Jueces 6 | Hechos 10 | Jeremías 19 | Marcos 5

23 JULIO

Jueces 6 | Hechos 10 | Jeremías 19 | Marcos 5

La curación del hombre gadareno que estaba poseído por una “legión” de demonios (Marcos 5:1–20) exige algunas explicaciones y reflexiones en muchos puntos. Nos detendremos en seis de ellos:

(1) El escenario es un territorio gentil en el lado oriental del Mar de Galilea, en la región de Decápolis (5:20), las diez ciudades de población mayoritariamente helenística. La piara de cerdos deja claro este punto, ya que ningún judío respetable tendría estos animales. (2) El hombre pobre descrito en estos versículos estaba sometido a algún tipo de ataque cíclico. En ocasiones, era lo suficientemente dócil como para que lo encadenasen, pero después era tan increíblemente poderoso que podía romper las cadenas y liberarse. Expulsado de su hogar, vivía entre las tumbas, por donde deambulaba gritando y lacerándose. Era un hombre en la última agonía de la destrucción a manos de fuerzas demoníacas (5:5). No debemos dar por sentado que todos los casos de lo que hoy llamamos locura sean consecuencia de una actividad demoníaca; tampoco caigamos en el reduccionismo que achaca todos estos fenómenos de posesión a desequilibrios químicos en el cerebro. (3) Las palabras dirigidas a Jesús (5:6–8), aunque salen de los labios de un hombre, son producto del “espíritu maligno”. Este sabe muy bien (a) reconocer quién es Jesús y (b) vivir con el horrible conocimiento de la condena final que le espera. (4) Este diálogo entre Jesús y el “espíritu maligno” contiene dos elementos que no se encuentran en ningún otro exorcismo en los evangelios canónicos. Primero, la extraña interacción entre el singular y el plural: “Me llamo Legión… porque somos muchos”. Esta respuesta indica una ambigüedad en cierta actividad demoníaca. Además, como Jesús deja entrever en otros pasajes, la posesión múltiple por espíritus inmundos es una condición “peor” que debe evitarse escrupulosamente (Mateo 12:45). Segundo, estos demonios no desean marcharse de la zona y quieren entrar en otros cuerpos (5:10, 12). Jesús accede a ambas peticiones, lo cual presumiblemente refleja en parte el hecho de que aún no ha llegado la hora de su expulsión definitiva. (5) Aunque es esencial tener en cuenta el señorío absoluto de Jesús sobre esos espíritus malignos, debemos añadir que él no requiere la presencia de todos ellos individualmente, ni pregunta por sus nombres, ni entra en conversación con ellos, ni otras muchas cosas puestas en práctica habitualmente por algunos que se dedican a “ministerios de liberación”. (6) Las respuestas a esta liberación son asombrosas. El hombre salvado quiere seguir a Jesús, que lo comisiona a dar testimonio, en su mundo gentil, de lo mucho que el Señor ha hecho por él y de su misericordia (5:18–20). Los habitantes de la región ruegan a Jesús que se vaya (5:17): prefieren los cerdos a las personas, su tranquilidad financiera a la transformación de una vida.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 204). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 5 | Hechos 9 | Jeremías 18 | Marcos 4

22 JULIO

Jueces 5 | Hechos 9 | Jeremías 18 | Marcos 4

La imagen del alfarero y el barro (Jeremías 18) se repite en las Escrituras (p. ej., Romanos 9:19ss.). Cada uno de estos pasajes se centra en detalles ligeramente diferentes, aunque todos ellos hacen hincapié en la influencia soberana de Dios sobre las personas, que se comparan con el barro. Podemos clarificar los puntos principales con las siguientes observaciones:

(1) El torno del alfarero era muy común en el antiguo Oriente Próximo, no tanto como artículo de ocio, sino como elemento esencial en la manufactura de vasijas y recipientes, útiles para la vida cotidiana y al mismo tiempo decorativos. La palabra torno se encuentra en forma dual en hebreo: dos piedras circulares se encajaban en un eje vertical; el alfarero giraba la inferior con el pie mientras la superior servía como plataforma para el trabajo.

(2) Frecuentemente, cuando se daba forma a un recipiente, aparecía algún defecto en el tamaño, en la forma, en la textura de la arcilla o en la presencia de algún contaminante. Entonces, el alfarero reducía su obra a una masa amorfa y comenzaba de nuevo. No tiene sentido preguntar si el alfarero es responsable del defecto. Por supuesto, en el mundo real de la alfarería, puede serlo o puede estar utilizando el procedimiento de prueba y error. No decimos que el propio barro tenga algún tipo de responsabilidad moral en el resultado final. Sin embargo, el sentido de esta extendida metáfora no es asignar la culpa por el defecto: ese es otro asunto. Tratar de interpretar así esta lección es reducir esta imagen a lo más básico. Además, en el contexto más amplio del capítulo, es decir, fuera del mundo de la metáfora, Dios hace responsable al pueblo de Israel por el comportamiento que está dando lugar a este juicio (p. ej., 18:13–15).

(3) ¿Cuál es entonces el sentido de esta imagen? Quizás haya dos. Primero, Dios tiene el derecho de destruir su vasija y comenzar de nuevo. Sea cual sea la causa de los defectos, tiene la misma potestad que el alfarero para reducir su obra a la nada y comenzar de nuevo. En otras palabras, las personas no son en absoluto tan autónomas ni tan capaces de autodeterminarse como creen, lo cual significa que su conducta y desobediencia presentes son ingredientes para un desastre absoluto. Segundo, del mismo modo que un alfarero competente puede empezar de nuevo porque no esté satisfecho con la forma en que se está desarrollando su obra, Dios comienza otra vez porque no le agrada cómo está evolucionando el pueblo de su pacto. ¿Son los modelos de Dios inferiores a los del alfarero de la aldea?

Dios tiene el derecho y los modelos. ¿Tiene sentido oponerse a él?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 203). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 4 | Hechos 8 | Jeremías 17 | Marcos 3

21 JULIO

Jueces 4 | Hechos 8 | Jeremías 17 | Marcos 3

Entre los coros que aprendí de niño en la escuela dominical, se encontraban estos dos:

Estos son los nombres de los hijos de Jacob:

Gad y Aser y Simeón,

Rubén, Isacar, Leví,

Judá, Dan y Neftalí.

Doce en total, y ninguno gemelo.

Zabulón, José y Benjamín.

Hubo doce discípulos a los que Jesús llamó:

Simón Pedro, Andrés, Jacobo, su hermano Juan,

Felipe, Tomás, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo,

Tadeo, Simón, Judas y Bartolomé.

También nos ha llamado a nosotros; ¡nos ha llamado a nosotros!

Somos sus discípulos; yo soy uno, tú también.

¡Nos ha llamado también!; ¡nos ha llamado también!

Somos sus discípulos; debemos trabajar para él.

Estoy muy agradecido por haber sido educado en una época en la que muchas de las canciones que aprendíamos nos facilitaban algunos hechos, algunos datos, algunas razones para las cosas. En la actualidad, muchos cristianos no podrían nombrar a los doce patriarcas ni a los doce apóstoles, e ignoran tristemente otros datos elementales que los estudiantes de escuela dominical de la generación anterior dominaban a la edad de seis o diez años. Por supuesto, el aprendizaje de simples datos no hace necesariamente al creyente, pero por el contrario, el desconocimiento de las Escrituras casi siempre garantiza una dolorosa inmadurez.

Sin embargo, el segundo coro citado arriba puede malinterpretarse ligeramente. Es verdad, se nos llama a ser discípulos de Jesús, es decir, sus seguidores. Es el llamamiento para todos los cristianos. No obstante, existían elementos únicos en el caso de los doce apóstoles (Marcos 3:13–19). Aquí sólo mencionaré uno: Jesús los escogió “para que lo acompañaran” (3:14). Esto era importante al menos por dos razones: (a) Él los formó y un componente importante de su formación era lo que hoy llamaríamos “tutoría”, no simplemente la impartición de un mensaje y una comisión, sino enseñar a una persona cómo debe vivir, con el ejemplo así como con preceptos. (b) Estos doce fueron capaces de testimoniar sobre los hechos relativos a Cristo desde los primeros días de su ministerio público. Pedro comprendió la importancia de este hecho (Hechos 1:21–22), porque la revelación de Jesucristo no era algún tipo de experiencia mística privada, sino un acontecimiento histórico único que exigía testigos.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 202). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 3 | Hechos 7 | Jeremías 16 | Marcos 2

20 JULIO

Jueces 3 | Hechos 7 | Jeremías 16 | Marcos 2

Tres observaciones relativas a Jeremías 16:

(1) La primera sección de este capítulo tiene lugar probablemente muy pronto en el ministerio de Jeremías. Se le prohíbe casarse, no sólo porque las mujeres y los niños pasarán en pocas décadas momentos extraordinariamente difíciles durante el asedio y el subsiguiente exilio, sino también como forma simbólica de anunciar el ascetismo obligado que el juicio originará. En una cultura en la que casi todos los varones se casaban, su celibato constituía, sin duda, un poderoso símbolo.

(2) Uno de los rasgos más asombroso de este capítulo es que el pueblo no parece ser realmente consciente de su culpabilidad. No pueden ver por qué deben enfrentarse al juicio. “¿Por qué ha decretado el Señor contra nosotros esta calamidad tan grande? ¿Cuál es nuestra iniquidad? ¿Qué pecado hemos cometido contra el Señor nuestro Dios?” (16:10). Una de las cosas que mejor indica lo lejos que un pueblo se ha apartado de Dios es no percibir más su propia culpa. Los seres humanos que aman verdaderamente la justicia y la integridad se dan cuenta inevitablemente de cuándo las quebrantan. Los más santos son los primeros en confesar su pecado con vergüenza y contrición. Los más culpables son felizmente inconscientes de sus corrupciones e idolatrías. Por tanto, debemos preguntarnos: ¿Dónde se encuentran nuestras iglesias en este tipo de espectro? ¿O nuestra cultura? ¿Estamos caracterizados por una profunda contrición o por una abierta incapacidad para pensar que lo hemos hecho realmente tan mal? ¿Qué dice eso de nosotros? ¿Qué dice eso de la postura de Dios hacia nosotros?

(3) Aunque el Señor promete juicio, existen dos elementos esperanzadores. El primero es que Dios sacará un día al pueblo del exilio con un rescate tan espectacular e inesperado que eclipsará la gloria del éxodo (16:14–15). El segundo es que parte del propósito de este juicio es pedagógico. El pueblo ha amado a dioses falsos. “Por eso, esta vez les daré una lección; les daré a conocer mi mano poderosa. ¡Así sabrán que mi nombre es el Señor!” (16:21). El exilio debía reducir, si no eliminar, la idolatría crónica del pueblo del pacto. Demostró ser especialmente efectivo, en este aspecto, en la idolatría formal o externa. La historia de los judíos tras el retorno del exilio es muy diferente de lo que era antes del mismo. A pesar de algunos fallos terribles, la historia judía posexílica exhibe mucho menos politeísmo y sincretismo que la preexílica. Por supuesto, tanto para judíos como para gentiles, el lazo de la idolatría es mucho más sutil y corrosivo que los atractivos del politeísmo formal.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 201). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 2 | Hechos 6 | Jeremías 15 | Marcos 1

19 JULIO

Jueces 2 | Hechos 6 | Jeremías 15 | Marcos 1

Jeremías 15 presenta algunas de las perspectivas más evocadoras de la vida interior y el pensamiento del profeta Jeremías:

(1) Jeremías ha estado intercediendo ante Dios en favor del pueblo del pacto (Jeremías 14). Este pide al profeta que pare porque no escuchará (14:11–12). De hecho, dice ahora que incluso si Moisés y Samuel se presentasen delante de él e intercediesen por el pueblo, no lo salvaría (15:1). Siglos antes, Moisés y Samuel lo habían hecho con éxito por Israel (Éxodo 32:11–14; Números 14:13–24; Deuteronomio 9:18–20, 25–29; 1 Samuel 7:5–9; 12:19–25), aunque es importante recordar que también garantizaron la disponibilidad del pueblo a volver al Señor con contrición y renovada obediencia, algo que Jeremías no había sido capaz de lograr. Ahora, Dios le está diciendo que no lo conseguirá: el pueblo irá al cautiverio. La iniquidad y la idolatría durante el reinado de Manasés fueron la gota que colmó el vaso (15:4; véase 2 Reyes 21:10–15; 23:26; 24:3).

(2) En 15:10, Jeremías desea abiertamente no haber nacido nunca. Toda la nación lucha y contiende con él. Todos lo maldicen, no por haber sido corrupto en los negocios, sino por haber transmitido fielmente la palabra del Señor. Dios lo tranquiliza (15:11–14; el mejor hierro procedía “del norte”, de la zona del Mar Negro, por lo que es una forma de decir que los brazos de Israel no podrán superar los de los babilonios). Sin embargo, este tema está presente en la angustia de Jeremías. Una parte de él quiere justicia, retribución para sus perseguidores (15:15). Esa misma parte se deleita totalmente en las palabras de Dios (15:16a). No obstante, por otro lado, su lealtad a Dios y a sus palabras es precisamente lo que lo aísla del pueblo: “He vivido solo, porque tú estás conmigo y me has llenado de indignación” (15:17b). Algunos de sus enemigos más virulentos eran sus propios familiares (cp. Mateo 10:36). En ocasiones, Jeremías se ve tentado a creer que Dios ha fracasado, como un torrente intermitente (un wadi, 15:18) que a veces fluye con vida y bendición, y otras no proporciona nada.

La respuesta de Dios (15:19–21) es que, si Jeremías demuestra ser totalmente fiel en la comunicación de sus palabras, continuará siendo el portavoz de Dios y quedará preservado de las malvadas maquinaciones de sus enemigos. Sin embargo, un hecho es innegociable: “Que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos” (15:19b).

La profunda tensión existente entre la fidelidad a Dios y la separación del propio pueblo es una constante invariable en la actuación de ministros fieles destinados en culturas decadentes.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 200). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 1 | Hechos 5 | Jeremías 14 | Mateo 28

18 JULIO

Jueces 1 | Hechos 5 | Jeremías 14 | Mateo 28

Este capítulo, Jeremías 14, oscila entre la poesía y la prosa, y entre el discurso de Dios y la respuesta de Jeremías. En ese momento, una calamitosa sequía estaba asolando al país. Algunas reflexiones:

(1) Un desastre puede no ser más que la consecuencia de la Caída y no el juicio específico de Dios sobre un pueblo. Nos recuerda nuestra mortalidad y que estamos perdidos, llamando al arrepentimiento (Lucas 13:1–5). Sin embargo, un desastre específico puede ser el juicio inmediato y directo del Señor sobre una nación. Así pues, una situación de ese tipo exige un examen de conciencia y un corazón humilde. Exactamente de la misma forma, una enfermedad severa puede no ser la consecuencia directa de un pecado específico (Juan 9), pero puede serlo (Juan 5).

(2) Una y otra vez en el Antiguo Testamento, Dios castiga por sus pecados a la comunidad del pacto utilizando las desgracias recurrentes en el mundo antiguo: la espada (es decir, la guerra, y en ocasiones el exilio después de la misma), el hambre y la peste (14:11–12). Esta triple combinación aparece siete veces en la profecía de Jeremías. Ezequiel 14 añade un cuarto elemento: las bestias salvajes. Todos estos fenómenos son “naturales” (hambre y peste) o provocados por una conducta humana malvada (guerra, y a veces hambre y peste).

(3) Debido a que nuestra cultura se empeña en desvincular de Dios lo que ocurre en el mundo “natural”, reservando para él sólo los asuntos privados o “espirituales”, enseguida queremos dar una explicación naturalista a nuestras guerras, hambrunas y epidemias, en lugar de al menos tratar de aprender las lecciones que la providencia pueda estar enseñándonos. No estoy sugiriendo que esta sea fácil de interpretar. Hemos visto que las propias Escrituras nos advierten de que no hagamos insinuaciones demasiado rápidas (Lucas 13:1–5). Sin embargo, no aprender ninguna lección moral y espiritual de los desastres puede indicar, nada más y nada menos, que nos hemos vendido a las fuerzas de la secularización. Nos negamos decididamente a “escuchar” lo que Dios dice cuando nos habla en el lenguaje del juicio, exactamente la misma respuesta que el antiguo Israel. De hecho, según este capítulo, muchos líderes religiosos negaban cualquier relación entre el desastre y el juicio divino (14:14). Siempre ocurre así. Por tanto, no solo se exigirán responsabilidades a los profetas por lo que digan y enseñen, sino también a las personas por lo que elijan escuchar. ¿Acaso no hay lecciones morales y espirituales que aprender del sangriento siglo XX, con las dos guerras mundiales, la carrera armamentística, las quiebras económicas, los nazis, Stalin, Mao, Pol Pot, Biafra, los Balcanes, Ruanda, Vietnam, los despreciables regímenes totalitarios de izquierdas o de derechas, las hambrunas, la esclavitud, Sudán, el racismo, el SIDA, el aborto? Kipling tenía razón: “Señor de los ejércitos, sé con nosotros / para que no olvidemos; para que no olvidemos”.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 199). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

17 JULIO

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

Mateo nos cuenta que, en el momento en que Jesús murió, “la cortina del santuario del templo se rasgó en dos” (Mateo 27:51). La causa directa fue aparentemente el terremoto que acompañó a la muerte de Jesús. No obstante, resulta imposible que el cristiano reflexivo no incluya esta breve y críptica observación dentro de un marco más amplio, el relato del significado que la cortina ya había adquirido en la historia de Israel y de cómo se desarrolla este en los libros posteriores del Nuevo Testamento, como Hebreos y Apocalipsis, en los que la primera generación de escritores cristianos explican a sus lectores lo que la cruz consiguió. A lo largo de este eje, el hecho de que la cortina se rasgase constituía un episodio de gran importancia, cargado de simbolismo. Nos detendremos en cuatro reflexiones:

(1) Ni la cortina ni su ruptura tienen sentido alguno a no ser que comprendamos que, a este lado de la Caída, no tenemos derecho a entrar en la presencia del Dios santo. Después de su calamitosa rebelión, el Señor expulsa a Adán y Eva del Edén (Génesis 3). Cuando los israelitas liberados fabrican su becerro de oro en el desierto, Dios no sólo envía juicio, sino que también amenaza con no manifestarse entre ellos, no sea que los destruya (Éxodo 32–33). Tanto en la narración como en los oráculos, los escritores bíblicos explican esta verdad: el pecado nos separa de nuestro Hacedor, trascendentemente santo. No tenemos derecho a acceder al más santo.

(2) Esa realidad se simbolizó con la construcción del tabernáculo y, más adelante, del templo. Una tercera parte de la estructura, llamada lugar santísimo, tenía las dimensiones de un cubo. Una pesada cortina la separaba del resto del edificio. Allí, Dios se manifestó en gloria y únicamente podía entrar el sumo sacerdote, una sola vez al año, llevando la sangre de los sacrificios prescritos, ofrecida por sus propios pecados y por los del pueblo. Todos los demás estaban excluidos bajo pena de muerte.

(3) La ruptura de la cortina en el momento de la muerte de Jesús simboliza, por tanto, que su muerte ha conseguido el acceso de los pecadores a la misma presencia de Dios. Él es nuestro gran sumo sacerdote; él es nuestro sacrificio expiatorio. No tiene que entrar una vez cada año en el lugar santísimo. Murió por todos una sola vez y satisfizo la santa exigencia de Dios, por lo que la cortina podía caer.

(4) No es de extrañar, pues, que la “nueva Jerusalén”, una de las imágenes de la morada definitiva del pueblo de Dios (Apocalipsis 21–22), tenga forma de cubo perfecto. Los cristianos ya tienen acceso al trono del Todopoderoso por los méritos de Jesucristo; sin embargo, en la consumación, permaneceremos sin miedo y abrumados por el gozo y la adoración en el abierto esplendor de su santidad.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 198). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

16 JULIO

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

En el siglo VIII a.C., Oseas pasó por la terrible experiencia de la traición de una mujer unida a él por el pacto del matrimonio y que se entregó a la prostitución. De ese modo, comprobó un poco cómo percibe el Señor la prostitución espiritual del pueblo con el que estaba vinculado por el pacto. De una forma en cierto sentido parecida, Jeremías ha sufrido el rechazo de sus amigos y familiares (11:18–23, meditación de ayer). Su angustia y su ira por la situación establecen el escenario propicio para que Dios explique su propia respuesta al pueblo que lo había rechazado (Jeremías 12).

La pregunta planteada por Jeremías surge de sus experiencias en los versículos inmediatamente precedentes. Ha estado poniendo su grano de arena para fomentar la reforma, pero su vida se ve amenazada por sus familiares y los demás habitantes de su propio pueblo. Aunque sigue declarando la justicia de Dios, el profeta se queja: “Tú, Señor, eres justo cuando discuto contigo. Sin embargo, quisiera exponerte algunas cuestiones de justicia. ¿Por qué prosperan los malvados? “¿Por qué viven tranquilos los traidores?” (12:1). Sumergido en la desesperación y desbordado por un sentimiento de desigualdad absoluta, Jeremías pregunta a Dios en los primeros versículos de este capítulo por qué no arranca simplemente a los malos y los destruye.

El Señor no responde directamente (12:5–6). En su lugar, dice al profeta que en realidad aún no ha visto nada. Si Jeremías flaquea de manera tan dolorosa en su propio pueblo, ¿cómo le irá entonces en la atmósfera mucho más complicada y perversa de Jerusalén? “Si los que corren a pie han hecho que te canses, ¿cómo competirás con los caballos? Si te tambaleas en el entorno relativamente seguro de Anatot, ¿qué harás en la espesura del Jordán?” (En el período anterior al exilio, la llanura aluvial del Jordán se cubría de una vegetación exuberante que protegía a muchos animales salvajes, incluyendo al león asiático). Muchos líderes cristianos han tenido que aprender que los sufrimientos iniciales simplemente preparan el camino para mucho más de lo mismo.

Al menos, Jeremías es un poco más capaz de comprender lo que Dios quiere decir cuando dice: “He abandonado mi casa, he rechazado mi herencia, he entregado a mi pueblo amado en poder de sus enemigos. Mis herederos se han comportado conmigo como leones en la selva. Lanzan rugidos contra mí; por eso lo aborrezco” (12:7–8). Por tanto, los versículos siguientes describen el juicio que llegará inevitablemente.

Sin embargo, la gracia de Dios brilla incluso aquí. Después de haberlos “arrancado”, los traerá de vuelta a su propia heredad (12:14–15). Si el exilio es inevitable debido a su pecado, seguidamente llegará la restauración, porque Dios es compasivo. Incluso las naciones paganas se unirán en la bendición del Señor, allá donde repudien a los baales y juren por el Dios viviente (12:16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 197). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 22 | Hechos 2 | Jeremías 11 | Mateo 25

15 JULIO

Josué 22 | Hechos 2 | Jeremías 11 | Mateo 25

La primera línea de Jeremías 11 muestra que lo que sigue es una nueva profecía, un nuevo oráculo de Dios, el cuarto recogido en este libro. Es difícil determinar con certeza cuándo se predicó. Muchos han sugerido, con bastante plausibilidad, que fue comunicado no mucho después de que Hilcías descubriese de nuevo el rollo de la ley, alrededor de 621 a.C., lo cual generó algo parecido a una reforma religiosa bajo el rey Josías (2 Reyes 22–23). Según 2 Crónicas 34, el descubrimiento del rollo fue precedido por una centralización de la adoración en Jerusalén, lo cual significó inevitablemente un declive de los rituales influenciados por la religión cananea en los santuarios locales, y presumiblemente un incremento del resentimiento de sus líderes religiosos. Seguramente, Jeremías apoyó totalmente al rey en esta reforma. Puede que existan otras posibilidades, pero si este es el escenario, dos elementos presentes en este capítulo adquieren un nuevo significado.

Primero, el Señor dice a Jeremías que amenace al pueblo con un juicio fundamentado en especial en las bendiciones y maldiciones del pacto mosaico (11:6–8). Este es más específico que los juicios reservados para otras naciones, los cuales tienen su base en la respuesta de Dios a la iniquidad y la idolatría. La amenaza es ni más ni menos que lo que el pacto dijo que pasaría si el pueblo caía en la desobediencia (Deuteronomio 28). Parece que la religión del pueblo del pacto de Dios se había envilecido tanto, volviéndose tan tradicional y alejada de cualquier enseñanza de las Escrituras, que esta se había borrado de la memoria pública, hasta que se redescubrió el libro de la ley. Estas amenazas de juicio específicas del pacto fueron las que provocaron que Josías rasgase sus vestiduras y dijese: “Sin duda que la gran ira del Señor arde contra nosotros, porque nuestros antepasados no obedecieron lo que dice este libro ni actuaron según lo que está prescrito para nosotros” (2 R. 22:13). Asumiendo este escenario para Jeremías 11, el profeta está exponiendo las consecuencias de la incapacidad de obedecer.

Segundo, este hecho también explica por qué los hombres de Anatot, el propio pueblo del profeta, buscaban quitarle la vida (Jeremías 11:18–23). Los sacerdotes habían vivido allí desde la época del asentamiento bajo el mando de Josué (Josué 21:18). Debido a que este linaje había participado en la revuelta contra David, Salomón lo excluyó del servicio del templo (1 Reyes 2:26–27). Sin duda, estaban muy involucrados con los santuarios locales y airados por la adoración centralizada en el templo de Jerusalén, donde no se les permitía servir. Así pues, además de la animadversión hacia alguien del pueblo (un profeta no tiene honra en su propia tierra, Lucas 4:24), estos hombres odiaban especialmente a Jeremías por su apoyo a la reforma de Josías. Donde no hay un anhelo de la Palabra de Dios, otras pasiones ocupan su lugar.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 196). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dos reflexiones sobre Jeremías 10

14 JULIO

Josué 20–21 | Hechos 1 | Jeremías 10 | Mateo 24

Dos reflexiones sobre Jeremías 10:

En primer lugar, el castigo catastrófico que estaba a punto de caer sobre Judá se atribuye a sus líderes incompetentes: “Los pastores se han vuelto necios, no buscan al Señor; por eso no han prosperado, y su rebaño anda disperso” (10:21). En este contexto, “pastores” incluye a todos los que dirigen los asuntos de una nación: rey, sacerdotes, profetas y otros líderes.

Los ámbitos en que estos líderes son incompetentes no son la administración general, el carisma, la agudeza financiera o el potencial de gestión. Son “necios”, lo cual se manifiesta en el hecho de que “no buscan al Señor”. No quiere decir únicamente que no acudan a las simples formas de requerir el consejo de Dios, como consultar a los profetas y considerar los rituales prescritos como un talismán que trae buena suerte. Significa más bien que no están dispuestos a hacer realmente lo que Dios quiere. No se acercan a él con la contrición y la profunda reverencia por su Palabra de la que Isaías habla (Isaías 66). No lo tratan como si fuese fundamentalmente “otro”, diferente de la multitud de dioses falsos que los rodean. Las naciones y las iglesias siguen la dinámica que marcan sus líderes. Si estos buscar con pasión conocer y obedecer la voluntad de Dios, nuestras perspectivas son excelentes; si son disolutos e intoxicados por el egoísmo, estas son sombrías o incluso desesperadas.

Segundo, en los últimos versículos (10:23–25), Jeremías se identifica con su pueblo de una forma que llama la atención. “SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos. Corrígeme, SEÑOR, pero con justicia, y no según tu ira, pues me destruirías” (10:23–24). Estas líneas podrían interpretarse inicialmente refiriéndose a Jeremías como profeta, como individuo y nada más. Ciertamente, cada creyente debería ser consciente de su pecado de forma que pueda suplicar a Dios que lo salve de la destrucción que merece. Sin embargo, un análisis más detenido muestra que los pecados que Jeremías está confesando son los de la nación, en particular la autodeterminación petulante que se niega a reconocer la divinidad absoluta de Dios, la gloriosa verdad de que sólo él es Dios y lo controla todo. El siguiente versículo revela que lo que Jeremías quiere que el Señor salve es “Jacob”, el pueblo del pacto de Dios. Sin duda, se ha decretado el castigo contra él, pero el profeta suplica al Todopoderoso que no borre al pueblo de la faz de la tierra con su ira, sino que reserve el correctivo más duro para “las familias que no invocan tu nombre”. Por tanto, Jeremías clama a Dios por sí mismo, pero también por su pueblo, con el cual se identifica, como hace Pablo en Gálatas 2:17–21 y quizás en Romanos 7:7ss.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 195). Barcelona: Publicaciones Andamio.