«El unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»

10 de mayo

«El unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»

Juan 1:14

Creyente, tú puedes testificar que Cristo es el unigénito del Padre, como también el primogénito de entre los muertos. Puedes decir: «Para mí, él es divino; aunque para todo el mundo sea humano. Él hizo por mí lo que solo Dios podía hacer. Él ha sometido mi terca voluntad, me ha ablandado el corazón de diamante, ha abierto las puertas de bronce y hecho pedazos los cerrojos de hierro. Él ha transformado mi llanto en risa y mi aflicción en gozo: llevó cautiva mi cautividad e hizo que mi corazón se regocijara con gozo inefable y glorioso. Que otros piensen de él lo que quieran; para mí, él tiene que ser el unigénito del Padre. ¡Bendito sea su nombre! Él está lleno de gracia. ¡Ah!, si él no lo estuviera, yo nunca me hubiera salvado. Él me atrajo cuando yo luchaba por huir de su gracia; y, cuando finalmente me acerqué a su propiciatorio, temblando como un reo condenado, me dijo: «Tus pecados —que son muchos— te son todos ellos perdonados. Ten ánimo». Él está también lleno de verdad: sus promesas han sido verdaderas; ninguna de ellas ha faltado. Testifico que jamás hubo un siervo que tuviera un Señor como el mío; ni un hermano que contara con un pariente como él; ni una esposa con un esposo como Cristo lo ha sido para mi alma; ni un pecador con un Salvador mejor que él; ni un hombre apesadumbrado con un consolador mejor que Cristo lo ha sido para mi espíritu. Fuera de él, no necesito a nadie. En la vida él es mi vida, y en la muerte será quien haga morir a la muerte. En la pobreza, Cristo es mi riqueza; en la enfermedad, él me hace la cama; en la oscuridad es mi estrella y en la claridad, mi sol. Él es el maná del campamento en el desierto, y será el nuevo grano de la multitud cuando esta entre en Canaán. Jesús es para mí todo gracia y ninguna ira; todo verdad y nada de falsedad. Y de verdad y de gracia él está lleno: infinitamente lleno. Alma mía, bendice al «Unigénito» en esta noche con todas tus fuerzas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 139). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“En Dios confiamos”

10 MAYO

“En Dios confiamos”

Números 19 | Salmos 56–57 | Isaías 8:1–9:7 | Santiago 2

Las monedas americanas llevan las palabras “En Dios confiamos”. En nuestra era pluralista, es razonable que la gente pregunte, “¿Qué Dios?” Aunque la respuesta sea clara que se trata del Dios de la Biblia, sospecho que mucha gente concibe esta confianza en Dios como algo privado y místico. Es inquietante con qué facilidad se piensa en la fe en Dios como una especie de intuición religiosa, una sensibilidad piadosa, con sólo una vaguísima comprensión de lo que esta confianza en Dios realmente implica.

La fe de David no es así. Dos veces en el Salmo 56 su descripción del Dios en quien ha puesto su confianza implícitamente da sustancia al significado de la palabra “confianza”. “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (56:3–4). (Énfasis añadido). Y otra vez, “Confío en Dios y alabo su palabra; confío en el SEÑOR y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (56:10–11).

En ambos pasajes, David comprende que la confianza en Dios es la única solución a su miedo: “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza… confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” El texto que encabeza e introduce el salmo nos explica que fue escrito poco después de su experiencia horripilante en Gat (1 Samuel 21:10–15). Mientras huía, David se escondió en territorio de los filisteos, y estuvo muy cerca de la muerte. Se libró al fingir que estaba loco. Sin duda había sentido un miedo terrible, y en medio de su miedo había puesto su confianza en Dios, y encontró las fuerzas para realizar una hazaña espectacular que le salvó la vida.

Pero lo que más nos llama la atención en esta confesión de confianza por parte de David es el hecho de que repite una frase. Tres veces habla “de Dios cuya palabra alabaré”. En este contexto la palabra específica que da lugar a esta frase seguramente tiene mucho que ver con la razón por la cual David podía confiar tan plenamente bajo estas condiciones. En cuanto a cuál fue esta “palabra”, el candidato más probable es la promesa divina que recibiría el reino y que sería establecido como cabeza de una dinastía. Sus circunstancias actuales son tan nefastas que la incredulidad parecería más justificada que la confianza. Pero David confía en “el Señor, cuya palabra alabaré”.

Lo que necesitamos es confianza en el Dios que habla, una fe en Dios que esté firmemente fundada en lo que este Dios que habla ha dicho. Luego, en medio de las circunstancias más deplorables, podemos encontrar un descanso profundo en el Dios que permanece fiel a su palabra. Cae por su peso que una fe así está fundada en las palabras reveladas de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 130). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Su sola prioridad

10 Mayo 2017

Su sola prioridad
por Charles R. Swindoll

Hechos 17:1-9

1 Tesalonicenses 2:1-6

El estilo de liderazgo de Pablo no era distante ni esquivo. Él vivía en medio de la gente. Conocían su dirección. Hablaba con ellos. No les predicaba un sermón y después se marchaba convenientemente por la puerta trasera en el momento de la bendición final. Pablo era siempre accesible y auténtico. Su vida era un libro abierto. La mayoría estaría de acuerdo con que ese tipo de líder es inspirador. No tiene nada que probar, ningún secreto que guardar, ninguna pretensión o aire de jactancia, y nunca se siente obligado a recordar a los demás lo hábil que es para el trabajo que hace. Así era Pablo. Era auténtico. John Stott escribe:

El ministerio de Pablo en Tesalónica había sido público. Había sido ejercido a la vista de todos, delante de Dios y de los hombres, porque él no tenía nada que ocultar. ¡Felices los líderes cristianos hoy, que detestan la hipocresía y aman la integridad, que no tienen nada que esconder ni de lo cual avergonzarse, que son bien conocidos por quienes son y por lo que son, y que son capaces de apelar sin temor a Dios y al público como sus testigos! Hoy necesitamos más transparencia y naturalidad de esa clase.

Un líder que vive su vida con transparencia no tiene nada que ocultar o temer. Pero si no para ni un momento, si está escondiéndose siempre detrás de puertas con cerrojo y con las persianas cerradas, el público tiene razones para sospechar que no es genuino. Tenga cuidado de no seguir a un líder que no sea accesible y vulnerable.

Recuerde, sin embargo, que el ministerio de Pablo no fue un lecho de rosas. Él literalmente entró cojeando a Tesalónica, con el cuerpo magullado y debilitado por los golpes que había recibido en Filipos, y por el encarcelamiento. Afortunadamente, yo nunca he tenido que soportar una persecución tan brutal. Pablo sí. Pero la buena noticia es esta: Esto no frenó su determinación. Él escribió lo siguiente: “A pesar de que habíamos padecido antes y habíamos sido maltratados en Filipos, como sabéis, tuvimos valentía en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de grande conflicto”
(1 Tesalonicenses 2:2).

Uno de los secretos del triunfo de Pablo se puede describir con cinco palabras: Siguió con su trabajo laborioso. Siguió adelante con su trabajo sin importarle si los vientos lo golpeaban con fuerza. La oposición y las dificultades no Ie importaban. La sola prioridad que le importaba a Pablo era que Cristo fuera proclamado. Cada camino en que él transitaba conducía a otros a la cruz.

¿Armonizan sus prioridades personales con las de Pablo?

Un líder que vive su vida con transparencia no tiene nada que ocultar o temer.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Un pueblo para su nombre

MAYO, 10

Un pueblo para su nombre

Devocional por John Piper
Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. (Hechos 15:14)

Resulta prácticamente imposible ser exagerado respecto del lugar central que ocupa la fama de Dios a la hora de incentivar a la iglesia en su misión.

Cuando el mundo de Pedro quedó de cabeza por de la visión de los animales impuros que relata Hechos 10 y por la lección que Dios le dio acerca de evangelizar tanto a gentiles como a judíos, él regresó a Jerusalén y le dijo a los apóstoles que todo esto se debía al celo de Dios por su nombre. Lo sabemos porque Jacobo resumió el discurso de Pedro en estas palabras: «Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre» (Hechos 15:14).

No es de extrañarse que Pedro haya dicho que el propósito de Dios era reunir un pueblo para su nombre, ya que algunos años antes Jesús había tocado el corazón de Pedro dándole una lección inolvidable.

Recordemos la escena en la que, luego de que un joven rico se alejara de Jesús y se negara a seguirlo, Pedro le dijo a Jesús: «He aquí, nosotros [a diferencia de este joven rico] lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, recibiremos?» (Mateo 19:27). Jesús le respondió con una leve reprensión, con la que en efecto intentaba advertir que no existe sacrificio supremo para quienes viven por el nombre del Hijo del Hombre: «Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 19:29).

La verdad es clara: Dios está persiguiendo, con gozo omnipotente, el propósito mundial de reunir de toda tribu, lengua y nación un pueblo para su nombre (Apocalipsis 5:9, 7:9). Él tiene un entusiasmo inagotable porque su fama sea difundida entre las naciones.

Por lo tanto, cuando nuestros sentimientos entran en armonía con los suyos y, por causa de su nombre, renunciamos a ir en pos de los placeres mundanos y nos unimos a él en su propósito global, el compromiso omnipotente de Dios por su nombre nos invade y no podemos salir perdiendo, a pesar de que podamos atravesar muchas tribulaciones (Hechos 9:16; Romanos 8:35-39).

http://labuenasemilla.net/20170510

Levántate y anda…

Pedro dijo (al hombre cojo de nacimiento): No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó… se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.

Hechos 3:6-8

Levántate y anda…

Este es el título de una novela del escritor francés Hervé Bazin. La heroína lucha desesperadamente contra su parálisis. Por su valentía se descubre a sí misma y se impone a los demás. Desgraciadamente sus esfuerzos son vanos, pues la novela termina con su muerte. Este libro muestra una imagen de la vida humana en nuestro mundo sin Dios, y por ello sin esperanza. Por mucho que luchemos, que nos esforcemos, ¡todo parece estar condenado al fracaso!

Muchos lectores de Bazin quizás ignoren que el título de su libro fue sacado de un pasaje de la Biblia. Pero a diferencia de este personaje, el hombre paralítico a quien Pedro dirigió esta frase, creyó y fue curado. Después entró en el templo saltando de alegría y alabando a Dios.

El hecho de ser cristiano no garantiza la curación del cuerpo, como afirman algunos, pero da la salvación del alma. No todos estamos enfermos en nuestro cuerpo, pero todos tenemos que ser curados de ese mal que nos carcome y que la Biblia llama pecado. Se manifiesta bajo diferentes formas: envidia, odio, codicia, mentira, avaricia… Nos vuelve esclavos, nos paraliza y nos deforma.

Pero cuando vamos a Jesús con fe, Dios nos perdona y nos libera; cura nuestra alma. Entonces, conscientes de su bondad y amor, la alabanza surge espontáneamente de nuestro corazón. ¡Nos levantamos con una vida nueva y caminamos con Jesús!

1 Reyes 8:1-30 – Marcos 10:1-31 – Salmo 55:16-23 – Proverbios 15:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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No lo que debo ser

No lo que debo ser

5/9/2017

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto. (Filipenses 3:12)

Aun no somos lo que debemos ser, lo que podemos ser ni lo que seremos cuando veamos al Señor. Nuestra carrera espiritual comienza con un sentido de insatisfacción. Pablo comenzó su carrera sabiendo que no había llegado.

Puedo repetir ese testimonio de Pablo. Después de muchos años de andar con el Señor y de participar en el ministerio, estoy muy consciente de que no soy lo que debo ser. Como cualquier otro creyente, sigo en el proceso de crecimiento. Las personas que se sienten satisfechas con lo que son espiritualmente han alcanzado un punto peligroso. Es probable que sean insensibles al pecado y que tiendan a defenderse cuando debieran reconocer su debilidad y buscar ayuda.

El crecimiento espiritual comienza como cualquier carrera. El corredor sabe la distancia que tiene que correr y pone el mayor esfuerzo en la línea de llegada. La meta de Pablo era llegar a ser perfecto, pero el saber que no la había alcanzado no lo desanimaba. Y tampoco debe desanimarlo a usted.

Disponible en Internet en: http://www.gracia.org
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«Ven, oh amado mío, salgamos al campo […] veamos si brotan las vides»

9 de mayo

«Ven, oh amado mío, salgamos al campo […] veamos si brotan las vides».

Cantares 7:11–12

La Iglesia estaba por empeñarse en una importante labor y deseaba que su Señor la acompañara. Ella no dijo: «Saldré…»; sino: «Salgamos…». Cuando Jesús está a nuestro lado, el trabajo supone una bendición. Es cometido del pueblo de Dios el podar sus vides. A semejanza de nuestros primeros padres, se nos pone en el huerto del Señor para ser útiles; salgamos, pues, al campo. Observa que cuando la Iglesia está bien dispuesta desea gozar en cada una de sus múltiples labores de la comunión con Cristo. Algunos piensan que no pueden servir a Cristo activamente y, sin embargo, afirman tener comunión con él. Los tales están errados. Sin duda, es muy fácil desperdiciar nuestra vida interior en ejercicios externos y llegar a lamentarnos como la esposa: «Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé» (Cnt. 1:6). Sin embargo, no hay razón para que esto deba ser así, salvo nuestra insensatez y negligencia. Es cierto que un cristiano puede no hacer nada y, sin embargo, llegar a estar tan enteramente exánime en las cosas espirituales como quienes se hallan más ocupados. A María no se la alabó por sentarse tranquilamente, sino por sentarse a los pies de Jesús. Así, tampoco deben ser alabados los cristianos por descuidar sus deberes bajo la pretensión de tener íntima comunión con Jesús. No es el sentarse, sino el sentarse a los pies de Jesús, lo que es digno de encomio. No pienses que la actividad sea mala en sí misma; se trata, más bien, de una gran bendición y de un medio de gracia para nosotros. Para Pablo, el que se le permitiese predicar era una gracia que le había sido otorgada. Cualquier forma de servicio cristiano puede llegar a ser una bendición personal para quienes están ocupados en él. Los que tienen más comunión con Cristo no son los recluidos o los ermitaños, a quienes les sobra el tiempo, sino los incansables obreros que trabajan por Jesús y quienes, en sus fatigas, lo tienen a él a su lado; de suerte que son colaboradores de Dios. Recordemos, pues, en cualquier cosa que tengamos que hacer por Jesús, que podemos hacerla y debemos hacerla en estrecha comunión con él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 138). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Vamos a morir!

9 MAYO

¡Vamos a morir!

Números 17–18 | Salmo 55 | Isaías 7 | Santiago 1

A un nivel, el relato conciso que nos ofrece Números 17 concluye la serie de episodios de rebelión del capítulo anterior. Dios quiere poner fin a la murmuración continua de los israelitas cuando desafían la autoridad sacerdotal de Aarón (17:5). De modo que Moisés toma el bastón del líder ancestral de cada tribu, lo identifica cuidadosamente y lo coloca, tal como se le da, en el Tabernáculo, “La Tienda del Pacto”. Dios declara, por adelantado, que el bastón del hombre a quien él escoge florecerá.

Moisés hace lo que se le manda. La mañana siguiente va a recoger los doce bastones. Únicamente el bastón que pertenece a Aarón ha florecido – de hecho, ha reverdecido, ha florecido y ha producido almendras. Por decreto divino, el bastón se conserva para la posteridad. En cuanto a los israelitas, se dan cuenta que su rebelión no es sólo contra Aarón y Moisés sino contra el Dios viviente. Ahora gritan: “¡Estamos perdidos, totalmente perdidos! ¡Vamos a morir!…” (17:12–13).

¿Qué significa este relato?

(1) La respuesta de los israelitas es buena en parte, pero sigue siendo horriblemente deficiente. Es buena en el sentido que este suceso les lleva, por ahora al menos, a comprender que no es sólo contra Moisés y Aarón que se han rebelado, sino contra el Dios viviente. El temor de Dios puede ser bueno. Pero en este caso parece más bien el miedo paralizante de los que no conocen a Dios. Tienen miedo de ser destruidos, pero este miedo no induce en ellos una mayor devoción a Dios. En Números 20 y 21, el pueblo de nuevo se queja y murmura: la señal milagrosa del bastón que floreció no produjo ninguna convicción duradera. Esto también refleja la realidad de manera espantosa: la iglesia cuenta con una larga historia de avivamientos poderosos cuyos resultados se han disipado y cuyo legado ha acabado por prostituirse al cabo de poco tiempo.

(2) Deberíamos preguntarnos por qué Dios da tanta importancia al hecho de que sólo el sumo sacerdote designado puede realizar las funciones sacerdotales. No debemos sacar la conclusión que es así como hay que tratar a todos los líderes cristianos. Dentro del marco canónico, hay mucho más en juego en el relato del bastón de Aarón que floreció. De lo que se trata es que sólo el sumo sacerdote designado por Dios es aceptable a Dios para ejercer el oficio sacerdotal. Cómo se explica con claridad al comienzo de Números 18, sólo Aarón y sus hijos se expondrán “a las consecuencias de ejercer el sacerdocio”. El Nuevo Testamento insiste en ello: “Nadie ocupa este cargo por iniciativa propia; más bien, lo ocupa el que es llamado por Dios, como sucedió con Aarón” (Hebreos 5:4). Así también Cristo (Hebreo 5:5). Sólo sirve el sacerdote designado por Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 129). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una actitud de genuina acción de gracias

9 Mayo 2017

Una actitud de genuina acción de gracias
por Charles R. Swindoll

Hechos 16:16-40

Filipenses 2:1-18

Pablo tenía una actitud de genuina acción de gracias. “Perseverad siempre en la oración, vigilando en ella con acción de gracias. A la vez, orad también por nosotros, a fin de que el Señor nos abra una puerta para la palabra, para comunicar el misterio de Cristo, por lo cual estoy aún preso. Orad para que yo lo presente con claridad, como me es preciso hablar” (Colosenses 4:2-4).

Aquí tenemos a un hombre en sus sesenta que está pidiendo oraciones para comunicar con claridad el mensaje, a pesar de haber estado predicando durante años. No hay ninguna hipocresía en Pablo. Ninguna cantidad de éxito o número de años en el ministerio le daban la falsa sensación de un desempeño perfecto. Él sabía que todavía no lo había logrado. Estaba convencido de que podía mejorar su predicación. Por eso, con un corazón genuinamente agradecido ruega las oraciones de sus hermanos creyentes. ¿Puede usted ver la importancia de esa clase de actitud? Eso es algo muy reconfortante.

No es de extrañarse que Pablo tuviera una influencia tan duradera para Cristo. Su secreto se ve en cada una de sus epístolas. Había aprendido a tener contentamiento en todas las cosas. Pero no podemos dejar que la tinta de esas verdades se quede solo en el papel. Debemos hacer nuestro el mismo secreto si queremos tener la misma influencia duradera. Aquí cabe una reflexión personal.

Quitemos el proyector del hombre que está en Roma, y dirijámoslo a usted, en la situación que se encuentra ahora mismo. ¿Está usted marcando una diferencia en las vidas de quienes le rodean por la manera como responde a sus circunstancias? ¿Están siendo inspiradas otras personas por su fe, o se sienten desilusionadas por sus temores? ¿Son evidentes en usted, por la manera como responde a las circunstancias, las actitudes de abnegada humildad, de gozosa aceptación, de firme determinación y de acción de gracias? Quizás sea el momento de que haga algunos cambios. Veamos si podemos ayudarle.

Comience por rechazar que su situación determine su actitud. Si su actitud prevalece sobre su situación, comenzará en realidad una transformación. Como vimos en Pablo, el poder para transformar una terca actitud de temor y rencor, de ira y derrota, proviene de Cristo. El Señor y Dios nuestro está listo para derramar su poder en usted. Solo él tiene el poder para librarle de estos implacables enemigos, y para hacer que usted se remonte a las alturas.

Mantenga una actitud de genuina acción de gracias.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Lo que significa amar a Dios

MAYO, 09

Lo que significa amar a Dios

Devocional por John Piper

Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua. Así te contemplaba en el santuario, para ver tu poder y tu gloria. (Salmos 63:1-2)

Solo Dios puede satisfacer un corazón como el de David. David era un hombre conforme al corazón de Dios mismo. Fuimos creados para ser así.

Esta es la esencia de lo que significa amar a Dios: estar satisfechos en él. ¡En Él!

Amar a Dios implica obedecer todos sus mandamientos, implica creer toda su Palabra, implica agradecerle por todos sus dones; pero la esencia del amor a Dios es deleitarse en todo lo que él es. Y es este deleite en Dios lo que glorifica su valía del modo más completo.

Todos sabemos esto tanto por intuición como por leerlo en las Escrituras. ¿Nos sentimos más halagados por el amor de aquellos que nos sirven debido a que los constriñe una responsabilidad, o por el amor de aquellos que disfrutan nuestra compañía?

Mi esposa se siente más halagada cuando le digo: «Me hace feliz pasar tiempo contigo». Mi felicidad es el eco de su excelencia. Lo mismo sucede con Dios. Él es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en él.

Ninguno de nosotros ha alcanzado la satisfacción perfecta en Dios. A menudo me apena percibir que mi corazón está quejumbroso por haber renunciado a los placeres del mundo. Pero he probado que el Señor es bueno. Por la gracia de Dios ahora conozco la fuente del gozo eterno.

Por eso amo invertir mis días atrayendo a las personas hacia el gozo, hasta que puedan decir conmigo: «Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo» (Salmos 27:4).

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