1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

12 AGOSTO

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

Cuando Jerusalén cayó en 587 a.C. (Jeremías 39), Sedequías sufrió un castigo horrible, aunque poco severo teniendo en cuenta las costumbres de la época relativas a los asedios. En cuanto a Jeremías, las noticias de sus profecías acerca de la caída de la ciudad llegaron probablemente hasta Nabucodonosor a través de los cautivos (este no se encontraba personalmente en Jerusalén, pero tenía un cuartel general en Ribla, dejando el asalto final en manos de su comandante Nabuzaradán). En consecuencia, el emperador dio órdenes de tratar bien al profeta (39:12). En un principio, se llevaron a cabo y enviaron a Jeremías a Guedalías (39:13–14), que pasó a ser el nuevo gobernador de la región después de que las tropas imperiales se retirasen, llevando consigo innumerables cautivos al exilio.

Estos hechos establecen el escenario de Jeremías 40. El marco de la historia es bastante simple; los últimos versículos de la narración instan a reflexionar acerca de un importante asunto. Primero, el marco: los babilonios reunieron en Ramá a los que iban a ser deportados al exilio. Este lugar, situado a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén, sirvió como punto de partida. A pesar de las instrucciones de Nabucodonosor de dejar a Jeremías con Guedalías, el profeta acabó de alguna forma en este grupo (40:1). Cualquier persona familiarizada con la confusión de la guerra entenderá lo fácilmente que pudo ocurrir este error. El comandante Nabuzaradán lo liberó y le ofreció llevarlo a Babilonia; probablemente, su prestigio aumentaría al volver a casa como protector de un gran profeta que había predicho el éxito de Babilonia. No obstante, Jeremías era libre para tomar su propia decisión y optó por permanecer con el remanente en Judá. Nabuzaradán le dio comida y un regalo (40:5), un ejemplo más de que un profeta recibe frecuentemente honra de todos excepto de los más cercanos a él (cp. Mateo 13:57).

Seguidamente, el relato se apresura a describir las primeras etapas del mandato de Guedalías. Este hombre hizo lo correcto en casi todos los frentes. Instó a los pobres a asentarse, cultivar la tierra y reunir la cosecha. Se acercó a “los demás jefes militares que estaban en el campo” (40:13), una guerrilla potencialmente peligrosa que podría desencadenar el tipo de anarquía que desataría de nuevo la ira de Babilonia. Incluso los que habían huido a las naciones vecinas comenzaron a volver a casa (40:11–12), animados por los movimientos del gobernador para garantizar la estabilidad. Sin embargo, la gran debilidad de Guedalías fue que, a pesar del mal de los años anteriores, no creía que este pudiese producirse, que hubiese personas malvadas dispuestas a hacer daño. No era consciente de que en ocasiones un líder debe enfrentarse al mal. Guedalías fue un buen hombre en muchos aspectos, pero pagó con su vida su optimismo redomado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 224). Barcelona: Publicaciones Andamio.

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

11 AGOSTO

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

Un amigo mío dio una vez una conferencia evangelística en la universidad, titulada “Los ateos son necios y los agnósticos, cobardes”. No hace falta decir que atrajo a una multitud considerable, aunque esta era bastante hostil. Se puede discutir si fue sabio desde un punto de vista táctico poner semejante título a su comparecencia en un escenario como aquel. Lo que está fuera de toda duda es que mi amigo estaba siendo fiel a las Escrituras: “Dice el necio en su corazón: ‘No hay Dios’ ” (Salmos 14:1). De hecho, el texto de la Escritura es más elocuente que su traducción al castellano. En hebreo, la palabra “necio” es un término de desaprobación moral que indica perversidad, grosería y agresividad. Pablo entendió el sentido: “Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios” (1:22). Después de todo, “lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado” (1:19) y “como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental” (Romanos 1:28). Según la Biblia, el ateísmo, es en última instancia, una rebelión desafiante y obstinada, más que el producto de una búsqueda equivocada o un tipo de error intelectual.

El hecho de que la mayoría no considere el ateísmo como tal es en sí mismo un indicio de nuestra depravación. Los ateos más instruidos admiten

habitualmente la relación existente entre la moralidad y la creencia, entre la inmoralidad y la incredulidad. Huxley escribió un famoso pasaje en el cual reconoce que una de las fuerzas motrices del naturalismo ateo es el deseo de erradicar toda clase de condena moral de las conductas condenables. En otro párrafo no menos famoso, Michel Foucault, uno de los teóricos del posmodernismo, confiesa abiertamente que lo importante para él era destruir las nociones de verdad y moralidad porque quería justificar su propia conducta sexual. Foucault murió de SIDA poco tiempo atrás.

No debemos aplicar este texto de forma errónea. Existen muchos ateos honestos dentro del marco de sus propias presuposiciones. Sin embargo, este marco es incorrecto. No lo establece un solo individuo. Se va formando pieza a pieza hasta que ciertas creencias se hacen culturalmente posibles, seguidamente probables, finalmente inevitables, y cada generación, cada individuo, han contribuido a esta inmensa rebelión, este deseo de autonomía que se niega a reconocer los derechos de nuestro Hacedor y nuestras obligaciones con él. El ateísmo no se vuelve simplemente una elección individual, sino también una degeneración social. La consecuencia definitiva es la condenación total de Salmos 14:2–3. Compárese con Romanos 3:10–18). Al final del día, solo encontraremos ayuda en el Señor (14:7).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 223). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

10 AGOSTO

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

No es fácil ver la relación entre los acontecimientos de Jeremías 38 y los de 37:11–21. Algunos creen que son dos episodios totalmente diferentes de la vida del profeta; otros creen que el capítulo 38 es una ampliación del anterior. Sea cual sea la realidad, el diálogo final entre Jeremías y el rey Sedequías al final del capítulo exige una reflexión seria.

Los acontecimientos en sí son fácilmente comprensibles. El profeta ha estado predicando durante décadas la inminente destrucción de Jerusalén. En su mayoría, el pueblo lo ha ignorado o se ha burlado de él. Con las tropas de Nabucodonosor alrededor de los muros, sin embargo, la credibilidad de Jeremías se encuentra, sin duda, en su punto más alto. Así pues, cuando comunica de parte del Señor que quien permanezca en la ciudad morirá por la espada, el hambre o la peste, mientras que los que se rindan sobrevivirán (38:2), es mucho más probable que lo crean ahora que hace cinco años. Sin embargo, los oficiales de la ciudad no consideran que esas palabras provengan del Señor y las entienden como una traición, con el efecto pernicioso de socavar la confianza de las tropas restantes.

El castigo al que se enfrenta el profeta es desagradable. En esa época, la mayor parte de las casas tenían cisternas, a menudo con forma de garrafa, para almacenar agua potable. La que se utiliza para recluir a Jeremías no tenía uso, pero había una gruesa capa de barro en su fondo. Abandonado en ella durante un largo tiempo, probablemente sin comida ni agua, el profeta moriría.

Lo que salva a Jeremías, humanamente hablando, es que el rey Sedequías sigue buscando su consejo. El profeta no tiene miedo alguno. Aunque no sea políticamente correcto, dice al rey que debería obedecer al Señor y someterse a los babilonios: la alternativa es ir directos al desastre (38:20–21). Para Sedequías, eso quizás sería difícil de creer por razones históricas: en los asedios de la antigüedad, los que resistían tanto como lo hizo Jerusalén eran ejecutados aunque se rindiesen. Además, existía otra razón por la que le resultaba difícil creer las palabras del profeta: seguía dependiendo en gran manera de sus “amigos”, que, según el profeta, serían motivo de escarnio un día como aliados inútiles que llevaron al rey al fango (38:22).

La yuxtaposición de los capítulos 37 y 38 (la meditación de ayer y la de hoy) no es accidental. El liderazgo del pueblo de Dios puede ser desastroso, con unos subordinados que son mejores pero muy débiles o miedosos para llevar a cabo ese cambio tan desesperadamente necesario (Jeremías 37). Otra opción es que sea débil o corrupto a través de su jerarquía, con el máximo mandatario demasiado indeciso o sin fuerza para limpiar su gobierno. Lo más triste de todo es que existan instituciones cristianas en las que la debilidad o la corrupción prevalezcan en todos los niveles.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 222). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Rut 2 | Hechos 27 | Jeremías 37 | Salmo 10

9 AGOSTO

Rut 2 | Hechos 27 | Jeremías 37 | Salmo 10

Hemos comprobado varias veces que los acontecimientos del libro de Jeremías no se encuentran ordenados cronológicamente. Ahora, pasamos del reinado de Joacim en el capítulo 36 al de Sedequías (Jeremías 37). Este rey fue un títere colocado por Babilonia después de la deportación de Jeconías, último monarca legítimo de Judá, en 597 a.C. Nos encontramos en 589–588. Los dos incidentes descritos en este capítulo reflejan la creciente degeneración del liderazgo e ilustran de nuevo la paciencia de Dios.

(1) El primer incidente (37:1–10) viene provocado aparentemente porque el faraón Hofra de Egipto hizo un amago de marchar hacia Jerusalén, con el fin de luchar contra los babilonios y liberarla. Las noticias que estos recibieron fueron lo suficientemente preocupantes como para levantar temporalmente el asedio y centrarse en esta nueva amenaza. Sedequías envió algunos emisarios a Jeremías, pidiendo su intercesión, presumiblemente para que este respiro momentáneo fuese definitivo. El profeta responde con las palabras de 37:7–10: los babilonios volverán y destruirán la ciudad. No deben engañarse creyendo otra cosa.

(2) Durante este paréntesis, Jeremías intenta salir de Jerusalén por la puerta de Benjamín, aparentemente con la intención de inspeccionar su nueva propiedad adquirida en Anatot (37:11–21; cp. 32:9). Sin embargo, lo arrestan, azotan y encarcelan acusado de deserción. Los oficiales no creen una sola palabra de las explicaciones del profeta, por lo que permanece prisionero en una mazmorra subterránea de la casa del secretario de Estado. Los oficiales son muy diferentes de sus predecesores en el reinado de Jeconías (26:19; 36:19), que parecían simpatizar con Jeremías pero se encontraban bajo el yugo de un monarca malvado y tozudo. Aquí, tratan al profeta con desprecio y son realmente crueles con él, mientras el rey Sedequías busca mantener el contacto con él y finalmente suaviza las condiciones de su reclusión, más por su miedo y desesperación que por una cuestión de principios.

Todo esto indica que, en cualquier jerarquía, incluyendo el gobierno y la iglesia, existen muchas formas diferentes de hacer mal las cosas. En algunas ocasiones, un líder malvado manipula a muchos subordinados, que no son profundamente amorales, pero sí débiles e indecisos. En otras, un líder inseguro está a merced de un grupo de oficiales malvados, incompetentes e infieles.

Reflexionemos: “¿Por qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia? Con arrogancia persigue el malvado al indefenso, pero se enredará en sus propias artimañas. El malvado hace alarde de su propia codicia; alaba al ambicioso y menosprecia al Señor. El malvado va con la cabeza levantada, y no da lugar a Dios en sus pensamientos” (Salmos 10:1–4).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 221). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Rut 1 | Hechos 26 | Jeremías 36, 45 | Salmo 9

8 AGOSTO

Rut 1 | Hechos 26 | Jeremías 36, 45 | Salmo 9

Jeremías 36 y 45 ofrecen valiosas perspectivas dentro de dos ámbitos: la relación existente entre Jeremías y Baruc, y cómo llegaron a escribirse las profecías del primero.

(1) Baruc, hijo de Nerías (36:4) y hermano de Seraías, oficial al servicio del rey Sedequías (51:59), aparece por primera vez en este libro en el capítulo 32, como testigo legal. Se deduce, por tanto, que Baruc era el amanuense del rey (su escriba; más o menos, su secretario).

(2) Parece claro que Baruc creyó en algún momento que estar vinculado con un profeta como Jeremías contribuiría a su progreso. Ahora, lo encontramos profundamente decepcionado al ver que los acontecimientos no se producen como esperaba (Jeremías 45). La trascendencia de los mensajes que ha estado transcribiendo angustia a su alma y se siente terriblemente deprimido. Jeremías reacciona de dos formas: (a) reprende al joven por pensar únicamente en su propio futuro cuando la nación se está hundiendo por completo. Sus palabras constituyen una amonestación que muchos necesitan escuchar en el Occidente individualista; (b) lo tranquiliza: a pesar de la catástrofe que está a punto de caer sobre la ciudad, Baruc sobrevivirá.

(3) No se siempre disponemos de información precisa acerca de cómo llegó la revelación de Dios a los profetas con la forma escrita que tenemos en la Biblia. En este caso, es maravillosamente específica. Dios mismo ordena a Jeremías que escriba las palabras y este las dicta meticulosamente a Baruc, que las transcribe. Nos encontramos en el cuarto año del reinado de Joacim (36:1), alrededor de 605–604 a.C., el año de la batalla de Carquemis, tras la cual Babilonia sustituyó a Egipto como potencia dominante en la región.

(4) Parece que, al menos en primera instancia, la forma escrita de las profecías de Jeremías tuvo más peso entre las autoridades que la oral, a raíz de la cual fue encarcelado (36:8–19). Incluso en la actualidad, los medios públicos (periódicos, radio, televisión) tienen más credibilidad que una simple palabra en boca de un amigo. Lo trágico de la situación es que el rey responde con una actitud cínica y desafiante, rompiendo el rollo y tirándolo al fuego; una reacción tristemente contraria a la del rey Josías cuando le leyeron el libro de la ley que encontraron (2 Reyes 22:11). Peor aún, si lo que está destruyendo es realmente el rollo que contiene las palabras de Dios, qué estupidez absoluta pensar que estas pueden eliminarse tan fácilmente. ¿Es acaso tan corta la memoria del Todopoderoso, que no es capaz recordar lo que ha dicho? ¿Acaso no puede levantar hombres, siervos suyos que transcriban otra vez el material e incluso incluyan nuevas revelaciones (36:27–32)? Ocurre lo mismo con los muchos intentos de destruir las Escrituras habidos a lo largo de la historia: ¿No tiene el Señor poder para defender sus palabras y destruir a los que se burlan de ellas?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 220). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 21 | Hechos 25 | Jeremías 35 | Salmos 7–8

7 AGOSTO

Jueces 21 | Hechos 25 | Jeremías 35 | Salmos 7–8

El Salmo 8 es una joya de valor incalculable, que celebra la gloria y la bondad de Dios reveladas en la creación. Con una brevedad maravillosa, David presenta una emocionante mezcla de sobrecogimiento y gozo ilimitado. Sin pasar por alto la maldad del mundo (8:2), se centra en elementos del orden creado que reflejan la majestad de Dios. Ni siquiera los cielos son apropiados para la tarea (8:1b), ya que el Señor ha ordenado que su alabanza brote de los labios de los chiquillos y de los niños de pecho (8:2). “Oh Señor, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!” (8:1, 9); oportunamente, el salmo empieza y termina con el propio Dios.

En gran parte, el salmo se centra en el lugar ocupado por el ser humano en este universo creado por Dios y centrado en él. La pregunta retórica fundamental es: “¿Qué es el hombre para que pienses en él? ¿Qué es el ser humano, para que lo tengas en cuenta?”. Las variantes de esta pregunta tienen diferentes matices, dependiendo del contexto. Esta puede estar implorando un respiro (Job 7:17), escondiéndose con vergüenza por el pecado humano (Job 25:6) o socavando la arrogancia del hombre (Salmos 144:3–4). En el Salmo 8, la pregunta expresa un temor reverencial estupefacto cuando el salmista atisba la incomparable grandeza del universo y reflexiona sobre la pequeñez del ser humano y su tremenda importancia: sorprendentemente, Dios “piensa” en el “hombre”, lo cual significa mucho más que “acordarse” de nosotros (¡como si la omnisciencia pudiese olvidar!). Más bien, la palabra contiene matices de compasión, como muestra la línea paralela: él cuida de nosotros. Esta relación es gloriosa. De hecho, aquí tenemos a uno de estos seres humanos dirigiéndose personalmente a este Dios grandioso y mayestático: “para que pienses en él… para que lo tengas en cuenta”. Un comentarista nos recuerda que la conclusión correcta a la que Isaías llega al considerar la gloria del orden celestial de Dios no es su lejanía, sino que “cuida al máximo los detalles” (Isaías 40:26ss.). El Señor no diseñó el universo para que fuese simplemente inmenso y carente de significado. Lo hizo como hogar infinito para su pueblo (Isaías 45:18; 51:16). De hecho, la visión del Salmo 8 se remonta al relato de la creación (Génesis 1–2). El Señor ha formado a esta criatura, a este pequeño ser, a este ser humano bendecido por él, para que reine con él sobre todo el orden creado de este planeta (8:6–8).

Dos reflexiones más: en primer lugar, esta historia del ser humano está totalmente alejada de la visión moderna que nos pinta como subproductos accidentales de una cosmogonía sin significado, ni intrínsecamente buena o mala. En segundo lugar, la epístola a los hebreos, teniendo en cuenta el salmo 8, reconoce lo lejos que nos encontramos de nuestro propósito en la creación y halla esperanza en un hecho: Jesús es el prototipo de hombre del orden consumado que está por llegar (Hebreos 2:5–13).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 219). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6

6 AGOSTO

Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6

En algunas ocasiones, un individuo o colectivo, hace voto de reformarse y dedicarse a agradar a Dios movido por la desesperación. Cuando la presión se relaja, rescinde su promesa y retorna a su pecado egoísta. Su volubilidad se pone de manifiesto. El juicio o desastre que los amenaza no les enseña realmente los caminos de la justicia ni a volverse del pecado. Simplemente quieren alivio y, si un voto delante del Señor puede lograrlo, entonces lo harán. Sin embargo, este hecho no significa que vayan a intentar cumplirlo.

Este es el tipo de drama patético que se desarrolla en Jeremías 34. Nabucodonosor se encuentra a las puertas de Jerusalén (34:1). La desesperación absoluta del rey Sedequías le empuja a llegar a un acuerdo con el pueblo para dejar libres a todos los esclavos (34:8). El pacto mosaico había mejorado en gran manera las condiciones de los esclavos limitando la servidumbre a seis años (34:14; Éxodo 21:2; Deuteronomio 15:1, 12). Una serie de profetas (Amós, Oseas, Isaías, Miqueas) criticó duramente al pueblo por su crueldad, por su desafío mercenario de la ley de Dios, especialmente en materia de esclavitud. Ahora, Sedequías dirige a los jerosolimitanos en esta importante reforma.

Otras fuentes (véase meditación del 9 de agosto) nos indican que al ejército de Babilonia le llegaron noticias de un avance de fuerzas egipcias hacia Jerusalén para liberarla. Hasta donde sabemos, esa información no era cierta. No obstante, los babilonios se retiraron para hacer frente a esta nueva amenaza procedente del sur. Los ciudadanos de Jerusalén debieron pensar que se trataba de un rescate milagroso. De forma estúpida, pecaminosa y malvada, los antiguos amos “se retractaron y volvieron a someter a esclavitud a los que habían liberado” (34:11). Así pues, su verdadero corazón queda totalmente al descubierto.

Inevitablemente, las fuerzas babilónicas descubren que no existe amenaza alguna de Egipto y el asedio se reanuda. Esta vez no hay esperanza. ¿Quién creerá ahora cualquiera de sus actos de “arrepentimiento”? Dios declara: “Pero ahora os habéis vuelto atrás y habéis profanado mi nombre. Cada uno ha obligado a sus esclavas y esclavos que había liberado a someterse de nuevo a la esclavitud” (34:16). No han proclamado liberación para sus “hermanos” (34:17). Por tanto, la única “libertad” que experimentarán es la de morir a espada, por la peste y el hambre (34:17).

¿Qué esperanza hay para las personas que montan un espectáculo de “arrepentimiento” calculado para obtener misericordia, pero que vuelven a su vómito como el perro y al fango como el cerdo (2 Pedro 2:20–22)?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 218–219). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 19 | Hechos 23 | Jeremías 33 | Salmos 3–4

5 AGOSTO

Jueces 19 | Hechos 23 | Jeremías 33 | Salmos 3–4

En la visión de restauración que encontramos en Jeremías 33, la última mitad del capítulo se centra en la restauración del trono davídico y asuntos relacionados (Jeremías 33:14–26). Haremos algunas observaciones:

(1) Los versículos 15–16 repiten 23:5–6 (véase la meditación del 27 de julio). Las palabras se describen como “la promesa de bendición” de Dios (33:14), es decir, la promesa que este hizo a Israel anteriormente por medio de Jeremías, y hacia la que atrae la atención ahora que Jeremías está prisionero en el patio de la guardia y la destrucción de la ciudad no se retrasará mucho. Esta es inminente y el exilio del pueblo, inevitable. El Señor quiere que el profeta y los israelitas miren más allá de estos desastres y contemplen sus promesas, que se cumplirán con total seguridad, algo que forma parte sustancial de lo que significa andar por fe.

(2) En general, Jeremías no revela tanto como Isaías de la venida del Mesías o, dicho de manera más precisa, lo que revela es más difuso. Sin embargo, define al que viene como el buen pastor (23:4; 31:10), renuevo justo (23:5; 33:15) y como David el rey, el siervo del Señor (30:9; 33:21, 26).

(3) La certeza del pacto de Dios con David está relacionada con el que ha formalizado con el día y la noche (33:19–21); en otras palabras, con la fiabilidad total del Señor sustentando su universo ordenado. La estabilidad de la monarquía davídica no se compara con la bruma matinal que se desvanece, sino con el ciclo diario, cuya regularidad depende de la fidelidad y fiabilidad de un Dios poderoso y providencial. Aunque, durante un tiempo, lo único que se verá de la dinastía davídica será un pobre tocón, Dios mismo hará “que brote de David un renuevo justo” (33:15).

(4) Más sorprendente, y ciertamente más rara entre los profetas, es la promesa de que los levitas no dejarían de tener un hombre que se presentase delante de Dios y ofreciese los sacrificios prescritos (33:18, 21). Puede referirse a los años posteriores al exilio, cuando se reconstruyó el templo y se establecieron de nuevo los sacrificios levíticos. Sin embargo, este mismo Jeremías también ha predicho un nuevo pacto, un anuncio que vuelve obsoleto en principio al formalizado con Moisés (Hebreos 8:13). De hecho, cuatro siglos antes que Jeremías, David avanzó el surgimiento de un sacerdocio del orden de Melquisedec (Salmos 110), que anunciaba el final del sistema levítico y un cambio en la ley (Hebreos 7:11–12). Desde una perspectiva canónica, quizás el último cumplimiento tipológico de este pasaje se produce en el reino de los “sacerdotes” que se levanta a partir de la obra del gran David (1 Pedro 2:5; Apocalipsis 1:6).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 217). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 18 | Hechos 22 | Jeremías 32 | Salmos 1–2

4 AGOSTO

Jueces 18 | Hechos 22 | Jeremías 32 | Salmos 1–2

En cierto modo, el Salmo 2 puede entenderse completamente dentro del marco de la vida de un rey davídico, incluso del mismo David. Este monarca ha conquistado las naciones vecinas. Si estas se rebelan, están conspirando juntas “contra el Señor y contra su ungido” (2:2), esto es, su “mesías”, una expresión que puede referirse a cualquier rey ungido de Israel, o al Mesías definitivo. Si intentan desprenderse de las cadenas de sus obligaciones con Israel (2:3), tendrán que vérselas con Dios: “El rey de los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (2:4). Él los reprende en su ira, porque ha establecido a su Rey en Sión (2:5–6).

Ahora habla el propio rey. Da testimonio de esta misma coronación, utilizando un leguaje común en el antiguo Oriente Próximo. En el momento en que la misma se produce, él se convierte en el “hijo” del Dios que extiende su soberanía suprema sobre esas personas. El propio Jehová emplea el mismo discurso: el rey de Israel pasa a ser el “hijo” de Dios en su coronación, comprometido con la búsqueda de la gloria y el bien de su Padre, reflejando su carácter y voluntad (2:7). El Todopoderoso controla de tal modo a todas las naciones, que el rey davídico sólo tiene que pedir y él le concederá soberanía absoluta sobre las naciones (2:8–9). Así pues, los reyes deberían ser sabios, ya que están advertidos (2:10). “Servid al Señor con temor […]. Besadle los pies, no sea que se enoje” (2:11–12).

Sin embargo, existen al menos dos elementos que indican que el salmo no está hablando de uno de los antiguos monarcas davídicos. Primero, al principio de esta dinastía, David pasó a ser un tipo o modelo del “mesías” supremo de este linaje, el “David” definitivo. Encontramos fácilmente referencias explícitas a este personaje siglos después (p. ej., Isaías 9; Ezequiel 34). El razonamiento tipológico puede desarrollarse de esta forma: si el rey David histórico fue el agente utilizado por Dios para gobernar a las naciones que lo rodeaban, ¿no reinará con más gloria sobre toda la tierra su Hijo más excelso, el rey davídico por excelencia? Segundo, existen varios indicios en el salmo que sugieren algo más que un antiguo rey davídico. Él somete a “los reyes de la tierra” (2:2), un concepto muy global (aunque podría significar “los reyes de ese territorio o región”); Dios promete entregar “las naciones” y “los confines de la tierra” a este “Hijo”, un concepto más difícil de desestimar. La bendición final (2:12) suena un tanto pretenciosa para alguien que no sea el Mesías supremo. Cada una de estas expresiones puede “explicarse” (o “justificarse”): tal vez serían ejemplos de un lenguaje hiperbólico. Sin embargo, si se analizan en conjunto, no apuntan tanto fuera del David histórico como más allá de él. Reflexionemos en Hechos 4:23–30.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 216). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jueces 17 | Hechos 21 | Jeremías 30–31 | Marcos 16

3 AGOSTO

Jueces 17 | Hechos 21 | Jeremías 30–31 | Marcos 16

Jeremías 30–31 interrumpe el material biográfico relativo a Jeremías con una serie de afirmaciones acerca de la restauración de Israel y Judá. Unas veces, se nombran los dos reinos (30:3); otras, ambos se denominan “Jacob” (30:7) o “Israel” (30:10; 31:1). Tal como ocurre en la profecía de Isaías, sólo el contexto determina si “Israel” se refiere al reino del norte, ya en el exilio desde hace más de un siglo, o a todo “Jacob” (para ser más exactos, la parte que oye y regresa a la tierra). La herida “incurable” y la llaga que “no tiene remedio” son consecuencias de su pecado (30:12–14), una realidad invariable a este lado de la Caída. “’Pero yo te restauraré y sanaré tus heridas’, afirma el Señor’ ” (30:17). Destacaremos dos reflexiones:

(1) Jeremías 31:15: Raquel, una de las matriarcas, cuya tumba se encontraba cerca de Ramá, a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén (1 Samuel 10:2–3; Josué 18:25), se representa aquí llorando por sus “hijos” deportados en 722 a.C. (cuando las tribus del norte fueron al exilio), y de nuevo en 587 (cuando se llevaron lo que quedaba del reino del sur, Jeremías 40:1). Mateo 2:17–18 afirma que estas palabras se cumplen (tipológicamente) cuando las madres lloren de nuevo a raíz de la matanza de inocentes relacionada con el nacimiento de Jesús. Aunque los exiliados retornaron a Jerusalén durante el período persa, las características más maravillosas que rodearon al fin del exilio no empiezan a revelarse hasta la venida del Mesías.

(2) Jeremías 31:29ss.: esta promesa de un nuevo pacto es extraordinariamente penetrante. Debido a la naturaleza tribal y representativa del antiguo pacto, el pueblo acuñó un proverbio: “Los padres comieron uvas agrias, y a los hijos les dio dentera” (31:29). Bajo el pacto mosaico, las personas especiales, esto es, profetas, reyes y otros pocos individuos, eran ungidos especialmente con el Espíritu y desempeñaban la tarea de representar al pueblo ante Dios, y a este ante aquel. “¡Conoce al Señor!”, exhortaban. Debido a esta estructura tribal y representativa, cuando los líderes pecaban (“comieron uvas agrias”), toda la nación caía en la corrupción y sufría la destrucción (“a los hijos les dio dentera”). Sin embargo, bajo el nuevo pacto, el proverbio ya no se aplica (31:30ss.). Todos los que están bajo el nuevo pacto conocerán al Señor: Dios pondrá su ley en la mente de ellos y la escribirá en su corazón (31:33). Ya no habrá más maestros que actúen como mediadores, porque todos lo conocerán (31:34); estos simplemente formarán parte del cuerpo, no tendrán un conocimiento “interno” de Dios. El perdón de pecados será absoluto (31:34).

Identifique en qué partes del Nuevo Testamento se tratan estos temas.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 215). Barcelona: Publicaciones Andamio.