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Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

16 JULIO

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

En el siglo VIII a.C., Oseas pasó por la terrible experiencia de la traición de una mujer unida a él por el pacto del matrimonio y que se entregó a la prostitución. De ese modo, comprobó un poco cómo percibe el Señor la prostitución espiritual del pueblo con el que estaba vinculado por el pacto. De una forma en cierto sentido parecida, Jeremías ha sufrido el rechazo de sus amigos y familiares (11:18–23, meditación de ayer). Su angustia y su ira por la situación establecen el escenario propicio para que Dios explique su propia respuesta al pueblo que lo había rechazado (Jeremías 12).

La pregunta planteada por Jeremías surge de sus experiencias en los versículos inmediatamente precedentes. Ha estado poniendo su grano de arena para fomentar la reforma, pero su vida se ve amenazada por sus familiares y los demás habitantes de su propio pueblo. Aunque sigue declarando la justicia de Dios, el profeta se queja: “Tú, Señor, eres justo cuando discuto contigo. Sin embargo, quisiera exponerte algunas cuestiones de justicia. ¿Por qué prosperan los malvados? “¿Por qué viven tranquilos los traidores?” (12:1). Sumergido en la desesperación y desbordado por un sentimiento de desigualdad absoluta, Jeremías pregunta a Dios en los primeros versículos de este capítulo por qué no arranca simplemente a los malos y los destruye.

El Señor no responde directamente (12:5–6). En su lugar, dice al profeta que en realidad aún no ha visto nada. Si Jeremías flaquea de manera tan dolorosa en su propio pueblo, ¿cómo le irá entonces en la atmósfera mucho más complicada y perversa de Jerusalén? “Si los que corren a pie han hecho que te canses, ¿cómo competirás con los caballos? Si te tambaleas en el entorno relativamente seguro de Anatot, ¿qué harás en la espesura del Jordán?” (En el período anterior al exilio, la llanura aluvial del Jordán se cubría de una vegetación exuberante que protegía a muchos animales salvajes, incluyendo al león asiático). Muchos líderes cristianos han tenido que aprender que los sufrimientos iniciales simplemente preparan el camino para mucho más de lo mismo.

Al menos, Jeremías es un poco más capaz de comprender lo que Dios quiere decir cuando dice: “He abandonado mi casa, he rechazado mi herencia, he entregado a mi pueblo amado en poder de sus enemigos. Mis herederos se han comportado conmigo como leones en la selva. Lanzan rugidos contra mí; por eso lo aborrezco” (12:7–8). Por tanto, los versículos siguientes describen el juicio que llegará inevitablemente.

Sin embargo, la gracia de Dios brilla incluso aquí. Después de haberlos “arrancado”, los traerá de vuelta a su propia heredad (12:14–15). Si el exilio es inevitable debido a su pecado, seguidamente llegará la restauración, porque Dios es compasivo. Incluso las naciones paganas se unirán en la bendición del Señor, allá donde repudien a los baales y juren por el Dios viviente (12:16).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 197). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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