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Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

17 JULIO

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

Mateo nos cuenta que, en el momento en que Jesús murió, “la cortina del santuario del templo se rasgó en dos” (Mateo 27:51). La causa directa fue aparentemente el terremoto que acompañó a la muerte de Jesús. No obstante, resulta imposible que el cristiano reflexivo no incluya esta breve y críptica observación dentro de un marco más amplio, el relato del significado que la cortina ya había adquirido en la historia de Israel y de cómo se desarrolla este en los libros posteriores del Nuevo Testamento, como Hebreos y Apocalipsis, en los que la primera generación de escritores cristianos explican a sus lectores lo que la cruz consiguió. A lo largo de este eje, el hecho de que la cortina se rasgase constituía un episodio de gran importancia, cargado de simbolismo. Nos detendremos en cuatro reflexiones:

(1) Ni la cortina ni su ruptura tienen sentido alguno a no ser que comprendamos que, a este lado de la Caída, no tenemos derecho a entrar en la presencia del Dios santo. Después de su calamitosa rebelión, el Señor expulsa a Adán y Eva del Edén (Génesis 3). Cuando los israelitas liberados fabrican su becerro de oro en el desierto, Dios no sólo envía juicio, sino que también amenaza con no manifestarse entre ellos, no sea que los destruya (Éxodo 32–33). Tanto en la narración como en los oráculos, los escritores bíblicos explican esta verdad: el pecado nos separa de nuestro Hacedor, trascendentemente santo. No tenemos derecho a acceder al más santo.

(2) Esa realidad se simbolizó con la construcción del tabernáculo y, más adelante, del templo. Una tercera parte de la estructura, llamada lugar santísimo, tenía las dimensiones de un cubo. Una pesada cortina la separaba del resto del edificio. Allí, Dios se manifestó en gloria y únicamente podía entrar el sumo sacerdote, una sola vez al año, llevando la sangre de los sacrificios prescritos, ofrecida por sus propios pecados y por los del pueblo. Todos los demás estaban excluidos bajo pena de muerte.

(3) La ruptura de la cortina en el momento de la muerte de Jesús simboliza, por tanto, que su muerte ha conseguido el acceso de los pecadores a la misma presencia de Dios. Él es nuestro gran sumo sacerdote; él es nuestro sacrificio expiatorio. No tiene que entrar una vez cada año en el lugar santísimo. Murió por todos una sola vez y satisfizo la santa exigencia de Dios, por lo que la cortina podía caer.

(4) No es de extrañar, pues, que la “nueva Jerusalén”, una de las imágenes de la morada definitiva del pueblo de Dios (Apocalipsis 21–22), tenga forma de cubo perfecto. Los cristianos ya tienen acceso al trono del Todopoderoso por los méritos de Jesucristo; sin embargo, en la consumación, permaneceremos sin miedo y abrumados por el gozo y la adoración en el abierto esplendor de su santidad.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 198). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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