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Dos reflexiones sobre Jeremías 10

14 JULIO

Josué 20–21 | Hechos 1 | Jeremías 10 | Mateo 24

Dos reflexiones sobre Jeremías 10:

En primer lugar, el castigo catastrófico que estaba a punto de caer sobre Judá se atribuye a sus líderes incompetentes: “Los pastores se han vuelto necios, no buscan al Señor; por eso no han prosperado, y su rebaño anda disperso” (10:21). En este contexto, “pastores” incluye a todos los que dirigen los asuntos de una nación: rey, sacerdotes, profetas y otros líderes.

Los ámbitos en que estos líderes son incompetentes no son la administración general, el carisma, la agudeza financiera o el potencial de gestión. Son “necios”, lo cual se manifiesta en el hecho de que “no buscan al Señor”. No quiere decir únicamente que no acudan a las simples formas de requerir el consejo de Dios, como consultar a los profetas y considerar los rituales prescritos como un talismán que trae buena suerte. Significa más bien que no están dispuestos a hacer realmente lo que Dios quiere. No se acercan a él con la contrición y la profunda reverencia por su Palabra de la que Isaías habla (Isaías 66). No lo tratan como si fuese fundamentalmente “otro”, diferente de la multitud de dioses falsos que los rodean. Las naciones y las iglesias siguen la dinámica que marcan sus líderes. Si estos buscar con pasión conocer y obedecer la voluntad de Dios, nuestras perspectivas son excelentes; si son disolutos e intoxicados por el egoísmo, estas son sombrías o incluso desesperadas.

Segundo, en los últimos versículos (10:23–25), Jeremías se identifica con su pueblo de una forma que llama la atención. “SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos. Corrígeme, SEÑOR, pero con justicia, y no según tu ira, pues me destruirías” (10:23–24). Estas líneas podrían interpretarse inicialmente refiriéndose a Jeremías como profeta, como individuo y nada más. Ciertamente, cada creyente debería ser consciente de su pecado de forma que pueda suplicar a Dios que lo salve de la destrucción que merece. Sin embargo, un análisis más detenido muestra que los pecados que Jeremías está confesando son los de la nación, en particular la autodeterminación petulante que se niega a reconocer la divinidad absoluta de Dios, la gloriosa verdad de que sólo él es Dios y lo controla todo. El siguiente versículo revela que lo que Jeremías quiere que el Señor salve es “Jacob”, el pueblo del pacto de Dios. Sin duda, se ha decretado el castigo contra él, pero el profeta suplica al Todopoderoso que no borre al pueblo de la faz de la tierra con su ira, sino que reserve el correctivo más duro para “las familias que no invocan tu nombre”. Por tanto, Jeremías clama a Dios por sí mismo, pero también por su pueblo, con el cual se identifica, como hace Pablo en Gálatas 2:17–21 y quizás en Romanos 7:7ss.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 195). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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