Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

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Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

Del mismo modo que los tres capítulos anteriores, gran parte de Job 41 tiene el propósito de abrir los ojos de Job ante sus limitaciones. Si él admite que no conoce y no puede hacer lo que Dios sí, quizás deje de acusar al Señor tan a la ligera.

Un versículo, Job 41:11, exige una reflexión más detenida. Dios habla: “¿Quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos!”.

¿Ante la acusación, la inmunidad de Dios se basa únicamente en su poder? Podemos imaginarnos al ciudadano más insignificante de la Alemania nazi intentando demandar a Hitler, y la contundente respuesta de este: “¿Quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay en el Tercer Reich! “. Viniendo de Hitler, estas palabras hubiesen constituido una declaración claramente inmoral. ¿Por qué iba Dios a utilizar entonces un argumento así?

En primer lugar, si esta fuese la única declaración que Dios hace de sí mismo, no sería muy buena. Sin embargo, se produce dentro del contexto del libro de Job y del más amplio del canon de las Escrituras. Dentro del libro de Job, este y Dios están de acuerdo en algo: ambos reconocen en última instancia que el Señor es justo. Job no es un escéptico moderno que busca razones para rechazar al Todopoderoso. Dios no es Hitler. Si ambos coinciden en que el Señor es justo, Job debe comprender también en algún momento que este no es un igual al que él pueda llevar ante un tribunal. La confianza en Dios es más importante que intentar justificarse ante él, por muy justo que se haya sido.

En segundo lugar, dentro del contexto del canon completo, Dios ha hecho gala repetidamente de su paciencia con la raza humana, que le ha desafiado constantemente rebelándose. Él es el Dios que podría habernos destruido a todos con perfecta santidad, que ha demostrado en diversas ocasiones su terrible potencial para el juicio (el diluvio, Sodoma y Gomorra, el exilio de su propio pueblo del pacto). Sobre todo, a pesar de la insistencia de la Biblia en que Dios tenía derecho a condenar a todos, él es quien envía a su propio Hijo a morir y dar lugar a una nueva humanidad redimida.

En tercer lugar, dentro de estos marcos, Job 41:11 constituye un recordatorio saludable de que no somos independientes. Incluso si el Señor no fuese el Dios sumamente bueno que es, no habría vuelta atrás. Le pertenecemos; el universo le pertenece; toda la autoridad, las ramas del gobierno divino, el poder judicial absoluto son suyos. No se le puede juzgar desde ningún lugar. Pretender lo contrario es inútil; peor aún, forma parte de la rebelión de nuestra raza contra Dios, imaginando que él nos debe algo o que estamos en buena posición para reprenderle, una fantasía descabellada que no es ni buena ni sensata.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 71). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

11 MARZO

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

Dios da a Job la oportunidad de responder hacia la mitad de su largo discurso. Tras una pregunta retórica (“¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende?”), Dios dice: “¡Que le responda a Dios quien se atreve a acusarlo!” (Job 40:2).

Resulta vital para la comprensión de este libro no malinterpretar esta exhortación. Dios no está retirando a Job su estima inicial (1:1, 8). Incluso bajo el terrible hostigamiento de Satanás y los tres “miserables consoladores “, la integridad fundamental de Job y su lealtad básica al Todopoderoso no se han debilitado. No ha seguido el consejo de su mujer, que le insta a maldecir a Dios y morir, ni el de sus amigos, que le dicen simplemente que reconozca estar sufriendo debido a sus pecados no confesados, por lo que debe arrepentirse. Sin embargo, ha estado a punto de culpar a Dios por sus sufrimientos, o mejor dicho, ha insistido en pedir audiencia ante el Señor para justificarse. Implícitamente, y en ocasiones de forma explícita, Job ha acusado a Dios de ser injusto o de estar tan lejos que los justos y los impíos parecen abocados al mismo destino. En sus mejores momentos, Job se aparta de su retórica menos contenida, pero siente que, como mínimo, Dios le debe una explicación.

Sin embargo, ahora el Señor está diciendo que quien quiera “contender” con él, debatir algún asunto, no debe comenzar dando por hecho que Dios está cometiendo un error, ni acusar al Todopoderoso de no hacer bien las cosas. Ese ha sido el sentido de las preguntas retóricas (caps. 38–39): Job no tiene el conocimiento ni el poder necesarios para resistir el juicio de Dios.

Llegados a este punto, parece que Job ha aprendido la lección: “¿Qué puedo responderte, si soy tan indigno? ¡Me tapo la boca con la mano! Hablé una vez, y no voy a responder; hablé otra vez, y no voy a insistir” (40:4–5). No obstante, surge una pregunta: ¿está Job verdaderamente convencido de su equivocación? ¿Cree realmente ahora que, por muy justo que haya podido ser, no tiene derecho a hablar así a Dios? ¿O simplemente, como hombre piadoso que es, se ha visto obligado a conformarse?

Dios no quiere correr riesgos: presenta a Job dos capítulos más de preguntas retóricas. Una vez le dice que “se prepare”, y después comienza: “¿Vas acaso a invalidar mi justicia? ¿Me harás quedar mal para que tú quedes bien?” (40:8). Es como si el Señor quisiese algo más de él, algo que Job sólo reconoce en el último capítulo del relato.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 70). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 21 | Lucas 24 | Job 39 | 2 Corintios 9

10 MARZO

Éxodo 21 | Lucas 24 | Job 39 | 2 Corintios 9

La meditación del 20 de septiembre en el volumen 1 incide en 2 Corintios 9. Sin embargo, quiero volver a detenerme en este pasaje.

No es necesario repasar la exhortación que Pablo expresa con tanto cuidado a los cristianos de Corinto, de que tuviesen preparado para él el dinero que prometieron enviar a los pobres de Jerusalén (caps. 8–9). Hoy nos centraremos en el vínculo existente entre la misma y el Evangelio.

En el capítulo 8, Pablo recuerda el ejemplo de Cristo, que se entregó en sacrificio: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de vosotros se hizo pobre, para que mediante su pobreza vosotros llegarais a ser ricos” (8:9). Aquí, en el 9, Pablo dice que si los corintios cumplen lo prometido, los creyentes “alabarán a Dios por la obediencia con que vosotros acompañáis la confesión del evangelio de Cristo, y por vuestra generosa solidaridad” (9:13, cursivas añadidas). En cualquier caso, Pablo nunca deja que los cristianos olviden que todas nuestras ofrendas no son sino un minúsculo reflejo del “don inefable” de Dios (9:15), que, por supuesto, se encuentra en la raíz del Evangelio.

Gran parte de la ética cristiana básica está vinculada de una forma u otra al Evangelio. Cuando los maridos necesitan enseñanza acerca de cómo tratar a su esposa, el apóstol no presenta una terapia matrimonial especial ni apela a una experiencia mística. Más bien, fundamenta la conducta en el Evangelio: “Esposos, amad a vuestras esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella” (Efesios 5:25). Si buscamos madurez, tengamos cuidado de cualquier enfoque “más profundo” de la vida, que pase por alto el Evangelio, porque Pablo escribe: “Por eso, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús como Señor, vivid ahora en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe como se os enseñó, y llenos de gratitud” (Colosenses 2:6–7). Por supuesto que existe una “vida más profunda” en el sentido de que se exhorta a los cristianos a seguir luchando por conformarse cada vez más a Cristo Jesús y no estancarse en el estado presente de obediencia (por ejemplo, Filipenses 3). No obstante, este hecho no llama a recurrir a nada que se aparte del Evangelio o le añada algo.

Debemos evitar la tendencia a creer que, mientras el Evangelio suministra una especie de billete para escapar del juicio y el infierno, el verdadero poder transformador de vidas proviene de otra fuente, una doctrina esotérica, una experiencia mística, una técnica terapéutica, un curso de discipulado. Esta visión del Evangelio sería muy limitada y, lo que es peor, acaba relativizándolo y marginándolo, despojándolo de su poder mientras dirige la atención de las personas lejos de él y hacia algo menos útil.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 69). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 20 | Lucas 23 | Job 38 | 2 Corintios 8

9 MARZO

Éxodo 20 | Lucas 23 | Job 38 | 2 Corintios 8

Nos acercamos al final de la historia y Dios se dirige directamente a Job por primera vez (Job 38); lo seguirá haciendo hasta el capítulo 41. En 1 Reyes 19, Dios habla a Elías con voz apacible y delicada; aquí, lo hace desde un torbellino (38:1), porque quiere que incluso su forma de comunicación y el escenario corroboren los profundos conceptos que quiere dejar claros.

Las primeras palabras de Dios son aterradoras: “¿Quién es este, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo te preguntaré, y tú me responderás” (38:2–3). Esta salva inicial puede llevar a los incautos a pensar que Dios está principalmente disgustado con Job, y que los tres miserables amigos se han regodeado bastante. Sin embargo, como relato que va pasando de una perspectiva a otra, el libro no ha acabado aún. Después de todo, el primer capítulo recoge la gran estima que Dios tenía por Job, y no hay nada en estos últimos que modifique este hecho. Además, ya hemos llamado la atención sobre 42:7, donde el Señor dice estar enfadado con los tres amigos (algo que nunca dice de Job), porque estos no hablaron de él de la forma apropiada (algo que Job, el siervo de Dios, sí hizo). El terrible desafío del Todopoderoso a Job en estos cuatro capítulos debe colocarse en el marco más amplio del libro, si queremos captar su sentido en su totalidad.

Job ha dicho repetidas veces que desea cuestionar a Dios. Ahora es el Señor quien lo hará (38:3). No obstante, la naturaleza del bombardeo de preguntas retóricas que Dios lanza en estos capítulos no es precisamente la de las que Job quiere plantear. Él quiere hablar de sus propios sufrimientos, de la justicia de los mismos, del papel de Dios aprobándolos. Quiere hacerlo sobre todo porque desea mantener su reputación de integridad y justicia. Sin embargo, las preguntas del Señor se centran en una escena mayor. En otras palabras, le está diciendo: “Job, ¿estabas tú presente al principio de la creación? ¿Posees un conocimiento profundo del mundo entero, no digamos ya de los cielos? ¿Controlas el curso de las constelaciones, como las Pléyades u Orión? ¿Fuiste tú quien creó la mente humana, de forma que puedes explicar cómo funciona? ¿Ejerce tu palabra el tipo de influencia providencial que da de comer a los cuervos hambrientos o a la leona que sale a cazar?”.

Por una parte, por supuesto, esta contestación no responde a todas las preguntas que Job estaba haciendo. Por otra, sí lo hace. Advierte a Job de que su capacidad de entender es más limitada de lo que cree. Nos prepara para la conclusión de que Dios quiere algo más de nosotros que un simple entendimiento.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 68–69). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 19 | Lucas 22 | Job 37 | 2 Corintios 7

8 MARZO

Éxodo 19 | Lucas 22 | Job 37 | 2 Corintios 7

Algunas personas presentan a Pablo como un frío intelectual. ¿Por qué se relacionan estas dos palabras? No estoy seguro, pero ciertamente no encajan con el apóstol. Es obvio que Dios dotó a Pablo de una mente privilegiada, pero también era un hombre que hacía gala de una intensidad apasionada.

En 2 Corintios 7, Pablo declara que su gozo se desborda (7:4) a consecuencia de algunas noticias relativas a los corintios recibidas cuando fue a Macedonia. En su primera visita allí, no había tenido descanso, sino que fue “acosado por todas partes; conflictos por fuera, temores por dentro” (7:5). Sin embargo, sus miedos y dificultades se convirtieron en gozo cuando recibió las buenas noticias acerca de los corintios.

¿Qué provocó esta drástica transformación en la perspectiva del apóstol?

(1) Fuese cual fuese su mecanismo, Pablo reconoce que el motor de la transformación fue Dios, “que consuela a los abatidos” (7:6). En este caso, el Señor consoló al apóstol llevando a Tito a su lado, con algunas noticias de los corintios.

(2) Tito informó a Pablo de que los corintios habían recuperado su equilibrio, después de la reprensión del apóstol en su anterior visita y la dolorosa carta que este envió después. Ahora, anhelaban verle y expresaban “honda preocupación” por él (7:7). Tito trajo las noticias de que el dolor provocado por la misiva de Pablo se había vuelto “tristeza que proviene de Dios” porque había llevado al arrepentimiento (7:8–10); este dolor que genera arrepentimiento “que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte” (7:10). Esta reacción de los corintios llenó a Pablo de gozo y aliento.

Todo esto indica, por supuesto, que Pablo está involucrado íntimamente en la vida de las personas a las que ministra. Sus propias emociones oscilan en función de sus relaciones con ellas. No obstante, tenemos que destacar que el apóstol no cae en dos trampas muy comunes. (a) Evita el tipo de distancia profesional que proyectan algunos ministros como escudo protector. (b) Aunque sus propios gozos y penas están claramente vinculados a lo que los cristianos corintios piensan de él, este vínculo no es principalmente personal. Cuando se da este caso, el ministro pierde su voz profética, diciendo y haciendo sólo lo que cree que mantendrá el afecto de su rebaño. Pablo se siente obligado a reprender a los corintios, en persona y por carta; no elude esa responsabilidad. Así pues, está gozoso por haberlos recuperado para sí y porque vuelven a ser fieles al Evangelio, la raíz de su deleite ilimitado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 67). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 18 | Lucas 21 | Job 36 | 2 Corintios 6

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Éxodo 18 | Lucas 21 | Job 36 | 2 Corintios 6

Una de las visiones más conmovedoras del ministerio apostólico se encuentra en 2 Corintios 6:3–10. No es necesario conocer demasiado sus epístolas para percibir que Pablo no está dispuesto a comprometer el Evangelio. Está más que preparado para soportar las ofensas de la cruz y sobrellevar cualquier inconveniencia o sufrimiento personal con tal de transmitir el mensaje. Escribe: “Por nuestra parte, a nadie damos motivo alguno de tropiezo, para que no se desacredite nuestro servicio” (6:3). Preocupándose por mantener lo que él llama “nuestro servicio”, Pablo no sólo sostiene su reputación personal, sino su credibilidad como embajador de Jesucristo, como siervo de Dios: “Más bien, en todo y con mucha paciencia nos acreditamos como servidores de Dios” (6:4).

Esta última frase podría dar lugar a malinterpretaciones, tanto en la época de Pablo como en la actualidad. Actualmente, que un ministro del Evangelio “se acredite en todo” puede parecer un feo ejercicio de autobombo. Podemos dar rienda suelta a la imaginación y ver cómo el puesto de libros de la iglesia vende camisetas que dicen “me gusta mi pastor Juan”, o escuchar una gran fanfarria cada vez que sube al púlpito. El mundo de Corinto también podía malinterpretar las palabras de Pablo. Había maestros itinerantes que se elogiaban a sí mismos, de forma explícita e implícita, a fin de conseguir estudiantes, lo que mejor sabían hacer.

Sin embargo, los elogios de sí mismo por parte de Pablo dan repentinamente un giro que ni los múltiples maestros de Corinto ni sus equivalentes en la iglesia moderna occidental querrían seguir. El marco en que el apóstol lo hace no tiene nada que ver con el de los personajes mencionados, antiguos o modernos. Pablo y otros siervos de Dios se recomiendan “en sufrimientos, privaciones y angustias; en azotes, cárceles y tumultos; en trabajos pesados, desvelos y hambre” (6:4b–5). ¿Trabajos? Los antiguos maestros pensaban y enseñaban, no trabajaban duro con sus manos. ¿Tumultos? ¡Los apóstoles cristianos deben demostrar que son siervos de Dios con su comportamiento en los tumultos!

Pablo continúa: también deben recomendarse en “pureza, conocimiento, constancia y bondad; en el Espíritu Santo y en amor sincero; con palabras de verdad y con el poder de Dios; con armas de justicia, tanto ofensivas como defensivas” (6:6–7).

Después, se nos habla de la imagen que las personas deben tener de nosotros: los siervos de Dios deben recomendarse “por honra y por deshonra, por mala y por buena fama” (6:8). Sin duda, son auténticos, pero muchos los considerarán impostores. De hecho, Pablo termina su lista con una letanía de sorprendentes paradojas (6:9–10).

Liderazgo cristiano, ¿alguien se atreve?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 66). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 17 | Lucas 20 | Job 35 | 2 Corintios 5

6 MARZO

Éxodo 17 | Lucas 20 | Job 35 | 2 Corintios 5

Nada es tan bueno como podría serlo. Podemos disfrutar unos breves momentos de las cosas tal como nos las imaginamos, saboreando el néctar de la vida con cada latido de nuestro corazón, pero sabemos muy bien que no durará mucho. Mañana tenemos que volver al trabajo. Puede que este nos guste, pero tiene sus presiones. Nuestro matrimonio puede ser casi idílico, pero cuando nuestro estado de ánimo es negativo, resulta sorprendente la cantidad de cosas que no podemos o queremos compartir con nuestra pareja. El cálido viento del oeste que acaricia nuestro pelo se convierte en un tornado que destruye el hogar. Uno de los progenitores sucumbe ante el Alzheimer, un hijo muere. Existen muchas cosas para disfrutar a nuestro alrededor, pero justo cuando nos disponemos a hincar el diente a un buen filete de ternera, recordamos a los millones de personas que mueren de hambre. No podemos escapar de la cruda realidad: por muy maravillosas que sean nuestras experiencias en este mundo caído, otros sufrirán vivencias más destructivas, y no sentiremos que lo que estamos viviendo sea absolutamente ideal.

Este desasosiego aparece para nuestro bien. Es un rasgo de nuestro carácter, de nuestra naturaleza de criaturas creadas a imagen de Dios. Fuimos hechos para morar en la eternidad; sabemos que pertenecemos a algo mejor que un mundo repleto de pecado (aunque en ocasiones hermoso).

Pablo entiende perfectamente este concepto (2 Corintios 5:1–5). Anuncia el tiempo en que “esta tienda de campaña” (nuestro cuerpo presente) será destruida y recibirá “una casa eterna en el cielo, no construida por manos humanas” (5:1), nuestro cuerpo de la resurrección. “Mientras tanto, suspiramos, anhelando ser revestidos de nuestra morada celestial” (5:2). No es que deseemos “despojarnos de los avatares de la vida” y existir en una inmortalidad desnuda: esta no es nuestra esperanza definitiva, porque “no deseamos ser desvestidos sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida” (5:4).

Después, Pablo añade: “Es Dios quien nos ha hecho para este fin y nos ha dado su Espíritu como garantía de sus promesas” (5:5). Dios nos hizo con este propósito, la vida de resurrección, garantizada para nosotros por la muerte de su Hijo. Además, anticipándose a esta gloriosa consumación de la vida, Dios ya nos ha dado al Espíritu en depósito, una especie de entrega a cuenta sobre la herencia definitiva.

No es de extrañar, pues, que nos quejemos y que nuestra alma se angustie en esta morada temporal que se encuentra bajo sentencia de muerte.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 65). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 16 | Lucas 19 | Job 34 | 2 Corintios 4

5 MARZO

Éxodo 16 | Lucas 19 | Job 34 | 2 Corintios 4

A primera vista, parece que Eliú está repitiendo los argumentos de los tres “consoladores” en Job 34. Resume el razonamiento de Job (34:5–9): Job dice que es inocente, que no ha hecho nada y que Dios le niega la justicia. La consecuencia lógica es que no hay ventaja, no hay “provecho” en tratar de agradar a Dios (34:9). En este punto, Eliú se pone del lado de los tres interlocutores de Job. Declara: “¡Es inconcebible que Dios haga lo malo, que el Todopoderoso cometa injusticias!” (34:10); y de nuevo: “¡Ni pensar que Dios cometa injusticias! ¡El Todopoderoso no pervierte el derecho!” (34:12).

Los siguientes versículos acumulan argumentos en la misma línea y por un momento parece que Eliú caerá en las mismas trampas de mérito teológico reduccionista que capturaron a aquellos a los que él está reprendiendo. Sin embargo, añade después un elemento que pone una vez más a su discurso en un marco ligeramente diferente al de estos. Eliú deja sitio al misterio. Mientras insiste en que Dios es totalmente justo, no llega a la conclusión, como hacen los tres “consoladores”, de que eso significa que cada caso de sufrimiento es consecuencia directa del justo castigo de Dios. Eliú pregunta: “¿Pero quién puede condenarlo si él decide guardar silencio? ¿Quién puede verlo si oculta su rostro?” (34:29). Mientras Job coquetea con la idea de que el silencio de Dios deja entrever que este no es justo, Eliú da por hecho que sí lo es, aunque no llega a las mismas conclusiones que los tres amigos miserables. Eliú deja sitio al misterio, a un silencio divino que, sin embargo, es justo.

Algunas partes del discurso de Eliú son difíciles de aceptar. No obstante, en el marco del libro de Job, dos factores destacan en él. En primer lugar, cuando Dios responde finalmente, corrigiendo a Job (como veremos) y reprendiendo con dureza a los tres “miserables consoladores “porque “a diferencia de mi siervo Job, lo que vosotros habéis dicho de mí no es verdad” (42:7), pero sin acusar de nada a Eliú. Este hecho puede reflejar que sólo es un actor secundario, pero también que su postura es correcta, aunque el tono de la misma es algo farisaico. En segundo lugar, en sus insinuaciones de que pueden existir misteriosas realidades y razones secretas a las que no tenemos acceso. En ellas, Eliú anticipa algunos de los propios argumentos que Dios emplea cuando habla desde el torbellino en los últimos capítulos del libro (caps. 38–41).

La revelación bíblica nos proporciona muchos medios para comprender, algunos de los cuales requieren toda una vida de aprendizaje. Sin embargo, también nos recuerda que Dios no lo ha revelado todo (Deuteronomio 29:29). En algunos momentos, él exige nuestra confianza y obediencia, no solo nuestra valoración y comprensión.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 64). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 15 | Lucas 18 | Job 33 | 2 Corintios 3

4 MARZO

Éxodo 15 | Lucas 18 | Job 33 | 2 Corintios 3

Uno de los diálogos entre Job y los “miserables consoladores “hace un alto en el camino, un nuevo personaje aparece en escena. El discurso de Eliú ocupa los capítulos 32–37. Es un hombre joven que no ha hablado hasta ahora porque el protocolo de la época exigía que los más mayores hablasen primero. Eliú aparece como un individuo bastante presuntuoso que ha estado conteniéndose de hablar hasta este momento. Sin embargo, las palabras manan ahora de su boca como un torrente (como él mismo reconoce, 32:18–21) y promete que no adulará a nadie (32:22).

El contenido del discurso de Eliú toma forma primero en Job 33. Dejando de lado su pomposidad ligeramente defensiva, Eliú tiene algunas cosas importantes que decir. Opina de forma parecida a los demás en algunos aspectos, pero se aparta totalmente de sus errores más indignantes, de forma que la configuración total de su exposición es bastante diferente.

En este capítulo, se dirige a Job; después, lo hará a los “consoladores”. Explica dos conceptos fundamentales al primero.

En primer lugar, Eliú afirma que, aunque Job ha reconocido la grandeza de Dios (de hecho, ha insistido en ella), se ha equivocado recalcando su propia justicia, hasta el punto de que ha provocado que Dios quede como una especie de ogro.

“Pero déjame decirte que estás equivocado” (33:12). Sabiamente, Eliú para aquí. No sigue diciendo, como hicieron los tres “consoladores”, que Job debía admitir totalmente su culpabilidad. Para Eliú, el único pecado de Job es cargar a Dios con la culpa.

En segundo lugar, Eliú dice que Dios no es tan distante ni inaccesible como Job hace que lo sea (33:14 y siguientes). El Señor puede aparecerse a una persona en un extraño sueño que le advierta de abandonar un mal camino (33:15–18) o, más concretamente, hablar realmente en el lenguaje del dolor, impidiendo la arrogancia y la independencia (33:19–28). Puede hacer estas cosas más de una vez a alguien, salvando así su alma del sepulcro (33:29–30). Eliú hace preguntas relativas al sufrimiento por el que no han pasado Job o sus antagonistas. No está diciendo que el primero merezca todo lo que le está ocurriendo; de hecho, insiste en que quiere darle la razón (33:32).

Además de la importancia del asunto en sí, que el sufrimiento puede tener como propósito algo más que infligir un castigo merecido, todo este debate nos recuerda una importante lección pastoral. Por supuesto, no siempre es invariablemente así, pero, cuando dos enemigos se enfrentan y ninguno de ellos cede un milímetro, no han reflexionado adecuadamente acerca de todos los parámetros del tema.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 63). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 14 | Lucas 17 | Job 32 | 2 Corintios 2

3 MARZO

Éxodo 14 | Lucas 17 | Job 32 | 2 Corintios 2

A pesar de sus intenciones, Pablo no visitó a los corintios como había esperado hacerlo. Pudo haber pasado por Corinto cuando iba hacia Macedonia; tampoco lo hizo, como había planeado, al marcharse de allí (2 Corintios 1:16; véase la meditación del 1 de marzo). Aparentemente, algunos cristianos de Corinto le echaron esto en cara, acusándole de ser voluble. Pablo contesta que no es la clase de persona que dice sí cuando es no, y viceversa (1:17). La razón por la que no fue a Corinto, como quería, fue evitarles un tiempo difícil (1:23). ¿Por qué?

La respuesta a esta pregunta se encuentra al principio de 2 Corintios 2, que presenta una perspectiva elocuente de la relación entre el apóstol y una de las iglesias más importantes que fundó. La razón por la que Pablo no pasa finalmente por Corinto como tenía pensado es que estaba convencido de que sería “otra visita que os causará tristeza” (2:1). Una visita anterior, posiblemente de camino a Macedonia, fue desastrosa. Antes o después de la misma (la secuencia no está muy clara), Pablo también envió una carta, escribiendo “con gran tristeza y angustia de corazón, y con muchas lágrimas” (2:4). El propósito de la misma no era afligirles, sino asegurarles que su amor por ellos era muy profundo (2:4). Aparentemente, el contenido de la misiva era una fuerte exhortación a que impusiesen sanciones a un miembro de la iglesia que estaba pecando gravemente.

Algunos sostienen que esta triste carta es 1 Corintios, y que la persona a la que Pablo quiere disciplinar es el hombre que se acuesta con su madrastra (1 Corintios 5). Seguramente, es una posible interpretación. Sin embargo, en su conjunto, 1 Corintios no suena como la carta que Pablo describe brevemente en 2 Corintios 2:4. Es más probable que esté refiriéndose a otra misiva de la que no tenemos más información, donde se insiste en la necesidad de que la iglesia de Corinto entre en acción. Al menos algunos miembros de la misma le han hecho pasar mal al apóstol en relación a este asunto. Ahora, sin embargo, prevalece el sentido común, junto a la sumisión al apóstol (2:9). La iglesia ha castigado al pecador recalcitrante, que se ha arrepentido debidamente, y Pablo insta a los creyentes a terminar con las sanciones y perdonarlo (2:5–10). Un juicio demasiado severo puede tentar a la iglesia a sobrepasar los límites, cayendo así en otra de las muchas artimañas de Satanás para engañar al creyente y destruirlo.

Es enormemente alentador reconocer la vibrante vitalidad de las primeras relaciones cristianas en estas interacciones. La rígida conservación del estado de las cosas puede no ser una señal de vida; puede serlo incluso de muerte. Donde haya muchos nuevos convertidos, habrá problemas, y vida.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 62). Barcelona: Publicaciones Andamio.