Metáforas de la iglesia de Cristo

CONSULTORIO BÍBLICO

Programa No. 2016-01-25
DAVID LOGACHO
Es un gozo saludarle amable oyente y darle la bienvenida a nuestro estudio bíblico de hoy. Continuamos estudiando las metáforas de la iglesia de Cristo según aparecen en el Nuevo Testamento. En nuestro estudio bíblico anterior vimos que la iglesia de Cristo es la casa de Dios. Hoy vamos a ver otra metáfora de la iglesia de Cristo.
DAVID LOGACHO
a1Una hermosa metáfora de la iglesia de Cristo es la casa de Dios. Los creyentes en general somos la familia de Dios, la parentela, la descendencia, la simiente de Dios. Esta es una posición extraordinaria. Los creyentes poseemos la simiente de Dios, tenemos un Padre que es Dios y entre todos somos hermanos. Dentro de la casa de Dios existe disciplina. El manual de disciplina es la Biblia. Cuando el creyente se somete a lo que dice la Biblia, hallará bendición y cuando el creyente desobedece a lo que dice la Biblia, hallará disciplina de Dios. Como casa de Dios, los creyentes somos también herederos de Dios. La herencia es incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos. Es gran cosa ser parte de la casa de Dios. Vayamos ahora a una metáfora de la iglesia de Cristo. Se encuentra en la última parte de 1 Timoteo 3:15. La Biblia dice: para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.

Ya tratamos lo concerniente a la iglesia de Cristo como la casa de Dios. Acto seguido, el apóstol Pablo dice que la iglesia no es de los pastores o ancianos, ni de las denominaciones. La iglesia de Cristo es del Dios viviente. Cuidado amable oyente con usar frases como “mi iglesia” o “nuestra iglesia” porque la iglesia no es mía, ni nuestra, la iglesia es del Dios viviente, la iglesia es de Cristo, quien la amó y se entregó a sí mismo por ella. Una vez clarificado este asunto, Pablo dice que la iglesia de Cristo es columna y baluarte de la verdad. Aquí tenemos la nueva metáfora de la iglesia de Cristo. Columna y baluarte de la verdad. Columna tiene que ver con la arquitectura. La ciudad de Efeso, donde estaba Timoteo, a quien fue escrita esta carta, era famosa por el templo a la diosa pagana Diana con sus 127 pilares cubiertos de oro. Los creyentes de Efeso quizá eran atacados porque sus templos no tenían esos 127 pilares. Para estos creyentes debe haber sido de gran gozo saber que aunque sus templos no tenían 127 pilares cubiertos de oro, sin embargo, ellos mismos eran el pilar, no un pilar recubierto de oro, sino nada más y nada menos que el pilar de la verdad. Todos los otros pilares, inclusive esos 127 pilares recubiertos de oro del templo de Diana, son pilares ordinarios en comparación del pilar de la verdad. Pero en el primer siglo, pilar también era lo que se ponía en las plazas más importantes de las ciudades para fijar allí las noticias de interés para la comunidad. Si alguien quería estar informado sobre los asuntos importantes de un pueblo, lo único que debía hacer es acercarse al pilar en la plaza de la comunidad y leer lo que allí se había publicado. La iglesia de Cristo también es un pilar en ese sentido, es el pilar de la verdad. La iglesia de Cristo debe por tanto publicar a los cuatro vientos la verdad viva de Dios, Cristo Jesús, y la verdad escrita de Dios, la Biblia. Esta es la función más importante de la iglesia amable oyente. La iglesia de Cristo no puede salvar a las personas, sólo Dios es quien salva. La iglesia de Cristo no puede llenar las vidas de las personas, sólo el Espíritu Santo pude llenar las vidas de las personas. La iglesia de Cristo no puede morir por las personas, sólo Cristo murió por las personas. Pero existe algo que solamente puede hacer la iglesia de Cristo y eso es anunciar la palabra de Dios, anunciar a Cristo, para que el pecador halle el camino hacia la salvación, para que el que ya es salvo conozca y practique la palabra de Dios. De aquí la responsabilidad enorme de la iglesia de proclamar la verdad de la palabra de Dios en el mundo. La iglesia de Cristo debe ser como el faro luminoso en una noche de tormenta. La iglesia de Cristo no está para anunciar la filosofía del mundo o la psicología del mundo o la política del mundo. La iglesia de Cristo debe estar para proclamar la verdad, tanto la verdad personificada en Cristo como la verdad escrita de la palabra de Dios. Qué triste es cuando la iglesia proclama un mensaje que puede ser muy atractivo al oído, que da comezón de oír como dice la palabra de Dios, pero no proclama a Jesucristo ni la palabra de Dios. Este ministerio, La Biblia Dice quiere justamente ser pilar de la verdad, por eso proclamamos nada más ni nada menos que la palabra de Dios al mundo entero. Su mismo nombre es una alusión a este hecho: La Biblia Dice. No nos interesa proclamar lo que dice tal o cual teólogo, tal o cual erudito, tal o cual intérprete. Nos interesa proclamar única y exclusivamente lo que dice la palabra viva de Dios, Jesucristo, y la palabra escrita de Dios, la Biblia. Hermosa la metáfora de la iglesia de Cristo como pilar de la verdad. Pero eso es sólo una parte de la metáfora, porque 1Timoteo 3:15 dice que la iglesia de Cristo, además de ser pilar de la verdad, también es baluarte de la verdad. Un baluarte es una fortificación con fines de amparo y defensa. Es decir que la iglesia de Cristo es como una segura fortificación diseñada para amparar la verdad. Esta función de la iglesia de Cristo es muy necesaria hoy en día porque la verdad está en los suelos. Es como en los días de Isaías, acerca de lo cual él escribió lo que tenemos en Isaías 59:14. La Biblia dice: Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir.

De una forma pictórica Isaías personifica al derecho, la justicia, la verdad y la equidad. Los cuatro personajes debían estar presentes en cierto momento y en cierto lugar. Pero ¿qué pasó? Isaías dice que el derecho no quiso estar presente y simplemente se retiró. La justicia no quiso intervenir y se puso lejos. La verdad hizo todo por estar presente pero no pudo llegar porque tropezó en la plaza. La equidad prefirió estar en otro lado y no pudo venir. Como resultado, donde debió haber habido derecho reinó la ilegalidad. Donde debió haber habido justicia, reinó la injusticia. Donde debió haber habido verdad reinó la mentira. Donde debió haber habido equidad reinó el favoritismo. Así fue en los tiempos de Isaías y lamentablemente así es también en nuestros tiempos en este mundo. Pero en la iglesia de Cristo tanto el derecho como la justicia, la verdad y la equidad deben estar siempre presentes. La iglesia de Cristo, como baluarte de la vedad está en el mundo para amparar a la verdad. Recuerde que la verdad viva es la persona de Cristo y la verdad escrita es la palabra de Dios. Pero el baluarte no era una fortificación sólo para amparar sino también para defender. Igualmente la iglesia de Cristo no debe estar sólo para amparar la verdad sino también para defender a la verdad de sus muchos enemigos. ¿Sabía que la verdad está bajo permanente ataque en el mundo? Es la iglesia de Cristo quien debe levantarse para presentar defensa. El ataque a la verdad viene desde afuera y desde adentro. Desde afuera, la verdad es atacada por ateos, gnósticos, filósofos incrédulos, científicos incrédulos, políticos incrédulos, educadores incrédulos, sectas falsas. La verdad necesita ser defendida por los que somos parte de la iglesia de Cristo. Por eso tenemos lo que aparece en 1 Pedro 3:15. La Biblia dice: sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;

Esta es nuestra responsabilidad como miembros de la iglesia de Cristo. Debemos estar siempre preparados para presentar defensa de la verdad. Pero el ataque a la verdad también viene desde adentro. Esto es inaudito, pero en ocasiones los mismos creyentes, o falsos creyentes, mejor, se levantan como detractores de la verdad dentro de la iglesia de Cristo, Por eso en el Nuevo Testamento encontramos epístolas como Judas, en la cual se confronta con firmeza el ataque de la verdad por parte de falsos creyentes inmiscuidos en la iglesia local. Es la iglesia de Cristo quien debe levantarse para defender la verdad, no importa si el ataque viene desde afuera o desde adentro. En esta ocasión hemos visto que la iglesia de Cristo es columna y baluarte de la verdad. Usted que es parte de la iglesia de Cristo, debe estar ocupado en proclamar la verdad. Recuerde que esa verdad es Cristo y la palabra de Dios. También debe estar ocupado en defender esa verdad. Para cumplir con este propósito, debe conocer a Cristo personalmente y debe conocer a fondo la palabra de Dios. Mi oración es que usted también pueda tornarse en columna y baluarte de la verdad.

PABLO LOGACHO
LA BIBLIA DICE… es un ministerio sin fines de lucro, que se mantiene gracias a las oraciones y ofrendas de muchos hermanos alrededor del mundo, si Dios ha puesto en su corazón el deseo de apoyarnos, contáctese con nosotros para indicarle la forma de hacerlo y… antes de despedirnos quiero invitarle a visitar nuestra página Web y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA ¿Durante el milenio, seguirán dando a luz hijos las mujeres como en la actualidad? nuestra dirección es: labibliadice.org en donde también puede escuchar nuevamente el programa de hoy en formato de Audio Real, le repito nuestra dirección triple w.labibliadice.org
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La reacción monástica 15

La reacción monástica 15

Los monjes que se apartan de sus celdas, o buscan la compañía de las gentes, pierden la paz, como el pez pierde la vida fuera del agua.

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Las nuevas condiciones de la iglesia tras la paz de Constantino no fueron igualmente recibidas por todos los cristianos. Frente a quienes, como Eusebio de Cesarea, veían en tales circunstancias el cumplimiento de los designios de Dios, había otros que se dolían del triste estado a que parecía haber descendido la vida cristiana. La puerta estrecha de que Jesús había hablado se había vuelto tan ancha que las multitudes se apresuraban a pasar por ella —muchos en busca de posiciones y privilegios, sin tener una idea del significado del bautismo o de la fe cristiana—. Los obispos competían en pos de las posiciones de más prestigio. Los ricos y los poderosos parecían dominar la vida de la iglesia. La cizaña crecía junto al trigo y amenazaba ahogarlo.

Durante casi trescientos años, la iglesia había vivido bajo la amenaza constante de las persecuciones. Todo cristiano sabía que posiblemente algún día lo llevarían ante los tribunales, y tendría que afrontar la terrible alternativa entre la apostasía y la muerte. Durante los largos períodos de paz que existieron a veces en los siglos segundo y tercero, hubo quienes olvidaron esto, y cuando la persecución se reanudó no pudieron resistirla. Esto a su vez convenció a otros de que la seguridad y la vida muelle eran el principal peligro que los amenazaba, y que éste se hacía mucho más real durante los períodos de relativa calma.Ahora, cuando la paz de la iglesia parecía asegurada, muchas de estas personas veían en esa paz una nueva artimaña del Maligno.

¿Cómo, entonces, se puede ser cristiano en medio de tales circunstancias? Cuando la iglesia se une a los poderes del mundo, cuando el lujo y la ostentación se adueñan de los altares cristianos, cuando la sociedad toda parece decir que el camino angosto se ha vuelto amplia avenida, ¿cómo resistir a las enormes tentaciones del momento? ¿Cómo dar testimonio del Crucificado, del que no tenía siquiera donde posar la cabeza, cuando los jefes de la iglesia tienen lujosas mansiones, y cuando el testimonio sangriento del martirio no es ya posible? ¿Cómo vencer al Maligno, que a todas horas nos tienta con los nuevos honores que la sociedad nos ofrece?

La respuesta de muchos no se hizo esperar: huir de la sociedad humana; abandonarlo todo; subyugar el cuerpo y las pasiones que dan ocasión a la tentación. Y así, al mismo tiempo que la iglesia se llenaba de millares de gentes que pedían el bautismo, hubo un verdadero éxodo de otros millares que buscaban en la solitud la santidad.

Los orígenes del monaquismo

Aun antes de tiempos de Constantino, había habido cristianos que por diversas razones se habían sentido llamados a un estilo de vida diferente del usual. Ya en el primera sección de esta historia nos hemos referido a las “viudas y vírgenes”, es decir, a aquellas mujeres que decidían no casarse, y dedicar todo su tiempo y sus energías a la obra de la iglesia. Algún tiempo después Orígenes, dejándose llevar por el ideal platónico del hombre sabio, organizó su vida en forma muy semejante a la de los monjes posteriores. Otros muchos —entre ellos al parecer Pánfilo y el joven Eusebio de Cesarea— siguieron la misma “vida filosófica” de Orígenes. Además, aunque las doctrinas gnósticas habían sido rechazadas por la iglesia, su impacto continuó haciéndose sentir en la opinión de muchos, que pensaban que de un modo u otro el cuerpo se oponía a la vida plena del espíritu, Y que por tanto era necesario sujetarlo y hasta castigarlo.

Luego, el monaquismo tiene dos orígenes paralelos, uno proveniente de dentro de la iglesia, y otro de fuera. De dentro de la iglesia, el monaquismo se nutrió de las palabras del apóstol Pablo, y la experiencia de la iglesia misma, en el sentido de que quienes no se casaban podían servir más libremente al Señor. Naturalmente, este sentimiento se unía también con frecuencia a la creencia en el pronto retorno de Jesús. Si el fin estaba a punto de llegar, no había por qué casarse y llevar la vida sedentaria de quienes hacen planes para el futuro. En algunos casos, esta relación entre la expectación del fin y el celibato se basaba sobre otra consideración: puesto que los cristianos han de dar testimonio del Reino que esperan, y puesto que Jesús dijo que en el Reino “no se casan ni se dan en matrimonio”, quienes ahora deciden permanecer célibes son testimonio del Reino que ha de venir.

De fuera, la iglesia recibió ideas, ejemplos y doctrinas que también impulsaron el movimiento monástico. Buena parte de la filosofía clásica sostenía que el cuerpo era la prisión o el sepulcro del alma, y que ésta no podía ser verdaderamente libre sino en cuanto se sobrepusiera a las limitaciones de aquél. La tradición estoica, muy difundida en esta época, enseñaba que las pasiones son el gran enemigo de la verdadera sabiduría, y que el sabio se dedica al perfeccionamiento de su alma y de su dominio sobre las pasiones. Varias de las religiones de la cuenca del Mediterráneo tenían vírgenes sagradas, sacerdotes célibes, eunucos y otras personas que por su estilo de vida se consideraban apartadas para el servicio de los dioses. De todo esto los cristianos tomaron ejemplo, y pronto lo unieron a los impulsos procedentes de las Escrituras para darle forma al monaquismo cristiano.

Los primeros monjes del desierto

Aunque los orígenes del monaquismo cristiano se encuentran en diversas partes del Imperio Romano, no cabe duda de que el desierto —y particularmente el desierto de Egipto— fue tierra fértil para este movimiento, hasta tal punto que durante todo el siglo IV el desierto parece ser el lugar monástico por excelencia. La palabra misma, “monje”, viene del término griego monachós, que quiere decir “solitario”. Uno de los principales móviles de los primeros monjes fue vivir solos, apartados de la sociedad, su bullicio y sus tentaciones. El término “anacoreta”, por el que pronto se les conoció, quiere decir “retirado” o “fugitivo”. Para tales personas, el desierto representaba un atractivo único. No se trataba naturalmente de vivir en las arenas del desierto, sino de encontrar un lugar solitario —quizá un oasis, un valle entre montañas poco habitadas, o un antiguo cementerio— donde vivir alejado del resto del mundo.

No es posible decir a ciencia cierta quién fue el primer monje —o monja— del desierto. Los dos nombres que se disputan ese título, Pablo y Antonio, deben su fama sencillamente al hecho de que dos grandes autores cristianos —Jerónimo y Atanasio respectivamente— escribieron sus vidas, dando a entender cada uno que el protagonista de su obra era el fundador del monaquismo egipcio. Pero la verdad es que es imposible saber —y que nadie supo nunca— quién fue el primer monje del desierto. El monaquismo no fue invención de algún individuo, sino que fue más bien un éxodo en masa, un contagio inaudito, que parece haber afectado al mismo tiempo a millares de personas. Pero en todo caso conviene estudiar las vidas de Pablo y de Antonio, si no ya como fundadores del movimiento, al menos como sus exponentes típicos en los inicios.

La vida de Pablo escrita por Jerónimo es muy breve, y casi totalmente legendaria. Pero el núcleo de la historia es probablemente cierto. A mediados del siglo tercero, huyendo de la persecución, el joven Pablo se adentró en el desierto, hasta que dio con una antigua y abandonada guarida de falsificadores de moneda. Allí Pablo pasó el resto de sus días, dedicado a la oración y alimentándose casi exclusivamente de dátiles. Si hemos de creer a Jerónimo, durante varias décadas —casi un siglo— Pablo no recibió otra visita que las de las bestias y la del anciano Antonio. Aunque esto sea exageración, sí da testimonio de lo que sabemos por otras fuentes acerca de aquellos primeros monjes, que rehuían de toda compañía salvo, en raras ocasiones, la de otros monjes.

Según Atanasio, Antonio nació en una pequeña aldea en la ribera izquierda del Nilo, hijo de padres relativamente acomodados y dedicados a las labores agrícolas. Cuando éstos murieron, Antonio era todavía joven, y quedó en posesión de una herencia que pudo haberles permitido vivir holgadamente tanto a él como a su hermana menor, de la que se hizo cargo. Fue poco después, al escuchar la lectura del Evangelio en la iglesia, que Antonio decidió dedicarse a la vida monástica. El texto para ese día era la historia del joven rico, y las palabras de Jesús impresionaron profundamente a Antonio, que se consideraba también rico: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo” (Mateo 19:21). En respuesta a estas palabras, Antonio dispuso de sus propiedades y repartió sus bienes entre los pobres, conservando sólo una pequeña porción para su hermana. Pero después, al escuchar las palabras de Jesús en Mateo 6:34: “no os afanéis por el día de mañana”, Antonio se desprendió aun de esta pequeña reserva, colocó a su hermana al cuidado de las vírgenes de la iglesia, y se retiró al desierto.

Sus primeros años de retiro, los pasó Antonio aprendiendo la vida monástica de un anciano que habitaba en las cercanías —prueba ésta de que Antonio no fue de hecho el primer anacoreta. Fueron tiempos difíciles para el joven monje, pues a veces se sentía atraído por los placeres que había dejado atrás, y se arrepentía de haber vendido todos sus bienes y haberse retirado al desierto. Pero cuando tales ideas le acosaban, Antonio recrudecía su disciplina. A veces se pasaba varios días sin comer. Y cuando comía, lo hacía sólo una vez al día, después de la puesta del sol.

Tras pasar algún tiempo con su anciano maestro, Antonio decidió apartarse de él y de los demás monjes vecinos de quienes había aprendido la disciplina monástica. Se fue entonces a vivir en una de las tumbas de un viejo cementerio abandonado, donde se alimentaba del pan que alguien le traía cada varios días. Según cuenta Atanasio, en esta época los demonios comenzaron a aparecérsele a Antonio, quien tuvo que luchar con ellos de continuo —a veces en lucha física de la que salió molido.

Por fin, a los treinta y cinco años, Antonio tuvo una visión en la que Dios le decía que no temiera, pues su ayuda estaría siempre con él. Fue entonces que el anacoreta decidió que la tumba en que vivía no era suficientemente retirada, y se internó en el desierto, donde fijó su residencia en un fortín abandonado. Aun allí lo persiguieron los demonios, según nos cuenta Atanasio. Pero hasta los demonios tenían que rendirse ante la virtud del atleta de Dios, que iba llegando al medio siglo de edad.

Empero no eran sólo los demonios quienes perseguían al santo varón. También lo perseguían otros monjes, deseosos de aprender de él la sabiduría de la contemplación y la oración. Y también lo perseguían los curiosos y los enfermos, pues la fama de Antonio como santo y como hacedor de milagros se difundía. Una y otra vez el venerado anacoreta huyó a lugares más apartados; pero los que lo buscaban siempre se las arreglaban para encontrarlo. Finalmente, accedió a vivir cerca de un grupo de discípulos, siempre que éstos no frecuentaran demasiado su refugio. A cambio de ello, Antonio les visitaría periódicamente, y les hablaría de la disciplina monástica, el amor de Dios y las maravillas de la contemplación.

En dos ocasiones, empero, Antonio visitó la gran ciudad de  Alejandría. La primera fue cuando se desató la gran persecución, y Antonio y varios discípulos decidieron ir a la ciudad para allí ofrendar sus vidas como mártires. Pero el prefecto los vio tan harapientos que no los consideró dignos de su atención, y los monjes tuvieron que contentarse con alentar a los que habían de sufrir el martirio.

La otra visita a Alejandría tuvo lugar muchos años más tarde, cuando los arrianos decían que el santo ermitaño sostenía su doctrina frente a la de Atanasio, y Antonio decidió deshacer esos falsos rumores presentándose en persona ante los obispos reunidos en Alejandría. En aquella ocasión, el viejo ermitaño, que no sabía griego, sino sólo copto, y que probablemente no sabia leer, habló con tal convicción y espíritu que los arrianos no supieron cómo contestarle.

Por fin, hacia el fin de sus días, Antonio accedió a que dos monjes más jóvenes vivieran con él para atender a sus necesidades. Murió en el año 356, tras darles instrucciones a sus acompañantes en el sentido de que mantuvieran secreto el lugar de su sepultura y le hicieran llegar su manto al santo obispo Atanasio. Como vemos, tanto Pablo como Antonio se retiraron al desierto antes de la época de Constantino —y aun ellos no fueron los primeros ermitaños—. Pero con el advenimiento de Constantino al poder el género de vida que estos eremitas habían abrazado se hizo cada vez más popular. Algunos viajeros de la época nos cuentan, quizá con algo de exageración, que llegó el momento en que había más gentes en el desierto que en muchas ciudades. Otros ofrecen cifras tales como veinte mil monjas y diez mil monjes, en sólo una región de Egipto. Por muy exagerados que sean estos testimonios, no cabe duda de la veracidad del fenómeno que describen, pues al leer los documentos de la época vemos que los hombres y mujeres que se retiraron al desierto eran legión.

La vida de tales personas era en extremo sencilla. Aunque algunos cultivaban pequeños huertos, la mayoría de ellos se sustentaba tejiendo cestas y esteras que luego vendían a cambio de un poco de pan y aceite. Esta ocupación tenía la ventaja, además de la disponibilidad de los juncos y la paja, de que mientras se tejía un cesto era posible recitar un salmo, elevar una plegaria o memorizar una porción de las Escrituras. La dieta de la mayoría de los monjes consistía en pan y, a veces, frutas, legumbres y aceite. Sus posesiones no eran más que los vestidos más necesarios y una estera para dormir. La mayoría de ellos veía mal la posesión de libros, pues ello podría alimentar el orgullo. Unos a otros se enseñaban de memoria libros enteros de las Escrituras —particularmente los Salmos y el Nuevo Testamento—. Y además compartían entre sí las historias edificantes, o las joyas de sabiduría, de los anacoretas más venerados.

El espíritu del desierto no se acoplaba bien con la gran iglesia jerárquica cuyos obispos residían en las grandes ciudades y gozaban del favor del gobierno y de la sociedad. Muchos pensaban que lo peor que podría sucederle a un monje era ser ordenado sacerdote u obispo —y fue precisamente en esta época que los ministros cristianos comenzaron a llamarse “sacerdotes”. Aunque algunos de ellos fueron ordenados, esto sucedió casi siempre contra su voluntad, o tras repetidos ruegos por un obispo de reconocida santidad, como el gran Atanasio. Esto a su vez quería decir que muchos anacoretas pasaban años sin participar de la comunión, que desde el principio había sido el principal acto cúltico de los cristianos. En otros lugares se construyeron iglesias en las que los monjes se reunían los sábados y domingos, y el domingo, después de la comunión, participaban de una comida en común antes de separarse para la próxima semana.

Este género de vida pronto dio lugar a una nueva forma de orgullo. Con el correr de los años muchos monjes llegaron a pensar que, puesto que su vida mostraba un nivel de santidad más elevado que el de los obispos y demás dirigentes de la iglesia, eran ellos, y no esos dirigentes, quienes debían decidir en qué consistía la verdadera doctrina cristiana. Como muchos de estos monjes eran gentes ignorantes y fanáticas, se convirtieron entonces en peones de otros más poderosos y educados que utilizaron el celo de las huestes del desierto para sus propios fines. Como veremos en la próxima sección de esta historia, esto llegó hasta el punto en que muchedumbres de monjes invadieron los lugares en donde se celebraba algún concilio eclesiástico, y trataron de imponer sus doctrinas mediante la fuerza y la violencia.

Pacomio y el monaquismo comunal

El número creciente de personas que se retiraban al desierto, y el deseo de casi todas ellas de allegarse a un maestro experimentado, darían origen a un nuevo tipo de vida monástica. Ya hemos visto cómo Antonio tenía que huir constantemente de quienes venían a pedirle su ayuda y dirección. Cada vez más, los monjes solitarios cedieron el lugar a los que de un modo u otro vivían en comunidad. Estos, aunque recibían el nombre de “monjes” —es decir, de solitarios— consideraban que esa soledad se refería a su retiro del resto del mundo, y no necesariamente a vivir apartados de otros monjes. Este monaquismo recibe el nombre de “cenobita” —palabra derivada de dos términos griegos que significan “vida común”.

Al igual que en el caso del monaquismo anacoreta, tampoco en cuanto al cenobítico nos es posible decir a ciencia cierta quién fue su fundador. Lo más probable es que haya surgido casi simultáneamente en diversos lugares, nacido, no de la habilidad creadora de individuo alguno, sino sencillamente de la presión de las circunstancias. La vida absolutamente apartada del anacoreta no estaba al alcance de muchas personas que marchaban al desierto, y así nació el cenobitismo. Sin embargo, aunque no haya sido su fundador, no cabe duda de que Pacomio fue quien le dio forma al monaquismo cenobítico egipcio.

Pacomio nació hacia el año 286, en una pequeña aldea del sur de Egipto. Sus padres eran paganos, y él parece haber conocido poco acerca de la fe cristiana antes de ser arrebatado de su hogar por el servicio militar obligatorio. Se encontraba entristecido por su suerte, cuando un grupo de cristianos vino a consolarles a él y a sus compañeros de infortunio. El joven soldado se sintió tan conmovido ante este acto de caridad que hizo votos en el sentido de que, si de algún modo lograba librarse del servicio militar, se dedicaría él también al servicio de los demás. Cuando de modo inesperado se le permitió dejar el ejército, buscó quien lo instruyera en la fe cristiana y lo bautizara, y pocos años después decidió retirarse al desierto, donde solicitó y obtuvo la dirección del viejo anacoreta Palemón.

Siete años pasó Pacomio junto a Palemón, hasta que oyó una voz que le ordenaba establecer su residencia en otro lugar. Su anciano maestro le ayudó a edificar allí un sitio donde vivir, y luego lo dejó solo. Poco después Juan, el hermano mayor de Pacomio, se le unió, y juntos se dedicaron a la vida contemplativa.

Pero Pacomio no estaba satisfecho, y en sus oraciones constantemente rogaba a Dios que le mostrara el camino para servirle mejor. Por fin en una visión un ángel le dijo que Dios quería que sirviera a la humanidad. Pacomio no quiso escucharlo, insistiendo en que lo que él buscaba era precisamente servir a Dios, y no a la humanidad. Pero el ángel repitió su mensaje y Pacomio, recordando quizá los votos que había hecho en sus días de servicio militar, comprendió y aceptó lo que el ángel le decía.

Con la ayuda de Juan, Pacomio construyó un muro amplio, dejando lugar dentro para un buen número de personas, y después reunió a un grupo de hombres que querían participar de la vida monástica. De ellos Pacomio no pidió más que el deseo de ser monjes, y se dedicó a enseñarles mediante el ejemplo lo que esto significaba. Pero sus supuestos discípulos se burlaban de él y de su humildad, y a la postre Pacomio los echó a todos.

Comenzó entonces un segundo intento de vida monástica en comunidad. Contrariamente a lo que podría esperarse, Pacomio, en lugar de ser menos exigente, lo fue más. Desde un principio, quien quisiera unirse a su comunidad debería renunciar a todos sus bienes, y prometer obediencia absoluta a sus superiores.

Además, todos participarían del trabajo manual, y nadie se consideraría a sí mismo por encima de labor alguna. La norma fundamental fue entonces el servicio mutuo, de tal modo que aun los superiores, a pesar de la obediencia absoluta que debían recibir, estaban obligados a servir a los demás.

El monasterio que fundó sobre estas bases creció rápidamente, y en vida de Pacomio llegó a haber nueve monasterios, cada uno con centenares de monjes. Además, la hermana de Pacomio, María, fundó varias comunidades de monjas.

Cada uno de estos monasterios estaba rodeado por muros con una sola entrada. Dentro de este recinto había varios edificios. Algunos de ellos, tales como la iglesia, el almacén, el comedor y la sala de reuniones, eran de uso común para todo el monasterio. Los demás eran casas en las que los monjes vivían agrupados según sus responsabilidades. Así, por ejemplo, había una casa de los porteros, cuyas responsabilidades consistían en ocuparse del alojamiento de quienes pidieran hospitalidad, y en recibir a los nuevos candidatos que solicitaran ser admitidos a la comunidad. Otras casas alojaban a los tejedores, los panaderos, los costureros, los zapateros, etc. En cada una de ellas había una sala común y varias celdas, en las que vivían los monjes de dos en dos.

La vida de cada monje pacomiano se dedicaba por igual al trabajo y la devoción, y hasta el propio Pacomio daba ejemplo ocupándose de las labores más humildes. En cuanto a la devoción, el ideal era que todos siguieran el consejo paulino: “Orad sin cesar”. Por esta razón, mientras los panaderos horneaban, o mientras los zapateros preparaban el calzado, todos se dedicaban a cantar salmos, a recitar de memoria las Escrituras, a orar en voz alta o en silencio, o a meditar sobre algún pasaje bíblico. Además, dos veces al día se celebraban oraciones en común. Por la mañana todos los monjes del monasterio se reunían para orar, cantar salmos y escuchar la lectura de las Escrituras. Y por la noche hacían lo mismo, aunque reunidos en grupos más pequeños, en las salas de las diversas casas.

La vida económica de las comunidades pacomianas era variada. Aunque todos vivían en pobreza, Pacomio no insistía en la austeridad exagerada de algunos anacoretas. En sus mesas se servía pan, fruta, pescado y verduras —pero nunca carne—. Y el producto de las labores de los monjes se vendía en los mercados cercanos, no sólo para comprar comida y algunos artículos necesarios, sino también y sobre todo para tener qué darles a los pobres y a los transeúntes. En cada monasterio todo esto estaba al cuidado de un ecónomo y de su ayudante, quienes periódicamente tenían que rendir cuentas al ecónomo del monasterio principal, donde Pacomio residía.

Puesto que todo monje tenía que obedecer a sus superiores, el orden de la jerarquía estaba claramente definido. Por encima de cada casa había un superior, que a su vez debía obedecer al superior del monasterio y a su “segundo”. Y por encima de todos los superiores estaban Pacomio y sus sucesores, a quienes se daba el título de “abad” o “archimandrita”. Cuando Pacomio estaba próximo a morir, sus monjes le aseguraron que obedecerían a quien él nombrara como su sucesor, y así se estableció la costumbre de que cada abad nombrara a quien habría de sucederle en el mando supremo. Pero en todo caso la autoridad del abad era total, pues podía nombrar, transferir o deponer a los superiores de todos los otros monasterios.

Dos veces al año todos los monjes pacomianos se reunían para orar y adorar juntos, y para atender a las cuestiones prácticas del buen gobierno de sus monasterios. Además, el abad —o alguien enviado por él— visitaba cada comunidad frecuentemente.

Pacomio y sus compañeros nunca aceptaron cargos eclesiásticos, y por tanto no había entre ellos sacerdotes ordenados. A fin de participar de la comunión, los monjes asistían los sábados a las iglesias que había en las aldeas cercanas, y los domingos algún sacerdote visitaba cada monasterio y ofrecía la comunión en él.

En las comunidades femeninas se seguía una disciplina semejante a la de los varones. Y el abad —Pacomio o su sucesor— gobernaba tanto sobre las mujeres como sobre los hombres.

Cuando alguna persona deseaba unirse a una de las comunidades pacomianas, todo lo que tenía que hacer era presentarse a la puerta. Pero ésta no le era abierta con facilidad, pues primero el candidato tenía que mostrar la constancia de su propósito permaneciendo varios días a la intemperie rogando que se le abriera. Cuando por fin le dejaban entrar, los porteros se hacían cargo de él. Por un tiempo vivía con ellos, hasta que se le consideraba listo para unirse a los demás monjes en la oración. entonces le llevaban a la asamblea del monasterio, donde los nuevos monjes tenían un lugar especial hasta tanto se les incorporara a una de las casas y se les asignara un lugar en la vida común.

Pero lo más sorprendente de todo este proceso de iniciación es el hecho de que buen número de los postulantes que se presentaban a las puertas de los monasterios tenían que recibir instrucción catequética y ser bautizados, pues no eran cristianos. Esto nos da una idea de la atracción inmensa que tales centros ejercieron sobre los espíritus del siglo IV, pues hasta los paganos veían en ellos un estilo de vida digno de seguirse.

La diseminación del ideal monástico

Aunque, como hemos dicho, las raíces del movimiento monástico no se encuentran exclusivamente en Egipto, fue esa región la que le dio mayor impulso al monaquismo en el siglo IV. De todas partes del mundo iban a Egipto personas devotas, algunas para permanecer allí, y otras para regresar a sus propias tierras llevando consigo los ideales y las prácticas que habían aprendido en el desierto. De Siria, del Asia Menor, y hasta de Mesopotamia, vinieron a orillas del Nilo gentes que pronto esparcieron las historias y las leyendas de Pablo, Antonio, Pacomio y otros. Por todas partes en el Oriente, donde era posible hallar un lugar solitario, algún monje fijó su residencia. Algunos exageraron lo que habían aprendido de los monjes egipcios realizando proezas ostentosas, tales como pasar toda la vida subidos en una columna. Pero muchos otros le inyectaron al resto de la iglesia un sentido de disciplina y de dedicación absoluta que resultaba harto necesario en los días al parecer fáciles por los que pasaba el cristianismo.

Sin embargo, quienes más contribuyeron a difundir el ideal monástico no fueron los anacoretas que tomaron su inspiración del Egipto y se dedicaron a emular el renunciamiento de sus maestros huyendo a algún lugar apartado, sino toda una serie de obispos y de eruditos que vieron el valor del testimonio monástico para la vida diaria de la iglesia. Luego, aunque en sus orígenes el monaquismo egipcio había existido aparte y aun frente a la jerarquía eclesiástica, a la postre su mayor importancia estuvo en el impacto que hizo a través de algunos de los miembros de esa jerarquía.

Varias de estas personas se cuentan entre los “gigantes” a los que más adelante dedicaremos otras porciones de esta Segunda Sección, y por tanto no haremos aquí más que señalar sus nombres y algo de su importancia en la difusión del ideal monástico. Atanasio, además de escribir la Vida de Antonio, visitó a los monjes del desierto repetidamente, y cuando las autoridades lo perseguían se refugió entre ellos. Aunque él mismo no era monje, sino obispo, trató de organizar su vida de tal modo que en ella se reflejara el ideal monástico de la disciplina y el renunciamiento. Y en su exilio en el Occidente dio a conocer a sus hermanos de habla latina lo que estaba sucediendo en los más remotos rincones del Egipto.

Jerónimo, además de escribir la Vida de Pablo el ermitaño, tradujo la Regla de Pacomio al latín, y él mismo se hizo monje, según veremos más adelante. Puesto que Jerónimo fue uno de los cristianos más admirados de su época, sus obras y su ejemplo hicieron fuerte impacto en la iglesia occidental. Basilio de Cesarea —conocido como Basilio el Grande— en medio de todos los debates teológicos de la época halló tiempo para organizar monasterios que se dedicaban, no sólo a la devoción, sino también a obras de caridad tales como el cuidado de los enfermos, transeúntes, huérfanos, etc. En respuesta a las preguntas que le hacían sus monjes escribió varios tratados que, aunque no tenían el propósito de servir de reglas, más tarde fueron citados y utilizados como tales. Agustín, el gran obispo de Hipona, se convirtió en parte a través de la Vida de Antonio de Atanasio, e intentó vivir como monje hasta que se le obligó a tomar parte más activa en la vida de la iglesia. Pero aún entonces organizó a sus colaboradores en una comunidad de estilo monástico, y dio así ejemplo e inspiración a lo que más tarde se llamó “los canónigos de San Agustín”.

Pero el caso más claro del modo en que un monje, obispo y santo contribuyó a la popularidad del ideal monástico lo tenemos en Martín de Tours. La Vida de San Martín, escrita por Sulpicio Severo, fue uno de los libros más populares en toda Europa durante varios siglos, y contribuyó a forjar el monaquismo occidental que ha sido tan importante para la historia de la iglesia.

Martín nació alrededor del año 335 en la región de Panonia, en lo que hoy es Hungría. Su padre era un soldado pagano, y por tanto durante su infancia Martín vivió en diversas partes del Imperio, aunque la ciudad de Pavía, al norte de Italia, parece haber sido el lugar de su residencia más frecuente. Tenía diez años cuando decidió hacerse cristiano, en contra de la voluntad de sus padres, e hizo añadir su nombre a la lista de los catecúmenos —es decir, de los que se preparaban para recibir el bautismo—. Su padre, a fin de separarlo de sus contactos cristianos, le hizo inscribir en el ejército. Eran los días en que Juliano —después conocido como “el Apóstata”— dirigía sus primeras campañas militares. A su servicio estuvo Martín por varios años, y es durante este período que se cuenta tuvo lugar el episodio más famoso de su vida.

Martín y sus compañeros iban entrando a la ciudad de Amiens cuando les pidió limosna un mendigo casi desnudo que tiritaba de frío en medio de la nieve. Martín no tenía dinero que darle, pero tomó su capa, la rasgó en dos, y le dio la mitad. Esa noche Martín vio en sueños a Jesucristo envuelto en su media capa, y diciéndole: “Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeñitos, a mí lo hicisteis”.

Ese episodio se hizo tan famoso que a partir de entonces por lo general se representa a Martín compartiendo su capa con el mendigo. Además, de ese episodio se deriva nuestro término “capilla”, pues algún tiempo después se conservaba en un pequeño templo lo que se decía era la media capa —la “capilla” de Martín— y de aquel templecillo derivan su nombre nuestras “capillas” y nuestros “capellanes” de hoy.

Poco después del incidente de Amiens, Martín recibió el bautismo, y dos años después pudo por fin abandonar el servicio militar. Entonces visitó al famoso obispo de Poitiers, Hilario, con quien estableció una amistad duradera. Después diversas tareas y vicisitudes lo llevaron a distintas partes del Imperio, hasta que por fin se estableció en las afueras de Tours, cerca de Poitiers. Allí se dedicó a la vida monástica, al tiempo que su fama crecía enormemente. Se contaba que a través de él Dios obraba grandes maravillas, y que a pesar de todo ello su humildad y su dulzura nunca lo abandonaron.

Cuando quedó vacante el obispado de Tours, el pueblo quería elegir a Martín para ocuparlo. Pero algunos de los obispos presentes en el proceso de elección se oponían, diciendo que Martín era un individuo sucio, harapiento y de cabellera desordenada, que le restaría prestigio al oficio de obispo. En medio de la discusión, llegó la hora de leer las Escrituras, y el lector no aparecía por ninguna parte. Entonces uno de los presentes tomó el libro, y abriéndolo al azar, empezó a leer: “De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo” (Salmo 8:2). La multitud presente tomó esta lectura como una palabra de lo Alto. Martín, el sucio y desgreñado a quien los obispos despreciaban, era el que Dios había escogido para callar a quienes se oponían a sus designios —es decir, a los obispos—. Sin más espera, Martín fue hecho obispo de la ciudad de Tours.

Empero el nuevo obispo no estaba dispuesto a abandonar su retiro monástico. Junto a la catedral se hizo construir una celda donde pasaba todo el tiempo que sus labores pastorales le dejaban libre. Cuando su fama fue tal que las gentes lo importunaban demasiado, se retiró a un monasterio que fundó en las afueras de la ciudad, y desde el cual visitaba a sus feligreses.

Cuando Martín murió eran muchos los que lo tenían por santo, y su fama y su ejemplo llevaron a muchos a pensar que un verdadero obispo debía ser como Martín. Así el movimiento monástico, que en sus orígenes tuvo mucho de protesta contra la mundanalidad y el boato de muchos obispos, a la larga dejó su sello sobre el ideal mismo del episcopado. Durante siglos —y en algunos casos hasta nuestros días— se pensaría que un verdadero pastor debe aproximarse tanto como sea posible al ideal monástico. Pero nótese también que en este proceso ese mismo ideal cambió de tono, pues mientras los primeros monjes huyeron al desierto en pos de su propia salvación, con el correr de los años —y especialmente en el Occidente— el monaquismo sería, más que un medio por el que se buscaba la propia salvación, un instrumento para la obra misionera y caritativa de la iglesia.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 151–162). Miami, FL: Editorial Unilit.

Reglamento del día de reposo

Éxodo 35-37

Reglamento del día de reposo

a135:1  Moisés convocó a toda la congregación de los hijos de Israel y les dijo: Estas son las cosas que Jehová ha mandado que sean hechas:

Seis días se trabajará, mas el día séptimo os será santo, día de reposo[a] para Jehová; cualquiera que en él hiciere trabajo alguno, morirá.

No encenderéis fuego en ninguna de vuestras moradas en el día de reposo.[b]

La ofrenda para el tabernáculo

(Ex. 25.1-9)

Y habló Moisés a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: Esto es lo que Jehová ha mandado:

Tomad de entre vosotros ofrenda para Jehová; todo generoso de corazón la traerá a Jehová; oro, plata, bronce,

azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras,

pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, madera de acacia,

aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático,

y piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y para el pectoral.

La obra del tabernáculo

(Ex. 39.32-43)

10 Todo sabio de corazón de entre vosotros vendrá y hará todas las cosas que Jehová ha mandado:

11 el tabernáculo, su tienda, su cubierta, sus corchetes, sus tablas, sus barras, sus columnas y sus basas;

12 el arca y sus varas, el propiciatorio, el velo de la tienda;

13 la mesa y sus varas, y todos sus utensilios, y el pan de la proposición;

14 el candelero del alumbrado y sus utensilios, sus lámparas, y el aceite para el alumbrado;

15 el altar del incienso y sus varas, el aceite de la unción, el incienso aromático, la cortina de la puerta para la entrada del tabernáculo;

16 el altar del holocausto, su enrejado de bronce y sus varas, y todos sus utensilios, y la fuente con su base;

17 las cortinas del atrio, sus columnas y sus basas, la cortina de la puerta del atrio;

18 las estacas del tabernáculo, y las estacas del atrio y sus cuerdas;

19 las vestiduras del servicio para ministrar en el santuario, las sagradas vestiduras de Aarón el sacerdote, y las vestiduras de sus hijos para servir en el sacerdocio.

El pueblo trae la ofrenda

20 Y salió toda la congregación de los hijos de Israel de delante de Moisés.

21 Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras.

22 Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a Jehová.

23 Todo hombre que tenía azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, o pieles de tejones, lo traía.

24 Todo el que ofrecía ofrenda de plata o de bronce traía a Jehová la ofrenda; y todo el que tenía madera de acacia la traía para toda la obra del servicio.

25 Además todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos, y traían lo que habían hilado: azul, púrpura, carmesí o lino fino.

26 Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra.

27 Los príncipes trajeron piedras de ónice, y las piedras de los engastes para el efod y el pectoral,

28 y las especias aromáticas, y el aceite para el alumbrado, y para el aceite de la unción, y para el incienso aromático.

29 De los hijos de Israel, así hombres como mujeres, todos los que tuvieron corazón voluntario para traer para toda la obra, que Jehová había mandado por medio de Moisés que hiciesen, trajeron ofrenda voluntaria a Jehová.

Llamamiento de Bezaleel y de Aholiab

(Ex. 31.1-11)

30 Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá;

31 y lo ha llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte,

32 para proyectar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce,

33 y en la talla de piedras de engaste, y en obra de madera, para trabajar en toda labor ingeniosa.

34 Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar, así él como Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan;

35 y los ha llenado de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de arte y de invención, y de bordado en azul, en púrpura, en carmesí, en lino fino y en telar, para que hagan toda labor, e inventen todo diseño.

36:1  Así, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón a quien Jehová dio sabiduría e inteligencia para saber hacer toda la obra del servicio del santuario, harán todas las cosas que ha mandado Jehová.

Moisés suspende la ofrenda del pueblo

Y Moisés llamó a Bezaleel y a Aholiab y a todo varón sabio de corazón, en cuyo corazón había puesto Jehová sabiduría, todo hombre a quien su corazón le movió a venir a la obra para trabajar en ella.

Y tomaron de delante de Moisés toda la ofrenda que los hijos de Israel habían traído para la obra del servicio del santuario, a fin de hacerla. Y ellos seguían trayéndole ofrenda voluntaria cada mañana.

Tanto, que vinieron todos los maestros que hacían toda la obra del santuario, cada uno de la obra que hacía,

y hablaron a Moisés, diciendo: El pueblo trae mucho más de lo que se necesita para la obra que Jehová ha mandado que se haga.

Entonces Moisés mandó pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más;

pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba.

Construcción del tabernáculo

(Ex. 26.1-37)

Todos los sabios de corazón de entre los que hacían la obra, hicieron el tabernáculo de diez cortinas de lino torcido, azul, púrpura y carmesí; las hicieron con querubines de obra primorosa.

La longitud de una cortina era de veintiocho codos, y la anchura de cuatro codos; todas las cortinas eran de igual medida.

10 Cinco de las cortinas las unió entre sí, y asimismo unió las otras cinco cortinas entre sí.

11 E hizo lazadas de azul en la orilla de la cortina que estaba al extremo de la primera serie; e hizo lo mismo en la orilla de la cortina final de la segunda serie.

12 Cincuenta lazadas hizo en la primera cortina, y otras cincuenta en la orilla de la cortina de la segunda serie; las lazadas de la una correspondían a las de la otra.

13 Hizo también cincuenta corchetes de oro, con los cuales enlazó las cortinas una con otra, y así quedó formado un tabernáculo.

14 Hizo asimismo cortinas de pelo de cabra para una tienda sobre el tabernáculo; once cortinas hizo.

15 La longitud de una cortina era de treinta codos, y la anchura de cuatro codos; las once cortinas tenían una misma medida.

16 Y unió cinco de las cortinas aparte, y las otras seis cortinas aparte.

17 Hizo además cincuenta lazadas en la orilla de la cortina que estaba al extremo de la primera serie, y otras cincuenta lazadas en la orilla de la cortina final de la segunda serie.

18 Hizo también cincuenta corchetes de bronce para enlazar la tienda, de modo que fuese una.

19 E hizo para la tienda una cubierta de pieles de carneros teñidas de rojo, y otra cubierta de pieles de tejones encima.

20 Además hizo para el tabernáculo las tablas de madera de acacia, derechas.

21 La longitud de cada tabla era de diez codos, y de codo y medio la anchura.

22 Cada tabla tenía dos espigas, para unirlas una con otra; así hizo todas las tablas del tabernáculo.

23 Hizo, pues, las tablas para el tabernáculo; veinte tablas al lado del sur, al mediodía.

24 Hizo también cuarenta basas de plata debajo de las veinte tablas: dos basas debajo de una tabla, para sus dos espigas, y dos basas debajo de otra tabla para sus dos espigas.

25 Y para el otro lado del tabernáculo, al lado norte, hizo otras veinte tablas,

26 con sus cuarenta basas de plata; dos basas debajo de una tabla, y dos basas debajo de otra tabla.

27 Y para el lado occidental del tabernáculo hizo seis tablas.

28 Para las esquinas del tabernáculo en los dos lados hizo dos tablas,

29 las cuales se unían desde abajo, y por arriba se ajustaban con un gozne; así hizo a la una y a la otra en las dos esquinas.

30 Eran, pues, ocho tablas, y sus basas de plata dieciséis; dos basas debajo de cada tabla.

31 Hizo también las barras de madera de acacia; cinco para las tablas de un lado del tabernáculo,

32 cinco barras para las tablas del otro lado del tabernáculo, y cinco barras para las tablas del lado posterior del tabernáculo hacia el occidente.

33 E hizo que la barra de en medio pasase por en medio de las tablas de un extremo al otro.

34 Y cubrió de oro las tablas, e hizo de oro los anillos de ellas, por donde pasasen las barras; cubrió también de oro las barras.

35 Hizo asimismo el velo de azul, púrpura, carmesí y lino torcido; lo hizo con querubines de obra primorosa.

36 Y para él hizo cuatro columnas de madera de acacia, y las cubrió de oro, y sus capiteles eran de oro; y fundió para ellas cuatro basas de plata.

37 Hizo también el velo para la puerta del tabernáculo, de azul, púrpura, carmesí y lino torcido, obra de recamador;

38 y sus cinco columnas con sus capiteles; y cubrió de oro los capiteles y las molduras, e hizo de bronce sus cinco basas.

Mobiliario del tabernáculo

(Ex. 25.10-40; 27.1-8; 30.1-10)

37:1  Hizo también Bezaleel el arca de madera de acacia; su longitud era de dos codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y medio.

Y la cubrió de oro puro por dentro y por fuera, y le hizo una cornisa de oro en derredor.

Además fundió para ella cuatro anillos de oro a sus cuatro esquinas; en un lado dos anillos y en el otro lado dos anillos.

Hizo también varas de madera de acacia, y las cubrió de oro.

Y metió las varas por los anillos a los lados del arca, para llevar el arca.

Hizo asimismo el propiciatorio de oro puro; su longitud de dos codos y medio, y su anchura de codo y medio.

Hizo también los dos querubines de oro, labrados a martillo, en los dos extremos del propiciatorio.

Un querubín a un extremo, y otro querubín al otro extremo; de una pieza con el propiciatorio hizo los querubines a sus dos extremos.

Y los querubines extendían sus alas por encima, cubriendo con sus alas el propiciatorio; y sus rostros el uno enfrente del otro miraban hacia el propiciatorio.

10 Hizo también la mesa de madera de acacia; su longitud de dos codos, su anchura de un codo, y de codo y medio su altura;

11 y la cubrió de oro puro, y le hizo una cornisa de oro alrededor.

12 Le hizo también una moldura de un palmo menor de anchura alrededor, e hizo en derredor de la moldura una cornisa de oro.

13 Le hizo asimismo de fundición cuatro anillos de oro, y los puso a las cuatro esquinas que correspondían a las cuatro patas de ella.

14 Debajo de la moldura estaban los anillos, por los cuales se metían las varas para llevar la mesa.

15 E hizo las varas de madera de acacia para llevar la mesa, y las cubrió de oro.

16 También hizo los utensilios que habían de estar sobre la mesa, sus platos, sus cucharas, sus cubiertos y sus tazones con que se había de libar, de oro fino.

17 Hizo asimismo el candelero de oro puro, labrado a martillo; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores eran de lo mismo.

18 De sus lados salían seis brazos; tres brazos de un lado del candelero, y otros tres brazos del otro lado del candelero.

19 En un brazo, tres copas en forma de flor de almendro, una manzana y una flor, y en otro brazo tres copas en figura de flor de almendro, una manzana y una flor; así en los seis brazos que salían del candelero.

20 Y en la caña del candelero había cuatro copas en figura de flor de almendro, sus manzanas y sus flores,

21 y una manzana debajo de dos brazos del mismo, y otra manzana debajo de otros dos brazos del mismo, y otra manzana debajo de los otros dos brazos del mismo, conforme a los seis brazos que salían de él.

22 Sus manzanas y sus brazos eran de lo mismo; todo era una pieza labrada a martillo, de oro puro.

23 Hizo asimismo sus siete lamparillas, sus despabiladeras y sus platillos, de oro puro.

24 De un talento de oro puro lo hizo, con todos sus utensilios.

25 Hizo también el altar del incienso, de madera de acacia; de un codo su longitud, y de otro codo su anchura; era cuadrado, y su altura de dos codos; y sus cuernos de la misma pieza.

26 Y lo cubrió de oro puro, su cubierta y sus paredes alrededor, y sus cuernos, y le hizo una cornisa de oro alrededor.

27 Le hizo también dos anillos de oro debajo de la cornisa en las dos esquinas a los dos lados, para meter por ellos las varas con que había de ser conducido.

28 E hizo las varas de madera de acacia, y las cubrió de oro.

29 Hizo asimismo el aceite santo de la unción, y el incienso puro, aromático, según el arte del perfumador.

Footnotes:

  1. Éxodo 35:2 Aquí equivale a sábado.
  2. Éxodo 35:3 Aquí equivale a sábado.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

A lo mejor eres un extraterrestre

Enero 26

A lo mejor eres un extraterrestre

Lectura bíblica: Lucas 6:37, 38

No condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Lucas 6:37

a1Angélica y René habían sido amigas desde el jardín de infantes. Cuando la profesora de zoología les hizo formar pareja para realizar un proyecto, no veían la hora de empezar. Pero lo que comenzó como una pareja feliz casi terminó con su amistad. A Angélica no le gustaba cuando René le ordenaba lo que tenía que hacer. Y como ninguna de las dos era muy puntual, no completaban los trabajos a tiempo y terminaban diciendo:
—¡Eres perezosa!
—¡Y tú eres tonta!
Cuando conoces a una persona a fondo, los conflictos son inevitables. Es posible que hayas tenido diferencias con tus amigos. Quizá en este mismo momento estás en medio de un altercado. De hecho, si nunca has tenido un conflicto con tu mejor amigo, es por una de las siguientes razones:

(a) Tu mejor amigo existe sólo en tu imaginación.
(b) Tu mejor amigo es un amigo con quien te carteas y no hablan el mismo idioma.
(c) Uno o ambos son seres extraterrestres.
(d) Tú y tu amigo no son tan amigos como creías.
Cuando tienes un conflicto con un amigo, tienes dos alternativas: resolver el conflicto o dar por terminada la amistad.
Tema para comentar: ¿Cuáles son algunas maneras de resolver las dificultades que se presentan entre amigos?
Dios tiene magníficas palabras de sabiduría para resolver los problemas entre amigos: Debes tener en cuenta que así como tratas a tu amigo, te tratará él a ti. Si estás enojado con tu amigo, tu amigo se enojará contigo. Si tratas bien a tu amigo, lo más probable es que él te trate de la misma manera.
Eso significa que la meta debe ser tratarse el uno al otro del modo como cada uno quiere ser tratado (Lucas 6:31). Y si necesitas algunas ideas para hacerlo, aquí tienes tres:

• Elige las palabras apropiadas. Piensa antes de abrir la boca. Pesa tus palabras antes de decirlas y determina si ayudarán a resolver el problema.
• Estudia los puntos de vista de tu amigo. Considera al conflicto desde el punto de vista de tu amigo. Piensa en cómo se siente él, en lugar de pensar en cómo te sientes tú.
• No te des por vencido. Las amistades no existen para ser descartadas. Por eso, sigan hablando hasta que hayan resuelto las cosas.

Y hay una más: perdonar. Cuando perdones como Dios te ha perdonado a ti, puedes superar los conflictos con tu amigo por más grandes que sean.

PARA DIALOGAR
¿En medio de qué conflicto te encuentras en este momento que necesitas resolver?

PARA ORAR
Señor, danos un sentimiento tierno y cariñoso hacia nuestros amigos, que no se rinda cuando surge algún problema.

PARA HACER
Determina un paso que puedas tomar hoy para rehacer o fortalecer una amistad.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

DURMIENDO CON EL ENEMIGO

DURMIENDO CON EL ENEMIGO 

Programa No. 2016-01-26
PABLO MARTINI
a1La primera epístola universal de San Juan, apóstol, escrita hace ya más de dos mil años durante el final del primer siglo de la era cristiana, advierte sobre la presencia de cierta influencia a oponerse a las verdades de Dios pero de un manera subliminal, oculta, y enmascarada. Llama a esta tendencia el “espíritu del anticristo”. La palabra “anticristo” tiene un significado compuesto. Significa por un lado “enemigo de Cristo” y por el otro “parecido a Cristo.” No sé si te das cuenta de que esto representa un doble peligro. Yo puedo temerle a un enemigo y hasta evaluar su capacidad de dañarme y prepararme para el ataque o defenderme, pero cuando ese enemigo está disfrazado de amigo la cosa se pone peor. Peor porque no puedo identificar el ataque, peor porque no puedo prevenir el daño y porque puedo estar en sus manos sin darme cuenta.
Sí, “durmiendo con mi enemigo”. Esto es ya una realidad alarmante ante nuestros propios ojos, o por lo menos ante los ojos de los que tenemos cierto discernimiento por la cercanía con la Palabra de Verdad. Pero muchos hoy son engañados. Gobiernos a nivel mundial se esfuerzan por controlar los medios masivos de comunicación como la prensa, la T.V. y los programas de radio. A través de esos espacios de comunicación obligan a las entidades difusoras de todo credo a divulgar sus mensajes. Mensajes que con una fachada de valores humanistas niegan ocultamente la existencia de Dios y recomienda a los ciudadanos a encontrar la solución para sus problemas existenciales dentro de cada uno. Esta verdad es aceptada por muchos pero totalmente divorciada del consejo de Dios, Quien dice de diferentes maneras en Su Palabra que el único Camino está en Cristo. Aquel que descendió del cielo para traernos la solución. Como lo ves es una mentira disfrazaba de verdad, impuesta desde nuestros propios micrófonos, canales y, próximamente púlpitos de iglesias. (Y esto recién comienza)…

http://labibliadice.org/una-pausa-en-tu-vida/programa-no-2016-01-26/