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Deuteronomio 31 | Salmo 119:97–120 | Isaías 58 | Mateo 6

26 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:97–120 | Isaías 58 | Mateo 6

Cómo nos engañamos los humanos a nosotros mismos cuando se trata de asuntos religiosos. Existen tantas cosas que comienzan siendo incentivos al arrepentimiento y a la piedad, y que acaban volviéndose ídolos mezquinos… Lo que empieza como una ayuda hacia la santidad, termina siendo la triple trampa del legalismo, la auto-justificación y la superstición. Así ocurrió con la serpiente de bronce en el desierto. Aunque Dios ordenó hacerla y utilizarla (Números 21:4–9), se convirtió más adelante en semejante sinsentido religioso de modo que Ezequías la destruyó (2 Reyes 18:4).

Así ocurre algunas veces con otras formas de observancia religiosa o disciplina espiritual. Uno puede empezar a “llevar un diario” con el mejor de los propósitos y buenas razones, como disciplina que fomente la honestidad y el examen de conciencia, pero ello puede degenerar en la triple trampa: lo establecemos de tal forma como la prueba más clara de crecimiento personal y lealtad a Cristo que miramos con desprecio a aquellos que no se comprometen con la misma disciplina, y nos felicitamos cada día que mantenemos la práctica (legalismo); empezamos a creer que solo los santos más maduros mantienen diarios espirituales, por lo que reunimos los requisitos, y sabemos bien quién no lo hace (auto-justificación, santurronería); (c) empezamos a creer que existe algo en el acto en sí, o en el papel, o en la escritura, que es un medio de gracia necesario, un canal especial de placer o verdad divinos (superstición). Ese es el momento de tirar nuestro diario a la basura.

Claramente, el ayuno puede convertirse en una trampa parecida. Los cinco primeros versículos de Isaías 58 ponen de manifiesto y condenan el tipo erróneo de ayuno, mientras los versículos 6–12 describen el que agrada a Dios. El primero está relacionado con la hipocresía. Las personas lo practican, pero riñen con sus familiares (58:4). Ayunan, pero no dejan de explotar a sus trabajadores (58:3b). Estas personas religiosas se inquietan. Dicen: “¿Para qué ayunamos, si él no lo tiene en cuenta?” (58:3). Superficialmente, parecen tener hambre de Dios y sus caminos (58:2). La verdad es que están empezando a tratar el ayuno como si fuese un poco mágico: como he ayunado, Dios tiene que bendecirme. Esta forma de pensar es terriblemente triste y malvada.

Como contraste, el ayuno que agrada al Señor está marcado por un arrepentimiento genuino (58:6–12). No solo se aparta de la autoindulgencia, sino que comparte con los pobres de forma activa (58:7), y se esfuerza en “desatar las correas del yugo”, en “poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura” (58:6), en renunciar a una “lengua maliciosa” (58:9). Este es el ayuno que recibe la bendición de Dios (58:8–12).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 177). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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