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Deuteronomio 31 | Salmo 119:121–144 | Isaías 59 | Mateo 7

27 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:121–144 | Isaías 59 | Mateo 7

Isaías 59 se divide en tres partes. Si se saca de este contexto en el libro, podría interpretarse como una descripción de la caída en el pecado y la degradación que caracterizó muchas etapas de la historia de Israel, y que sigue haciéndolo en muchos periodos de la experiencia de la iglesia. Sin embargo, tanto su posición en el libro como los dos últimos versículos indican que el profeta está hablando de la congregación del pueblo de Dios después de regresar del exilio. Siguen caracterizados por el pecado y solo existe una esperanza.

La primera sección (59:1–8) describe al pueblo en su desesperación. El profeta declara que la razón de su difícil situación no es ninguna deficiencia de Dios: “La mano del Señor no se queda corta para salvar” (59:1). El problema es su propio pecado: “Son vuestras iniquidades las que os separan de vuestro Dios. Son estos pecados los que lo llevan a ocultar su rostro para no escuchar” (59:2). Después, sigue la tediosa lista: injusticia, falta de integridad, violencia, conspiraciones. La raíz de todo ello se encuentra en el carácter humano: el mal emana desde dentro. “Sus pensamientos son perversos; dejan ruina y destrucción en sus caminos. No conocen la senda de la paz; no hay justicia alguna en su camino. Abren senderos tortuosos, y el que anda por ellos no conoce la paz” (59:7b–8). No es de extrañar que el apóstol Pablo cite varias de estas líneas en su propia condena de la raza humana (Ro. 3:15–17). ¿Qué puede hacerse con personas tan persistentes en el pecado? Incluso el enorme trauma del exilio demuestra ser insuficiente para transformarlos.

En la segunda sección (59:9–15a), los verbos aparecen en primera persona del plural. El lenguaje es el de un lamento colectivo. Estos dolientes (compárese con 57:19) se afligen por sus pecados. El lenguaje es brutalmente honesto. Como el propio Isaías, como Daniel o Esdras, no solo confiesan sus propios pecados, sino los de su pueblo (6:5; Daniel 9:4–19; Esdras 9:6–15). Saben que su situación es desesperada, lo cual, en sí mismo, es una señal de gracia. El pueblo de Dios está más lejos de la reforma y el avivamiento cuando están engreídamente satisfechos, como la iglesia de Laodicea (Apocalipsis 3:14–22). Existe esperanza cuando por la gracia de Dios se retuercen de dolor en una agonía de honesta confesión, terriblemente conscientes del poder insidioso y dominante del pecado en su vida y su cultura.

La tercera sección (59:15b–21) provee el alivio. Sólo Dios es suficiente para solucionar esta situación, y es más que eso. Dios vio que ningún otro podía salvar al pueblo, “por eso su propio brazo vendrá a salvarlos” (59:16). Una vez más, esta visión de esperanza y promesa acaba en proporciones apocalípticas y en las categorías del nuevo pacto (59:20–21).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 178). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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