Metáforas de la Iglesia de Cristo

Metáforas de la Iglesia de Cristo

Programa No. 2016-01-11

DAVID LOGACHO
Es un gozo contar con su sintonía amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. El tema general de nuestros últimos estudios bíblicos es la iglesia de Cristo. Estamos examinando las diferentes metáforas de la iglesia de Cristo que aparecen en El Nuevo Testamento. En esta ocasión vamos a tratar acerca de una m
CORTINA
DAVID LOGACHO
En Efesios 5:25 encontramos palabras memorables acerca de la iglesia de Cristo, pronunciadas por un renombrado apóstol. Dice allí el apóstol Pablo: Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,

a1Ya hemos visto que la iglesia de Cristo no es un edificio ni una organización ni una denominación. La iglesia de Cristo es un organismo viviente, formado por todos aquellos que han recibido a Cristo como su Salvador. Este grupo de creyentes, es algo precioso para Cristo, por eso él lo amó. A los ojos del mundo la verdadera iglesia de Cristo es despreciable, y consecuentemente ha sido perseguida, humillada y cuestionada, pero a los ojos de Cristo, la iglesia es preciosa, tan preciosa que es el objeto de su amor. El amor de Cristo por su iglesia es tal, que se entregó a sí mismo por ella. Esto nos hace pensar en el elevado precio que Cristo tuvo que pagar para comprar su iglesia. El precio fue su vida misma. Por eso el versículo leído dice que Cristo se entregó a sí mismo por ella. Cristo pagó el precio para comprar su iglesia, por tanto la iglesia le pertenece con absoluta legitimidad. A veces escuchamos a personas, pastores o ancianos, decir algo como lo siguiente: En mi iglesia hacemos tal o cual cosa. Los creyentes también suelen decir cosas como: En nuestra iglesia tenemos un programa especial. Frasees así, aunque sean bien intencionadas, sin embargo no se ajustan a la realidad de los hechos por cuanto comunican que la iglesia pertenece a los pastores o ancianos a un grupo de creyentes, pero como ya ha quedado establecido, la iglesia de Cristo pertenece a Cristo, no importa si estamos hablando de la iglesia universal o la iglesia local. Debemos cuidar la forma de expresarnos al hablar de la iglesia de Cristo, no sea que sin querer estemos dando como nuestro algo que no es nuestro de ninguna manera, porque no son los pastores o los ancianos o lo creyentes quienes murieron por la iglesia sino el Señor Jesucristo. Por otro lado, amable oyente, si la iglesia de Cristo es el objeto el amor de Cristo, debemos tener extremo cuidado en la forma como la tratamos. permítame una ilustración para enfatizar este punto. Mi esposa es el objeto de mi amor.

Para mí no existe peor ofensa que aquella irrogada en contra de mi esposa. ¿Sabe por qué? Porque mi esposa es el objeto de mi amor. Es como la niña de mis ojos. Cuando ella es atacada, realmente lo siento en lo más profundo de mi corazón. Igual es con Cristo amable oyente. La iglesia de Cristo es el objeto del amor de Cristo. La iglesia de Cristo es la niña de los ojos de Cristo. Si yo hago algo en contra de la iglesia de Cristo, estoy hiriendo a Cristo donde más le duele. Y si por si acaso no sabe como se puede ofende a la iglesia de Cristo, quiero decirle que es por medio de ofender a los que somos parte de la iglesia de Cristo. Esta verdad es supremamente clara en el relato de la conversión de Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo. Antes de su encuentro personal con Cristo, Saulo de Tarso era un perseguidor de la iglesia de Cristo. Su misión era arrestar a los creyentes para llevarlos ante las autoridades en Jerusalén. Cierto día se dirigía a Damasco para cumplir con su protervo plan. Mas yendo por el camino, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Saulo quedó perplejo por la experiencia y preguntó: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Saulo debe haber quedado más sorprendido aún por estas palabras de Jesús. Quizá pudo haber dicho: Pero Jesús, yo no te estoy persiguiendo. Yo estoy persiguiendo solamente a los que te siguen, a tu iglesia. Cristo entonces hubiera respondido: Saulo, tengo una noticia para ti. El perseguir al más insignificante miembro de mi iglesia, en realidad es como si me estuvieras persiguiendo a mí. Por eso fue que Jesús dijo: Yo soy Jesús a quien tú persigues. Saulo debió haberse quedado petrificado. Al atacar a los creyentes estaba atacando a Jesús. Esto es algo extremadamente serio. Por eso Jesús dijo a Saulo las palabras: dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Quien sale perdiendo al atacar a los creyentes es el que ataca, amable oyente. Igual es hoy en día. Cuando una persona insulta o persigue o humilla a un creyente, está en realidad insultando o persiguiendo o humillando a Cristo mismo. Esto es cosa seria amable oyente. Es como dijo Cristo, cosa dura, es como dar coces contra el aguijón. El que sale perdiendo es el ofensor, no el ofendido. Por eso, cuidado amable oyente con ofender a otro creyente. Será Cristo quien reciba esa ofensa y realmente es altamente riesgoso atentar contra el Rey de Reyes y Señor de Señores. Dicho esto, pasemos a examinar una nueva metáfora de la iglesia de Cristo. Recuerde que las metáforas son figuras de lenguaje que nos ayudan a comprender cosas espirituales. Ya hemos visto que la iglesia es como un rebaño con un pastor. También es como la labranza de Dios. También es como el edificio de Dios. La metáfora que vamos a examinar en esta ocasión se encuentra en 1 Corintios 3:16. La Biblia dice: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Aquí tenemos otra metáfora de la iglesia de Cristo. Según este texto la iglesia de Cristo es el templo de Dios. En el idioma en el cual se escribió el Nuevo Testamento existen dos palabras que se pueden traducir como templo. La una es hieron que significa el templo en su forma global. Es decir, que si pensamos por ejemplo en el templo de Jerusalén, hieron, denota todo el templo con el muro exterior con sus puertas, el atrio exterior, el enlosado, el atrio interior con sus puertas, la cámara para lavar los animales para el sacrificio, las cámaras para los sacerdotes, el lugar santo y el lugar santísimo. Es decir la edificación completa. La otra palabra que se traduce como templo es naos, que a diferencia de la anterior, significa solamente el lugar santo y el lugar santísimo donde entraba una sola vez por año el sumo sacerdote para hacer su ofrenda. La palabra naos viene de una raíz que significa morar. Es una alusión al lugar donde mora Dios. Dios moraba en el lugar santísimo del templo. Ahora note esto amable oyente. La palabra que se ha traducido como templo en 1 Corintios 3:16 para referirse a la iglesia de Cristo no es hieron que significa la edificación completa sino naos que significa el lugar santo y el lugar santísimo. Algunas traducciones del Nuevo Testamento han incorporado esta diferencia en la traducción y han traducido la palabra naos como santuario. Es decir que el versículo en 1 Corintios 3:16 se leería así: ¿No sabéis que sois santuario de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Esto es muy significativo amable oyente. La iglesia de Cristo es el santuario de Dios. Es el lugar donde mora Dios. Hoy en día Dios no habita en templos hechos con manos de hombres. Nadie puede decir con propiedad que va a un templo a encontrarse allí con Dios porque Dios no mora en edificios o templos por más adornados y sofisticados que sean. Hoy en día Dios mora en la iglesia de Cristo porque la iglesia de Cristo es el santuario de Dios. Es decir amable oyente, que más vale que en la iglesia de Cristo predomine la santidad. Los sacerdotes del Antiguo Testamento no podían entrar así no más a lugar santo a realizar sus ritos. Antes de entrar al lugar santo debían pasar por un complicado rito de purificación. Lo que pasa es que la morada de Dios es santa y santos deben ser los que allí entran. Esto nos dice que la iglesia de Cristo también debe ser santa. 1 Pedro 1:15-16 dice: sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;

1Pe 1:16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

Es decir amable oyente, que los que somos parte de la iglesia de Cristo no podemos coquetear con el pecado. No podemos vivir en el pecado, no podemos acariciar el pecado. Si lográramos tomar conciencia que como creyentes somos el santuario de Dios, estoy seguro que pensaríamos muchas veces antes de ceder a la tentación a pecar. Un pensamiento final amable oyente. Además de ser santuario de Dios, la iglesia de Cristo es santuario del Espíritu de Dios. Esto es una doble responsabilidad. Cuidado con manchar con el pecado algo que debe ser santo porque es la morada de Dios y del Espíritu de Dios.

CORTINA
PABLO LOGACHO
Agradecemos su sintonía en el día de hoy, y le recordamos que LA BIBLIA DICE… se sostiene gracias a las oraciones y donativos de los hermanos que comprometidos con la gran comisión han decidido apoyarnos, si Usted desea tener parte en esto, contáctese con nosotros para indicarle la manera de hacerlo y… antes de despedir el programa de hoy quiero invitarle a visitar nuestra página Web y conocer la respuesta a la PREGUNTA DEL DIA. ¿Es correcto que los creyentes vistan de luto cuando muere otro creyente? Nuestra dirección es: labibliadice.org Bendiciones y le esperamos en nuestra próxima edición.

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HISTORIA DEL CRISTIANISMO 1

 

HISTORIA DEL CRISTIANISMO

Autor: Justo L. Gonzáles

PARTE I

La era de los mártires

Cristianismo e historia 1

Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.

Lucas 2.1

a1Desde sus mismos orígenes, el evangelio se injertó en la historia humana. De hecho, eso es el evangelio: las buenas nuevas de que en Jesucristo Dios se ha introducido en nuestra historia, en pro de nuestra redención.

Los autores bíblicos no dejan lugar a dudas acerca de esto. El Evangelio de San Lucas nos dice que el nacimiento de Jesús tuvo lugar en tiempo de Augusto César, y “siendo Cirenio gobernador de Siria” (Lucas 2:2). Poco antes, el mismo evangelista coloca su narración dentro del marco de la historia de Palestina, al decirnos que estos hechos sucedieron “en los días de Herodes, rey de Judea” (Lucas 1:5). El Evangelio de San Mateo se abre con una genealogía que enmarca a Jesús dentro de la historia y las esperanzas del pueblo de Israel, y casi seguidamente nos dice también que Jesús nació “en días del rey Herodes” (Mateo 2:1). Marcos nos da menos detalles, pero no deja de señalar que su libro trata de lo que “aconteció en aquellos días” (Marcos 1:9). El Evangelio de San Juan quiere asegurarse de que no pensemos que todas estas narraciones tienen un interés meramente transitorio, y por ello comienza afirmando que el Verbo que fue hecho carne en medio de la historia humana (Juan 1:14) es el mismo que “era en el principio con Dios” (Juan 1:2). Pero después todo el resto de este evangelio se nos presenta a modo de narración de la vida de Jesús. Por último, un interés semejante puede verse en la Primera Epístola de San Juan, cuyas primeras líneas declaran que “lo que era desde el principio” es también “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos”(l Juan 1:1).

Esta importancia de la historia para comprender el sentido de nuestra fe no se limita a la vida de Jesús, sino que abarca todo el mensaje bíblico. En el Antiguo Testamento, buena parte del texto sagrado es de carácter histórico. No sólo los libros que generalmente llamamos “históricos”, sino también los libros de la Ley —por ejemplo, Génesis y Exodo, y de los profetas nos narran una historia en la que Dios se ha revelado a su pueblo. Aparte de esa historia, es imposible conocer esa revelación.

También en el Nuevo Testamento encontramos el mismo interés en la historia. Lucas, después de completar su evangelio, siguió narrando la historia de la iglesia cristiana en el libro de Hechos. Esto no lo hizo Lucas por simple curiosidad anticuaria. Lo hizo más bien por fuertes razones teológicas. En efecto, según el Nuevo Testamento la presencia de Dios entre nosotros no terminó con la ascención de Jesús. Al contrario, el propio Jesús les prometió a sus discípulos que no les dejaría solos, sino que les enviaría otro Consolador (Juan 14:16–26). Y al principio de Hechos, inmediatamente antes de la ascención, Jesús les dice que recibirán el poder del Espíritu Santo, y que en virtud de ello le serán testigos “hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés marca el comienzo de la vida de la iglesia. Por lo tanto, lo que Lucas está narrando en el libro que generalmente llamamos “Hechos de los Apóstoles” no es tanto los hechos de los apóstoles como los hechos del Espíritu Santo a través de los apóstoles. Lucas escribe entonces dos libros, el primero sobre los hechos de Jesucristo, y el segundo sobre los hechos del Espíritu. El segundo libro, empero, casi parece haber quedado inconcluso. Al final de Hechos, Pablo está todavía predicando en Roma, y el libro no nos dice qué fue de él ni del resto de la iglesia. Esto tenía que ser así, porque la historia que Lucas está narrando necesariamente no ha de tener fin hasta que el Señor venga.

Naturalmente, esto no quiere decir que toda la historia de la iglesia tenga el mismo valor o la misma autoridad que el libro de Hechos. Al contrario, la iglesia siempre ha creído que el Nuevo Testamento y la edad apostólica tienen una autoridad única. Pero lo que antecede sí quiere decir que, desde el punto de vista de la fe, la historia de la iglesia o del cristianismo es mucho más que la historia de una institución o de un movimiento cualquiera. La historia del cristianismo es la historia de los hechos del Espíritu entre los hombres y las mujeres que nos han precedido en la fe.

A veces en el curso de esta historia habrá momentos en los que nos será difícil ver la acción del Espíritu Santo. Habrá quienes utilizarán la fe de la iglesia para enriquecerse o para engrandecer su poderío personal. Otros habrá que se olvidarán del mandamiento de amor y perseguirán a sus enemigos con una saña indigna del nombre de Cristo. En algunos períodos nos parecerá que toda la iglesia ha abandonado por completo la fe bíblica, y tendremos que preguntarnos hasta qué punto tal iglesia puede verdaderamente llamarse cristiana. En tales momentos, quizá nos convenga recordar dos puntos importantes.

El primero de estos puntos es que la historia que estamos narrando es la historia de los hechos del Espíritu Santo, sí; pero es la historia de esos hechos entre gentes pecadoras como nosotros. Esto puede verse ya en el Nuevo Testamento, donde Pedro, Pablo y los demás apóstoles se nos presentan a la vez como personas de fe y como miserables pecadores. Y, si ese ejemplo no nos basta, no tenemos más que mirar a los “santos” de Corinto a quienes Pablo dirige su primera epístola.

El segundo punto que debemos recordar es que ha sido precisamente a través de esos pecadores y de esa iglesia al parecer totalmente descarriada que el evangelio ha llegado hasta nosotros. Aun en medio de los siglos más oscuros de la vida de la iglesia, nunca faltaron cristianos que amaron, estudiaron, conservaron y copiaron las Escrituras, y que de ese modo las hicieron llegar hasta nuestros días. Además, según iremos viendo en el curso de esta historia, nuestro propio modo de interpretar las Escrituras no deja de manifestar el impacto de esas generaciones anteriores.  Una y otra vez a través de los siglos el Espíritu Santo ha estado llamando al pueblo de Dios a nuevas aventuras de obediencia. Nosotros también somos parte de esa historia, de esos hechos del Espíritu.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 21–23). Miami, FL: Editorial Unilit.

“Clichés” intrascendentes.

“Clichés” intrascendentes.

Programa No. 2016-01-11

PABLO MARTINI

a1“Hola. ¿Cómo está?» «Bien». Esto no es exactamente lo que llamaríamos una conversación profunda. Este breve intercambio de palabras es común entre amigos y conocidos que se cruzan y saludan con uno o dos clichés. Estos ya son parte de la vida, y con ellos saturamos oraciones y párrafos. Pero cuando este es en esencia la clase de comunicación entre dos personas, sus relaciones se quedan en un nivel bien superficial. A veces la verbosidad también está llena de datos y opiniones. Puedes ser capaz de utilizar palabras profundas, pero aún te escondes detrás de tus propias y elocuentes palabras. Solo cuando se exteriorizan sentimientos y emociones sinceros uno puede conocer, amar y ayudar a la persona. A menudo, los patrones de comunicación superficial se vuelcan también en nuestras pláticas con Dios.

Esto es muy triste. Muy fácilmente nos deslizamos sobre líneas muy trilladas que hemos recitado por décadas, o rápidamente lanzamos a Dios uno o dos clichés y lo llamamos oración. No hay duda alguna de que Dios escucha y comprende estos intentos débiles, pero cuando limitamos la profundidad de nuestra comunicación, nos volvemos superficiales en nuestra relación con Dios. No obstante, Él nos conoce y quiere tener una comunicación sincera con nosotros. Los verdaderos adoradores que Dios busca confiesan sus pecados, expresan sus dudas y temores, piden ayuda a Dios en tiempos difíciles, lo alaban y adoran. Son creyentes que claman a Dios desde las profundidades de la desesperación, o que le cantan con gran celebración.

Pero ya sea que estén en medio del regocijo o en medio de la desesperación, siempre los notarás expresándole con sinceridad a Dios sus sentimientos. A lo largo de la historia los creyentes han buscado en el Libro de libros el alivio que necesitan durante los momentos de lucha y aflicción. Así, han subido de las profundidades de la desesperación hacia nuevas cimas de gozo y alabanza al descubrir el poder del amor y del perdón eterno de Dios. Permite que la sinceridad te guíe en una relación más genuina y profunda con Dios.

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Reconciliación entre Jacob y Esaú

Génesis 33-36

Reconciliación entre Jacob y Esaú

a133:1  Alzando Jacob sus ojos, miró, y he aquí venía Esaú, y los cuatrocientos hombres con él; entonces repartió él los niños entre Lea y Raquel y las dos siervas.

Y puso las siervas y sus niños delante, luego a Lea y sus niños, y a Raquel y a José los últimos.

Y él pasó delante de ellos y se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano.

Pero Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron.

Y alzó sus ojos y vio a las mujeres y los niños, y dijo: ¿Quiénes son éstos? Y él respondió: Son los niños que Dios ha dado a tu siervo.

Luego vinieron las siervas, ellas y sus niños, y se inclinaron.

Y vino Lea con sus niños, y se inclinaron; y después llegó José y Raquel, y también se inclinaron.

Y Esaú dijo: ¿Qué te propones con todos estos grupos que he encontrado? Y Jacob respondió: El hallar gracia en los ojos de mi señor.

Y dijo Esaú: Suficiente tengo yo, hermano mío; sea para ti lo que es tuyo.

10 Y dijo Jacob: No, yo te ruego; si he hallado ahora gracia en tus ojos, acepta mi presente, porque he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios, pues que con tanto favor me has recibido.

11 Acepta, te ruego, mi presente que te he traído, porque Dios me ha hecho merced, y todo lo que hay aquí es mío. E insistió con él, y Esaú lo tomó.

12 Y Esaú dijo: Anda, vamos; y yo iré delante de ti.

13 Y Jacob le dijo: Mi señor sabe que los niños son tiernos, y que tengo ovejas y vacas paridas; y si las fatigan, en un día morirán todas las ovejas.

14 Pase ahora mi señor delante de su siervo, y yo me iré poco a poco al paso del ganado que va delante de mí, y al paso de los niños, hasta que llegue a mi señor a Seir.

15 Y Esaú dijo: Dejaré ahora contigo de la gente que viene conmigo. Y Jacob dijo: ¿Para qué esto? Halle yo gracia en los ojos de mi señor.

16 Así volvió Esaú aquel día por su camino a Seir.

17 Y Jacob fue a Sucot, y edificó allí casa para sí, e hizo cabañas para su ganado; por tanto, llamó el nombre de aquel lugar Sucot.[a]

18 Después Jacob llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán, cuando venía de Padan-aram; y acampó delante de la ciudad.

19 Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien monedas.[b]

20 Y erigió allí un altar, y lo llamó El-Elohe-Israel.[c]

La deshonra de Dina vengada

34:1  Salió Dina la hija de Lea, la cual ésta había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país.

Y la vio Siquem hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró.

Pero su alma se apegó a Dina la hija de Lea, y se enamoró de la joven, y habló al corazón de ella.

Y habló Siquem a Hamor su padre, diciendo: Tómame por mujer a esta joven.

Pero oyó Jacob que Siquem había amancillado a Dina su hija; y estando sus hijos con su ganado en el campo, calló Jacob hasta que ellos viniesen.

Y se dirigió Hamor padre de Siquem a Jacob, para hablar con él.

Y los hijos de Jacob vinieron del campo cuando lo supieron; y se entristecieron los varones, y se enojaron mucho, porque hizo vileza en Israel acostándose con la hija de Jacob, lo que no se debía haber hecho.

Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer.

Y emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas, y tomad vosotros las nuestras.

10 Y habitad con nosotros, porque la tierra estará delante de vosotros; morad y negociad en ella, y tomad en ella posesión.

11 Siquem también dijo al padre de Dina y a los hermanos de ella: Halle yo gracia en vuestros ojos, y daré lo que me dijereis.

12 Aumentad a cargo mío mucha dote y dones, y yo daré cuanto me dijereis; y dadme la joven por mujer.

13 Pero respondieron los hijos de Jacob a Siquem y a Hamor su padre con palabras engañosas, por cuanto había amancillado a Dina su hermana.

14 Y les dijeron: No podemos hacer esto de dar nuestra hermana a hombre incircunciso, porque entre nosotros es abominación.

15 Mas con esta condición os complaceremos: si habéis de ser como nosotros, que se circuncide entre vosotros todo varón.

16 Entonces os daremos nuestras hijas, y tomaremos nosotros las vuestras; y habitaremos con vosotros, y seremos un pueblo.

17 Mas si no nos prestareis oído para circuncidaros, tomaremos nuestra hija y nos iremos.

18 Y parecieron bien sus palabras a Hamor, y a Siquem hijo de Hamor.

19 Y no tardó el joven en hacer aquello, porque la hija de Jacob le había agradado; y él era el más distinguido de toda la casa de su padre.

20 Entonces Hamor y Siquem su hijo vinieron a la puerta de su ciudad, y hablaron a los varones de su ciudad, diciendo:

21 Estos varones son pacíficos con nosotros, y habitarán en el país, y traficarán en él; pues he aquí la tierra es bastante ancha para ellos; nosotros tomaremos sus hijas por mujeres, y les daremos las nuestras.

22 Mas con esta condición consentirán estos hombres en habitar con nosotros, para que seamos un pueblo: que se circuncide todo varón entre nosotros, así como ellos son circuncidados.

23 Su ganado, sus bienes y todas sus bestias serán nuestros; solamente convengamos con ellos, y habitarán con nosotros.

24 Y obedecieron a Hamor y a Siquem su hijo todos los que salían por la puerta de la ciudad, y circuncidaron a todo varón, a cuantos salían por la puerta de su ciudad.

25 Pero sucedió que al tercer día, cuando sentían ellos el mayor dolor, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón.

26 Y a Hamor y a Siquem su hijo los mataron a filo de espada; y tomaron a Dina de casa de Siquem, y se fueron.

27 Y los hijos de Jacob vinieron a los muertos, y saquearon la ciudad, por cuanto habían amancillado a su hermana.

28 Tomaron sus ovejas y vacas y sus asnos, y lo que había en la ciudad y en el campo,

29 y todos sus bienes; llevaron cautivos a todos sus niños y sus mujeres, y robaron todo lo que había en casa.

30 Entonces dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis turbado con hacerme abominable a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo; y teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa.

31 Pero ellos respondieron: ¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera?

Dios bendice a Jacob en Bet-el

35:1  Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.

Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos.

Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado.

Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem.

Y salieron, y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob.

Y llegó Jacob a Luz, que está en tierra de Canaán (esta es Bet-el), él y todo el pueblo que con él estaba.

Y edificó allí un altar, y llamó al lugar El-bet-el,[d] porque allí le había aparecido Dios, cuando huía de su hermano.

Entonces murió Débora, ama de Rebeca, y fue sepultada al pie de Bet-el, debajo de una encina, la cual fue llamada Alón-bacut.[e]

Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, y le bendijo.

10 Y le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel.

11 También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos.

12 La tierra que he dado a Abraham y a Isaac, la daré a ti, y a tu descendencia después de ti daré la tierra.

13 Y se fue de él Dios, del lugar en donde había hablado con él.

14 Y Jacob erigió una señal en el lugar donde había hablado con él, una señal de piedra, y derramó sobre ella libación, y echó sobre ella aceite.

15 Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar donde Dios había hablado con él, Bet-el.

Muerte de Raquel

16 Después partieron de Bet-el; y había aún como media legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz Raquel, y hubo trabajo en su parto.

17 Y aconteció, como había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, que también tendrás este hijo.

18 Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni;[f] mas su padre lo llamó Benjamín.[g]

19 Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén.

20 Y levantó Jacob un pilar sobre su sepultura; esta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy.

21 Y salió Israel, y plantó su tienda más allá de Migdal-edar.

Los hijos de Jacob

(1 Cr. 2.1-2)

22 Aconteció que cuando moraba Israel en aquella tierra, fue Rubén y durmió con Bilha la concubina de su padre; lo cual llegó a saber Israel. Ahora bien, los hijos de Israel fueron doce:

23 los hijos de Lea: Rubén el primogénito de Jacob; Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón.

24 Los hijos de Raquel: José y Benjamín.

25 Los hijos de Bilha, sierva de Raquel: Dan y Neftalí.

26 Y los hijos de Zilpa, sierva de Lea: Gad y Aser. Estos fueron los hijos de Jacob, que le nacieron en Padan-aram.

Muerte de Isaac

27 Después vino Jacob a Isaac su padre a Mamre, a la ciudad de Arba, que es Hebrón, donde habitaron Abraham e Isaac.

28 Y fueron los días de Isaac ciento ochenta años.

29 Y exhaló Isaac el espíritu, y murió, y fue recogido a su pueblo, viejo y lleno de días; y lo sepultaron Esaú y Jacob sus hijos.

Los descendientes de Esaú

(1 Cr. 1.34-54)

36:1 Estas son las generaciones de Esaú, el cual es Edom:

Esaú tomó sus mujeres de las hijas de Canaán: a Ada, hija de Elón heteo, a Aholibama, hija de Aná, hijo de Zibeón heveo,

y a Basemat hija de Ismael, hermana de Nebaiot.

Ada dio a luz a Esaú a Elifaz; y Basemat dio a luz a Reuel.

Y Aholibama dio a luz a Jeús, a Jaalam y a Coré; estos son los hijos de Esaú, que le nacieron en la tierra de Canaán.

Y Esaú tomó sus mujeres, sus hijos y sus hijas, y todas las personas de su casa, y sus ganados, y todas sus bestias, y todo cuanto había adquirido en la tierra de Canaán, y se fue a otra tierra, separándose de Jacob su hermano.

Porque los bienes de ellos eran muchos; y no podían habitar juntos, ni la tierra en donde moraban los podía sostener a causa de sus ganados.

Y Esaú habitó en el monte de Seir; Esaú es Edom.

Estos son los linajes de Esaú, padre de Edom, en el monte de Seir.

10 Estos son los nombres de los hijos de Esaú: Elifaz, hijo de Ada mujer de Esaú; Reuel, hijo de Basemat mujer de Esaú.

11 Y los hijos de Elifaz fueron Temán, Omar, Zefo, Gatam y Cenaz.

12 Y Timna fue concubina de Elifaz hijo de Esaú, y ella le dio a luz a Amalec; estos son los hijos de Ada, mujer de Esaú.

13 Los hijos de Reuel fueron Nahat, Zera, Sama y Miza; estos son los hijos de Basemat mujer de Esaú.

14 Estos fueron los hijos de Aholibama mujer de Esaú, hija de Aná, que fue hijo de Zibeón: ella dio a luz a Jeús, Jaalam y Coré, hijos de Esaú.

15 Estos son los jefes de entre los hijos de Esaú: hijos de Elifaz, primogénito de Esaú: los jefes Temán, Omar, Zefo, Cenaz,

16 Coré, Gatam y Amalec; estos son los jefes de Elifaz en la tierra de Edom; estos fueron los hijos de Ada.

17 Y estos son los hijos de Reuel, hijo de Esaú: los jefes Nahat, Zera, Sama y Miza; estos son los jefes de la línea de Reuel en la tierra de Edom; estos hijos vienen de Basemat mujer de Esaú.

18 Y estos son los hijos de Aholibama mujer de Esaú: los jefes Jeús, Jaalam y Coré; estos fueron los jefes que salieron de Aholibama mujer de Esaú, hija de Aná.

19 Estos, pues, son los hijos de Esaú, y sus jefes; él es Edom.

20 Estos son los hijos de Seir horeo, moradores de aquella tierra: Lotán, Sobal, Zibeón, Aná,

21 Disón, Ezer y Disán; estos son los jefes de los horeos, hijos de Seir, en la tierra de Edom.

22 Los hijos de Lotán fueron Hori y Hemam; y Timna fue hermana de Lotán.

23 Los hijos de Sobal fueron Alván, Manahat, Ebal, Sefo y Onam.

24 Y los hijos de Zibeón fueron Aja y Aná. Este Aná es el que descubrió manantiales en el desierto, cuando apacentaba los asnos de Zibeón su padre.

25 Los hijos de Aná fueron Disón, y Aholibama hija de Aná.

26 Estos fueron los hijos de Disón: Hemdán, Esbán, Itrán y Querán.

27 Y estos fueron los hijos de Ezer: Bilhán, Zaaván y Acán.

28 Estos fueron los hijos de Disán: Uz y Arán.

29 Y estos fueron los jefes de los horeos: los jefes Lotán, Sobal, Zibeón, Aná,

30 Disón, Ezer y Disán; estos fueron los jefes de los horeos, por sus mandos en la tierra de Seir.

31 Y los reyes que reinaron en la tierra de Edom, antes que reinase rey sobre los hijos de Israel, fueron estos:

32 Bela hijo de Beor reinó en Edom; y el nombre de su ciudad fue Dinaba.

33 Murió Bela, y reinó en su lugar Jobab hijo de Zera, de Bosra.

34 Murió Jobab, y en su lugar reinó Husam, de tierra de Temán.

35 Murió Husam, y reinó en su lugar Hadad hijo de Bedad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab; y el nombre de su ciudad fue Avit.

36 Murió Hadad, y en su lugar reinó Samla de Masreca.

37 Murió Samla, y reinó en su lugar Saúl de Rehobot junto al Eufrates.

38 Murió Saúl, y en lugar suyo reinó Baal-hanán hijo de Acbor.

39 Y murió Baal-hanán hijo de Acbor, y reinó Hadar en lugar suyo; y el nombre de su ciudad fue Pau; y el nombre de su mujer, Mehetabel hija de Matred, hija de Mezaab.

40 Estos, pues, son los nombres de los jefes de Esaú por sus linajes, por sus lugares, y sus nombres: Timna, Alva, Jetet,

41 Aholibama, Ela, Pinón,

42 Cenaz, Temán, Mibzar,

43 Magdiel e Iram. Estos fueron los jefes de Edom según sus moradas en la tierra de su posesión. Edom es el mismo Esaú, padre de los edomitas.

Footnotes:

  1. Génesis 33:17 Esto es, Cabañas.
  2. Génesis 33:19 Heb. cien kesitas.
  3. Génesis 33:20 Esto es, Dios, el Dios de Israel.
  4. Génesis 35:7 Esto es, Dios de Bet-el.
  5. Génesis 35:8 Esto es, La encina del llanto.
  6. Génesis 35:18 Esto es, Hijo de mi tristeza.
  7. Génesis 35:18 Esto es, Hijo de la mano derecha.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

Ahora soy tu papá

Enero 11

Ahora soy tu papá

Lectura bíblica: Romanos 8:14–17

Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Romanos 8:14

a1Amanda nunca había conocido a su papá. Éste había abandonado a su mamá antes de nacer ella.

La vida con mamá era requetebuena, y por muchos años Amanda no se preocupó porque no tenía papá. Después apareció Mauricio. Empezó a cortejar a la mamá de Amanda cuando Amanda tenía 12 años. Ahora tenía 14, y la pareja se había casado hacía dos meses. Amanda quería a Mauricio como si fuera el padre que nunca tuvo. Siempre había creído que sería demasiado pedirle a Dios un papá, pero Dios se lo había dado. Y Mauricio era increíble. Era bueno, divertido y muy consagrado a Dios.

Aun así, un oscuro temor persistía en un rincón del cerebro de Amanda. Estaba preocupada de que un día también Mauricio la abandonaría. ¿Por qué no? Su verdadero papá lo había hecho. No había nada que obligara a Mauricio a asumir las responsabilidades del padre de Amanda. Podía dejarla cuando quisiera, y ella no podía hacer nada para impedirlo.

Un día Mauricio y la mamá de Amanda la llevaron a cenar y le contaron algo que habían decidido aun antes de contraer matrimonio. Le dijeron que era importante para ellos que Mauricio adoptara legalmente a Amanda. Pensar en esta posibilidad la aterrorizaba y al mismo tiempo la emocionaba. Si él realmente lo hacía, sería legalmente su padre. Por fin tendría un papá de verdad. Pero, ¿qué si él se echaba atrás?

Día tras día Amanda esperaba la noticia de que hubieran finalizado los trámites de la adopción. Un día llegó de la escuela a casa y vio el auto de Mauricio frente a la casa, más temprano que de costumbre. Cuando entró, la esperaban Mauricio y mamá. Mauricio se puso de pie y dijo:
—Hoy llegaron los documentos de adopción, Amanda.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al agregar:
—Ahora soy tu papá.

Amanda se le abalanzó para darle un enorme abrazo:
—Gracias por elegirme a mí —dijo en medio de sus propias lágrimas—. Gracias, gracias… papá.

Mauricio había tomado un paso único para demostrar su cariño por Amanda y su deseo de ser su padre, oficializando su relación por medio de la adopción. Cuando Dios nos hace sus hijos, hace lo mismo. Nos adopta. Hace que nuestra relación en su familia sea permanente. Somos sus hijos e hijas para siempre.

Si has aceptado a Jesús como tu Salvador, eres parte de la familia de Dios. Nunca te tienes que preocupar de tu relación con tu Padre celestial. Él nunca te abandonará. Los trámites de los documentos de adopción han finalizado. Él es tu Papá.

PARA DIALOGAR
¿Cómo te sientes al saber que Dios te ha adoptado permanentemente como parte de su familia?

PARA ORAR
Gracias por escogernos para ser tus hijos, Señor. Gracias por adoptarnos. Gracias porque nunca me abandonarás.

PARA HACER
Cuéntale a un amigo lo magnífico que es ser adoptado como parte de la familia de Dios.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.