trataban con el estado final de los inconversos fueron adornadas de tal manera que fueron mucho más allá de lo que se afirma en el Nuevo Testamento. En algunas instancias notables, como en los escritos de las sectas gnósticas, los autores se propusieron deliberadamente propagar enseñanzas heréticas que ellos habían aceptado bajo la autoridad de alguna figura apostólica. El Evangelio de Tomás, recuperado alrededor de 1945 en Nag Hammadi (Jenoboskion), cerca del Río Nilo, es un ejemplo de un intento de perpetuar dichos y dogmas raros al atribuírselos a Jesús, para que recibieran amplia aprobación y aceptación.

Debido a que los escritos de los que estamos hablando tienen un cierto parecido a los tipos literarios y divisiones principales del Nuevo Testamento, los eruditos los han agrupado de manera similar para la conveniencia de los estudiantes. Los evangelios apócrifos principales son:

Evangelio árabe de la infancia

Evangelio armenio de la infancia

Libro de Bartolomé sobre la resurrección de Cristo

Evangelio de Bartolomé

Evangelio de Basílides

Evangelio de la natividad de María

Evangelio de los Ebionitas

Evangelio según los hebreos

Protoevangelio de Santiago

Historia de José el carpintero

Evangelio de Marción

Evangelio de Matías

Evangelio de los nazarenos

Evangelio de Pedro

Evangelio de Felipe

Evangelio de Pseudo Mateo

Evangelio de Tomás

Hay también algunos libros apócrifos de Hechos, los cuales se supone que son los relatos de logros apostólicos que supuestamente no han sido registrados en la Escritura. Tales «Hechos» son la fuente de mucha tradición, como por ejemplo que Pedro haya sido crucificado con la cabeza hacia abajo y la misión de Tomás a India. La fiabilidad de las tradiciones es cuestionable porque los escritos claramente contienen material no ortodoxo. Sin embargo, se pueden encontrar pequeños fragmentos de información correcta en este grupo de literatura ficticia.

Debido a que a menudo son libros de carácter herético, la iglesia ha reaccionado firmemente contra tales libros, a veces aun demandando que sean quemados (por ejemplo, en el Concilio de Nicea del año 787). Los Hechos de Juan presentaban a Jesús hablando con Juan en el monte de los Olivos durante la crucifixión, explicándole que sólo era un espectáculo. En los Hechos de Tomás, Jesús apareció en la forma de Tomás, exhortando a una pareja de recién casados que se consagraran a la virginidad. La abstinencia sexual era un tema dominante, reflejando ideas platónicas, que menospreciaban el cuerpo físico.

Muchos eruditos fechan la obra más temprana, los Hechos de Juan, antes de 150 d.C. Los Hechos principales (de Juan, Pablo, Pedro, Andrés y Tomás) probablemente fueron escritos durante el segundo y tercer siglos. Estos impulsaron a los otros Hechos, que eran principalmente historias de milagros, escritas más para entretener que para enseñar. Las obras clasificadas de una u otra manera bajo el encabezamiento de Hechos incluyen:

Historia apostólica de Abdías

Hechos de Andrés

Historia de Andrés

Hechos de Andrés y Matías

Hechos de Andrés y Pablo

Hechos de Bernabé

Hechos de Bartolomé

Ascenso de Santiago

Hechos de Juan

Hechos de Juan, por Prócoro

Hechos de los mártires

Hechos y martirio de Mateo

La pasión de Pablo

Hechos de Pablo y Tecla

Hechos de Pedro

La pasión de Pedro

Predicación de Pedro

Hechos eslavos de Pedro

Hechos de Pedro y Andrés

Hechos de Pedro y Pablo

La pasión de Pedro y Pablo

Hechos de Pedro y los doce discípulos

Hechos de Felipe

Hechos de Pilato

Hechos de Simón y Judas

Hechos de Tadeo

Hechos de Tomás

Una gran cantidad de obras apócrifas son clasificadas como epístolas. Estas obras, que generalmente son seudónimas, se originaron en diferentes períodos. Por ejemplo, un grupo de epístolas es principalmente judío y se refiere al Antiguo Testamento, tal como la Carta de Jeremías (que se mencionó antes en este artículo). El grupo más grande se enfoca en personas y lugares mencionados en el Nuevo Testamento. Estos escritos epistolares incluyen:

Abgaro y las cartas de Cristo

Epístola de los apóstoles

Epístola de Bernabé

Tercera de Corintios

Epístola a los laodiceos

Epístola de Léntulo

Epístolas de Pablo y Séneca

Epístola de Tito

Muchos eruditos liberales también han considerado a 2 Pedro y a Judas como libros apócrifos.

Muchas otras obras apócrifas son de naturaleza apocalíptica. Estas obras están complementadas por material tal como las Constituciones Apostólicas y los Cánones. A estas se le agregan las composiciones gnósticas y el Nag Hammadi, que incluyen obras que afirman representar las enseñanzas de Cristo así como también instrucciones «secretas» compiladas por escritores gnósticos y unas pocas composiciones apócrifas.

Estudios comparativos han mostrado, sin duda alguna, que los escritos apócrifos del Nuevo Testamento presentan, en el mejor de los casos, una serie de tradiciones desvalorizadas acerca del Fundador y de las enseñanzas del cristianismo primitivo. En el peor de los casos, las narrativas están totalmente desprovistas de valor histórico, y en algunos aspectos son totalmente extrañas a la espiritualidad del Nuevo Testamento. Aun cuando parecen apoyar una tradición actual en alguna parte de la iglesia primitiva, la evidencia que presentan es inferior a la que a menudo se puede obtener de otras fuentes. Algunas veces las composiciones son tan triviales e inconsecuentes que es difícil justificar que hayan sobrevivido. De hecho, se han perdido ciertos escritos apócrifos y sólo son conocidos en forma de citas en otras obras más grandes.

Sin embargo, las composiciones apócrifas del Nuevo Testamento son importantes porque indican lo que les atraía a las personas comunes de aquellos días. Parece que ellos necesitaban un elemento romántico para complementar la verdad espiritual que recibían. Algunas de las historias que se relatan eran vívidas y llenas de fantasía, y otras, como los apocalipsis, proveían una forma de escape de las duras realidades temporales. Sin importar cuál fuera su naturaleza, los escritos apócrifos del Nuevo Testamento ejercieron una influencia fuera de proporción sobre su verdad fundamental.

Bibliografía

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