Jueces 16 | Hechos 20 | Jeremías 29 | Marcos 15

2 AGOSTO

Jueces 16 | Hechos 20 | Jeremías 29 | Marcos 15

Más de tres mil personas fueron deportadas a Babilonia (incluyendo al rey Jeconías) en 597 a.C. (Jeremías 52:28). Sin duda, muchos de ellos esperaban ansiosos un rápido retorno a Jerusalén. Sus anhelos los convertían en presa fácil para los “profetas” que mantenían vivas sus esperanzas prometiéndoles el tipo de cosas que ellos querían escuchar. El profeta Ezequiel, exiliado también, denunció repetidamente a estos farsantes (como veremos en las meditaciones de septiembre). De vuelta en Jerusalén, Jeremías supo estos acontecimientos y decidió escribir una carta (Jeremías 29), que se entregó debidamente en mano (29:1–3).

Esta carta comienza con una exhortación a estabilizarse, a buscar el bien de la ciudad donde los exiliados se encuentren (el asentamiento más grande estaba situado cerca de Nippur y del canal de Kebar). “Pedid al SEÑOR por ella, porque vuestro bienestar depende del bienestar de la ciudad” (29:7). Estas palabras van unidas a una advertencia: que no se dejen engañar por los falsos profetas. Jeremías expone el destino de tres grupos:

(1) Los que ya se encuentran en el cautiverio (29:10–14). Dios planea restaurarlos a Jerusalén después de los setenta años de auge babilónico, un hecho vinculado a una transformación del corazón: “Entonces me invocaréis, y vendréis a suplicarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón. Me dejaré encontrar… y os haré volver del cautiverio” (29:12–14).

(2) Los que aún se encontraban en Jerusalén (29:15–19). Lejos de ser un medio de salvación para los exiliados, Dios los castigará. Son los “higos podridos” (29:17; cp. cap. 24). Los que no mueran se dispersarán en el exilio (29:18). Estar cerca del templo no les sirve de protección. A pesar de su ubicación y sus rituales religiosos, Dios los destruirá: “Porque no habéis escuchado las palabras que, una y otra vez, os envié por medio de mis siervos los profetas” (29:19), una advertencia también para los destinatarios de la carta.

(3) Los falsos profetas en Babilonia (29:20–23). Se nombra específicamente a dos de ellos: Acab hijo de Colaías y Sedequías hijo de Maseías. Solo conocemos de ellos lo que leemos aquí. No deben confundirse con otros Acabs o Sedequías de las Escrituras. Como es habitual, su mensaje falso iba de la mano con la inmoralidad en su vida. No obstante, Dios sabe; él siempre sabe (29:23).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 214). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 15 | Hechos 19 | Jeremías 28 | Marcos 14

1 AGOSTO

Jueces 15 | Hechos 19 | Jeremías 28 | Marcos 14

Finalmente, la disputa entre Jeremías y los falsos profetas se concreta en un enfrentamiento particular, el que se produce entre Jeremías y Jananías (Jeremías 28). El motivo no puede ser más claro. El primero insiste en que, si Judá no se arrepiente, su capital Jerusalén será destruida, la mayor parte de su población perecerá y el resto acabará en el cautiverio. El segundo afirma que, dentro de los dos años siguientes a su declaración, es decir, a partir de 594 a.C. (aún siete años antes de que tuviese lugar la destrucción definitiva), Dios liberaría a la ciudad de forma milagrosa. El rey legítimo, Jeconías (que ya había estado en el exilio durante tres o cuatro años), volvería a su trono y los tesoros llevados del templo regresarían al mismo. Ambos profetas hablan en el nombre del Señor. ¿A quién debería creer el pueblo y por qué?

En este caso, existen dos referencias cronológicas útiles con las que poner a prueba a ambos profetas. Primero, Jananías estipula que su profecía se cumplirá dentro de los siguientes dos años (28:3). Cuando eso no ocurra, aún quedarán unos cinco años hasta la catástrofe final, mucho tiempo para que el pueblo se arrepienta. Segundo, se nos dice que, poco después de la dramática confrontación entre ambos profetas en el templo, el Señor habla a Jeremías acerca de la muerte inminente de su rival, impuesta por él mismo. Sus palabras para Jananías son: “Voy a hacer que desaparezcas de la faz de la tierra. Puesto que has incitado a la rebelión contra el Señor, este mismo año morirás” (28:16). Siete meses después, el falso profeta muere (28:17). ¿No debería tomar nota de ello toda la nación y volverse al Señor?

De hecho, existe una señal más elocuente para aquellos con ojos para ver. Jeremías afirma: “Los profetas que nos han precedido profetizaron guerra, hambre y pestilencia contra numerosas naciones y grandes reinos. Pero a un profeta que anuncia paz se le reconoce como profeta verdaderamente enviado por el Señor, sólo si se cumplen sus palabras” (28:8–9). Es una perspectiva excepcional. Jeremías no niega que un profeta de Dios fiel pueda predecir la paz en unas circunstancias históricas particulares, pero considera tan improbable esa posibilidad que aboga implícitamente por cierto escepticismo saludable hasta que la paz predicha se haya producido realmente. Por el contrario, los temas habituales y esperados de los profetas fieles tienen que ver con “guerra, hambre y pestilencia contra numerosas naciones y grandes reinos”. No quiere decir que los profetas fieles sean adustos y macabros, sino que hablan del pecado y de sus horribles consecuencias, avisando a las personas para que huyan de la ira venidera. Jeremías declara que esa es la raíz del auténtico ministerio profético. ¿Lo es también del tuyo?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 213). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 14 | Hechos 18 | Jeremías 27 | Marcos 13

31 JULIO

Jueces 14 | Hechos 18 | Jeremías 27 | Marcos 13

Si la profecía de Jeremías 27 tiene lugar al principio del reinado de Sedequías (27:1), todavía tienen que pasar años antes de Dios vindique al profeta. El rey Jeconías y la aristocracia ya se encuentran deportados en Babilonia, dejando detrás a Sedequías y a un remanente que gobierne. Sin embargo, lejos de sentirse advertidos por estos reveses recientes, Sedequías y la oligarquía reinante quieren ser héroes y oponerse al poder babilónico. Dios ordena a Jeremías que advierta verbalmente y escenifique un ejemplo práctico, no sólo para Sedequías, sino también para los emisarios de las pequeñas naciones vecinas y ciudades-Estado (27:1–3, 12). Están todos en el mismo barco: si se someten al poder babilónico, se salvarán; si se rebelan, serán aplastados y destruidos. El Dios de Israel es soberano sobre todas las naciones; los Estados paganos harían mejor escuchándolo antes que a sus propios adivinos, falsos profetas y médiums (27:9–10). Por supuesto, la mayoría escuchaba a sus propias instituciones religiosas. Sin embargo, después de desarrollarse los trágicos acontecimientos, no hay duda de que algunos quedaron algo más impresionados por el Dios de Israel que antes de los mismos. Él era el único que sabía lo que depararía el futuro.

He estado conservando durante años ensayos y libros raros que predicen el futuro, escritos por astrólogos, diversos futurólogos e individuos autoproclamados profetas. Por supuesto, no todos trabajan sobre las mismas premisas. Los futurólogos tienden a proyectar hacia el futuro tendencias actuales, deduciendo que estas tendrán lugar; los mejores también hacen algunas concesiones a las reacciones hacia las mismas. Los astrólogos y los que se proclaman profetas reivindican algún tipo de perspectiva externa. He guardado estas predicciones durante bastantes años como para saber que su trayectoria no es buena. Inevitablemente, aciertan en algunas cosas, pues hacen muchos pronósticos y no se van a equivocar siempre. Sin embargo, tomando uno de estos ensayos al azar, consulto lo que un experto predijo en 1968 en relación con la situación de la religión en Canadá veinticinco años más tarde, es decir, en 1993. Algunas de sus predicciones fueron: la iglesia católica ordenaría mujeres; la asistencia a la iglesia descendería en un sesenta por ciento en la nación; aparecería un nuevo Billy Graham, más carismático e hipnótico en su influencia sobre las masas que el propio Graham; el asunto ético crucial para la opinión pública no sería el aborto ni la pena de muerte, sino la esterilización de las personas con minusvalías psíquicas y los trasplantes de cerebro. Muchos de nosotros estamos familiarizados con la extendida profecía que predecía un avivamiento enorme en Occidente en una fecha determinada, que hace tiempo que pasó.

Hermanos, no las temamos, no las escuchemos ni las respetemos. Temamos y oigamos las palabras del Señor.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 212). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 13 | Hechos 17 | Jeremías 26 | Marcos 12

30 JULIO

Jueces 13 | Hechos 17 | Jeremías 26 | Marcos 12

Los lectores devotos consideran héroes de la fe a los escritores bíblicos. Por esta razón, en algunas ocasiones pasan por alto el hecho de que, en su propia época, estos fueron despreciados, tratados como intrusos, mirados con desdén. Por supuesto, algunos de los que contribuyeron al canon de las Escrituras crecieron siendo ricos o famosos, o ambas cosas: nos viene a la mente Salomón. Otros fueron poderosos en un momento de su vida, pero se enfrentaron a extraordinarias dificultades en otros, por ejemplo David. No obstante, la mayoría de los profetas sufrieron el desprecio; algunos de ellos perdieron la vida. Como dijo el Señor Jesús: “Dichosos seréis cuando por mi causa la gente os insulte, os persiga y levante contra vosotros toda clase de calumnias. Alegraos y llenaos de júbilo, porque os espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que os precedieron” (Mateo 5:11–12, cursivas añadidas).

Ya hemos visto que el destino de Jeremías no fue feliz. De aquí en adelante (Jeremías 26), su deprimente situación se vuelve más clara. Para sus críticos más acérrimos, el mensaje de Jeremías, especialmente su insistencia constante en que Jerusalén y su templo serían destruidos si el pueblo no se arrepentía, suena peligrosamente cercano a una traición aderezada con blasfemia: traición, porque se podía acusar al profeta de desmoralizar a los ciudadanos, reduciendo así su capacidad de resistir la arremetida de los babilonios; blasfemia, porque está dando a entender que Dios no podía, o no quería, preservar su ciudad y su templo. Por tanto, los oficiales intentan organizar una ejecución judicial.

Lo que salva a Jeremías, humanamente hablando, es su gran insistencia en que, si lo matan, provocarán que un duro juicio caiga sobre su cabeza, porque “el Señor me ha enviado a que os anuncie claramente todas estas cosas” (26:15). Unos quieren concederle el beneficio de la duda; otros recuerdan que Miqueas de Moreset (el Miqueas bíblico) pronunció palabras parecidas de denuncia. (La cronología de los profetas hace que sea probable que algunos de los ancianos que se encontraban delante de Jeremías hubiesen escuchado realmente a Miqueas,) Así pues, indultan al profeta.

Su colega Urías hijo de Semaías no corrió la misma suerte. Solo sabemos de él lo que se recoge en estos versículos (26:20–23). Jeremías no era el único profeta que proclamaba fielmente la palabra de Dios. Cuando Urías, como este, vio amenazada su vida, huyó a Egipto, a diferencia de él. En ese momento, Israel aún era un Estado vasallo de Egipto y existía algún tipo de tratado de extradición. Enviaron de vuelta a Urías y lo ejecutaron. Su huida había convencido a sus acusadores de que era un traidor. Reflexionemos de nuevo en las palabras de Jesús, citadas arriba.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 211). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 12 | Hechos 16 | Jeremías 25 | Marcos 11

29 JULIO

Jueces 12 | Hechos 16 | Jeremías 25 | Marcos 11

La profecía de Jeremías 25 data del cuarto año del reinado de Nabucodonosor, es decir, 605 a.C., el año en que los babilonios derrotaron a los egipcios en Carquemis, obligando a Judá a cambiar su lealtad hacia la nueva potencia creciente. En ese momento, Jeremías ha estado profetizando ya durante veintitrés años, desde el reinado del último rey bueno, Josías, hasta ese día (25:3).

El comienzo de la supremacía babilónica es una ocasión apropiada para que el profeta reitere algunos de sus principales temas: un repaso de la desobediencia crónica del pueblo, de las advertencias de no seguir a otros dioses, la negativa del pueblo a escuchar las palabras del Señor (25:4–8). Sin embargo, existen varios elementos en este capítulo que no se han mencionado anteriormente o que apenas se han tratado hasta este momento.

Primero, en un lenguaje que recuerda el que encontramos en Isaías, Nabucodonosor recibe el calificativo de “siervo” de Dios (25:9). Es una forma de decir que el propio Todopoderoso provocará la destrucción de Jerusalén, aunque el poder temporal que está haciendo el trabajo es Babilonia y su rey.

Segundo, el servicio al rey de Babilonia durará “setenta años” (25:11). Existen diferentes maneras de calcular la duración del exilio. En esta caso, se trata de una cifra redondeada que abarca desde el auge de Babilonia en 609 hasta su derrota ante los persas (539), o quizás desde la primera deportación de líderes en 605 hasta el primer retorno de los judíos a su tierra bajo el régimen del rey Ciro de Persia (536; cp. 2 Crónicas 36:20–23; Zacarías 1:12).

Tercero, recordando lo que hará con los asirios después de haberlos utilizado para castigar al reino del norte (Isaías 10:5ss.), Dios dice que Babilonia pagará “por su iniquidad” y quedará “en desolación perpetua” (25:12). “Haré que vengan sobre este país todas las amenazas que le anuncié, y todo lo que está registrado en este libro y que Jeremías ha profetizado contra las naciones” (25:13).

Cuarto, en los siguientes versículos, se pide a Jeremías, en una experiencia visionaria, que obligue a las naciones a beber “la copa del vino de mi ira” (25:15; compárese con Apocalipsis 14:10). El Dios de la Biblia no es una simple deidad tribal; todas las naciones deben rendirle cuentas. El juicio puede comenzar con la comunidad del pacto, pero abarcará finalmente a todo el mundo sin excepción. “’Seréis castigados’, afirma el Señor Todopoderoso, ‘porque yo desenvaino la espada contra todos los habitantes de la tierra’ ” (25:29). ¿A dónde huiremos para escapar del juicio, si no es al refugio que sólo él provee?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 210). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 11 | Hechos 15 | Jeremías 24 | Marcos 10

28 JULIO

Jueces 11 | Hechos 15 | Jeremías 24 | Marcos 10

La visión de las dos canastas de higos (Jeremías 24), una que “tenía higos muy buenos, como los que maduran primero” (24:2, los madurados en junio, considerados una exquisitez, cp. Isaías 28:4), y la otra que “tenía higos muy malos, tan malos que no se podían comer” (24:2), es muy clara. Los higos buenos son los israelitas que ya han sido enviados al exilio al “país de los babilonios” (24:5). Dios los protegerá y traerá de vuelta. Les dará un corazón para que conozcan al Señor. “Les daré un corazón que me conozca, porque yo soy el Señor. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios, porque volverán a mí de todo corazón” (24:7). Por el contrario, los higos malos representan a Sedequías y sus oficiales, y al resto del pueblo de Jerusalén. Ellos pasarán a ser “motivo de espanto y de calamidad” (24:9). No permanecerán en la tierra. Serán desterrados y Dios los seguirá con “espada, hambre y pestilencia” (24:10).

Esta analogía da lugar a dos reflexiones. En primer lugar, da al traste con las expectativas populares, tanto en Jerusalén como en la comunidad de exiliados en Babilonia. Los habitantes de Jerusalén se sentían tentados a creer que eran la élite, ya que se habían salvado: Dios no los había enviado al exilio. Los exiliados eran basura; los que quedaron en la tierra constituían el remanente fiel. Los primeros también creían lo mismo. No querían contemplar la destrucción de Jerusalén y del templo, porque entonces no habría “hogar” al que ir. Así pues, tendían a idealizar a los que quedaron atrás, que oraban para que el Señor devolviese a los exiliados al remanente fiel de la ciudad. Sin embargo, Dios dice aquí que la situación real es precisamente la opuesta. Los que han quedado en Jerusalén son indecentes y serán destruidos. Los higos buenos se encuentran en el exilio y Dios los traerá de vuelta a la tierra. En otras palabras, el remanente está exiliado. Ezequiel, coetáneo de Jeremías, desarrolla el mismo tema en Babilonia (sin la imagen de los higos): p.ej., Ezequiel 11:14–21.

En segundo lugar, las expectativas populares han sufrido tal revés, que el lector se ve obligado a pensar en otras muchas situaciones parecidas en la Biblia: el poderoso imperio egipcio contra los esclavos israelitas; el rico y Lázaro; las bienaventuranzas de Jesús, que prometen el reino a los pobres de espíritu. Pensemos en tantas como podamos, no sólo en las páginas de las Escrituras sino más adelante en la historia. Dios se deleita exaltando al humilde y humillando al exaltado. Después de todo, nuestro Redentor murió en una cruz. Entonces, ¿por qué deberían luchar los buenos cristianos por el poder y la posición, en lugar de por la humildad y la fidelidad?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 209). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 10 | Hechos 14 | Jeremías 23 | Marcos 9

27 JULIO

Jueces 10 | Hechos 14 | Jeremías 23 | Marcos 9

Gran parte de Jeremías 23 es una denuncia de los “pastores” que destruyen y dispersan a las ovejas de los pastos del Señor (23:1; compárese Jeremías 10 y la meditación del 14 de julio). La larga sección relativa a los profetas mentirosos (23:9–40) es una de las presentaciones más perspicaces de las diferencias entre los profetas verdaderos y los falsos en todas las Escrituras. Su patetismo se profundiza con los apartes del profeta Jeremías, que no solo revelan algún elemento presente en el verdadero profeta, sino que exponen sus propios sentimientos: “Se me parte el corazón en el pecho y se me estremecen los huesos. Por causa del Señor y de sus santas palabras, hasta parezco un borracho, alguien dominado por el vino” (23:9). La dura condena de los sueños transmitidos con entusiasmo en los círculos proféticos, mientras estos son incapaces de comunicar fielmente la Palabra de Dios (23:25–39), tiene una relevancia contemporánea que solo los ciegos no podrían ver.

No obstante, quiero centrarme en los seis primeros versículos. A la luz de los reyes inmensamente inmorales e idólatras condenados en el capítulo anterior, y de los pastores destructivos de este, Dios presenta la solución definitiva, que consta de tres componentes:

(1) Dios acabará con los pastores destructivos (23:2). Es un tema que ya hemos visto antes y que ocupa buena parte de este capítulo.

(2) Dios mismo reunirá al remanente del rebaño de allá donde esté dispersado, trayéndolo de vuelta a sus pastos. El Señor declara: “Pondré sobre ellas pastores que las pastorearán, y ya no temerán ni se espantarán, ni faltará ninguna de ellas” (23:4). En otras palabras, la promesa del fin del exilio y el retorno del remanente se expresa ahora con la imagen de un rebaño dispersado que vuelve a sus pastos. Sin embargo, existe también un elemento de expectación que trasciende el final histórico del exilio: el propio Señor proveerá unos pastores de una naturaleza que irá más allá de lo que las personas han experimentado en el pasado.

(3) En particular, Dios hará “surgir un vástago justo de la simiente de David” (23:5). El linaje davídico será poco más que un tocón, pero un nuevo “vástago” crecerá de él, un rey que “reinará con sabiduría en el país, y practicará el derecho y la justicia” (23:5). Sus días traerán seguridad y salvación para el pueblo del pacto de Dios. “Este es el nombre que se le dará: ‘El Señor es nuestra salvación’ ” (23:6). Y eso, porque, por él, Dios será al mismo tiempo justo y quien justificará a los impíos, vindicándolos por la vida y muerte del vástago del linaje de David (Romanos 3:20–26).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 208). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 9 | Hechos 13 | Jeremías 22 | Marcos 8

26 JULIO

Jueces 9 | Hechos 13 | Jeremías 22 | Marcos 8

Los lectores concienzudos de Jeremías saben que los diversos oráculos no se dan en orden cronológico. En algunas ocasiones, la secuencia de los mismos es desconcertante; en otras, es claramente temática. En Jeremías 22, encontramos una serie de afirmaciones relativas a los últimos reyes de Judá, pero la lista no está ordenada cronológicamente. Lo importante de estas declaraciones es quizás que ofrecen el contrapunto para la perspectiva de un rey mucho más fructífero, presentado en el siguiente capítulo.

(1) Los nueve primeros versículos continúan con la advertencia a Sedequías y con la petición de que vuelva a las estipulaciones del pacto a fin de evitar el desastre inminente.

(2) Jeremías 22:10–12 se ocupa de Salún, conocido también como Joacaz. Era uno de los hijos del último rey reformador, Josías, que murió en Meguido en 609 a.C. Reinó sólo tres meses antes de que el faraón Necao lo depusiese (durante los últimos años, cuando Judá seguía siendo Estado vasallo de Egipto, antes de que Babilonia asumiese el papel de superpotencia de la región en 605: cp. los comentarios de ayer). Deportado a Egipto, Salún nunca volvió a Israel. Fue el primer rey davídico que murió en el exilio.

(3) El hermano mayor de Salún, Joacim, sucedió a este en el trono (22:13–23). Se vio obligado a pagar duros impuestos a Egipto, pero impuso cargas adicionales para su propia glorificación. Era opresor, codicioso, avaro y necio (cp. 2 Reyes 23:35). Lo peor de todo es que cambió todas las políticas reformadoras de su padre Josías, aprobando los rituales paganos, incluso los del poder dominante, Egipto. Su explotación de los obreros desafiaba el pacto mosaico (Levítico 19:13; Deuteronomio 24:14). La denuncia de Jeremías es mordaz: “¿Acaso eres rey sólo por acaparar mucho cedro? Tu padre no sólo comía y bebía, sino que practicaba el derecho y la justicia, y por eso le fue bien” (22:15). La consecuencia de las desastrosas y malvadas políticas de Joacim fue la destrucción de la nación. En cuanto a él, moriría de forma ignominiosa y echarían su cadáver a la basura (22:19). Dios le dice: “Yo te hablé cuando te iba bien, pero tú dijiste: ‘¡No escucharé!’. Así te has comportado desde tu juventud: ¡Nunca me has obedecido!” (22:21).

(4) Su hijo Jeconías (también llamado Joaquín, o Conías [37:1, nota]) subió al trono en diciembre de 598, al morir Joacim. En esa época, Jerusalén ya estaba sitiada. Jeconías era un muchacho de dieciocho años. Reinó durante tres meses. Después, Jerusalén cayó y lo deportaron a Babilonia, donde vivió el resto de su vida, en la cárcel hasta 561, y posteriormente en la corte babilónica. Ninguno de sus hijos ni de sus nietos se sentaría en el trono de David (22:30). “¡Tierra, tierra, tierra! ¡Escucha la palabra del Señor!” (22:29).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 207). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 8 | Hechos 12 | Jeremías 21 | Marcos 7

25 JULIO

Jueces 8 | Hechos 12 | Jeremías 21 | Marcos 7

Jerusalén pasó a ser vasallo de Babilonia de 605 a.C. en adelante, después de que esta derrotase a Egipto en la batalla de Carquemis. Más adelante, se rebeló y cayó derrotada en 597, cuando la mayor parte de la familia real, junto a los nobles, los ricos y los artesanos capacitados, fueron llevados a Egipto, con Sedequías como monarca interino. Este era tío del joven rey Joaquín, al que llevaron al exilio. A pesar de las fuertes advertencias de Dios por medio de Jeremías, en las que decía que Israel no debía rebelarse contra los babilonios, las autoridades de Jerusalén prefirieron escuchar a los falsos profetas. Cuando Judá se rebeló, las represalias de Babilonia fueron implacables. Las tropas de Nabucodonosor destruyeron Judá y asediaron Jerusalén, que sucumbió finalmente en 587.

La profecía de Jeremías 21 tiene lugar durante el reinado de Sedequías, cuando las tropas babilónicas se están reuniendo para el asedio final, probablemente en 589 o 588. El Pasur que el rey envió a consultar a Jeremías no es el que se presenta en 20:1. La destrucción total es una amenaza inminente, como Jeremías ha estado prediciendo durante más de tres décadas. Desesperado, Sedequías consulta a todo el que puede, incluyendo a Jeremías, anhelando encontrar el hilo más fino de esperanza. Quizás el Señor hará grandes milagros de nuevo, como realizó en el pasado, en la época del Éxodo, por ejemplo, o cuando los asirios fueron derrotados durante el reinado de Ezequías, salvando a Jerusalén. Dios contesta por medio del profeta, en tres partes:

Primero, lejos de salvar a la ciudad, Dios está decidido a destruirla (21:3–7). Luchará junto a los babilonios: “Yo mismo pelearé contra vosotros. Con gran despliegue de poder, y con ira, furor y gran indignación” (21:5). Sedequías y su entorno no se salvarán.

Segundo, se deduce que la única decisión sabia es rendirse. Según los términos establecidos en las situaciones de asedio, la ciudad que se defendía no podía esperar misericordia. Los que se rendían podían acabar como esclavos o exiliados, pero al menos salvarían su vida. Dios propone dos caminos (21:8–10): el de la vida y el de la muerte. Esta elección no es exactamente igual que otras parecidas en las Escrituras (p. ej. Deuteronomio 30:15, 19; Mt. 7:13–14), pero se asemeja en que distingue entre la obediencia y la desobediencia, y sus respectivas consecuencias.

Tercero, como tantas promesas de juicio de Dios, existe una salida, dado que hay una opción de retorno inmediato a la justicia social y personal en la raíz del pacto mosaico (21:11–14). Sin embargo, sin una rápida transformación, la pequeña nación será condenada. Trágicamente, el cambio no llega y no será la última vez que se ignoran las serias advertencias.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 206). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 7 | Hechos 11 | Jeremías 20 | Marcos 6

24 JULIO

Jueces 7 | Hechos 11 | Jeremías 20 | Marcos 6

El capítulo que nos ocupa (Jeremías 20) presenta una perspectiva de las circunstancias externas de Jeremías en ese momento de su ministerio, y de su confusión interior.

(1) Las circunstancias externas de Jeremías: el sacerdote Pasur hijo de Imer es el “oficial principal” en el templo, presumiblemente el encargado de la seguridad, que sirve bajo el mando del sumo sacerdote. Las acciones y palabras proféticas que Jeremías comunicó en el capítulo anterior, anunciando la destrucción de Jerusalén y de su templo, se han interpretado como algo cercano a la traición, si no a la blasfemia, más aún cuando Pasur ha estado entre los que “profetizaba mentiras” (20:6), asegurando que Dios nunca dejaría que la ciudad cayese en manos de los paganos (cp. 14:14–15). Así pues, Pasur ordena arrestar y azotar al profeta, presumiblemente hasta el límite legal de cuarenta azotes (Deuteronomio 25:3, este número se redujo en uno en la época de Pablo para garantizar que no excediese accidentalmente el límite, 2 Corintios 11:24). Jeremías pasa una noche en el cepo, un elemento que provocaba contracturas musculares muy dolorosas. La mañana siguiente, Pasur cambia de opinión y deja ir al profeta. Está equivocado si cree que su indulgencia va a hacerle callar: Jeremías utiliza la ocasión para asignar un nuevo significado al nombre de Pasur, “Terror por todas partes” (20:3–4), otro anuncio pintoresco del juicio que caerá con total seguridad, cuando todas las falsas profecías de Pasur queden expuestas como lo que son.

(2) La confusión interna de Jeremías: si el profeta es valiente de cara al exterior, los siguientes versículos (20:7–18) revelan algo de su angustia personal. Jeremías ha estado prediciendo el juicio durante décadas, pero hasta ese momento no ha llegado. Cada vez es más fácil desacreditarlo y burlarse de él. La paciencia del Señor se convierte en excusa para el escepticismo (como en 2 Pedro 3:8–9). Temporalmente, el profeta decide guardar silencio, pero la palabra profética que arde en su interior es tan fuerte que no puede guardarla dentro (20:9). Por tanto, habla y sus antiguos “amigos” le escuchan con condescendencia burlona, esperando que diga algo que les permita denunciar a este necio a las autoridades y ocasionarle problemas (20:10). Jeremías oscila entre una fe brillante y firme, totalmente confiada en que el Señor lo vindicará finalmente (20:11–13), y una desesperación debilitadora que desea abiertamente no haber nacido nunca y que se regodea en una autocompasión entendible (20:14–18).

Es posible que algunos siervos del Señor nunca hayan experimentado semejantes altibajos, pero son muy pocos. Ciertamente, quienes sirven en lugares difíciles se ven casi invariablemente reflejados de algún grado en las experiencias de Jeremías. Oremos por los líderes cristianos, especialmente por aquellos cuya labor se desarrolla en terrenos complicados y profundamente desalentadores.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 205). Barcelona: Publicaciones Andamio.