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1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

12 AGOSTO

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

Cuando Jerusalén cayó en 587 a.C. (Jeremías 39), Sedequías sufrió un castigo horrible, aunque poco severo teniendo en cuenta las costumbres de la época relativas a los asedios. En cuanto a Jeremías, las noticias de sus profecías acerca de la caída de la ciudad llegaron probablemente hasta Nabucodonosor a través de los cautivos (este no se encontraba personalmente en Jerusalén, pero tenía un cuartel general en Ribla, dejando el asalto final en manos de su comandante Nabuzaradán). En consecuencia, el emperador dio órdenes de tratar bien al profeta (39:12). En un principio, se llevaron a cabo y enviaron a Jeremías a Guedalías (39:13–14), que pasó a ser el nuevo gobernador de la región después de que las tropas imperiales se retirasen, llevando consigo innumerables cautivos al exilio.

Estos hechos establecen el escenario de Jeremías 40. El marco de la historia es bastante simple; los últimos versículos de la narración instan a reflexionar acerca de un importante asunto. Primero, el marco: los babilonios reunieron en Ramá a los que iban a ser deportados al exilio. Este lugar, situado a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén, sirvió como punto de partida. A pesar de las instrucciones de Nabucodonosor de dejar a Jeremías con Guedalías, el profeta acabó de alguna forma en este grupo (40:1). Cualquier persona familiarizada con la confusión de la guerra entenderá lo fácilmente que pudo ocurrir este error. El comandante Nabuzaradán lo liberó y le ofreció llevarlo a Babilonia; probablemente, su prestigio aumentaría al volver a casa como protector de un gran profeta que había predicho el éxito de Babilonia. No obstante, Jeremías era libre para tomar su propia decisión y optó por permanecer con el remanente en Judá. Nabuzaradán le dio comida y un regalo (40:5), un ejemplo más de que un profeta recibe frecuentemente honra de todos excepto de los más cercanos a él (cp. Mateo 13:57).

Seguidamente, el relato se apresura a describir las primeras etapas del mandato de Guedalías. Este hombre hizo lo correcto en casi todos los frentes. Instó a los pobres a asentarse, cultivar la tierra y reunir la cosecha. Se acercó a “los demás jefes militares que estaban en el campo” (40:13), una guerrilla potencialmente peligrosa que podría desencadenar el tipo de anarquía que desataría de nuevo la ira de Babilonia. Incluso los que habían huido a las naciones vecinas comenzaron a volver a casa (40:11–12), animados por los movimientos del gobernador para garantizar la estabilidad. Sin embargo, la gran debilidad de Guedalías fue que, a pesar del mal de los años anteriores, no creía que este pudiese producirse, que hubiese personas malvadas dispuestas a hacer daño. No era consciente de que en ocasiones un líder debe enfrentarse al mal. Guedalías fue un buen hombre en muchos aspectos, pero pagó con su vida su optimismo redomado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 224). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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