Josué 18–19 | Salmos 149–150 | Jeremías 9 | Mateo 23

13 JULIO

Josué 18–19 | Salmos 149–150 | Jeremías 9 | Mateo 23

Una vez más, Jeremías abunda en algunos de los temas que ya ha introducido (Jeremías 9). Por ejemplo, los dos últimos versículos hablan de la circuncisión verdadera y de la falsa (cp. 4:4). Sin embargo, también explora una nueva faceta del pecado del pueblo (9:23–24). Nos detendremos en cuatro elementos presentes en estos versículos:

Primero, la raíz de muchos pecados es la engreída autosuficiencia que les lleva a jactarse de su propia sabiduría, fuerza o riqueza (9:23) Esa es una señal de perdición. Se centra en el ego. Peor aún, no es capaz de reconocer que todo lo que tenemos (y de lo que alardeamos) procede de fuentes externas: no escogemos nuestros genes, padres o legado; todo lo que tenemos lo hemos conseguido en función de los demás, de la salud, de regalos, de apoyos y situaciones, mil factores sobre los que tenemos muy poco control y que, a este lado de la Caída, no tenemos derecho a reclamar. Lo peor de todo es que las personas engreídas y autosuficientes no dan lugar a las prioridades al margen de ellos mismos; no dejan espacio a Dios, porque ellos son su propio dios.

Segundo, no hay nada más importante para los seres humanos en el universo que conocer al Señor (9:24a). Él es Dios, no nosotros; él es el Creador, no nosotros; él reina en su providencia, no nosotros. Él existe por sí mismo y dependemos de él. Él mora en la eternidad, mientras nosotros estamos limitados en nuestro pequeño segmento del tiempo. Él es totalmente santo y glorioso, nosotros estamos tremendamente contaminados por lo impuro y sometidos al juicio. Sin embargo, ¡podemos conocer al Señor! Esto es lo único de lo que verdaderamente podemos “jactarnos”. ¿Dudaremos de ello dentro de doscientos o dos billones de años?

Tercero, aquel al que conocemos es Jehová, que actúa “en la tierra con amor, con derecho y justicia” (9:24b). “Amor” es el del pacto, su misericordia, vinculada a su total fiabilidad, una virtud que contrasta asombrosamente con la volubilidad del pueblo que se rebela contra él.

Cuarto, Pablo entiende que estos versículos se pueden aplicar de forma universal cuando hace alusión a ellos y los cita en parte en 1 Corintios 1:26–31: “No sois muchos de vosotros sabios, según criterios meramente humanos; ni sois muchos poderosos, ni muchos de noble cuna”, el tipo de cosas de las que alardeaban los corintios. Encontramos el concepto “sabios/sabiduría” en ambos contextos; Pablo no interpreta “poderosos” en términos de fuerza física, sino de influencia política y social; los de “noble cuna” son los ricos, pues en el mundo preindustrial ambas cosas iban de la mano. Sin embargo, si nuestra verdadera sabiduría está en Cristo, “es decir, nuestra justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30), entonces, “si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor” (1:31).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 194). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 16–17 | Salmo 148 | Jeremías 8 | Mateo 22

12 JULIO

Josué 16–17 | Salmo 148 | Jeremías 8 | Mateo 22

En cada etapa de la descripción que Jeremías hace de la rebelión del pueblo de Dios, se reiteran algunas facetas de su pecado, otras se perfeccionan y se introducen algunas nuevas. Hoy, nos centraremos en dos de estas últimas (Jeremías 8).

En primer lugar, Jeremías se centra en la negativa del pueblo a aprender de sus errores y arrepentirse, algo totalmente antinatural. La presentación del argumento gira en torno a un juego de palabras: el término hebreo para “volverse” o “arrepentirse” es el mismo que se traduce “regresar”. El sentido es que, habitualmente, alguien que se “desvía”, es decir, que comete un error, finalmente vuelve, aprendiendo de la experiencia. Sin embargo, Israel siempre se desvía (8:4) y nunca aprende de las amargas consecuencias de sus actos. Esto se debe a que aman su pecado, “se aferran al engaño, y no quieren volver” al Señor (8:5). “Nadie se arrepiente de su maldad; nadie reconoce el mal que ha hecho” (8:6).

Aquellos que leen el Antiguo Testamento por primera vez se preguntan en ocasiones cómo se puede ser tan torpe y no aprender después de los múltiples ciclos de rebelión y castigo. Las ratas introducidas en un laberinto aprenden a adaptarse a los estímulos externos; hasta cierto punto, los niños bien educados aprenden a adecuarse a las expectativas culturales y esconden sus peores instintos. ¿Por qué no aprende Judá de la historia del reino norteño? ¿O incluso de su propia historia cuadriculada? Aunque se puede mejorar la conducta con formación, la historia bíblica demuestra que el problema tiene relación con la naturaleza humana. Somos una raza caída. Los pecadores pecarán. Credos, pactos, votos y liturgia pueden domesticar a la bestia durante un tiempo, pero no lograrán cambiar para siempre lo que somos. La historia de Israel pone de manifiesto este concepto, no porque los israelitas sean la peor de las razas, sino porque son humanos, y caídos. Ni siquiera las personas privilegiadas, escogidas y agraciadas como ellos conseguirán escapar de la espiral negativa. ¡Qué ingenuos somos si creemos que nosotros sí podemos!

En segundo lugar, muchos de estos individuos no solo creen neciamente que son “sabios” porque “la ley del SEÑOR nos apoya” (8:8, tema común en los profetas), sino que, en este caso, el problema se agrava por “la pluma engañosa de los escribas” que “la ha falsificado” (8:8). Esta es la primera referencia a los “escribas” como clase en el Antiguo Testamento. Las personas que cumplen con la obligación de estudiar, preservar y exponer las Escrituras, las utilizan de forma errónea. Quizás toman elementos que les gustan y los combinan como les interesa, ignorando el todo; quizás elaboran inteligentes técnicas que hacen que la ley diga lo que sus presuposiciones y teología exigen. ¿Suena familiar? Repasemos la meditación del 4 de julio.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 193–194). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 14–15 | Salmos 146–147 | Jeremías 7 | Mateo 21

11 JULIO

Josué 14–15 | Salmos 146–147 | Jeremías 7 | Mateo 21

Este discurso del templo (Jeremías 7), dirigido en prosa a las personas que pasaban por las puertas “para adorar al SEÑOR” (7:2), es famoso por su gran insistencia en que ningún ritual, institución o edificio puede proteger a los culpables de la ira de Dios. Pensar de otra forma es caer en una ridícula superstición. Destacamos algunas notas:

(1) La simple recitación repetitiva de temas piadosos como “el templo del Señor” o “Jesús es el Señor” no sirve para nada. Dios exige renovación moral, repudiar a los dioses falsos, justicia y generosidad (7:6–8). El derramamiento de sangre inocente (7:6) puede referirse a ejecuciones judiciales, porque sabemos que se llevaron a cabo (26:23, bajo Joacim).

(2) Lo más ofensivo sobre todas las cosas es la hipocresía total. El pueblo robaba, asesinaba, cometía adulterio y perjurio, ofreciendo su adoración a dioses falsos, y después participaba en la adoración del templo, pidiendo refugio como si las murallas del templo pudiesen salvarlos del juicio del Señor (7:9–11). Cuando leemos las estadísticas modernas sobre robos (p. ej., defraudar en los impuestos) y adulterio, tanto fuera de la iglesia como dentro de ella, es difícil creer que nos encontremos una situación demasiado diferente. Puede que no reivindiquemos el santuario del recinto del templo, pero de alguna forma creemos que nuestro mínima observancia cristiana significa que seguimos siendo “buenas personas” y que, por tanto, estamos a salvo del juicio que cae sobre las demás naciones.

(3) Puede llegar el día, como ocurrió en la época de Jeremías, en que la oración intercesora en favor de esas personas esté prohibida por el propio Dios (7:16). Es lo mismo que decir que es demasiado tarde.

(4) Incluso así, Dios quiere que Jeremías diga todas estas cosas al pueblo. Quizás lo extremo de la amenaza dará lugar a la reflexión y alentará al arrepentimiento, pero no: “Tú les dirás todas estas cosas, pero no te escucharán. Los llamarás, pero no re responderán. Entonces les dirás: ‘Esta es la nación que no ha obedecido la voz del Señor su Dios, ni ha aceptado su corrección. La verdad ha muerto, ha sido arrancada de su boca’ ”. Aunque se escribió para describir a los habitantes de Judá en el siglo VI a. C., es difícil imaginar otro pasaje que refleje con más precisión la cultura occidental, incluyendo gran parte de la iglesia. De hecho, en la actualidad “la verdad ha muerto”, no solo en el sentido de que la integridad se encuentre en horas bajas, sino como consecuencia de las sensibilidades posmodernas que encuentran complicado ver de qué va todo esta cuestión: dicha cuestión es ¿Todos estos llamamientos al arrepentimiento están motivados por presiones sociológicas, o por un Ser divino que dice realmente la verdad objetiva?. Si lo primero es cierto, nos estamos precipitando hacia la perdición.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 192). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 12–13 | Salmo 145 | Jeremías 6 | Mateo 20

10 JULIO

Josué 12–13 | Salmo 145 | Jeremías 6 | Mateo 20

Algunas reflexiones acerca de las advertencias de Jeremías 6:

(1) Benjamín (6:1), que junto a Judá permaneció leal a la dinastía davídica, no siendo por tanto deportada por Asiria junto a los otras 10 tribus, se encuentra al norte de Jerusalén. Así pues, cuando las hordas enemigas se acercaban “desde el norte”, podríamos pensar que Jeremías les aconsejó huir hacia el sur hasta Jerusalén, la ciudad mejor defendida de toda la región. Sin embargo, el profeta dice a Benjamín que huya de ella, lo cual constituye esencialmente una predicción de que la propia Jerusalén sería totalmente destruida y nadie podría refugiarse en ella.

(2) El texto hebreo del versículo 4 dice literalmente: “¡Santificad batalla contra ella!”. Toda guerra era “sagrada” en el antiguo Oriente Próximo. Los poderosos ejércitos paganos disponían de astrólogos y luchaban bajo la protección de diversas deidades. Las siguientes líneas describen una batalla típica. Los confrontaciones comenzaban por la mañana después de que ambos bandos hiciesen sus preparativos, continuando durante todo el día hasta el crepúsculo, momento en que los contendientes se retiraban habitualmente del campo de batalla. No obstante, aquí el enemigo prosigue con su ataque por la noche (6:5), indicando una lucha de crueldad y ferocidad inusitadas.

(3) La raíz de la acusación contra los ciudadanos de Jerusalén y Judá es que no prestan atención alguna a la palabra del Señor. Cuando el profeta pronuncia advertencias, sus oídos están “tapados” (6:10), literalmente “incircuncisos”, “y no pueden comprender (véase la meditación de ayer). ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? No están sordos físicamente, pero “la palabra del Señor los ofende; detestan escucharla” (6:10). Entretanto, los profetas y sacerdotes, según el Señor, “curan por encima la herida de mi pueblo, y les desean: ‘¡Paz, paz!’ ” (6:14). En otras palabras, la mayor parte de los líderes religiosos no están ocupándose de los pecados del momento no buscando reformar al pueblo de Dios. Más bien, dan charlas relajadas para personas ocupadas, evitando sobre todo temas como el juicio y el castigo. Su conducta es vergonzosa (6:15), porque no están advirtiendo ni reformando al pueblo, pero, lejos de sentirse avergonzados, “ni siquiera saben lo que es la vergüenza” (6:15). Se engañan creyendo que están haciendo lo correcto. Sin embargo, el profeta de Dios debe preguntar “por los senderos antiguos” y “por el buen camino”, no apartándose del mismo (6:16). No se trata de un llamamiento al tradicionalismo sin límites, sino a la revelación del pacto heredada, de la Palabra de Dios, que se está abandonando en favor de una ilusión consoladora. El pueblo dijo: “No prestaremos atención” (6:17). Dios dice: ellos “rechazaron mi enseñanza” (6:19).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 191). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19

9 JULIO

Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19

Hoy reflexionaremos brevemente sobre una serie de elementos relativos a la depravación en la que cayeron los ciudadanos de Judá (Jeremías 5):

(1) Dios reta a Jeremías a encontrar un solo hombre justo por las calles de Jerusalén (5:1), anticipando la búsqueda de Diógenes en el mundo griego. Una única persona hubiese sido suficiente, según Dios, para impedir el juicio sobre la ciudad. No obstante, es otra forma de decir lo deteriorada que estaba la vida moral de la ciudad, la extensión de su pecado y cómo habían dañado la insinceridad y la corrosión moral a los niños de la ciudad.

(2) En un principio, Jeremías piensa que los resultados negativos de su búsqueda quizás podían achacarse a la mala situación de las clases más bajas. Por supuesto, incluso los pobres debían conocer y guardar la ley de Dios, pero es compasivo hacerles alguna concesión. Así pues, el profeta se dispone a examinar a los sofisticados, los privilegiados, los elocuentes, y encuentra la misma podredumbre moral que en otras partes (5:4–5). Los pecadores inteligentes utilizan esta cualidad para pecar; los sofisticados elaboran complejas razones para creer que el pecado no lo es; los pecadores de la alta sociedad caen en un pecado acorde a su posición. “Ellos quebrantaron el yugo y rompieron las ataduras” (5:5).

(3) La postura común hacia Dios es que está ausente o es ineficaz (5:12); hacia los profetas auténticos, que son como cotorras (5:13). Por tanto, Dios llevará a cabo un juicio catastrófico para demostrar su poder y hablará al pueblo con las palabras de un lenguaje extranjero (5:14–17). Aman demasiado servir a dioses extraños en su propia tierra; de aquí en adelante, servirán a extranjeros en una tierra que no es suya (5:19).

(4) En general, el pueblo ha aprendido poco del sabio y providencial cuidado de Dios (5:24). Del mismo modo, tampoco lo han hecho de la época en la que el Señor los ha castigado privándolos de la cosecha (5:25). Tanto si es bondadoso como firme, tanto si es pacientemente generoso como inmediatamente justo, lo ignoran y se rebelan contra él. ¿Qué debe hacer? Tarde o temprano, ha de responder a la violencia, el engaño y la corrupción en forma de castigo (5:26–29).

(5) Puede haber esperanza para el pueblo de Dios cuando sus líderes lo llamen a volver a ser fiel e íntegro, o cuando Dios examine y derroque a los que lo gobiernan erróneamente. Pero ¿qué encontramos aquí aquí? “Los profetas profieren mentiras, los sacerdotes gobiernan a su antojo, ¡y mi pueblo tan campante! [cp. 2 Timoteo 3:1–7]. Pero, ¿qué vais a hacer vosotros cuando todo haya terminado? (5:31).

¿Cuántos de estos elementos siguen en juego en la actualidad?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 190). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 10 | Salmos 142–143 | Jeremías 4 | Mateo 18

8 JULIO

Josué 10 | Salmos 142–143 | Jeremías 4 | Mateo 18

La mayor parte de Jeremías 4 se dedica a describir la devastación que las hordas babilónicas del norte producirán (4:5–31). Gran parte de esta predicción sale de los propios labios de Jehová. Jeremías expresa en un pequeño interludio su propia desolación por lo que ocurrirá: “¡Qué angustia, qué angustia! ¡Me retuerzo de dolor! Mi corazón se agita. ¡Ay, corazón mío! ¡No puedo callarme! Puedo escuchar el toque de trompeta y el grito de guerra” (4:19). Por muy fielmente que transmita las palabras de Dios, por mucho que reconozca que los juicios del Señor son justos, Jeremías se identifica con la agonía que su pueblo soportará, una actitud parecida a la del Señor Jesús, que condena los pecados de su época, pero llora por la ciudad cuando contempla el juicio que llegará inevitablemente.

En los primeros cuatro versículos del capítulo, sin embargo, el Señor explica que aún no es demasiado tarde. De hecho, si Israel vuelve a él, no sólo se salvará, sino que reanudará su papel como vía de bendición para las naciones (cp. Génesis 12:3; Salmos 72:17). No obstante, ese retorno no debe ser una farsa, una simple muestra de arrepentimiento fingido. Israel tiene que abandonar sus ídolos. Debe jurar “con fidelidad, justicia y rectitud… ‘Por la vida del Señor’ ” (4:2). Este juramento tiene al menos dos facetas. La primera es que constituye, a todos los efectos, una renovación del pacto de Sinaí. Si no fuese verdadero y justo, no sólo sería falso, sino también blasfemo. La segunda faceta es que refleja la estipulación mosaica de que los juramentos de la nación deben hacerse en el nombre del Señor (Deuteronomio 10:20). Un pueblo inmerso en la idolatría juraría en el nombre de sus muchos dioses falsos. Si todos los israelitas lo hacen como marcaba la ley, sería porque sólo el Señor es supremo, el único Dios, el Ser más elevado por el que se puede jurar.

Dos imágenes más describen la autenticidad del arrepentimiento y la sinceridad de corazón que Dios exige: (a) “Abrid surcos en terrenos no labrados, y no sembréis entre espinos” (4:3). El pueblo no se muestra verdaderamente receptivo con el Señor y sus palabras. Esa dureza debe quebrantarse. No hay fruto si se siembra donde los espinos ahogan la vida de todo lo que merece la pena (cp. Marcos 4:1–20). (b) Dios quiere algo más que la circuncisión del prepucio, por muy profundamente simbólico que sea el acto. Él exige la circuncisión del corazón (4:4), que se corte lo que es malo, algo vigente también incluso en la época mosaica (Deuteronomio 10:16). Reflexionemos sobre las conclusiones de Pablo (Romanos 2:28–29).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 189). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

7 JULIO

Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

Cuando los autores humanos de la Biblia escribieron las Escrituras, lo más habitual era que hubiesen leído lo que ya se había escrito de las mismas y meditado en ello. Así pues, los primeros escritores del Nuevo Testamento leían constantemente lo que llamamos Antiguo Testamento, citándolo también y haciendo alusiones al mismo, mientras que los más tardíos recurrían al menos a algunos de los primeros libros de aquel (considérese 2 Pedro 3:15–16), algo que se daba de forma parecida en el Antiguo Testamento.

Es muy probable que Jeremías, un profeta del siglo VI a. C., hubiese leído la obra de Oseas, que vivió en el VIII a. C., y reflexionado en ella. El libro de Oseas desarrolla ampliamente la analogía entre Israel y una prostituta: la apostasía es una forma de prostitución espiritual. Esta historia terrible, pero reveladora, se puede entender de muchas maneras, principalmente a través del amor excepcionalmente fiel de Dios por su novia prostituida. Jeremías toma algunos elementos de este tema y los desarrolla (sobre todo en Jeremías 3).

El primer versículo alude a Deuteronomio 24:1–4, donde se establece que, si una mujer se divorcia y se casa con otro, no puede divorciarse del segundo para volver con el primero. Tristemente, el pueblo de Judá se había “prostituido con muchos amantes” (3:1) y ahora pretenden volver al Señor como si no hubiese problema. Creen que pueden entrar tranquilamente en la presencia del Señor y orar con nostalgia: “Padre mío, amigo de mi juventud, ¿vas a estar siempre enojado? ¿Guardarás rencor eternamente?”. Lo dicen como si acercarse a este Dios tremendamente ofendido se tratara de un asunto fácil, como si las consecuencias fuesen inevitables, como si las dificultades que se presentasen recayesen en Dios y su ira inflexible. Sin embargo, la perspectiva del Señor es bastante diferente. Él comenta tranquilamente: “Mientras hablabas, hacías todo el mal posible” (3:5). Pretender estar arrepentidos, las promesas de lealtad y las bonitas alusiones a una relación pasada no significan nada para Dios en comparación con la actitud presente. La palabrería religiosa esconde, con frecuencia, no solo una conducta impía, sino también en deseo secreto de hacer el mal (3:5), aunque la persona que actúa así está normalmente tan ciega que no puede catalogarlo como tal.

El reino norteño de Israel cayó en el adulterio espiritual y Dios le dio “carta de divorcio” (3:6–8), lo envió al exilio en 722 a. C., bajo el rey asirio Sargón II. Su hermano Judá no aprendió nada de este ejemplo: un siglo más tarde hizo lo mismo, pero incluso con menos excusa esta vez, después de ver lo que le había acontecido a Israel (3:9ss.).

¿Hasta qué punto el mundo evangélico contemporáneo está vendiendo el Evangelio, y no ha aprendido nada de la zozobra parecida por el confesionalismo protestante cien años atrás?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 188). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 8 | Salmo 139 | Jeremías 2 | Mateo 16

6 JULIO

Josué 8 | Salmo 139 | Jeremías 2 | Mateo 16

Pocos pasajes han suscitado más debate en la historia de la iglesia que la confesión de Pedro de que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” y sus secuelas (Mateo 16:13–28). Haremos solo tres reflexiones:

(1) A juzgar por su respuesta, Jesús ve esta confesión como un avance significativo, logrado por la revelación del Padre (16:17). Sin embargo, eso no quiere decir que, antes de ese momento, Pedro no tuviese sospechas de que Jesús fuese el Mesías. Tampoco significa que entendiese el término “Mesías” en su sentido cristiano absoluto, relacionado con esta palabra tras la muerte y resurrección de Jesús. Parece claro que, en este punto, Pablo estaba preparado para aceptar a Jesús como Rey de Israel, el Ungido del linaje davídico, pero no sabía en absoluto que debía ser al mismo tiempo rey davídico y Siervo sufridor, como muestran los versículos siguientes. El entendimiento y la fe del apóstol estaban madurando, pero aún tenían muchas carencias. Parte de la llegada de Pedro a una fe cristiana total en estos asuntos dependió absolutamente de la siguiente cita histórica redentora importante: la cruz y la resurrección.

(2) El papado católicoromano ha tomado las palabras de Jesús “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (16:18) como su fundamento. Aunque leamos este pasaje de la forma más abierta posible, es difícil interpretar que diga algo acerca de la transmisión de una superioridad por parte de Pedro y aún menos sobre el desarrollo y mejora del papado hasta que se promulgó en 1870 la doctrina de la infalibilidad papal. Ofendidos por semejantes pretensiones extravagantes, muchos protestantes han ofrecido exégesis igualmente increíbles. Quizás Jesús dijo: “Tú eres Pedro” (apuntando hacia el apóstol), “y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (señalándose). O quizás la “roca” sobre la cual se construye la iglesia no sea Pedro, sino su confesión, algo que difícilmente explica el juego de palabras en griego: “Tú eres petros y sobre esta petra”.

(3) Es mejor considerar que Pedro posee cierta primacía, lo que se ha llamado “primacía de salvación histórica”. Él fue el primero en ver ciertas cosas, el líder que Dios bendijo en los primeros pasos de organización y evangelización después de la resurrección (como Hechos deja claro). Sin embargo, este liderazgo no sólo tenía relación con el papel único de Pedro en la historia redentora (tan único que no podía transmitirse), sino que la autoridad del Evangelio extendida a él (16:18–19), también se extiende a todos los apóstoles (18:18). Esto es lo que deberíamos esperar: en otros pasajes, se nos dice que la iglesia se ha edificado sobre el fundamento de profetas y apóstoles (Ef. 2:20, cursivas añadidas). Tal como lo expresa la antigua fórmula, Pedro era primus inter pares, primero entre iguales.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 187). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 7 | Salmos 137–138 | Jeremías 1 | Mateo 15

5 JULIO

Josué 7 | Salmos 137–138 | Jeremías 1 | Mateo 15

Jeremías vivió en una época de peligros y declive. Llamado a ser profeta en el decimotercer año del reinado del rey Josías, el último monarca reformador de Judá (alrededor de 627 a.C.), sirvió durante más de cuarenta años. La caída de Jerusalén tuvo lugar en 587 (cuarenta años después del llamamiento de Jeremías) y el profeta continuó su ministerio durante un tiempo. Dicho ministerio parecía condenado a ser improductivo. Sin embargo, Dios le había llamado a hablar la verdad acerca de la nación y del juicio inminente, independientemente de si sus palabras eran bien recibidas o no. Se observa cómo su madurez y determinación van creciendo conforme van pasando sus años de ministerio.

El llamamiento de Jeremías ocupa el primer capítulo (Jeremías 1). Destacamos algunos elementos importantes:

(1) Dios no sólo había comisionado a Jeremías, sino que lo había escogido incluso antes de que naciese (1:5). En las horas de más oscura oposición y trato brutal, esa realidad demostró ser inmensamente tranquilizadora para Jeremías.

(2) Claramente, Jeremías era muy joven cuando Dios lo llamó a su primera comisión. Se quejó diciendo que era demasiado joven, un niño. Sin embargo, el Señor no aceptaría la excusa. Él mismo pondría las palabras en la boca de Jeremías y lo haría una voz profética, no solo sobre Judá sino también sobre las naciones vecinas (1:7–10).

(3) Dos viñetas visionarias clarifican el llamamiento de Jeremías. La primera es una rama de almendro. La palabra hebrea suena de forma muy parecida a otra que significa “vigilar”. Esa rama era la primera que germinaba en primavera, señalando así la llegada de la primavera; en ese doble sentido, la palabra de Dios apunta a su propio cumplimiento, que se producirá inevitablemente. De ahí que se inste al profeta a comunicarla con la total confianza de que lo que el Señor dice es verdad, y de que todo lo que prediga tendrá lugar (1:11–12): Dios lo vigila todo. El segundo elemento visionario es una olla que hierve y se vierte desde el norte, una forma gráfica de indicar que el caldero hirviendo del juicio, el que Babilonia infligirá a la pequeña nación (1:13–16), se derramará sobre Judá desde el norte.

(4) Sobre todo, Dios dice a Jeremías que no tema, una palabra común a los siervos de Dios (p. ej., Abraham, Génesis 15:1; Moisés, Números 21:34 y Deuteronomio 3:2; Daniel, Daniel 10:12, 19; María, Lucas 1:30; Pablo, Hechos 27:24). Dios no esconde las dificultades: Jeremías se enfrentará a mucha oposición y en ocasiones se quedará solo “contra todo el país” (1:18), pero “no te podrán vencer”, dice el Señor, “porque yo estoy contigo para librarte” (1:19). Únicamente estas promesas pueden alimentar una valentía titánica en el profeta.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 186). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 6 | Salmos 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

4 JULIO

Josué 6 | Salmos 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

Aunque Isaías 66 termina con una nota de firmeza y esperanza (66:18–24), entremezclada con un tema abiertamente misionero (66:19), el comienzo del capítulo contiene una advertencia más (Isaías 66:1–6), la cual centra aquí nuestra atención.

El texto vislumbra la época en que se reconstruirá el templo de Jerusalén. En todo momento, Isaías ha predicho que Jerusalén sería destruida y con ella, implícitamente, el templo. También profetizó que un remanente volvería a la ciudad y comenzaría a reconstruirla. No obstante, no deben olvidar nunca que Dios no puede reducirse a las dimensiones de un templo: “El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me podéis construir? ¿Qué morada me podéis ofrecer? Fue mi mano la que hizo estas cosas; fue así como llegaron a existir” (66:1–2). Salomón comprendió esta idea cuando dirigió a Israel en oración en la dedicación del primer templo (1 Reyes 8:27). Sin embargo, es una lección que se olvidó pronto, pues las sucesivas generaciones cayeron en un “eclesiasticismo” religioso. De alguna forma piensan que son buenos porque cumplen con los actos religiosos ordenados, pero Dios declara que ofrecer un animal prescrito en el nuevo templo cuando el corazón se encuentra lejos del Señor no es mejor que hacerlo con un animal inmundo. De hecho, puede ser tan repulsivo para el Señor como sacrificar a un ser humano, porque todo el ejercicio resulta increíblemente desafiante para Dios (66:3). Estas personas religiosas acaban finalmente persiguiendo a aquellos que quieren obedecer la palabra de Dios (66:5). Una vez más, el Señor amenaza con un juicio total (66:4, 6).

¿Qué buscará entonces el Señor entre el remanente que vuelve del exilio? Él dice: “Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra” (66:2). Pocos versículos después, el profeta se dirige directamente a los fieles como “vosotros que tembláis ante su palabra” (66:5). Se los compara con aquellos que no contestan ni escuchan cuando el Señor llama y habla (66:4). Nada de esto es nuevo. Una de las lecciones que los israelitas debían aprender a lo largo de sus años vagando por el desierto era que “no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del SEÑOR” (Deuteronomio 8:3). Esta idea es de capital importancia. No tanto escuchar atentamente cada palabra que Dios ha hablado, sino hacerlo con humildad, contrición y temor (66:2). Lo que siempre ha distinguido lo verdadero de lo falso en medio del pueblo de Dios, lo bendito de lo maldito, es la fidelidad o deslealtad a su Palabra.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 185). Barcelona: Publicaciones Andamio.