Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

3 JULIO

Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

Isaías ha orado: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras!” (64:1). Ahora (Isaías 65), Dios responde con dos perspectivas complementarias.

En primer lugar, el Señor dice que no es tan distante como Isaías cree. A lo largo de la convulsa historia de Israel, él se reveló a las personas una y otra vez (65:1). Siguió haciéndolo, por medio de una larga serie de profetas, a personas que no preguntaron por él, a aquellos que no lo buscaban, a una nación que no clamaba a su nombre. No paraba de decir: “¡Aquí estoy!” (65:1), pero ellos demostraron ser un pueblo obstinado, que andaba “por mal camino, siguiendo sus propias ideas” (65:2). No hay duda de que el profeta quiere que Dios esté cerca, pero ellos, con su rebelión persistente en todos los ámbitos, están diciendo realmente: “¡Mantente alejado! ¡No te acerques a mí! ¡Soy demasiado sagrado para ti!” (65:5). Esta costumbre de pensar que se es mejor que Dios sigue vigente actualmente. Estamos tan interesados en la “espiritualidad” y tan comprometidos con exonerarnos en todo, que no podemos permitirnos someternos a lo que Dios dice, pues lo consideramos poco razonable; somos más sabios y mejores que él, más sagrados. Esto es lo que hay detrás de este juicio (65:6–7).

En segundo lugar, a pesar de la amenaza de juicio, Dios tiene un plan totalmente distinto para el remanente escogido que busca su rostro en contrición y fe. Él les promete mucho más que una Sion terrenal más segura. Tiene preparado para ellos nada menos que “un cielo nuevo y una tierra nueva” (65:17). Eso es lo que significa “Jerusalén” en definitiva (65:18–19); como en Apocalipsis 21, Jerusalén no es tanto un elemento fundamental en los nuevos cielos y la nueva tierra, como otra manera de conceptualizar la misma realidad. La visión es espectacular (65:17–25), semejante a lo que se predijo anteriormente (2:2–5; 11:1–16). Sin embargo, no es para todo el mundo sin excepción. Este capítulo distingue de forma muy clara entre, por un lado, los escogidos de Dios (65:22), el pueblo bendito del Señor (65:23), aquellos que lo buscan (65:10), sus siervos (65:9), y, por el otro, los descritos en los siete primeros versículos, que se distraen con nociones de magia, que juegan con sus dioses de la Fortuna y el Destino (65:11). La cuestión principal es que no contestaron cuando Dios preguntó, no escucharon cuando él habló. “Hicisteis lo malo ante mis ojos y optasteis por lo que no me agrada” (65:12). Esta distinción aparece muy claramente en 65:13–16. “Mis siervos”, dice Dios, experimentarán bendiciones inimaginables, pero el “vosotros” a quien se dirige se enfrentará a un abandono y una reprobación totales.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 184). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 4 | Salmos 129–131 | Isaías 64 | Mateo 12

2 JULIO

Josué 4 | Salmos 129–131 | Isaías 64 | Mateo 12

En un capítulo anterior, Isaías escribió: “Vosotros, los que invocáis al Señor, no os deis descanso; ni tampoco lo dejéis descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (Isaías 62:6–7). Ahora, el profeta sigue su propio consejo. Isaías 64 (de forma más exacta, 63:7–64:12) recoge una de las grandes oraciones intercesoras de las Escrituras.

La primera parte de la oración (63:7–19) comienza con una afirmación de la bondad de Dios, manifestada especialmente en el rescate de Israel en la época de Moisés. Isaías no suaviza el problema: el pueblo se rebeló tan gravemente que Dios mismo pasó a ser su enemigo (63:10). No obstante, ¿a quién podía dirigirse el profeta? Apela a su “compasión y ternura” (63:15), a su fidelidad al pacto como Padre y Redentor de su pueblo (aunque Abraham y Jacob pudiesen querer renegar del mismo, 63:16).

Sin embargo, en el capítulo 64, el profeta pronuncia una de las súplicas más desgarradoras que podemos encontrar en las Santas Escrituras: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras! ¡Las montañas temblarían ante ti!” (64:1). Esta es nuestra única esperanza: no podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestras decisiones, nuestros trucos y nuestra religión no bastarán. El propio Dios debe rasgar los cielos y bajar. Isaías no está negando la omnipresencia del Señor; más bien, está diciendo que debe intervenir activamente a favor nuestro para salvarnos, demostrando una vez más su poder, o estaremos perdidos.

No debemos pasar por alto otros tres elementos de la intercesión del profeta. Primero, nadie reconoce más claramente que Isaías que el Dios al que apela es también el Juez al que hemos ofendido. “Pero te enojas si persistimos en desviarnos de ellos. ¿Cómo podremos ser salvos? (64:5), pregunta. Esta es la raíz del problema, y la esperanza. Segundo, Isaías no sólo comprende que el pecado nos aparta de Dios, sino que también se identifica completamente con su pueblo pecador: “Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia” (64:6). Los mayores intercesores han reconocido siempre que muchas cosas los relacionan con el común de los pecadores en lugar de diferenciarlos de ellos. En cualquier caso, no dudemos en suplicar a Dios por aquellos que no lo harán por sí mismos. Tercero, Isaías comprende totalmente que si Dios nos rescata, debe hacerlo a partir de la gracia, de la misericordia, de la compasión, no porque tengamos nada que reclamarle. Eso explica el tono conmovedor de 64:8–12.

¿Cuándo hemos orado por última vez con ese entendimiento y esa pasión?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 183). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 3 | Salmos 126–128 | Isaías 63 | Mateo 11

1 JULIO

Josué 3 | Salmos 126–128 | Isaías 63 | Mateo 11

No deberíamos pasar por alto lo que es obvio: en este pasaje (Mateo 11:2–19), Juan el Bautista está desanimado.

La causa es que Jesús no cumple sus expectativas. Juan ha anunciado a alguien que no sólo bautizaría a las personas con el Espíritu Santo (3:11), sino que vendría con un juicio severo, separando el trigo de la paja y quemando esta (3:12). Sin embargo, aquí está Jesús, predicando ante inmensas multitudes, preparando a sus propios discípulos, haciendo milagros, sin juzgar a los impíos. Juan el Bautista languidece en la cárcel por haber denunciado ferozmente el matrimonio ilícito de Herodes. ¿Por qué no lo ha hecho Jesús, ni lo ha juzgado utilizando su asombroso poder?

Jesús contesta (Mateo 11:4–6) describiendo su ministerio desde la perspectiva de dos pasajes fundamentales de Isaías, 35:5–6 y 61:1–2. Sin embargo, Juan el Bautista seguramente conocía muy bien el libro de Isaías. En otros pasajes, él mismo lo cita (3:3, que alude a Isaías 40:3). Así pues, si Jesús va a referirse a estos pasajes (bien podría preguntarse Juan), ¿por qué no menciona también el tema del juicio en los mismos contextos? Después de todo, Isaías 35:4–6 no sólo menciona a los cojos saltando, por ejemplo, sino también la “retribución divina”. Isaías 61 habla de predicar las buenas nuevas a los pobres, pero también anuncia “el día de la venganza de nuestro Dios” (Isaías 61:2; véase la meditación del 29 de junio). ¿Por qué menciona Jesús las bendiciones y no el juicio?

Es como si el Señor estuviese diciendo: “Juan, mira atentamente: las bendiciones prometidas del reino están llegando. Lo que yo hago cumple las Escrituras con exactitud. Si el juicio aún no ha comenzado, lo hará, en su momento. Ahora mismo, céntrate en el bien que se está haciendo y deja que este confirme que soy quien digo ser”.

Jesús da tres pasos más para defender a Juan, de los cuales nos detendremos brevemente en dos. (a) Advierte a los que estaban escuchando su conversación que no supongan ni por un momento que Juan sea una persona voluble, que los vientos de las circunstancias difíciles tambalean y menos aún alguien interesado en velar por sus propios intereses (11:7–8). Todo lo contrario: (b) su papel en la historia redentora es ser aquel que anuncia la venida del Soberano, destacándolo, en cumplimiento de una profecía de Malaquías (11:10). Este hecho hace de Juan el mayor hombre nacido de mujer hasta ese momento, más que Abraham, David o Isaías, porque realmente anuncia a Cristo y lo señala de forma explícita. Por esta razón, el más pequeño del reino de los cielos, a este lado de la cruz, sigue siendo más grande (11:11): usted y yo mostramos quién es el Mesías con aún más inmediatez y claridad. Ahí reside nuestra grandeza.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 182). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

30 JUNIO

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

Gran parte de la poesía de Isaías 62 trata de las circunstancias de la Sion terrenal. Sin embargo, el lenguaje es muy elevado y las promesas son de gran alcance. Parece claro que se está hablando de algo más que de la restauración de la Jerusalén física después del exilio.
Al final del capítulo 61, Isaías se deleita en el triunfo del Siervo-Mesías que transforma al pueblo de Dios. Allí quien habla es aún el profeta. Después, gradualmente, es el Señor soberano quien lo va haciendo. Al principio, Isaías dice que, a la luz de las gloriosas promesas para Sion, no guardará silencio hasta que la paz y la gloria de esta se establezcan. Esto quiere decir que el profeta hará algo más que continuar con su fiel proclamación. Además de su tarea de vigilancia, los “centinelas” apostados sobre los muros de Jerusalén (62:6) deben advertir del juicio que viene sobre los que no se arrepientan o caigan despreocupadamente en el pecado (cp. Ezequiel 33). No obstante, si hay una proclamación horizontal, es decir, predicar a las personas, también hay una intercesión vertical: “Vosotros, los que invocáis al Señor, no os deis descanso; ni tampoco lo dejéis descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (62:6–7). Del mismo modo que Daniel intercedía ante Dios a la luz de las promesas que este había hecho (Daniel 9), Isaías quiere que hombres y mujeres fieles oren a él y no le den descanso hasta que todas sus gloriosas promesas acerca de Sion se cumplan. Aquí, pues, tenemos un llamamiento a la intercesión ferviente y persistente: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10).
Esta Sion recibirá “un nombre nuevo” (62:2, 12); tendrá una nueva identidad. Ya no se la llamará “Abandonada” y “Desolada”, sino “Mi deleite” y “Mi esposa” (62:4), adoptando la gran tipología que encontramos con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento: el Señor soberano es el esposo; el pueblo del pacto, representado aquí por Sion, es la novia (cf. 62:5). El versículo 12 da a conocer más nombres: “Pueblo santo”, los “redimidos del SEÑOR” (que nos recuerda otra vez cómo han sido transformados), “Ciudad anhelada”, Ciudad nunca abandonada”. Estos nombres definen algo mucho más elevado que la Jerusalén física o terrenal después del exilio. Se trata del propio pueblo del pacto, que levanta una bandera “sobre los pueblos” (62:10). Constituye un adelanto de la “Jerusalén celestial” (Gálatas 4:26–27, donde se cita a Isaías), del “monte Sion”, la “Jerusalén celestial, la ciudad del Dios viviente” (Hebreos 12:22), de “la ciudad santa, la nueva Jerusalén”, “preparada como una novia hermosamente vestida para su novio” (Apocalipsis 21:2).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 181). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 1 | Salmos 120–122 | Isaías 61 | Mateo 9

29 JUNIO

Josué 1 | Salmos 120–122 | Isaías 61 | Mateo 9

Hoy reflexionaremos sobre dos aspectos: primero, el lugar de Isaías 61 en el argumento que se desarrolla; y segundo, su contribución a la teología bíblica.

(1) El capítulo 60 dejó claro que el orden presente de las cosas no puede continuar eternamente: llegará un día caracterizado por una bendición incondicional (60:19–21) y por un juicio irremediable (60:12). Esta bifurcación se trata en Isaías 61, donde encontramos la proclamación del “año del favor del Señor” y del “día de la venganza de nuestro Dios” (61:2). El tema de la venganza no se desarrolla hasta el capítulo 63, pero el 61 y el 62 se ocupan del “año del favor del Señor”. El primero comienza con alguien que proclama que el Espíritu del Señor está sobre él para cumplir los propósitos redentores de Dios (61:1–6). Después, habla el propio Señor (61:7–9), anunciando un pacto eterno, caracterizado por el gozo y la justicia. El capítulo termina con una voz solitaria, presumiblemente la de Isaías, exultante por el cumplimiento previsto de estas promesas (61:10–11).

(2) ¿Quién habla en 61:1–6? La pista más importante se encuentra en la primera línea. Dice: “El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí”. Los lectores concienzudos recordarán dos pasajes anteriores. Isaías ya ha dicho que el Espíritu del Señor reposará de forma particular sobre el Mesías (11:1–2; cp. Juan 3:34), y ha mencionado a Dios diciendo del Siervo: “Sobre él he puesto mi Espíritu” (42:1). La conclusión más obvia es que este Siervo-Mesías habla en Isaías 61:1–6. Es el superlativo Siervo sufridor de Isaías 40–55 y el Mesías esperado de Isaías 1–35. No es de extrañar, pues, que el Señor Jesús leyese estas líneas de Isaías en la sinagoga de Nazaret y se las aplicase deliberadamente (Lucas 4:17–19).

Este Siervo-Mesías ungido por el Espíritu trae consigo el “año del favor del Señor” (61:2), con casi total seguridad una alusión al año de jubileo, en el que se liberaba a los esclavos y los que se habían visto obligados a vender sus propiedades las recibían de nuevo (Levítico 25:8–55). El Siervo-Mesías viene a “anunciar buenas nuevas a los pobres” y a “sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros”, a “consolar a todos los que están en duelo”, a concederles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento (61:1–3). Si el episodio inicial de tal bendición fue el retorno del exilio y la primera restauración de las ruinas (61:4), el cumplimiento final supera con creces a estos acontecimientos (cap. 62).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 180). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 33–34 | Salmo 119:145–176 | Isaías 60 | Mateo 8

28 JUNIO

Deuteronomio 33–34 | Salmo 119:145–176 | Isaías 60 | Mateo 8

Si Isaías 59 es extraordinariamente desolador, el capítulo 60 resplandece con gloria. Aquí, Sion regresa, no la Jerusalén que los exiliados retornados reconstruyeron gradualmente, sino la definitiva, el reino de Dios que viene a la tierra. No es sorprendente que gran parte del simbolismo siga brotando de la ciudad histórica. No obstante, la visión trasciende cualquier esperanza meramente terrenal. Como prueba, destacaremos que ya no hay más sol ni luna, “porque el Señor será tu luz eterna; tu Dios será tu gloria” (60:19; cp. Apocalipsis 21:23). Aquí, el propio Señor soberano se levanta, infinitamente más glorioso que cualquier amanecer terrenal: “¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti!” (60:1). El capítulo anterior establece la necesidad desesperada del pueblo, la cruda evidencia de que no pueden transformarse. Este capítulo habla de esta oscura imagen y presenta la única solución posible: “Mira, las tinieblas cubren la tierra, y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos. Pero la aurora del Señor brillará sobre ti; ¡sobre ti se manifestará su gloria! ¡Las naciones serán guiadas por tu luz, y los reyes, por tu amanecer esplendoroso!” (60:2–3).

Tres observaciones más:

(1) Esta Sion es un hogar para naciones, extranjeros y reyes, para las personas de “costas lejanas”, de naciones que no tienen nada que ver con la tierra prometida (60:3, 9–10, 14). Los gentiles se unirán a los judíos en este reino, honrando a aquellos fieles israelitas que pertenecieron a Sion antes que ellos. La luz nace en Jerusalén y se extiende a todas las naciones.

(2) Todos los que rechazan esta gloria se enfrentan al juicio: “La nación o el reino que no te sirva, perecerá” (60:12). El texto no da esperanzas de que la Sion definitiva englobe a todos sin excepción; más bien, lo hace sin distinción, siempre que estos obedezcan al “Santo de Israel”, la “ciudad del Señor” (60:14).

(3) Sobre todo, este reino lleva hasta una gloriosa perspectiva de longevidad eterna. Dios dice: “Haré que la paz te gobierne, y que la justicia te rija. Ya no se oirá de violencia en tu tierra… sino que llamarás a tus muros “Salvación”, y a tus puertas, “Alabanza” (60:17–19, cursivas añadidas). Fijémonos en los términos temporales: el sol ya no será tu luz; el SEÑOR será tu luz eterna; tu sol no volverá a ponerse; tus días de duelo llegarán a su fin; el pueblo poseerá la tierra para siempre (60:19–21). Los ciclos de rebelión y arrepentimiento terminarán; los ciclos de bendición y maldición no existirán más. “Yo soy el Señor; cuando llegue el momento, actuaré sin demora” (60:22). Aun así, ven, Señor Jesús.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 179). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 31 | Salmo 119:121–144 | Isaías 59 | Mateo 7

27 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:121–144 | Isaías 59 | Mateo 7

Isaías 59 se divide en tres partes. Si se saca de este contexto en el libro, podría interpretarse como una descripción de la caída en el pecado y la degradación que caracterizó muchas etapas de la historia de Israel, y que sigue haciéndolo en muchos periodos de la experiencia de la iglesia. Sin embargo, tanto su posición en el libro como los dos últimos versículos indican que el profeta está hablando de la congregación del pueblo de Dios después de regresar del exilio. Siguen caracterizados por el pecado y solo existe una esperanza.

La primera sección (59:1–8) describe al pueblo en su desesperación. El profeta declara que la razón de su difícil situación no es ninguna deficiencia de Dios: “La mano del Señor no se queda corta para salvar” (59:1). El problema es su propio pecado: “Son vuestras iniquidades las que os separan de vuestro Dios. Son estos pecados los que lo llevan a ocultar su rostro para no escuchar” (59:2). Después, sigue la tediosa lista: injusticia, falta de integridad, violencia, conspiraciones. La raíz de todo ello se encuentra en el carácter humano: el mal emana desde dentro. “Sus pensamientos son perversos; dejan ruina y destrucción en sus caminos. No conocen la senda de la paz; no hay justicia alguna en su camino. Abren senderos tortuosos, y el que anda por ellos no conoce la paz” (59:7b–8). No es de extrañar que el apóstol Pablo cite varias de estas líneas en su propia condena de la raza humana (Ro. 3:15–17). ¿Qué puede hacerse con personas tan persistentes en el pecado? Incluso el enorme trauma del exilio demuestra ser insuficiente para transformarlos.

En la segunda sección (59:9–15a), los verbos aparecen en primera persona del plural. El lenguaje es el de un lamento colectivo. Estos dolientes (compárese con 57:19) se afligen por sus pecados. El lenguaje es brutalmente honesto. Como el propio Isaías, como Daniel o Esdras, no solo confiesan sus propios pecados, sino los de su pueblo (6:5; Daniel 9:4–19; Esdras 9:6–15). Saben que su situación es desesperada, lo cual, en sí mismo, es una señal de gracia. El pueblo de Dios está más lejos de la reforma y el avivamiento cuando están engreídamente satisfechos, como la iglesia de Laodicea (Apocalipsis 3:14–22). Existe esperanza cuando por la gracia de Dios se retuercen de dolor en una agonía de honesta confesión, terriblemente conscientes del poder insidioso y dominante del pecado en su vida y su cultura.

La tercera sección (59:15b–21) provee el alivio. Sólo Dios es suficiente para solucionar esta situación, y es más que eso. Dios vio que ningún otro podía salvar al pueblo, “por eso su propio brazo vendrá a salvarlos” (59:16). Una vez más, esta visión de esperanza y promesa acaba en proporciones apocalípticas y en las categorías del nuevo pacto (59:20–21).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 178). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 31 | Salmo 119:97–120 | Isaías 58 | Mateo 6

26 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:97–120 | Isaías 58 | Mateo 6

Cómo nos engañamos los humanos a nosotros mismos cuando se trata de asuntos religiosos. Existen tantas cosas que comienzan siendo incentivos al arrepentimiento y a la piedad, y que acaban volviéndose ídolos mezquinos… Lo que empieza como una ayuda hacia la santidad, termina siendo la triple trampa del legalismo, la auto-justificación y la superstición. Así ocurrió con la serpiente de bronce en el desierto. Aunque Dios ordenó hacerla y utilizarla (Números 21:4–9), se convirtió más adelante en semejante sinsentido religioso de modo que Ezequías la destruyó (2 Reyes 18:4).

Así ocurre algunas veces con otras formas de observancia religiosa o disciplina espiritual. Uno puede empezar a “llevar un diario” con el mejor de los propósitos y buenas razones, como disciplina que fomente la honestidad y el examen de conciencia, pero ello puede degenerar en la triple trampa: lo establecemos de tal forma como la prueba más clara de crecimiento personal y lealtad a Cristo que miramos con desprecio a aquellos que no se comprometen con la misma disciplina, y nos felicitamos cada día que mantenemos la práctica (legalismo); empezamos a creer que solo los santos más maduros mantienen diarios espirituales, por lo que reunimos los requisitos, y sabemos bien quién no lo hace (auto-justificación, santurronería); (c) empezamos a creer que existe algo en el acto en sí, o en el papel, o en la escritura, que es un medio de gracia necesario, un canal especial de placer o verdad divinos (superstición). Ese es el momento de tirar nuestro diario a la basura.

Claramente, el ayuno puede convertirse en una trampa parecida. Los cinco primeros versículos de Isaías 58 ponen de manifiesto y condenan el tipo erróneo de ayuno, mientras los versículos 6–12 describen el que agrada a Dios. El primero está relacionado con la hipocresía. Las personas lo practican, pero riñen con sus familiares (58:4). Ayunan, pero no dejan de explotar a sus trabajadores (58:3b). Estas personas religiosas se inquietan. Dicen: “¿Para qué ayunamos, si él no lo tiene en cuenta?” (58:3). Superficialmente, parecen tener hambre de Dios y sus caminos (58:2). La verdad es que están empezando a tratar el ayuno como si fuese un poco mágico: como he ayunado, Dios tiene que bendecirme. Esta forma de pensar es terriblemente triste y malvada.

Como contraste, el ayuno que agrada al Señor está marcado por un arrepentimiento genuino (58:6–12). No solo se aparta de la autoindulgencia, sino que comparte con los pobres de forma activa (58:7), y se esfuerza en “desatar las correas del yugo”, en “poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura” (58:6), en renunciar a una “lengua maliciosa” (58:9). Este es el ayuno que recibe la bendición de Dios (58:8–12).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 177). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 30 | Salmo 119:73–96 | Isaías 57 | Mateo 5

25 JUNIO

Deuteronomio 30 | Salmo 119:73–96 | Isaías 57 | Mateo 5

Mateo 5:17–20 es el comienzo de la parte central del sermón del monte. Se trata de una sección compleja, pero enormemente evocadora.

Jesús dice: “No penséis que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento” (5:17). Estas líneas han dado lugar a algunas interpretaciones populares aunque dudosas. (a) Algunos creen que el verbo “cumplir” debe significar lo contrario de “abolir”, ya que la última frase exige una oposición obvia (“no […] a abolir […], sino a cumplir”). De ser así, Jesús estaría queriendo decir: “No he venido a abolir la ley sino a mantenerla o preservarla o guardarla”. Sin embargo, ¿ve realmente Jesús su misión en tales términos, especialmente si mantener o guardar la ley se entienden simplemente considerando las exigencias y prescripciones de la misma? Incluso en algunas de las antítesis que siguen (5:21–48), ¿no parece como si Jesús estuviese introduciendo al menos algunas modificaciones? ¿No lo hace en las leyes sobre los alimentos en Mateo 15:1–20 (cf. Marcos 7:1–23)? (b) Algunos sostienen, por tanto, que Jesús sólo tiene en mente la ley moral. No obstante, no queda claro que los cristianos del primer siglo distinguiesen la ley moral de la civil y la ceremonial tan fácilmente como nosotros. En cualquier caso, 5:18 (“ni una letra ni una tilde”) suena muy estricto para permitir semejante limitación. (c) Otros siguen pretendiendo que “cumplir” significa algo como “intensificar” o incluso “mostrar el verdadero significado de”. Sin embargo, este verbo nunca tiene ese sentido.

El significado más común del verbo “cumplir” en el Nuevo Testamento tiene relación con la escatología. En el pasado, Dios predijo algo; ahora, “cumple” su palabra, lleva a cabo lo que prometió. Mateo siempre quiere expresar esta idea con él (y lo utiliza con frecuencia). Así pues, Cristo viene a decir aquí que no ha venido a abolir la ley, sino a hacer algo bastante diferente: hacer que ocurra todo lo que esta predijo. Este cumplimiento seguirá produciéndose hasta que todo lo anunciado por la ley se cumpla, muy al final de la historia (5:18). Todo esto presupone (a) que la ley desempeña una función de predicción (algo habitual en el Nuevo Testamento); (b) que Jesús muestra el verdadero significado de la ley y los profetas, no en un sentido abstracto, sino en su cumplimiento profético, la verdadera dirección hacia la que apuntan; y (c) que Jesús interpreta su propia misión como el cumplimiento profético de las promesas inherentes en la ley y los profetas. No se considera alguien que destruya todo lo que ha venido antes y empiece de nuevo, ni que mantenga simplemente la tradición precedente. Más bien, toda revelación previa apunta a él y él hace que todas sus expectativas se conviertan en realidad.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 176). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Deuteronomio 29 | Salmo 119:49–72 | Isaías 56 | Mateo 4

24 JUNIO

Deuteronomio 29 | Salmo 119:49–72 | Isaías 56 | Mateo 4

La última parte de Isaías (caps. 56–66) se centra principalmente en el periodo posterior al retorno de los primeros exiliados de Babilonia. Fue también una época enormemente convulsa, como así lo atestiguan otros pasajes de las Escrituras (especialmente, Esdras, Nehemías, Hageo y Zacarías). No obstante, algunas de las visiones de Isaías se extienden más allá de los primeros años del retorno de la esperanza definitiva, el nuevo cielo y la nueva tierra (p. ej., 65:17). La situación del pueblo descrita en estos capítulos refleja la nuestra en ciertos aspectos: vivimos entre el “ya” y el “aún no”, entre la gloria de lo que Dios ya ha realizado y lo que ha prometido que hará.

Los primeros versículos (Isaías 56:1–8) hacen hincapié en dos temas:

Primero, el Señor dice que aquellos que esperan su salvación, que “va a llegar” (56:1), deben “observar la justicia y practicar el derecho” (56:1). La razón, afirma, es que su “justicia va a manifestarse”. En otras palabras, uno de los motivos fundamentales de la conducta justa de los creyentes es que esta anuncia la justicia consumada que está por venir. A diferencia de tantos de nuestros coetáneos, que viven al día pensando muy poco en el futuro, estamos comprometidos a vivir de una forma que adelante el futuro. Esto es parte del significado de “observar el sábado sin profanarlo” (56:2). Los lectores de Isaías no estarán simplemente guardando una ley, promulgada por Dios, sino también demostrando dos cosas más: (a) su lealtad al pacto mosaico (y por consiguiente al Dios de este) y (b) su estilo de vida a partir de modelos de reposo que se hallan vinculados simultáneamente al descanso de Dios (Génesis 2; Éxodo 20) y al venidero (cp. Hebreos 3:7–4:11).

Segundo, el Señor promete que las bendiciones futuras están disponibles para personas que muchos han rechazado de forma sistemática. Después de todo, ciertos pasajes de la ley de Moisés excluían a los castrados y los extranjeros (especialmente moabitas y amonitas), por ejemplo Deuteronomio 23:1–6 (cp. Levítico 22:24–25, y el paralelismo con los animales). Aun así, es difícil creer que estas leyes tuviesen el propósito de apartar en todos los casos a los verdaderos convertidos, ya que, de lo contrario, los relatos de Rahab y Rut (esta última, moabita) no tendrían mucho sentido (Josué 6:24–25; Rut 1–4). Por un lado, la comunidad purificada por el Siervo sufridor no debe tocar cosas inmundas, tiene que salir de “Babilonia” y ser pura (52:11); por el otro, el Señor afirma aquí que se debe admitir a eunucos y extranjeros (56:3–8). La diferencia, por supuesto, es la conversión, en la que Dios les otorga “un nombre eterno” (56:5), de forma que se aferren firmemente a su pacto (56:4).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 175–176). Barcelona: Publicaciones Andamio.