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Jueces 21 | Hechos 25 | Jeremías 35 | Salmos 7–8

7 AGOSTO

Jueces 21 | Hechos 25 | Jeremías 35 | Salmos 7–8

El Salmo 8 es una joya de valor incalculable, que celebra la gloria y la bondad de Dios reveladas en la creación. Con una brevedad maravillosa, David presenta una emocionante mezcla de sobrecogimiento y gozo ilimitado. Sin pasar por alto la maldad del mundo (8:2), se centra en elementos del orden creado que reflejan la majestad de Dios. Ni siquiera los cielos son apropiados para la tarea (8:1b), ya que el Señor ha ordenado que su alabanza brote de los labios de los chiquillos y de los niños de pecho (8:2). “Oh Señor, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!” (8:1, 9); oportunamente, el salmo empieza y termina con el propio Dios.

En gran parte, el salmo se centra en el lugar ocupado por el ser humano en este universo creado por Dios y centrado en él. La pregunta retórica fundamental es: “¿Qué es el hombre para que pienses en él? ¿Qué es el ser humano, para que lo tengas en cuenta?”. Las variantes de esta pregunta tienen diferentes matices, dependiendo del contexto. Esta puede estar implorando un respiro (Job 7:17), escondiéndose con vergüenza por el pecado humano (Job 25:6) o socavando la arrogancia del hombre (Salmos 144:3–4). En el Salmo 8, la pregunta expresa un temor reverencial estupefacto cuando el salmista atisba la incomparable grandeza del universo y reflexiona sobre la pequeñez del ser humano y su tremenda importancia: sorprendentemente, Dios “piensa” en el “hombre”, lo cual significa mucho más que “acordarse” de nosotros (¡como si la omnisciencia pudiese olvidar!). Más bien, la palabra contiene matices de compasión, como muestra la línea paralela: él cuida de nosotros. Esta relación es gloriosa. De hecho, aquí tenemos a uno de estos seres humanos dirigiéndose personalmente a este Dios grandioso y mayestático: “para que pienses en él… para que lo tengas en cuenta”. Un comentarista nos recuerda que la conclusión correcta a la que Isaías llega al considerar la gloria del orden celestial de Dios no es su lejanía, sino que “cuida al máximo los detalles” (Isaías 40:26ss.). El Señor no diseñó el universo para que fuese simplemente inmenso y carente de significado. Lo hizo como hogar infinito para su pueblo (Isaías 45:18; 51:16). De hecho, la visión del Salmo 8 se remonta al relato de la creación (Génesis 1–2). El Señor ha formado a esta criatura, a este pequeño ser, a este ser humano bendecido por él, para que reine con él sobre todo el orden creado de este planeta (8:6–8).

Dos reflexiones más: en primer lugar, esta historia del ser humano está totalmente alejada de la visión moderna que nos pinta como subproductos accidentales de una cosmogonía sin significado, ni intrínsecamente buena o mala. En segundo lugar, la epístola a los hebreos, teniendo en cuenta el salmo 8, reconoce lo lejos que nos encontramos de nuestro propósito en la creación y halla esperanza en un hecho: Jesús es el prototipo de hombre del orden consumado que está por llegar (Hebreos 2:5–13).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 219). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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