«Así dejaron reparada a Jerusalén hasta el muro ancho»

20 de agosto

«Así dejaron reparada a Jerusalén hasta el muro ancho».

Nehemías 3:8

Las ciudades bien fortificadas tenían anchos muros; también los tenía Jerusalén en sus tiempos de gloria. La Nueva Jerusalén debe, en la misma forma, estar rodeada y protegida por un grueso muro de disidencia con el mundo y de separación de sus costumbres y su espíritu. La tendencia de estos días es a romper esa santa barrera y hacer que la distinción entre la Iglesia y el mundo sea meramente nominal. Los creyentes no son ya más estrictos y puritanos: todos los días se lee una literatura de dudosa moralidad. Por lo regular, se toleran frívolos pasatiempos y un relajamiento general amenaza con despojar al pueblo del Señor de aquellas peculiaridades que lo distinguen de los pecadores. Será un mal día para el mundo cuando la amalgama propuesta se consume. Entonces se anunciará otro diluvio de ira. Querido lector, que el propósito de tu corazón sea mantener el «muro ancho», tanto en las intenciones como en las palabras, tanto en el vestir como en la conducta, recordando que la amistad de este mundo es enemistad contra Dios.

El muro ancho proporcionaba un lugar de reunión para los habitantes de Jerusalén, desde el cual podían disfrutar de la perspectiva que ofrecían los países circunvecinos. Esto nos recuerda los muy amplios mandamientos del Señor, en los cuales andamos libremente en comunión con Jesús, mirando los paisajes de la tierra, pero también contemplando las glorias del Cielo. Separados del mundo y «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos», no estamos, sin embargo, en una prisión, ni restringidos dentro de unos límites estrechos; no, andamos más bien en libertad, porque guardamos sus preceptos. Ven, lector, anda esta noche con Dios en sus estatutos: como sobre los muros de la ciudad se juntaban los amigos, así encuéntrate tú con él en el camino de la oración y la meditación santa. Tienes el derecho de recorrer los baluartes de la salvación, pues eres un liberto de la ciudad real, un ciudadano de la metrópoli del universo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 243). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Sácame de la red que han escondido para mí, pues tú eres mi refugio».

19 de agosto

«Sácame de la red que han escondido para mí, pues tú eres mi refugio».

Salmo 31:4

Nuestros enemigos espirituales son la generación de la serpiente y buscan engañarnos con astucia. La oración de este versículo supone la posibilidad de que al creyente lo cacen como un pájaro. Tan astutamente el cazador hace su obra que los simples caen pronto en la red. En el texto se suplica que aun de las redes de Satanás sea librado el cautivo; es esta una petición conveniente que se puede conceder. De entre las fauces del león y de las entrañas del Infierno puede el amor eterno rescatar al santo. Quizá se necesite un fuerte tirón para salvar de la red de la tentación a un alma y un violento zarandeo para desenredar a una persona de las trampas de algún malicioso ardid; pero el Señor es el mismo para todas las necesidades y, por tanto, las redes del cazador más habilidoso jamás podrán atrapar a sus elegidos. ¡Ay de aquellos que son hábiles en poner trampas! Los que tientan a otros se destruirán a sí mismos.

«Pues tú eres mi refugio». ¡Qué indecible dulzura hallamos en estas breves palabras! ¡Con cuánto gozo podemos combatir las redes y cuán alegremente soportar los sufrimientos cuando nos asimos del refugio celestial! El poder divino hará pedazos todas las redes de nuestros enemigos, confundirá su astucia y frustrará sus maliciosas estratagemas. El que tiene de su parte tan incomparable poder es feliz. Nuestras propias fuerzas serán de poco valor cuando estemos desconcertados en las redes de la vil artimaña, pero el refugio del Señor siempre estará disponible; solo tenemos que invocarlo y lo hallaremos cerca. Si por la fe estamos dependiendo únicamente del refugio del poderoso Dios de Israel, podemos utilizar nuestra santa confianza como argumento en la súplica.

Mi mano ten, Señor, tan flaco y débil,

sin ti no puedo riesgos afrontar;

tenla, Señor, mi vida el gozo llene,

Al verme libre así de todo azar.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 242). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó».

18 de agosto

«Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó».

Marcos 15:23

Una verdad de oro está implícita en el hecho de que el Salvador apartara de sus labios el vino mezclado con mirra. El Hijo de Dios estuvo en las alturas desde el principio y, al mirar desde allí a nuestro mundo, midió como Salvador su profundo descenso a las honduras de la desdicha humana. Calculó la suma total de todas las angustias que la expiación requería, no descontando nada; y solemnemente llegó a la conclusión de que para ofrecer un sacrificio expiatorio suficiente, debía recorrer todo el camino desde lo más alto hasta lo más bajo: desde el Trono de la augusta gloria hasta la cruz de profundo dolor. Aquella copa de mirra, con su efecto soporífero, le habría detenido a corta distancia del límite extremo de su sufrimiento; por eso la rehusó. Él no quería dejar de sufrir nada de todo aquello que se había propuesto sufrir por los suyos. ¡Ah, cuántos de nosotros hemos ansiado vehementemente un alivio de nuestros dolores, alivio que nos hubiese resultado perjudicial! Lector, ¿nunca has rogado con impaciente y porfiada avidez que Dios te librara de la dura servidumbre o del sufrimiento? La Providencia te quitó de golpe el deseo de tus ojos (cf. Ez. 24:16). Di, cristiano ¿qué hubiera pasado si se te hubiese dicho: «Si así lo quieres, ese ser amado vivirá; pero Dios no será glorificado con ello»? ¿Habrías en ese caso rechazado la tentación y dicho: «Sea hecha tu voluntad?». ¡Ah!, es agradable poder decir: «Señor mío, aun cuando por otras razones no desee sufrir, sin embargo, si con el sufrimiento y con la pérdida de aquello que me es querido puedo glorificarte más, entonces que así se haga. Rehúso el consuelo si este obstruye el camino a tu glorificación». ¡Ojalá podamos andar más en las pisadas de nuestro Señor, soportando alegremente las pruebas por su causa, desechando pronto y voluntariamente el pensar en nosotros mismos y en el consuelo, cuando este no nos permita terminar la obra que él nos ha encargado hacer. Mucha gracia necesitamos para ello; pero también se nos proporciona mucha gracia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 241). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Esta enfermedad no es para muerte».

17 de agosto

«Esta enfermedad no es para muerte».

Juan 11:4

De las palabras de nuestro Señor aprendemos que hay un límite para la enfermedad. Aquí tenemos un «para» dentro del cual se inscribe el último término de la misma y más allá la enfermedad no puede llegar. Lázaro pudo traspasar la muerte, pero la muerte no tenía que ser el ultimátum de su enfermedad. En toda enfermedad, el Señor dice a las olas de dolor: «Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante» (Job 38:11). Su propósito permanente no es la destrucción sino la instrucción de los suyos. La sabiduría cuelga el termómetro a la puerta del horno y regula el calor.

1. El límite es alentadoramente amplio. El Dios de la providencia ha limitado el tiempo, el modo, la intensidad, la repetición y los efectos de todas nuestras enfermedades. Todo latido ha sido decretado por él; toda hora de insomnio, predestinada; toda recaída, ordenada; toda depresión de ánimo, prevista; y todo resultado santificador, designado desde la eternidad. Nada grande o pequeño escapa a la mano organizadora de Aquel que cuenta los cabellos de nuestras cabezas.

2. Este límite está sabiamente ajustado a nuestras fuerzas, al fin designado y a la gracia distribuida. La aflicción no viene por accidente; la intensidad de cada golpe de la vara está cuidadosamente medida. El que no cometió errores al diferenciar las nubes y medir los cielos, tampoco se equivocará midiendo los ingredientes que componen la medicina de las almas. No podemos sufrir más de la medida ni recibir demasiado tarde el alivio.

3. El límite está cariñosamente fijado. El bisturí del Médico celestial nunca corta más profundamente de lo que es absolutamente necesario: «No aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres» (Lm. 3:33). El corazón de una madre clama: «Conservadme a mi hijo». No obstante, ninguna madre es más compasiva que nuestro bondadoso Dios. Cuando consideramos lo duros de boca que somos, nos admira que no se nos guíe con un freno más áspero. Este pensamiento está cargado de consuelo: el que ha fijado los límites de nuestra habitación, ha establecido también los linderos de nuestra tribulación.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 240). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu…».

16 de agosto

«Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu…».

Romanos 8:23

Aquí se declara una posesión actual. En este preciso momento nosotros tenemos las primicias del Espíritu: arrepentimiento, una piedra preciosa de primera agua; fe, una perla inapreciable; esperanza, una esmeralda celestial; amor, un glorioso rubí… Ya hemos sido hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús por la obra eficaz del Espíritu Santo. Se llama a esto primicias porque viene primero. Como la gavilla mecida era la primera de la cosecha, así la vida espiritual y todas las virtudes que adornan esa vida constituyen las primeras acciones del Espíritu de Dios en nuestras almas. Las primicias son la prenda de la cosecha. Tan pronto como los israelitas arrancaban el primer manojo de grano maduro, contemplaban con gozosa anticipación el tiempo cuando el carro había de chirriar bajo el peso de las gavillas. Así, hermanos, cuando Dios nos concede cosas que son puras, amables y de buen nombre como obra del Espíritu Santo, debemos considerarlas un presagio de la gloriosa Venida. Las primicias siempre han sido santas al Señor, y nuestra nueva naturaleza, con todas sus virtudes, es también sagrada. La nueva vida no nos pertenece; no debemos, pues, atribuir sus excelencias a nuestros méritos. Esa vida es creación e imagen de Cristo y está destinada para su gloria. Sin embargo, las primicias no eran la cosecha, y las obras del Espíritu en nosotros en este momento no son tampoco su consumación: la perfección está aún por venir. No debemos jactarnos de haberla alcanzado y, en consecuencia, considerar la gavilla mecida como todo el producto del año. Debemos tener hambre y sed de justicia y suspirar por el día de completa redención. Querido lector, abre bien tu boca esta noche, y Dios la llenará. Deja que la bendición que gozas en la actual posesión estimule en ti una santa codicia de más gracia. Gime dentro de ti por grados superiores de consagración, y el Señor te los concederá; pues él puede hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 239). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y os daré un corazón de carne».

15 de agosto

«Y os daré un corazón de carne».

Ezequiel 36:26

Un corazón de carne se conoce por su sensibilidad con respecto al pecado. El haber tolerado un pensamiento impuro, el haber permitido (siquiera por un momento) un mal deseo, es más que suficiente para hacer que el corazón de carne se apesadumbre delante del Señor. Para el corazón de piedra, una gran iniquidad es como una nonada; pero no acontece así con el corazón de carne.

Si me descarrío a diestra o a siniestra,

repréndeme, Señor;

quiero deplorar mi vida extraviada

que agravió tu amor.

El corazón de carne es sensible a la voluntad de Dios. Mi señor Voluntad Propia es un gran fanfarrón: resulta difícil sujetarlo a la voluntad de Dios, pero cuando se nos da un corazón de carne, la voluntad se mueve como un álamo cimbreante con cada soplo del Cielo, y se inclina como un sauce ante cualquier brisa del Espíritu de Dios. La voluntad natural es fría, dura como el hierro que no se puede forjar; pero la voluntad renovada, como el metal fundido, está pronta a dejarse moldear por la mano de la gracia. El corazón de carne se caracteriza por la sensibilidad de los sentimientos. El corazón duro no ama al Redentor, pero el renovado arde en amor por él. El corazón duro es egoísta y dice fríamente: «¿Por qué tengo que llorar por el pecado? ¿Por qué debo amar al Señor?». Pero el corazón de carne dice: «Señor, tú sabes que yo te amo; ayúdame a amarte más». Muchos son los privilegios de este corazón renovado: «Es en él donde el Espíritu habita; es en él donde Jesús descansa». Ese corazón está en condiciones de recibir toda bendición espiritual y toda bendición llega hasta él. Está preparado para producir toda clase de frutos celestiales para honra y alabanza de Dios; por eso el Señor se complace en él. Un corazón sensible es la mejor defensa contra el pecado y la mejor preparación para el Cielo. Un corazón renovado está en su atalaya aguardando la venida del Señor Jesús. ¿Tienes tú ese corazón de carne?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 238). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo».

14 de agosto

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo».

Éxodo 3:7

El niño se alegra mientras canta: «Esto lo sabe mi padre». ¿Y no nos consolaremos nosotros al saber que nuestro querido Amigo y tierno Esposo del alma conoce todo lo que nos pasa?

1. Él es el Médico y, si él lo sabe todo, no hay necesidad de que el paciente lo sepa. ¡Silencio, necio, agitado, curioso y desconfiado corazón! Lo que no conoces ahora lo conocerás después; mientras tanto Jesús, el Médico amado, sabe que tu alma está en la adversidad. ¿Por qué necesita el paciente analizar toda la medicina o estimar todos los síntomas? Eso es obra del médico, no mía; mi cometido es confiar y el suyo recetar. Si él escribe su receta con letras incomprensibles que yo no puedo leer, no me inquietaré por eso, sino confiaré en que su infalible pericia va a hacer que todo resulte claro en cuanto al resultado, aunque sea misterioso en lo referente a la obra.

2. Él es el Maestro, y su conocimiento debe sustituir al nuestro. Nosotros debemos obedecer, no juzgar: «El siervo no sabe lo que hace su Señor». ¿Explicará el arquitecto sus planes a todos los peones que están en la obra? ¿No es suficiente que él conozca su diseño? El vaso que está sobre el torno no sospecha según qué modelo se le conformará, pero si el alfarero entiende su arte, ¿qué importa la ignorancia del barro? Mi Señor no debe ser vejado más con preguntas de un ignorante como yo.

3. Él es la Cabeza. Todo entendimiento se concreta allí. ¿Qué discernimiento tiene el brazo? ¿Con qué comprensión cuenta el pie? Toda facultad para conocer está en la cabeza. ¿Por qué cada miembro ha de tener un cerebro para sí cuando la cabeza cumple esa función intelectual? En esto, pues, debe el creyente esperar consuelo en la enfermedad: no en que él pueda ver el fin, sino en que Jesús lo conoce todo. Bondadoso Señor, sé tú siempre para nosotros ojo, alma y cabeza, y permítenos estar satisfechos con conocer solamente aquello que tú escoges revelarnos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 237). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y me acordaré del pacto mío».-

13 de agosto

«Y me acordaré del pacto mío».

Génesis 9:15

Observa la forma de la promesa. Dios no dice: «Y cuando vosotros miréis el arco y recordéis mi pacto, entonces no destruiré la tierra», pues la promesa no depende de nuestra memoria, que es débil y frágil, sino de la memoria de Dios, que es infinita e inmutable. El versículo siguiente dice: «Estará el arco en las nubes, y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo». La base de mi seguridad no es mi recuerdo de Dios, sino el recuerdo que Dios tiene de mí; no es mi posesión de su pacto, sino la posesión que su pacto toma de mí. ¡Gloria a Dios!, todos los baluartes de la salvación están asegurados por el poder divino, y aun las fortalezas menores, que quizá creamos que han sido dejadas para el hombre, están también guardadas por el poder del Omnipotente. Ni siquiera el recuerdo del pacto se le confía a nuestra memoria, pues nosotros podemos olvidar, pero nuestro Señor no puede olvidar a los santos, a quienes tiene esculpidos en las palmas de sus manos. Acontece con nosotros lo que aconteció con Israel en Egipto. La sangre se puso en el dintel y en los dos postes, pero el Señor no dijo: «Cuando veas la sangre, yo pasaré de vosotros», sino: «Veré [yo] la sangre y pasaré de vosotros». El hecho de que yo mire a Jesús me trae gozo y paz, pero es la mirada de Dios a Jesús lo que asegura mi salvación y la de todos sus elegidos; ya que es imposible que nuestro Dios mire a Cristo, nuestro bendito Fiador, y después esté airado con nosotros por los pecados que él ya ha expiado. No; ni siquiera se nos confía la salvación por recordar nosotros el pacto. Aquí no hay lino y lana mezclados; ni una simple hebra de la criatura marca el tejido. No es de hombre ni por hombre, sino del Señor solo. Nosotros debemos recordar el pacto y lo recordaremos por medio de la gracia divina; pero el gozne de nuestra seguridad no está en eso, sino en el hecho de que Dios nos recuerda a nosotros y no en que nosotros lo recordemos a él. De ahí que el pacto sea un pacto eterno.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 236). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Se dejará ver entonces mi arco en las nubes

12 de agosto

 

«Se dejará ver entonces mi arco en las nubes».

Génesis 9:14

El arco iris, símbolo del pacto de Dios con Noé, es figura de nuestro Señor Jesús, el testigo de Dios a su pueblo. ¿Cuándo esperamos ver la señal del pacto? El arco iris solo se puede proyectar en una nube. Cuando la conciencia del pecador está oscurecida por nubes, cuando recuerda sus pecados pasados y llora delante de Dios, entonces Jesús se revela a él como el arco iris del pacto, mostrando todos los gloriosos colores del carácter divino y prometiéndole paz. En cuanto al creyente, cuando sus pruebas y tentaciones lo acosan, le es muy grato contemplar la persona de nuestro Señor Jesucristo: verlo sangrando, muriendo, resucitando e intercediendo por nosotros. El arco iris de Dios se muestra en la nube de nuestros pecados, de nuestras tristezas, de nuestros dolores para anunciar la redención. La nube sola no produce un arco iris; tiene que haber también gotas cristalinas para poder reflejar la luz del sol. Así, nuestras aflicciones no solo deben amenazarnos sino caer realmente sobre nosotros. Si la ira de Dios hubiera sido meramente una nube amenazadora, entonces no habríamos tenido a Cristo, pues el castigo debe caer en pavorosas gotas sobre el Fiador. Hasta que haya una angustia auténtica en la conciencia del pecador, no hay Cristo para él; hasta que el castigo que experimenta se haga penoso, no puede ver a Jesús. Sin embargo, debe también haber un sol, pues las nubes y las gotas de la lluvia no producen el arco iris si el sol no alumbra. Querido amigo, nuestro Dios, que para nosotros es como el sol, siempre alumbra, pero nosotros no siempre lo vemos. Las nubes nos ocultan su rostro. Pero no importa qué gotas estén cayendo o qué nubes nos estén amenazando; si él alumbra, habrá arco iris en el acto. Se dice que cuando vemos el arco iris, la lluvia termina. Lo cierto es que cuando Cristo se hace presente, quita nuestras aflicciones; cuando contemplamos a Jesús, nuestros pecados desaparecen y nuestras dudas y temores se disipan. Cuando Jesús anda sobre las aguas del mar, ¡cuán profunda es entonces la calma!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 235). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Consuelo eterno»

11 de agosto

«Consuelo eterno»

2 Tesalonicenses 2:16 (LBLA)

¡Consuelo! Hay música en esta palabra. Ella quita, como el arpa de David, el mal espíritu de la melanco lía. Para Bernabé fue un gran honor que se le llamara «hijo de consolación». Más aún: este es uno de los ilustres nombres de Aquel que es mayor que Bernabé; pues el Señor Jesús es la consolación de Israel. «Consuelo eterno». Aquí tenemos lo mejor de todo: el «nardo puro de mucho precio»; porque una eterni dad consoladora es la corona y la gloria del consuelo. ¡Vale la pena tener bienes cuando uno puede disfrutar de ellos perpetuamente! El hombre trabaja para ganar dinero y, después de afanarse mucho, llega a poseer un crecido capital. Ese dinero es para él un consuelo, pero no un «consuelo eterno»; pues puede malgas tar o perder todo su tesoro o acaso muera y se vea obligado a abandonarlo. En el mejor de los casos, el dinero no puede ser otra cosa que un consuelo pasajero. Uno trabaja hasta cansarse para adquirir conocimiento; lo adquiere, llega a ser un erudito y su nombre se hace famoso. Esto es para él un consuelo, como premio de toda su fatiga. Sin embargo, tampoco eso dura mucho: pues cuando tiene quebraderos de cabeza o angustia de corazón, sus títulos y diplomas no le pueden alentar. Y si su alma llega a ser presa del desaliento, tiene que hojear muchos volúmenes antes de poder hallar un bálsamo para su quebrantado corazón. Todos los consuelos terrenales son, en su esencia, fugaces y, en su existencia, efímeros. Esos consuelos resultan tan radiantes y pasa jeros como los colores de una pompa de jabón. No obstante, los consuelos que Dios da a su pueblo no se marchitan ni pierden su frescura. Al contrario, resisten todas las pruebas: el golpe de la aflicción, la llama de la persecución, el curso de los años; más aún, pueden resistir hasta la muerte misma.

¿Qué es el «consuelo eterno»? Incluye, en primer lugar, un sentimiento de perdón de pecados. El cristiano ha recibido en su corazón el testimonio del Espíritu Santo de que sus rebeliones han sido deshechas como una nube y sus pecados como niebla (Is. 44:22). ¿No es un consuelo eterno el tener los pecados perdonados? En segundo lugar, el Señor da a los suyos una permanente comprensión de que han sido aceptados en Cristo. El cristiano sabe que Dios lo mira como unido a Jesús. Ahora bien, es grato saber que Dios nos acepta. La unión con el Señor resucitado supone un consuelo de los más permanentes; es, en realidad, eterno. No importa que nos postre la enfermedad. ¿No hemos visto a centenares de creyentes tan felices en la debilidad de sus dolencias como en la fortaleza de una perfecta salud? No importa que las flechas de la muerte nos atraviesen el corazón; nuestro consuelo no muere. ¿Acaso no han oído frecuentemente nuestros oídos los cánticos de los santos mientras se regocijaban porque el vivo amor divino se derramaba en sus corazones en los momentos de su agonía? Sí, la comprensión de que habían sido aceptados en el Amado era un consuelo eterno. Además, el cristiano tiene una convicción de su seguridad. Dios ha prometido salvar a quienes confían en Cristo; y el cristiano confía en Cristo y cree que Dios cumplirá su palabra y lo salvará. Él sabe, por tanto, que por el hecho de estar ligado a la persona y la obra de Jesús, se halla seguro, ocurra lo que ocurra y cualesquiera sean los ataques de la corrupción interna o de la tentación externa. ¿No es esta una fuente de consuelo superabundante y placen tera? Los hombres más ricos y más sabios darían espontánea mente sus ojos por saber si son salvos, y reputarían como ganancias esas pérdidas. El entrar en la vida cojos o mancos sería para los hombres una ganga, si realmente entrasen. Nuestro con suelo eterno estriba en que tenemos esa vida y que no se nos puede privar de ella. Lector, ¿cómo es que te consumes y rehúsas ser consolado? ¿Honra eso a Dios? ¿Hará esa actitud que otros ansíen conocer a Jesús? ¡Toma aliento entonces! Cuando Jesús da consuelo eterno, es un pecado vivir murmurando.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 233–234). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.