«¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!»

19 Noviembre

«¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!».

Job 23:3

En los momentos más angustiosos de su vida, Job clamó buscando al Señor. El deseo angustioso de un afligido hijo de Dios es ver una vez el rostro de su Padre. Job no dijo en su primera oración: «¡Oh, si pudiese ser sanado de la enfermedad que en este momento ulcera todo mi cuerpo!». Ni tampoco dijo: «¡Oh, si me fuesen restituidos los hijos que se me tragó el sepulcro y me fuese devuelta la prosperidad que me arrebató la mano del despojador!». La primera y suprema oración de Job fue, más bien, la siguiente: «¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla». Cuando se acerca la tormenta, los hijos de Dios corren hacia el hogar: es el instinto celestial del alma bondadosa lo que la lleva a buscar refugio de todos los males bajo las alas del Señor. La frase «El que hizo de Dios su refugio» puede servirle de título a cualquier verdadero creyente. Un hipócrita, cuando al verse afligido por Dios, se ofende por el castigo y, a semejanza de un esclavo, escaparía del Señor que se lo inflige. Sin embargo, no acontece así con el verdadero heredero del Cielo: el besa la mano que lo ha herido y procura protegerse del castigo refugiándose en el pecho del Dios que se ha disgustado con él. El deseo de Job de conversar con Dios se intensificó con el fracaso de los otros medios de consuelo. El patriarca se aparta de sus malvados amigos y se dirige al Trono celestial, de la misma forma que un viajero se aparta de su odre vacío y va rápidamente hacia el manantial. Job se despidió de las esperanzas terrenales y clamó diciendo: «¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!». Nada nos enseña tanto el valor del Creador como conocer la variedad de cuanto nos rodea. Apartándonos con profundo desprecio de las colmenas de la tierra, donde no se halla miel sino una multitud de afilados aguijones, regocijémonos en Aquel cuya fiel palabra es más dulce que la miel que destila del panal. En todas las aflicciones debiéramos, en primer lugar, tratar de creer en la realidad de que la presencia de Dios está con nosotros. Regocijémonos simplemente en su sonrisa y, entonces, podremos llevar nuestra cruz diaria por su causa con un corazón dispuesto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 334). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Tú eres eternamente»

18 de noviembre

«Tú eres eternamente».

Salmo 93:2

Cristo es eterno; de él podemos cantar como David: «Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo». Regocíjate, creyente, en Jesucristo, que es «el mismo ayer, y hoy y por los siglos». Jesús siempre fue: el niño nacido en Belén era uno con el Verbo, el cual existía desde el principio y por quien fueron hechas todas las cosas. El título por el cual Cristo se reveló a Juan en Patmos fue: «El que es y que era y que ha de venir». Si él no fuera Dios desde la eternidad, no podríamos amarlo tan devotamente, ni comprobar si tuvo alguna parte en el amor eterno que es la fuente de todas las bendiciones del pacto. Pero, puesto que él era desde toda eternidad con el Padre, descubrimos que la fuente del amor divino debemos atribuírsela tanto a él —que es el Hijo— como al Padre y al Espíritu Santo. Y como nuestro Señor siempre fue, así también es para siempre: Jesús no está muerto. Él vive por siempre para interceder por nosotros. Acude a él en todo tiempo de necesidad, pues él está aguardando para bendecirte más aún. Además, Jesús, nuestro Señor, siempre será. Si el Señor preserva tu vida hasta los 70 años, hallarás que su purificadora fuente aún se halla abierta y que su preciosa sangre no ha perdido su virtud; descubrirás también que el Sacerdote que llenó con su sangre la fuente de la salvación, vive para limpiarte de toda iniquidad. Cuando solo te quede por pelear la última batalla, hallarás que la mano de tu glorioso Capitán no se ha debilitado y que el Salvador viviente alienta al santo que agoniza. Cuando entres en el Cielo, encontrarás allí a Jesús exhibiendo el rocío de su juventud; y, a lo largo de la eternidad, el Señor Jesús seguirá siendo la fuente perenne del gozo, de la vida y de la gloria de su pueblo. De esta fuente sagrada puedes sacar aguas vivas. Jesús siempre fue, siempre es y siempre será. Él es eterno en todos sus atributos, en todas sus funciones, en todo su poder; y está deseoso de bendecir, consolar, guardar y coronar a su pueblo elegido.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 333). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El que parte leña, en ello peligra»

17 de noviembre

 

«El que parte leña, en ello peligra».

Eclesiastés. 10:9

Los tiranos podían conseguir aquello que querían de los pobres y necesitados con la misma facilidad con que se corta la leña en el bosque; pero tenían que pensárselo bien, pues este es un asunto peligroso y, muchas veces, una astilla que salta de un árbol ha matado al leñador. Jesús se siente perseguido en cada santo al que se injuria, pero es poderoso para defender a sus amados. Debería temblarse ante el éxito obtenido en la vejación del pobre y del necesitado. Si los perseguidores no corriesen peligro aquí, lo correrían en mayor escala en el Más Allá.

Cortar leña es un trabajo común de todos los días; sin embargo, tiene sus peligros. Así también, querido lector, hay peligro en relación con tu llamamiento y con tu vida diaria, y sería conveniente que te dieras cuenta del mismo. No nos referimos a los peligros de la tierra y el mar, de la enfermedad y la muerte repentina, sino a los peligros de orden espiritual. Quizá tu ocupación sea tan humilde como el cortar leña; pero, sin embargo, el diablo puede tentarte en ella. Tal vez seas un sirviente, un jornalero del campo o un mecánico, y posiblemente no corras el riesgo de verte tentado por los vicios más groseros; sin embargo, algún pecado secreto puede perjudicarte. Los que están en casa y no se mezclan con el mundo malvado pueden, no obstante, hallarse en peligro por su mismo aislamiento. En ninguna parte está seguro el que piensa estarlo. El orgullo puede entrar en el corazón de un hombre pobre; la avaricia predominar en el pecho de un aldeano; la impureza introducirse en el hogar más tranquilo; y la ira, la envidia y la malicia insinuarse en las residencias más rústicas. Podemos pecar aun hablando unas pocas palabras a algún sirviente. Una simple compra en algún comercio es susceptible de convertirse en el primer eslabón de una cadena de tentaciones. El solo mirar a través de una ventana puede ser el principio de un mal. ¡Oh Señor, cuán expuestos estamos! ¿Cómo nos protegeremos? El cuidarnos a nosotros mismos es un trabajo demasiado difícil para nosotros; solo tú puedes preservarnos en un mundo lleno de peligros. Extiende tus alas sobre nosotros,

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 332). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Tus ojos verán al Rey en su hermosura»

16 de noviembre

«Tus ojos verán al Rey en su hermosura».

Isaías 33:17

Cuanto más sepas acerca de Cristo, menos satisfecho estarás con opiniones superficiales en cuanto a él; y cuanto más profundamente estudies las cláusulas del pacto eterno, los compromisos de Cristo a favor tuyo como eterno Fiador y la plenitud de su gracia que brilla en todas sus funciones, más realmente verás al Rey en su hermosura. Ocúpate mucho en estas cosas. Ansía más y más el ver a Jesús. La meditación y la contemplación son a menudo semejantes a las ventanas de ágata y a las puertas de carbunclo a través de las cuales contemplamos al Redentor. La meditación nos pone el telescopio en el ojo y nos capacita para ver a Jesús mejor que si lo hubiéramos visto en los días de su carne. ¡Ojalá pensemos más en el Cielo y tengamos una relación más estrecha con la persona, la obra y la hermosura de nuestro Señor encarnado! Si meditásemos más, la hermosura del Rey resplandecería sobre nosotros con mayor fulgor. Querido amigo, es muy probable que cuando estemos a punto de morir tengamos la más clara visión de nuestro Rey glorioso. Muchos santos, hallándose en agonía, miraron desde las borrascosas aguas y vieron a Jesús andando sobre las olas del mar y diciendo: «Yo soy; no temáis». ¡Ah sí, cuando nuestra morada empiece a sacudirse y se le caiga el revoque, entonces veremos a Cristo a través de las grietas, y la luz del Cielo entrará ondeando por el techo! No obstante, si queremos ver cara a cara al «Rey en su hermosura», para ello tenemos que ir al Cielo, o el Rey ha de venir a nosotros en persona. ¡Ah si viniese ahora sobre las alas del viento! Él es nuestro Esposo y nosotros, en su ausencia, somos como viudas; él es nuestro Hermano querido y hermoso, sin él estamos solos. Espesos velos y oscuras nubes penden separando nuestras almas de sus verdaderas vidas. ¿Cuándo apuntará el día y huirán la sombras? (cf. Cnt. 2:17). ¡Oh día largamente esperado, empieza ya!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 331). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Confirma, oh Dios, lo que has hecho para nosotros»

15 de noviembre

«Confirma, oh Dios, lo que has hecho para nosotros».

Salmo 68:28

Aparte de una señal de sabiduría, el suplicar a Dios continuamente que confirme lo que ha hecho en nosotros es también nuestro deber. Por haber descuidado esto, muchos cristianos llegan a sentirse culpables de las pruebas y la aflicción de espíritu que se originan en la infidelidad. Es cierto que Satanás procura anegar el hermoso huerto del corazón y transformarlo en un lugar desolado; pero también lo es que muchos cristianos dejan abiertas las compuertas y permiten que penetre la espantosa riada mediante el descuido y la falta de oración a su poderoso Ayudador. Nos olvidamos, a menudo, de que el Autor de nuestra fe debe ser también su Preservador. La lámpara que ardía en el Templo nunca debía apagarse: cada día tenía que llenarse con nuevo aceite. Así, también, nuestra fe solo puede vivir cuando se alimenta del aceite de la gracia, el cual únicamente podemos obtener de Dios. Si no adquirimos el aceite necesario para nuestras lámparas, demostraremos ser unas vírgenes insensatas. Aquel que hizo el mundo, también lo sustenta; de lo contrario, este se derrumbaría con tremendo estrépito. El que nos hizo cristianos tiene que sustentarnos con su Espíritu; de no ser así, nuestra ruina será rápida y definitiva. Acerquémonos, pues, noche tras noche, a nuestro Señor, para obtener la gracia y la fortaleza que necesitamos. El sólido argumento de nuestra petición es que aquello que le pedimos que confirme es su obra de gracia; es decir, como lo expresa el texto «Lo que has hecho para nosotros». ¿Crees que el Señor dejará de proteger o sustentar esa obra de gracia? Si tan solo tu fe se enciende con el poder del Señor, todas las fuerzas de las tinieblas, guiadas por el diablo —señor del Infierno— no podrán arrojar siquiera una nube o una sombra sobre tu gozo y tu paz. ¿Por qué sufres derrotas cuando puedes ser un vencedor? ¡Oh, toma tu vacilante fe y tus lánguidas virtudes y llévalas a Aquel que puede hacerlas revivir!, y dile con fervor: «Confirma, oh Dios, lo que has hecho para nosotros».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 330). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y Labán respondió: No se hace así en nuestro lugar, que se dé la menor antes que la mayor»

14 de noviembre

«Y Labán respondió: No se hace así en nuestro lugar, que se dé la menor antes que la mayor».

Génesis 29:26

No excusamos a Labán por su engaño; pero tampoco tenemos escrúpulo alguno en sacar una lección de la costumbre que él mencionó para excusar lo que hizo. Hay ciertas cosas que se tienen que admitir por orden; y, si queremos lograr la segunda, tenemos antes que asegurarnos la primera. La segunda puede ser a nuestros ojos la más hermosa, pero las leyes de nuestra patria celestial han de cumplirse y la mayor debe casarse primero. Por ejemplo: muchos hombres desean a la bella y muy favorecida Raquel del gozo y de la paz, que se logra creyendo; pero tienen primero que desposarse con la Lea de los ojos delicados del arrepentimiento. Todos están enamorados de la felicidad —muchos quisieran servir alegremente dos veces siete años para poseerla—, pero según las leyes del Reino del Señor, nuestra alma debe amar a la Lea de la santidad regia antes de poder alcanzar la Raquel de la verdadera felicidad. El Cielo no viene primero, sino después; y solo por perseverar hasta el final podremos llegar allá. Tenemos que llevar la cruz antes de ceñirnos la corona. Hemos de seguir al Señor en su humillación, de lo contrario nunca descansaremos con él en la gloria.

Alma mía, ¿qué dices tú? ¿Eres tan presuntuosa como para quebrantar las disposiciones celestiales? ¿Aguardas recompensa sin trabajar o gloria sin sacrificarte? Desecha esa vana esperanza y acepta con gozo las cosas desagradables por el dulce amor de Jesús, quien te recompensará por todo ello. En ese espíritu, trabajando y sufriendo, verás que lo amargo se convierte en dulce y lo difícil se hace fácil. Como Jacob, tus años de servicio te parecerán pocos días por el amor a Jesús; y cuando la ansiada hora de las bodas llegue, todas tus fatigas desaparecerán. Entonces, una hora con Jesús, te compensará por todos aquellos años de dolor y de trabajo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 329). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«La necesidad de orar siempre»

13 de noviembre

«La necesidad de orar siempre»

Lucas 18:1

Si los hombres deberían orar siempre y no desmayar, mucho más deben hacerlo los hombres cristianos. Jesús envió a su Iglesia al mundo con el mismo mensaje que él trajo del Cielo, y la misión que se le ha confiado a ella incluye la intercesión. ¿Qué te parecería si yo dijera que la Iglesia es el sacerdote del mundo? La creación es muda, pero la Iglesia debe proporcionarle una boca. Orar con aceptación constituye el alto privilegio de la Iglesia. Las puertas de la gracia están siempre abiertas a sus peticiones, las cuales nunca vuelven con las manos vacías. El velo se rasgó a causa de ella (de la Iglesia); la sangre se esparció por ella; y Dios constantemente la invita a que le pida aquello que desea. ¿Rehusará la Iglesia el privilegio que tal vez los ángeles le envidiarían? ¿No es ella la esposa de Cristo? ¿No tiene derecho a entrar en la presencia de su Rey a cada instante? ¿Desatenderá esos privilegios? La Iglesia siempre tiene necesidad de orar: siempre hay alguno en medio de ella que está enfriándose o cayendo en pecados manifiestos. Hay corderos por los cuales se debe orar para que Cristo los lleve en su seno. Hay que orar por los fuertes para que no se vuelvan presuntuosos, y también por los débiles para que no se desalienten. Si celebráramos todos los días del año una reunión de oración que durara las veinticuatro horas del día, en ningún momento quedaríamos sin asuntos por los cuales orar. ¿No estamos siempre rodeados de enfermos y de pobres, de afligidos y de vacilantes? ¿No nos rodean quienes ansían la conversión de sus familiares, la restauración de aquellos que se han vuelto al mundo y la salvación de los depravados? También debemos orar por las reuniones que se celebran constantemente, por los pastores que están siempre predicando y por los millones de pecadores muertos en sus delitos y pecados. ¿Cómo se excusará la Iglesia por haber olvidado la comisión que le confió su amante Señor, en un país sobre el cual están descendiendo las tinieblas del romanismo y en un mundo lleno de ídolos, de crueldad y de hechos diabólicos? Que la Iglesia sea constante en sus súplicas; que cada creyente eche en el arca de las ofrendas sus dos blancas de oración (cf. Mr. 12:42).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 328). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios»

12 de noviembre

«En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios».

Lucas 6:12

Si hubiese habido alguna vez alguien capaz de vivir sin orar, ese habría sido nuestro inmaculado y perfecto Señor; sin embargo, nadie oró tanto como él. Amaba de tal manera a su Padre que se complacía mucho estando en comunión con él; y tanto amaba a los suyos que quería pasar mucho tiempo intercediendo por ellos. Esta gran inclinación a orar de parte de Jesús debe ser para nosotros una lección: él nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas. El momento que él eligió para orar fue el apropiado: la hora del silencio, cuando las multitudes ya no le molestaban; el tiempo de la inacción, cuando todos (excepto él) habían dejado de trabajar; el momento en que el sueño había hecho olvidar a los hombres sus dolores y suspender sus peticiones de socorro. Mientras otros hallaban descanso en el sueño, él cobraba aliento en la oración. También el lugar estuvo bien elegido: Jesús se hallaba solo allí donde ninguno podía entremeterse, donde nadie podía curiosear. De esa forma estaba a salvo de la ostentación farisaica y de las ordinarias interrupciones. Aquellos oscuros y silenciosos collados constituían un oratorio apropiado para el Hijo de Dios: el Cielo y la tierra escuchaban, en medio de la silenciosa noche, los gemidos y suspiros de aquel misterioso Ser en quien ambos mundos se unían. Cabe destacar la duración de sus oraciones: las vigilias prolongadas no eran demasiado largas para él; el viento frío no entibiaba sus devociones; las espantosas tinieblas no oscurecían su fe; ni la soledad reprimía su importunidad. Nosotros no podemos velar con él siquiera una hora, pero él vela a nuestro favor toda la noche. También resulta destacable la ocasión en que Jesús elevó esta oración. Fue después de que sus enemigos «se llenar[a]n de furor» (v. 11). La oración constituyó, en este caso, su refugio y solaz. Se produjo, asimismo, antes de que Jesús enviara a los doce Apóstoles: fue, por tanto, la puerta para su empresa, el heraldo de su nueva obra. ¿No deseamos nosotros aprender de Jesús a recurrir a oraciones especiales cuando estemos pasando por alguna prueba particular o proyectando nuevos esfuerzos para la gloria del Maestro? ¡Señor Jesús, enséñanos a orar!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 327). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Él nos elegirá nuestras heredades»

11 de noviembre

«Él nos elegirá nuestras heredades».

Salmo 47:4

Creyente, si tu heredad es modesta confórmate con ella, pues lo que te ha tocado en suerte es lo más conveniente para ti. La sabiduría infalible que ordenó tu suerte, te eligió la mejor y más segura posición. Supón que hay que hacer subir río arriba una nave de gran tonelaje; ahora bien, en una parte de ese río hay un banco de arena. Alguno podría preguntar: «¿Por qué el capitán navega por el lado profundo del canal y se desvía tanto de la línea recta?». La respuesta sería esta: «Porque si no siguiera el canal, no podría llevar mi nave hasta el puerto». De igual modo, quizá tú correrías peligro de encallar y de naufragar si tu divino Capitán no te condujera por las profundidades de la aflicción donde las olas del dolor se siguen la una a la otra en rápida sucesión. Algunas plantas mueren si les da mucho el sol. Quizá tú estés plantado donde hay poco sol: el amante Labrador te ha puesto allí, de modo que solo en esa situación fructificarás a la perfección. Recuerda esto: Si hubiera sido mejor para ti cualquier otra condición que aquella en que te hallas, el amor divino te hubiera puesto en ella. Dios te ha colocado en las circunstancias más apropiadas; en cambio, si tú mismo eligieras tu parte, pronto clamarías diciendo: «Señor, elige tú mi heredad; porque, por mi terquedad, me veo traspasado de muchos dolores». Conténtate con lo que tienes, pues el Señor ha ordenado todas las cosas para tu bien. Toma tu cruz cada día —porque ella es la carga que más les conviene a tus hombros y que demostrará ser la más efectiva para hacerte perfecto en toda buena palabra— y trabaja para la gloria de Dios. ¡Abajo el yo entremetido y la arrogante impaciencia! ¡No te corresponde a ti el elegir, sino al Señor de amor!

Las pruebas tienen que venir y vendrán,

pero con humilde fe yo he de ver

escrita en todas ellas la palabra amor,

y esto feliz me hará».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 326). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Bástale al discípulo ser como su maestro»

10 de noviembre

«Bástale al discípulo ser como su maestro».

Mateo 10:25

Ninguno discutirá esta declaración, porque sería impropio que un siervo se elevara sobre su Maestro y Señor. Cuando nuestro Señor estaba en el mundo, ¿cómo lo trataron? ¿Se reconocieron sus demandas? ¿Se siguieron sus instrucciones? ¿Adoraron aquellos a quienes él había venido a bendecir sus perfecciones? ¡No! Más bien, Jesús fue «despreciado y desechado entre los hombres». Su lugar estaba «fuera del campamento»; su misión consistió en llevar la cruz. ¿Le proporcionó el mundo solaz y descanso? «Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza» (Lc. 9:58). Esta inhóspita tierra no le dio asilo, sino que lo echó fuera y lo crucificó. Si eres un seguidor de Jesús y mantienes una conducta consecuente y cristiana, esta será la suerte que le ha de tocar a aquella parte de tu vida espiritual cuyo desarrollo exterior está bajo la observación de los hombres. Ellos te tratarán como trataron al Salvador: te despreciarán. No sueñes con que los mundanos te admirarán o que, cuanto más santo y parecido a Cristo seas, la gente te tratará con más consideración. Si no valoraron la joya pulida, ¿cómo estimarán la piedra en bruto? «Si al Padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?». Si fuéramos más semejantes a Cristo, sus enemigos nos odiarían más: constituiría un gran deshonor para un hijo de Dios el ser el favorito del mundo. Es un mal presagio cuando oímos que el mundo malvado bate las manos y le dice al cristiano: «¡Muy bien!». En ese caso, el creyente bien podría examinar su carácter y preguntarse si no ha estado haciendo algo malo, cuando los injustos le dan su aprobación. Seamos leales a nuestro Maestro y no tengamos amistad con un mundo ciego y ruin que le desprecia y rechaza. Lejos esté de nosotros buscar una corona de honor allí donde nuestro Señor encontró una de espinas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 325). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.