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Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

10 AGOSTO

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

No es fácil ver la relación entre los acontecimientos de Jeremías 38 y los de 37:11–21. Algunos creen que son dos episodios totalmente diferentes de la vida del profeta; otros creen que el capítulo 38 es una ampliación del anterior. Sea cual sea la realidad, el diálogo final entre Jeremías y el rey Sedequías al final del capítulo exige una reflexión seria.

Los acontecimientos en sí son fácilmente comprensibles. El profeta ha estado predicando durante décadas la inminente destrucción de Jerusalén. En su mayoría, el pueblo lo ha ignorado o se ha burlado de él. Con las tropas de Nabucodonosor alrededor de los muros, sin embargo, la credibilidad de Jeremías se encuentra, sin duda, en su punto más alto. Así pues, cuando comunica de parte del Señor que quien permanezca en la ciudad morirá por la espada, el hambre o la peste, mientras que los que se rindan sobrevivirán (38:2), es mucho más probable que lo crean ahora que hace cinco años. Sin embargo, los oficiales de la ciudad no consideran que esas palabras provengan del Señor y las entienden como una traición, con el efecto pernicioso de socavar la confianza de las tropas restantes.

El castigo al que se enfrenta el profeta es desagradable. En esa época, la mayor parte de las casas tenían cisternas, a menudo con forma de garrafa, para almacenar agua potable. La que se utiliza para recluir a Jeremías no tenía uso, pero había una gruesa capa de barro en su fondo. Abandonado en ella durante un largo tiempo, probablemente sin comida ni agua, el profeta moriría.

Lo que salva a Jeremías, humanamente hablando, es que el rey Sedequías sigue buscando su consejo. El profeta no tiene miedo alguno. Aunque no sea políticamente correcto, dice al rey que debería obedecer al Señor y someterse a los babilonios: la alternativa es ir directos al desastre (38:20–21). Para Sedequías, eso quizás sería difícil de creer por razones históricas: en los asedios de la antigüedad, los que resistían tanto como lo hizo Jerusalén eran ejecutados aunque se rindiesen. Además, existía otra razón por la que le resultaba difícil creer las palabras del profeta: seguía dependiendo en gran manera de sus “amigos”, que, según el profeta, serían motivo de escarnio un día como aliados inútiles que llevaron al rey al fango (38:22).

La yuxtaposición de los capítulos 37 y 38 (la meditación de ayer y la de hoy) no es accidental. El liderazgo del pueblo de Dios puede ser desastroso, con unos subordinados que son mejores pero muy débiles o miedosos para llevar a cabo ese cambio tan desesperadamente necesario (Jeremías 37). Otra opción es que sea débil o corrupto a través de su jerarquía, con el máximo mandatario demasiado indeciso o sin fuerza para limpiar su gobierno. Lo más triste de todo es que existan instituciones cristianas en las que la debilidad o la corrupción prevalezcan en todos los niveles.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 222). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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